Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.


ALONG THE WAY

Capítulo dos

17 de diciembre – Primer día en la carretera

Staten Island, Nueva York

―¿Sabes siquiera dónde vas?

Bella me miró y se encogió de hombros.

―Al oeste, supongo. No lo sé. He imaginado que lo iría viendo por el camino.

La miré fijamente. Ella me devolvió la mirada, levantando una ceja.

―¿De verdad ibas a cruzar el país sin mirar un puto mapa?

Ella frunció el ceño y devolvió la mirada a la carretera.

―He mirado el mapa. Debo ir hacia el oeste.

Gemí, pasándome las manos por el pelo. Saqué mi teléfono de mi bolsillo, estremeciéndome al ver las llamadas perdidas y los mensajes de Rose.

―Joder ―susurré. No podía desbloquear mi teléfono con todo eso ahí. Bella me miró―. Mi teléfono ha muerto ―mentí. Ella asintió, metiendo la mano en el bolsillo de su abrigo. Desbloqueó el teléfono antes de dármelo. La miré mientras abría la aplicación del mapa. Escribí simplemente "Seattle", no queriendo dejar la dirección de mis padres en su teléfono―. Vale, según el mapa, va a ser un viaje de cuarenta y dos horas. Si vamos cambiando, podemos estar allí en un par de días ―dije, mirando la ruta. Bella no respondió, y yo levanté la vista y miré a nuestro alrededor―. ¿Dónde coño estamos?

Ella me miró.

―Staten Island ―dijo. Yo gruñí y Bella sonrió satisfecha―. ¿Qué, no alcanza tus estándares?

La miré.

―No, nada de esto lo hace ―dije, moviéndome en el asiento. Las rodillas ya me estaban matando y ni siquiera habíamos salido de Nueva York. Bella tarareó y yo devolví mi atención a su teléfono―. Vale, cuando lleguemos a la 95, tenemos que ir hacia el norte ―dije, mirando el mapa―. Luego cogemos la 280 y nos dirigimos al oeste.

Bella frunció el ceño.

―No ―dijo, sacudiendo la cabeza. La miré.

―¿Qué?

Bella me echó una mirada.

―Estás yendo al norte, tenemos que ir hacia el sur.

La miré fijamente. ¿Era tonta?

―Seattle está en el Pacífico Noroeste ―dije lentamente. Bella me miró furiosa.

―Sí, idiota, pero hay una tormenta en el medio-oeste. Si un avión no puede atravesarla ¿crees que este pequeño coche podrá? ―Me echó otra mirada antes de volver a mirar la carretera. Yo la miré en silencio―. Vamos a tener que ir al sur para rodear la tormenta y luego ir al norte.

Intenté calcular mentalmente cuánto tiempo iba a añadir eso a nuestro viaje. Al menos un par de días.

―Eso es mucho tiempo ―dije, sacudiendo la cabeza.

―Bueno, es una pena, pero no voy a quedarme atrapada en el medio-oeste solo porque tú estés impaciente. A saber cuánto tiempo añadiríamos a este viaje.

Tenía razón, lo sabía, pero no quería admitirlo. Miré furioso por la ventana.

Bella nos llevó a través de Staten Island y, cuando llegamos a la 95, fue hacia el sur. Yo apreté los dientes, pero conseguir no hacer ningún comentario.

―Supongo que podemos ir hacia D.C. y pasar la noche allí ―dijo, mirándome. Le devolví la mirada.

―Conduciré si estás demasiado cansada ―dije, sacudiendo la cabeza. Bella resopló.

―Pareces un zombie. Si crees que te voy a dejar conducir, estás loco. Encontraremos un hotel y dormiremos unas horas antes de coger la carretera frescos por la mañana, ¿lo entiendes?

La miré. El enfado crecía en mi interior y sentí la vena de mi cuello palpitar.

―Si digo que puedo conducir, es que puedo conducir ―gruñí. Ella me miró.

―Son casi las diez ―dijo ella, señalando el reloj con un movimiento de la cabeza―. Cuando lleguemos a D.C. serán casi las dos de la mañana. Ninguno de los dos va a conducir a esas horas hasta que hayamos dormido.

Gruñí, frustrado. Bella volvió a lanzarme su teléfono.

―Si te sientes impaciente, ¿por qué no buscas un sitio en el que quedarnos en la carretera? Así, solo tendremos que aparcar y listo.

Cogí su teléfono, echándole una mirada furiosa que ella no vio porque no me estaba mirando. Abrí su buscador, deteniéndome a examinar la última página que había abierto. Era un artículo sobre el trato que yo acababa de hacer.

La miré.

―¿Te interesa la biotecnología? ―le pregunté. Ella me echó una mirada y yo le enseñé el artículo. Ella sacudió la cabeza.

―No particularmente ―dijo, encogiéndose de hombros. Yo la miré con el ceño fruncido.

Si iba a ser críptica, entonces yo no iba a malgastar mi puto tiempo. Abrí una nueva búsqueda de hoteles en la carretera cerca de D.C.. Aparecieron algunos moteles de mierda que ignoré de inmediato.

―El Park Hyatt está cerca ―dije, levantando la vista para mirarla. Ella resopló.

―¿Crees que voy a gastarme cuatrocientos dólares por pasar un par de horas en una cama? ―dijo. Yo fruncí el ceño.

―Vale, yo pago. No voy a dormir en nada inferior.

Bella rodó los ojos.

―Que predecible ―murmuró. Volví a mirarla, pero ella no me miró a mí. Frunciendo el ceño, marqué el número del Park Hyatt.

―Buenas noches, Park Hyatt Washington D.C. ¿Cómo puedo ayudarle? ―dijo una voz femenina al otro lado del teléfono.

―Hola, mi nombre es Edward Cullen. Quería dos habitaciones para esta noche.

La mujer emitió un murmullo.

―Lo siento, señor. Esta noche estamos completos. A lo mejor...

La corté.

―Soy miembro diamante. ―Le di mi número de cliente y pude oírla teclear.

―Ah, sí, por supuesto, señor. Le reservaré las dos habitaciones ahora mismo. ¿Camas dobles?

Suspiré. Por fin, algo que me salia bien.

―Sí, gracias.

―Muy bien, señor. Ya están las habitaciones reservadas. Le veremos en breve.

Asentí.

―Perfecto. ―Colgué, dándole a Bella su teléfono. Ella lo cogió y me echó una mirada.

―No se te da bien salir de tu zona de confort ¿verdad?

La miré fijamente. No podía saberlo. Siempre había podido mantenerme dentro de mi zona de confort. Bella sonrió como si pudiera leerme los pensamientos y devolvió su atención a la carretera.

―Así que ¿la razón de tu ansiedad por llegar son niños? ―preguntó, echándome una mirada y moviendo la cabeza para señalar mi alianza―. O ¿solo es una esposa? ―Se detuvo a pensar un momento― O ¿un esposo?

Resoplé.

―No soy gay.

Ella se encogió de hombros.

―No quería asumir nada.

Suspiré.

―Nada, voy a ver a mis padres. ―Bella se quedó en silencio y la miré―. ¿Y tú?

Llevaba lo que parecía un anillo de compromiso en la mano derecha, pero no pude ver nada en la izquierda. Se encogió de hombros.

―A mi padre ―dijo simplemente. Asentí. Honestamente, cuánto menos la conociera, mejor. Solo quería cruzar el país lo más rápido posible y luego seguir cada uno nuestro camino por separado.

Bella condujo en silencio y mi cabeza empezó a volver a los eventos de la noche. Incluso aunque no fuera a admitirlo delante de ella, Bella tenía razón. Estaba agotado. La ira había desaparecido y me había dejado vacío. No quería seguir pensando en mierdas, solo quería dormir.

―¿Te importa si cierro los ojos? ―pregunté, mirándola. Bella sacudió la cabeza.

―No, pero voy a poner un poco de música ―dijo, conectando su teléfono al coche. Asentí, bajando un poco el respaldo del asiento. La música de Bella empezó a sonar e intenté sonreír, pero mi boca estaba demasiado cansada como para moverse. Bella cantó suavemente con Eleanor Rigby mientras yo me quedaba dormido.

* . *

―¿Edward?

Pestañeé, sacudiendo la cabeza mientras intentaba entender dónde me encontraba. Estaba entumecido y me dolía todo el cuerpo. Gemí, incorporándome.

―¿Eh? ―solté con voz ronca. Bella señaló con la cabeza el hotel que teníamos delante.

―Hemos llegado.

Gruñí, frotándome la cara.

―Vale, bien.

Nos bajamos del coche, dejándole las llaves al aparcacoches mientras Bella cogía su maleta del maletero. Me siguió al interior, frunciendo el ceño.

―No tienes maleta.

Sacudí la cabeza. No quería dar explicaciones, así que no dije nada. Entramos y fuimos directos al mostrador de recepción.

―Buenas noches, señor, bienvenido al Park Hyatt, D.C.

Le sonreí a la joven rubia que había al otro lado del mostrador y vi cómo sus mejillas se sonrojaban un poco. Bella se removió a mi lado, pero la ignoré.

―Hola, tengo una reserva. Cullen.

La mujer asintió, tecleando en su ordenador.

―Sí, veo su reserva aquí. ―Hizo una pausa y miró a Bella―. ¿Dos habitaciones? ―preguntó y, definitivamente, no imaginé la esperanza que sonaba en su voz. Asentí. La chica sonrió más ampliamente y siguió registrándonos. Si hubiera estado de mejor humor, habría coqueteado con ella. No para intentar darle esperanzas ni nada, pero me había dado cuenta de que un poco de encanto normalmente me conseguía ventajas como mejoras en el nivel de la habitación o comida gratis. Eran cosas triviales, pero me encantaba el subidón de ego que me daba el saber que podía conseguir cosas mejores en la vida solo con mi encanto.

―Aquí están las llaves de sus habitaciones, señor. El desayuno se sirve en nuestro premiado restaurante, o también puede pedir algo al servicio de habitaciones ―dijo, lanzándome una sonrisa sugerente. Cogí las llaves, asintiendo.

―Gracias ―dije, dejándolo ahí. Me volví hacia Bella, que no parecía para nada impresionada. Me sentí casi avergonzado―. ¿Qué? ―solté mientras nos alejábamos de recepción. Ella sacudió la cabeza sin decir nada. Yo pulsé con fuerza el botón del ascensor, enfadándome cuando no se abrió al momento.

Miré a Bella, pero ella estaba examinando el vestíbulo.

―Esto es precioso ―dijo, mirando a su alrededor. Yo levanté la mirada y me encogí de hombros.

―Es igual que cualquier otro hotel ―gruñí. Bella me miró con el ceño fruncido.

―No, la verdad es que no.

El ascensor llegó y los dos entramos. Estaba tan malditamente agotado que solo quería apoyarme contra la pared del ascensor, pero odiaba ver a la gente hacer eso, así que me mantuve recto. Bella movió la tira de su mochila sobre su hombro. Tal vez debería haberle ofrecido llevársela, solo por cortesía, pero seguramente ella se habría negado, así que no me sentí muy mal. Saqué los sobres de las llaves de mi bolsillo. En uno había una nota de la recepcionista en la que me decía a qué hora terminaba, seguido de la hora a la que podía hacerme terminar a mí. Resoplé, sacudiendo la cabeza. Saqué la llave del sobre y se la di a Bella. Ella me miró, tomándola en silencio.

El ascensor llegó y nos llevó a un elegante pasillo. No había reservado suites ni nada, conformándome en su lugar con habitaciones básicas, pero hasta lo básico en el Park Hyatt era elegante. Bella y yo lo cruzamos, deteniéndonos frente a dos puertas que estaban a cada lado del pasillo.

―Dame tu número de teléfono ―dijo Bella. La miré y ella cerró los ojos―. Creo que será más fácil llamarnos por la mañana para asegurarnos de que tenemos el mismo plan, ¿no?

Me encogí de hombros y solté el número. Sus dedos volaron por la pantalla de su teléfono y asintió.

―Muy bien, te enviaré un mensaje para que tengas mi número. Creo que podríamos dormir hasta un poco tarde y salir a la carretera sobre las ocho. ―Me miró. Las ocho me parecía tarde, pero solo porque estaba demasiado impaciente. Sin embargo, después de mirar la hora y ver que eran casi las tres de la mañana, la miré y asentí.

―Las ocho está bien ―gruñí. Bella asintió y abrió su puerta.

―Genial, buenas noches. ―Se metió en la habitación, dejándome en el pasillo. Solté un largo suspiro antes de girarme hacia mi puerta. La abrí y la crucé.

La habitación tenía un tamaño decente, con una cama doble y un pequeño sofá. No había mucho más y, aunque estaba acostumbrado a habitaciones un poco más lujosas, estaba demasiado cansado como para que me importara mucho. Me quité el largo abrigo, tomándome el tiempo para colgarlo incluso aunque me moría de sueño. Luego me saqué la chaqueta del traje y la camisa, antes de bajarme los pantalones. Me aseguré de que todo estaba bien colgado, aunque tampoco importaba mucho ―llevaba tantas horas con ello puesto que estaba más que arrugado.

Fui al baño, sintiendo alivio porque hubiera un kit de aseo. Cogí el pequeño cepillo de dientes y me puse a lavármelos mientras mi mente repasaba agotada cada pensamiento que había tenido aquél día. No podía creer que estuviera en el puto D.C., de camino a Seattle con una extraña. Cuando me había despertado esa mañana, lo único que había tenido en mente había sido el trato que había cerrado más tarde. En ningún momento habría sido capaz de predecir ese extraño giro de los acontecimientos.

Escupí en el lavabo, enjuagándome la boca y echándome agua en la cara. ¿Cómo mi vida se había ido a la mierda tan rápido?

Me sequé la cara y dejé el baño, directo a la cama. Me quité el reloj y caí sobre el colchón con un gemido. Al otro lado de la habitación, pude escuchar cómo mi teléfono vibraba en el bolsillo de mi abrigo y cerré los ojos, estremeciéndome. Si Rose controlaba nuestras tarjetas, sabría muy pronto dónde estaba; pero no me importaba siempre que no viniera a buscarme. Necesitaba espacio y tiempo para pensar.

El sueño me reclamó y, antes de que me diera cuenta, estaba inconsciente en un sueño sin sueños.


Espero que os haya gustado.

El jueves subiré el tercer capítulo y el miércoles pondré un adelanto en Facebook ( www . facebook profile . php ? id = 100002287204814).

-Bells :)