Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.


ALONG THE WAY

Capítulo tres

18 de diciembre – Segundo día en la carretera

Washington D.C.

Me despertaron unos fuertes golpes. Mis ojos se abrieron y me senté, mirando a mi alrededor adormilado. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí?

Volvieron a llamar a la puerta y mi atención se puso en ella. Toc, toc, toc, toc. Gruñí, apartando las mantas y caminando furioso hasta la puerta. La abrí de golpe.

―¿Qué? ―solté.

Bella estaba en el pasillo con tantas capas encima como había llevado la noche anterior y su mochila al hombro. Sus ojos marrones ―no me había dado cuenta del color la noche anterior― se abrieron como platos sorprendidos mientras me miraba de arriba abajo. No pude evitarlo, su mirada me calentó y sentí cómo una sonrisa engreída se extendía por mi cara.

―Te has quedado dormido ―dijo, levantando la mirada hacia mi cara―. Y, aunque estoy segura de que la recepcionista de abajo estaría encantada de verte bajar así, la gente decente se sentiría avergonzada.

La sonrisa desapareció de mi cara. ¿Cuál era el puto problema de esa mujer?

―Cinco minutos ―solté. Bella asintió, rodando los hombros.

―Estaré abajo. ―Se marchó sin volver a mirarme. Fruncí el ceño. Sabía que era atractivo y me esforzaba por mantenerme en forma. Cuando era más joven, lo había hecho para mantener el ritmo de Rose, que era impresionante de forma natural; pero, con el paso del tiempo, había acabado por disfrutar de hacer ejercicio. Suponía un alivio al estrés y necesitaba la catarsis que me proveía. Estaba acostumbrado a poner nerviosas a las mujeres, sobre todo si me veían medio desnudo. A Rose solían encantarle las miradas de celos que le echaban otras mujeres cuando salíamos juntos, pero Bella ni se había inmutado. Parecía más molesta que otra cosa. ¿Es que había descuidado mi aspecto? ¿Por eso Rose...?

Joder.

Cerré de un portazo, enfadado con mis pensamientos. Que Rose me hubiera engañado no tenía nada que ver con mi aspecto y odiaba completamente que me estuviera quejando porque Bella no se había fijado en mí. No tenía interés en ella más allá de que me llevara a Washington. ¿Por qué coño necesitaba también que me diera un subidón de ego?

Porque tu mujer acaba de ponerte los putos cuernos.

Me lavé los dientes y me vestí, todavía furioso conmigo mismo y con mis pensamientos. Cuando me puse el abrigo, saqué mi teléfono. Apenas le quedaba batería. Suspiré. Iba a necesitar comprar un cargador.

Había más mensajes y llamadas de Rose, pero el último mensaje de la noche anterior no era de ella. Se trataba de un número desconocido. Lo abrí con el ceño fruncido.

Dulces sueños, Edward.

Tenía que ser de Bella. Miré el mensaje, todavía con el ceño fruncido. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien me había deseado dulces sueños? No era capaz de recordarlo. Guardé rápidamente su contacto en mi teléfono y entonces me di cuenta de que ni siquiera sabía su apellido. El hecho de no poder guardar su contacto con su nombre, apellido y la información de empresa me molestó. Me gustaba que todos mis contactos estuvieran bien detallados, así era cómo todo iba bien en el trabajo.

Dejé la habitación y bajé al vestíbulo. Según mi reloj, eran las ocho y cuarto. Suspiré y me tiré del pelo en el ascensor.

Me estremecí al mirarme en las puertas de espejo. Necesitaba afeitarme y peinarme.

El ascensor llegó al vestíbulo y salí. La noche anterior no había notado las decoraciones de Navidad. En ese momento me recordaron demasiado a la fiesta anual de Navidad de Rose y, de repente, quise salir de allí.

Bella estaba junto a la puerta con dos vasos de café para llevar en las manos. Me acerqué con cautela. Ella me miró, pero no pareció hostil y me lo tomé como una buena señal.

Me ofreció un vaso.

―Una ofrenda de paz ―dijo, sacudiendo la cabeza. Llevaba el pelo suelto y brilló bajo el sol de la mañana que entraba por las ventanas detrás de ella.

Cogí el café, asintiendo.

―Gracias ―dije en voz baja. Bella se sacó del bolsillo sobres de leche y azúcar, pero sacudí la cabeza y ella asintió, volviéndolos a guardar.

―¿Listo para irnos? ―preguntó. Asentí y la seguí al exterior, hasta donde estaba el aparcacoches. Su coche nos esperaba, lo que me hizo preguntarme cuánto tiempo llevaría despierta. El aparcacoches le mantuvo la puerta abierta y ella le sonrió mientras se subía. Yo la miré con el ceño fruncido y saqué mi cartera, poniéndole al chico un billete de veinte en la mano. Él me sonrió.

―¡Feliz Navidad, señor!

Asentí y me subí al pequeño coche. Bella me miró con el ceño fruncido mientras me acomodaba.

―Es habitual darle una propina al aparcacoches ―le dije. Bella suspiró.

―Dios ¿puedes ser un imbécil más condescendiente? ―siseó. Yo pestañeé sorprendido―. Ya le había dado una propina, cuando he bajado a por el coche ―soltó. Yo volví a pestañear. Vaya.

Bella resopló y dejó su café en el soporte que había entre nosotros. Se puso el cinturón y arrancó el coche.

Quise preguntarle si sabía hacia dónde iba, pero ella salió sin siquiera mirar su teléfono. Abrí la boca y Bella me miró.

―Lo siento ―dijo, cortándome. La miré con el ceño fruncido―. Yo... ―hizo una pausa, frunciendo el ceño―. No se me dan muy bien las mañanas hasta que he tomado al menos dos cafés ―dijo, sacudiendo la cabeza. Yo asentí. La entendía perfectamente.

―Sí, yo tampoco.

Bella asintió, llevándonos por D.C de nuevo hasta la autopista. No sabía cómo había sabido llegar hasta allí, pero no la pregunté y me acomodé en el asiento lo mejor que pude.

Cuando llevábamos unos veinte minutos en la carretera, me moví y saqué mi teléfono de mi bolsillo.

―¿Podrías prestarme un cargador? ―pregunté. Bella asintió y estiró el brazo hacia el asiento trasero. Sentí ansiedad cuando apartó la atención brevemente de la carretera―. Yo lo cogeré ―dije rápidamente. Bella me miró y rodó los ojos, pero volvió a mirar al frente.

Me estiré hacia atrás para coger su bolso y lo dejé sobre mi regazo. La miré, y ella metió la mano y rebuscó en el interior. Pude sentir su mano moviéndose a través del bolso y mi ropa, y mi polla se retorció. Me removí molesto. La única razón por la que Bella había recibido esa respuesta de mi miembro era porque llevaba meses sin tener sexo.

Cuando Rose me vino a la cabeza, mi polla se tranquilizó. Joder. No quería pensar en ella.

Bella sacó un cable, triunfante. Yo bajé la mirada a su bolso abierto, haciendo un rápido inventario de su interior. Era como una muñeca rusa pero con pequeñas bolsas. Fruncí el ceño. ¿Quién necesitaba tantas bolsas?

Bella me dio el cable mientras yo volvía a dejar su bolso en el asiento trasero. Me fijé en el salpicadero, sintiéndome aliviado cuando vi que había un puerto USB. Enchufé el cable y luego volví a sacar el teléfono de mi bolsillo. Vibró feliz cuando por fin se puso a cargar y yo suspiré brevemente. Odiaba tener el teléfono muerto.

Bella me miró mientras conducía.

―¿Quieres hacer de DJ? ―preguntó. La miré fijamente. Una vez, hacía mucho tiempo, me había encantado la música. Había sido una de mis mayores pasiones, pero entonces la facultad de derecho tomó la mayor parte de mi tiempo y dejé que la música pasara a un segundo plano. No tenía tiempo para escuchar música; en el coche normalmente iba hablando por teléfono y en la oficina siempre estaba rodeado de gente. La música se había convertido en un recuerdo distante para mí.

―No sé si tengo mucho en mi teléfono ―le dije, sacudiendo la cabeza. Bella se encogió de hombros.

―Vale, pon lo que tengas. No importa.

La miré con el ceño fruncido. Se me ocurría una buena cantidad de música que podía ponerme de los nervios, pero ella estaba dispuesta a... ¿qué, escuchar lo que fuera? ¿Qué tipo de persona tenía esa paciencia?

Cogí mi teléfono y lo desbloqueé. Abrí la biblioteca de música, sorprendiéndome al darme cuenta de que, después de todo, sí había cosas ahí.

Decidí poner el reproductor en modo aleatorio y unos suaves acordes de piano llenaron el espacio. Bella pestañeó sorprendida.

―¿Chopin? ―preguntó, mirándome.

La miré fijamente.

―Sí.

Bella pareció impresionada y yo fruncí el ceño, no muy seguro de cómo tomarme su reacción. ¿Creía que no tenía la suficiente cultura o que no era lo suficientemente sofisticado como para apreciar la música clásica? ¿Tan mal pensaba de mí?

―¿Qué? ―solté, irritado de nuevo. Ella me miró.

―Chopin es tan dulce ―dijo, sacudiendo la cabeza. Fruncí el ceño―. No sé, es un poco más suave de lo que había esperado de ti.

¿Qué coño significaba aquello? La miré fijamente, frustrado por no poder entenderla. Me pagaban mucho dinero para ser capaz de leer a la gente de forma rápida y precisa, y casi nunca me equivocaba; pero, por alguna razón, no era capaz de leer a Bella.

Ella me miró.

―¿Qué? ―preguntó.

―¿Qué creías que escuchaba?

Bella se mordió el labio, volviendo a mirarme.

―No sé, puede que algo más barroco como Bach o Vivaldi.

La miré fijamente. ¿Quién coño era esa mujer?

―¿Barroco? ―pregunté. Ella se encogió de hombros sin mirarme.

―Te pega.

Bueno ¿qué coño significaba aquello?

―¿Te parezco barroco? ―Bajé la mirada a mi largo abrigo negro de lana y el elegante reloj. Bella volvió a encogerse de hombros.

―Más bien una versión moderna del barroco aristocrático. Estoy segura de que vives en un ático que parece sacado de los pasillos de Versailles.

No dije nada, porque... sí, así era cómo Rose había decorado nuestra casa. Bella asintió, claramente complacida de haberme calado tan fácilmente.

―¿Qué hay de ti? ―pregunté. Bella me echó una mirada y sonrió satisfecha.

―Oh no, no voy a desvelar nada. Tienes que descubrirlo tú solo. Has dicho que eres abogado, no debería serte difícil si eres bueno en tu trabajo.

La miré fijamente. Hablar con Bella era como intentar caminar en linea recta estando borracho. No tenía sentido y pasaba todo el tiempo desequilibrado.

Bella empezó a tararear al ritmo de la música y yo sacudí la cabeza. No era capaz de leerla y cualquier cosa que dijera acabaría enfadándola, así que centré mi atención en la ventanilla.

* . *

Como hora y media después, Bella abandonó la autopista. La miré con el ceño fruncido mientras ella tomaba la salida.

―¿Qué haces? ―pregunté. Bella me echó una mirada.

―Necesitamos gasolina ―dijo, señalando con la cabeza el medidor del depósito casi vacío. Yo asentí―. Y tengo hambre.

Fruncí el ceño.

―¿Hambre?

Ella rodó los ojos.

―Sí, ya sabes... como cuando no has comido nada y te duele el estómago. Hambre.

La miré furioso y ella sonrió satisfecha al verlo. Rose nunca comía nada antes del mediodía y la mayoría de las mañanas yo tenía tanta prisa por llegar al trabajo que solo tenía tiempo para café.

Bella aparcó en una gasolinera y yo me moví para bajarme del coche.

―Yo pagaré ―dije, abriendo la puerta. Bella asintió mientras yo me desdoblaba al salir del coche. Joder, estaba dolorido y apenas habíamos ido a ninguna parte. Ese viaje iba a ser una puta tortura.

Me estiré mientras rodeaba el coche, sacando mi cartera. Pasé mi tarjeta antes de seleccionar la gasolina premium y abrir el depósito. No me importaba pagar la gasolina, pero también me preocupaba que Bella fuera demasiado tacaña como para usar gasolina premium. Yo no confiaba en nada menos.

Me apoyé contra el coche mientras se llenaba lentamente. Había algunas personas por allí, pero nadie me prestó atención. Mi largo abrigo no destacaba demasiado, sobre todo porque hacía frío y había nieve en el suelo; pero sabía que la gente se sorprendería si me mirase detenidamente. Estábamos en medio de la nada y estaba seguro de que ese pequeño pueblo nunca había visto nada de tanta calidad como mi abrigo, mucho menos el reloj de Jaeger LeCoultre que llevaba en la muñeca.

El surtidor se detuvo y saqué la manguera, ignorando el ticket y cerrando el depósito antes de rodear el coche hasta el lado del copiloto. Bella me miró mientras me subía.

―¿Qué te parecen unos donuts? ―preguntó. Yo pestañeé. ¿Donuts?

Mi expresión de desconcierto debió de ser respuesta suficiente para ella, porque asintió y bajó la mirada a su teléfono antes de bloquearlo. Arrancó el coche y abandonó la gasolinera, siguiendo calle abajo. Se detuvo delante de un Dunkin Donuts y yo fruncí el ceño.

―Lo sé. A mí tampoco me encantan. Nunca he dejado de ser una chica de la costa oeste ―dijo con un suspiro, mirándome―. Pero tengo hambre y está abierto.

Se bajó del coche y yo gruñí, siguiéndola. Rodeamos el coche y Bella resbaló un poco en la acera. Estiré el brazo para enderezarla, rodeándole el codo. Ella se quedó helada, con los ojos fijos en el hielo del suelo.

―Gracias ―dijo, sacudiendo la cabeza. Yo asentí, soltándola. Ella rodeó la placa de hielo y yo lo miré con el ceño fruncido.

―Deberían limpiarlo. Es como si pidieran una demanda a gritos.

Bella sonrió satisfecha mientras abría la puerta.

―Que les den su merecido. ―La miré y no fui capaz de descifrar si se estaba quedando conmigo. Fruncí el ceño y ella soltó una risita, sacudiendo la cabeza.

Entramos, y el olor del café y el azúcar me asaltaron. Me aclaré la garganta mientras Bella se acercaba al mostrador. Sus ojos examinaron el menú antes de asentir y hacer su pedido. Yo no podía recordar la última vez que había comido un donut ―ni siquiera estaba seguro de haber estado alguna vez en un Dunkin Donuts. Bella me miró expectante y yo me encogí de hombros.

―Tomaré lo mismo ―dije, sacudiendo la cabeza. La chica que estaba en la caja asintió e introdujo el pedido. Bella le deslizó dinero en efectivo antes de que pudiera sacar mi cartera. Vale, si quería pagar esa mierda, la dejaría―. Voy a ir a lavarme las manos ―le dije, levantando las manos. Ella asintió.

―Te espero en el coche ―dijo, volviéndose hacia la chica de la caja para recoger su cambio. Asentí y me dirigí al baño. Todo lo que había en aquel lugar parecía pegajoso, así que abrí la puerta con el codo, no queriendo tocar los picaportes. El baño estaba felizmente vacío mientras me lavaba las manos.

En mi bolsillo, mi teléfono vibró y cerré el grifo, secándome las manos antes de sacarlo.

―Joder. ―Gemí, dándome cuenta de que había sido una llamada de mi jefe. Marqué su número y me llevé el teléfono a la oreja.

―Edward ¿dónde estás? Creí que habías vuelto ayer. ―A veces era difícil entender la profunda voz de Marcus por el teléfono, pero ese día no había lugar a dudas.

―Lo siento, Marcus. Quería llamarte, pero las cosas están fuera de control. ―Suspiré, tirando la toalla de papel. Cogí otra para abrir la puerta―. Ha habido una emergencia familiar en Seattle. Estoy de camino allí ahora mismo. Intentaré trabajar por el camino, pero puede que acabe necesitando un par de días.

Desde que había entrado en la firma no había pedido ni un solo día libre. Había trabajado en cumpleaños y aniversarios, desesperado por demostrar mi valía y pagar mis deudas. Marcus se quedó en silencio un momento antes de soltar un suspiro.

―Está bien, me aseguraré de poner a todo el mundo a trabajar. De todas formas, te mereces un descanso después del último acuerdo. Esperaba poder decírtelo en persona, pero has hecho un gran trabajo. Los socios lo están comentando.

Me quedé helado y las palmas de mis manos empezaron a sudar. Ahí estaba. Ese era mi sueño. Probarme ante mis jefes y ascender.

―Gracias.

Marcus murmuró.

―Encárgate de tus cosas familiares. Avisaré a los demás de que estás en la carretera. Estoy seguro de que recibirás algunas llamadas, pero intentaré mantenerlas al mínimo. ―Él se detuvo un momento y yo salí al frío de la calle―. Avísame si necesitas algo, ¿vale?

Fruncí el ceño. Marcus siempre me había apoyado en mi carrera y aspiraciones, y había sido él el que me había contratado recién salido de la facultad de derecho, convirtiéndose en mi mentor desde entonces. Nunca antes había pisado el terreno personal, lo que apreciaba, aunque sí le había hablado de Rose y mi familia en alguna ocasión.

―Gracias, Marcus.

Él suspiró.

―Hablaremos pronto. Buen trabajo.

Colgó y yo me aparté el teléfono de la cara. Ni siquiera había pensado en el trabajo cuando me fui la noche anterior. Era un idiota. Debería volver, ir a la oficina y centrarme en el trabajo. Eso era lo que siempre había hecho y me había funcionado.

En el estúpido coche azul, pude ver a Bella sentada al volante con la atención puesta en su teléfono. Podía dejarla seguir sin mí y encontrar una forma de volver a New York. Sería sencillo. Tampoco era que Bella me necesitara.

Fui hasta la puerta del copiloto y la abrí. Bella me miró mientras me sentaba, con una sonrisa enorme y genuina que me sorprendió un poco.

―Vale, sé que ninguno de los dos está entusiasmado con nuestro desayuno de donuts, pero he hecho cuentas y, si no nos entretenemos, podemos llegar a Memphis esta noche. A ver, ya sé que Memphis es hortera y no pega con todo tu estilo aristocrático, pero escúchame: barbacoa. ―Soltó un gemido y sus ojos se cerraron. Le sonreí satisfecho, incapaz de detener la pequeña sensación de felicidad que me calentó por dentro mientras ella hablaba. Bella no sabía nada de mí ni de mi situación, pero estaba dispuesta a ofrecerme amabilidad y paciencia igualmente. Era más de lo que nadie me había ofrecido en mucho tiempo.

―No me importa un poco de barbacoa ―dije, asintiendo. Bella sonrió ampliamente y cogió un donut de la caja que estaba entre nosotros.

―¡Excelente! ¡En marcha!


Espero que os haya gustado.

El domingo subiré el cuarto capítulo y el sábado pondré un adelanto en Facebook ( www . facebook profile . php ? id = 100002287204814).

-Bells :)