Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.
ALONG THE WAY
Capítulo cuatro
18 de diciembre – Segundo día en la carretera
Bristol, Tennessee
Condujimos prácticamente en silencio. Me llegaron algunos emails del trabajo que respondí al momento, pero en general el único ruido del coche fue la música que todavía se reproducía gracias al USB. Bella parecía contenta con el silencio, aunque no terminaba de entender cómo. Hacía años que no pasaba el día sin hablar constantemente.
Paramos unas horas después para repostar y comer. Fruncí el ceño al ver que el agujero en el que habíamos terminado solo ofrecía comida rápida. Definitivamente, no comía esa mierda desde la universidad.
Acabamos en McDonalds y Bella rodó los ojos cuando tardé en pedir. El menú no había cambiado, no mucho desde la última vez que había comido en uno, pero nada me sonaba muy bien. Al final, pedí una hamburguesa mientras sacudía la cabeza. Bella hizo nuestro pedido, echándome una mirada mientras yo me removía ―otra vez.
―¿Quieres conducir? ―me ofreció. Yo la miré sorprendido.
―¿Estás cansada? ―pregunté. Ella sacudió la cabeza.
―No. Es solo... Seguramente puedas ir más estirado si vas conduciendo.
Asentí.
―La verdad es que no me importaría ―dije finalmente.
Bella asintió. Pagamos nuestra comida y ella nos llevó rápidamente hasta el aparcamiento. Se bajó del coche y lo rodeó hasta el lado del copiloto, dándome una palmadita en la espalda mientras yo me bajaba e iba hasta el lado del conductor.
―Relájate, Edward. Va a darte un infarto ―dijo, sacudiendo la cabeza. Yo gruñí. No era la primera persona que me lo decía y, ciertamente, no sería la última. Pero no esperaba que alguien como ella entendiera las presiones que conllevaba mi vida.
Bajé el asiento para ajustarlo y también acomodé el volante. Subirme fue incómodo y tampoco había mucho más espacio a ese lado, pero estaba al volante y esa pizca de control me hizo sentir mejor. Bella se sentó sobre sus piernas dobladas y cogió las bolsas de la comida.
―¿Podrás comer mientras conduces? ―preguntó. Yo fruncí el ceño. Hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Bella asintió y se desabrochó el abrigo. No hacía menos frío en Tennessee de lo que había hecho en DC o Virginia, pero la calefacción del coche por fin nos había dado una temperatura razonable. Lanzó el abrigo al asiento trasero y suspiré, quitándome también el mío. Me sentí mejor cuando estuvo en el asiento trasero. Me quité los gemelos y me doblé las mangas de la camisa. Bella se acomodó en su asiento, mirándome con una pequeña sonrisa.
―Estoy lista cuando tú lo estés ―dijo, dándose una palmada en los muslos. Yo asentí, mirándola otra vez antes de arrancar el coche. Era más pequeña de lo que me había dado cuenta. No es que su abrigo la hiciera gorda ni nada, pero la abultada prenda había estado escondiendo un cuerpo bastante pequeño y sorprendentemente flexible. Su camisa de manga larga se ajustó sobre su pecho cuando se inclinó hacia delante para mirar en nuestras bolsas y me aclaré la garganta, removiéndome en el asiento y centrándome en la carretera. No importaba lo acabado que estuviera mi matrimonio, seguía estando casado y Bella no era para nada mi tipo.
Nos llevé de nuevo a la autopista mientras Bella preparaba nuestra comida.
―Vale, el truco para comer en el coche es plegar. Va a ser un coñazo, pero si tienes paciencia... ―Me echó una mirada que me hizo sonreír satisfecho. Ella sacudió la cabeza antes de seguir―. Te ayudaré con ello, ¿vale?
Asentí y Bella sacó mi hamburguesa. La eché una mirada mientras ella desdoblaba con cuidado el papel, exponiendo solo unos pocos bocados a un lado. Me miró, ofreciéndome la comida.
―Mordiscos pequeños ―me avisó―, o acabarás comiendo papel.
Asentí, cogiendo la hamburguesa y tomando un bocado. Me sorprendí al notar que estaba mejor de lo que había esperado. Le di otro mordisco y Bella sacudió la cabeza.
―Estás a punto de morder el papel. ―Suspiró, sacudiendo la cabeza. Volví a mirarla―. Ven, déjame. ―Estiró las manos y las puso sobre las mías, apartando un poco más de papel.
Sus manos eran pequeñas y sus uñas estaban sin pintar, sencillas con la excepción de ese anillo en su mano derecha. No pude evitar comparar sus manos con las de Rose. Rose siempre llevaba las uñas pintadas y siempre tenía las manos perfectamente hidratadas para que, en cualquier momento, pudiera presumir de las joyas que yo le compraba. Rose era prácticamente una modelo de manos comparada con Bella, pero no podía recordar la última vez que Rose me había tocado de la forma en que Bella lo hacía en esos momentos. Paciente, con la intención de ayudarme sin motivos ocultos. Ella soltó mi mano y volvió a acomodarse en su asiento, señalándome con un movimiento de la cabeza que podía seguir comiendo.
Tomé otro bocado, frustrado con mis pensamientos. Era injusto que comparase a Bella y Rose en mi cabeza. Por un lado, no estaba interesado en Bella en ese sentido y, aunque estaba enfadado con Rose, seguía siendo mi esposa y no estaba bien compararla con alguien que no había tenido que aguantar mis mierdas los últimos doce años.
Bella sacó las patatas y las colocó en el agujero para las bebidas. Cogió una y se puso a mordisquearla felizmente.
―Entonces ¿tu esposa está en Seattle? ―preguntó. La miré. ¿Me leía la mente?
―No, está en New York.
Bella frunció el ceño y pude ver cómo intentaba resolver el rompecabezas mentalmente. Cuando no le di más información, pareció rendirse.
―¿Creciste en Seattle?
La miré. Estaba desenvolviendo su hamburguesa mientras se relamía de anticipación. Me removí en mi asiento y volví a mirar hacia delante.
―Sí, nací en Chicago, pero nos mudamos a Seattle cuando tenía cuatro años. ―Le di otro mordisco a mi hamburguesa.
―¿Qué te trajo a la Costa Este?
La miré. Ahora que no tenía el móvil en la mano, estaba aprovechando a hacerme preguntas a diestra y siniestra. ¿Por esto quería que condujera yo?
―Estudios ―contesté finalmente―. Hice la licenciatura en Duke y luego fui a la facultad de derecho de Harvard. ―Sabía que parecía un imbécil pretencioso al decirlo, pero no podía evitarlo. Estaba orgulloso de todo lo que había conseguido en mi puta vida y entrar en la facultad de derecho de Harvard había sido un puto logro. Bella asintió, pero no me quedó claro si estaba impresionada o no.
―¿Cuándo fuiste a Harvard?
Fruncí el ceño y la miré.
―Hace como unos cinco años.
¿Conocía a alguien que también había ido? Había estado tan concentrado en las clases que apenas había conocido a gente fuera de la universidad.
Bella asintió, pero, fuera cual fuese la razón por la que había preguntado, no lo dijo en voz alta. En su lugar, le dio un mordisco a su hamburguesa.
―¿Siempre quisiste ser abogado? ―preguntó cuando terminó de masticar. Fruncí el ceño, pensando.
―Mi abuelo era abogado ―dije un momento después―. Recuerdo escucharle hablar sobre ir al juzgado y cómo no había nada más satisfactorio que que te pagaran por demostrar que alguien se equivocaba. Supongo que se me quedó en la cabeza. ―Bella resopló con una risa y yo sonreí satisfecho, mirándola mientras me terminaba la hamburguesa.
―Así que ¿qué, eres abogado de la acusación? ―preguntó. Yo fruncí el ceño, haciendo una pelota con el envoltorio. Lo eché a la bolsa que ella tenía a sus pies y volví a enderezarme tras el volante.
―No, trabajo en derecho mercantil.
La cara de Bella se arrugó mientras me miraba. Yo rodé los ojos, centrándome en la carretera.
―¿Derecho mercantil? Edward, me siento avergonzada ―me regañó con ligereza. Aunque noté que hablaba en broma, no dejó de molestarme y la miré enfadado.
―Déjame adivinar, tú eres una profesora de preescolar beata que hace voluntariado con ciegos sin hogar en su tiempo libre ―solté―. ¿Tienes idea de lo impresionante que estar dónde yo estoy? Tengo treinta y un años y estoy a punto de convertirme en socio de uno de los despachos de abogados más prestigiosos del país. Puede que haya conseguido más en los últimos años de lo que tú conseguirás en tu vida. ―En cuanto las palabras abandonaron mi boca, quise retirarlas. Me sentí mal por saltar, aunque ella llevaba pidiéndolo un rato por quitarle importancia al trabajo de mi vida.
Ella se quedó en silencio y yo la miré de reojo. Sus ojos estaban oscuros y parecía furiosa.
―No hay nada malo en dedicar tu vida a ayudar a los que lo necesitan ―dijo suavemente. Su tono era bajo, pero duro como el acero. Tomé aire, intentando controlar la culpa y recuperar la compostura. Bella no había hecho nada más que ayudarme desde que nos habíamos conocido y ahí estaba yo, pagando mi enfado con ella. Abrí la boca para disculparme, pero la volví a cerrar. ¿Qué podía decir?
Bella se concentró en mirar por la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho. Yo gruñí y levanté la mano, tirándome del pelo. No estaba acostumbrado a disculparme y, francamente, no sabía por dónde empezar. Lo que había dicho había estado fuera de lugar, lo sabía, pero... joder, me había dado donde dolía. Lo único que me quedaba en la vida era mi trabajo. Sin eso, ¿para qué coño servía?
Conduje en silencio, pisando el acelerador de forma un poco más agresiva. Cuanto antes llegáramos a Washington y nos separásemos, mejor.
* . *
Bella se quedó dormida antes de que llegáramos a Nashville. Paré a repostar al salir de la autopista, pero lejos del centro, y volví al coche antes de que Bella se despertase. El viaje me había dado tiempo para tranquilizarme y me sentía muy mal por cómo la había tratado. Quería que se despertase para poder pedirle perdón, pero seguía sin saber muy bien qué decir. Mi mundo era uno en el que se decían las cosas y no se pedían disculpas. Disculparse era sinónimo de debilidad y me había entrenado para no hacerlo.
Volví a salir a la autopista, apoyando mi codo izquierdo contra la ventanilla. Rose por fin había dejado de intentar hablar conmigo, lo que significaba que podía mirar mi teléfono sin la ansiedad de tener que evitar sus llamadas y mensajes.
Eso tenía que reconocérselo a mi mujer. Era persistente.
Una vez que estuve en carretera y puse el control de velocidad crucero, cogí mi teléfono. Miraría mi correo electrónico muy rápido...
La pequeña mano de Bella se extendió, cubriendo mi teléfono y quitándomelo. La miré sorprendido.
―Céntrate en la carretera. Si tienes que hacer algo, para y conduciré yo. ―dijo, bloqueando mi teléfono y dejándolo entre nosotros. Resoplé.
―Solo iba a mirar rápidamente mi correo electrónico ―le dije, sacudiendo la cabeza. Bella resopló.
―Solo es necesario que apartes la mirada de la carretera un segundo. ―Sonaba como uno de esos putos anuncios sobre la seguridad al volante. Rodé los ojos y volví a poner las dos manos en el volante. Cuando miré a Bella, ella asintió con aprobación―. ¿Dónde estamos?
Encogí un hombro. Fuera estaba oscuro y apenas había señales.
―Hemos pasado Nashville hace un rato. Creo que llegaremos a Memphis en un par de horas, puede que una y media ―dije, mirándola. Ella asintió, apartándose el pelo de la cara―. Bella, siento lo que te he dicho antes ―dije en voz baja. Las palabras se me hacían extrañas, pero Bella levantó la mirada hacia mí y no pareció que quisiera apuñalarme, así que lo tomé como una señal de ánimo―. He sido un imbécil. Están pasando muchas cosas en mi vida ahora mismo y yo solo... lo he pagado contigo.
Bella asintió lentamente.
―Aprecio que lo digas ―dijo un momento después. Fruncí el ceño. ¿Aquello significaba que me perdonaba? Cuando volví a mirarla, vi que ella me miraba a mí―. ¿Es por tu esposa? ―preguntó. Yo me estremecí, apartando la mirada de ella, y Bella suspiró―. Lo siento, me he sobrepasado. No volveré a preguntar.
Pude verla por el rabillo del ojo, reacomodándose en el asiento con la mirada fija en la ventana. Me gustaba más cuando no hablábamos de nuestras vidas. Las cosas eran mucho menos complicadas así.
―¿Alguna vez habías cruzado el país en coche? ―le pregunté. Ella me miró sorprendida. Cuando le eché una mirada, intentando indicar que sí, realmente estaba interesado en hablar, ella se lamió los labios y sacudió la cabeza.
―No, apenas he viajado. ¿Tú?
Sacudí la cabeza.
―Mi hermana quiso llevarme en coche hasta Duke, pero lo rechacé. Apenas podemos estar media hora en la misma habitación sin empezar a discutir, no podía imaginar pasar días en la carretera con ella.
Bella sonrió.
―¿Es más mayor o más pequeña?
―Dos años más pequeña.
Bella volvió a sonreír.
―Siempre he querido una hermana. ―Suspiró y yo sacudí la cabeza.
―No habrías querido la mía. Alice es un dolor. Si crees que yo soy de alto mantenimiento, solo espera. Alice me hace parecer sencillo.
Bella soltó una risita.
―¿Es tu única hermana?
Asentí.
―¿Tú tienes hermanos?
Ella sacudió la cabeza.
―No, mis padres pretendían tener más hijos, creo, pero mi madre se puso enferma cuando yo tenía tres años. Murió justo después de mi quinto cumpleaños y... mi padre se quedó con el corazón roto. No volvió a casarse.
Fruncí el ceño, echándola una mirada.
―Lo siento ―susurré. Bella se encogió de hombros.
―Fue difícil superar lo de mi madre. Estaba llena de vida. No la recuerdo mucho, pero sí que recuerdo que cuándo estábamos juntos, siempre nos estábamos riendo. ―Bella sonrió―. Ya que no puedo recordar mucho de ella, me alegro de que sea su sonrisa y su risa.
Le di golpecitos al volante, pensativo. Yo nunca había perdido a nadie, no realmente. El abuelo de Rose había muerto unos años antes, pero ese había sido el único funeral al que había ido desde que mi bisabuela murió cuando tenía seis años.
―¿Tienes abuelos? ―pregunté. Ella me miró, sacudiendo la cabeza.
―Fallecieron todos. Somos solo mi padre y yo. ―Frunció un poco el ceño y yo me removí incómodo―. ¿Qué hay de ti? ¿Tienes una familia grande?
Encogí un hombro.
―Mi madre tiene una hermana, y mi padre una hermana y un hermano, y todos ellos tienen hijos. Los padres de mi madre se divorciaron, pero todos siguen vivos y desperdigados por ahí.
Bella sonrió.
―Suena bien. ¿Soléis reuniros?
Suspiré.
―Sí, mi hermana organiza reuniones familiares, pero yo llevo sin ir a una desde que era adolescente. ―Mi vida había sido absorbida por el trabajo y New York y, como no tenía familia en la ciudad, la de Rose se había convertido en la única familia a la que veía.
―Mi mejor amiga de la infancia tenía una familia enorme ―dijo Bella, sacándome del oscuro lugar al que habían ido mis pensamientos―. Gigantesca. Tenía como seis hermanos y sus padres tenían un montón de hermanos y, cada pocos años, todos iban a su casa cuando era su turno de ser los anfitriones de las fiestas. Era genial, porque nos invitaba a mi padre y a mí, y había tanta gente allí que nadie sabía que no estábamos relacionados. Todos éramos familia.
―Suena caótico ―dije un momento después. Bella me miró y yo suspiré―. Pero tengo que admitir que suena bien. ―Nunca me había imaginado con una gran familia. Rose y yo habíamos hablado de tener hijos, pero siempre había sido a largo plazo. Esperamos a que yo me graduase de la facultad de derecho y consiguiera trabajo antes de casarnos y, luego, cuando estuvimos casados, pareció una tontería intentar apresurar nada. Quería afianzar mi carrera antes de empezar una familia. Al final, dejamos de hablar de ello por completo.
Bella asintió.
―Estaba bien. Para mí significaba mucho tener una amiga dispuesta a compartir su familia cuando yo tenía tan poca.
La miré, pero ella miraba por la ventana con una mirada afectuosa. No por primera vez, me pregunté por ella. Me había dado cuenta de que no solía contar cosas de sí misma, no a no ser que se le preguntara directamente y, cuando se callaba, se me hacía imposible predecir qué estaba pensando.
Me miró y cogió su teléfono del hueco para los vasos.
―Encontraré un sitio donde quedarnos ―dijo suavemente. Asentí, volviendo a centrarme en la carretera. Bella hizo algunas llamadas, frustrándose con cada sitio que estaba completo. Me di cuenta de que debería haber investigado aquella mañana y haber encontrado un sitio, pero ni se me había pasado por la cabeza entonces.
Se llevó el teléfono a la oreja, cerrando los ojos mientras esperaba que alguien respondiera.
―Sí, hola, me preguntaba si tienen disponibilidad para esta noche. ―Hizo una pausa, arrugando la frente―. ¿Solo una? ¿Qué tipo de habitación? ―Me miró y yo suspiré―. ¿Dos dobles? ―Me miró en busca de confirmación. Encogí un hombro, dejando que se lo tomara como quisiera. Bella frunció el ceño pero devolvió su atención a la llamada―. Sí, eso me valdrá. ―Dio su información y, cuando colgó, cogió mi teléfono y puso la dirección―. Puedo seguir buscando ―me ofreció mientras programaba el hotel en el navegador. Yo sacudí la cabeza.
―Está bien. Llegados a este punto, me conformaré con lo que haya.
Bella asintió y terminó de poner la dirección.
―Siempre se me olvida lo difícil que es viajar en estas fechas ―dijo en voz baja. Yo asentí―. Todavía falta una semana para Navidad y ya está todo hasta arriba.
Ella soltó mi teléfono y yo le eché una mirada. Parecía que solo estábamos a cuarenta minutos del hotel. Gracias a Dios. Había sido un día larguísimo. Habíamos cambiado de horario a mitad de Tennessee y, aunque eso significaba que estábamos ganando tiempo, tener que volver a pasar por esa hora había sido lo peor. Estaba agotado y lo único que quería era darme una larga ducha, comer algo y dormir.
Espero que os haya gustado.
La semana que viene me voy de viaje, así que solo habrá una actualización el domingo. El martes tendréis un adelanto del capítulo en el grupo de Élite Fanfiction de Facebook.
Que paséis una buena semana. Nos leemos en los comentarios, me encanta saber qué pensáis.
-Bells :)
