-2.166, -2.250, -2.333
Diciembre
tick
Después, evidentemente, no tenía una línea temporal. El tiempo y la distancia que los separaba de la conversación sobre el destrozado acuerdo esponsal de Draco no hacían más que empeorar las cosas. Cada día que pasaba, que se convertía en semanas, que los llevaba de lleno a diciembre y que se acercaba a las vacaciones, se sentía como otra oportunidad perdida de hacer algo con respecto a esta nueva realidad.
Lo que podría haber sido una abundancia de libertad, gloriosamente ausente de la obsesiva elaboración experimental de Draco, solo se había transformado en una gestión igualmente obsesiva de la cuenta que su padre le había confiado. Sus números se desplomaron, algo sobre problemas de suministro de una hierba particularmente rara. Draco apenas podía seguirlo, perdido en una masa de cartas entregadas por lechuzas a todas horas de la noche y del día: informándole de cambios de precios, escasez de suministros y un golpe de estado en un país del que nunca había oído hablar, pero que al parecer tenía alguna relación con las cifras de su cuenta.
Lo odiaba. Lo odiaba verdadera, total y completamente. No tenía nada del control, nada de la delicadeza, nada de la recompensa que le daba la elaboración de pociones. En el mejor de los casos, era como adivinar, y en el peor, como vagar por la niebla con los ojos cerrados, esperando encontrar su destino. Le habían dado una cuenta. Un pequeño trozo de responsabilidad. Y cuando por fin tuvo tiempo de dedicarle algo de sí mismo, probablemente habría tenido más suerte dejando que su lechuza tomara las decisiones. O Topsy. Tal vez ella sabía una o dos cosas sobre importaciones raras de hierbas.
—Me tomaré unos días libres, —dijo Hermione.
Sus palabras llegaron completamente sin previo aviso, y en medio de otro largo e incómodo día de hablar el uno con el otro como si no tuvieran algo enorme e incómodo y deseoso rondando en el espacio entre palabras y parpadeos y respiraciones. Acababa de terminar la habitación en la que había estado trabajando la mayor parte de la semana, una habitación problemática con un juego de gobstone especialmente desagradable.
—Oh, —dijo Draco, sin otro tipo de respuesta.
—En realidad, hoy solo pensaba trabajar medio día. El Ministerio ya lo ha aprobado. Me habría tomado todo el día, pero quería terminar esta, —ladeó la cabeza hacia atrás, en dirección a la habitación de la que acababa de salir—, ya que es la última de este pasillo.
—¿Quién habría pensado que los gobstones podrían ser tan problemáticos?
Ella se rio: silenciosa, pero genuina, llenando los espacios incómodos y desconocidos que había entre ellos.
—Cualquiera que haya jugado con un set de bromas Weasley. Aunque este era ciertamente más difícil.
—Sinceramente, ni siquiera sabía que teníamos un juego de gobstone aquí.
Puso los ojos en blanco y se apartó de la puerta, más cerca de él, pero también de su bolso, que probablemente era su destino. Sin embargo, eso no impidió que se preguntara: la intrusa sensación de que tal vez buscaba acercarse.
—Vivir en una casa con tantas habitaciones que ni siquiera sabes lo que hay en todas ellas.
—Ya no vivo aquí, —le recordó él, un poco burlón, mientras metía la varita en el bolso—. Antes éramos una familia mucho más grande, los Malfoys. Pero ahora solo somos nosotros tres. Apenas necesitamos usar todas estas habitaciones.
Se hizo un silencio incómodo.
—¿Así que no te importa? —preguntó, atravesando el silencio—. ¿Que me vaya un poco antes?
—Tan emocionante como suena la perspectiva, en realidad no soy tu jefe. Eres libre de hacer lo que quieras.
—Mientras no profane la propiedad, por supuesto.
—Por supuesto.
Ella no se movió, con el bolso colgado del hombro, tirando de un rizo atrapado bajo él. Estuvo a punto de estirar la mano para liberarlo.
Pero tampoco se movió.
Cuando volvió a notar el silencio, tan ruidoso en su nada, su pecho se retorció, incómodo.
—¿Planes? —preguntó—. Lo siento, quiero decir, ¿tienes planes para tu tiempo libre?
—Oh, no especialmente. Solo voy a relajarme un poco.
—¿Tengo que enviar a Topsy para salvarte de tu versión de las vacaciones?
—Puede que vea a mis padres, —dijo, liberando por fin sus rizos atrapados bajo la correa de su bolso.
—¿Puede?
—Lo estamos... resolviendo. Después de... —Se interrumpió, sin dejar de mirarle, pero con los ojos desenfocados, absorta en cualquier pensamiento que se le hubiera pasado por la cabeza. No tenía ni idea de lo que quería decir, y sintió que no debía preguntar. Algo en la fragilidad de su tono y en la distancia de sus ojos le decía que, fuera lo que fuese, era personal.
Y realmente, ¿qué derecho tenía Draco a saber nada personal de ella? Excepto por sus deseos personales de tocarla, besarla y follársela. Pero eso era... diferente. Eso era fascinación, atracción... no podía ser más.
El autoengaño sabía agrio estos días.
—Oh, lo siento, —dijo—. A veces se me olvida. No tengo un grupo social particularmente grande y, bueno, todo el mundo lo sabe. Olvidé que probablemente tú no.
Aquello parecía una abertura, una rendija en una puerta por la que podría pasar.
—¿Saber... qué? —preguntó, apenas vacilando.
Ella tragó saliva. Su sonrisa parecía tensa, sus mejillas se movían lo suficiente como para que él se preguntara cuánto había luchado por mantenerla en su sitio.
—Los oblivié. Durante la guerra.
El shock fue como una atadura que le bloqueó el cuerpo y le congeló los músculos. Sorprendió con la fuerza suficiente para mantener su cuerpo inmóvil mientras su mente daba vueltas, arremolinándose sin control mientras intentaba encontrar sentido o razón a lo que ella acababa de decir.
—Los envié a Australia, —continuó—. Estaban más seguros sin conocerme; de lo contrario, nunca lo habrían entendido. —Draco se preguntó cuántas veces se habría dicho eso a sí misma, intentando encontrar su propia creencia en las palabras. Él conocía bien ese sentimiento. Acababa de sentirlo: no podía ser más—. Conseguí revertirlo el año pasado. Ellos... bueno, las cosas han estado tensas. Intentamos cenar juntos cada mes o así.
Draco no podía concebir eso. Por muy complicada, disfuncional y salvajemente insana que pudiera ser la relación con sus padres, hacía al menos dos comidas al día con ellos, todos los días. Tenían una rutina, una base de unión que existía al margen de cualquier conflicto que pudieran tener. Incluso cuando su madre probablemente quería abofetearlo por sabotear su compromiso, o cuando su padre tenía que sermonearlo por hablar fuera de lugar o con falta de respeto, seguían cenando juntos. Cada mañana y cada noche; eran una familia, lo que significaba que permanecían juntos.
—Yo... —intentó hablar, decir algo. Podía y no podía comprenderlo, lo horrible que debe ser tener tanta incertidumbre con la propia familia. Estuvo a punto de decirlo, pero no sabía si eso la haría sentir mejor o peor. Algo dentro de él sugería que peor.
Hermione parecía no inmutarse, continuando a pesar de su fracaso al interrumpirla. Tal vez necesitaba desahogarse, las palabras fluían en un diluvio de confesión, y él, su confesor.
—Desafié su confianza. Ya lo sé. No lo entienden... no realmente. Pero está mejorando. Desayunaremos juntos, en Navidad, creo.
A Draco se le apretó el pecho, algo tan triste, tan desconsolado por la mujer que tenía delante. Tener cualquier duda, aunque fuera mínima, de que ella no pudiera pasar las vacaciones con su familia, lo destripaba. Incluso sabiendo que no siempre quería pasar tiempo con sus padres, siempre tenía la opción.
Él absolutamente, definitivamente, no era digno de esta mujer. ¿Cómo podía existir una persona como ella? Parecía imposible que el cuerpo de una persona pudiera contener una fuerza, una determinación y una valentía como las suyas. Seguramente su magia estallaría, o implosionaría, o se haría añicos bajo su peso.
—De todos modos, —dijo, continuando como si aquella no hubiera sido la historia más extraordinaria jamás contada—. Tengo un regalo para ti. Espero que no pienses que es demasiado... —se sonrojó, de un bonito color rosado—. Bueno, en realidad no es un regalo, exactamente. No puedes quedártelo.
Draco arqueó una ceja. Que ella hubiera pensado en regalarle algo lo sacó de la melancolía de pensar en sus padres.
Metió la mano en el bolso y sacó un paquete envuelto, sospechosamente en forma de libro.
—Hermione, si estás intentando darme esa copia de Historia de Hogwarts de vuelta...
—No, no. —Ella sonrió, sin embargo, como si tal vez hubiera pensado en ello—. Este es mi libro favorito, mi copia personal que tengo desde hace años. Me encanta, me gustaría recuperarlo. Pero quería compartirlo contigo. —Se sonrojó más, y el rosa se convirtió en rojo a medida que sus palabras se sucedían cada vez más deprisa—. Dijiste que estabas abierto a la literatura muggle... bueno, me encanta este libro.
—Para confirmar, —dijo, sonriendo a través de lo que se sentía como verdadera, abrumadora gratitud—. ¿Te encanta este libro?
Se rio, pero apartó la mirada, claramente avergonzada. Fue precioso.
—No seas imbécil, sí.
—Gracias, —dijo. Intentó sonar lo más sincero posible. No quería que se sintiera incómoda, por muy divertido que fuera molestarla. Que hubiera pensado en él, que quisiera compartir algo tan personal con él, Merlín. Tuvo que truncar ese pensamiento: no necesariamente para empaquetarlo y guardarlo, sino más bien para guardarlo para más tarde, cuando no tuviera que entablar una conversación activa—. Yo también tengo un regalo para ti.
Ella apartó la mirada de la piedra del suelo cuando él habló, y las comisuras de sus ojos se fruncieron de emoción, atenuando lo que parecía una sorpresa. Dioses, casi le mata darse cuenta de que ella podría haber pensado que su entrega de regalos sería un asunto unilateral.
—No sabía que te tomarías tiempo libre, —dijo—. No lo tengo envuelto ni listo. Está en mi piso.
—Oh. —Bajó la cara, con el labio entre los dientes—. Bueno, estoy segura de que puede esperar hasta más tarde. Después de las vacaciones.
Sonaba como una pregunta.
¿Podría ser una pregunta?
—No, me gustaría que lo tuvieras tú... ¿quieres venir y te lo doy?
Sabía que era una mala idea incluso cuando lo sugirió. Podía haber ido a buscarlo y volver. Podría habérselo enviado por lechuza. Podía haber hecho o sugerido cualquier cosa que no implicara que Hermione Granger volviera a entrar en su piso. Pero dioses, si él no la quería allí. Le gustaba la idea de tenerla de nuevo en su casa. De verla allí, con él.
Ella sonrió ante su sugerencia, y él supo que estaba perdido.
—Sí, de acuerdo. Eso estaría bien.
—
Draco tardó menos de diez segundos en arrepentirse de su impulsiva decisión de invitar a Hermione. No era tanto el sentido literal de tenerla en su casa lo que resultaba problemático. Sino más bien el hecho de tenerla en un lugar que era suyo, que era él, y que no estaba enturbiado por su historia familiar y el frío interior de piedra de una mansión aristocrática.
Los suelos de su piso eran de madera. Habían sido trabajados. Y eso se sentía... diferente.
—Dame un momento, —dijo, señalando el sofá de terciopelo verde para que ella se sentara.
Necesitó tiempo para respirar cuando entró en el laboratorio de pociones. En primer lugar, por el alivio que le producía haber hecho y guardado un gran lote de la poción, retocando y refinando constantemente el efecto de su experimento para que no solo funcionara, sino que funcionara bien, y rápido, y sin dolor; no podía darle nada menos que lo mejor. Pero, en segundo lugar, tenía que recuperar el aliento para que el terror no se apoderara completamente de él.
Amenazaba con resquebrajarlo, quebradizo y a punto de romperse, como si sus huesos pudieran partirse y hacerse añicos.
¿En qué había estado pensando?
Sentía el pánico como hielo encendido, contradicción en las venas.
No se avergonzaba de su cicatriz. Se lo había dicho, literalmente, a la cara. No necesitaba cubrirla, solo lo hacía por él; él lo sabía. Porque, ¿quién no se daba cuenta de lo patético que se comportaba cada vez que veía ese insulto tallado en su brazo, ¿cómo lo buscaba en la flagelación por culpa?
¿En qué asqueroso presuntuoso le convertía eso? Se llevó la palma de la mano al pecho, sobre el corazón, como si la presión y el calor pudieran hacer que dejara de latir tan deprisa. Ella pensaría que era un imbécil obsesionado con la imagen. Superficial. Vanidoso. Ella ya le había llamado eso, también, una vez.
En serio, ¿en qué estaba pensando?
Joder.
Solo quería que ella pudiera elegir. Eso era. Eso era todo. Ella no tenía que aceptarlo. No tenía que usarlo. Pero entonces su regalo para ella sería una botella de algo que no quería y meses de trabajo de los que probablemente se mortificaría al saberlo.
Sintió que se le formaba una desafortunada capa de sudor, probablemente frío y húmedo, en la frente cuando por fin embotelló un vial y salió de su laboratorio. Volvía a sentirse como un adolescente inseguro, lleno de nervios.
Veintidós años le parecían edad suficiente para no experimentar nervios así. Volvió al salón y la encontró sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, hojeando una revista de pociones que había dejado sobre la mesa. Dioses, había pasado tanto tiempo luchando consigo mismo que ella se había aburrido y necesitaba entretenimiento.
Cuando ella levantó la vista hacia él, vio una arruga entre sus cejas, que se cernía sobre unos ojos abiertos y curiosos. Nervios propios.
Sus dedos se movieron hacia el frasco que llevaba en el bolsillo.
No podía hacerlo. Todavía no. Necesitaba más tiempo. Una distracción. Joder, algo que lo calmara.
—¿Te apetece un té? —preguntó.
Estaba claro que esperaba que saliera algo... cualquier... otra cosa de su boca. Ladeó la cabeza. La arruga entre sus cejas se hizo más profunda.
—Sí... por favor. Gracias. Eso sería encantador.
Sonaba tan formal, como si sus palabras hubieran intentado hacerle tropezar, engañarla, como si no pudiera decidir qué versión de ellas eran suyas y cuáles pertenecían a las formalidades tras las que se escondía.
—Preparo un té excelente.
Ella puso los ojos en blanco ante su fanfarronería y sus hombros se relajaron. Los de Draco hicieron lo mismo.
—Me sorprende, —dijo—. Hubiera pensado que Topsy lo hacía por ti.
—Madre prefiere que no. Ciertas cosas son sagradas, y todo eso. —Agitó la varita para invocar sus suministros.
La preparación del té no duró lo suficiente como para tranquilizarle del todo. Mientras le ofrecía una taza, sus pensamientos se obsesionaban con el frasco que llevaba en el bolsillo del pantalón: o una muy mala decisión o una muy buena. Sospechaba lo primero, pero esperaba lo segundo.
Se sentó a su lado en el sofá, con un cojín entero de espacio entre los dos. Hermione tomó un sorbo de su té, sonriendo amablemente. Parecía indicar que lo disfrutaba.
Honestamente, esperaba una reacción un poco más fuerte que esa. Hizo una excelente taza de té. Objetivamente. No parecía lo suficientemente impresionada. Sorbió el suyo. Confirmación, un brebaje excelente.
Brebaje. Joder.
—Entonces, —dijo, dejando el té a un lado. Se metió la mano en el bolsillo y sacó el frasquito. La poción, en su versión actual, era de un precioso tono lavanda que le recordaba a las flores, a la respiración profunda y a la paz. Muy diferente del púrpura oscuro y furioso en el que se manifestaban tantas maldiciones. Le tendió el frasco.
Vio la curiosidad, las preguntas, evidentes en los ojos abiertos de par en par mientras ella lo agarraba. Se preguntó si ya se habría dado cuenta. Después de todo, era brillante. Y él le había dicho antes que estaba experimentando con pociones para eliminar cicatrices malditas.
Seguramente ella haría la conexión.
—Me he dado cuenta de que no creo que te guste, —dijo. Se sintió acalorado e incómodo. Lo llamaría mortificación, pero la raíz de esa palabra implicaba una muerte de algún tipo, y como por desgracia aún respiraba a pesar de esta vergüenza, mortificación seguramente no podía ser el término correcto para ello. Aunque no le importaría tirarse por una ventana: muerte por defenestración.
—¿Por qué no? —preguntó ella. No dijo nada de lo que debía de ser un rubor rojo brillante que le subía por el cuello. Sentía la piel como si las brasas se arrastraran por ella, subieran por ella, emanaran de su corazón y buscaran sus extremidades—. ¿Me has preparado algo?
Sostuvo el vial a contraluz, con la cabeza torcida mientras examinaba sus propiedades. No encontraría ninguna respuesta en su transparencia, ni en su color, ni en ninguna partícula flotante. No encontraría ninguna combinación aceptable de propiedades que le ayudara a identificarlo. Y, evidentemente, no había relacionado lo que él le había dicho dos meses antes con el vial que tenía en las manos.
—Sí. Bueno... inventé una poción para ti.
Se quedó inmóvil, parpadeando. Luego, su mano y el frasco cayeron sobre su regazo mientras le devolvía la mirada. Vio cómo sus dedos se cerraban en torno al frasco, como si lo protegiera, como si lo apreciara.
—Es... ah. Es en lo que te dije que estaba trabajando hace un par de meses, ¿te acuerdas? —Tenía que acordarse, ¿cómo no? Casi habían caído juntos en un agujero negro—. Es para cicatrices malditas, como dije. De hecho, encontré una forma de unir tus diagnósticos a ella. Bueno... extrae la magia maldita para que la cicatriz pueda curarse. Era para ti. —Necesitaba que ella supiera esa parte. Por lo menos. Ella necesitaba saberlo—. Solo lo estaba probando en mí. Pero siempre fue para ti. Solo para ti. En caso de que...
Se había esforzado mucho por no mirarle el brazo. Pero su mirada se desvió hacia allí, sobre todo por instinto, en referencia a lo que había mencionado. Realmente, desesperadamente, no había querido mirar. Porque entonces ella también miró, siguiendo su mirada.
Lo odiaría.
Era un idiota.
Pero no le gritó. No dijo nada. Se quedó mirándose el brazo durante varios latidos más de lo que él lo hizo, su atención ahora en su cara, observando cómo se hundía su acto de estupidez.
Sus nudillos se sonrojaron alrededor de la poción, y él se preocupó por un momento de que pudiera romper el cristal con la fuerza de su agarre.
—Quitaría, —empezó ella, luego hizo una pausa y tragó saliva. Le miró. Dioses, parecía que iba a llorar. La había cagado hasta lo indecible—. ¿Quitaría... esto? —preguntó. Levantó el brazo, cubierto por una manga, pero los dos sabían a qué se refería, como si hubiera algo más que pudiera querer decir.
—Sí. Lo siento... No quería sugerir que fuera necesario. Sé que tú...
Se interrumpió y observó cómo le temblaban las manos al dejar el frasco sobre la mesa. Sonó un tintineo, un golpeteo inestable del cristal sobre la superficie de mármol mientras ella se esforzaba por colocarlo en posición vertical. Volvió a llevarse la mano al regazo, la agarro con la otra y las estrujo. No había sacado la varita. Esperaba que eso significara que no pretendía hechizarlo.
Ella le miró, agonizante. Oyó una respiración agitada, un sonido áspero y estrangulado, y entonces ella rompió a llorar, con la cabeza hundida entre las manos.
—
Draco no se movió durante casi un minuto entero. Lo supo porque observó el segundero del reloj que había detrás de ella, marcando cada instante en el que no hacía absolutamente nada mientras la bruja más extraordinaria que había conocido se sentaba a un cojín de distancia de él sollozando entre sus manos.
Entonces, cuando el segundero pasó de las doce por segunda vez, por fin se movió. De su cojín al que los separaba, acortó la distancia. Ella no levantó la vista cuando él se movió, pero la intensidad de sus lágrimas pareció disminuir. Con cuidado, Draco se acercó para ponerle una mano en la rodilla, ofreciéndole algún tipo de consuelo, algún tipo de disculpa, aunque nada de lo que dijera sería suficiente.
Ella se estremeció ante su contacto y él retiró la mano inmediatamente. Por supuesto, ¿por qué iba a querer consuelo de él? Después de todo, él le había hecho esto.
No estaba preparado para que ella se lanzara a sus brazos, prácticamente arrastrándose hasta su regazo mientras le rodeaba el cuello con los brazos, enterrando la cara en su pecho.
Respiró entrecortadamente, confundido por una oleada de deseo que no podía controlar, por inoportuno e inapropiado que fuera. Su respuesta fue automática: le rodeó la cintura con un brazo y le alisó el pelo con el otro, cuyos rizos ya amenazaban con asfixiarlo. No se le ocurrió mejor manera de morir.
No pudo evitarlo; se apoyó en la parte superior de su cabeza, apoyando la mejilla en los rizos que había sabido que serían tan, tan suaves, a pesar del encrespamiento y la locura y la magia crepitante que vivía en su interior.
Entonces se dio cuenta de que ella lloriqueaba, disculpándose, contra su pecho.
—Lo siento... no quería decir, lo siento. Sé que esta camisa es probablemente estúpidamente cara. Yo...
Ella empezó a apartarse, pero él la agarró con más fuerza y le puso la mano en la espalda dibujando círculos en la tela de la camisa. Ella volvió a fundirse con él.
Miró el reloj. Ella lloró durante otros cinco minutos, de forma intermitente, con oleadas de dolor, agonía, vergüenza, melancolía o lo que fuera que él le hubiera causado, que afloraban en nuevos brotes que fluían antes de amainar. Cuando el espacio entre las bocanadas de aire y las nuevas lágrimas se hizo lo suficientemente amplio como para que la respiración de ella se sintiera casi normal contra las costillas de él, dejó que su mano contra la espalda de ella se deslizara: espacio para irse si ella quería.
Se echó hacia atrás, mirándole. Sus rodillas se apoyaban en sus caderas, literalmente a horcajadas sobre él. En cualquier otra circunstancia, esa constatación podría haberle hecho caer en espiral, ebrio de lujuria. Pero la culpa anulaba ese instinto carnal, por muy fuerte que fuera.
—Lo siento, —dijo ella de nuevo, y él no pudo comprenderlo—. Eso fue... tan abrumador, lo siento...
—¿Por qué te disculpas conmigo? —Sus palabras salieron tensas, bruscas. Ella se tensó, sus muslos contra los de él, y no había nada sexual en ello en lo más mínimo. Qué pesadilla.
Se secó una lágrima y le hizo un gesto vago con la mano.
—Por tu camisa, —dijo, como si fuera obvio—. He llorado sobre ella.
Se preguntó por qué ella no se había apartado de su persona, pero cuando bajó la vista, vio que sus manos descansaban en la parte superior de sus muslos, cerca de sus caderas, a un suave movimiento de su culo. No se había dado cuenta de que lo había hecho, pero ahora apenas podía moverlas, no fuera a llamar la atención sobre este desliz involuntario en la intimidad que no debían compartir.
—No quería llorar así. Tiendo... a llorar cuando estoy abrumada y eso fue, bueno. Nunca esperé tener la opción. —Se miró el brazo izquierdo—. Lo había aceptado. Me parecía bien. De verdad, lo estaba. Ya viste, qué digo, claro que lo sabes. Probablemente lo sabes mejor que Harry y Ron. Pero, bueno. Me... me estás dando a elegir.
—¿Debo suponer que no estás furiosa conmigo?
—¿Furiosa? ¿Por qué iba a estar furiosa?
—Fue bastante presuntuoso.
Ella pareció considerarlo, tenerlo en cuenta. Una de sus manos encontró la de él en la parte superior de su muslo. Sonrió.
—Difícilmente es tu peor cualidad. Por ejemplo, tu propensión a alisarte el pelo...
Un juguetón apretón en su cadera le pareció natural, una sonrisa se dibujó en su rostro mientras la acercaba, apretándola más contra su regazo. Lo hizo antes de pensar en las consecuencias de tenerla tan cerca. Pero ella siguió sonriéndole, con un leve tono rosado extendiéndose por las mejillas.
—Quería que tuvieras la opción, —dijo, bajando la voz. Podía ser silencioso con sus palabras; tan cerca, no necesitaban viajar muy lejos—. Cuando te vi de pie en el salón, allá por abril, aceptándolo. Fue lo más increíble que he visto en mi vida. Empecé a elaborar la poción esa noche.
De cerca, cuando sus ojos se abrieron de par en par, vio no solo un marrón profundo y expresivo, sino un caoba mezclado con ámbar, arremolinado con castaño, cobre, rojizo y bronce, tan complejo y confuso como la bruja a la que pertenecían.
—¿Has estado trabajando en una poción experimental, —tragó saliva—, desde abril?
—De verdad quería que tuvieras la opción.
—¿Por qué? —Apenas había preguntado: un susurro.
—Creo que, si alguien merece seguir adelante, completamente, de... todo aquello. Tiene que ser Hermione Granger, ¿no?
Se sentó lo suficientemente cerca como para que cuando sus ojos se movieron esta vez, un movimiento hacia su propio brazo, su brazo izquierdo, él tampoco se lo perdiera. Ella le devolvió la mirada una fracción de segundo después, con el arrepentimiento filtrándose entre las vetas de cobre y bronce de sus ojos. A él no le importaba, no la envidiaba por ello. Él también lo odiaba.
—Gracias, Draco, —dijo ella—. Sinceramente. Me has dejado sin palabras.
Sonrió satisfecho, intentando forzar algo normal, algo simple, algo fácil, en una situación en la que Hermione Granger estaba a horcajadas sobre su regazo en un sofá antiguo de su piso. Se había pajeado con mucho menos que eso.
—¿Sin palabras? Nunca pensé que llegaría el día.
Puso los ojos en blanco y sonrió.
Todos los momentos anteriores. Todos los impulsos errantes de tocarla, saborearla o besarla. Todos palidecían en comparación con este. Aquellos momentos contenían apenas una fracción del deseo que lo invadía con aquellos labios, tan cerca de los suyos, estirados en una hermosa sonrisa. Se retorcía en su interior, separándolo por las costuras, destrozando todo hilo de autocontrol que creía que le quedaba.
—Granger, —dijo.
—Hermione.
—¿Qué?
—Si vas a besarme, deberías llamarme Hermione.
Tragó saliva, el pánico lo estrangulaba. Ella acababa de decir eso, ¿verdad? Se habría reído de sus tendencias de Gryffindor si no lo hubieran paralizado por completo.
—Lo harás, ¿verdad? —preguntó ella, con un deje de timidez en el tono.
—Sí, lo haré, —logró decir. Podía saborear los latidos de su corazón, retumbando en el fondo de su garganta.
Ella le deslizó una mano por el cuello, hasta la nuca. Él cerró los ojos por un momento para evitar una sobrecarga sensorial.
Ella susurró su nombre, sílabas que él podía inhalar por proximidad. Abrió los ojos, lo suficiente para orientarse, y juntó sus labios en lo que podría haber llamado un impulso si no hubiera fantaseado con ello, si no lo hubiera deseado durante tanto tiempo.
La acercó más a él, saboreando la breve pero asombrosa sensación de cruzar por fin el horizonte de sucesos, deslizándose juntos hacia un agujero negro. El beso relampagueó, fugaz, y terminó demasiado pronto. Labios cálidos y suaves, relámpagos en su sangre, alivio en la superficie de su piel. La estrechó contra su pecho, la frente contra la suya.
—Merlín, —exhaló, y al decirlo rozó de nuevo sus labios, proporcionándole el placer erógeno de ver cómo ella agitaba los párpados.
Se echó hacia atrás, se apartó y se puso en pie.
Tenía una erección en toda regla y ella tenía que haberlo notado. Pero se quedó mirándole a la cara. Él no se movió, fundido efectivamente en el sofá por una tormenta de fuego llamada Hermione Granger.
—Tengo que irme, —dijo.
Y él estuvo de acuerdo. Aunque solo fuera porque su autocontrol ya estaba hecho trizas por el deseo abrumador de ella. Acababa de llorar durante varios minutos y luego le había dejado besarla. Esas cosas, no debían interactuar, superponerse. No quería que saber por fin lo que era besarla se viera empañado por una tristeza persistente. Había tenido una, breve y preciosa, y tendría que ser suficiente por ahora.
Alcanzó la poción y su bolso, deteniéndose en el Flu. Él pudo oír la pesadez de su respiración.
—Pensaba ir sola, —dijo—. Pero, si estás disponible. Me preguntaba. Me vendría bien una cita para la boda de Harry...
—Sí.
Iría diez veces más a la boda de Harry Potter si eso significara ir con ella.
Ella sonrió.
—Bien. Vale. Sí, bueno. Es justo después de Año Nuevo. Te enviaré los detalles.
Y antes de que ninguno de los dos pudiera decir, o hacer, nada más, ella desapareció a través del Flu.
Draco no estaba del todo seguro de haber comprendido perfectamente la realidad en los segundos transcurridos desde que ella se había marchado. Pero estaba bastante seguro de que ahora tenía una cita con Hermione Granger.
Volvió a mirar el segundero del reloj. Le parecía irreal, como si se hubiera tropezado con una versión desconocida de un futuro en el que Hermione acababa de sentarse a horcajadas sobre su regazo y lo había besado antes de pedirle una cita.
Invocó el libro que ella le había regalado, olvidado casi por completo sobre la mesa mientras él entraba en pánico por la poción. Quitó el envoltorio y examinó la cubierta.
El Conde de Montecristo.
Nunca había oído hablar de él. No era de extrañar; ella había dicho que era muggle. Encogiéndose de hombros, lo abrió y encontró su nombre escrito en el interior de la portada. Era una caligrafía infantil, temblorosa y lenta, pero claramente hecha con cuidado y precisión. Podía imaginársela, una versión más joven de la mujer que acababa de tener en su casa, marcando este libro como suyo, reclamándolo con su nombre.
Se preguntó dónde habría escrito su nombre en su cuerpo, porque debía de haberlo hecho. Tenía que haberlo hecho, haber escrito su nombre en alguna parte, si el torrente detrás de sus costillas era un indicio.
.
.
Nota de la autora:
¡Muchísimas gracias a todos, como siempre! ¡Vuestro ánimo significa mucho! ¡Y realmente me ayuda a motivarme para escribir incluso cuando los días de escritura son duros, así que gracias! Estoy tan impresionada de que esta historia se esté acercando a los 1.000 kudos... como, mi cerebro, no puede comprenderlo. Con este capítulo, estamos oficialmente a 1/4 del final, ¿puedes creerlo? Primera parte, terminada. Faltan tres.
Literalmente no puedo agradecer lo suficiente a icepower55, Endless_musings, y persephone_stone. Probablemente parezca repetitivo, pero ¡es tan cierto! Me han ayudado incansablemente a refinar la elección de palabras y rarezas en general y mi atroz mal uso de las comas, no importa cuánto me esfuerce por hacerlo bien (lo intento, de verdad que lo hago). Así que aquí, al final de la primera parte, solo quiero asegurarme de que queda super, duper, extremadamente claro que estas damas son fantásticas y ¡merecen tanto crédito por su apoyo!
.
Nota de la traductora:
Aun siendo una precuela y sabiendo lo que va a pasar, este capítulo ha sido increíble. Y toda esta primera parte en realidad, estoy sin palabras, al igual que Hermione. Este Dramione es una autentica maravilla y ¡solo acaba de empezar! Espero que esta primera parte os haya gustado y os haya tenido tan enamoradas como a mí.
No puedo dejar pasar la oportunidad de felicitar a Hermione (¿Malfoy?) que hoy que cumple 45 años.
