¡Hola! ¿Esta página sigue viva? Este verano escribiré bastante (o es mi ilusión) para dejar la historia bien adelantada.
¡Disfrutad!
Setas
Por segunda vez miró al piso y pateó la piedra imaginaria que tenía ante sus pies antes de dirigir sus ojos a la puerta. Seguramente todos pensarían que él no tenía miedo de hablar con padre.
Mas sí lo tenía.
Perú lo sabía muy bien.
De hecho, lo que le iban a comentar era una idea que habían desarrollado gracias a su interés en común en la cocina. Sabían que esta sería su única oportunidad de experimentar con este alimento, por ello habían convenido que hablarían con su padre para que los dejara explorar los bosques.
Y sin embargo, de alguna manera el que iba a tomar todos los riesgos era él, Nueva España. ¿Cómo habían arribado a este momento? La colonia más rica del reino suspiró: ya daba igual, estaba enfrente de la puerta que daba al despacho de su padre. Deshizo el agarré que mantenía en su espalda y toco la puerta con sus nudillos.
—¿Quién?
—Soy yo padre, Nueva…
—Nueva España pasa. —El nombrado tomó el pomo, lo giró, empujó la puerta y la cerró tras de sí antes de observar al joven que se encontraba detrás de su escritorio: con la luz del mediodía, su progenitor se veía aún más imponente de lo normal y si a eso se le sumaba la mirada orgullosa y satisfecha que le dirigía nueva España sentía que sus piernas se iban a derretir— ¿A qué viene esa cara larga, hijo? —Y levantando la mano lo invitó a hablar.
El niño inspiró y se irguió—. Padre nos queríamos proponeros…
—¿Quién es «nos» Nueva España?
—Perú y un servidor.
—¿Y dónde está vuestro hermano?
—Honestamente no lo sé, mas no es impedimento para lo que os queremos proponer. Padre queremos ir al bosque a buscar hongos.
La verde mirada de Antonio se acentuó. El español se echó para atrás en la silla a la vez que cruzaba los brazos— ¿Os referís al mismo bosque por el que se perdieron Salvador y Honduras?
—Sí padre.
—¿Os habéis olvidado del calvario que pasamos? —dijo elevando ligeramente una ceja y el tono de voz.
—Claro que no. Mas no conocíamos otro. Si usted conoce de algún otro con gusto acataremos el cambio.
España ponderó por unos momentos la sugerencia: el siguiente bosque más cercano ya estaba a más de 4 horas de caballo, si es que querían conseguir hongos. Además, el bosque era muy grande, podrían evitar la zonas de osos si iban con un experto— ¿Porque queréis buscar setas?
—Somos amantes de la gastronomía y desde que se nos comunicó este viaje hemos soñado con experimentar con ellos en la cocina. Sabemos que en la Península son muy utilizados durante el otoño, mientras que en nuestras casas escasean. Esta es nuestra única oportunidad ¡Por favor, padre!
—La verdad es que tengo que pensarlo un poco. No dudo que vosotros obedeciereis mis ordenes pero dado lo acontecido…
—¡Padre! ¡Por favor, dejadme ir también! —La puerta se abrió con tal violencia que Fernández pensó que un toro la había atravesado y del susto se cayó de la silla.
—¡Dios Bendito! ¡Cuba! ¡¿Cuántas veces os he dicho que midáis vuestra fuerza?! ¡Que ya no sois un niño y que tenéis que tocar la puerta antes de entrar! ¡Mirad lo que le habéis hacho a vuestro hermano! ¿Estáis bien, Nueva España? —El padre se acuclilló para meterse debajo del escritorio donde había acabado el niño.
—Me duele un poco este punto de la cabeza.
—Creo que os saldrá chichón pero nada más —dijo revisando a su hijo más pequeño para luego fulminar al adolescente.
—L-lo siento padre y Nueva España. Lo que sucede es que me dirigía para su despacho a transmitir la misma idea y al escucharlos hablar no quise desaprovechar la oportunidad.
—Cuba, ¿y por qué vos queréis ir a buscar setas? No tenéis ni idea de lo que son y tampoco os interesa la gastronomía.
Al americano se le erizaron los vellos y dejó respirar ante la mirada penetrante de su progenitor que correctamente suponía que tenía ulteriores motivos—. Escuché una conversación entre los sirvientes, querían cocinar un plato con hongos. Sentí curiosidad y les pregunté. Me pareció una buena empresa, muy deliciosa. Así que me comprometí a ayudarlos a hacerlo realidad. —Sentenció poniendo una mano en pecho.
—¿Ah, sí? —Levantó una ceja suspicaz, mientras el nuevo español se preguntaba cómo habían llegado a esto.
—¡Por supuesto!
—Como sea, no voy a tomar la decisión. Lo siento Nueva España, mas debo evaluarla detenidamente: cuándo, dónde, quiénes irán y por cuánto tiempo. Mas os prometo que os daré la respuesta lo antes posible.
…
—No, no De la Plata, el cuchillo lo tenéis que agarrar por el mango, sino os vais a cortar. Y a la vez que lo hacéis, trincháis y cortáis. —Indicó el austriaco desde detrás de la silla en la que se sentaba el niño.
El rubio gimoteó y pataleó desesperado —¡Llevo meses en esto! ¡Nunca lo lograre!
—¡Eh! ¡Calmaos! Ya casi estáis. Ya eres capaz de trinchar y coger el cuchillo, ahora solo os falta combinar esas dos acciones. Tenéis que ser paciente. —Suspiró al ver como se revolvía una de las colonias más pequeñas—. Muy bien, os lo cortaré, mas prestad suma atención.
—Austria, ¿aun seguís aquí? Pensé que estarías en la biblioteca leyendo
—Que va. Tenía que ayudar a De la Plata con los cubiertos.
—¿Cuándo podríamos hablar? Tengo que consultaros una cosa
—Ahora mismo. Ya he acabado con este menester —dijo dirigiendo su vista al niño que comía satisfecho y con restos de lágrimas en sus pestañas.
—Preferiría comentártelo en otro lugar. —Comunicó señalando con el pulgar el exterior de la morada.
—Cabalguemos un rato, necesito un poco de aire fresco. —Y a la sonrisa del español emprendieron rumbo a las caballerizas.
—¿Roderich Edelstein quiere salir y hacer ejercicio? ¿Quién sois y qué hicisteis con mi marido?
—Para vuestra información a mi me gusta salir a caminar si hay montañas en la ruta* —contestó con un aire pretencioso para después de reírse—. Os recuerdo que fui yo quien os cargo a caballo después de que os torcierais el tobillo en nuestra excursión.
—Entonces, ¿admitís que cuando os digo de entrenar y decís que estáis muy cansado y que no lo aguantareis es una excusa?
—Eso nunca pasó —agregó cursando de brazos y con una sonrisa.
Una vez sentados en los caballos, dejaron que la fuerza de la costumbre los guiara entre la arbolada otoñal. A veces callados, a veces conversando, el matrimonio disfrutaba finalmente de un tiempo enteramente a solas muy renegado desde que arribaron los niños a la península. De un momento a otro, Eldestein detuvo su caballo y con esta acción obligó al español a hacerlo también. Con la pregunta en el rostro mas moreno, el austriaco solo señaló las faldas de un frondoso árbol—. Aquí fue donde os declaré mi amor.
—¡¿Aquí?! —exclamó todavía asombrado que la mala orientación del austriaco no afectará a su memoria espacial.
—Sí, aquí fue y por allá fue por donde huisteis presa del pánico. Aun no podíais aceptar vuestros sentimientos. —Terminó con una sonrisa amarga en los labios.
Fernández lo observó por unos instantes antes de acercar su caballo y plantarle un beso en los labios. Después descendió del animal, ató a ambos corceles, ayudó a bajar a Roderich y lo abrazó—. Perdón, y gracias. Sois increíblemente paciente conmigo…—susurró en su oreja, le tomó la mano y lo miró a los ojos—. Os quiero.
Austria, pasmado por esa repentina y honesta expresión emocional, se quedó sin palabras a la vez que su rostro se teñía de un vivo carmesí, por lo que lo giró hacia la derecha. No importaba todos los años que llevaran juntos, Antonio lo seguía sorprendiendo—¿De qué queríais hablar? —dijo mientras lo guiaba a su sitio secreto sin soltarle la mano. No obstante, antes de sentarse, viró su rostro y le comunicó raudo y escueto que él también sentía lo mismo. Escuchó el pequeño acceso de risa del español y vio como su nariz se arrugaba levemente.
Adorable.
Se mantuvieron en silencio admirando las hojas caer y permitiéndose sentir la emoción que calentaba sus pechos—. Nueva España me pidió permiso para que él y Perú vayan a buscar setas al bosque.
—¿Cuál es la razón?
—Al parecer quieren aprender a recolectar y cocinar setas.
—Mas puede ser peligroso si escogen setas venenosas. Muchas veces no se distinguen a simple vista. Cuantas veces hemos oído que incluso aldeanos avezados en esas artes mueren envenenados.
—Por eso debería ir yo. Pero si nos vamos, el resto de los niños desearan ir y da pavor simplemente vislumbrar la posibilidad de Banda Oriental encontrándose con una seta venenosa. O a Salvador y Honduras retándose a ver quién come más setas crudas.
El más alto suspiro—. Tenéis razón.
—Y para más inri a esta petición se une Cuba.
—¡¿Cuba?! —Se giró para poder mirarlo sin todavía creer lo que escuchaba
—Así es. —Hizo una pausa—. Al parecer los sirvientes quieren hacer un plato con setas. O eso dijo
—Que excusa más mala. Años que no escuchaba algo así.
—Mas algo de cierto tiene. Lo confirmé con Romano.
Roderich juntó sus manos y miró por unos segundos al cielo que se alzaba más allá de las copas de los árboles antes de contestar—. Llevaros a los virreinatos, que Cuba vaya con Romano y Beatriz, ella es la que mejor conoce estos bosques y es una experta culinaria en setas. Llevaros también a Quito, Nueva Granada, Alto Perú y Panamá, disfrutarán la experiencia. Venezuela y Nueva Extremadura seguro que también querrán participar. No oséis poner esa cara. Se comportarán bien. Las chicas no sé qué querrán hacer, salvo Guatemala que chillaría al ensuciarse un zapato.
—¿Y vos qué haréis?
—Me quedaré en la morada con los demás.
—¡¿Con Salvador y Honduras?! ¿No será demasiado?
—No os preocupéis. Mas, ¿puedo disponer de ellos como quiera?
—Tenéis mi consentimiento.
—Entonces solo habremos hallar la manera de convencerlos
…
El siguiente lunes, antes de que las luces del alba surcaran por el horizonte, España, los virreinatos, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Quito, Nueva Granada, Alto Perú, Española, Cuba, Beatriz e Italia del Sur emprendieron su excursión al bosque para recolectar las setas que se usarían en la cena y lo que quedaba de estación.
Para sorpresa de todos, ni Venezuela ni nueva Extremadura quisieron acompañarlos: el primero adujo la necesidad de estudiar para el primer ensayo general de la obra y el segundo no quiso ir a un viaje en el que tendría que aguantar a los más consentidos de la casa sin apoyo.
Nadie se lo reprocho
Aunque la mañana tan solo empezaba a despuntar, el grupo estaba completamente despierto y emocionado por la tarea que les habían encomendado.
—Todavía resultome extraño pisar un manto de hojas ocre. Parece una alfombra infinita —comentó Cuba satisfecho y alegre de simplemente poder pasear al lado la chica que le quitaba el sueño.
Beatriz rio— ¿Cómo es el otoño en Cuba?
—No existe. Allí solo hay sequía y lluvia, es un verano perpetuo. Puedes bañarte en el mar cuando quieras.
— Eso se oye maravilloso. —Ilusionada, juntó sus manos mientras intentaba imaginar la escena—. Nunca he visto el mar.
—¡¿No os creo?!
—Es verdad. Jamás he tenido la buena aventura de salir de Madrid.
—Tenéis que venir a Cuba. Os encantará. Yo os enseñaré a nadar. —Imprimió pasión a sus palabras.
La sirvienta rio con un alborozo que hizo saltar al corazón del colono—. Como me gustaría viajar por el mundo
Española, que miraba toda la escena con el melancólico anhelo de quien desea y no puede experimentar dichos sentimientos, fue traída al presente por Romano—¿Ah? ¿Mi hermana? Puerto Rico, se quedó porque le arribó el periodo y el dolor era insoportable. Si me disculpáis —dijo y se adelantó en la comitiva hasta arribar a donde su padre se hallaba charlando con sus hijos preferidos.
Era ahora o nunca
—Padre.
—Decidme —contestó con una sonrisa que fue disminuyendo al ver pétrea expresión de su primogénita.
—He de hablaros—concluyó categórica.
España se detuvo asombrado de su actitud y con él todos quedaron expectantes. Luego, con autoridad ordeno a Beatriz que guiara al grupo. Una vez que el último miembro de tan extensa familia desapareció del campo visión, abrió la boca—. Hablad —exigió con aspereza.
La preadolescente inspiró y expiró imperceptiblemente. Ya no había vuelta atrás: si su padre la consideraba débil y no merecedora de amor que así fuera—. Hace meses que oigo en mi cabeza voces en francés, y a veces sin desearlo escapan de mi boca frases en dicho idioma. Y lo peor es que las entiendo sin jamás haberlo estudiado. Padre, lo que quiero decir es que los piratas no han abandonado mis tierras. Únicamente esperaron a que bajáramos la guardia para volver y, ahora se adentran en el interior con cada día que pasa. Me estoy perdiendo. —Terminó con un deje de desesperación.
Fernández, que fue escuchando el relato con más y más angustia, abrió los ojos como platos y alarmado inquirió porque no le había contado nada y cuanto tiempo llevaba padeciendo esto, a lo que su hija contestó que un año y que la razón para no hablar era que no quería parecer una de esas fulanas a las que su padre desprecia. No quería ser una carga a sus ojos.
Antonio la abrazo y este gesto fue tan sorpresivo e insólito que su hija no le correspondió—. Española, no sois una carga. No estáis parando todo un evento para exigir una neceser nacarado, me estáis diciendo que estáis corriendo peligro. Que en tu propia casa tu honor está riesgo. Incluso tu propia persona está en una situación peliaguda. —La separó para mirarla a los ojos. Ella era la única que compartía sus iris—. Os prometo que haré todo lo que esté en mi mano para protegeros. Os lo juro**.
…
La parte de la familia que se había quedado en la mansión y que estaba reunida alrededor en mesa del comedor, observaba con silencio e interés al extremo de la misma, donde se localizaban los centroamericanos más ruidosos de toda la prole.
Honduras y Salvador, ajenos a todo la expectación que atraían, proclamaban a los cuatro vientos todos los planes que tenían para ese día en el que la autoridad paterna finalmente había desaparecido.
Al otro lado de esa habitación se sentaba Austria, quien, impertérrito, bebía chocolate caliente***.
Venezuela curiosamente calmado, se preguntaba hasta cuando su maestro toleraría esa actitud. De repente, el adulto dio el último sorbo y depositó la taza vacía con elegancia. El caribeño soltó aire por la nariz y ocultó una sonrisa—. Hasta aquí han llegado —musito.
—¿Quienes? —preguntó el nuevo extremeño
—Honduras y Salvador —murmuró Guayna ante el asentimiento del caribeño
—Don Austria, podría retornar a mis aposentos. Me encuentro indispuesta.
—Por supuesto, Puerto Rico. Le pediré a los sirvientes que os preparen vuestro té.
— Se lo agradezco —Y con una leve reverencia, se encaminó a su habitación.
—En cuanto a vosotros dos —declaró rotundo y con la mirada afilada hacia el final de la mesa—. Os iréis a la clase a terminar las 10 hojas de multiplicaciones y divisiones que ya os he preparado
Los dos niños perdieron aliento para recuperarlo y exclamar alarmados al unísono—¡M-m- mas-mas…!
—¡Mas nada! ¡Vais muy atrasados con vuestro aprendizaje por culpa de vuestras incesantes y baladíes peleas! ¡Porque vuestro padre no esté aquí no significa que haréis lo que os dé la gana! ¡Es más, para el crepúsculo quiero que sepáis resolver multiplicaciones d dígitos! Si tenéis alguna duda podéis ir a preguntar y este servidor al mediodía ira a revisar vuestro avance ¡Mas, bajo ningún motivo podéis hacer otra cosa hasta que terminéis, so pena de recibir un castigo que ni os podéis imaginar! ¡¿Ha quedado claro?!
…
Nueva España exultante estaba: había logrado convencer a su padre de su idea, había salido con el alba a sus espalda y ahora buscaba los tan ansiados hongos. Tantos meses soñando con este momento, nunca sabiendo si se volvería realidad o se quedaría en el imaginario. Y por fin se encontraba ahí: sus fosas nasales repletas de los olores otoñales y sus ojos inundados con los colores ocre del paisaje. Lástima que tenía que compartirlo con sus hermanos, pero era un mal menor.
¡Seguro que se llevaría memorables recuerdos de esta jornada!
—Nueva España —lo llamo una voz más grave.
—¿Sí?
—¿Cómo lleváis las obligaciones que os he encomendado?
—Muy bien. —Sonrió con confianza
—Me complace escuchar esas palabras. —El padre se sentó a un roca e invitó a su hijo a imitarlo. Cuando este último lo hubo hecho, el adulto acarició su cabello azabache con afecto. El niño perplejo al principio, cerró los ojos ante el toque, se sonrojó, medio sonrió y apoyó su cabeza en el costado izquierdo del joven de 19 años.
Se sentía en la gloria
—Nueva España. —La colonia levantó la vista y los ojos cargados de adoración se encontraron con unos llenos de tranquilo amor—¿Sabéis porque llevas mi nombre?
—Porque los primeros peninsulares que arribaron a mis tierras dijeron que dichos dominios les recordaban a la tierra natal en recursos y clima.
El peninsular rio—. Estáis en lo correcto ¡Que listo sois! —Y mientras su padre decía esto, el novoespañol sentía que el calor que se había instalado en su pecho aumentaba—. Mas, lo que quería comunicaros es que estoy sumamente orgulloso de voz: sois mi vástago más diligente, el más confiable. El que más os esmeráis y el todos los obstáculos vencéis. Estoy seguro que tendréis un porvenir brillante. Por ello, creo que es hora de que adquiráis nuevas responsabilidades.
»Esto no es una orden para que os pongáis a faenar de una vez. Es un elogio. Disfrutad de vuestro tiempo aquí y a la vuelta, vuestro padre os explicará todo con lujo de detalles.
El niño dibujó en su rostro una sonrisa más radiante que el mismo Sol.
Su día no podía ir mejor.
…
Horrible, terrible. Su día no podía ser más frustrante y aburrido: no había querido ir con padre y sus hermanos so pena de ensuciarse el vestido y los zapatos. Lo que no se podía imaginar es que nadie le prestaría atención: entre «tengo que avanzar con mi guion», «tengo tarea que hacer», «voy a dedicar este día a diligencias inconclusas» y «no me apetece», la guatemalteca se encontró poco después del desayuno sumergida en el tedio.
«¡Ya se! Voy a avanzar con la cinta del pelo». Volvió a sus aposentos, abrió el caja de costura donde una cinta en degrade de azul marino a azul claro yacía a medio terminar, buscó las telas restantes en la clase de costura, sacó sus utensilios para tejer, se sentó en la cama y comenzó. Para cuando levantó la vista, el reloj de Sol de su cuarto y su hermano Honduras le indicaron que era del almuerzo.
¿Cómo se le había pasado el tiempo tan rápido? ¿Sería esto a lo que se referían sus hermanos cuando decían que las horas volaban cuando estaban enfrascados en sus proyectos? Nunca se había sentido tan relajada y en paz. Tanto que no escuchó la conversación de Salvador y Honduras y cuando le preguntaron su opinión no sabía que decir, ni tampoco le importaba.
Por una vez no quería presumir. Todo estaba en su punto justo.
Durante la comida, se percató de su soledad: salvo Nicaragua, Honduras, Salvador y Nueva España, nunca había realmente entablado relación con el resto de sus hermanos. En el fondo no sabía cómo comunicarse con los demás sin establecer jerarquías, sin usar la agresividad. Si en su sistema estabais por debajo debíais alabarla y si estabais por encima erais el receptor de su cortesía y solícito trato.
Ahora sin sus pares, no sabía cómo comportarse en un ambiente tan distendido y horizontal. Parpadeó, había algo que no estaba bien en aquella reunión: movió su cuello en varias direcciones pero no podía descifrar qué era. Luego buscó los iris violáceos de Eldestein hasta que el mayor levantó una ceja en forma de respuesta—¿Y Puerto Rico?
—No se hallaba en condiciones de compartir la comida con nos —dijo volviendo a fijar su atención en la bebé que estaba sentada en su sillita abriendo la boca para recibir la siguiente porción de puré de la cuchara que sostenía Roderich.
Entonces la niña dirigió sus ojos a la apacible conversación que mantenían Nueva Extremadura y Venezuela, siendo escuchados por una interesada Guayna. Bajó su ojos apesadumbrada. Como le gustaría intercambiar unas palabras con ella, mas no sabía por dónde comenzar.
—¡Ey! ¡Guatemala!
—¿Veneciano? —murmuró observando al muchacho que se encontraba a su espalda «¿porque esta cargando una bandeja con la comida?».
—Si ya terminasteis vuestro almuerzo, llevadle el suyo a Puerto Rico.
Y de esta manera había acabado frente a la puerta de la alcoba de su hermana «¡¿Desde cuándo soy sirvienta?!» —Rechinó los dientes pero no se atrevió a desobedecer, ya que no sabía qué consecuencias enfrentaría por parte de Austria. Ni se diga por parte de su padre.
Pasó cuando la voz interior le dio permiso.
La colonia más rica observó con complacencia que la estancia era más humilde que sus aposentos, como bien dictaba el orden mundial. En el medio de la habitación se hallaba una cama con su hermana echada—. Ah, Guatemala, has traído mi almuerzo. Que detalle —Sonrió la preadolescente.
—Espero que lo disfrutéis.
—Gracias.
La niña que se había dado la vuelta para irse, volvió el rostro ante leve queja de su familiar al incorporarse en la cama y la estudió: estaba pálida, su cabello carecía de brillo y su miraba cansaba destacaba por las ojeras—. ¿Que os sucede? —preguntó atenta y ligeramente preocupada.
—Tengo el periodo —Sonrió antes de oscurecer el rostro por el pinchazo de un cólico—. Nada de que preocuparse.
—¿Es muy doloroso? —dijo acercándose a la cama.
—Es desagradable e incómodo. Me duele el vientre, el frio me molesta, no tengo energía para hacer nada y no dejo de sangrar. Es como si volviera a ser niña otra vez, mas en vez de orina es sangre.
—Creo que por primera vez me complace ser niña y no una mujer.
Puerto Rico río por lo bajo—. Eso mismo dijo Española cuando le vino por primera vez
Guatemala sintió una punzada de lastima al ver a su hermana tan agotada—. Os ayudaré a comer —dijo agarrando la cuchara y llenándola de la sopa.
—No es…—La niña no la dejó terminar al meterle la cuchara en la boca.
—No le digáis a nadie lo que hecho —susurró con el miedo revestido de amenaza.
—De acuerdo —Y comió sin quejarse.
Cuando hubo terminado Guatemala ordenó todo, cargó con la bandeja y caminó hasta la puerta —Dejaré esto en la cocina y volveré con mi proyecto de costura.
Puerto Rico quiso protestar, empero cuando pudo abrir la boca su hermana ya había salido por la puerta. En menos de 10 minutos la tenía de vuelta, sentada en la mitad de la cama recomenzando la danza de dedos que estaba dando forma a su diadema —¿Es añil?
—Si, ¿por?
—Es que me he dado cuenta que todo lo que lucís tiene esa tonalidad.
—Me place.****
Puerto Rico se acomodó y observó extrañada a su familiar trabajar: era una visión curiosa e inmensamente relajante. Jamás imaginó que una persona como Guatemala le traería la comida, la alimentaría y disfrutaría de su tiempo libre junto a ella. Mas, ahora que se hallaban juntas, se lo agradecía enormemente. El tedio de las últimas semanas provocado por la postración y el aislamiento que obligaban las costumbres solo se veía interrumpido cuando Española la visitaba y viceversa— ¿Cuánto os quedareis?
—Supongo que algunas horas…He de avanzar en mi proyecto.
La caribeña sonrió feliz. Y con este sentimiento, se durmió con la nana del ganchillo de Guatemala moviéndose sin parar
…
—¡Beatriz! ¡Mirad las setas que he conseguido!
Rápidos pasos por el prado se oyeron. La radiante muchacha que se giró al escuchar su nombre de los labios del mulato que aceleraba su corazón, abrió los ojos asustada al ver en la mano derecha más oscura el hongo más venenoso del bosque.
—¡Soltad eso! —Cuba, que se había detenido frente a ella para enseñarle su nueva adquisición, la miró confundido y preocupado al ver al cara de pavor de esta. Pero mayor fue su desconcierto al ser testigo de cómo la mano más blanca agarró la seta y la tiraba lo más lejos posible—. Esa es la seta más venenosa. Puede causaros la muerte. Dejadme ver vuestra cesta —La peninsular se acercó a la canasta y comenzó a estudiar y a descartar la mayoría de los especímenes mientras el cubano balbuceaba disculpas avergonzado porque no había estado lo suficiente atento a la lección de botánica que le había dado hace unas horas—. No os preocupéis, es normal no saberlas distinguir en las primeras ocasiones. Hace unos años murió un anciano de nuestro pueblo al confundir una seta normal con una venenosa —explicó asustando al adolescente.
—¿Podéis volverme a mostrar como elegir bien? —solicitó apenado y
—¡Claro! —Comenzaron a caminar mirando al suelo—. Mirad, ese de allí es un buen ejemplar y ese también. Ese no.
—¿Y ese? —dijo señalando con el dedo índice.
—Ese es perfecto y es mi favorito—Beatriz, emocionada alargó su mano para agarrar el pequeño hongo que sobresalía del suelo. «Carlos» debió pensar lo mismo porque también inclinó su torso a hacia el suelo a la vez que estiraba su brazo y abría su mano, logrando que ambas tonalidades de piel se tocaran y se mezclaran.
El simple roce de pieles tan diferentes hizo que a ambos abrieran los ojos como platos a la vez que sus pulmones dejaban de funcionar y volvieran a la carga con renombrada fuerza. La sirvienta y el colono rompieron el agarre que habían creado y viraron su rostros a lados contrarios, evitando la mirada del otro, presa de los nervios y con los rostros encendidos.
—Disculpe mi actuar —murmuró la niña aun con el corazón martillando en sus oídos.
—No, fue mi culpa por actuar por impulso.
—Sí pero fui yo quien no os dejo aprender a través de la práctica.
—Seguimos por ese camino —indico con una sonrisa para calmarla.
—De acuerdo.
Continuaron andando por el prado oyendo el rumor de las hojas secas chocar contra sus pies, las voces de la familia de la cual intentaban no alejarse demasiado para no levantar sospechas y la voz de Beatriz dando indicaciones. De repente, la misma mano que antes la había alterado, ahora le pedía parar la búsqueda con un suave toque en su hombro—¿Que tal esta seta?
Cuando la chica giró su cuerpo, sus ojos chocaron con la inesperada imagen de un ramo de flores. Se trataba de un conjunto humilde y claramente apiñado en el último minuto. Sin embargo, a Beatriz le pareció el regalo más hermoso que un hombre le había hecho hasta ahora, y claramente lo demostró al llevarse las manos a la cara, exclamar su asombro y permitir que sus mejillas se calentaran al mismo tiempo que el cubano le pedía disculpas por haberla molestado con ese apretón espontáneo y le agradecía la lección de botánica.
Y allí, unos pasos más allá, los ojos de cierto italiano confundido grababan la escena con total detalle.
…
Algo inaudito sucedía en esa casa señorial: la puerta de la sala de música estaba abierta de par en par. En su interior un niño de tez morena se desenvolvía con la soltura de un pequeño rey en sus dominios entre partituras y distintas clases de instrumentos, mientras otro niño de piel más claro y pelo chocolate lo acompañaba en silenciosa calma.
¿Y dónde estaba el adulto conocido como Austria? Paseando por la casa cumpliendo con todas sus labores perseguido por un infante rubio que lo asediaba a preguntas bíblicas para que su obra fuera aún más realista: Don Austria, ¿cómo se conocieron María y José? Don Austria, ¿qué comían los burros en esa época? ¿y las personas para cena? ¿Cuál fue la primera palabra que pronunció Jesucristo? Don Austria...
Y así toda la tarde.
Mientras tanto, el niño conocido como Venezuela estaba ensayando cada una de las piezas que se escucharían durante la obra ante la mirada de Nueva Extremadura—¿Todas esas tenéis que tocar?
—Si —afirmó con orgullo—. Por ejemplo, para el momento que se conocen María y José estoy ensayando «Cuatro diferencias sobre la Pavana»*****—cogió el laúd y lo tañó con maestría—. Mientras que para el viaje a Belén todavía don Austria no lo tiene muy claro.
—¿Y qué pasa con la escena del nacimiento?
El caribeño fallo la nota.
—Si, yo quiero oírlo —aseveró De la Plata desde el marco de la puerta y caminó hasta situarse justo al lado de Venezuela para ver bien las teclas que presionaba.
—Es que… Esa melodía todavía no la ejecuto muy bien.
—¿Y eso?
A la vez que los oídos del músico registraron la pregunta del director de la obra, sus pupilas viajaron de los iris azules a los marrones. Soltó el aire con desencanto—. Es muy difícil. La más complicada de hecho. «Como el momento del nacimiento es tan sublime, hay que elegir una que se le equipare» —Elevó el dedo índice de la mano derecha e irguió el cuerpo mientras su voz adquiría un tono pomposo y serio que impostaba Austria cada vez que iba a decir algo importante. La imitación fue celebrada con risas.
—Tocadla de todas maneras. Necesito saber cuándo me toca bailar como asno—pidió Nueva Extremadura
—Mas, nos haremos un ensayo general la semana que viene y vendrán muchos más.
—Me sentiré más tranquilo habiéndola oído antes, aunque sea con errores.
Venezuela suspiró y puso las manos en el instrumento—. De acuerdo —escuchó como el más pequeño del grupo saltaba de alegría, se concentró y comenzó a tocar… Y volvió a fallar. Siempre en el mismo lugar. Viró su rostro frustrado y encontró las expresiones arrobadas de sus hermanos.
—Eso fue…—comenzó Nueva Extremadura
—¡Increíble! —terminó Rio de la Plata.
—Los errores…—balbuceo perplejo.
—¿Cuales? —preguntó el más pequeño curioso.
—Si los hay no los notamos —afirmó Nueva Extremadura, lo que hizo sonreír al caribeño.
—Yo si los noté —dijo Veneciano desde la puerta sorprendiendo a todos—. Copia os equivocasteis otra vez en el mismo sitio. Mirad bien la partitura, en esa parte tenéis que hacer un silencio y luego un La Si La, no un La Si Sol. Así es como realmente debería sonar —El sirviente que se había puesto a su lado para guiarlo en la partitura, tocó de nuevo esa parte y después guio las manos más oscuras— ¿Oís la diferencia?
—Sí
—Tenéis que mover este dedo. No ese. Bien… Rio de la Plata ¿No queríais preguntarle algo a Austria?
El nombrado abrió los ojos y se llevó las manos a las mejillas— ¡Es cierto! ¿Dónde está?
—Va a ir a su despacho ahora —explicó gesticulando con su manos para indicarle que aún se hallaba en el pasillo.
—¡Gracias! Don Austria, ¿de qué color se vestía la Virgen María cuando iba a hacer mercado? —Y tan rápido como arribó tan rápido se fue
El italiano lo siguió con la mirada antes de volver a ver al niño con quien compartía el nombre y ordenarle que siguiera con su práctica antes de irse a realizar sus labores.
—No sabía que Veneciano era bueno con la música.
—Es mejor que este servidor. Es en serio. No sé cómo pero hasta Don Austria lo admira en ciertas ocasiones, diría que también Romano tiene talento
—¿Por qué?
Venezuela solo elevó los hombros antes de seguir tocando por un rato la misma pieza. Luego se giró hacia su hermana con una sonrisa orgullosa y le preguntó si la música no le parecía una actividad divertida.
—No, mas —Agregó al ver la expresión desconsolada de su familiar—. Si a vos os hace feliz eso es lo importante.
Los ojos claros del niño brillaron de la sorpresa y luego con una alegría genuina que también expresaba su sonrisa. Y la siguió llevando el tiempo restante que sus dedos se deslizaron por los instrumentos ante la dulce y relajada mirada de su compañero de juegos, ambos sin saber que varios siglos después, cuando los dos hubieran alcanzado la mayoría de edad y la libertad, encerrados en el cuarto del música del caribeño, el chileno le preguntaría «¿aún te hace feliz?» y el venezolano contestaría «siempre» mientras sus dedos acariciaban las teclas del piano.
…
Dedos bronceados por el viaje de mil días se detuvieron justo cuando iban a arrancar el hongo que se encontraba a sus pies.
Un rayo de Sol lo había cegado.
Levantó la vista y se dio cuenta que ya se acercaban a la media tarde, dos horas más y mandaría a los niños a montar en sus caballos para volver a la casa.
—¡Padre!
El susodicho volvió la cabeza y la imagen le sacó una sonrisa: por alguna razón cuando su hijo preadolescente de piel cobriza y ojos dorados se cruzaba de brazos le parecía adorable—. Perú, ¿qué pasa? —dijo con ternura al pararse delante de él.
—Es que deseo hablar de algo me preocupa y me frustra al mismo tiempo. Y no es solo este servidor, Nueva España y a varios de nuestros hermanos opinan lo mismo.
El ibérico miró alrededor. Nicaragua por fin había decidido dejar de ser una sombra y había descubierto que no solo sus hermanas la querían sino que podía entretenerlas con sus historias. Un poco más allá estaba Alto Perú recogiendo y examinando piedras. Quito dibujaba el paisaje y le preguntaba a Nueva Granada por qué las hojas eran anaranjadas. El otro virreinato atendía a la explicación.
Volvió a fijar la vista en el peruano y preocupado le pidió que fuera directo.
—No nos parece correcto que Venezuela tenga un traje de tan alta alcurnia.
El español frunció el ceño, tensó los labios y los volvió a relajar intentando buscar las palabras exactas con las que pudiera expresar su pensar sin desatar una guerra entre sus hijos, su esposo y sin perder su autoridad. Finalmente expiró sonoramente por la nariz y tragó antes de abrir la boca—. Opino lo mismo. No autorizo la confección de dichas prendas… Empero, —continuó al ver la expresión exultante en su vástago—fue Austria quien la autorizó, por tanto, nada puedo hacer.
—¡Padre! —Se acercó al adulto visiblemente sorprendido, desconcertado e irritado.
España se mordió la lengua
—Disculpadme hijo, más nada puedo hacer—España escondió por un rato su cara y luego, junto a sus palabras, sus ojos le ofrecieron una sincera disculpa a la vez que expresaban la tristeza de la derrota en esta ocasión. El padre tuvo que ver como uno de sus hijos favoritos se tragaba un rugido de furia y retornaba con el grupo a contarle el desenlace del encuentro. Ante esta última visión el español apretó los puños.
A veces odiaba estar casado.
…
—¿Guayna ya habéis lavado las ciruelas?
—¡Sí don Austria! —dijo contenta trayendo de vuelta la cesta y alzándola para que el mayor las inspeccionará.
—Oh, están limpias y secas. Buen trabajo —respondió tomando una en su mano, la examinó, la devolvió, tomó el recipiente y lo colocó en el mesón. ¿Podéis quitarle el hueso?
—Claro — Se montó en el banco, tomó una ciruela y empezó a separar una semilla de su fruta con cuidado, mientras el europeo amasaba la harina.
—¿Y yo qué hago? —Banda Oriental, que estaba un poco más allá sentado en el mesón movía las piernas a la vez observaba toda la escena con curiosidad.
—Vos podéis batir la leche para hacer la mantequilla. Debéis utilizar toda vuestra fuerza, pero sin regar la leche por el suelo.
El pequeño rubio asintió comprometido con su labor y movió la cuchara con la mayor precisión y fuerza que sus brazos pudieron producir, mientras que Edelstein mezclaba todos los ingredientes en la harina con sus propias manos y después los separaba en tiras y las cortaba milimétricamente. Una vez acabada esta tarea pidió la niña que cortara finamente las ciruelas, al niño que vigilara que se secaran las tiras de harina y agarró el bol de la leche y la batió con energía.
Después se mezclaron todos los ingredientes, se decoró y se metió la masa al horno con las palabras de agradecimiento de Roderich por adelante y dándole los restos a Banda Oriental como merienda. En ese momento arribaron Salvador y Honduras atraídos por los olores del pastel a quienes se les prometió una parte que se les había especialmente apartado si ponían la mesa sin peleas ni gritos.
Una vez aceptado el trato y entregados los platos y cubiertos, Austria le dijo a Guayna que le ayudará a lavar los platos y secarlos. La niña se posicionó a su lado, cogió un paño y comenzó a pasarlo por los utensilio el que otro le extendía. Dejó que sus ojos viajaran por el cuerpo del músico hasta situarse en pálida cara de labios finos de la que surgía una melodiosa canción en un idioma extraño que, sin embargo, le daba paz.
Ojalá este momento durara para siempre.
…
A las 7 de la noche, con los últimos rayos del Sol siendo arropados por el manto estelar, arribaba la comitiva con el hambre como guía y los labios impregnados de nuevas venturas que contar.
Después de un diligente aseo y cambio de mudas, la familia se sentó a la mesa a engullir la comida que se le presentaba y a celebrar el delicioso postre que Austria, un orgulloso Banda Oriental y una sonrojada y exultante Guayna habían cocinado.
El ser más blanco de la mesa suspiró desde una de las esquinas de la mesa, agarró la copa de vino blanco que tenía a su derecha y observó todos los rostros que ahora formaban parte de su vida: todos eran distintos, distintos entre sí, distintos a lo que hasta ahora había visto. No eran blancos, no eran negros, no eran indios ni tampoco asiáticos. Eran todo y a la vez nada. Eran una mezcla, una raza que la humanidad jamás había imaginado. Y eran tan hermosos, tan únicos y él era tan afortunado de ser espectador y protagonista de este cambio tan trascendental.
«Gracias Señor por esta oportunidad que me habéis otorgado»
De repente, se sintió observado e instintivamente dirigió sus pupilas al frente y encontró las del español que lo miraban orgulloso y satisfecho y que con la copa en alto le invitaba a brindar por todo lo que habían conseguido juntos:
Un imperio en donde nunca se pone el Sol.
Una vida familiar idílica.
«Señor permitidme guardar este recuerdo intacto en mi memoria por los siglos de los siglos». Y de un solo sorbo bebió el líquido que sobraba en su copa.
Epilogo
Puerto Rico que en su cuarto leyendo un libro estaba, lo apoyó en sus piernas al oír como la puerta se abría y entre las hojas de madera aparecía el italiano del sur con la bandeja de la cena—. Muchas gracias, Romano —Dejó el libro en la mesita de noche y apoyó la bandeja entre sus piernas que el otro le extendía—Finalmente… —Juntó y movió las manos complacida, tomó con la mano derecha la cuchara, la metió en la sopa y se la llevó a la boca— ¿Qué fue ese bochinche hace unos minutos?
El adolescente, que ya estaba abriendo la puerta, giró el rostro para contestarle—. De la Plata por fin aprendió a usar los cubiertos por sí solo.
—¡¿En serio?! ¡Es una gran noticia! Lástima que me lo haya perdido.
—En 20 minutos vendré a llevarme la bandeja.
—De acuerdo —Puerto Rico cogió el tenedor y el cuchillo y cuando lo hizo sintió que algo más fino y endeble entre ellos. La posibilidad de que fuera un insecto la asustó y repugnó a partes iguales, soltándolos al momento y devolviendo al europeo a la habitación al instante. No obstante, cuando fijó su mirada en la bandeja, se percató que aquel tacto suave pertenecía al tallo de una colorida flor. La colona la tomó entre sus manos y estudió sus pétalos—. Romano, ¿qué es esto?
—E-eso es una flor. ¿No sabéis lo que es una flor? —contestó entre ademanes toscos incapaz de mirarla.
—Claro que lo sé, pero no lo entiendo. ¿Porque me habéis traído una flor? —preguntó aún más confundida.
—¡¿Acaso tiene que haber una razón?! ¡Lo hice porque quería y punto! —Y haciendo aspavientos volvió a esconder el pomo de la puerta en su mano derecha.
—Romano… ¿Podéis traer un jarrón con agua para poner la flor cerca de mi cama? —El muchacho tensó todos los músculos ante el nuevo tono de voz que la hija de su patrón usaba. Era más ¿intimo? El italiano giró de nuevo su cuello y la nueva información que recibió hizo que despegara levemente los labios: allí en la cama, la recién estrenada mujer vestía un tenue rubor en las mejillas al igual que él y lo conjuntaba con una dulce sonrisa que él estaba seguro que no se la había mostrado a nadie más.
Quizás era la primera vez que hacía acto de presencia.
¡Por supuesto! —Sonrió ya de cara a la puerta y envalentonado por la reacción que en la otra había provocado, le regaló una mirada segura y seductora y le deseó una buena cena a partir de las setas que él mismo había cosechado.
Notas:
*Dado que Austria es un país montañoso, un plan de pareja típico allí es irse de senderismo los fines de semana.
**Y así se creó Haití.
***El café empezaría a beberse en el 1700 después que los turcos lo trajeran en el sitio a Viena en 1683, antes de eso se bebía chocolate caliente y antes los europeos tomaban posset: una bebida hecha con leche caliente a la que se le añadía vino o cerveza y especias.
****En la época colonial, Guatemala era conocida por ser un gran productor de añil.
*****De Enriquez de Valdemoro, violinista y guitarrista (1500-1577).
