Hiccup sisea adolorido mientras, en completo silencio, su padre le cura las heridas que él mismo le había causado media hora atrás. Estoico Haddock, El Vasto, como solían llamarlo en el bajo mundo, era un hombre sencillo y tremendamente directo, siempre se había tomado todo el tiempo necesario para explicar a su hijo el por qué hacía las cosas que hacía. Por qué tenían que ocultar sus rostros, por qué tenían esos trabajos, por qué tenían que dirigir a sus empleados a base de terror y pánico, por qué torturaban, por qué mataban.

Cuando Hiccup estaba a punto de salir, su padre lo sujetó de momento a otro de los hombros, tiró bruscamente de él hacia el sótano de la mansión y, con toda la calma del mundo, fue explicándole por qué iba a recibir una paliza.

Estoico Haddock era un buen padre, procuró estar ahí siempre para su hijo cuando su esposa prefería volcar todas sus energías y todo su interés en su trabajo, en el imperio que había heredado y que se había encargado de hacer más grande. Había protegido la inocencia de la infancia de su hijo hasta que le pareció correcto finalmente mostrarle toda la verdad sobre el negocio de la familia. Estoico Haddock era un buen padre... pero antes de eso, era un buen esposo.

Por mucho que adorase a su muchacho, por muy orgulloso que estuviera de él la mayor parte del tiempo, por mucho que se había jurado a sí mismo siempre protegerlo... Estoico Haddock sencillamente amaba más a su esposa de lo que jamás podría amar a su hijo.

—¿Cómo mierda se te ocurre amenazar a mi mujer? —le rugió iracundo en cuanto cerró de un portazo el pequeño cuarto del sótano. Lo tenía agarrado del cuello de la camisa, lo tenía alzado en el aire, sus pies estaban varios centímetros sobre el suelo. Hiccup aprieta con fuerza los dientes y se mantiene tan firme como puede, pero no intenta pelear, ni tan siquiera escaparse de sus ataques como lo hizo con su madre. Sabía que estaba en graves problemas, cuando su padre se refería a Valka como "su mujer" y no "su madre" significaba que estaba en graves problemas.

—Tu mujer ha amenazado a la mía —es lo único que se le ocurrió gruñir en ese momento, lo dijo aunque supo de inmediato que sería el peor de sus errores.

Su padre le dio puñetazos y patadas por lo que a él le parecieron horas. No le había roto nada, felizmente, no porque no tuviera la fuerza o la rabia suficiente, Estoico había tenido la amabilidad de no romperle nada, de solo dejarle horribles hematomas por todo el cuerpo, de solo romperle el labio en vez de aprovechar para dejar sus dos ojos morados. Solo le golpeó tanto el estómago que no podía parar de escupir sangre.

Si nadie le miraba por debajo de la ropa, parecería que le habían dado un solo puñetazo en la boca que ni siquiera le había sacado ningún diente.

Estoico dejó el algodón que estaba usando para desinfectar el labio roto de su hijo en la bandeja de metal que estaba a su lado, se aparta un poco para mirarlo fijamente por unos extensos segundos en completo silencio. Hiccup tampoco es capaz de añadir nada, no quiere disculparse, no tiene más explicaciones que dar, pero tampoco quiere decir nada que pueda generar un nuevo arranque de ira de su parte. Mantiene la boca cerrada mientras respira con dificultad, demasiado cansado como para estar furioso o tan siquiera indignado con su padre.

—Esa chica es un problema —le dice finalmente, levantándose con pereza de su asiento, logrando que la mente de su hijo ignorara por completo su cansancio para darle paso a la rabia—. La nieta de un hombre tan importante y cercano a Frollo... una chica que te está empujando a hacer tontería tras tontería. Hijo, no me molestaría que te obsesionaras de esta manera con cualquier otra mujer, no me molestaría que fuera cualquier otra... pero, hijo, esa chica... es la heredera de la familia Queens, cuando Runeard y Agnarr no estén ella se hará cargo de toda esa fortuna, de todas esas conexiones con gente tan importante... ¿Crees que alguien como ella sencillamente aceptará toda la verdad sobre nuestro negocio? ¿crees que podrías obligarla a quedarse a tu lado cuando evidentemente se niegue a estar contigo y dirigir esta familia? Esa mujer será tu ruina, hijo, no vale la pena enemistarte con tu madre por ella.

Hiccup se limita a mirarlo con el ceño fruncido. —No tienes ni idea de qué estás diciendo —escupe agarrándose con fuerza de la mesa más cercana para levantarse. Al menos ha dejado de sangrar, al menos ha recibido primeros auxilios, pero el cuerpo entero lo tiene destrozado, le cuesta demasiado poder caminar con normalidad.

¿Qué hora era? Sabía que apenas había pasado media hora con su madre, ¿pero cuánto tiempo estuvo su padre golpeándolo? ¿Cuánto se ha demorado su padre en atenderle las heridas? Tenía que volver a casa lo más pronto posible para evitar que Elsa se angustie y empiece a hacer demasiadas preguntas. Porque mientras más lo piensa, mientras más siente cada herida de su cuerpo, más evidente se le hace que no tiene forma alguna de explicar absolutamente nada de esto a Elsa.

Estoico no vuelve a hablar hasta que Hiccup está abriendo la pesada puerta del pequeño cuarto del sótano. —No voy a dejar que destroces todo lo que tu madre ha creado.

Su hijo se niega a mirarlo en esos momentos, pero no sabe si es porque está furioso o porque está demasiado cansado como para tan siquiera voltearse un poco a encararlo. Estoico lo ve estirándose y relajando los músculos todo lo posible, como preparándose para hablar.

—No voy a hacerle nada a tu mujer si ella no le hace nada a la mía.

—Te hará caer —le repite la advertencia de antes—, Y si no me haces caso nos arrastrarás a todos nosotros contigo.

Se niega a responderle nada más, está agotado, quiere irse a casa, darle por unas horas la espalda a su familia y al infierno que habían construido a su alrededor por pura codicia.


Elsa suspira pesadamente cuando Isabela repite una vez más la misma pregunta.

—¿Y se fue así sin más? —se estaba hartando del tonito tan sorprendido y levemente indignado de su amiga. Le repite que sí, que se fue sin más, sin darle demasiadas explicaciones, que no contestaba al teléfono y aunque había asegurado volver antes del almuerzo pronto iba a anochecer—. A ver, no quiero ser yo la que señale la opción menos positiva.

—Tía —la interrumpe de forma brusca—, si me está poniendo los cuernos tan pronto en la relación te juro que me pego un tiro —le asegura con molestia, cansada también de esa explicación porque, aunque Isabela recién lo comentaba, cuando llamó a Hans, su molesto amigo y su igualmente molesto novio opinaron lo mismo a forma de broma, entre risillas, cuando llamó a Tadashi —porque había aprendido de su error y sabía que llamar a Mérida sería un terrible error— su amigo no se tomó la molestia de intentar buscar una opción positiva de qué era lo que estaba pasando, Tadashi Hamada, cuando sentía que uno de sus amigos podía salir lastimados, prefería recomendar la técnica de huir hacia adelante. Prepararse para el peor resultado posible, prepararse para tener el corazón roto, prepararse para tener que salir corriendo para mantenerse con vida.

Tadashi estuvo al menos media hora asegurándole a Elsa que si lo necesitaba podía ir en ese mismo momento para recogerla de su edificio de apartamento por si consideraba que lo más seguro era estar lejos de Hiccup. Lo aguantó todo el tiempo que estuvo hablando sin parar no porque le parecía beneficiosa toda esa información, sino porque Tadashi sonaba tan seguro y preocupado que a Elsa le daba demasiada ternura como para interrumpirlo o colgarle.

Luego de haberse quedado paranoica con el largo listado de situaciones peligrosas que Tadashi le soltó bruscamente, se le ocurrió por un momento llamar a su hermana, necesitaba a alguien que la entendiera por completo y fuera un poco más de ayuda, pero no quería angustiarla sin motivo cuando estaba tan nerviosa por arreglarlo todo para la reunión del sábado. Se decidió por llamar a Luisa, que siempre había sido la única normal y sensata en el grupo de amigos. Definitivamente la segunda de las hermanas Madrigal había sido de mucha más ayuda, le había consolado un poco explicándole que definitivamente no estaba poniéndole los cuernos, le había dicho que se calmara, que todo definitivamente tenía una explicación lógica en lo absoluto relacionada con un secreto horrible que Hiccup estuviera guardando. Elsa incluso estaba mucho más tranquila que cuando empezó a hacer las llamadas.

Pero entonces Mirabel e Isabela llegaron a la habitación y terminaron metiéndose en la plática, arruinando todo el progreso que su hermana había logrado.

—Si te está poniendo los cuernos —comienza de momento a otro Mirabel, con un tono algo desinteresado, su voz sonaba de lejos, como si estuviera en alguna otra parte de la habitación centrada en otra cosa—, más que se haya encontrado a otra, diría que tú eres la otra.

Elsa se levantó bruscamente de lo que estaba recostada levemente sobre el escritorio de su oficina, alertando un poco a Chimuelo, que se había decidido en ponerse a dormir en los lugares exactos para fastidiarle todos sus intentos de aprovechar el tiempo para adelantar algo de trabajo.

—¿Tú crees?

—Sí —responde sin problema Mirabel.

—Sí —asiente de inmediato Isabela.

—¡No! —suelta bruscamente Luisa, regañando así a sus hermanas—. Elsa, no las escuches, son idiotas.

—¡Luisa Madrigal, soy tu hermana mayor, un poco de respeto! —se escuchan las quejas de Isabela un poco por encima, pero de momento a otro Elsa solo puede escuchar un portazo y unos largos segundos de silencio.

Luego de soltar un pesado suspiro, Luisa vuelve a hablar. —Ya está, ya no van a tocar más las narices esas dos —dice con alivio mientras Elsa intenta no reírse por la divertida situación. Recuerda perfectamente lo que eran las discusiones tontas con su hermana, discusiones que con la edad habían ido desapareciendo, pero que de alguna manera esas tres seguían manteniendo sin problema alguno—. Yo honestamente no creo que haya cuernos de ninguna forma, acabáis de empezar la relación, no ha parado de demostrarte que está loco por ti, ¿qué sentido tiene que se vaya con otra? Y si en verdad tuviera novia y que tú seas la otra, creo que ya lo habrías notado. Según tú de vez en cuando pasa que se va sin muchas explicaciones, pero ha sido a horas que uno no visitaría a una novia, ¿salir a media noche y volver a la una y media? Uno no va a visitar a su novia oficial a esa hora, no funciona así.

Elsa vuelve a calmarse un poco, pero no puede evitar bufar con molestia. —Entonces ¿qué narices está pasando hoy día? Entiendo que llevamos apenas un mes saliendo, pero digo yo que si fuera que algún familiar está enfermo o ha tenido un accidente me lo contaría, ¿no crees? Es que lo único que se me ocurre es que algo malo le ha pasado de camino o en su propia casa, y eso no ayuda nada a que me calme.

—O puede que sencillamente no haya tenido tiempo para contestarte —le responde con esa sencillez y calma tan típica de ella que siempre lograba contagiar aunque sea un poco—. Mira, entiendo que estés preocupada, es completamente lógico y válido, pero hasta que no te conteste o hasta que no vuelva a casa, no puedes hacer nada, y tampoco debes de hacer mucho. Todo lo que puedes hacer es pedir explicaciones cuando vuelva y decidir si te convencen o no, si comprendes sus motivos o no.

—Básicamente solo puedo pedirle una muy buena explicación de qué diantres le ha pasado hoy día —murmura suspirando pesadamente, pasándose las manos por la cara.

—Exactamente —la escucha responder con algo de gracia, se la puede imaginar sonriendo de oreja a oreja, victoriosa de haber sido la única en ayudarla en verdad.

Elsa vuelve a suspirar, pero ahora con un poco de alivio. —Luisa, creo que este grupo se desmoronaría a base de malas decisiones y caos si no fuera porque eres la única con una cantidad normal de neuronas.

Escucha una risa del otro lado de la línea. —Me gusta pensar que en el grupo entero compartimos una pequeña cantidad de neuronas, pero que las suelo acaparar yo la mayor parte del tiempo, de vez en cuando se las dejo a Tadashi.

—Esa es la mejor definición posible de nuestra situación —asiente con toda la seguridad posible, con un tono tan firme que provoca una buena carcajada de parte de Luisa. Puede escuchar perfectamente como su amiga intenta decir algo más, pero el repentino maullido estresado de Chimuelo y el tremendo salto que da de su sitio sobre su papeleo hasta el suelo espanta por completo a Elsa—. ¡Chimuelo! —lo llama de inmediato, levantándose de golpe de su asiento—. Luisa, cielo, gracias por todo, luego te llamo, ¿vale? El gato se ha vuelto loco de un momento a otro.

—Sí, no te preocupes, yo tengo que ir a calmar a esas dos que se han quedado muy ofendidas.

Se despide apresuradamente y cuelga casi sin pensarlo para ir a por aquel revoltoso gato, Chimuelo tendía a ser una mascota muy tranquila y algo perezosa, no entendía que había provocado que se despertara de esa manera y se fuera de la habitación tan repentinamente. Lo sigue hasta la puerta de la entrada, donde lo encuentra maullando insistentemente y arañando desesperado la puerta.

Lo alza para apartarlo de la madera y abrir la puerta, hace una mueca al pensar en que luego tendrá que buscar la manera de arreglar las marcas de las garras del ansioso gato. Cuando el pasillo está a su vista, se encuentra a Hiccup tembloroso y hecho un desastre, apoyándose como podía en la puerta de su apartamento, con el labio inferior reventado y una de sus mejillas algo inflamada.

—¡Hiccup! —lo llama espantada, acercándose de inmediato a él. A Hiccup le cuesta unos largos segundos darse cuenta de que ella ya estaba a su lado, sujetando suavemente su rostro, analizando sus heridas, con Chimuelo en sus hombros, aún maullando angustiado—. ¿Se puede saber qué demonios te ha pasado? ¿Dónde has estado? ¿Te han asaltado o algo? ¿Llamo a la policía?

Pero él le responde con un débil gruñido mientras se recuesta bruscamente contra la puerta. —Elsa, por favor, solo quiero darme una ducha y dormir por varias horas.

Está demasiado agotado como para preocuparse por los leves reflejos de enfado que hay en el rostro de su angelito, está mucho más concentrado en el tirón que de momento a otro ella le da, está mucho más concentrado en cómo se siente su delicada mano apretando la suya, guiándolo sin titubear ni un solo segundo.

No tiene ni idea de cuándo ocurrió, pero todo lo que sabe es que está medio dormido, sentado sobre el borde de una tina, descalzo, sintiendo el pelaje negro de Chimuelo que no deja de restregarse contra sus piernas, con Elsa ayudándolo a quitarse la camisa mientras escucha el agua cayendo y cayendo a borbotones. Le cuesta un poco recordar que sí que había visto esta tina antes, que lo había visto de reojo un día que se quedó a dormir con ella, que se había hecho la nota mental de decirle a Astrid y a Heather que se les había pasado aquella habitación.

Se le ocurre preguntarle por qué necesitaría dos baños en un apartamento principalmente pensado para una sola persona, pero la voz angustiada de Elsa lo detiene por completo.

—Por Dios, tienes todo el cuerpo destrozado —dice una vez tiene el torso descubierto y muestra todos los hematomas que se han dibujado terriblemente en su cuerpo—. Hiccup, podrás estar todo lo cansado que tú quieras, pero me merezco una explicación a lo menos decente para esto.

Sin poder detenerse, soltando algo de verdad porque es lo primero que se le ocurre, Hiccup llega a decirle algo en voz baja. —Ha sido solo una reyerta familiar —masculla sin mirarla en lo absoluto, con los ojos fijos en el vacío.

Elsa se queda completamente congelada en ese momento, sin tener la más remota idea de cómo tan siquiera comprender lo que Hiccup acababa de decirle. Le acuna el rostro con ambas manos y alza levemente su cabeza para obligarlo a mirarla, acaricia su mejilla sana un poco, sin presionar demasiado por temor de que también esté lastimada pero no lo suficiente como para que se note ningún moratón.

—¿Quién narices te ha hecho esto, Hiccup? —pregunta rabiosa, con los dientes apretados, él balbucea algo mientras niega, no necesita escucharlo para saber que le está restando importancia—. Hiccup, dime quién ha sido el desgraciado o la desgraciada que te ha hecho esto.

Él la toma de la cintura para poder abrazarse a su cuerpo, aunque está furiosa con la situación, Elsa se relaja lo suficiente para procurarse en lo que le parece más importante, consolarlo, cuidarlo, tranquilizarlo. Lo escucha insistir con que no importa, con que no tiene que preocuparse, La única razón por la que acepta dejar el tema es porque prefiere ayudarlo a meterse en la tina para relajar un poco su maltrecho cuerpo.

Cierra el grifo cuando la tina está llena, hecha alguna de esas sales aromáticas que usaba en situaciones especiales. Cuando tenía ganas de un largo baño relajante o cuando quería sumergirme en el agua y olvidarse de todo. Le tranquiliza un poco ver que no hay ningún hematoma ni herida en sus piernas ni en su espalda, no sabe mucho de medicina ni de primeros cuidados, pero juraría recordar a Tadashi hablar que los golpes bruscos en la espalda podían causar los peores daños a largo plazo.

Se queda sentada en el borde más ancho de la tina, de vez en cuando colocando la cabeza de Hiccup sobre su regazo para hacerle caricias en el cabello, de vez en cuando masajeando sus hombros y parte de su espalda alta.

Cuando se siente un poco mejor, Hiccup empieza a explicarse. —No recuerdo ni por qué se enfadó conmigo, creo que ni siquiera tuve tiempo de enterarme cuál era su problema para cuando empezó a golpearme —miente, cada una de esas palabras es una nueva mentira—. Pero Dagur siempre ha sido un sujeto de mecha corta muy violento, de vez en cuando estalla así sin motivo alguno.

—¿Qué clase de primo hace eso? —cuestionó Elsa con rabia, volviendo a acariciar el empapado cabello de Hiccup, lamentándose no escuchar tanto a Tadashi cuando hablaba de medicina porque ahora mismo le encantaría saber reconocer si Hiccup había recibido un golpe peligroso en la cabeza.

Él solo se hunde de hombros, como si estuviera hablando de un niño pequeño que hizo una pataleta en vez de un hombre mayor que él que le había dado una paliza,

—Eres bueno peleando —dice de un momento a otro Elsa, recordando las veces que regresaba con los nudillos destrozados pero sin ningún tipo de moretón—. ¿Cómo es que acabaste así?

Incluso con la mente aún levemente nublada, Hiccup ahí se da cuenta que tiene la oportunidad perfecta para librarse de cualquier duda que Elsa pudiera seguir teniendo de su personalidad. Si, por cualquier motivo, ella seguía creyendo que era violento, era este el momento perfecto para descartar para siempre esa idea.

—Incluso si es para defenderme, no me sentiría cómodo conmigo mismo sabiendo que he golpeado a alguien de mi familia —explica como puede, con un fingido tono de vergüenza en la voz, desviando la mirada para marcar un poco más su acto.

Tiene que contenerse para no sonreír victorioso cuando siente como Elsa se inclina sobre su cuerpo para dejarle un lento beso cariñoso en los labios.


Antes de echarse en la cama, Elsa se permite soltar una risilla que detiene a Hiccup antes de intentar recostarse por completo en el colchón.

—Cariño —su tono es juguetón, incluso coqueto, pero más que nada parece que está regañándolo como si fuera un niño pequeño que acababa de hacer una trastada más divertida que reprochable—, acabas de llegar de que te den de hostias, tienes todo el cuerpo destrozado, ¿cómo es que tienes una erección?

Hiccup rueda los ojos indignado. Le molesta que lo diga como si fuera su culpa, su cuerpo no podía evitar reaccionar ante ella, sobre todo si se ponía uno de esos pijamas tan cortos que le dejaban ver absolutamente todo de su cuerpo. Piensa presentarle todos esos hechos como una buena argumentación a su favor, pero se queda con la palabra en la boca cuando se da cuenta de que su novia se acerca lo suficiente para empujarle suavemente los hombros control el colchón. Da por hecho que se va a subir a su regazo, dejando sus largas y pálidas a cada lado de su cuerpo, pero en lugar de eso, Elsa lleva sus manos lentamente por su torso, acariciando su piel adolorida, terminando su tierno viaje en los bordes del pantalón holgado de Hiccup.

Siente que se derrite cuando, desde arriba Elsa le dedica una sonrisa ladina pero tremendamente cariñosa. —¿Necesitas ayuda con eso, cielo?

Suspira pesadamente mientras tira la cabeza hacia atrás. —Ya sabes la respuesta a esa pregunta —gruñe emocionado, acomodándose como podía sobre la cama para sujetarle la cintura, pero ella no pierde tiempo para tomar sus muñecas y apartarlas de su cuerpo—. Princesa... —empieza a rogar con un suspiro, volviendo a intentar acercarse a ella, pero Elsa no vacila ni un segundo.

—Cariño, no vamos a hacerlo cuando estás en este estado —sentencia con firmeza, y con algo de obviedad en su tono, rodando los ojos con algo de sorna en cuanto escucha sus quejas—. Voy a ayudarte con esto —le repite, tomando con poca sutileza la erección que se marcaba en su pantalón, provocando un desesperado gruñido de su parte y un brusco salto en todo su cuerpo—. Pero tú tienes que quedarte quieto —le indica, finalmente empezando a tirar del borde de sus pantalones para liberar su miembro de la tela. Se permite soltar una risilla al ver lo duro que estaba, al ver lo desesperado que estaba por un poco de atención.

Él no puede parar de removerse ansioso mientras ella se dedica a solo rozar su cuerpo, a darle cortas y sutiles caricias en vez de hacerse dueña de todo lo que le pertenecía. Elsa, una vez más, estaba volviéndolo completamente loco, estaba provocando un asfixiante incendio en cada centímetro de su cuerpo, ahogándolo en la necesidad de tocarla y tomar absolutamente todo de ella. Lo deja deseando más, mucho más, y el único motivo por el cual no ignora la leve presión que ella intenta aplicar sobre sus antebrazos para mantenerlo quieto es que en verdad el dolor que han dejado los golpes es suficiente como para no poder hacer con ella todo lo que quería hacer.

—Eso no es ayudarme —gruñe frustrado. Intenta seguir hablando, pero la mano de Elsa sube y baja alrededor de su miembro y no puede contener en lo absoluto los gemidos—. Estás torturándome...

En ese momento Elsa suelta una risilla mientras inclina más su rostro hacia su entrepierna. —¿Torturándote? —pregunta juguetona, mirándolo fijamente a los ojos mientras sigue masturbándolo e Hiccup sigue intentando contener lo mejor posible sus gemidos. Lamentablemente para él, sus esfuerzos son inútiles por completo—. Yo creía que a ti te encantaba cuando te torturaba —ronronea justo antes de darle una larga lamida a todo su miembro sin romper el contacto visual. Sonríe victoriosa cuando siente las caderas de Hiccup saltando de inmediato hacia arriba y lo escucha maldiciendo con la voz ronca y desesperada. Había pensado en apenas darle pequeñas y lentas caricias para volver loco, pero le parece mucho más divertida la idea de tomarlo absolutamente todo de golpe y negarse por completo a darle un solo segundo de calma o descanso.

—¡Joder, Elsa! —lo escucha gemir con fuerza en cuanto llega a la base de su miembro, se queda unos largos segundos allí, succionando con fuerza, jugando un poco con su lengua, mirándolo directamente a los ojos en cada ocasión que Hiccup podía calmarse un poco para mirar hacia abajo. En el preciso momento que le pareció que el pobre ya estaba manteniendo a raya su respiración, Elsa comenzó a bajar y a subir la cabeza rápidamente, abarcando con su mano los centímetros a los que no podía llegar, disfrutando inmensamente ser capaz de tirar a un lado la naturaleza calmada y dominante de Hiccup.

Era él quién solía dirigirlo todo cuando se acostaban, era él quien la tomaba bruscamente de la cintura y la arrojaba a la cama cuando estaba desesperado y ansioso por tenerla. Era él quien le apresaba las manos y le imposibilitaba cualquier movimiento brusco o contrario a lo que él tenía en mente. Era él quien la dejaba hecha un desastre, quien la dejaba sin poder pensar o respirar con normalidad.

Y mayormente le gustaba, hasta cierto punto había aprendido a adorar dejarle que tomase absolutamente todo el control, pero de vez en cuando, algunas noches, quería exigir ese mismo control, quería asegurarse de que era él quien quedaba hecho un desastre.

Lo suelta solo por un momento, pero decidiendo apartarse por completo y ríe levemente por los quejidos desesperados que Hiccup suelta en cuanto ella deja que el frío aire cubra su pobre cuerpo envuelto en unas llamas imparables. Él gime su nombre en un tono suplicante, ella lo mira desde arriba casi con indiferencia mientras ata su cabello en una rápida coleta para evitar que su cabello siga cayendo en su cara. Una vez lista, vuelve a tomar sin piedad el glande de Hiccup en su boca, sin molestarse en ir aumentando la velocidad poco a poco, volviendo al mismo ritmo que había dejado por tan solo unos cortos minutos, como si en ningún momento se hubiera detenido.

Hiccup sentía la mente completamente nublada mientras apretaba con fuerza los dientes y se aferraba como podía a la cabecera de la cama. Y a pesar de todo el placer que se le extendía por todo el cuerpo, se encontraba terriblemente frustrado por la situación. Quería estar encima de su angelito en ese momento, enterrándose en su interior hasta que pudiera desquitarse de todo el estrés de ese día, quería estar entre sus piernas como recompensa del horrible día que había tenido. O al menos quería ser él quien estuviera haciéndole un oral, ser él quien estuviera haciéndole tocar el cielo, sentir como ella se derretía entre sus brazos... pero no, él estaba casi inmóvil por el dolor, jadeando y gimiendo como si fuera de nuevo un puñetero adolescente virginal, notando a la perfección que el cansancio provocaría que no durase absolutamente nada por la intensidad de los toques de Elsa.

Intenta controlar un poco la respiración para advertirle que está a punto de correrse, pero no es capaz de juntar tan siquiera dos sílabas, mucho menos de formular alguna frase con sentido. Termina en la boca de su novia con un largo gruñido gutural y con satisfactorio escalofrío que le recorre de pieza a cabeza. Y aunque por unos segundos se siente completamente perdido y agotado, tiene las fuerzas suficientes como para preocuparse de Elsa.

Alza un poco el torso para poder verla mejor, se apoya en sus antebrazos mientras sigue jadeando con dificultad. La ve tosiendo un poco mientras se limpia con el dorso de la mano los hilillos blancos que se escapan desde sus labios hasta su mentón, sus ojos azules siguen clavados en su rostro, incluso, aún entre toses, Elsa llega a sonreírle victoriosa y le guiña un ojo.

—Ya entiendo mejor porque eres tan testarudo con mandar todo el tiempo —le dice con un tono juguetón, pasándole las manos por los muslos, simulando, como él solía hacerlo de vez en cuando, tener la intención de volver a retomar sus lujuriosas caricias—, eres irresistible cuando pierdes el control —lo elogia mientras se va acercando más a su rostro, lo suficiente para poder tomarle el rostro con la mano limpia. Sujeta su mentón con algo de fuerza, como si tuviera que obligarlo a mantener la mantener la vista en ella—. Has sido un muy buen chico para mí esta noche —le susurra contra los labios, gozando mucho más de lo que esperaba la sorpresa en su rostro y el intenso rubor de sus mejillas.

—Por el amor de Freyja, eres demasiado peligrosa para mi pobre corazón —es todo lo que logra decir mientras suelta unas risillas cansadas y se vuelve a recostar por completo en la cama—. Perdona por no darte un aviso... y, bueno, porque haya durado tan poco.

Elsa rueda los ojos con una sonrisa burlona en el rostro. —Hiccup, cielo, sabes a la perfección que mayormente nuestro problema es que duras demasiado —se burla un poco mientras se va levantando—. Además, me lo tomo como un cumplido —le guiña nuevamente un ojo mientras se estira y se dirige al baño—. Descansa, que lo necesitas y mucho.

Y lo cierto es que, aunque quiere mantenerse despierto —porque lo de quedarse dormido luego de meterse en la cama de alguien siempre le ha parecido una descortesía terrible— los párpados le pesan como si fueran cemento seco.

Se queda despierto, como puede, hasta que Elsa llega con la boca limpia para darle un beso en los labios. Para cuando la siente acostada a su lado, él termina cayendo rendido por el sueño.