"Inesperado"
Lady Supernova
Capítulo 12
Los ojos de la tía abuela Elroy, se mostraron sumamente preocupados, al ver que su sobrino mayor irrumpía dentro del comedor. La llegada del joven era por demás sorpresiva, y por ello, la mujer se cuestionó:
«¿Ahora qué pasó?»
Para ella no era lógico que Albert, ya estuviera de regreso.
—¡Santo Cielo! William, ¿qué haces aquí? —preguntó Elroy, desconcertada—. ¿Sucedió algo malo?
Albert se despojó de la calurosa chaqueta que portaba y la colocó en uno de los percheros, después, se aflojó la corbata y entonces declaró:
—Por supuesto que no sucedió nada malo —mencionó con calma—. ¿Es que tiene que suceder algo malo para que yo llegue a mi casa?
Elroy observó fijamente a su sobrino y se atrevió a preguntar:
—¿Te encuentras bien?
—Estoy perfectamente, ¿puedo sentarme y desayunar con usted? —cuestionó esbozando una sonrisa.
—Claro que sí... —La mujer hizo una señal para que alguno de los sirvientes le llevara un plato al joven—. No es mi intención molestarte, pero, comprenderás que no esperaba verte aquí.
—¿Ah no? ¿Por qué no lo esperaba? —preguntó el rubio con naturalidad, sirviéndose un vaso con zumo de naranja.
—Bueno, pues, hace solo una semana que ustedes se fueron... —reclamó la tía.
Albert rio.
—Vaya, vaya y yo que creía que le iba dar gusto volver a verme, tía abuela —comentó él, intentando ocultar su decepción.
—No es que no me dé gusto que hayas llegado, es solo que, me tomaste por sorpresa —expresó la mujer—. Según George, tenías muchas cosas que hacer allá, en Manhattan.
Albert se mantuvo tranquilo y repuso:
—La sucursal del banco en Nueva York es un desastre. A quien necesitan es a George, yo poco puedo hacer. Es por eso que regresé, mandaré a George y yo me quedaré aquí.
—¿Y Candice? ¿Y Stear? —preguntó la mujer.
—Ellos están perfectamente bien —avisó Albert, tomando el plato que le habían dado, para servirse cuanta comida se le antojaba, pues, estaba realmente hambriento—. Además, ayer llegaron los empleados del servicio y me he asegurado de que tanto Candy, como Stear estén bien atendidos... —El rubio dio un mordisco a su pan y después de pasar bocado, agregó—. La semana que viene, Stear comenzará con sus terapias, Candy, estará ayudándole, en fin, todo marcha como se había planeado.
La mujer rodó los ojos y a continuación expresó:
—Supongo que tendré que ir a Nueva York antes de lo previsto —advirtió con cierta molestia—. Esos dos muchachitos necesitan la supervisión de una persona responsable.
Albert sonrió burlonamente y declaró:
—Esos «muchachitos», ya son un par de adultos. Pueden cuidarse a sí mismos.
—¿Adultos? —Elroy sonrió sarcástica—. Ya imagino cómo deben cuidarse. Sobre todo Candice, supongo que Terrence la cuida muy bien.
«Si supieras, querida tía», meditó Albert. Recordando al posesivo Terry, quien, todas las tardes se llevaba a Candy a «quién sabe dónde»
—¡Tío abuelo William! —exclamó la voz de un adormilado Archie, al tiempo que ingresaba al comedor—. ¿Por qué estás aquí?
Aquello fue la gota que derramó el vaso de la paciencia de Albert, «¿Qué demonios les sucede a todos?» ¿Por qué tenía que darles explicaciones? Tomó una de las servilletas y se limpió la comisura de los labios.
—De acuerdo, si quieren me regreso a Nueva York en el tren de la tarde... ¡Parece ser que todos me quieren lejos de casa! —refunfuñó, arrojando la servilleta sobre la mesa, para después, levantarse de su asiento y salir del comedor.
Archie lo observó con sorpresa, al igual que la tía Elroy.
—Debe ser el viaje —comentó el chico, al verlo salir—. Digo, debe estar cansado y por ello actúa así, ¿no lo cree?
—Pues yo no sé qué sea, pero, ese jovencito insolente tendrá que escucharme —expresó la tía abuela—. Dejaré que se tranquilice y luego le pediré cuentas. Este comportamiento es tan absurdo, que me parece una tontería que nos hable así.
Archie asintió, mientras bostezaba y pedía que le llevaran una taza con café.
—Hablando de comportamientos... ¿Tú a qué hora llegaste?
El joven Cornwell aclaró su garganta y respondió:
—No tan tarde...
Elroy arqueó una ceja, pese a ello, ya no dijo nada y solo siguió desayunando.
Más tarde arreglaría las cosas con esos dos jovencitos. Por lo pronto, únicamente, deseaba terminar sus alimentos para poder seguir con sus actividades.
—Aún me siento rara —confesó Candy mientras desayunaban—. Ya me había acostumbrado a tenerlo cerca de nosotros —añadió en tono nostálgico, observando el lugar que Albert ocupaba en el comedor.
Dorothy y Stear, se miraron por algunos segundos y luego el joven Cornwell dijo:
—Lo tendremos de vuelta pronto. Cuando menos lo esperes, él regresará —Stear tomó la mano de Candy e intentó animarle—. Pon una sonrisa en tu rostro, linda. No te olvides de que hoy tienes un día muy ajetreado.
Candy esbozó una gesto nervioso. El hecho de que Stear, le recordara lo que le esperaba ese día, la ponía algo inquieta.
—Tienes que contarnos todo en cuanto llegues —advirtió el inventor con emoción—. Robert Hathaway, es otro de mis ídolos... —Candy y Dorothy sonrieron y Stear añadió una particular petición—. Trata de conquistarlo, digo, igual y luego tú lo invitas a comer o a cenar aquí a nuestra casa.
—Oh, Stear —Candy rio sin poder evitarlo—. Haré lo que pueda, ¿de acuerdo?
El chico asintió.
—Eres tan modesta, Candy... ¡Tú conquistas a todos! Estoy seguro de que el señor Hathaway y los compañeros de Terry no serán la excepción.
—Stear tiene razón —aseguró Dorothy—. No debes preocuparte, todo va salir bien.
La rubia tomó las manos de ambos chicos y contenta, les hizo saber:
—Gracias por el apoyo que me brindan, porque, de verdad, me siento algo nerviosa —admitió—. El señor Hathaway es el jefe de Terry, ni más ni menos, así que, deseo causar la mejor de las impresiones y claro no solo a él, sino también a los demás integrantes de la compañía.
—Para causar la mejor de las impresiones, solo tienes que ser tú misma —le dijo Dorothy.
—Exactamente. Compórtate como siempre lo haces, no cambies nada o todo será un desastre —agregó Stear—. Sé honesta como siempre, Candy. El señor Hathaway y los demás actores, son humanos, no son seres superiores, además, la gente aquí en Nueva York, es mucho más relajada.
Candy sabía que Stear tenía razón, no había motivos para preocuparse, por lo tanto, decidió relajar su mente y permitir que las cosas siguieran su curso. Dejó el tema de Robert y siguió hablando sobre Albert y lo raro que le parecía que se hubiera ido.
Stear actuó como si nada y Dorothy por su parte, bajó la mirada y se concentró en su comida. Se sentía realmente miserable al pensar en lo que pasó entre ella y el joven magnate.
Los recuerdos de la plática que sostuvieron un día antes, aún estaban frescos en su memoria. Era inevitable no recordar cada una de las palabras dichas y era imposible, olvidarse lo que sucedió cuando el rubio se acercó a ella...
La chica sintió unas inmensas ganas de llorar y para disimular su estado de ánimo, ofreció un pequeño postre a sus golosos amigos, ellos aceptaron y entonces Dorothy se dirigió a la cocina para ordenar que sirvieran los platos. Sabía que ocupar su mente en otras cosas le ayudaría a olvidar. No sería fácil, pero, ella pondría todo su esfuerzo para regenerar su alma y comenzar de nuevo.
Albert podía engañar a su tía abuela o a Archie, pero a George Johnson, no podría embaucarlo jamás.
El hombre le conocía mejor que nadie. Ya sabía que su joven patrón necesitaba de su consejo y por eso, cuando tuvo oportunidad, se sentó a platicar con él.
—Entonces, ¿a mí sí me vas contar la verdad? —preguntó el asistente, mientras tomaba el vaso con whisky que Albert le había servido.
—Eres el único con quien deseo hablar —admitió con una sonrisa nerviosa—. Solo tú me comprendes, George.
—Bien, soy todo oídos —expresó el hombre, quien, en realidad, ya se imaginaba por dónde iba la misteriosa conversación.
—No sé ni cómo empezar... —mencionó Albert, respirando hondo.
—Comienza por el inicio, eso siempre resulta —sugirió George, haciendo reír al muchacho—. ¿Quieres que te ayude a empezar? —cuestionó el asistente, en tanto que servía otro whisky y se lo ofrecía a su joven patrón—. ¿Sabes? Yo ya esperaba tu llegada. Aunque claro, debo confesarte que creí que te tardarías, por lo menos, un par de días más.
—¿Qué dices? —preguntó el rubio sonriendo—. ¿Es que acaso sabes por qué razón estoy de vuelta?
George asintió.
—Te conozco desde que eres un niño, Albert... —mencionó el hombre, en tono nostálgico—. Y por supuesto, ya sabía que cuando te dieras cuenta de que la chica Jones está enamorada de ti, entonces, tú saldrías corriendo.
—¿Cómo no pude darme cuenta antes, George? —preguntó Albert bebiendo de un solo trago su bebida—. ¿Cómo? ¿Es que acaso soy un idiota?
George rio.
—No lo eres. Eso nos pasa a todos.
—Debiste advertirme, ¿por qué no lo hiciste? —reclamó el muchacho.
—Y yo te pregunto, ¿cuándo me he metido en esos asuntos? —George le miró con pena—. No, Albert. Eso era algo que debías vivir, yo no puedo organizar tus sentimientos.
Un largo silencio se instaló entre ambos, hasta que el asistente se animó a romperlo y le ayudó al joven a completar su confesión:
—¿Qué pasó cuando te diste cuenta? —cuestionó observándole con atención—. ¿Solo tomaste tus cosas y saliste de Manhattan?
Albert negó de inmediato.
Los recuerdos del día anterior, sacudieron su mundo nuevamente y entonces, suspiró con pesadez. Al verlo permanecer en silencio, George arqueó la ceja y con sorpresa preguntó:
—¿Acaso tomaste la otra alternativa?
—¿Cómo dices?
—Tenías dos alternativas... —indicó George—. La primera, era darte cuenta y huir rápidamente; la segunda, se trataba de que al descubrir los sentimientos de Dorothy, decidieras darte una oportunidad con ella, antes de huir y sentirte culpable por hacerle caso a tus sentimientos.
—Eres realmente increíble... —replicó Albert, esbozando una nerviosa sonrisa.
—¿Pasó algo entre ustedes?
Albert recordó la tarde en el estudio de su casa en Manhattan, y entonces asintió. George no estaba sorprendido. A sus ojos, Dorothy era una mujer bastante atractiva y siendo tan vulnerable, lo más lógico era que sucediera «algo» entre ella y Albert.
—Solamente espero que hayas tomado precauciones... —advirtió el hombre con seriedad, mientras Albert le miraba con ojos sorprendidos.
—Un momento... —dijo él negando—. ¿Precauciones? —preguntó sonriendo—. Santo Dios... no... no llegué tan lejos. No te confundas. Solo fueron unos besos. No hubo algo por lo cual tuviera que tomar precauciones, Dorothy no es esa clase de chica —se obligó a decir cuando recordó los virginales e inexpertos labios de la muchacha y lo mucho que le gustó besarlos.
—¿Y qué harás ahora?
—He venido a poner en orden mis ideas... —confesó el rubio—. Regresaré en algunas semanas, y entonces, sabré qué hacer.
—¿Y qué sucederá si te das cuenta de que la quieres? —cuestionó el fiel asistente, con algo de temor, pues, era evidente que habría problemas con la tía Elroy.
—Si lo que siento por Dorothy, no solo es un enamoramiento, entonces voy a luchar por ella.
—¿Y tu tía abuela?
—Ella tendrá que aguantarse... George, ella no va decidir mi vida amorosa, eso siempre lo he tenido muy claro —dijo con firmeza—. La mujer que yo tenga como compañera será de mi elección. No importa quién sea. Yo no voy a limitarme, no pienso renunciar al amor de mi vida por culpa de la tía —Albert se encogió de hombros y dijo—. En fin, ahora mismo no sé qué quiero. Necesito pensar.
George sabía de sobra que Albert no tenía que pensar nada. El experimentado hombre, era capaz de ver más allá de las palabras de su joven patrón. Sin duda, Albert estaba enamorado. Y resultaba inútil que se tomara un tiempo para tratar de convencerse de que no estaba perdido por la chica.
Las cosas no se veían nada fáciles. George era plenamente consciente del poder que tenía Elroy Andrew. La mujer sería capaz de todo, con tal de que Albert, desistiera de la idea de amar a una persona, que no pertenece a su mismo nivel social. Él lo sabía más que nadie, porque, le fue prohibido acercarse a Rosemary Andrew una vez que sus sentimientos por ella quedaron al descubierto.
Rogaba al cielo para que Albert tuviera un destino diferente.
Albert merecía ser feliz y vivir una verdadera historia de amor.
Asistir a la fiesta que Robert Hathaway organizó, le resultaba tremendamente pesado, sobre todo, porque la invitación del afamado director había sido por completo inesperada. Robert lo visitó el día anterior y le pidió con particular insistencia que asistiera a su pequeña celebración.
Al final y a pesar de la apatía de la que Terry era víctima, no pudo rechazar la invitación de su jefe, pues, el hombre había sido muy amable al ir hasta su apartamento e invitarlos a él y a Candy. Por si eso no fuera poco, Eleanor le aconsejó, insistentemente, que asistiera al evento, ya que, esa era la oportunidad perfecta para que Candy hiciera su primera aparición. Se trataba de una celebración casual y la chica se iba sentir menos presionada en ser presentada ahí, que estando en una gala.
—Ya estoy lista —anunció Candy, tomándolo por sorpresa—. ¿No te lo esperabas verdad? —preguntó mientras salía de la casa y Terry la observaba con cuidado—. Creíste que tardaría horas en estar lista, mas, no fue así... — expresó ella con una sonrisa en su rostro.
Candy portaba un lindo vestido azul, muy acorde a lo que usaban las jóvenes mujeres neoyorquinas. Terry odiaba ese tipo de moda, porque pensaba que era muy poco favorecedora a la figura femenina, para su gusto, se perdía la gracia con esos vestidos lisos, sin embargo, bastó ver uno de esos «ridículos» vestidos, enfundando la figura de su señorita Andrew, para que se diera cuenta de que no era del todo malo...
—¿Pasa algo? —preguntó Candy, observándose e intentando encontrar el defecto que, según ella, debía tener.
Terry negó y enseguida tomó la barbilla de Candy para hacer que ella lo mirara.
—¿Por qué siempre que me quedo observándote, piensas que hay algo malo en ti? — preguntó él con seriedad, Candy no supo que decir, y solo atinó a sonrojarse—. Te ves hermosa. No hay nada de malo en tu apariencia —el actor sonrió nervioso y confesó...—. Observarte me resulta inevitable. Disculpa si te incomodo, pero de verdad, no puedo evitar deleitar mi vista, cada vez que apareces frente a mí y te ves así de bella —Terry la tomó de las manos y después de posar un beso en los labios de la chica, preguntó—. ¿Nos vamos?
Candy estuvo de acuerdo, seguía muda ante la sorpresa que le provocó escuchar aquellas palabras, pero, dejándose llevar, bajó las escaleras del pórtico, e inmediatamente subió al auto en compañía de su novio.
—La reunión de Robert será en su casa de la playa, así que espero que disfrutes el viaje... —comentó Terry, encendiendo el auto y poniéndolo en marcha.
—¿Está muy lejos? —quiso saber ella.
—Mucho más lejos de lo que siempre viajamos. Así que, espero que me hagas plática para que el tiempo sea menos —Candy sonrió ante aquella petición y sin hacer esperar a Terry, comenzó a charlar.
Le habló sobre Albert y lo duro que había sido no verlo en el desayuno, también le habló sobre el regreso de Patty y de lo mucho que le gustaría que fueran a recibirla en la estación.
—Por supuesto, estaremos de vuelta en la noche. No te preocupes, podemos llegar a la estación y encontrarnos con Stear y Dorothy.
A Candy le pareció la mejor de las ideas y entonces, aprovechó que el auto se detenía para así, darle un beso a la mejilla de su novio.
—Te amo... —le dijo, emocionada.
—Yo también... —respondió Terry—. Solo espero que no me digas eso, nada más porque voy a llevarte a ver a la «Gordita» y a su abuelita.
Candy le lanzó una minada recriminadora y no dudó en propinarle un pellizco.
—Eres tan exasperante...
—Y tú tan enojona... solo estoy bromeando.
Candy se hizo la ofendida y entonces fue el turno de Terry de iniciar una nueva plática. Para que ella no se molestara más, le contó sobre cómo conoció a Patty y después le platicó de cómo fue que decidió ayudar a la abuela Martha y ayudarle a entrar a los dormitorios del colegio San Pablo. Candy tenía una idea de cómo fue aquel encuentro, lo imaginó varias veces en su mente, sin embargo, que Terry le contara sobre ello, sencillamente la llenaba de alegría.
Ambos muchachos se sentían tan a gusto platicando, que al final, el camino hasta la playa no les pareció tan largo. Lo verdaderamente pesado, vendría cuando llegaran al lugar...
—¿Estás seguro de que Terry va venir? —preguntó Elena Hathaway, acercándose a su esposo.
—Claro que sí. Él confirmó su asistencia, vendrá con su novia y todo será perfecto.
—¡Ah sí! La novia... —expresó la señora Hathaway, con cierto recelo en su corazón, pues, Susana Marlowe, era la única novia que podía reconocerle a Terry y sería muy difícil verlo con otra mujer.
—Muero por conocerla... —admitió Robert, con verdaderas ganas de saber cómo era la musa inspiradora de Terry—. Tú mejor que nadie lo sabe. Un actor debe estar enamorado y ser feliz, únicamente, de esa forma, logramos tener una verdadera conexión con nuestro trabajo.
—Solo les puedo decir que... —se escuchó la voz de Karen Klyss, mientras insolentemente interrumpía a la pareja de actores—. Candy nada tiene que ver con Susana.
—¡Karen! ¿Estabas escuchando nuestra plática? —preguntó una molesta Elena.
—¿Yo? No, ¿cómo crees? —mencionó Karen sonriéndoles y alejándose de ellos.
Elena observó a la muchacha y luego resopló enojada.
—Es incorregible.
—Querida, si intentaras corregirla, dejaría de ser Karen Klyss... —admitió Robert, acercando a su esposa para darle un beso en la mejilla.
Mientras tanto, afuera de la mansión, el auto de Terry se estacionaba con cuidado detrás de uno de los coches ahí presentes.
Terry reconoció uno de los autos, sabía que era el de Franz Talbot, su «estúpido» compañero. El joven actor rodó los ojos al recordar al odioso rubio. Detestaba la idea de que Candy tuviera que conocer a ese personaje tan nefasto.
—Por fin, llegamos —dijo Candy, en cuanto el auto se detuvo.
—¿Cómo te sientes? —cuestionó Terry al verla con las mejillas sonrojadas.
—Nerviosa —admitió con una sonrisa.
Terry acarició el rostro de la muchacha y después le aconsejó:
—No te pongas nerviosa. Robert es una buena persona y por los demás no te preocupes, no tienes que saludarles si no quieres... —mencionó con aquella rebeldía que le caracterizaba—. No te separes de mí, ¿de acuerdo?
—Ni tú de mí... —pidió ella, suplicante.
—Tienes mi palabra de que no lo haré.
Terry bajó del auto y enseguida lo rodeó, para poder ayudar a Candy. Una vez que ambos estuvieron fuera, el actor ofreció su brazo a la rubia y caminaron juntos hasta la entrada de la casa.
El corazón de Candy latía frenético, pues, era la primera vez que se enfrentaba a una situación de esa naturaleza. Sabía que tarde o temprano sucedería, no obstante, eso no evitaba que se sintiera algo abrumada...
«¿Y si no les caigo bien?», se preguntó, observando que la puerta de la casa estaba siendo abierta. Elena Hathaway, era quien les recibía.
—Buenas tardes... —saludó la mujer, sonriéndoles—. Por favor pasen —pidió al tiempo que les daba el acceso a su casa.
Una vez dentro del vestíbulo, Terry presentó a Candy con Elena. La mujer de Robert le dio la mano a la rubia y esta la estrechó con firmeza. Al ser actriz, Elena daba mucha importancia a la comunicación no verbal y Candy, le dio la mejor de las impresiones, su rostro y la seguridad que le dio al apretar su mano, le mostraron que era una jovencita agradable, eso distaba mucho de lo que le había contado Susana.
Robert por su parte, se acercó a ellos de inmediato, para buscar ser presentado también.
—Candy... —mencionó el directo, dedicándole una sonrisa—. No sabes cuánto gusto me da conocerte —Robert tomó la mano de la rubia y posó un beso en su dorso—. Bienvenida, mi casa es tu casa —agregó observándola a los ojos.
—Muchas gracias —respondió la joven, mostrándose contenta.
—Por favor, acompáñenme al jardín —señaló Robert guiándolos hacia el exterior.
—¿Desean algo de beber? —preguntó Elena, antes de que se marcharan.
—Una soda está bien —pidió Terry y Candy lo imitó.
—Lo mismo, por favor.
—Enseguida se las llevo, acompañen a mi esposo, en un momento los alcanzo.
Apenas pusieron un pie en el jardín, Candy y Terry fueron el blanco de todas las miradas. Terry sabía muy bien cómo esquivarlas, en cambio Candy no tenía idea, ella se sentía muy rara al respecto. Con todo y su nerviosismo no se dejó amedrentar, sonreía amigablemente a todo aquel que le dirigía una mirada y eso, definitivamente le ayudó, lo último que los actores esperaban era que la «La novia de Terrence» fuera tan amable, ya que, Terry no era amable con nadie.
—Tomen asiento, por favor —indicó Robert—. Pediré que les traigan algunos bocadillos.
Una vez que Robert se marchó, entonces, apareció Karen Klyss.
—¡Candy! —exclamó Karen, al ver a la rubia—. ¡Qué gusto me da volver a verte! —La actriz besó ambas mejillas de la chica y después admitió—. ¡Te ves hermosa!
—Oh, Karen, gracias... También me da mucho gusto verte —contestó Candy, en tanto que, se dejaba abrazar por la joven Klyss.
Terry notó la figura de Franz Talbot, apareciendo justo frente a sus ojos, el odioso rubio prácticamente corría para acercarse a ellos.
«Maldito idiota», pensó Terry, al verlo sonreír y acercarse a Candy, sin siquiera esperar a que él los presentara.
—Franz Talbot, señorita... —se presentó él, ofreciendo su mano a Candy, que con una sonrisa, le ofrecía la suya.
—Candice Andrew —respondió Candy, pensando en que el joven era muy amable.
—Soy amigo de Terrence —mencionó el rubio, haciendo que Terry se llenara de un inmenso coraje... «Amigo», se dijo el castaño con molestia, «Yo no tengo amigos como tú, maldito degenerado» —. No veía la hora en que él nos presentara —añadió Franz, observando profundamente a la rubia muchacha, dándose cuenta de que era mucho más bella de lo que había imaginado.
—Me da gusto conocerle también, señor Talbot —Candy buscó volver a estar cerca de Terry y él a su vez, entendió lo que ella deseaba, posó su mano en la cintura de Candy y la acercó hasta él.
—Vamos... —dijo Karen—. Dejemos que vayan a tomar su lugar —agregó, mientras Franz asentía y la tomaba de la mano.
—Por supuesto, pasen por favor, los veremos en un rato —advirtió Franz antes de sonreírle a Candy y marcharse junto a Karen.
Una vez que estuvieron lejos, Candy sonrió y Terry también, sin embargo, él lo hizo más a fuerza que de ganas.
—Karen es justo como la recuerdo y el señor Talbot, es muy agradable. Me da mucho gusto conocer a tus amigos.
—Franz no es mi amigo —refutó Terry con frialdad, Candy frunció el ceño y entonces el actor advirtió—. Ponle mucha atención, porque no es una persona en la que puedas confiar, no hables con él, por favor.
Terry apretó la mano de Candy y ella entendió. Si le hacía esa advertencia era por algo, así que apretó su mano también.
Elena apareció con una refrescante bebida y entonces ambos muchachos se relajaron, sabían que aquello, era apenas el inicio de la aventura así que decidieron no preocuparse, ya que, permanecerían juntos y nada malo sucedería.
No se necesitaba ser un genio para darse cuenta, del amor que existía entre Candy y Terry. A pesar de ser una pareja discreta, sus miradas y la forma en la que se sonreían, eran motivo suficiente para que, los ahí presentes, se llenaran de sorpresa y en el peor de los casos, de envidia.
Después de comer y pasar un rato al lado de los anfitriones, Terry tenía pensado pasear por la playa con Candy, mas, al final, Robert echó por tierra aquellos deseos. El director insistió en llevar a cabo una pequeña reunión junto a él y algunos empresarios a los que debían prestar atención. Dichos hombres eran patrocinadores sumamente importantes y había que tenerlos contentos.
«No te preocupes Terry, voy estar bien. Ve con ellos», eso le dijo Candy, antes de que él se marchara al estudio junto a Robert. Terry la dejó al lado de Elena y creyó que con eso bastaba para que estuviera acompañada, incluso, la propia Candy así lo creyó, sin embargo, después de un rato Elena tuvo que atender a un par de invitados y ella terminó por quedarse sola.
Sintiéndose libre, decidió acercarse a la terraza que yacía a unos cuántos metros. Mientras caminaba, la rubia muchacha pudo percatarse de algunas miradas, la mayoría de los ojos que le observaban eran femeninos, algunos con asombro y otros con molestia, pues, apenas podían creer que Terry hubiese llegado con ella. Escuchó cuchicheos aquí y allá, no obstante, no les tomó importancia. Siguió caminando hasta llegar al barandal, desde donde se podía ver la majestuosidad de la playa.
Franz estuvo observándola todo ese tiempo y al ver que se encontraba sola, no perdió la oportunidad de acercarse a ella.
—Por lo visto, Terry ha tenido que atender a los altos mandos, ¿verdad? —preguntó el rubio, extendiendo un vaso con ponche, ofreciéndoselo a Candy. Ella tomó el vaso y esbozó una sonrisa—. Es ponche de arándanos... —mencionó el joven al ver que la rubia observaba lo que el vaso contenía—. ¿Puedo acompañarle por un momento, Candice?
La advertencia de Terry sobre Franz resonó en los oídos de ella, con todo y eso, dejó que el chico permaneciera a su lado... ¿Qué otra cosa podía hacer? Sería demasiado descortés darle una respuesta negativa.
—Claro que sí, es usted muy amable, señor Talbot —contestó Candy bebiendo un poco de ponche.
—Es un gusto complacerla Candice, así que, tenga la confianza de pedirme lo que sea —Franz la miró a los ojos y agregó—. Estoy para servirle.
La rubia sonrió con timidez, ya que, no estaba muy acostumbrada a las atenciones que provenían de extraños, el joven Talbot era educado, sin embargo, le incomodaba un poco sentirse atendida por él.
—La vista desde este lado es grandiosa... ¿No le parece?
—Sí, es realmente bella —Candy observó a varios de los invitados listos para zambullirse en el agua.
—¿No ha traído su traje de baño? —preguntó Franz con naturalidad, al darse cuenta de que Candy, veía a los que se habían animado a entrar al agua.
—No... ¿Y usted?
—Yo tampoco, así que estoy condenado a soportar este infernal clima —admitió mientras Candy le sonreía.
Franz la observó de nuevo y entonces sintió un pinchazo justo en el corazón. Se suponía que estaba ahí para seducirla o por lo menos para coquetear con ella, pero, la realidad, era que estaba siendo completamente incapaz de llevar a cabo su plan... eran los bellos ojos de la chica, su sonrisa. Era toda ella. Él no podía usarla para molestar a Terrence. Realmente, no era un depravado, ni nada de lo que todos sus compañeros decían.
El rubio actor se quedó sin opciones, entre más intentaba acercarse, más fallaba en su intento de darle una lección a su odioso rival. Candy no era del tipo de chica con la que le gustaba jugar. Le atraía mucho, obviamente, mas, algo en ella le obligó a comportarse y no dejar que sus pensamientos negativos se manifestaran.
Cuando Terry salió de la reunión y regresó al jardín, esperaba encontrarse a Candy justo donde la dejó, no obstante, para su desgracia no fue así, y la encontró precisamente donde no deseaba encontrarla...
—¡Terry! —le llamó ella con alegría, mientras se acercaba a él y lo tomaba de la mano—. ¿Cómo te fue en la reunión?
—Bien... —respondió observando fijamente a Franz, quien al sentir que Terry lo fulminaba con la mirada, buscó retirarse.
—Fue un gusto acompañarla, Candice... —expresó el joven Talbot, mientras hacía una venia—. Aprovecharé que estoy aquí, para caminar por la playa un rato. Espero tener el privilegio de saludarla otro día —agregó, extendiendo su mano para que Candy la tomara y se despidiera de él—. Nos veremos mañana Grandchester.
—Hasta luego, señor Talbot. Que le vaya bien —se despidió Candy.
Terry por su parte, no le dirigió ni una sola palabra a su compañero, simple y sencillamente lo vio marcharse.
—Vayamos a despedirnos de Robert... —pidió el actor sin mirar a Candy—. Tendremos que partir ahora, si es que quieres llegar a la estación y recibir a Patricia.
La forma en la que Terrence le habló, hizo que Candy se sorprendiera. Intentó mirarlo, pero, él no se lo permitió, así que, no le quedó más remedio que tomar la mano que le extendía y dirigirse junto a él, hasta donde estaban los anfitriones.
«Terry... ¿Estás enojado?», preguntó Candy, en cuanto salieron de la mansión de Robert. La respuesta de él, fue escueta y determinante:
«No, Candice. No estoy enojado»
Después de eso ninguno de los dos dijo nada, Terry se dedicó a conducir y Candy a pensar en cómo hacerle para que su novio se contentara con ella. El joven le dijo que no estaba enojado, pero, era evidente que se encontraba furioso.
—¿Qué hora es? —preguntó Candy, cuando llegaron a la estación.
—Falta media hora para las siete.
—El tren llega hasta las nueve y media... —advirtió Candy—. Podemos ir a caminar por un rato, ¿no te gustaría?
Terry no respondió, salió del auto y cerró su puerta, Candy abrió la suya y la cerró también.
—¿A dónde podemos ir? —preguntó ella.
—No hay muchos lugares por aquí...
—Vayamos a una cafetería... —pidió la rubia.
Terry asintió.
—A dos cuadras hay una —anunció mientras Candy lo seguía.
Por primera vez en mucho tiempo, el castaño no la tomó de la mano y caminó como si ella no estuviera con él. Ante tal acción, Candy no pudo evitar sentir una enorme impotencia dentro de su pecho. Tenía ganas de regresar a casa y echarse a llorar, sin embargo, también deseaba quedarse y hacerle frente a su berrinchudo novio. ¿Qué era lo que le sucedía? Odiaba que él se comportara de esa forma.
Una vez que llegaron a la cafetería. Terry se detuvo en la puerta y le dio el paso a Candy.
—Bienvenidos... —les recibió una regordeta y amable mujer—. Tomen asiento, por favor, enseguida les paso la carta.
Candy eligió una de las mesas del rincón y Terry no hizo más que seguirla y sentarse en una de las sillas.
La mujer de mediana edad rápidamente les llevó la carta y permaneció ahí para tomarles la orden. Después de algunos minutos, la señora preguntó :
—¿Qué pedirán?
—Para mí, un té de limón... —dijo Terry, secamente.
—¿Solo un té? —inquirió la incrédula mujer—. Porque tenemos excelentes postres que van bien con el té.
—No me apetece nada dulce, ni empalagoso en estos momentos —dijo Terry mientras observaba severamente a Candy—. Pero, gracias... —agregó sonriéndole a la mujer.
—¿Usted señorita? —cuestionó a Candy.
—Yo deseo una taza de chocolate y un trozo de pastel de vainilla —Candy sonrió—. Amo el dulce y odio la amargura en las cosas —admitió observando a Terry.
La mujer rio sin poder evitarlo.
—De acuerdo, la orden estará lista en unos minutos. Ahora regreso.
Los ojos de Terry brillaban con furia, sin embargo, Candy no se dejó derrotar, le sostuvo la mirada y luego tomó su mano y la apretó suavemente con la suya.
—Lo lamento... —se disculpó Candy—. Sé que no deseabas que hablara con el señor Talbot, pero me fue inevitable hacerlo.
Terry no renunció a la caricia que ella le regalaba y aunque estaba furioso, dejó que la chica lo reconfortara.
—Inevitable... —Terry sonrió sarcástico y preguntó—. ¿Te puso una pistola en la cabeza para que lo hicieras?
—No, no lo hizo... —Candy suspiró pesadamente—. Lamento haberte molestado. Yo estaba en la terraza cuando él llegó a saludarme —La rubia bajó la mirada—. Tú sabes que no me gusta portarme mal con los demás.
Un incómodo silencio se instaló entre ambos. Candy observó la calle y Terry la observó a ella. Aquella última declaración de la chica, hizo que se tranquilizara. En ocasiones, se le olvidaba que Candy no era como él, y que ella, era amigable por naturaleza.
La orden llegó casi de inmediato, Candy recibió con una sonrisa el pastel y Terry por su parte, tomó el té que la mujer puso frente a él.
Mientras estuvieron ahí, no dijeron nada más, fue hasta que salieron de la cafetería cuando Terry tomó la mano de la rubia y la detuvo para que caminara hacía otra dirección.
—Faltan casi dos horas tenemos tiempo libre. Hay una galería muy cerca de aquí, ¿te gustaría conocerla?
—¿Ya no estás molesto conmigo? —preguntó la rubia.
—No.
Candy se conformó con aquella respuesta y entonces, caminó hacia donde Terry la dirigía. No estaba muy segura de cómo fue que llegaron ahí, pues no memorizó el camino, solo se dejó llevar por su novio.
—Es aquí... —indicó Terry, deteniendo sus pasos y observando la fachada.
—¿Aquí?¿Dónde está la galería? —preguntó Candy confundida.
—Ahora la verás... —Terry tomó sus llaves y abrió la puerta.
—No entiendo —expresó la muchacha, observando el interior del lugar.
—Entra... —le dijo Terry.
—Pero...
—Entra, Candice.
Aquellas dos palabras hicieron que ella obedeciera y entró al sitio que se le indicaba.
—Esto no es una galería... —se quejó la joven cuando entraron al pequeño apartamento.
—No del todo... —Terry sonrió y ella lo miró enojada—. Pero, sí tengo algunas pinturas aquí —señaló un montón de cuadros que lucían cuidadosamente envueltos.
—¿Dónde estamos Terry? ¿Es tuyo este lugar?
—Sí, es mío.
Candy observó el modesto apartamento.
—¿Lo compraste? —interrogó con curiosidad.
El actor sonrió melancólico y luego negó.
—Me lo regaló mi madre —Terry observó a su novia y dijo—. Este es el departamento en donde ella y yo vivíamos —confesó—. Eso antes de que el duque apareciera y me llevara con él. Es la primera propiedad que ella adquirió y hace tiempo me entregó las llaves. Me quedé aquí cuando regresé a Broadway y no tenía en dónde vivir.
—Es un bello lugar y está muy bien cuidado... —aceptó ella, sintiendo una punzada en su estómago, ¿por qué ese lugar tan secreto estaba tan impecablemente aseado?
—Pago para que lo mantengan limpio. Según mis cálculos, ayer fue el día del aseo —respondió Terry, esclareciendo las dudas de su novia—. ¿Sabes? Pretendía traerte aquí otro día... pero, bueno ... Ese día ha sido hoy. Así que, aquí estamos.
—¿Y qué hacemos aquí?
El castaño se acercó lentamente a ella y dijo:
—Estamos aquí, para reconciliarnos... —admitió, tomando por la cintura a la rubia—. ¿No te has dado cuenta de que tuvimos nuestra primera pelea como novios?
—Pero, es que, ¿no nos habíamos reconciliado ya? —preguntó ella, divertida.
Terry negó y después acarició el rostro de la rubia.
—Perdóname, Pecosa... —expresó arrepentido, mientras miraba los llorosos ojos de Candy—. Siento mucho haberme comportado así.
—La verdad es que yo no te di motivos para que te enojaras de esa forma... —Candy se alejó de él y dijo—. Solo fui amable con alguien que fue amable conmigo, no es como si yo me hubiera comportado de forma poco honorable.
—Lo sé...
—No es verdad, ¡no lo sabes! ¡Te comportaste como un niño caprichoso!
Terry se acercó de nuevo a ella y otra vez, la tomó por la cintura.
—Perdóname... —murmuró, derritiendo el corazón de Candy.
—No me gusta que me pidas perdón —recalcó ella.
—Necesito hacerlo... Candy, yo necesito que me digas que no estás molesta conmigo.
—No me gusta que nos enojemos —mencionó, llevando sus manos hasta el rostro del muchacho—. Terry... Yo, te amo tanto, que jamás haría algo para lastimarte.
—Lo sé y por ello, quiero que disculpes mi celoso comportamiento... ¿Me perdonas? —insistió Terry.
—Si te hace feliz escucharlo, entonces, te digo que sí, sí te perdono.
Él la enredó en un abrazo y ella hizo lo mismo. Permanecieron así, hasta que Candy rompió el silencio.
—¿Me trajiste aquí para esto? —cuestionó Candy con una sonrisa.
—Más o menos...
—Estás loco, ¿lo sabías?
—No puedo reconciliarme contigo en la calle... —Terry dejó de abrazarla, para observarla a los ojos—. Los besos de reconciliación, no son aptos para todo público —aceptó acercándose los temblorosos labios de la rubia—. Terminaríamos en la cárcel, si llegan a ver qué hago esto contigo —añadió, tomando posesión de la boca de Candy, ahogándola en un apasionado beso.
Candy no sabía si era la mezcla de sentimientos de la que eran víctimas, pero, ese beso, había resultado ser el más delicioso y delirante que Terry le había regalado, esperaba que nunca terminara y cuando él culminó con aquella entrega, ella lo obligó a continuar. Se aferró al cuello de Terry y éste no tardó en elevarla, para poder tenerla más cerca de él.
Sin romper el beso, Terry la tomó en brazos y la llevó hasta la habitación más cercana... una vez ahí, recostó a Candy sobre la cama y siguió besándola como si no hubiera un mañana. Lentamente subió el vestido de ella y sin pedirle permiso lo retiró de su cuerpo para colocarlo sobre una silla.
—¿Qué vamos hacer? —preguntó la rubia con desespero.
—¿Confías en mí?
—Sí, pero, es que, tú dijiste que iríamos despacio...
Terry soltó una carcajada.
—Pecas, estamos yendo despacio... —Él observó a la chica y sonrió ampliamente, al verla con su ropa interior—. Bonito conjunto... —declaró mientras ella respondía:
—¿Por qué me has quitado el vestido? —quiso saber, aunque ya tenía idea del por qué.
—Porque no quiero que se arrugue y entonces todos descubran que estuvimos, tú ya sabes... —Terry se detuvo y añadió—. Entonces, ¿confías en mí? —insistió y Candy, sonriendo, asintió.
—Por supuesto que confío en ti, te amo... —afirmó, convencida de llevar su relación con Terry a un nuevo nivel.
—Yo también te amo, Candy —declaró Terry, antes de continuar besándola y deslizar, lentamente, una de sus impetuosas manos hacia abajo.
—¡Terry! —exclamó ella con espanto al experimentar la caricia del muchacho.
—Shhh... vamos, no digas nada Candy... solo disfrútalo...
—Pero... —Candy gimió al sentir que aquel toque era mucho más insistente. Ella jamás experimentó algo como eso y aunque estaba insegura al respecto, no quiso detener al impertinente actor.
¿Por qué hacerlo? Se sentía tan bien...
Terry sonrió complacido al oírla, esa era la primera vez que la escuchaba emitir un verdadero gemido de placer.
—¿No te gusta? —preguntó frenándose, a lo que Candy respondió:
—Sí... sí me gusta... pero...
—¿Pero qué? —volvió a cuestionar Terry.
— ¿Y tú?
Terry rio y luego observó a la chica.
— Hasta en este momento piensas en mi bienestar? —preguntó malicioso, reanudando su actividad—. Cielos... Preciosa... ¿Que se supone que vas hacer por mi? —preguntó al tiempo que ella gemía de nuevo.
—Lo que tú quieras... —contestó con determinación—. Terry haré lo que me pidas...
—Ahora mismo, solo quiero escucharte disfrutar... —murmuró extasiado—. Quiero que pruebes un poco de lo que vas a sentir después, cuando me tengas dentro... —añadió Terry, mientras la rubia pintaba de rojo sus mejillas—. ¿Entiendes Candy? Quiero enseñarte lo que soy capaz de hacer por ti. No te preocupes por mí, no ahora.
Candy dejó su inocencia a un lado y se abandonó ante la nueva experiencia que estaba viviendo con su novio. Sabía que eso estaba mal, pues, la educación recibida y las advertencias de la tía abuela, así se lo indicaban, sin embargo, eso no le importó. No se dejó consumir por las dudas y disfrutó del momento.
—Terry... —gimió Candy abandonada a instantes sublimes que, la colmaban de un placer indescriptible.
—Te amo Candy... —dijo Terry, al sentir que ella estaba cerca de llegar—. Te amo tanto... —murmuró, antes hablarle directamente al oído y hacerle una ardiente confesión, misma que llevó a Candy al borde de la locura.
—Terry, yo también te amo... —balbuceó dejándose llevar a donde nunca había llegado—. Terry... —murmuró una y otra vez, hasta que al final, un desconocido cosquilleo le recorrió de pies a cabeza provocando que, un último y prolongado gemido, saliera de su boca.
