"Inesperado"
Lady Supernova
Capítulo 13
Manhattan.
«Estás jugando con fuego, Terrence»
Advirtió la voz de su conciencia, llamándole la atención y poniéndolo en alerta.
«¿Qué no decías que, ibas a tocar a Candy, hasta que se convirtiera en tu esposa?»
Le recordó la entrometida voz, mientras Terry fruncía el ceño y miraba su reflejo en el espejo.
—Sí... —respondió el joven, sintiéndose algo apenado—. Estoy jugando con fuego y eso es muy peligroso —aceptó conforme arreglaba un poco su cabello—. Mas, a pesar de que soy consciente del peligro, no puedo mantenerme quieto—Terry sonrió y enseguida echó un último vistazo a su imagen—. Como sea, no voy a tomar a Candy antes de tiempo. No, no lo haré. —dijo completamente convencido, dejando de lado los consejos de la otra voz interna, que intentaba persuadirlo—. Candy se convertirá en mi esposa y mantendré a salvo su virtud, hasta que eso suceda —declaró, ahuyentando todas esas dudas que, su conciencia, le estaba plantando en la cabeza.
El joven actor respiró hondo y después exhaló lentamente, para expulsar el aire contenido. Salió del cuarto de baño, y se dirigió hacia la habitación en donde Candy lo esperaba. Con toda sinceridad, moría por ver a la chica de nuevo, deseaba platicar con ella y confirmar que seguía contenta con lo que acababa de ocurrir entre ellos.
Al notar que el guapo joven Grandchester, ingresaba de nuevo a la habitación, Candy esbozó una sonrisa, pero, al encontrarse con los bellos y ardientes ojos azul zafiro del muchacho, bajó la mirada y comenzó a jugar con los dedos de sus manos, concentrándose de nuevo, en ocultar la pena que sentía.
Terry la miró con atención y entonces, se acercó a ella para hablarle:
—Te noto un poco seria —mencionó con sutileza, al ver que Candy se mostraba un tanto avergonzada—. ¿Estás bien?
—Sí, sí estoy bien... —Candy dejó libre un suspiro y enseguida observó a su novio—. ¿Tú cómo estás? —preguntó con timidez.
—Candy... Candy... ¿Sigues preocupándote por mí? —cuestionó Terry, mientras ella afirmaba—. No te preocupes más. Te dije que yo lo arreglaba y así lo hice, me las he arreglado. Me siento muy bien, Pecosa.
La muchacha sonrió, sintiéndose más tranquila. Ella sabía perfectamente que los chicos, se valían de un método para calmar sus deseos, no tenía idea de cómo funcionaba, pero sí sabía que ellos «hacían algo», para sentirse aliviados.
—¿Te arrepientes de lo que sucedió hace un rato? —cuestionó Terry, al tiempo que Candy negaba.
—Para mí, fue algo único y hermoso. Por supuesto que no me arrepiento —admitió mostrando una gran sonrisa—. Jamás sentí algo como eso y obviamente me gustó... pero...
—¿Pero?
—Pero no puedo evitar sentir algo de vergüenza...
Terry sonrió y a continuación acortó la distancia que había ente ellos. Una vez que estuvo frente a Candy, la tomó de la barbilla y le pidió elevar la mirada.
—Es normal que te sientas así. A lo largo de nuestras vidas, nos han enseñado a pensar en que el placer, es algo sucio y prohibido. Nos dicen que es un pecado disfrutar de nuestro cuerpo... —declaró Terry, observando los ojos verdes de su novia—. Sin embargo, no hay nada de malo en eso. O es que... ¿Acaso te ofendí con lo que hice?
—No, por supuesto que no me ofendiste —Candy se mordió un labio con nerviosismo y movió su cabeza negando aquella suposición—. ¿Sabes? Jamás creí que sentiría eso que sentí cuando me tocaste... —declaró sonriendo—. Me gustó mucho.
—Me alegra saberlo... —respondió Terry, bajando su mano para encontrarse con la mano de la chica—. Esa era mi intención. Deseaba hacerte sentir bien, sin tomar riesgos, ¿me entiendes? —el actor buscó la mirada de su novia y agregó—. Te amo Candy y solo quiero hacerte feliz.
—Te amo también... —contestó Candy, enredándolo en un abrazo—. Y me alegra mucho estar descubriendo todo esto contigo —confesó con timidez—. Sé que hay todo un mundo más allá de esto, que hemos hecho y también sé que es algo que, la sociedad nos echaría en cara si nos descubrieran. Pero, nadie tiene por qué enterarse, ¿verdad?... —mencionó posando sus manos en el cuello de Terry—. Este va ser nuestro secreto. Una cosa que solo tú y yo sabremos... podemos venir aquí cada vez que queramos, ¿no crees? Nadie sabe de este lugar.
El actor observó a su chica y sonrió con auténtica diversión.
—Santo Dios... ¡Estoy creando a un monstruo! —exclamó al ver que la rubia se revelaba en contra de lo establecido.
—Bueno es solo una idea. Si tú no quieres, pues no lo hacemos... —comentó ella, para pinchar el orgullo del engreído muchacho.
—Ya lo dijiste, y ahora me lo cumples —respondió Terry con rapidez, haciendo reír a Candy—. Por supuesto que acepto tu indecorosa propuesta, Tarzán Perversa.
Candy rio ante aquella declaración, sin embargo, eso no impidió que le propinara un buen pellizco a su insolente novio. Terry, en cambio correspondió con una sonrisa y después, posó la palma de su mano, sobre el rostro de la chica. Se permitió adorar aquella dulce cara por algunos segundos y después de saciar su vista, quiso saber:
—Oye Candy, ¿puedo hacerte una pregunta? —cuestionó el joven Grandchester.
—Claro, puedes preguntarme lo que quieras.
—Dime una cosa... —mencionó aclarando su garganta—. ¿De verdad pensabas convertirte en una monja? —preguntó Terry, sintiéndose muy curioso al respecto, porque, aún no podía concebir que una joven tan bella y sobre todo tan apasionada, tuviera esa idea tan loca—. ¿Planeabas pasar toda tu vida encerrada en un convento? —Candy respiró hondo y asintió—. Pero... ¿Por qué? —cuestionó el muchacho.
Candy se sonrojó con aquella pregunta, mas, armándose de valor declaró:
—Porque tú no estabas conmigo. Ya lo sabes Terry, tú y solo tú, eres el dueño de mi corazón —Ella tomó las manos del castaño y agregó—. En aquellos días, tú eras un hombre prohibido para mí, ¿lo recuerdas? —preguntó con cierta tristeza—. Al verme sola, decidí llevar mi vida hacia otro rumbo, uno en donde no existiera el amor entre mujeres y hombres, un lugar en donde estuviera a salvo, pues, si yo no podía estar contigo, entonces, no deseaba estar con nadie.
El corazón del muchacho latió con inmensa alegría y sin pensarlo por más tiempo, abrazó fuertemente a Candy. Por largos minutos se quedó aferrado a ella, intentando aliviar todo el dolor que, ambos sintieron, todos esos años en los que estuvieron separados. Siendo sinceros, Terry aún no podía creer que Candy lo amara, exactamente con la misma pasión que él lo hacía. Todo era perfecto y esa perfección, lo asustaba. Pues nunca en su vida fue tan feliz.
Después de aquel momento de confesiones y de muestras de auténtico amor, la pareja dio paso a su siguiente aventura. Ambos jóvenes, salieron de aquel pequeño y secreto apartamento, para ir a la estación de trenes en busca de las amigas que venían.
Patricia y su abuela Martha, llegaron con media hora de atraso a Manhattan, pero, eso no impidió que fueran recibidas con el mejor de los ánimos.
A petición de la abuela Martha, Patty bajó primero del tren, la ancianita, le hizo ver que ella necesitaba estirarse un momento antes de aventurarse a caminar, e invitó a su nieta a que se adelantara. La muchacha no se hizo de rogar y corrió para encontrarse con sus amigos, que ya la esperaban en la plataforma. Mientras ella se reencontraba con Stear, Candy y Terry se ofrecieron ayudar a la abuela.
Al ver que Terry se acercaba a ella para ayudarle a bajar, Martha O'Brien sonrió con alegría y una vez que estuvo sobre la plataforma, se acercó más a Terry y lo abrazó con entusiasmo.
—Mi niño, ¡qué grande y qué guapo estás! —declaró con emoción.
Candy se sintió muy divertida al respecto, pues, la abuela Martha pellizcaba las mejillas de Terry como si él fuera un chiquillo.
Segundos después, cuando Martha notó que Candy estaba cerca, se apresuró para llegar hasta donde estaba y al verla luciendo tan hermosa, se echó a llorar con emoción.
—Cuando Patty me dijo que finalmente estabas con Terry, yo lloré de alegría... —admitió limpiando sus lágrimas—. Perdona que vuelva hacerlo ahora, pero, es que me causa mucha emoción... Candy, mi niña, ¡qué gusto me da verlos felices! ¡Y qué gusto me da verte a ti! Mira nada más, ¡estás más bella que nunca!
Candy no pudo evitar que las lágrimas le invadieran, así que abrazó a la abuela y lloró junto a ella.
Al terminar con los saludos, sorpresivamente, Terry propuso invitarlos a todos a cenar. Él no era el más sociable de los hombres, mas, en ese instante, se sentía tan contento que no le costó ningún trabajo lanzar aquella propuesta. Candy y la abuela Martha, fueron las primeras en mostrarse entusiasmadas con la idea, una vez que ellas dijeron: «Sí», fue suficiente para que todos salieran de la estación y se dirigieran al restaurante que Candy y Terry visitaron en su primera cita.
Una deliciosa cena y una grandiosa convivencia les esperaban.
A la Señorita O'Brien le resultó un tanto preocupante, el hecho de hospedarse en la residencia de los Andrew, pues, que no estuviera presente el patriarca de la familia, era un poco incómodo para ella.
Candy le hizo entender que, aunque Albert no estuviese con ellos, nada había cambiado y que por supuesto, seguía en pie la invitación para que la abuela y ella se hospedaran en la residencia.
La joven O'Brien comprendía la situación, no obstante, no podía evitar sentir cierto temor por la tía abuela Elroy. La mujer era demasiado estricta al respecto y por nada del mundo deseaba molestarla. Durante su estadía en Illinois, siempre estaba vigilándolos a Stear y a ella. Patty se pregunta si acaso, ¿le agradaría la idea de que estuvieran juntos, sin supervisión de un Andrew?
—No hay nada que temer —insistió Candy, ayudándola a colocar su ropa en el armario—. Vamos Patty, siéntete libre de vivir en la casa. La tía abuela no dirá nada.
—Gracias por tu hospitalidad Candy. Te prometo no preocuparme más —expresó Patty dibujando una tímida sonrisa en su rostro—. Pero dime... ¿Por qué razón Albert se fue tan pronto?
Candy se encogió de hombros y le contestó:
—Al parecer, se presentaron algunos imprevistos en Chicago y bueno, lo conoces, se fue sin dar muchas explicaciones. Me dijo que regresaría en un par de semanas —La rubia sonrió con tristeza y se aventuró a declarar—. Me agradaba que estuviera aquí, porque claro, lo quiero mucho, ya lo sabes, sin embargo, también me gustaba que fuera una compañía para Dorothy.
Patty abrió mucho los ojos y entonces indagó:
—¿Dorothy y Albert? Quieres decir que ellos...
—Ellos se llevaban muy bien y se acompañaban —mencionó Candy con naturalidad—. Pero, ahora, Dorothy estará más tiempo sola.
Patty esbozó una traviesa sonrisa, pensando en la pareja de jóvenes. Dorothy era una chica muy bella, Albert era un hombre muy guapo y ambos estaban solteros... para Patty, no era difícil imaginarse el resultado de dicha fórmula. Pese a ello, no quiso hacer ni un solo comentario al respecto, porque, era obvio que Candy no pensaba que estuviese sucediendo algo. Como siempre, ella estaba en otro mundo... «Grandchesterlandia», pensó, recordando a Stear. Evidentemente, la rubia no se percataba de muchas cosas al estar, tan enamorada y vivir día con día, pegada su novio.
Después de terminar de ayudar a Patty, Candy se dispuso a salir de la habitación:
—Me voy, debo dejarte descansar amiga. Iré a mi cuarto y de paso, veré si se le ofrece algo a tu abuela, ¿de acuerdo?
—Sí, Candy, muchas gracias —Patty se acercó a ella y le dio un abrazo—. Me da un enorme gusto estar con ustedes. Mañana nos veremos y platicaremos sobre tu primera fiesta con la gente de Broadway ¡Amiga, tienes que contármelo todo! Quiero saber cómo te ha ido con tu Caballero Inglés ¡Muero por saber los detalles!
«¿Detalles?», meditó Candy, «Oh no Patty. No creo que esos se puedan contar», dijo para sí misma.
—Mañana platicaremos... —respondió Candy, ocultando el nerviosismo que comenzó a experimentar.
La rubia joven mostró una sonrisa y después de desearle buenas noches a su amiga, salió de la habitación, dejando a Patty a solas para que pudiera tomar un merecido descanso.
Patty, por su parte, no quería descansar y como no tenía sueño, salió del cuarto y se dirigió escaleras abajo, en busca de su novio, quien había dicho que estaría leyendo, en la estancia.
—Hola... —saludó Stear al ver que Patty ingresaba en al salón.
—Hola de nuevo... —respondió, dedicándole una sonrisa, para después tomar asiento justo frente a él.
—Ya es muy tarde —mencionó Stear, al ver que el imponente reloj de la estancia, marcaba las once y media de la noche—. ¿Tienes problemas para dormir?
—Sí, creo que dormí mucho en el tren. Y también, pienso que cené demasiado... —ella se mostró sorprendida—. No sé cómo Candy y tú, tuvieron estómago para comerse dos postres.
—Candy y yo podríamos comer cientos de pastelillos —admitió el inventor—. Pero, hoy no era el día de demostrarlo, ya sabes, Terry y tú podrían asustarse y terminar huyendo de nosotros —agregó, haciendo reír a Patty.
—Yo estoy terriblemente llena. Me quedaré un rato más aquí, haciéndote compañía, ¿te agrada la idea?
—Estoy encantado con la idea —respondió él, con una sonrisa en sus labios.
Stear se sintió afortunado, pues, él aún no planeaba irse a la cama. Siempre se iba a dormir hasta que ya tenía mucho sueño, mientras no lo tuviera, permanecía en la estancia, leyendo algún libro. Le dio gusto saber que esa noche, pasaría el rato junto a la joven a quien amaba.
—¿Qué sucede? —cuestionó, cuando escuchó que Patty dejaba libre un prolongado suspiro.
—Nada, solo estoy pensando.
Stear, acercó su silla de ruedas hacia donde se encontraba la chica y una vez que estuvo cerca de ella, la tomó de la mano.
—¿Qué tipo de pensamiento, merece ese suspiro tan profundo? —quiso saber el joven Cornwell, haciendo que su novia sonriera.
—Solo estoy pensando en lo que sucedió hace un rato, en la cena...
Stear frunció el ceño y confundido preguntó:
—¿De qué momento de la cena estás hablando? —preguntó divertido.
—Esa parte en la que hablaste de tu rehabilitación —comentó Patty con seriedad—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué no me aclaraste, que venías aquí para eso? —cuestionó, a manera de reclamo—. ¿Sabes por lo que pasé en estos días? Oh Stear... ¡Me estaba volviendo loca con tantas teorías en mi mente! —exclamó la joven, esbozando una ligera sonrisa—. Tenía mucho miedo de que regresaras aquí y te fueras a la base militar de nuevo.
—Lo lamento. Realmente, siento que hayas pasado por todo eso —respondió Stear—. La verdad es que yo deseaba sorprenderte. Pensé que la terapia comenzaría en cuanto visitara al médico. Pero, obvio no fue así —Él rio con soltura—. No sé nada de medicina, ni sus procedimientos, como puedes darte cuenta.
Patty acarició el guapo rostro del muchacho.
—Que quieras asistir a una terapia, es algo que me llena de alegría —agregó sollozando, al tiempo que las lágrimas brotaban de sus ojos—. Juntos vamos a luchar contra esto, Stear ¡Vas a volver a caminar! ¡Juro por Dios que lo harás! Voy hacer todo lo que esté de mi parte para ayudarte a conseguirlo.
Stear se sintió conmovido y entonces abrazó a su novia. La mantuvo muy cerca de él, hasta que los sollozos de la muchacha cesaron.
—El jueves tengo cita con el médico... —advirtió, Stear con voz nerviosa—. ¿Quieres venir para acompañarnos a Candy y a mí? —preguntó a la llorona chica.
—Por supuesto... ¡Definitivamente quiero!
Los labios de Patty besaron los de Stear con alegría. Estaba tan contenta que poco le importó si alguien los observaba. Sabía que ese comportamiento era impropio de una señorita, pero, realmente necesitaba estar cerca de su novio.
—Te extrañé... —admitió el inventor, rozando los labios de Patty—. Te extrañé como no tienes una idea —declaró antes de volver a unir su boca con la de la muchacha.
Cuando Patty bajó del tren, no pudieron saludarse como deseaban, no con tanta gente a su alrededor. Así que, aprovechando que estaban solos, se regalaron la oportunidad de besarse sin cuidados de ningún tipo.
Minutos más tarde, cuando Patty lo creyó necesario, se dispuso a despedirse.
—Ya casi es la una de la mañana. Será mejor que me vaya a mi alcoba e intente conciliar el sueño.
—Sí... —Stear sonrió sin ganas, mas, sabía que ella tenía que marcharse—. Ve a la cama Patty, descansa.
—¿Aún no te vas a ir? —preguntó la chica con preocupación.
—No, querida. No tengo nada de sueño. Me quedaré un momento más por aquí.
Patty lo miró con severidad.
—Amor, no estás durmiendo como deberías.
—Lo sé, sin embargo, no puedo evitarlo. Sufro insomnio la mayor parte del tiempo —El chico observó a su novia y añadió—. Las pesadillas, espantan mi sueño.
—¿Todavía las tienes?
—Últimamente, no. Mas, siempre estoy temiendo el tenerlas y por ello uso la distracción —explicó, agitando el libro—. Aunque claro, hoy tuve demasiadas distracciones, estoy seguro de que me la pasaré bien en mis sueños —dijo tomando la mano de Patty, para posar un beso sobre su dorso—. Soñaré bonito.
—¿Prometes contarme lo que suceda en tu sueño?
Stear, encogió los hombros y respondió:
—Todo depende.
—¿Depende de qué?
—De que sea apto para todo público —Patty se sonrojó ante tal declaración y Stear solo se limitó a reír—. Vamos Patty, vete antes de que se me ocurra decir otra tontería —añadió en tono pícaro, en tanto que, su novia sonreía y le regalaba un pequeño beso sobre los labios.
—Te veo por la mañana, Stear... —dijo antes de marcharse y dejarlo a solas en la enorme estancia.
Stear suspiró, a continuación, abrió el libro y buscó la línea en donde había dejado su lectura. Aquella tarea volvió a ser interrumpida. El joven inventor levantó la vista de nuevo y al encontrarse con una figura en el corredor, cuestionó:
—¿George?
El asistente del clan Andrew asintió.
—Buenas noches joven, Stear... —saludó, mientras dejaba su maleta sobre el suelo..
—Más bien, ya son buenos días —respondió el chico al ver el reloj—. Oh George, déjame adivinar, la tía abuela Elroy te mandó, ¿no es así? Y no mientas, porque te conozco —El hombre sonrió y con timidez, afirmó con un suave movimiento de cabeza—. A decir verdad, esperaba que viniera ella... ¿Por qué no ha venido? —cuestionó el muchacho.
—Su tía abuela, no puede viajar. Está muy ocupada con algunos eventos que tiene en puerta —explicó George—. De cualquier forma, ella me recomendó venir cuanto antes, para cuidarles a usted y a la señorita Candy.
Stear soltó una carcajada.
—En especial a Candy, ¿no? —inquirió imaginándose el rostro de Elroy Andrew.
—Algo así.
—Será muy interesante ver cómo cuidas a Candy, mientras Terrence «Acaparador» Grandchester está a su lado. No va ser una tarea fácil, es más, creo que él ni siquiera te dejará intentarlo —Stear rió y George también—. Y, ¿cómo está Albert?
—Me pidió que le dijera que está bien y que vendrá en un par de semanas.
—De acuerdo, pero, ¿tú como lo viste? ¿De verdad está bien?
—Pienso que está algo confundido.
—Puedo imaginarlo.
—Volverá cuando aclare sus pensamientos.
—Huir de la gente, nunca aclara nada... huir, solo confunde más... —Stear observó al cansado George y propuso—. Hay varias habitaciones libres allá arriba, ¿por qué no subes y descansas? Yo me encargo de que mañana esté listo tu espacio.
George aceptó, estaba realmente exhausto, así que, de inmediato tomó la propuesta del joven Cornwell. No era correcto dormir en habitaciones ajenas al servicio, pero, solo sería por una noche... así que no le vio mayor problema.
—Gracias, joven Stear, lo haré después de llevar algunos documentos al estudio —George abrió el maletín que llevaba y sacó un sobre blanco—. Por cierto, su hermano le mandó una carta.
—Una carta de Archie... —murmuró Stear con sorpresa—. Por fin tengo noticias de él, ¿qué rayos está haciendo ese chico? Quedó de venir pronto...
George sonrió, sin embargo, no dijo nada porque no le gustaba andar de «chismoso». No le iba hablar de Archie y su relación con la chica de Sunville. Eso era muy impropio.
—Lo veré por la mañana, joven Stear.
—Ve, deja esos papeles y descansa, George —le pidió con amabilidad—. Ah y no te preocupes por levantarte temprano, Candy se despierta a mediodía —añadió con una gran sonrisa, mientras George asentía.
El asistente de la familia, caminó por el corredor hasta llegar al estudio de la casa, lo hizo sin siquiera imaginarse que, se toparía de frente con una inesperada presencia.
—¿Señor Johnson? —preguntó la soñolienta voz de Dorothy, al tiempo que el hombre le miraba con preocupación.
—Señorita Jones, ¿por qué está aquí? —quiso saber el hombre, al verla levantarse de la silla.
—El señor Andrew, me pidió que le ayudara con estos papeles... —explicó, justificándose—. Estaba ordenándolos.
—Lo sé, pero, por Dios... no debería estar archivando a esta hora —advirtió George—. ¿Ha visto el reloj? Es la una de la madrugada, no es hora de trabajar.
—Lo lamento, no pude hacerlo antes —dijo Dorothy, sonrojándose—. Quise avanzar un poco, pues, es mucho trabajo el que debo hacer.
—De acuerdo, no se preocupe señorita Jones, por la mañana continuará con sus labores... —expresó el asistente de la familia Andrew, sonando amable y tranquilo—. Vaya a su habitación y descanse, por favor.
La muchacha asintió y luego se dirigió a la puerta para salir del estudio.
—Un momento, señorita Jones, me estaba olvidando de algo—avisó, George mientras extendía un sobre blanco—. Él, le envía esto.
—¿El señor Andrew? —interrogó Dorothy, observando con temor la carta.
—Así es.
—Pero...
—Tómelo por favor, Albert me dijo que era preciso que le entregara esta carta cuanto antes.
Dorothy no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. La incertidumbre que sentía en esos momentos, era inmensa y no podía ocultarlo... ¿Qué contiene esta carta?... Se preguntaba con temor. El más terrible de los panoramas se pintó ante sus ojos.
George notó la turbación de la muchacha y se sintió consternado por aquella inesperada forma de reaccionar. Hubiera jurado que Dorothy iba esbozar una sonrisa cuando él le diera la carta, sin embargo, no fue así.
—Gracias, señor Johnson. Que pase una buena noche —se despidió ella con voz temblorosa, tomando la carta y dándose la media vuelta para retirarse.
—La veré por la mañana, señorita Jones, buenas noches para usted también.
Dorothy salió del estudio y George se quedó ahí, observando como la muchacha desaparecía y cerraba la puerta.
«Albert... Albert...», reflexionó George con cierta preocupación, «Esa chica está igual que tú... ¿Qué va pasar ahora?», se cuestionó, al tiempo que, dejaba libre un suspiro y comenzaba apagar las luces del despacho.
«Pasará lo que tenga que pasar»
Le dijo una voz interna, conforme él buscaba la salida y se retiraba a la habitación para descansar.
Los ojos de Stear brillaron con emoción, mientras, leía la carta que le había enviado su hermano. Apenas podía creer las noticias de las que se estaba enterando... ¡Todo había salido, tal y como él lo esperaba!
Stear, ya sé que te he tenido abandonado en estos días. Te prometí viajar y llegar a Manhattan justo el día de hoy, pero, las situaciones actuales me han rebasado. Ahora mismo, no puedo viajar a Nueva York. Debo tomarme algunos días más para hacerlo, pues cuando viaje, quiero que mi novia vaya conmigo...
Stear se sintió absolutamente emocionado y después de digerir aquellas palabras, continuó leyendo.
Los padres de Tessa son buenas personas y me entiendo muy bien con ellos, sin embargo, la tía abuela Elroy... bueno... ya la conoces, quiere estudiar a Tessa y a su familia antes de llevarla con nosotros a Nueva York. Se va llevar una gran sorpresa cuando sepa lo ricos que son, pues, ella piensa que desean aprovecharse de la familia Cornwell. Los James son una familia muy adinerada, pese a ello, no lo demuestran jamás. Son sencillos y la tía no puede ver más allá de las apariencias.
—Elroy Andrew... ¿Cuándo vas cambiar? —se cuestionó el joven Stear con pesar, imaginando lo histérica que se pondría, cuando supiera que Albert estaba interesado en una empleada de la familia.
Tomando en cuenta los compromisos de la tía, supongo que estaré ahí a finales del siguiente mes, coincidirá con el estreno de la obra Terry. Suena eterno y lo siento mucho, no obstante, mientras me esperas, te pediré que me escribas y me cuentes sobre tus avances. No me abandones Stear. Estoy desesperado por saber cómo estás. Así que te pido que no me ignores.
Te parecerá demasiado cursi, mas ¡no me importa! Te amo, hermano y es muy difícil estar tan lejos de ti, ¡por favor, no me dejes solo en esto! Escríbeme una carta y utiliza tus influencias para que George la mande lo más pronto posible, ¿estamos de acuerdo? Espero con ansia el día en que volvamos a vernos. Te mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos... ¡Ponle todas las ganas a tu terapia hermano!
El inventor sonrió y a continuación observó la última indicación en el mensaje.
P.D. Te daré permiso de que le digas a Candy a Terry, que sus jueguitos surtieron efecto, diles que Tessa y yo les damos las gracias.
Stear suspiró al terminar de leer la carta de su hermano. Recibir noticias de Archie había terminado por relajarlo, pues, saber que el chico por fin era feliz, le llenaba de una inmensa dicha. No importaba que no pudiera reunirse pronto con él. Lo único que le interesaba era saber que Archie era dichoso y que ambos estaban realizando sus sueños. Lo extrañaba y mucho, sin embargo, su separación era necesaria.
Con el ánimo por los cielos, Stear decidió marcharse a su habitación para descansar. Estaba seguro de que conciliaría el sueño muy pronto.
Mientras tanto, en una de las habitaciones de la planta alta, Dorothy no podía parar de llorar. La carta que ella recibió había confundido a su alma por completo. Todo el día intentó mostrarse fuerte y decidida, pero, cuando leyó el contenido de la misiva, supo que su panorama no volvería a la normalidad. Al contrario. Ahora estaría preocupada de por vida...
Querida Dorothy:
Espero que cuando recibas esta carta, te encuentres mucho más tranquila. Sé que apenas ha pasado un día, pero, no importa. Yo deseo que todo esté bien contigo.
También deseo de todo corazón, que ya me hayas perdonado... Ayer te pedí perdón muchas veces, sin embargo, nunca hubo una respuesta positiva de tu parte. Espero que ahora mismo no me odies tanto. Lo que pasó entre nosotros, ha sido mi culpa. No debí actuar así, me disculpo nuevamente contigo.
Sonará horrible esto que vas a leer, no obstante, la verdad es que aunque te pida perdón, realmente, no estoy arrepentido de lo que hice. Sé que mi actitud ha sido egoísta y que quizá tú no esperabas que hiciera tal cosa, incluso, ni yo mismo esperaba que eso sucediera, pese a ello, mi instinto me rebasó por completo y lo único que se me ocurrió fue... tú ya sabes.
Sacudiste mi mundo de un día para otro y has despertado un sentimiento que jamás creí sentir.
Me gustas, Dorothy.
Me gustas mucho, pero no sé qué hacer con eso. Sinceramente no lo sé.
Jamás me he enamorado y lo que siento por ti me asusta; no deseo avanzar y después herirte, herí a muchas personas en el pasado. Por primera vez quiero hacer las cosas bien.
Me fui de Manhattan para que ambos aclaremos nuestras ideas, sé que un tiempo a solas, nos dará esa luz que necesitamos. Cuando volvamos a vernos, sabremos exactamente lo que vamos hacer. Nos veremos en dos semanas, ¿de acuerdo? Mientras eso sucede, quiero pedirte que te cuides mucho y que no te agobies por favor. Deseo que sonrías y que seas la misma chica de siempre.
Si lo que sentimos es amor, entonces seguiremos por el camino que el destino ya nos tiene trazado. Si nos amamos. No habrá nada ni nadie que nos detenga.
Hasta entonces, Dorothy. Te veré muy pronto.
Dorothy no sabía si reír o llorar... todo en Albert, representaba confusión.
El hecho de que se fuera a Chicago, le hizo pensar que no podía lidiar con el problema, mas, las confesiones que él hacía en la carta, nuevamente la provocaron sentirse mareada y completamente perdida ante la situación, por más que ella deseaba alejarse, Albert no la dejaba, al final, él seguía reteniéndola.
Dorothy tampoco se arrepentía de lo que sucedió. Los besos y las caricias que él le regaló, eran recuerdos que atesoraba. Fueron los primeros que recibía en su vida y Albert fue muy generoso con ella. ¿Cómo odiarlo por eso? No podía odiarlo. En ningún momento la hizo sentirse mal, sino todo lo contrario.
Los recuerdos de Dorothy, viajaron hacia dos días antes... cuando Albert la citó en su estudio, para platicar...
...
—Lo lamento... —expresó Albert en cuanto ella tomó asiento y se dispuso hablar con él—. Me refiero a lo que escuchaste ayer... yo no...
—Albert, lo que escuché ayer, fue tu opinión sobre mí. Solo eso, ¿no es así? —Dorothy sonrió con debilidad y continuó—. Tú mismo lo dijiste, «¿Por qué no seguir como si nada pasara?» «Ambos somos adultos» —dijo ella, imitándolo—. Tienes razón, ¿para qué complicarlo?
—Ayer estaba confundido.
—Albert, no hay más que decir, ¿es qué no lo entiendes? Estamos complicándolo todo. Ya entendí que no te gusto, ¿sabes? No soy tonta —expresó con pena—. Sí... tu sobrino está en lo correcto, tú me gustas mucho y estoy estúpidamente enamorada de ti, pero ¿eso qué? No sería la primera vez que una empleada se enamora de su patrón —añadió observando los sorprendidos ojos azules de Albert—. Tampoco sería la primera vez que el patrón no se enamora de una simple empleada —La chica se levantó de su asiento y después quiso finalizar la plática—. No pasa nada. Todo seguirá como antes, a menos que desees despedirme, en ese caso lo entiendo y si por otro lado deseas que siga, también lo comprendo, pues, asistir a Candy y cuidarle son cosas que también deseo hacer. La decisión está en tus manos y yo voy aceptar lo que venga, ¿puedo retirarme?
—No... —dijo él, levantándose de la silla para rodear su escritorio—. No puedes irte —Albert la observó fijamente y Dorothy le sostuvo la mirada—. Te gusta retarme, ¿verdad? —cuestionó con diversión en su voz—. Lo supe desde el inicio. Tú no parabas de llamarme señor Andrew, aun y cuando te dije que quería que me llamaras Albert —Dorothy deseó contestarle, pero, Albert hizo una seña para que guardara silencio—. Soy un idiota, ¿sabes por qué? —cuestionó con recelo—. ¿Lo sabes Dorothy?
—No, no lo sé.
—Lo soy, porque desde el inicio me ha gustado estar cerca de ti... —confesó Albert contemplando el rostro de la chica—. Stear tiene razón, inconscientemente, he estado aferrado a la idea de que estés a mi lado todo el tiempo —Dorothy le observó confundida y entonces, él se acercó por completo a ella—. Saber que te gusto, es bastante halagador. Eres muy bonita... eres mucho más bonita que cualquier otra mujer que haya conocido antes —Albert sonrió y quiso aclarar—. No es que haya conocido a muchas, es solo que...
—¿Podemos acabar con esto? —interrumpió Dorothy.
—De acuerdo, acabemos con esto y dejémonos de tonterías —murmuró tomando a la joven por la cintura, para pegarla a su cuerpo—. Terminemos con esta maldita duda que me está carcomiendo por dentro.
—Albert, por favor.
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, no hagas esto...
El rubio no escuchó la súplica de su linda empleada, pero, al acercarse a ella y aspirar su embriagante perfume de jazmín, no pudo contenerse por más tiempo, aproximó sus labios a los de la chica y sin más ceremonia se adueñó de ellos. Lo hizo con lentitud y ternura hasta que Dorothy comenzó a tranquilizarse y a permitirle enseñarle cómo deseaba ser besado.
Una vez que la chica se rindió ante él, los besos continuaron... Albert y Dorothy se dejaron arrastrar en el frenesí que la pasión les ofreció, no obstante, el mágico momento culminó cuando Albert se dio cuenta de que estaba llegando demasiado lejos y que no podía ser tan bruto con ella.
...
Dorothy sacudió su cabeza, como deseando regresar de aquel recuerdo, sin embargo, no logró borrar de su mente el momento que compartió junto a Albert...
Sentía que los besos de rubio, le habían marcado para siempre.
No importaba qué pasara entre ellos, la muchacha estaba segura de que nunca podría desprenderse de William Albert Andrew.
Luego de leer la carta, la joven Jones se metió a su cama y dio rienda suelta a su llanto. En el fondo de su corazón, ella sabía que el destino había trazado sus caminos y lo que venía, simplemente sucedería y nadie podría evitarlo. La desgracia o la felicidad, estarían ahí, esperando por ellos, ya no había marcha atrás.
