"Inesperado"

Lady Supernova


Capítulo 14

(Primera parte)


(DOS SEMANAS DESPUÉS)

Manhattan.

Las terapias de rehabilitación de Stear, comenzaron tres días después de que asistió́ a la cita con el doctor Hanks. Aunque el joven Cornwell, esperaba iniciar de inmediato con las sesiones, el experimentado médico le aconsejó tomarse con calma los días de descanso, y presentarse en el hospital, hasta el lunes por la mañana. Hanks, creía que comenzar la semana con el tan ansiado procedimiento, era lo mejor para el joven, pues trabajar cinco días seguidos y sin interrupciones, era la opción más viable. Stear comprendió́ y entonces aceptó presentarse en la fecha pactada.

Aquel lunes de agosto, no solo inició una vida diferente para Stear, sino que también, comenzó una nueva etapa para Candy, ya que, gracias a una recomendación muy especial, ella tuvo la oportunidad de ayudar al doctor Hanks y ejercer el papel de enfermera durante la terapia del joven inventor

. . .

Ha sido un año muy difícil para nosotros, los cambios que ha sufrido el hospital, nos han dejado sin el personal suficiente —explicó el galeno—. Y dado que mi área no es prioritaria en este momento, preciso de ayuda extra... —El doctor miró a la rubia, lleno de esperanza y luego cuestionó—. Candy, ¿no te gustaría estar presente en la terapia de tu primo? Stear me ha dicho que eres una enfermera titulada.

Los ojos de Candy brillaron con emoción, pero, a pesar de la euforia que sintió dentro de su corazón, se tomó las cosas con calma y respondió con cautela:

—Me encantaría, ¿necesito una especie de constancia de mis estudios o alguna recomendación?

—Un amigo y compañero mío me ha dicho que estudiaste en la escuela de Mary Jane en Illinois y también me comentó que te titulaste en el Hospital Santa Juana de Chicago. Me tomé la libertad de contactar dichos lugares y todo está listo para que trabajes con nosotros.

—¿Un amigo suyo? —preguntó ella sintiendo curiosidad por conocer la identidad de dicho hombre, ya que, quizás era un médico de su antigua escuela.

—En realidad, mi amigo es un conocido tuyo, su nombre es Michael Joubert... —mencionó el médico—. Es nuestro jefe en el área de cirugía.

—¿Michael? —preguntó Candy con emoción, mientras Hanks afirmaba—. ¡Michael regresó de la guerra! ¿Y trabaja aquí?

—Así es.

—¡Yo estaría encantada de colaborar con usted! —exclamó ella con emoción—. Es una excelente oportunidad para mí... ¡Santo cielo! Me gustaría darle las gracias a Michael, ¿puedo verlo?

—Sí claro. Supongo que podrás verlo en cuanto termine con su consulta —anunció Hanks—. Pero, por lo pronto, quiero que pases a la recepción para que proporciones tus datos, ya que, te van a pagar por tu labor y los encargados deben tener tu nombre completo.

—¿Pagarme? —la rubia negó—. Oh no, yo no necesito dinero —dijo convencida—. No tienen que pagarme.

—Entiendo, no obstante, tendrás que arreglarlo con el director del hospital. Estarás aquí por varias horas, de lunes a viernes... Y las políticas de la institución, dicen que debes recibir un salario.

—Está bien, no se preocupe, yo lo arreglo, ¡muchas gracias, doctor Hanks!

...

Finalmente, Candy se arregló́ con la dirección del hospital y acordó donar todo el dinero que ella ganara. Su salario, pagaría por las atenciones que se brindaran a personas de escasos recursos. Candy sabía que Manhattan era una enorme ciudad, que ocupaba servicios médicos a diario y que por desgracia, no toda la gente tenía los medios económicos, para ser atendida y curada. Deseaba que su trabajo sirviera, para cambiarle la vida a una o más personas. La generosidad de la chica, seguía intacta y se puso realmente contenta por tener la oportunidad de ayudar.

Cuando Michael Joubert y los chicos Andrew se encontraron, la muchacha no dudó en enredarlo en un fuerte abrazo. Ver al doctor vivo y desenvolviéndose en su ambiente, era algo que le llenaba de felicidad. Una y otra vez, Candy le dio las gracias a Dios por haberlo cuidado. Ella rezó mucho para que Michael saliera bien librado y era una auténtica bendición que él estuviera ahí, como todo un héroe de guerra.

El guapo doctor, se mostró particularmente contento por ver a los jóvenes de nuevo. Como era de esperarse, se sintió más que a gusto con la idea de encontrarse con Candy, aunque claro, su gusto le duró muy poco, porque después de iniciar una charla con ella, la hermosa rubia hizo evidente que tenía una relación sentimental bastante seria. Candy sacó a relucir el nombre de Terry en varias oportunidades, dando a entender que el actor era muy importante en su vida.

Michael no era ningún tonto, entendió a la perfección que Candy, se encontraba prácticamente comprometida y que no estaba disponible para él, pero, claro, el médico no renunció a seguir siendo amigo de la muchacha y por ello trataba de estar cerca, cada vez que, el joven Stear asistía a su terapia. No tenía nada que perder, al final «El novio» no estaba cerca de ellos y por lo tanto, él no le veía problema al hecho de seguirla tratando. Candy era una linda y refrescante compañía, que le ayudaba a sobrellevar su pesada rutina.

—Hola, Candy... ¿Cómo le va a Stear? —preguntó Michael, cuando se encontró con la chica, en uno de los pasillos del hospital.

—Hola, Michael —respondió ella y con emoción agregó—. Le va muy bien. Sé que apenas llevamos una semana de terapia, pero, estoy segura de que su ánimo seguirá creciendo y que pronto tendremos buenos resultados.

—Eso espero yo también, la actitud es lo más importante, ¿ya terminaron el trabajo de hoy? —preguntó el joven con interés.

—Oh no. Aún falta otra sesión de ejercicios, estamos tomando un descanso, hoy comenzamos algo tarde porque el doctor Hanks estaba ocupado.

Michael asintió.

—Y, ¿a dónde vas? ¿A la cafetería?

—Si. Voy a buscar un pequeño refrigerio, ya que hoy, no tuve tiempo de desayunar... —admitió algo avergonzada, pues, se levantó tan tarde que tuvo que salir de casa con prisas.

—Te acompaño... Yo, también voy para allá —mencionó Michael, esbozando una sonrisa, Candy respondió positivamente y juntos caminaron hasta el lugar—. ¿Cómo te has sentido en tu primera semana? —quiso saber Michael.

—Me va bien, pero, debo reconocer que perdí la práctica... —Candy soltó una risilla y luego tomó una pequeña bandeja.

—¿Por qué dices eso?

—El doctor Hanks suele tener mucho trabajo y me ha sido imposible no ayudarle con otros pacientes.

—Lo que bien se aprende, jamás se olvida. Seguro que pronto te acostumbras al ritmo de trabajo, ¿sabes? Me alegra saber que no solo Stear, tiene el gusto de ser tu paciente.

Michael sonrió y ella también.

—El señor Arthurs no opina lo mismo... —comentó Candy con cierto recelo—. Casi me da un coscorrón el día que lo inyecté. Dice que tengo la mano pesada.

—Arthurs es un viejo gruñón, no le tomes mucha importancia, a mí me ha dicho de todo el día en el que se enteró, que tenemos que practicarle una cirugía en la pierna.

Ambos rieron con discreción y después de seleccionar sus alimentos buscaron una mesa para sentarse, almorzar y seguir platicando.


—Yo pensé que ya lo sabías... —mencionó Robert Hathaway, mientras su joven pupilo, fruncía el ceño y se mostraba inconforme—. Terry, Terry, mi Hamlet tiene que usar el cabello corto.

El joven Grandchester resopló con enfado y entonces preguntó:

—Pero, ¿qué tan corto?

Robert sonrió divertido e inmediatamente, dio contestación a tan desesperada pregunta:

—Mucho más corto de lo que lo usas ahora.

Al actor no le gustó para nada esa declaración y por ello, volvió a mostrar un gesto de inconformidad en su rostro. Ya no usaba una extensa cabellera como en sus tiempos de colegio, pero, definitivamente, no era amante de quedarse sin un poco de melena sobre la cabeza. Él jamás usó el cabello corto. Nunca, en toda su vida se permitió probar ese look, así que por ello, tenía el temor de sentirse incómodo.

—El trabajo lo llevará a cabo un peluquero profesional. Realmente no hay nada qué temer, tranquilízate —Robert siguió animado, dando órdenes a los demás, luego, otra vez se dirigió a Terry—. Ya tengo una idea de cómo será el corte, lo he renovado un poco y puedo asegurarte que te verás muy bien —El director le miró fijamente y agregó—. Además yo estaré ahí supervisando todo, así que, deja de agobiarte.

—El estreno de la obra será en octubre, ¿tienen que cortarme el cabello hoy? —preguntó Terry, sintiendo que las excusas comenzaban a terminarse.

—Sí, hoy mismo —confirmó el director—. Pues, que te vayas acostumbrando a ese corte, es lo mejor para todos.

—Mi cabello crecerá —advirtió Terry—. Falta más de un mes para el estreno, ¿no has pensado en eso?

—Claro y desde ahora te digo que eso no representa un problema. Recortaremos tu cabello nuevamente, lo haremos las veces que sea necesario, ya te lo dije, quiero que te acostumbres.

Terry resopló preocupado y Robert en cambio, le dedicó una traviesa sonrisa.

—Vamos, Terrence, ve al camerino y prepárate —le pidió el hombre—. Hazme caso, por favor.

El muchacho se quedó sin más pretextos para lanzar, y por lo tanto, ya no tuvo más opción que obedecer la orden que su jefe le dio. Mentalmente, maldijo una y otra vez, pero, a Robert ya no le renegó. Simplemente caminó hasta el camerino en cuestión y se introdujo ahí para esperar a que lo inevitable sucediera.

—Por Dios, ¿es qué tenemos que compartirlo todo? ¿Hasta un maldito corte de cabello? —preguntó Franz, al ver que Terry entraba en el camerino.

—No soy más feliz que tú, eso te lo aseguro... —contestó el joven Grandchester, dirigiéndose al otro extremo del reducido camerino—. No me caes nada bien, Talbot y lo sabes.

Franz sonrió burlón, sin embargo, no respondió nada. En vez de contestar, se dedicó a ignorar a Terry. El rubio joven no tenía ánimos de pelear con el «Antipático Inglés», pues, tenía tantas cosas en la cabeza, que le era imposible gastar energías en una absurda e infantil pelea.

Terry por su lado, tampoco tenía ganas de hablar con Franz. Por supuesto, le pareció muy raro que el muchacho estuviera tan callado, ya que, Franz era un parlanchín insoportable. Sin embargo, como ellos dos no eran amigos, a Terry no le interesaba saber sobre la causa que lo tenía tan serio y pensativo.

Ambos chicos permanecieron así, aislados uno del otro, en total silencio, hasta que Robert y el peluquero hicieron su aparición.

—Buenas tardes, caballeros... —saludó el peluquero, mientras Franz y Terry lo observaban con recelo—. ¿Quién va ser el primero? —preguntó, analizando al par de jóvenes, quienes se hicieron los disimulados—. Ah... ¿No tenemos voluntarios? —volvió a preguntar mientras Robert y él sonreían—. De acuerdo, usted será el primero —anunció el hombre, señalando a Terry—. Su cabello es un desastre, venga aquí, por favor —pidió en tanto que el muchacho hacía un gesto y tomaba asiento—. Este corte de cabello, no es lo que se acostumbra —indicó el peluquero, al ver la melena del castaño—. Cuando termine de deshacerme de todo esto, hasta usted me lo agradecerá —agregó, dedicándole una sonrisa.

Terry no respondió, pues, internamente , estaba rogando para que todo saliera bien y el viejo peluquero no lo dejara sin cabello.

Robert se mostraba divertido al ver la cara de decepción de Terry, pero, como ya conocía lo dramático que era el actor, entonces, decidió no ponerle más atención y dirigió su mirada hacia Franz.

El chico lucía preocupado, sin embargo, Robert sabía que no era por el corte de cabello.

—Si quieres, dejamos tu corte para luego, el trabajo contigo va ser poco... —aconsejó el director, mas, Franz se negó.

Terry no pudo escuchar lo que Robert y el joven Talbot hablaban. Era obvio que el rubio tenía algo que resolver. Al joven Grandchester no le sorprendía que Franz estuviera metido en situaciones difíciles, porque era bien sabido que al muchacho gustaban los problemas...

Terry ignoró el «ridículo» drama de Franz, no tenía caso prestarle atención a quien le resultaba tan detestable. Después se miró́ al espejo y vio cómo su cabello comenzaba a desaparecer...

«Santo Dios»

¿Qué iba decir Candy, cuando lo viera con ese nuevo corte?

Acaso, ¿le iba gustar que estuviera así de corto?

No tenía la más mínima idea. Solo deseaba acostumbrarse al cambio muy pronto, porque, desde ya, comenzaba a sentirse muy raro.


Los ojos de Stear se mostraban algo confundidos. Fortalecer su pierna, no era tan sencillo como parecía. En realidad, la situación estaba resultando bastante complicada, era mucho el trabajo que se tenía que hacer, antes, de pensar en levantarse y andar. Además también era mucha, la fuerza de voluntad, que se debía poseer.

«Cada caso es diferente, Stear», le confió el doctor Hanks, «Hay pacientes a los que les toma mucho tiempo ejercitarse, pero, por otro lado, existen personas a quienes, todo, les parece de lo más sencillo y entonces, avanzan más rápido»

Stear, sabía que era la primera semana y que no debía preocuparse, pese a ello, le resultaba imposible que la incertidumbre se apoderara de él...

—Doctor Hanks... ¿Puedo preguntarle algo? —cuestionó el joven, mientras, el médico le daba una respuesta positiva—. Es sobre una de sus pacientes... — mencionó Stear con cautela—. Me refiero a la señorita Marlowe.

—¿Qué pasa con ella?

—Solo deseo saber... ¿Cuánto tiempo tardó ella en caminar?

Sussie fue un caso muy especial —puntualizó el galeno—. Caminó relativamente rápido. En dos meses ya podía andar perfectamente con la prótesis —Hanks tuvo que ser honesto y dijo—. La actitud del paciente es muy importante, Sussie deseaba volver pronto al teatro, entonces logró salir adelante en muy poco tiempo—. Stear observó al médico y éste agregó—. Pero no todo lo que brilla es oro, Stear. Y por eso, siempre debes tener cuidado. Tú lo has visto, la señorita Marlowe, ya tuvo una recaída y todo ha sido porque ella es muy descuidada, cuando tú comiences a usar la prótesis, debes ir despacio... ¿De acuerdo?

Stear asintió y luego lanzó la pregunta, por la que necesitaba una rápida respuesta.

—¿Podré caminar en este año?

El doctor Hanks sonrió y respondió con otra pregunta:

—¿Tienes mucha prisa?

—Algo así... —Stear se sonrojó, pero, fue honesto al decir—. Tengo una novia, y bueno, usted entenderá...

—Entiendo —El médico sonrió pícaramente—. Si sigues como vas, podrás caminar pronto. Seguro que para fin de año ya usarás la prótesis y caminarás.

—Sé que mi novia se casaría conmigo aunque estuviera en esta silla de ruedas —declaró el joven—. Sin embargo, me gustaría estar de pie y casarnos como ambos siempre soñamos. Ya sabe, sería mucho más cómodo.

—Y podrás hacerlo Stear, la prótesis te dará la seguridad de poder hacer una vida normal, tan normal como tú lo deseas.

El joven Cornwell sonrió con esperanza y cuando vio que Candy ingresaba de nuevo al lugar, se sintió mucho más animado, deseaba comenzar con sus ejercicios lo más pronto posible y seguir por el camino que lo llevaría alcanzar la plenitud.


Las expresiones de gusto se escuchaban a lo largo del pasillo, justamente, en donde se encontraban los camerinos de los actores principales. Eran murmullos muy poco perceptibles en realidad, pero, Susana Marlowe, lo podía escuchar todo. Su oído era muy agudo y oyó con claridad lo que se decía...

—Terrence, tiene un nuevo corte de cabello... —expresó Caroline, una de las actrices de la compañía—. ¡Santo Dios Karen! ¡Santo Dios! Se ve deslumbrante... luce tan... —La mujer cerró la boca en cuanto se dio cuenta de que la silla de ruedas de Susana, se desplazaba por el corredor y se mantuvo callada, mientras Karen se dirigía a la puerta, para hacer una de sus acostumbradas maldades.

—Vamos, Caroline, no prives a nuestra Sussie, de la información que tienes... —pidió la irreverente actriz, con aquel tono que Susana tanto odiaba.

Caroline se sonrojó y como si fuera una inocente víctima de las circunstancias, declaró:

—No es nada del otro mundo, Sussie. Solo deseaba decir, que Terrence se ve muy guapo.

—¿Muy guapo? —preguntó Karen—. Bueno, MUY guapo siempre ha sido, ¿cómo puede verse más guapo ahora? —cuestionó la joven Klyss con suspicacia.

—No lo sé... —respondió Caroline, sintiendo como Susana le observaba.

—¡Ay Caroline! Deja de preocuparte —expresó Karen—. Sussie, no puede decirnos nada, ya que, nosotras no estamos hablando de su novio... ¿Verdad, querida?

Susana no se acobardó ante el innegable acoso de su compañera, sino todo lo contrario, correspondió a la burlona sonrisa de Karen y dijo:

—Ciertamente. Terry ya no es mi novio y aunque lo fuera, ustedes pueden hablar lo que gusten de él. Siempre y cuando sean cosas positivas.

Caroline sintió que el ambiente comenzaba hacerse más pesado y entonces, decidió salir del camerino de Karen.

—¿A dónde te diriges, Sussie? —preguntó, mientras Susana le sonreía.

—A la sala común, a estudiar las líneas que necesitan un repaso.

—Vamos. Te acompaño, yo ya debo irme a casa.

La linda castaña empujó la silla de ruedas de Susana y ambas se alejaron, ante los burlones ojos de Karen.

—Tal para cual —aceptó sin pena la joven y pelirroja actriz—. ¡Son un par de malditas mustias! —exclamó al verlas marchándose.

Caroline y Susana, pudieron escuchar aquella dura declaración, con todo y eso, no dijeron nada al respecto, solo se dedicaron a seguir con su camino.

—Terry tiene una nueva novia —dijo Caroline, sin poder contenerse—. Oh, Sussie, deberías haberla visto, es tan... ¡Ordinaria! Se nota que no es de por aquí.

Susana sabía que la envidia estaba hablando por su compañera, pues, Candy, no era para nada ordinaria. Para su desgracia, la de Caroline y la de todas las enamoradas de Terry, Candy era el tipo de mujer que atraía todas las miradas y lo hacía, no precisamente, por ser «ordinaria», ¿qué más les daba a los hombres si no encajaba en su medio? Susana estaba segura de que los varones que estuvieron presentes en la reunión de Robert, se mostraron complacidos al conocerla.

—Debiste ir a la fiesta de Robert, Sussie. Solo tú podías poner en su lugar a esa descarada... —Caroline rió con aquella horrible risa que le caracterizaba y exclamó—. ¡Que mal me cayó! Le sonreía como idiota a todos. No le interesaba si estaban hablando mal de ella... ¡La mujer sonreía, mostrándose ridículamente feliz!

—No pude ir a esa fiesta, Caroline. Las órdenes del medico fueron muy estrictas —Susana se mostró tranquila y luego preguntó—. Pero, dime... ¿A los demás chicos les cayó tan mal como a ti?

Caroline negó con dificultad.

—Robert y Elena Hathaway la trataron como si fuera una princesa o algo así —dijo con recelo—. Eso fue suficiente para que Karen, Franz y compañía, estuvieran atentos con ella. Ya sabes todos querían quedar bien.

—¿Franz, también?

—¡Oh, sí! Franz, estaba más que encantado con la mujer y casi estoy segura de que eso le molestó a Terry.

La sonrisa de Susana se iluminó con perversidad al escuchar aquellas palabras y desde ese momento, su mente comenzó a maquinar un plan. Uno que incluía al «Siempre Odioso», Franz Talbot.

—Te dejaré aquí, Sussie —anunció Caroline—. Nos veremos luego.

—Claro, te veré mañana, linda. Muchas gracias por ayudarme... —agradeció Susana con amabilidad, mientras, Caroline le hacía una seña y salía del edificio.

La rubia sonrió con un aire de suficiencia y entonces, se preparó para entrar a la sala común. Ella sabía que Terry estaba ahí y por lo tanto, tenía que prepararse para ingresar, por ningún motivo, deseaba caer rendida ante la nueva imagen del actor, porque entre más admiraba a Terry, él más se alejaba de ella, así que, no podía cometer errores.

Al final, prepararse y darse valor no le sirvió de nada. Ya que, ver a Terry, acabó con todos sus planes. El corte de cabello le quedaba perfecto. Si Karen Klyss creía que era una exageración, el hecho de que se viera más guapo, era porque no lo había visto... ¡El hombre se veía más atractivo que nunca!

Terry estaba tan ocupado con sus pensamientos, que ni siquiera reparó en que la rubia entraba al recinto, fue hasta que Susana habló, cuando él se dio cuenta de que ella estaba ahí.

—Así que los rumores eran ciertos... —expresó Susana al verlo de frente.

Terry sonrió sin muchas ganas y regresó su vista al libreto.

—Era necesario para el papel... —susurró sin darle mucha importancia.

—Oh Terry, ¡no debes preocuparte! —comentó la ilusionada Susana—. Te ves muy bien así... —admitió al notar que el muchacho lucía avergonzado.

Terry sonrió y educadamente agradeció el cumplido, luego, siguiendo en la línea de protocolo, le preguntó:

—¿Cómo has estado Susana?

—Estoy bien, hoy tengo cita con el doctor Hanks... ¿Lo recuerdas? —respondió la chica con normalidad, mientras Terry afirmaba—. Veré que tal me va. Quizá ya me deje usar la prótesis de nuevo.

—Dijo que serían dos semanas, pero que no era seguro que, te dejara usar la prótesis —advirtió Terry, intentando hacerla razonar y que no se llevará una desilusión—. Esperemos a escuchar lo que tiene que decirte y dependiendo de eso, entonces ya sabrás qué hacer.

Susana asintió, admitiendo que el muchacho era muy sabio.

—¿Candy no se va molestar porque vas acompañarme? —cuestionó Susana con voz temerosa, haciendo que Terry, hiciera un gesto de inconformidad.

«¿Por qué habría de enojarse?», se preguntó, «Susana, tú y yo no somos nada», pensó, aguantándose las ganas de contestarle así a la rubia.

—No, Candy no se va molestar.

—Ella es tu novia... y la otra vez —Susana se detuvo al ver que el actor, la observaba de una manera que ella no podía descifrar—. Digo, es que Candy puede molestarse nuevamente... —mencionó fingiendo inocencia.

Terry respiró hondo.

—La vez pasada, ella no se molestó —expresó seguro de lo que decía—. Candy más bien se preocupó por ti Susana, pues, ella no sabía que te había pasado... —La actriz no supo cómo responder a eso. Primero pensó que Terry no diría nada, pero, para su sorpresa, el joven de inmediato saltó a defender a Candy—. Como sea, Candy estará esperándonos en el hospital —advirtió Terry—. Ella tiene cosas que hacer en ese lugar, está trabajando allí y lo sabes.

—Si, ya lo recuerdo... —Susana sonrió, como disculpándose y luego, cambió la plática—. ¿Cómo vas con tus líneas? —cuestionó con curiosidad.

—Voy bien...

—¿Quieres que te ayude a repasar? Te noto algo pensativo... ¿Tienes problemas para estudiar?

Terry sintió que una molestia se instalaba directamente en su estómago, y es que, no le gustaba para nada, que Susana lo analizara. Ella tenía razón, sí se encontraba pensativo e intranquilo, pero el libreto no era la razón. El motivo de su distracción, era una bella y rubia enfermera, a quién se moría por tener entre sus brazos.

—No, no tengo problemas —explicó Terry con prisa—. Gracias Susana. Te veré en un par de horas.

—Sí, claro... Nos vemos.

Terry le sonrió y enseguida se levantó de su asiento para salir de aquel lugar. No tenía ánimos suficientes para ser interrogado, por lo tanto optó por alejarse y tomarse un merecido descanso, lejos del molesto acoso de la señorita Marlowe.


—Te he buscado en cada rincón de la casa... —expresó una varonil voz, logrando que Dorothy se estremeciera de pies a cabeza—. Me da un enorme gusto encontrarte aquí, ¿sabes? Estoy seguro de que este lugar, será el favorito de Poupée—declaró Albert mientras dejaba libre a la mofeta y esta corría directamente a las manos de la chica.

Dorothy buscó acariciar a la peluda criatura y sonrió, al notar que Poupée la veía con emoción. Ambas, habían sido muy buenas amigas mientras estuvieron en Lakewood; la pequeña mofeta no lo había olvidado y por ello, no le fue extraño comportarse de forma tan sumisa.

Mientras ellas se reencontraban, Albert guardaba en su memoria aquella escena, después echó un rápido vistazo al lugar. Le faltaba mucho, pero, estaba realmente complacido con lo que sus ojos miraban. Su idea estaba tomando forma. Ese vivero, lo comenzó él, cuando apenas era un niño y pasaba las vacaciones, aburrido, encerrado dentro de esa enorme construcción.

Su padre trabajaba todo el día, su madre asistía a reuniones sociales y Rosemary había comenzado a salir con Vincent. Él se quedaba solo todo el tiempo y la nana que le designaron le cumplió el capricho de crear un refugio verde en la azotea.

—Me alegra que estés atendiendo este espacio... —reiteró Albert, al tiempo que se sentaba sobre una silla. Dorothy no respondió nada, solo asintió y siguió acomodando las violetas que Eleanor Baker les había regalado—. Acaso, ¿vas a castigarme con tu silencio, Dorothy? — cuestionó el rubio abandonando su asiento, para poder acercarse hacia ella y tomarla de la mano, impidiéndole así que siguiera con su labor—. Te advertí que regresaría, por favor no me ignores ahora, que ya estoy aquí.

—¿Castigarlo? Oh no, señor Andrew, no piense eso, por favor —expresó ella, sonando lo más tranquila posible.

Los ojos azules de Albert, se mostraron sorprendidos al escucharla llamarlo de aquella forma, «Señor Andrew», esas dos palabras, fueron como dos golpes sobre su estómago. Le hirieron profundamente, pues, con toda sinceridad, él había imaginado otro tipo de recibimiento.

—Sé que no soy tu persona favorita, Dorothy, sin embargo, ¿podríamos tratarnos como un par de adultos?

El pecho de Dorothy rugió furioso.

«¡Tratarnos como adultos!»

¡Eso sí le molestaba! William Albert Andrew ¡No sabía nada sobre comportarse como un adulto! ¿Cómo se atrevía a pedirle tal cosa?

—No lo comprendo, señor ... —dijo Dorothy, rechazando al rubio, quien, a toda costa, intentaba apoderarse de la mano de ella—. Es decir, yo siempre me estoy comportando como una mujer adulta —agregó, sonriendo sin ganas.

—Eso es una gran mentira y lo sabes.

—Debo retirarme. Si desea algo, por favor no dude en pedirlo. Estaré abajo, trabajando.

Albert se negaba a dejarla ir, así que al verla con intención de marcharse, corrió para detenerla, la tomó del brazo y la hizo girar para obligarle a mirarlo.

—Necesito que me escuches, Dorothy... —pidió Albert—. Vamos, deja de comportarte así conmigo.

Unos pasos sobre la escalera, los invitaron a separarse, Dorothy quiso aprovechar para alejarse por completo y dirigirse a la puerta, mas, Albert volvió a detenerla. La tomó de la mano y la acercó hasta él, sin importarle nada.

—Lamento interrumpir... —se disculpó George, en tanto que la joven mujer se mostraba avergonzada y enterraba su mirada en el piso—. La tía abuela, está en la línea telefónica. Quiere hablar contigo Albert.

—Enseguida voy —respondió el rubio—. Dame unos segundos, por favor.

George de inmediato se dio la media vuelta y bajó los peldaños lo más rápido que pudo.

—Esto no se va quedar así —advirtió Albert, mientras Dorothy lo veía con temor—. Tenemos una platica pendiente, no lo olvides... —dijo acercándose a ella, para darle un suave, pero ardiente beso sobre los labios—. Me dio mucho gusto volver a verte —agregó antes de tomar a Poupée y marcharse para atender la llamada de su desesperada e inoportuna tía.


Susana, odiaba ir al hospital.

Ella detestaba con toda su alma, la idea de regresar a ese sitio y ser examinada nuevamente. Le parecía una tortura el hecho de esperar para escuchar la decisión del doctor Hanks, le molestaba muchísimo, porque el hombre siempre tenía una objeción, ante los planes, que ella previamente trazaba.

«Lo siento, Sussie... No puedes arriesgarte, el teatro tendrá que esperar»

Esa odiosa frase, era la que más repetía el galeno y Susana se sentía rabiar, pues, cada vez que la escuchaba, sus ánimos caían por los suelos. No poder caminar y hacer una vida normal le llenaba de dolor y frustración.

A pesar de sentirse tan apática al respecto, ni por error, dejaba ver su descontento.. Al contrario, ante Terry, ella se mostraba muy animada con la idea de ir al hospital y visitar al médico. Al muchacho le alegraba darse cuenta de que ella estaba bien, por lo tanto, Susana hacía todo lo posible por mantenerlo contento.

—Veré si el doctor Hanks está disponible —avisó Terry en cuanto estuvieron dentro del hospital. Lo que más deseaba era acelerar el proceso y no pasar más tiempo con Susana.

—Mejor hay que esperar, ¿no te parece? —pidió ella con paciencia—. Su asistente no está por aquí y seguro que él sigue trabajando en alguna terapia.

La astuta joven deseaba aprovechar ese tiempo para estar junto al actor, así que bajo ningún concepto, permitiría que él se apartara de ella. No podía arriesgarse a que se encontrara con Candy y la dejara botada, para irse detrás de ella.

—De acuerdo, esperemos aquí —respondió Terry, en tanto que, se sentaba en una de las sillas y tomaba uno de los periódicos que estaban cerca de él.

La rubia actriz rodó los ojos al ver que las cosas, no saldrían como deseaba. Terry se había sentado muy lejos de ella y se mostraba más interesado en el absurdo diario, que en su compañía.

¿Cómo podía convivir con él?

La chica Marlowe creyó que todo había llegado a su fin, pensó, que se moriría del aburrimiento mientras esperaban a que los pasaran al consultorio, sin embargo, esperar y distraerse por sus propios medios no fue del todo malo, ya que, de pronto, algo sucedió...

Los maquiavélicos ojos azules de Susana, brillaron por entero al ver la escena que se dibujaba frente a ella. Ni siquiera en sus más locos sueños, hubiera creído que las cosas le resultarían tan sencillas.

«Candy, ahora verás de lo que puedo ser capaz», reflexionó, al tiempo que esbozaba una sonrisa siniestra y ponía en marcha, el plan que rápidamente había trazado.

Ese médico no era tan guapo e interesante como Franz, pero, ella sabía que igualmente, podía servir.

—Mira Terry, allá está Candy... —avisó la actriz con una enorme sonrisa en el rostro, al tiempo que Terry se disponía a observar a su novia.

El joven Grandchester, bajó el diario y permitió que sus ojos se encontraran con la escena. La mirada del actor no se posó sobre la chica, sino más bien, cayó directamente en la figura que estaba a su lado: un joven médico, que charlaba con ella y la observaba con adoración.

«Quién demonios es ese?», quiso saber Terry, sintiendo una punzante molestia en su interior.

—El doctor Joubert... —mencionó Susana, como si hubiera leído sus pensamientos—. Es muy amigo de Candy, ¿verdad? —agregó, al ver que ambos rubios sonreían y caminaban sin percatarse de que ellos los observaban.

Michael Joubert...

El nombre por fin encajó en la mente de Terry, ¡apenas podía creerlo! Candy le hablaba de Michael como si fuera un experimentado médico, por eso, Terry siempre pensó que era un hombre mayor, sin embargo, aquél pensamiento era más que erróneo, pues el «Medicucho», era casi tan joven como ellos...

—Ya se van —dijo Susana con naturalidad—. ¿No vas hablar con ella, Terry? —preguntó al ver que él, no hacía otra cosa, más que observar a su novia y al médico, quienes ya se dirigían rumbo a una zona restringida.

—No... ahora no —respondió el castaño—, ella está ocupada, ¿no lo has visto? —preguntó molesto, en tanto que extendía de nuevo el periódico y clavaba sus ojos en él.

La forma en la que respondió, hizo que Susana gritara de gusto en su interior. ¡Terry estaba molesto con Candy! Y esa, era la oportunidad perfecta para seguir envenenándolo.

—El doctor Joubert, es bastante amable. El otro día que vine por mis medicamentos, Candy y su paciente eran asistidos por él, me parece que los llevó algún lado, pues subieron a su auto.

Terry apretó los puños y se tragó el coraje que estaba sintiendo, Susana por su parte dejó de hablar y sonrió con alegría. Había sembrado una gran duda dentro de la cabeza de su ex prometido y eso era genial para ella, porque las piezas del juego se acomodaban a su favor. Pasó el tiempo de espera con tranquilidad e ingresó al consultorio con la mejor disposición.

Después de todo, las cosas estaban saliendo tal y como ella lo esperaba.


El tiempo de espera se le estaba haciendo eterno. No era que hubiera esperado mucho, sin embargo, cuando se trataba de reunirse con Terry, los minutos le parecían horas.

—Señorita Candy, ¿está segura de qué no quiere que la esperemos? —preguntó George, con cierta preocupación, ya que, no le gustaba la idea de que la joven se quedara sola.

—Estoy muy segura George, la cita de Susana ya va concluir —aseguró la chica—. Terry me dijo que lo esperara y eso deseo hacer —agregó con la alegría que le caracterizaba—. Él me llevará a casa, no te preocupes, por favor.

—Vamos George, deja de comportarte como la tía abuela... —pidió Stear, dándole su voto de confianza a Candy—. Dejemos que la lleve su novio y nosotros vayamos a casa —George no estaba muy de acuerdo con eso, pero, por no contrariar a sus jóvenes patrones, ya no insistió—. ¡Me muero de hambre, George! Pasé cinco horas en este lugar, por favor ten piedad de mi estómago y llévame a casa.

— Miren, allá está la señora Marlowe —anunció Candy con emoción—. Ya están saliendo de la consulta. Todo estará bien, vayan a casa, que yo me iré con Terry...

Johnson observó hacia el consultorio y pudo ver que la mujer ayudaba a su hija con la silla de ruedas.

—Todo está bajo control, George. Vámonos ya o voy hacer una rabieta aquí —advirtió Stear, con gesto travieso.

—Está bien, joven Stear. Ya nos vamos —dijo el asistente con paciencia—. Señorita Candy, no se olvide de que el señor William ya llegó y que quiere verla.

—No lo he olvidado, no te preocupes, George... —respondió ella con una sonrisa...—. Llegaré a casa tan pronto salgamos de aquí, te lo prometo.

—De acuerdo, señorita. La veremos en casa... —respondió George, rindiéndose ante la petición de la rubia.

—Nos vemos Candy —añadió, Stear preparándose para marcharse.

—Vayan con cuidado por favor —pidió ella.

La rubia los observó hasta que salieron del área y luego regresó su mirada hacia el consultorio del doctor Hanks. Deseaba ver a su novio, sin embargo, lo único que encontró frente a ella, fue a Louise Marlowe.

—Candy, linda... ¿Puedes quedarte con Sussie, en lo que llevo esto a la recepción? —preguntó la señora Marlowe.

—Claro... Yo me quedo con ella, vaya sin cuidado, por favor.

—Gracias...

Los ojos de Candy chocaron con los de Susana. La rubia actriz le sonrió y le hizo una seña, para que Candy se acercara a ella. La dulce enfermera notó que la joven Marlowe se veía contenta y eso le agradó... «Seguramente recibió buenas noticias», pensó con entusiasmo, dedicándole los mejores deseos a su ex rival.

—Hola Susana, ¿cómo estás? —preguntó Candy de inmediato.

—Estoy bien Candy, gracias por preguntar... ¿Ya concluyó tu horario de trabajo? —cuestionó la chica con cierta sorpresa, pues Candy no portaba el uniforme y odiaba pensar en que Terry se iría a pasear con ella.

—Si, solo trabajo por unas horas, atendiendo a mi primo.

—Ahhh... yo pensé que trabajabas aquí, como Terry me dijo que...

—Sí trabajo aquí, pero, solo medio tiempo —interrumpió Candy con seriedad, al ver que la actriz adoptaba su actitud poco amable y ególatra. Jamas volvería a permitir que le hablara de esa forma, así que, sería mejor ponerle las cosas en claro, Susana lo entendió y entonces optó por callarse.

La voz de Terry se escuchó cerca de ellas, por lo que Candy volteó para mirar hacia la puerta del consultorio.

Sus ojos, definitivamente no estaban preparados para lo que vieron en ese momento...

«Santo Dios... ¡Terry! ¿Y tu cabello?», se cuestionó, al verlo despidiéndose del médico. La rubia estudió con detenimiento al muchacho y sonrió complacida... «Se ve muy guapo», meditó con gusto, admirando la nueva apariencia de su novio, mientras este se acercaba hacia donde estaban Susana y ella.

—Hola... —dijo Candy con timidez, observando los luminosos ojos azules de Terry.

—Hola... —respondió Terry, desviando su mirada de la de Candy y observando a la otra rubia—. Sussie, aquí tienes las especificaciones que el doctor Hanks quiere que sigas —avisó entregándole una hoja de papel—. Sabes lo importante que es esto, por favor, síguelas todas al pie de la letra.

Candy se sintió algo perdida. El saludo de Terry fue frío y hablaba con Susana, como si ella no estuviera ahí.

¿Qué le estaba pasando?

«¿El corte de cabello, mágicamente le cambió el corazón?»

—El chofer ya está en la puerta, esperando por nosotras... vamos, cariño... —expresó la señora Marlowe, intentando alejar a su hija y darle espacio a la pareja.

—Sí mamá... —Susana volteó a ver a Candy y con fingida amabilidad se despidió de ella, enseguida miró a Terry y dijo—. Te veré mañana.

Después de unos segundos, la pareja se quedó a solas. Candy sonrió, pero, Terry no lo hizo, en vez de dedicarle una sonrisa, la miró severamente y después de algunos segundos desvió la mirada. A pesar de verlo tan molesto, Candy no dudo en hablarle...

—Te queda muy bien este nuevo corte de cabello —mencionó admirando al chico—. ¡Cielos! No me habías dicho que te harías este cambio...

—Ni siquiera yo lo sabía, Candy... Así que no podía habértelo dicho, ¿verdad?

—Oh, no te estoy reclamando... —aclaró ella con pena—. Solo digo que me has sorprendido...

—¿Nos vamos? —preguntó Terry, intentando no perder la paciencia.

—Sí, claro... —contestó la chica, dejando ver su tristeza.

Candy no sabía con exactitud, lo que estaba pasando, no obstante, ella podía intuir a qué se debía el cambio de su novio. Casi estaba segura de que la culpable era Susana Marlowe. Ella, siempre estaba detrás de todo.

«¿Qué sucedió Terry? ¿Por qué estás tan enojado conmigo?», se cuestionó, conforme caminaba detrás del muchacho y respiraba profundo. Tendría que armarse de paciencia e intentar comunicarse con su novio.

No podía enojarse y perder la cordura...

No dejaría que Susana Marlowe le ganara de nuevo y se saliera con la suya.