"Inesperado"

Lady Supernova


Capítulo 14

(Segunda parte)


Manhattan.

«¿Qué fue lo que te pasó, Candy?», preguntó Stear, al verla tan triste.

«¿Acaso Terry y tú discutieron?», cuestionó Albert, haciendo que ella, sintiera que la cabeza le iba explotar.

«No sucedió nada. Es solo que me está dando una especie de migraña», mintió Candy, esbozando una débil sonrisa, «No es nada, solo necesito descanso. Iré arriba a tomar una siesta»

Obviamente, nadie creyó en sus palabras y minutos después de subir a su habitación, Albert siguió el mismo camino que ella, e ingresó al cuarto para interrogarla.

—Candy... —le llamó con cuidado, observando cómo ella sollozaba y enterraba su rostro en una de las almohadas de la cama—. Pequeña, ¿qué es lo que está pasando?

La rubia secó sus lágrimas y entonces, volteó para mirar al joven, a quien consideraba como su hermano mayor.

—No me hagas mucho caso, Albert. Solamente son tonterías mías...

—Las tonterías no nos hacen llorar de esa forma —respondió́ Albert, observándola con paciencia—. Vamos, linda. Ya sabes que puedes confiar en mí, ¿qué te está pasando? ¿Qué es lo que sucedió con Terrence?

El hecho de que Albert le llamara: Terrence y no Terry, hizo que la muchacha se sintiera más triste aún. Albert solo le llamaba Terrence, cuando no estaba contento con él... Candy no deseaba que su joven tutor se molestara con el muchacho, ya que él no tuvo toda la culpa de nada...

En realidad, fue ella quien hizo el drama más grande, pues, aunque prometió́ controlar su forma de actuar, falló miserablemente en su intento de comunicarse, y perdió por completo la paciencia. No dejó que Terry aclarara la situación y el problema se agravó.

—Terry no es el único culpable —respondió Candy de forma automática—. Ambos tuvimos la culpa de que esto pasara.

—De acuerdo, pero, ¿por qué él no entró a la casa? ¿Por qué se marchó y te dejó así?

La rubia se mostró avergonzada.

—Se marchó porque se lo pedí —murmuró apenada—. ¿Sabes? A veces también me enojo y digo cosas muy feas... le exigí que se fuera... le dije que no quería volver a verlo jamás.

Albert se sintió más tranquilo, pues, sabía que al final, todo el problema se resumía a que los jóvenes, habían sufrido un pequeño malentendido, de esos que todas las parejas tenían. No había por que preocuparse, las cosas se arreglarían tarde o temprano. Así eran Candy y Terry, se enojaban por una tontería y más tarde se reconciliaban.

—¿Te gustaría contarme lo que pasó? —preguntó el rubio—. Y no me digas que no sucedió nada, porque las peleas siempre comienzan por alguna razón.

Candy asintió y entonces, comenzó a relatar parte de lo sucedido:

¿Qué fue lo que te dijo Susana? —preguntó, mientras salían del hospital—. Terry, ¿por qué estás así conmigo?

—Susana no me dijo nada —respondió el actor con debilidad, sintiéndose miserable por mentir—. ¿Por qué tienes que meterla en esto?

—Me atrevo a meterla en este asunto, porque cada vez que ella está cerca de ti, algo malo pasa entre nosotros... —Candy detuvo su andar cuando llegaron adonde estaba el auto y obligó a que su novio volteara y le diera la cara—. Vamos Terry... dime... ¿Qué pasa?

—Aquí no... —mencionó él—. Sube al auto, Candice.

—No, no subiré...

—Por supuesto que vas a subirte —advirtió Terry—. Deja ya esas tonterías.

—¿Tonterías? Por Dios... ¡El único que está haciendo tonterías eres tú!

Terry la sujetó suavemente del brazo y la invitó a subir al auto.

—Entra, Candy, por favor.

—No, no quiero hacerlo.

Candy se zafó del débil amarre de su novio y enseguida comenzó a caminar por la acera, su vecindario estaba muy cerca y con aquella dignidad que sentía en ese momento, se le hizo de lo más sencillo alejarse de Terry y andar por la avenida. Caminó tan rápido como pudo, pero sus zapatillas, terminaron por hacerla caer unos metros después de iniciar su recorrido, el suelo estaba húmedo y fue inevitable que ella resbalara y cayera de rodillas.

—Santo Dios, Candy... ¿Te lastimaste? —le preguntó Terry, mientras le ayudaba a reincorporarse—. ¿Estás bien? —cuestionó acariciando su rostro—. Dime algo, por favor...

—Estoy bien... —contestó ella con voz entrecortada.

—Vamos Candy, no hagas esto más difícil. Si algún chismoso nos ve, terminaremos saliendo en algún tabloide.

Candy se dejó ayudar, pero, no pudo evitar lanzar una pregunta:

—¿Eso es lo único que te preocupa verdad? —cuestionó la rubia, caminando junto a su novio—. Odiarías salir con tu loca novia en el diario de mañana.

Lo único que me preocupa eres tú... — Candy ya no quiso escucharlo, entró al auto y luego Terry la imitó—. A la que estoy protegiendo es a ti. Ya lo hemos hablando muchas veces, lo que diga la prensa de mí, no me importa, en cambio, lo que digan de ti, me importa y mucho.

—No logro comprenderte Terry, ¿por qué estás así?

—Ni siquiera yo me comprendo Candy...

—¿Qué fue te dijo Susana?

—¿Por qué no me dijiste que eras tan amiga del doctor Joubert? —le reclamó, mientras Candy sentía que un escalofrío le recorría por todo el cuerpo—. El viernes, cuando no pude venir por ustedes, él los llevó a casa, ¿no? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me ocultaste algo así? Me contaste una historia muy diferente, ¿por qué me mentiste?

Candy no podía creer lo que escuchaba.Aquellos reclamos sugerían algo indigno y sucio ¡Eso si que le molestaba! Su corazón latió furioso y de inmediato respondió:

—Se me pasó decírtelo, Terry... —dijo con voz temblorosa, intentando no explotar tan pronto—. Yo creo que fue así, porque Michael, ¡NO nos llevó a ningún lado! Yo te dije la verdad, George vino por nosotros... Santo Dios... ¿Eso te dijo Susana? —preguntó con molestia—. ¿Ella estaba ahí para corroborar, que fue Michael él qué nos transportó?

Los ojos de Terry se sorprendieron ante esa pregunta y casi de inmediato se sintió avergonzado consigo mismo.Una vez más, había caído en la trampa de Susana, ¡apenas podía creerlo!

—Candy... Yo...

—No Terry. No quiero hablar contigo. Llévame a casa.

—Candy, por favor, hablemos...

—¡Te dije que no! Llévame a mi casa o me voy caminando...

—Y eso, fue lo que pasó —explicó Candy—. Una vez que llegamos aquí, Terry intentó hablar conmigo, pero, yo no lo dejé. Estaba tan molesta con él, que le pedí que se fuera.

Albert la miró con suspicacia y después preguntó:

—Estoy algo perdido, ¿quién se supone que es Michael?

—Oh Albert... ¿Tú también? —se quejó ella.

—Es solo que me siento curioso al respecto. Ese tal Michael es amigo tuyo y yo ni siquiera lo conozco —Candy le explicó todo sobre Michael y Albert escuchó atento, una vez que la rubia terminó con su confesión le dijo—. Ahora lo comprendo todo, ¿sabes linda? Los malentendidos, siempre hacen que veamos las cosas, con la peor de las miradas... —declaró el joven—. Terry cometió un error, sin embargo, eso le pasa a cualquiera y más, cuando tienes una presencia tóxica a tu lado envenenando tus oídos...

—Es culpa de Susana —dijo Candy con recelo.

—La señorita Marlowe es una chica con muchos problemas, ya te lo he dicho... —Albert miró a Candy a los ojos y agregó—. Ella desea separarte de Terry y lo está consiguiendo. Cada vez que, hay una discordia entre ustedes, Susana es la culpable. Candy... ¿Te olvidaste de lo que te hizo antes? Ya nos quedó claro que te ha mentido desde el inicio... ¿Por qué sigues confiando en ella? ¿Por qué no le hablas a Terry de todas esas veces que los ha engañado?

—Susana es una persona enferma... ella...

—Sí, ella está desequilibrada... —se aventuró a decir Albert—. Su intento de suicidio así nos lo confirma, obviamente, no está bien de la cabeza. Candy, ¿no lo entiendes? Esa mujer desea a Terry y quiere recuperarlo de nuevo —Albert tomó la mano de la chica y la apretó—. Tienes que despertar niña, no puedes permitir que ella te siga chantajeando.

Candy nunca escuchó a Albert hablando así. Mas, a pesar de lo extraño que le resultaba, estaba segura de que Albert tenía toda la razón. Susana estaba resuelta a quitarle a Terry, era muy evidente que la chica no había renunciado al amor que le tenía a su novio. No importaba cuánto se esmerara en ocultarlo, era evidente que ella no se iba rendir y lucharía hasta conseguir separarlos.

—Es mi primera noche aquí, Candy y de verdad me gustaría que me acompañaras a cenar...—le dijo Albert—. Así que, levántate de esa cama y hazme el favor de cenar a mi lado, ¿lo harás? —cuestionó acariciando con ternura el rostro de la muchacha.

La rubia asintió.

—Cuando acabemos con la cena ¿puedo usar el teléfono? Quiero llamarle a Terry, solo para sentirme más tranquila.

—Claro que sí —respondió Albert, sonriendo traviesamente—. Puedes usar el teléfono cuando quieras. No necesitas pedirme permiso linda, aprovechemos que ya dimos de alta ese servicio.

—Ay Albert... ¡Te quiero tanto! —le dijo abrazándolo con emoción—. ¿Qué haría yo sin ti? —preguntó sin abandonar los brazos del muchacho—. Gracias por cuidarme, pero, sobre todo, gracias por entenderme y hacerme reaccionar...

—También te quiero, Pequeña, gracias a ti, por confiar en mí y permitirme ayudarte —respondió al tiempo que posaba un beso sobre la frente de la muchacha—. ¿Sabes? Tengo mucha hambre... ¿Te parece si bajamos a cenar? Porque te advierto que si nos tardamos un minuto más, Stear nos va dejar sin comida.

Candy soltó una carcajada y después de limpiarse las lágrimas con un pañuelo que Albert le ofreció, se levantó de la cama.

Ambos rubios salieron de la habitación y se unieron a quienes los esperaban en el gran comedor.

Al terminar con la cena, Candy corrió al estudio, para hablar por teléfono. Deseaba poder charlar con Terry y pedirle perdón por haber actuado tan explosivamente. Sin embargo, sus buenas intenciones no se concretaron... Terry no respondió a las cinco llamadas que Candy realizó. Y no lo hizo, porque el enojo sufrido, le había llevado a refugiarse en el único lugar donde podía hallar comprensión.

El guapo actor, estaba exactamente a una cuadra de distancia de Candy, siendo consolado por Eleanor Baker.


—No sé si lo sepas, pero, realmente, odio que mires de esa forma... —expresó el berrinchudo Terry, mientras Eleanor lo estudiaba con atención.

—Solo estoy admirando tu nuevo corte de cabello —mencionó la mujer, sumamente emocionada—. Es la primera vez que te veo sin esa espesa melena que has llevado toda la vida.

—Me siento como Sansón... —respondió Terry, antes de beber de su taza de té—. Parece que perdí todas las fuerzas, desde el momento en el que me dejaron sin cabello... —Eleanor rio sin poder evitarlo y él de inmediato la reprendió—. No te rías madre, esto no es gracioso.

—Mi amor, lo que pasa es que has tenido un mal día ¡Y eso es todo! Los cambios siempre son buenos, pronto te acostumbrarás a esto... —La rubia actriz tomó una de las manos de su hijo y la acarició con ternura—. Por otro lado, lo que pasó con Candy, es algo que aún tiene solución, por favor no te rindas ni te agobies. Ella vive a una cuadra de aquí, ¿por qué no vas a su casa y le pides una disculpa?

Terry observó detenidamente a su madre y después negó con energía.

—Eso ya lo hice Eleanor y ella, no estaba muy interesada en aceptarla.

—Bueno, tienes que entender que Candy se encuentra herida, y que es normal que se comporte así contigo —Eleanor miró los ojos azules de su hijo y advirtió—. No deberías confiar ciegamente en lo que dice Susana Marlowe ¡Esa mujer es una mentirosa!

—Santo Dios, ¿de nuevo vas a echármelo en cara? —el muchacho ya no permitió que su madre siguiera sosteniendo su mano, se levantó del asiento y se colocó muy lejos de Eleanor.

—Lamento haberte incomodado, pero, esa es la verdad, Susana no es una buena persona y debes tener más cuidado con ella.

—He puesto todo de mi parte para que Susana esté contenta... —admitió Terry, sintiéndose tremendamente desdichado—. Sin embargo, ella sigue sin entenderme, ¿qué puedo hacer para detenerla?

—Lo único que puedes hacer, es ser completamente honesto con ella. Háblale claro, dile que ya no deseas que siga interfiriendo en tu vida.

El joven Grandchester siempre creyó que Susana era algo complicada, mas, nunca fue consciente de que era una malvada... Por mucho tiempo, intentó entenderla, sin embargo, con la acción cometida en el hospital, le dejó muy claro que ella no terminaba de superar que él ya no estuviera a su lado ¡Que tonto había sido! Susana, intentó perjudicar a Candy y él se lo creyó todo... «Cayó redondito», en su asquerosa telaraña de mentiras.

No tenía perdón, lo sabía...

Pensar en los ojos furiosos de Candy, le hacía sentir un dolor punzante en el pecho... «Qué fue lo que hiciste idiota? ¿Qué demonios hiciste?», se recriminó duramente, al tiempo que tomaba su chaqueta y se la colocaba.

—Ya me voy a casa. Necesito descansar... —respondió observando a su madre.

—¿Por qué no te quedas aquí? Tu cuarto siempre está listo para que lo uses —sugirió Eleanor al verlo tan apático y triste.

—¿No te molesta que me quede?

—Oh no... En realidad, estaría mucho más tranquila si permaneces en esta casa.

—No tengo ropa de dormir aquí... —dijo Terry como última excusa, pues, no estaba muy seguro de quedarse, no porque le desagradara la idea, sino porque sentía algo de pena al pensar en dormirse ahí.

—Ya mandé hacerte una pijama, por si acaso...

—Pero no sabes mi talla, ¿qué tal si no me queda?

—Soy tu madre, Terrence —respondió ella con severidad—. Lo sé todo sobre ti... —advirtió, haciendo que Terry sonriera—. Anda ya. Vete a descansar, porque mañana vas a tener mucho trabajo y no me refiero solo al teatro.

—¿Y a qué te refieres entonces? —preguntó él, haciéndose el disimulado.

Eleanor lo miró con ojos inquisidores y respondió:

—Obviamente, me refiero al trabajo de contentar a mi nuera. Tienes mucho qué hacer cariño. Así que, ve a tu habitación y descansa.

—Eres igual a todas las mujeres —expresó Terry, bromeando—. Eres controladora y mandona.

—No querido, yo no soy igual a todas... —aclaró la mujer—. En realidad, soy peor, créeme... — agregó ella, sonriendo de oreja a oreja—. Soy tu madre. No te olvides de eso.

El muchacho rio fuertemente y después de darle un beso a su mamá, miró el reloj de la estancia...

—Primero, daré un paseo por ahí... ¿Te parece?

Eleanor entendió perfectamente a lo que se refería y no puso objeción a la salida de su hijo.

Terry salió de la mansión y caminó hasta la residencia de los Andrew, lo hizo, aun cuando sabía que, quizá, no podría ver a su novia. Primero, porque ya era un poco tarde y segundo, porque a pesar de la hora, él no se atrevería a tocar la puerta.

Odiaba sentirse así...

Detestaba pensar en que se portó mal con Candy.

Al llegar a la residencia, pudo observar que los Andrew no tenían ni una sola luz encendida. Era obvio que ya todos estaban durmiendo en sus habitaciones, o al menos eso era lo que Terry quería pensar... Él deseaba con todo su corazón, que Candy no estuviera despierta, lamentando lo ocurrido.

Ese buen deseo de Terry estaba muy lejos de la realidad, pues Candy, se encontraba acostada sobre su cama, sin poder dormir, rogando por que pronto llegara la luz del día y ella pudiera salir de casa, para reunirse nuevamente, con el amor de su vida.


—No puedo creerlo... —expresó Albert, al ver las cajas que Dorothy había ordenado—. ¿Ella hizo todo esto, en dos semanas?

—Se tomó muy en serio el trabajo de archivar —respondió George un tanto divertido—. ¿Sabes? La chica es muy inteligente, parece que le gusta el trabajo de oficina.

Albert sonrió y por un momento se olvidó de lo mal que se sentía, ya que, Dorothy lo estaba ignorando.

—Es demasiado eficiente, quizá convendría contratarla como mi secretaria de planta o algo así... —respondió el rubio—. Tal vez de esa forma vuelva a dirigirme la palabra.

—¿Sigue sin hablarte?

—No hemos cruzado palabra alguna. La última vez que hablamos, fue ayer, cuando llegué —el joven Andrew respiró hondo y añadió —. Después de nuestro encuentro en el vivero, ella bajó y estuvo con la abuela Martha y con Patty... Luego, cuando Candy llegó con aquel drama, se dedicó a cuidarla. Pasó toda la tarde y la noche al pendiente de ella.

—Pues, este día apenas comienza, no te rindas aún —pidió el sabio asistente.

—Yo tengo toda la culpa George... —admitió el joven sintiéndose apenado—. Solo escucha esto: un día, Dorothy descubre que yo no estoy interesado en ella, pero, al día siguiente yo la lleno de besos e ilusiones y finalmente, salgo huyendo... ¿Eso te parece lógico?

George se encogió de hombros.

—El amor es incomprensible y creo que, eso, todos lo sabemos.

—Eres demasiado condescendiente conmigo, George —se quejó el muchacho—. Tendrías que jalarme las orejas de vez en cuando, gL vez así, yo no cometería tantas tonterías.

—Por ahora, no necesito hacerlo. El camino que llevas es el indicado, así que no te preocupes.

Albert asintió y enseguida se dedicó a repasar los contratos que George se llevaría a Chicago. Esos, necesitaban de toda su atención, pues, de ellos dependía que no hubiera errores y tuviera que marcharse antes de lo previsto. Albert no planeaba salir de Manhattan en un buen rato.

Por otro lado, la dueña de sus pensamientos, se ocupaba de asistir a Candy, quién ya estaba despierta y lista para salir de la casa.

—Candy... ¿Por qué no esperas a que Terry venga? —cuestionó Dorothy.

—Porque no puedo dejar pasar más tiempo. La terapia de Stear comienza a mediodía... —dijo Candy con prisa—. Me paso el resto de la tarde en el hospital y no voy a poder concentrarme, me conozco.

—Pero, ¿qué pasará con Stear? ¿Quien va acompañarlo al hospital?

—Patty lo acompañará, no hay nada que temer. ¡Ya lo tengo todo resuelto!

—Son las ocho y media de la mañana, Candy... —insistió Dorothy intentando conciliar y tranquilizarla—. ¿A qué hora abren la compañía?

—El grupo Stratford abre a las nueve —respondió dando un último mordisco a su emparedado.

—Ay Candy... Si tu tía abuela estuviera aquí, ella... —la joven empleada suspiró con pesadez—. Ella estaría furiosa, ¿no lo entiendes?

—Albert ya lo sabe.

—Sí, niña, pero tu tía me ha pedido que te asista y te acompañe siempre... ¿Te has dado cuenta de que nunca lo hago?

Candy afirmó con pena, mas, respondió:

—En otra ocasión te dejaré acompañarme. Ahora no puedo, por favor perdóname, Dorothy.

—No tengo nada que perdonarte, Candy... —contestó Dorothy, acomodando uno de los rebeldes rizos de la chica—. Al menos deja que el señor George te lleve. Hazlo por mi tranquilidad, te lo ruego...

—Está bien, lo haré —dijo Candy, dándole un abrazo—. ¡Gracias por entenderme! —agregó antes de salir corriendo hasta el estudio, donde irrumpió con su acostumbrada alegría.

—¿Estás ocupado, George? —preguntó ella casi de inmediato.

George negó.

—¿Quiere que la lleve a un lugar? —inquirió con aquel tono atento, que siempre tenía para Candy.

—¿Me harías el enorme favor de llevarme a Broadway?

—Por supuesto, solo dígame a qué hora desea salir.

—Ahora mismo —respondió la rubia.

—Candy... ¿Estás segura de eso? —cuestionó Albert—. Digo, todavía es muy temprano...

Candy rió y enseguida se acercó al joven, para darle un golpecito travieso.

—¿Sabes? Dorothy dijo lo mismo —expresó, mientras Albert sonreía, intentando ocultar la emoción que le daba escuchar eso—. Pero, no importa. Quiero llegar, apenas abran la compañía.

—¿Y si Terry viene aquí? ¿No has pensado que él podría venir y buscarte?

Candy negó.

—Tú más que nadie conoces a Terry... —advirtió esperando ser comprendida—. Todas las veces que nos hemos enojado, él no me busca.

—Antes no era tu novio. En aquel tiempo, eran unos niños.

—Él tiene mucho trabajo y sabe que yo también, encontrarnos será muy difícil.

—De acuerdo, pero, si llega aquí, no te dejaré en paz. Te diré una y otra vez: «Te lo dije», lo diré hasta cansarme.

—Gustosa aceptaré cualquier reclamo —añadió acercándose a Albert, para darle un beso en la mejilla—. Te veré más tarde, ¿de acuerdo?

Albert rodó los ojos, sin embargo, ya no dijo nada. Solo dejó que Candy se marchara y persiguiera su pequeña aventura. No había otra cosa que hacer, la chica era «más terca que una mula»


Sus ojos verdes se mostraron confundidos y su corazón se sintió triste, por la mujer que le rogaba que le escuchara. A pesar de sentirse así Franz, se negó a prestarle atención.

—Estoy trabajando... —indicó con incomodidad—. Te veré luego.

—Franz, querido, ella necesita hablar contigo, por favor, considera ir a casa para visitarle.

—No puedo... —respondió Franz al tiempo que se encontraba con las miradas de Susana y Louise Marlowe—. Por favor, te pido que me comprendas —agregó maldiciendo en su interior, por encontrarse con aquella chismosa joven, ¿por qué tenía que aparecer justo en este momento?

Susana observó a la mujer de mediana edad que se encontraba con Franz, le parecía curioso que alguien con esa facha buscará al rubio actor, sin embargo, no dijo nada y tanto ella como su madre siguieron su camino.

—Iré a verla después, ¿de acuerdo? —contestó él con prisa.

La mujer asintió, apenada bajó la mirada y sin más, se marchó del lugar. El joven Franz tenía un corazón tan duro, que era imposible que ella lograra entrar en él. Era absurdo que siguiera insistiendo.

—¿Te pasa algo Franz? —preguntaron algunos de sus compañeros.

Él ni siquiera se molestó en contestar, solo caminó en dirección contraria y salió rápidamente del lugar. Necesitaba aire... Sin embargo, algo le impidió salir de inmediato.

—Cielo santo... —murmuró Candy, cuando se dio cuenta de que había golpeado a Franz—. ¿Estás bien? —preguntó observando al rubio que le miraba con atención.

—¿Candice? —preguntó Franz gratamente sorprendido por verla vestida con el uniforme de enfermera.

—Sí, soy yo... —respondió, observando al muchacho—. Discúlpame.

Franz sonrió de oreja a oreja.

—No te preocupes, yo también estaba distraído... —El joven se encontró con los ojos de la rubia y casi de inmediato, sintió la paz que estaba buscando, ¿qué tenía esa muchacha?, «¿Por qué demonios era tan angelical?» Franz sacudió la cabeza, no obstante, permitió que su vista se iluminara con el precioso rostro de la chica.

Candy le sonrió con timidez y armándose de valor, le preguntó:

—De casualidad... ¿Sabes si Terry ya llegó?

—No lo sé. No lo he visto... generalmente, él llega primero que todos y se encierra en su camerino —respondió Franz, observando cada bella facción de la rubia.

—Oh, ya veo.

—¿Por qué no entras? Quizá ya esté aquí... —mencionó Franz sin muchas ganas, apenas podía creer lo que estaba diciendo, pues odiaba hacerle favores a Terry.

—¿No hay problema si entro así? ¿Necesito un permiso? —preguntó ella con algo de pena.

—Solo diles que quieres hablar con el asistente de Grandchester, el portero lo buscara y una vez que el chico salga, él te llevará con tu novio.

—De acuerdo, muchas gracias por la información, Franz... —expresó Candy, ofreciendo su mano con amabilidad.

—De nada. Es un gusto poder ayudarte —dijo sinceramente, estrechándole la mano, apretándola con suavidad, para sentirla cerca de él.

Candy volteó para ver a George y le hizo una seña. El hombre asintió y permaneció recargado en el auto.

—¿Es tu chofer? —preguntó Franz, con curiosidad.

—Es el asistente de... —Candy se detuvo y recordó las palabras de la tía abuela: «Presenta a William, como tu hermano, y así evitarás más preguntas»—. Asistente de mi hermano.

Franz, no tenía idea de quién era el hermano de Candy, pero, pudo notar que se trataba de gente con dinero.

—No te entretengo más —añadió el rubio, al notar la mirada de George sobre él—. ¿Por qué no vas y buscas a Terry?

—Sí, gracias. Te veré luego.

Candy entró a la compañía y Franz salió del edificio. Cruzó la calle y se dirigió a la cafetería más cercana. George, no le quitó la vista de encima, hasta que dio la vuelta y desapareció.

¿Por qué ese hombre lo había visto de esa forma?

Franz, respiró hondo y siguió caminando. No sabía por qué se sorprendía, él no le caía bien a nadie... no era raro que el elegante hombre que cuidaba a la hermosa novia de Grandchester, le mirara así, en especial si su odioso compañero lo puso sobre aviso.

Por otro lado, Candy ya había ingresado a las instalaciones del grupo de teatro, no obstante, para su mala fortuna, su suerte no había cambiado.

Finalmente, parecía que ver a Terry sería más difícil de lo que ella pensaba.


—¿Eres Terry o solo te pareces a él? —cuestionó Stear, mientras examinaba detenidamente al actor—. Santo Dios, ¿qué le pasó a tu cabellera?

Terry sonrió sin ganas.

—Cosas del trabajo. No sabes cuán desgraciado me siento por haberla perdido... —agregó, ingresando a la casa—. ¿Dónde está Candy? ¿Puedo verla?

Stear negó.

—No creo que puedas verla, porque ella, ya se fue... —anunció el joven, ajustándose las gafas.

—¿Fue a trabajar? —preguntó Terry, sintiendo que un escalofrío le recorría por el cuerpo, pues, no esperaba que la muchacha no estuviera en casa a esas horas.

—No... —Stear sonrió y luego le dijo—. En realidad, salió rumbo a Broadway, deseaba buscarte antes de ir al hospital, al parecer, anoche estuvo llamando a tu departamento, sin embargo, no le respondiste.

—Rayos... ¿De verdad hizo eso? —Él corazón de Terry latió con esperanza y de inmediato aclaró—. Me quedé en casa de mi madre, porque no tuve ánimos suficientes para alejarme mucho de aquí.

—Ya veo, ¿y cómo está Eleanor? —le preguntó con voz soñadora.

—Ella está bien, Stear —Terry observó el elegante reloj del vestíbulo y entonces hizo el primer intento por marcharse, no obstante, el joven Cornwell no se lo permitió.

—Antes de pensar en seguirla, tómate un respiro y hazme caso —expresó Stear, observándole con ansiedad—. Ponle fin a la carrera de Candy. Vamos al estudio con Albert y llama a la compañía, seguramente, esa niña ya está allá.

Terry dio una respuesta positiva y siguió a Stear hasta el estudio del joven magnate. Una vez que Albert los vio ingresar no dudó en decir:

—Lo sabía. Le dije a Candy que se estaba apresurando, pero, ya la conoces Ha corrido sin pensar en que tú, estás tan desesperado como ella.

—Tú lo has dicho, estoy realmente desesperado... —expresó Terry—. ¿Puedo usar tu teléfono?

—Claro. Ven y toma asiento.

Albert y Stear sonrieron al ver a Terry tan ansioso, en otro momento hubieran bromeado, mas, esta vez eligieron no decir nada. Solo se dedicaron a observarlo y a rogar para que Candy y él por fin se reunieran.

Terry no tardó en llamar a la compañía de teatro y pidió que lo comunicaran con Ronald, su joven asistente.

—Señor Grandchester...

—Ronald, mi novia irá a buscarme. Por favor, pídele que me espere dentro de mi camerino.

—Su... ¿Novia?

—Sí... Una hermosa rubia, con cabello rizado y ojos verdes... Seguro lleva un uniforme de enfermera

—Santo Dios... Entonces, ¿sí es su novia?

—¿Qué demonios quieres decir con eso?

—Pues que esa chica vino hace rato y dijo que deseaba verlo.Se presentó como su novia, pero yo no le creí, lo lamento señor. La señorita Marlowe, me dijo que tampoco la conocía y me pidió que no la dejara pasar.

—¡Maldita sea esa mujer!

—Lo lamento, señor...

—Deja de lamentarlo, ve afuera ¡Y busca mi novia! Seguro que no fue lejos. Voy para allá inmediatamente.

—De acuerdo, señor.Ella acaba de irse, así que seguro la encuentro.

—Llévala a la seguridad de mi camerino y cuídala. No permitas que Susana se meta con ella.

—Entendido, señor...

Terry observó los rostros de Albert y Stear, mientras colgaba el teléfono dijo:

—Voy a la compañía de teatro.

—¿Qué pasó? ¿No dejaron pasar a Candy? —preguntó Albert con cierta molestia.

—El chico no la conoce y Susana estuvo ahí para asegurarse de crearle más dudas.

—¿Qué demonios le pasa a esa mujer? —preguntó molesto Stear.

—Es una demente... —contestó Terry—. Debo irme, hablaremos luego.

Terry salió de la residencia, prácticamente corriendo, mientras que Albert y Stear se quedaban en el estudio, observando cómo se marchaba.

—¿Cuándo dejarán de ser víctimas de Susana Marlowe? —preguntó Stear con tristeza.

—El día en el que ambos dejen de compadecerla —respondió Albert—. Ese día, Susana dejará de meterse en sus vidas —agregó dándole una palmada a su sobrino, animándolo para ir a tomar el desayuno.


—Lo lamento, señorita, le ofrezco mis más sinceras disculpas —expresó Ronald, dándole el paso a Candy—. Yo no tenía el gusto de conocerla... y... yo...

—Te comprendo —interrumpió Candy, al notar que el nervioso jovencito se desvivía en pedirle disculpas—. No te preocupes, por favor.

—¿Gusta tomar algo? Lo que usted desee, yo puedo conseguirlo.

—Así estoy bien, pero, muchas gracias por tu ofrecimiento.

—De acuerdo. Tome asiento por favor y póngase cómoda —pidió el chico, sonriendo con timidez—. El señor Grandchester, vendrá muy pronto. Si necesita algo, por favor no dude en pedírmelo, yo estaré afuera.

—Estaré bien, no te preocupes —Candy extendió su mano y dijo—. Me dio mucho gusto conocerte, Ronald.

—El gusto fue todo mío, señorita Andrew.

—Llámame Candy, por favor. Y háblame de tú... ¿O es que soy tan vieja como para ser tu amiga? —preguntó la rubia con diversión, haciendo que Ronald riera con soltura.

—Oh no, no lo es... —el muchacho la observó embelesado, la chica le parecía preciosa y era casi tan joven como él, de ningún modo rechazaba la idea de ser su amigo—. Gracias por la confianza señorita Candy —le dijo al tiempo que estrechaba su mano con la de ella.

Segundos después, Ronald salió del camerino, y muy contento continuó con sus labores diarias. Sin embargo, su alegría se vio un poco empañada, pues, una vez que estuvo afuera se encontró con una muy enojada Susana Marlowe.

—¡Terrence va matarte! Ay Ronald... ¿Cómo se te ocurre? —le dijo para asustarlo—. ¿Qué crees que va decir, cuando vea que has dejado pasar a una extraña a su camerino?

El chico ni siquiera se detuvo a responderle, simple y sencillamente no le hizo caso. Susana odió que la ignorara, mas, eso no la detuvo, la caprichosa rubia rodó su silla de ruedas de vuelta adonde se encontraban sus compañeros, ya no le quedaba más que intentar apresurar el ensayo. De esa forma, Terry no tendría oportunidad de estar con Candy.

La señorita Marlowe, no tenía idea de todo lo que había pasado la pareja, a causa de sus mentiras. Susana se encontraba ajena a todo. Ni siquiera imaginaba que su plan se vendría abajo y que el guapo actor, ya le tenía listo un reclamo monumental por su comportamiento.

Candy por su parte, se encontraba observando cada detalle del camerino de Terry. El espacio era muy reducido, pese a ello, estaba tan bien ordenado, que lucía perfecto.

Tenía ganas de recorrerlo, no obstante, prefirió quedarse sentada sobre el sofá, apretando uno de los cojines que estaban ahí.

«Huele a Terry...», pensó, al sentir el aroma a lavanda que desprendía la fina tela del cojín... «Seguro que él se recuesta aquí, para estudiar»

Sus verdes y curiosos ojos, se pasearon de nuevo por el camerino y tuvo que admitir, que esa, no era la forma como había planeado conocer aquel santuario. Soñó muchas veces con estar ahí, sin embargo, ninguna de esas ocasiones, imaginó que conocería el lugar así... Tan sola.

A punto estaba de comenzar a lamentarse, cuando escuchó que la puerta del camerino se abría... por un momento, pensó que se trataba de Ronald, no obstante, lo que observó, fue la figura de Terry entrando en el lugar.

—Debo confesar que, este, era el último lugar en el que pensaba encontrarte —declaró el muchacho, mientras cerraba la puerta con cuidado—. Pero, una vez más, me ha sorprendido gratamente, señorita Andrew...

Candy se levantó de su asiento y se acercó con lentitud hacia Terry. La rubia abrió la boca para decir algo, pero, el actor sencillamente no la dejó hablar, en cuestión de segundos, terminó de acercarse a ella, la tomó por la cintura y después la ahogó con un desesperado beso, mismo que ella correspondió con la misma intensidad.

Sus bocas se encontraron una y otra vez, regalándose deliciosos roces, que les ayudaban a saciar la necesidad que tenían.

—Lo lamento... —dijo Candy, en cuanto los labios de Terry se separaron de los de ella—. Siento mucho lo que pasó, Terry.

—No, mi amor. Yo soy él que lo lamenta... —mencionó posando otro beso sobre los labios de la chica.

—Oh Terry... Es que te dije cosas que realmente no sentía.

El castaño acarició el rostro de su novia y a continuación pegó su nariz con la de ella, para frotarla con dulzura.

—Ambos hemos dicho cosas que no deseábamos decir... —Terry volvió a regalarle un breve beso y añadió—. Perdóname, Candy. No debí confiar en Susana y no debí creerle. El único culpable de lo que sucedió fui yo, perdóname.

—Ambos caímos en la trampa. Tú lo creíste, sin embargo, yo me enojé contigo y después no te dejé hablar... —Candy acarició el rostro de su novio y agregó—. Ambos tenemos que perdonarnos. Ayer llamé a tu casa, pero no respondías... ¡Me asusté tanto! —Candy lo abrazó fuerte y luego se echó a llorar.

—Oh no Candy, por favor no... No llores —pidió inútilmente, pues, la rubia no paraba de sollozar—. Tienes que calmarte, Pecosa... —Terry le acarició suavemente la espalda y le susurró al oído cuanto la amaba. Dejó que Candy sacara toda su frustración y una vez que ella se tranquilizó, la llevó al sofá para que se sentara.

Mientras Candy, poco a poco regresaba a la normalidad, Terry tomó la tetera que yacía en su mesa y con rapidez, preparó un té. Ronald lo hacía enojar todo el tiempo, pero, al menos intentaba ser eficiente. El agua, el té y demás ingredientes estaban listos para ser mezclados.

—Toma esto. Te ayudará a sentirte mejor —ofreció Terry y Candy tomó la taza—. ¿Sabes? No respondí a tus llamadas, porque me quedé en casa de Eleanor —dijo Terry sentándose sobre el sofá—. No pude irme a mi departamento, porque deseaba estar más cerca de ti. Fui a tu casa por la noche, pero las luces ya estaban apagadas.

—Yo estaba despierta... toda la noche lo estuve... —mencionó Candy con tristeza—. De haber sabido que estabas afuera, hubiera salido de inmediato.

—Al parecer hemos estado equivocándonos —dijo Terry con pesadez—. Hoy al levantarme, fui a tu casa esperando encontrarte, no obstante, tú ya te habías venido.

—Estábamos jugando a las escondidas —expresó Candy.

Ambos sonrieron y luego respiraron con alivio. Todo había sido parte de un malentendido. Podían sentirse tranquilos.

—Tu asistente es muy listo... —dijo Candy, olvidándose del mal momento e intentando cambiar la plática—. Gracias a él podemos disfrutar de este té, no lo vayas a regañar por lo que pasó. El pobre estaba muy asustado.

—No lo haré, no te preocupes. Es casi un niño y lo comprendo... —admitió el actor—. Le falta madurar y ser menos confiado, pero, fuera de eso, es un buen chico y creo que tiene potencial.

Candy sonrió y enseguida llevó su mano hacia el cabello de Terry.

—Ayer no tuve oportunidad de decirte lo guapo que luces así —mencionó con alegría, al tiempo que pasaba sus dedos por la cabellera del castaño—. Me encanta tu nuevo corte.

Terry la miró con sorpresa y cuestionó:

—¿De verdad te gusta?

—Me gusta mucho...

El actor sonrió y dibujó un engreído gesto en sus labios.

—Me alegra saber que te gusto, Pecosa... —dijo, observando a la chica—. A pesar de ya no verme tan guapo como antes.

—¡Eres un presumido! —reclamó ella, haciéndolo reír.

—La verdad es que tu opinión es la más importante para mí —confió con sinceridad—. Todo lo que hago te lo dedico a ti y lo sabes.

—Pues me gusta mucho... —repitió ella, acariciando los cabellos castaños del muchacho.

—Hablando de gustos... A mí me gusta bastante, verte vestida así —declaró Terry, sin quitarle los ojos de encima a Candy—. ¿Sabes qué pensé la primera vez que te vi con tu uniforme de enfermera?

—No, ¿qué pensaste? —Candy sonrió emocionada y a continuación escuchó:

—Pensé que te veías muy linda, vestida de esta forma —Terry se acercó a ella y le quitó la taza de té que sostenía entre sus manos—. Pensé que parecías un ángel... —añadió invitándola a sentarse en su regazo.

Candy atendió aquella invitación y una vez que estuvo sobre el regazo de Terry, confesó:

—Estoy muy lejos de ser un ángel... —admitió mostrándose coqueta, acariciando el rostro de Terry—. Los ángeles no piensan cosas, como las que yo pienso ahora.

—¿Qué se supone que estás pensando? —preguntó con dificultad, sintiendo que su entrepierna se manifestaba, pues, la cercanía de Candy comenzó a tornarse «peligrosa»

—Son solo cosas...

—¿Cosas como cuáles?

—Cosas que no podríamos hacer aquí... —murmuró apenada—. Así que olvidémoslo... ¿A qué hora debes ir a tu ensayo? —preguntó, cambiando de tema.

—Ya me las he arreglado. Iré a ensayar en cuanto te deje en el hospital —Terry observó a la chica y entonces cuestionó—. ¿No vas a decirme qué cosas piensas?

—No lo haré... —insistió Candy.

—Entonces, tampoco te hablaré sobre lo que realmente pienso al verte con ese uniforme...

La rubia lo observó fijamente y después comenzó a jugar con los cortos cabellos de su novio.

—Estaremos a mano, entonces... —dijo la muchacha.

—No porque yo quiera, claro está —renegó Terry.

—No ganaría nada con hablarte de mis deseos.

El guapo actor acarició la pantorrilla de la muchacha e indagó:

—¿Acaso no te he complacido lo suficiente? —cuestionó dejando que su mano se paseara hacia arriba y recorriera seductoramente, la anatomía de la rubia, hasta llegar a su rostro—. En esta última semana no hemos tenido mucha acción, lo reconozco, pero, creo que es suficiente con lo que hicimos hace un par de días, ¿no?

—No... —respondió Candy, sintiendo que un escalofrío le sacudía el cuerpo.

—¿Cómo dices? —preguntó Terry, fingiendo sorpresa—. ¿No estás satisfecha?

—Realmente no... y tú ya sabes por qué.

Terry observó los ojos verdes de la muchacha y pudo notar que estos se oscurecían levemente.

—Claro que lo sé... —expresó Terry—. Y también tú sabes por qué razón no voy a complacerte en ese aspecto.

—Acaso, ¿es porque me tienes miedo? —preguntó ella con picardía—. Si es así, puedo entenderlo...

—¿Tenerte miedo? —Terry negó con energía y luego observó a su novia—. No te tengo miedo...

—¿Entonces? —Candy acercó sus labios al oído de Terry y preguntó...—. ¿Por qué no me dejas complacerte? ¿Por qué no me enseñas hacerlo?

—Porque no...

—No voy a lastimarte... —su genuina inocencia, hizo que Terry riera más fuerte—. No te burles de mí, por favor —pidió alejándose de él.

—No me estoy burlando... de verdad que no lo hago. Solo que me causó gracia lo que dijiste, porque, mi hermosa novia, si te enseño a complacerme, lo que menos vas hacer es lastimarme —advirtió Terry, en tanto que se ponía de pie y se acercaba nuevamente a la chica—. Enseñarte a complacerme, es como abrir una puerta y entrar a un mundo del que ya no vamos a poder salir. Eres demasiado inocente para entenderlo ahora, pero ya lo comprenderás en el futuro.

—No soy tan inocente... —respondió ella, gimiendo con timidez al sentir a Terry tan cerca—. Terry, por favor...

—Tienes razón, tú no eres un ángel... —refunfuñó Terry, al verla con aquel gesto travieso y decidido—. Eres un demonio en toda la extensión de la palabra, ¡odio que seas tan necia!

—Se nota, mi amor... —respondió ella, intentando convencer a su novio—. Se nota que me odias y mucho.

Candy rio con soltura, mientras Terry también lo hacía. Las risas de ambos, se oyeron al otro lado de la pared, en donde cierta persona, los estaba escuchando con muchísima atención.

Al enterarse de que su ex novio había llegado y estaba en el camerino, Susana, no dudó en trasladarse al suyo para intentar escuchar lo que ocurría. Su agudo oído no pudo oír toda la plática entre la rebelde pareja, pero, si escuchó suaves jadeos y cuchicheos que no se entendían.

Asustada, Susana se retiró de la pared y luego se llevó las manos a la boca, intentando ahogar su llanto ... ¿Qué estaban haciendo aquellos dos? Su mente viajó por todas las posibilidades y no pudo dejar de sentirse perturbada, pues, aunque ella lo negara, comprendía a la perfección lo que ahí estaba sucediendo...

¡Estaba perdiendo a Terry!

—No debí ser tan débil... —susurró, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. No debí dejarlo libre. No debí hacerlo...

La chica lloró amargamente, jurándose que lucharía por el actor hasta el final, no sabía cómo, pero Terry, volvería a ser suyo y de nadie más.