"Inesperado"
Lady Supernova
Capítulo 15
(Primera parte)
(TRES SEMANAS DESPUÉS)
Broadway.
Los ojos de Susana, reflejaban el enfado del que estaba siendo víctima. Ensayar una y otra vez la misma escena, definitivamente le resultaba una reverenda tontería. Ella, al igual que Terry, poseía una gran capacidad para memorizar las líneas que le fueron designadas y por ese motivo, creía que sus compañeros eran unos ineptos. Encontraba verdaderamente insoportable, el hecho de que ellos aún se equivocaran. Faltaban dos semanas para el estreno y le desesperaba saber que los actores principales no estaban dando el ancho requerido.
La rubia respiró hondo y mientras escuchaba uno de los diálogos de Laertes, intentó serenarse. Para ella el teatro no era solo un estilo de vida, en realidad, el teatro lo era todo... no debía quejarse más. Tenía que tranquilizarse, pues finalmente estar ahí, e interpretar a Ophelia era como un regalo caído del cielo.
Al inicio, solo deseaba tener participación en la obra porque Terry estaría actuando, sin embargo, su ego le hizo admitir que esa ya no era la única razón por la que ella quería estar dentro del grupo Stratford. Sinceramente, adoraba ser el centro de atención, sabía que el público, la prensa y hasta los críticos, estaban más al pendiente de ella, que de Karen Klyss. El morbo por verla actuar era demasiado y no deseaba desaprovechar esa oportunidad, ella se colocaría de nuevo en el mundo de las luces y los reflectores. Ese universo al que siempre deseó pertenecer.
Su profunda mirada se paseó por el recinto, todos sus compañeros estaban atentos a lo que sucedía en el escenario. Todos excepto Terry. Él tenía la vista clavada en una cinta blanca, la cual yacía posesivamente entre sus dedos. Terry observaba la cinta, como si estuviera evocando algún recuerdo... la rubia joven pasó saliva con dificultad, pues, era evidente que el muchacho estaba recordando a Candy.
El actor se percató de la mirada de Susana y entonces optó por doblar la sedosa cinta y guardarla dentro de su bolsillo. Detestaba sentirse observado, mas, a pesar de su molestia, supo esconder muy bien su inconformidad, se encontró con los ojos de Susana y le sostuvo la mirada hasta que ella se rindió y detuvo su molesto análisis.
Susana no era ninguna tonta. Sabía perfectamente, que no era la persona favorita del muchacho.
Tres semanas atrás, después de que él y Candy se reconciliaran, Terry le dejó muy claro sus sentimientos hacia ella...
...
—Se acabó, Susana ¡Esta tontería llegó a su fin! No pienso tolerar tu mala voluntad por más tiempo —dijo Terry, mientras la observaba con furia—. Me has salvado la vida y de verdad te lo agradezco. Siempre lo haré. Toda mi existencia reconoceré ese gran sacrifico que hiciste por mí —Él respiró profundo y luego de tomarse unos segundos añadió—. Por favor, no me pidas más. Agradecimiento y ayuda son lo que yo puedo pagarte. No puedo saldar mi deuda de otra forma, yo no puedo amarte Susana, no puedo darte lo que deseas y eso siempre lo has sabido.
—Terry... lo lamento... yo no...
—Lamentarlo no es suficiente. De la manera más atenta, te pido que no vuelvas a interferir en mi vida personal.
—Terry... por favor.
—Puedes contar con mi amistad y también con mi apoyo económico. Pero, no vuelvas a meterte entre Candy y yo. No lo hagas más Susana, porque si lo haces, tendré que olvidarme de que soy un caballero.
...
Susana sacudió la cabeza y alejó aquel mal recuerdo de su mente, ignoró a Terry y devolvió su vista hacia el escenario. Franz Talbot, había hecho algo que Robert detestaba y le dio gusto saber que el odioso muchacho se la estaba pasando mal.
—No... no... ¡Y no! —exclamó Robert Hathaway, al tiempo que subía al escenario—. Tener dos papeles no es cosa fácil, lo sé perfectamente... —expresó refiriéndose directamente a Franz—. Pero preciso más concentración de tu parte, ¿de acuerdo? ¿Qué te pasó en esta escena? —cuestionó Robert con cierta molestia, mientras el joven se encogía de hombros—. Laertes, ha perdido a su padre... ¡Por el amor de Dios! Se supone que la ira lo está dominado y que lo único que desea es vengarse, ¡quiero más pasión Franz! ¿Entendido?
Franz afirmó con un leve movimiento de cabeza y después se tragó el coraje que sentía. Ser regañado frente a todos le resultó muy vergonzoso.
El rubio, instintivamente, dirigió su mirada hacia donde se encontraba el primer actor, y para su sorpresa, no encontró burla en su semblante. Terrence Grandchester, le observaba de una manera que al menos Franz desconocía, el joven Talbot, juraba que lo que Terry sentía por él en aquél momento, era compasión.
—Bien. Tomaremos un descanso. Continuáremos con esto después, vayan afuera a distraerse —pidió Robert, aclarando al instante—. Con afuera, me refiero a que salgan únicamente de este salón. No vayan a la calle, el clima no es propicio y ustedes tienen que cuidar sus voces. Sean sensatos, por favor.
Los actores obedecieron de inmediato y en cuestión de segundos, se dispersaron. Terry fue el último en levantarse de su asiento, y una vez que vio que el director y él se quedaban solos, no dudó en acercarse para hablarle.
—No es que me interese, ni nada parecido... —dijo Terry a su director—. Pero creo que Talbot tiene ciertos problemas.
Robert estuvo de acuerdo y después de dejar libre un suspiro dijo:
—Esta situación me preocupa, porque Franz no es de los que se dejan llevar por ninguna clase de conflicto —Robert hizo memoria y dijo—. Franz, siempre ha sido muy responsable en las cuestiones laborales.
—Quizá si pláticas con él...
—Lo haré, no te preocupes —Robert sonrió y luego palmeó la espalda de Terry—. Siempre lo he dicho, Terry, tú tienes un corazón de oro.
El castaño negó de inmediato.
—No digas eso, Robert, ¡vas acabar con mi reputación! —exclamó divertido.
—Yo sé perfectamente que Franz y tú no son amigos ¡Dios! Ni siquiera puedo decir que sean buenos compañeros de trabajo, así que, agradezco que te preocupes por él, eso es muy loable de tu parte, Terry.
—Todo es culpa de Candy... —dijo el actor sin pensarlo—. Ya me contagió con su bondad infinita —agregó, mientras Robert reía.
—La verdad, es que tú siempre has sido bondadoso, Terry... —mencionó el director—. Eres un buen chico, a pesar de la mala fama que te has echado encima.
Terry sonrió.
—Realmente, yo nunca busqué crearme mala fama —declaró, abriendo la puerta de su corazón—. ¿Sabes? Ese siempre ha sido mi problema. Las personas me juzgan sin siquiera conocerme... —El joven actor respiró hondo y entonces dijo—. La única persona que se ha molestado en entenderme es Candy.
—Cielos... Terry, tienes que cuidar mucho a esa chica, porque ya sabes hijo, no hay muchas como ella.
—Yo diría que no hay otra igual a ella —respondió el joven.
Ambos comenzaron a caminar hacia la salida y al llegar a la puerta se despidieron.
—Anda, ve a descansar. Reanudaremos los ensayos en un par de horas —avisó Robert.
—Está bien, pero, no te olvides de hablar con «mi suplente» ¿De acuerdo? A estas alturas ya no podemos darnos el lujo de que se cometan errores.
—Lo haré, te lo prometo.
«Me estoy convirtiendo en ti, Tarzán Entrometida», se dijo al tiempo que hacía un gesto, «A mí, ¿qué demonios me importa lo que le pase a ese imbécil?», se recriminó mientras ingresaba a su camerino y se disponía a descansar.
Sunville, Illinois.
Los ojos grises de Tessa, brillaron con emoción al escuchar la respuesta afirmativa que le estaba dando su padre.
—Sí, has oído bien. Sí puedes ir a ese viaje... —expresó el señor James observando a su hija con alegría.
—¿Lo dices en serio papá?
—Lo digo muy en serio, Tessie...
La chica se lanzó a los brazos de su progenitor, y este, muy contento, la recibió y le apretó fuerte contra él.
Logan James, no estaba muy convencido de permitir que su hija fuera a un lugar como Nueva York, pero, al verla tan entusiasmada, se obligó a no negarse y aceptar la propuesta que le hizo Archie. Tessa había sufrido bastante y por primera vez en años, se le veía feliz. Por ningún motivo quiso acabar con esa felicidad.
—Pídele a tu novio que pase, quiero darle la noticia yo mismo.
—Claro, enseguida se lo diré —Tessa abrazó de nuevo a su padre y después le dio un sonoro beso en la mejilla—. Gracias papá, ¡te amo mucho!
—Yo también te amo, Tessie... —añadió, recordando cuando su hija era una pequeña y le decía esas mismas palabras.
La muchacha corrió por el estudio de su padre y luego salió disparada hacia la estancia, en donde Archie le esperaba.
—Mi papá quiere hablar contigo —anunció, en cuanto llegó al lugar.
Archie se levantó de su asiento y se acercó lentamente a su novia.
—Dime que su respuesta fue un «Sí».. —pidió, rozando sus labios con los de ella—. Por favor... Dime que te dijo que sí podrás ir conmigo.
—Ve a su oficina para que lo averigües —Tessa sonrió y Archie dejó que sus labios se unieran brevemente a los de ella.
—¿No vas a decírmelo?
—No lo haré. No importa si me chantajeas, no pienso hacerlo, así que mejor ve y habla con papá.
Archie pintó un infantil gesto en su rostro y a continuación, se separó de la chica.
—Es difícil de convencer, señorita James —admitió el elegante muchacho—. Pero no importa, sus ojos hablan por usted y sé que la respuesta de su padre ha sido positiva.
Archie besó de nuevo los labios de Tessa y después de algunos segundos de ese delicioso contacto, se separó de ella y finalmente tomó rumbo a la oficina de su suegro.
—Adelante —indicó Logan, en cuanto Archie golpeó la puerta.
—Buenas tardes, señor James... —saludó con timidez, Archie—. ¿Cómo... está.. usted? —Las palabras se atoraron una por una en su garganta, porque no le fue sencillo ser elocuente, mientras observaba a su suegro limpiando una de sus escopetas.
—Buenas tardes, Archibald. Estoy muy bien —El hombre sonrió divertido—. Ya tengo una respuesta a tu interrogante del otro día.
Archie tragó saliva con dificultad y tímidamente, preguntó:
—¿Y cuál es su resolución, señor?
—¿Cuáles son tus intenciones con mi hija? —preguntó el señor James, tomándolo por sorpresa—. ¿Te has dado cuenta de que nunca hemos hablado de eso? Has venido aquí a diario, por casi dos meses y jamás nos hemos sentado a platicar.
—Tiene razón. Y me disculpo, realmente no había encontrado el momento idóneo para hablar sobre ello —Archie aclaró su garganta y después habló con seguridad—. Como sea, usted debe saber que mis intenciones para con Tessa, son solo las mejores —El joven sostuvo la mirada a Logan y agregó—. Llevarla conmigo a Nueva York, significa mucho para mí. Viajar juntos es solo el inicio de mi futuro con ella.
—¿Piensas comprometerte con mi hija? —preguntó el señor sin más rodeos.
—Compromiso, boda, una vida juntos... yo lo quiero todo con su hija. Me temo que no podrá sacarme de aquí nunca, señor James —aceptó Archie con aplomo—. Voy a ser su yerno, en todo el sentido de la palabra.
Aquella afirmación hizo que Logan James sonriera y luego de guardar la escopeta en su sitio dijo:
—Mi respuesta es sí... —expresó volteando para observar al muchacho—. Permitiré que Tessa viaje contigo y tu familia...
Archie sonrió de oreja a oreja y se acercó Logan, para brindarle su mano.
—Muchas gracias, señor. Le juro que no se arrepentirá, voy a cuidar a Tessie, y la traeré de regreso muy pronto.
—¿Cuándo partirán?
—En un par de días. Estaremos una semana y media por allá.
—No me es fácil dejarle ir, sin embargo, deseo que mi hija sea feliz y viva lo que nunca se ha permitido. Tessie jamás ha salido de Illinois, ya lo sabes, nosotros no podemos salir por las ocupaciones del rancho y ella nos acompaña todo el tiempo, su único viaje ha sido a Chicago y lo hizo para encerrarse en un convento. Así que, ya puedes imaginarlo... viajar a Nueva York y asistir a una obra de teatro es algo muy nuevo para ella —El hombre miró a Archie y le pidió—. Cuídala mucho, por favor.
—Lo haré señor James, la cuidaré, no tendrá ninguna queja sobre mí.
Logan asintió, Archie le caía muy bien, no era como Raphael... Raphael, jamás dejó ver el amor que tenía por su hija. Aquel despreciable muchachito, nunca le agradó.
Pero, Archie... él era diferente, en realidad, lo era por completo.
Su posición social lo asustó al inicio, mas, luego se dio cuenta de que el muchacho era una buena persona y que a pesar de las diferencias entre las sociedades en las que se desenvolvían, él y Tessa podían encajar perfectamente. Aún le quedaba la duda sobre lo que iba decir la «estirada» tía abuela del muchacho, pero a decir verdad eso no le preocupaba mucho, porque confiaba en su hija y sabía que la vieja Andrew, no tendría queja sobre ella. Tessie era tranquila y educada, la mujer no tenía por qué rechazarla, pues, además, era tan rica como los Cornwell.
—¿Deseas quedarte a comer con nosotros? —preguntó el hombre, observando a Archie.
—Claro, me encantaría señor, gracias por invitarme.
—De acuerdo, pues ya se acerca la hora. Será mejor que nos vayamos acercando al comedor —Logan sonrió, se levantó de su asiento y luego invitó al chico hacer lo mismo—. Vamos hijo... Vayamos a llenar nuestros estómagos —le dijo divertido, mientras palmeaba la espalda de Archie.
El joven Cornwell, se sintió sorprendido al escucharlo llamarle de esa forma... «Hijo» era un palabra que ni siquiera su propio padre empleaba. Su corazón se llenó de dicha al escuchar que el padre de su novia, lo aceptaba abiertamente.
Tessa los observó salir del estudio y con infinita alegría, se acercó a los dos para posicionarse en medio de ellos y tomarlos del brazo. Estaba muy contenta por tener a su lado a los dos hombres más importantes de su vida.
Habían pasado tres semanas desde su regreso a Manhattan y en todo ese tiempo, Albert no pudo lograr un cambio en su situación sentimental. Para su mala fortuna, nada salió como él lo tenía planeado y finalmente, las cosas se complicaron. Una serie de eventos inesperados, hicieron que Dorothy tomara distancia y se alejara completamente de él.
Su cabeza le decía que aquello era lo mejor que le pudo haber pasado, pues, una relación entre Dorothy y él, era lo más «absurdo» que se le podía ocurrir. La tía abuela Elroy, jamás aceptaría una unión de esa naturaleza.
Por otro lado, su corazón le estaba obligando a no desistir y continuar haciendo todo lo posible para reconquistar a la muchacha, y lograr que ella, lo mirara como lo hacía antes, cuando llegaron a Manhattan.
Albert estaba realmente enfocado en que Dorothy, olvidara el mal momento que pasó al descubrirlo, en los brazos de la loca Karen Klyss, pero la chica se negaba una y otra vez aceptar sus disculpas, lo creía el peor de los hombres y él ya no sabía qué más hacer para limpiar su imagen.
—Lamento molestarte... —dijo Dorothy, entrando al estudio y cerrando la puerta casi de inmediato—. Pero, me temo que tenemos un problema...
Albert elevó su mirada y contestó:
—¿Qué clase de problema? ¿En qué puedo ayudarte, cariño? —cuestionó con aquella voz que hacía que la joven Jones se derritiera por dentro.
—El problema no es mío —aclaró, sintiendo que el corazón le latía más a prisa, amaba y odiaba escuchar a Albert, referirse a ella, de esa forma—. El patio trasero está repleto de agua. Necesitamos conseguir un fontanero, pues los chicos del servicio no saben nada sobre tuberías. Si no hacemos nada ahora, el problema empeorará.
—La tubería debe estar tapada, las hojas de los árboles seguro la están obstruyendo.
Albert se levantó del escritorio, se dobló las mangas de la camisa y enseguida, observó sus zapatos.
—¿Qué tanta agua hay? —preguntó con interés.
—No lo sé con exactitud, quizá unos treinta centímetros. —Dorothy negó con la cabeza al verlo doblar su pantalón y le preguntó—. Albert, ¿qué estás haciendo?
—Yo mismo arreglaré el problema —anunció con naturalidad—. Ya sé que no tienes mucha fe en mí, pero, te pido que confíes un poco en mis capacidades.
—Siempre tomas a mal todo lo que te digo —expresó ella con enojo—. Ya sé que eres capaz, sin embargo, me preocupa que vayas a mojarte... y...
—¿Y qué? —cuestionó el rubio—. Soy tan humano como tú, Dorothy. Puedo mojarme y luego secarme, nada va suceder. Tú misma lo has dicho, el clima actual va empeorarlo todo, en cuanto comience a llover, el agua se va meter a la casa.
—Puedes enfermarte, más de lo que ya estás. Has estado estornudando en los últimos días.
Albert sonrió ampliamente al darse cuenta de que Dorothy seguía al pendiente de él, era que cierto que estuvo algo resfriado, la humedad de esos días le había hecho un poco de daño. Ni Candy, ni Stear notaron aquello, pero, Dorothy sí lo había hecho. Se sintió ridículamente halagado, sin embargo, las preocupaciones de la chica no lo iban a detener.
—Si caigo enfermo, pues me cuidas y listo... —Albert sonrió y se acercó a la joven—. Algo me dice que eres una excelente enfermera —Dorothy retrocedió sin acordarse de que ya había llegado al límite que, les marcaba la puerta y cerró los ojos con temor al notar que Albert la tenía acorralada—. Prométeme que si llego a caer enfermo, vas atenderme —pidió él, mientras posaba sus manos sobre la puerta.
—Albert no comiences.
—Promételo...
—¿Sabes? No soy buena enfermera... —le dijo Dorothy, tomando la manija de la puerta, para tirar de ella y salir pronto de ahí, pero Albert no la dejó, detuvo la mano de la chica y la entrelazó con la suya—. Sin embargo, estoy segura de que la señorita Klyss, haría un mejor trabajo —agregó Dorothy con voz temblorosa.
—No metas a Karen en esto, ¿quieres?
Dorothy sonrió sin ganas.
—¿Por qué no?
—Porque estamos hablando de nosotros y no de ella.
—Albert. No hay ningún nosotros... —dijo Dorothy—. Pero en cambio, sí hay un «ustedes» y no me digas que no... —puntualizó con molestia en su voz—. Porque claramente vi como ella se abalanzaba sobre ti.
Albert se mostró molesto y enseguida respondió:
—Tú lo has dicho, ¡ella se abalanzó sobre mí! Y no yo sobre ella. Santo cielo, Dorothy... lo hemos platicado muchas veces, la chica está loca.
—Está loca por ti... —reclamó Dorothy.
—Al menos ella lo acepta —replicó Albert—. ¿Por qué no puedes ser como ella? —cuestionó observándola a los ojos—. Si fueras como Karen, tú y yo estaríamos juntos ahora.
—Si fuera como esa mujer, no sería una dama... —dijo Dorothy—. ¡Por Dios! ¿Cómo puedes pedirme tal cosa? —la ofendida muchacha lo miró con molestia—. Yo no seré de una cuna tan fina como la suya, pero, ¿sabes algo? Fui educada con principios.
—Estás juzgando muy duramente a Karen...
—Albert, yo la escuché, vino hasta aquí para seducirte.
El rubio sabía que aquello era cierto, desde que Candy los presentó, Karen no había dejado de coquetear con él, sin embargo, no le siguió el juego... ¿Por qué Dorothy no podía ver eso? Los celos estaban hablando por ella, pues, estaba exagerando la situación.
—Escuchaste mal. Invitarme a cenar y a bailar no era parte de un juego de seducción.
—Como tú digas... ¿Podemos dejar esto? —dijo Dorothy, colocando sus manos sobre el pecho de Albert, para darle un empujón y alejarlo de ella—. Hay un problema que atender.
—De acuerdo, ¡olvidemos el maldito asunto! —exclamó el rubio con verdadera impotencia, haciendo a un lado a Dorothy y abriendo la puerta, para poder salir del lugar.
Dorothy lo observó marcharse y una vez que el rubio desapareció de su vista, dejó que sus ojos se llenaran de lágrimas. Albert y ella no tenían futuro. Lo sabía perfectamente, pero su corazón aún no lo comprendía.
Odiaba lastimar al joven con sus rechazos, pero con toda sinceridad, no se le ocurría otra forma de alejarlo. Le dolía en el alma que la actriz estuviera tan cerca de él, odiaba la idea de imaginar en que tarde o temprano conseguiría que Albert le hiciera caso, mas, a pesar de todo eso, ya no le quedaba más que aceptarlo. Era consciente de que esa chica, Karen, era una mejor opción para Albert.
—Dios mío, por favor. Permite que él se fije en ella... —murmuró Dorothy—. Te lo suplico. Solo quiero que sea feliz... —añadió juntando sus manos, rogando al Señor por algo que era imposible.
—Me han informado que una fuerte tormenta azotará la isla... —expresó Robert, mientras observaba con preocupación a Terry—. Creo que lo mejor para todos, es que suspendamos los ensayos y nos vayamos a casa. Un fenómeno de ésta magnitud, puede generar un caos. Resultará imposible transitar por las calles.
—De acuerdo —respondió el castaño actor, intentando no alarmarse—. Pero, ¿quién te pasó esa información?
—Lo hizo uno de mis amigos que trabaja en la alcaldía, al parecer los vientos están alcanzando velocidades que no se esperaban.
—Es bueno tomar precauciones... ¿Cuándo se lo dirás a los demás?
—Tú eres el líder. Ayúdame y avísale a tus compañeros, diles que pueden marcharse a casa —Robert observó por la ventana de su oficina y miró el cielo, lo que el panorama le permitía ver, no era muy alentador, los relámpagos podían verse con mucha más frecuencia y la lluvia comenzaba a caer—. Faltan solo dos semanas para el estreno de nuestra obra, definitivamente no puedo correr riesgos. Todos ustedes son importantes para el proyecto y nadie puede enfermarse ahora.
—Está bien, les avisaré. Entre más rápido lo haga será, mejor para todos —mencionó Terry, dirigiéndose a la salida de la oficina, no sin antes escuchar.
—Dile a Sussie que he llamado a Louise, que ya viene por ella.
Terry asintió y rápidamente, se dirigió hacia los camerinos.
Para su fortuna, en el trayecto se encontró con Caroline, y le pidió de favor que le ayudara a propagar la noticia. Caroline, no era del tipo de personas que hacían favores, pero, cuando Terry le sonrió, su corazón latió desbocado y gustosa le dijo que por supuesto le ayudaría. Ganar algunos puntos con el guapo castaño, era toda una proeza para ella. La muchacha fue por un lado y Terry por otro.
—Terry... ¿Qué es lo que está sucediendo? —preguntó Susana, al verlo tan presuroso.
El joven Grandchester hubiera deseado pasar de largo y no decirle nada, sin embargo, no podía hacer tal cosa, pues, a pesar de todo, él le debía mucho a Susana. Seguía teniendo una deuda de vida con ella y no importaba cuánto le desagradara la acosadora muchacha.
—Se han suspendido los ensayos, una tormenta se está acercando y estamos justo a tiempo para ir a nuestras casas y resguardarnos... —Terry la miró a los ojos y le dijo—. Toma tus cosas, tu madre ya viene en camino.
—Santo Dios... ¡Pero si ya está lloviendo! ¿Quiere decir que va empeorar?
—Esta llovizna es solo el preámbulo de lo que vendrá después. Y sí, definitivamente todo indica que puede empeorar —El castaño notó el desconcierto de la chica, no le gustaba verla de esa forma, pero, ni de chiste quería darle entrada a su locura de nuevo, no desde lo que pasó la última vez, por lo tanto, no hizo nada para tranquilizarla—. Ya debo irme. Ve por tus cosas y espera a tu madre... —pidió él con prisa—. Ronald... —Le llamó a su asistente—. Te llevaré a casa. Así que alista tus cosas, por favor —el jovencito asintió, mientras Terry se marchaba a su camerino y Susana al suyo.
La rubia se sintió un tanto indignada con el trato de Terry, pero no dijo nada, solo dirigió la silla de ruedas de vuelta a su camerino y entonces, tomó todas sus pertenencias.
Odiaba las tormentas. Pero sabía que no había nada de que preocuparse, porque ella había vivido en Manhattan toda su vida y por experiencia sabía que los pronósticos del tiempo, generalmente, eran exagerados. Cuando anunciaban que serían azotados por fuertes tormentas, no pasaba de ser una tormenta común.
Una vez que salió del camerino, desplazó su silla de ruedas por todo el corredor, se apresuró cuanto pudo, ya que la compañía de teatro se estaba vaciando por entero.
—¿Necesita ayuda, señorita Marlowe? ¿Desea que le consiga un transporte? —preguntó uno de los empleados, mientras ella negaba.
—Mi madre vendrá por mí. No se preocupe...
—De acuerdo... ¡Hasta mañana, señorita!
—Hasta mañana, Joel.
El silencio reinó en aquel lugar, ya casi todos se habían marchado, por lo que, para Susana, no fue difícil escuchar un conjunto de horribles gritos, que provenían de la puerta del patio trasero.
—¡Ayuda! ¡Por favor! —escuchó Susana con claridad, mientras sus ojos azules se abrían con sorpresa—. ¡Auxilio!
La inconfundible voz de Karen Klyss, resonó en los oídos de la rubia actriz. Una y otra vez le escuchó suplicar para que le ayudaran.
La mente de Susana activó un mecanismo de defensa, el tipo de protección que cualquier persona ambiciosa llega a desplegar. Aguardó algunos minutos, sin hacer ni un solo movimiento y se desistió de buscar alguno de los empleados que seguían en la compañía. Estaba haciendo un mal terrible, era muy consciente de eso. Pero... ¿Y qué si ella deseaba ser la Ophelia principal? ¿Qué pasaría si Karen Klyss se resfriaba y no podía actuar?
Una sonrisa siniestra, se dibujó en los labios de Susana y luego dirigió su mirada hacia la calle, para observar la lluvia. No se sentía culpable. Karen había jugado muy sucio con ella, ¿qué tenía de malo darle una sopa de su propio chocolate?
«No hay nada de malo»
Le dijo su mente y Susana, de verdad, creyó que no tenía por qué preocuparse.
Cuando Karen apareció por la puerta delantera, completamente empapada y siendo auxiliada por Louise Marlowe, Susana supo disimular muy bien su malévola acción e incluso se mostró consternada delante de Robert y Elena Hathaway, quienes recién llegaban al vestíbulo.
—Pero ¿qué demonios pasó aquí? —preguntó Robert con desesperación—. ¡Karen! ¿Qué te sucedió?
La chica lloraba a mares y tanto Robert, como Elena Hathaway, se acercaron para ayudarla.
—La encontré en la calle. Me ha explicado que estaba en el patio trasero y la puerta se cerró, al parecer nadie le escuchó... —dijo Louise—. La pobre se lastimó el pie en una zanja y tuvo que dar la vuelta por la cuadra, para llegar de nuevo aquí.
—Oh Karen... Karen... ¿Qué hacías en el patio? —cuestionó el director—. ¡Les dije claramente, que quería que ya se fueran a su casa!
—Robert, cariño. Tranquilízate por favor. En este momento, es imperativo que Karen se cambie, deja tus regaños para después, vamos querida, ven... Seguro que encontraremos algo para que uses —Elena la llevó al lujoso camerino que compartían ella y su esposo, mientras que Robert se quedaba observándolas alejarse.
—Esto es inaudito... ¿Qué tiene en la cabeza esta chica? —cuestionó el experimentado director con molestia, mientras Susana le veía asustada—. Gracias por ayudarle, Louise... —dijo él y a continuación añadió—. Hazme el favor de cuidar a Sussie y vayan con cuidado a casa.
—Así lo haré Robert, no debes preocuparte. Nos cuidáremos, ¿verdad, Sussie?
Susana afirmó, fingiendo espanto por lo presenciado y luego se retiró al lado de su madre, sin siquiera sentir remordimiento.
Nadie podía culparla. Robert y Elena estaban muy cerca y ellos no escucharon nada.
Había sido el crimen perfecto.
No tenía por que preocuparse. Solo le restaba esperar para ver si Karen se enfermaba.
—Candy, Stear... me temo que tendremos que seguir con la terapia después —les dijo el doctor Hanks—. Se nos ha informado que una especie de ciclón está acercándose a la isla y lo mejor para ustedes, es que se preparen para ir a casa.
—¿Un ciclón? —Candy se mostró alarmada, observando con atención a los dos médicos que tenía frente a ella—. Pero, creí que se trataba de una simple tormenta...
—Eso creíamos todos —mencionó Michael—. Sin embargo, el viento ha comenzado a soplar con fuerza y por el momento, no sabemos si seguirá así o empeorará, por eso lo mejor es tomar precauciones —El joven cirujano observó fijamente a Candy y añadió—. No debes preocuparte, solo llama a tu casa y pide que vengan por ustedes. O si quieres, yo puedo llevarlos.
La rubia negó de inmediato y con amabilidad respondió:
—Mi novio quedó en pasar por nosotros. Será mejor que me comunique primero con él, porque quizá no sabe nada sobre esto.
—Sí, será mejor que llames a Terry y le hagas llegar la información —respondió Stear.
Hanks estuvo de acuerdo y agregó:
—Me parece lo más sensato. Ustedes están cerca de casa, pero, Terry no lo está, será mejor que le hagas la advertencia.
—Candy, si lo deseas, puedes usar el teléfono de mi oficina —ofreció Michael—. Es muy importante que Terrence sepa de la gravedad del asunto.
—Claro que quiero. Te lo agradezco mucho, Michael.
Aquella llamada no sería necesaria, pues, en cuanto Candy y Michael, salieron del área de terapia, se encontraron frente a frente con el actor.
—Oh Terry... ¡Estás aquí! —expresó Candy con alivio, mientras se acercaba a él y lo enredaba en un cariñoso abrazo, mismo que, Terry recibió con agrado—. Santo Dios ¡Te has mojado!
—Solo se mojó la gabardina, no te preocupes... —por instinto, Candy llevó su mano hasta la cabeza de Terry, le tocó el cabello y comprobó que era verdad, no estaba mojado, el joven le sonrió y le dijo:
—He venido por ustedes. La tormenta está empeorando.
—Lo sé, quería llamar a la compañía para avisarte, Michael iba prestarme el teléfono, menos mal que ya estás aquí.
Michael y Terry no eran amigos, ni siquiera se caían bien, no obstante, para complacer a Candy, llevaban una relación cordial. Ella los había presentado unas semanas atrás y aunque al actor no le gustaba que su novia fuese amiga del joven médico, no volvió a dejar que los celos lo dominaran y permitió que ellos siguieran tratándose.
—Terrence, me alegra que estés aquí —comentó Michael con sinceridad—. ¿En tu grupo teatral saben sobre la magnitud, de este evento climático que se aproxima?
—Sí... de hecho, se suspendieron los ensayos y nos han pedido que vayamos a nuestras casas.
—De acuerdo, eso suena perfecto —Michael observó al castaño actor y aconsejó—. Entre más rápido salgan de aquí y se refugien en su hogar, será mejor... ¿Deseas que te ayude con Stear? —preguntó al ver que el chico Cornwell y el doctor Hanks se acercaban.
—Claro, una ayuda no me vendría mal.
Candy se sintió realmente contenta, por ver que ambos muchachos se llevaban bien. Y es que, no había razón para que se llevaran mal, ya que los dos jóvenes eran buenas personas. Estaba orgullosa de Terry, pues, se estaba comportando de forma muy madura.
—Candy, el auto está justo en la salida —avisó Terry—. ¿Por qué no te adelantas? —agregó entregándole las llaves.
—Sí... —Candy tomó el llavero y de inmediato se despidió de Hanks—. Espero verlo mañana, doctor, por favor cuídese —le dijo, sonriendo.
—Yo también, espero verlos mañana —Hanks observó a la rubia y la invitó a caminar junto a él—. ¿Te parece si te acompaño? Necesitarás ayuda para llegar al auto.
—Solo no se vaya mojar eh...
—Te aseguro que no lo haré.
El médico la escoltó hasta la salida hospital, Terry los observó y sonrió, el viejo doctor Hanks le recordaba a George Johnson, era del tipo de persona que aunque poseía habilidad para hablar con todo mundo, era demasiado serio y acartonado, sin embargo, Candy lograba sacarle todas las sonrisas que escondía.
«¿Otro admirador, Candy?»
A Terry no le quedaba más, que reírse de esa situación. Candy conquistaba el corazón de todos los que la conocían. Ya se estaba acostumbrando. En el hospital todos la querían, cuando él iba por ella, todo mundo se detenía para saludarla.
Por otro lado, Stear se sentía algo incómodo. No le gustaba la idea de tener que molestar a Michael, pero, sabía que sin su ayuda, era imposible subir al automóvil. Terry rodó la silla hasta la salida y Michael los acompañó. Una vez que llegaron al auto, tanto ellos, como el doctor Hanks, le ayudaron acomodarse en el asiento delantero.
—Estoy bien... —dijo él tímidamente—. Gracias por su ayuda.
—Cuídense mucho Stear —le pidió su médico—. Si para mañana el clima no mejora, quédense en casa... Por favor...
—Lo haremos... Gracias por todo.
Al ver que los chicos se preparaban para irse, Michael y Hanks regresaron al hospital y desaparecieron entre la multitud.
—Nunca pensé que la tormenta fuera tan grave... —mencionó Candy, cuando los tres estuvieron en el auto.
—Normalmente, el mal tiempo trae consigo varias tormentas. Sin embargo, en esta ocasión, el viento es demasiado fuerte —expresó Terry—. Debemos irnos con cuidado. En Broadway, algunos anuncios cayeron de las marquesinas, desde ahí supe que las cosas no estaban bien.
Los ojos de la rubia se mostraron preocupados y luego observó de nuevo la calle.
—Estamos cerca de casa —dijo Stear—. No hay por qué preocuparse.
Candy observó con atención la acera. Varios transeúntes corrían de un lado a otro, intentando protegerse de la helada lluvia que caía.
—Terry, espera... —pidió cuando el joven se disponía arrancar el auto.
—¿Esperar? —cuestionó con sorpresa—. No puedo detenerme por más tiempo, Candy. Esta es una salida de emergencia.
—Tu amigo Franz... —dijo ella—. Él está ahí... si no le ayudamos va mojarse, Terry, ¿podemos llevarlo a su casa? Él no se ve muy bien.
Terry observó su espejo retrovisor y al ver a su compañero de trabajo, parado en la salida del hospital, tuvo que aceptar que era cierto, el «Odioso» no se veía nada bien.
—Parece que está esperando un transporte —agregó Stear, mientras Terry hacía un gesto—. Conseguir un transporte ahora, es imposible. Terry, hay que llevar a tu amigo.
Terry no dijo nada, simplemente, respiró hondo y bajó del auto. Cuidando de no mojarse, se acercó a donde estaba Franz y le dijo:
—Sube al auto, Talbot. Te llevaremos a casa.
—¿Qué dices? ¿Llevarme? No... no necesito que me lleves a ningún lado.
Terry lo miró furioso y enseguida dijo:
—No lo hago por ti. Quiero que te quede muy claro —El castaño observó hacia atrás y agregó—. Candy piensa que necesitas ayuda.
Franz sonrió sorprendido al observar a la rubia, quien ágilmente salía del auto.
—Así que, tú haces lo que dice tu novia eh... —Talbot, rio burlonamente y luego frotó sus manos—. Ese dato es muy interesante.
Terry le dirigió una mirada recriminadora, pero, contra todo pronóstico, no respondió al ataque. No lo hizo, porque no deseaba hacer una escena y volver a mostrarse intransigente e inmaduro. Además, ¿cómo podía iniciar una pelea con un chico que se veía tan mal? Terry estaba seguro que Franz estuvo llorando. Tenía los ojos hinchados y aunque no era de su incumbencia, él no era de la clase de personas que hacían leña del árbol caído.
—Hola, Franz... —saludó Candy, captando la atención del chico—. ¿Cómo estás? ¿No quieres que te llevemos?
—Estoy bien... —mencionó el actor, suavizando su voz, respondiéndole directamente a la rubia—. Agradezco tu preocupación. No obstante, puedo llegar yo solo a casa. No hay necesidad de molestarles.
Terry no tuvo más remedio que ser honesto y decir:
—No sé en qué mundo vives, Talbot, pero, como podrás ver, el clima no es propicio para caminar o para conseguir un transporte.
—Vamos, Franz. Ya has escuchado a Terry. No te arriesgues, no pongas en peligro tu salud. Recuerda que la obra va estrenarse pronto.
Franz, observó los ojos verde esmeralda de la bella chica y con un pesar a cuestas, decidió aceptar la propuesta. Odiaba a Terry... sin embargo... ¿Qué podía hacer? En realidad, su casa no estaba tan cerca y además, no se sentía con el ánimo de explicar sobre su situación actual.
—De acuerdo... —respondió observando al castaño, ya no le quedaba más que aceptar el viaje, pues, como estaban las cosas, lo que menos podía hacer era arriesgarse. Tenía dos papeles en la obra y uno de ellos era el estelar, era el suplente de Grandchester y haría de Hamlet muy pronto. No podía perder esa oportunidad.
Candy y Terry corrieron hacia el auto y Franz los siguió, los tres subieron tan rápido como pudieron para no mojarse.
El joven Talbot estaba inconforme con la idea de viajar con la pareja, pero, al ver que otro chico ocupaba el asiento delantero se sintió aliviado... pensó que al menos no haría «mal tercio» y además estaba de suerte, pues, le tocaría sentarse junto a la «Hermosa novia de Grandchester»
—¿Solo te has mojado el abrigo? ¿Verdad? —cuestionó Candy, mientras lo observaba, Franz se sintió algo conmovido con aquel escrutinio, pero a pesar de ello sonrió y dijo:
—Sí, no te preocupes.
—Yo puedo prestarte mi abrigo —ofreció Stear—. No lo estoy usando —El inventor le pasó el abrigo y agregó—. Anda quítate ese abrigo mojado.
Franz asintió y tomó el abrigo que Stear le ofrecía.
—Gracias... —dijo observando al muchacho de anteojos.
Candy no tardó en presentarlos y una vez que Terry pudo salir del apretado lugar de estacionamiento, partieron.
Mientras ellos se marchaban, Robert, Elena y Karen, llegaban al hospital. La joven actriz, no había parado de quejarse y Robert, no había parado de lanzar reclamos hacia ella. Elena sentía que la cabeza le iba estallar.
—¡Un doctor! ¡Necesito a un doctor! —exclamó Karen con urgencia, mientras Robert le ordenaba callar.
—Un maldito loquero... —dijo Hathaway con enojo—. ¡Eso es lo que te van a traer si sigues gritando como una desquiciada!
Karen dibujó un puchero en su rostro y dejó que Elena la condujera a la sala de espera.
—Vamos Karen. Te llevaré a un sofá para que te sientes.
Robert se dirigió a la recepción y preguntó por el especialista.
—El doctor Hanks es quien se encarga de esto... —explicó la enfermera en turno—. ¿Está seguro de que la chica no puede esperar?
—Estoy más que seguro. Su pie no luce nada bien...
—¿Que le pasó?
—Tuvo un accidente en la calle...
—¿No puede apoyar el pie?
—No... me temo que su hueso está fracturado, el tobillo luce tremendamente mal.
La enfermera se acercó a Karen y al ver el pie de la muchacha supo que, efectivamente, se trataba de una dolorosa y grave lesión.
—De acuerdo. Pasen al cuarto que les será designado. El doctor Hanks, vendrá enseguida —indicó ella, al tiempo que Robert tomaba a Karen entre sus brazos y la llevaba a la sala de urgencias.
