"Inesperado"
Lady Supernova
Capítulo 15
(Segunda parte)
Manhattan.
Terry, tuvo que retroceder varias cuadras, para poner a salvo a su odioso compañero de trabajo.
Dejar a Franz en su vivienda no resultó nada sencillo, la lluvia era cada vez más fuerte, fue un tanto complicado llegar hasta Central Park e igual fue muy difícil transitar de regreso a la zona en la que ellos vivían. La tormenta finalmente había creado un caos en la ciudad. Todo aquello que deseaban evitarse terminaron por vivirlo, pero, afortunadamente, después de todos los contratiempos llegaron a su destino.
—¡Dios! Creí que nunca llegaríamos a casa... —exclamó Candy una vez que arribaron a la residencia de los Andrew.
—Hubiéramos llegado hace hora y media —recriminó Terry—. Pero, claro, tuvimos que hacerla de buenos samaritanos, ¿verdad?
Stear, realmente deseaba soltar una carcajada, le hizo mucha gracia aquel sutil reclamo de Terry, mas, a pesar de encontrarse tan divertido, se limitó a sonreír y aguantarse la risa, pues, sabía que si él se reía Candy se molestaría, y entonces ella y su enamorado, terminarían enojados. No quería que eso sucediera, no en esos momentos en los que debían estar unidos.
—Franz, necesitaba ayuda... —mencionó Candy, encogiéndose de hombros—. No podíamos dejarlo solo, lo sabes, Terrence.
Terry no respondió, lo que menos deseaba hacer, era entrar en controversia con Candy frente a Stear.
—Cielo santo... ¡Estaba tan preocupada por ustedes! ¡Qué bueno que ya llegaron! ¡Esta tormenta me tiene con los nervios de punta! —exclamó Patty al ver que Candy, Stear y Terry entraban a la casa. La muchacha se acercó a su novio y al verlo sin abrigo frunció el ceño—. ¿Por qué no has usado tu abrigo? ¡Oh Stear! ¿Lo dejaste en el hospital?
—Esas, son demasiadas preguntas señorita O'Brien... —Stear sonrió, la tomó de la mano y dijo—. Estoy bien. Vamos, llévame a la cocina y te contaré sobre, cómo fue que desapareció mi abrigo.
—¿Llevarte a la cocina? —Patty sonrió divertida—. No puedo llevarte allí, cariño... volverás locas a las cocineras.
—Pero, Patty... tengo mucha hambre ¡Y falta demasiado para la cena! —exclamó Stear, dibujando un lastimoso puchero en su rostro.
—¿Sabes? Mi abuela preparó galletas, apuesto a que eso saciará tu hambre por el momento... —mencionó la chica O'Brien, mientras Stear borraba su gesto de disgusto y esbozaba una gran sonrisa—. ¿Por qué no vamos a tomar el té? Vengan chicos. Vayamos a la estancia.
—¡Pues vamos! —exclamó Stear con júbilo, tomando la mano de Patty para que lo ayudara a llegar al salón.
Candy y Terry sonrieron ante la escena y observaron a la pareja de muchachos alejándose, mientras ellos permanecían en el vestíbulo.
—Té y galletas... eso suena muy bien, ¿no lo crees? Ven, sigamos a los chicos —propuso Candy.
—Eso de verdad suena genial, sin embargo, creo que yo ya debo irme —contestó Terry.
—¿Irte? —Candy negó y entonces tomó la mano de su novio—. Terry, está lloviendo a cantaros, ¿cómo vas a irte? ¡Ya te has mojado lo suficiente!
—Pecosa, no me he mojado —expuso, en su defensa—. Mira...
—Veamos si es cierto —contestó Candy, retirando el abrigo de su novio, una vez que se deshizo de el, le dijo—. En efecto, no estás mojado, pero, ambos sabemos que terminarás por hacerlo. Si sales de nuevo a la calle, terminarás resfriándote. Además, no se ve nada allá afuera, ¡podrías accidentarte!
—Estás exagerando...
—¿Por qué no quieres quedarte?
—Candy, no es que no quiera quedarme —explicó él, acariciando el rostro de la rubia—. Lo que pasa es que, no deseo causar molestias —Terry respiró hondo y con tranquilidad declaró—. Me quedaré en casa de mi madre. No tienes por qué preocuparte, solo voy a conducir una cuadra.
—¡Dios mío! ¡Tu madre! ¿Ella está en casa?
—No, aún sigue en Boston.
—Menos mal, pero, Terry, no tomes riesgos innecesarios —insistió Candy, aferrándose a él—. No te vayas. Quédate conmigo.
La verdad era que Terry no deseaba quedarse en el mismo espacio que Candy, porque... ¿Cómo haría para reprimir los deseos que tenía de estar con ella? En Lakewood y en Chicago no tuvo ningún problema en compartir una casa con la rubia, pero, Manhattan, lo había cambiado todo. El nivel de intimidad al que habían llegado era muy alto... ¿Cómo fingir que no estaría alterado por quedarse bajo el mismo techo, sin poder tocarla a su antojo? Todo el día había rememorado los momentos que pasaron un día atrás, cuando estuvieron en aquel departamento secreto «jugando» a lo prohibido. Los juegos que sostenían, eran cada vez más atrevidos.
¿A Candy no le importaba estar cerca de él y no poder tocarlo?
Terry respiró hondo y al ver los amables e ingenuos ojos verdes de Candy, supo que, en efecto, así era... ella definitivamente no estaba preocupada por eso. Su querida Candy solo deseaba estar junto a él y mantenerlo a salvo. A pesar de todo, ella seguía siendo inocente.
—Quédate conmigo, vamos Terry. Solo hazlo...
Terry abrazó a la muchacha y después de aspirar su embriagador perfume de rosas, comenzó a ceder.
—Candy, ¿qué hay de Albert? ¿Crees que a él le guste la idea de que me quede aquí?
—¡Pues claro que sí! Albert estará más que de acuerdo conmigo. Terry, no vamos arriesgarte, no puedes salir con este horrible tiempo.
—Eso es muy cierto —dijo Albert, al tiempo que bajaba las escaleras—. Si no te cuidamos, vas a enfermarte y eso será fatal para la obra. Terry, no puedes quedarnos mal. Mira que todos nosotros estamos esperando a ver a tu Hamlet— El actor observó a Albert y le sonrió con timidez, ya que, no sabía que el joven Andrew los estaba escuchando... ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
—Albert, ¡tienes que convencerlo! ¿Verdad que puede quedarse aquí? —preguntó Candy con insistencia.
—Definitivamente. Terry, ¡por Dios! ¿Cómo puedes dudar en permanecer con nosotros? Eres de la familia... ¿No crees que es normal que te resguardes en nuestra casa? Aquí tenemos mucho espacio —Albert terminó de bajar la escalinata y observó al castaño muchacho—. Hay varios cuartos a tu disposición.
—Quédate aquí y no riñas más con nosotros —pidió Candy, acercándose de nuevo a él, para abrazarlo—. Quédate, por favor, afuera las cosas no están bien.
Terry sonrió al sentir la cercanía de su novia.
Adoraba tenerla así, amaba con toda su alma que Candy se mostrara cariñosa y que se preocupara por su bienestar.
—Ya que insisten, me quedaré —respondió, esbozando una sonrisa.
Candy lo abrazó emocionada y Terry la abrazó con el mismo entusiasmo.
—¿Escuché algo sobre té y galletas? —cuestionó el rubio, aclarando su garganta, pues, la pareja de enamorados se mantenían abrazados, ignorándolo por completo—. ¿Por qué no nos unimos a los demás?
—Enseguida vamos —contestó Candy sin separarse de Terry.
Albert se sintió bastante incómodo ante eso, y terminó por dejarlos solos... ¿Qué podían hacer en el vestíbulo? Obviamente no mucho, se darían un beso o tal vez dos... ¿Qué más daba?
Caminó por el corredor que lo llevaba a la estancia y justo cuando se acercó a la puerta del salón, se encontró con Dorothy, quién transportaba una bandeja llena de galletas.
En otro momento, él le hubiera ofrecido su ayuda, mas, en ese instante, no deseaba hacerlo ¿Para qué le ofrecía ayuda? Ya sabía la respuesta... Dorothy no deseaba nada de él. Albert, permaneció de pie al lado de la puerta esperando a que la joven Jones pasara, ella lo miró justo como si deseara decirle algo, pero, él la ignoró y se mantuvo fuera hasta que lo creyó conveniente.
—¡Llegas justo a tiempo, tío abuelo William! —dijo Stear, cuando lo vio ingresar a la estancia—. ¿En dónde están Candy y Terry? ¿Saben dónde queda la estancia?. —preguntó en tono burlón, mientras Patty le daba un golpecito en el brazo.
—Venían detrás de mí, confío en que no se hayan extraviado... —contestó Albert, tomando asiento.
Un espantoso trueno, retumbó afuera de la casa e hizo que todos en la estancia saltaran.
—Esto se pone cada vez mejor —dijo Stear, emocionado—. Dios... Adoraría estar afuera y verlo todo. Digo, ¡imaginen lo que este fenómeno natural significa! ¡Nunca he vivido un huracán!
—¿Huracán? —preguntaron Dorothy y Patty al unísono, mientras la abuela Martha y Albert reían por ver sus caras de preocupación.
—Stear, está exagerando —comentó Candy, irrumpiendo en la sala de estar—. No se preocupen chicas, el viento aún no alcanza la velocidad que trae consigo un fenómeno como ese.
Stear, estaba dispuesto a debatir al respecto, no obstante, al ver que Terry lo miraba con ojos muy abiertos, supo que tenía que callarse la boca, Candy intentaba tranquilizar a las mujeres y él debía guardar sus opiniones. Aunque, claro, ya todo estaba dicho, el ruido que producía el aire y los constantes truenos, no mentían.
—Tomemos las cosas con calma, esos fenómenos son impredecibles —expresó la abuela Martha al tiempo que tomaba una taza y vertía el aromático de manzana con canela que había preparado Dorothy—. ¿Quién quiere té? —cuestionó dibujando una sonrisa en su rostro, intentando que las chicas, ignoraran lo que sucedía afuera.
Por desgracia, la abuela no consiguió que ellas no le tomaran importancia al fenómeno natural, pues, segundos después de ofrecer la taza de té, un nuevo trueno se escuchó y la estancia de la residencia Andrew se quedó en completa oscuridad, logrando así, que el miedo se apoderara de todos los presentes.
Sunville, Illinois.
Contrario de lo que sucedía en Nueva York, el estado de Illinois disfrutaba de un clima un tanto distinto. El cielo estaba nublado, sin embargo, a pesar de la ausencia del sol, el ambiente aún era propicio para permanecer afuera y dar un paseo.
La feria del condado estaba celebrándose y ya que Tessa se mostraba animada, Archie no dejó pasar la oportunidad de invitarle a dar una vuelta y visitar el lugar.
—Es una feria de pueblo... —aclaró Tessa, como no creyendo que Archie pudiera disfrutar de un evento como ese—. ¿Estás seguro de que te divertirás aquí?
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Archie, un tanto ofendido y agregó—. ¿Quién dice que no puedo disfrutar de una feria?
—Oh... creo que no me expresé como debía. No quise molestarte... —repuso Tessa con timidez.
—No me has molestado, solo deseo aclararte que yo estoy muy a gusto con la idea de estar aquí —Archie tomó la mano de la muchacha y a continuación le invitó a caminar—. ¿Sabes? Hace algunos años, yo estuve en un rodeo... —La chica James lo miró sorprendida, pero, no dijo nada, solo dejó que Archie siguiera contándole su experiencia—. Candy, Stear y hasta la tía abuela Elroy también estuvieron allí. Mi primo Anthony participó en uno de los concursos y lo ganó, tuvimos el premio que recibió en la mansión de Lakewood, claro, al menos hasta que la tía Elroy se dio cuenta de que lo estábamos escondiendo.
—¿Qué clase de premio les dieron?
—Un becerro.
Ambos jóvenes rieron divertidos y siguieron caminando.
—Los Andrew en un rodeo... ¡Apenas puedo creerlo! —Tessa sonrió ampliamente—. Eso suena bastante interesante ¡Oh Archie! Sé tan poco sobre tu familia, ¿quieres contarme cómo fue que tu primo Anthony entró en un concurso así?
Mientras la pareja caminaba y hacía fluir su conversación, varias miradas curiosas los vigilaban. Todos los habitantes del lugar, sabían que Tessa James había renunciado a ser una novicia, a ninguno le sorprendía aquello, mas, lo que sí representaba una verdadera novedad, era el hecho de que tuviera un novio y que el muchacho fuera miembro de una familia tan conocida y tan prestigiosa.
—Me hubiera gustado haber estado ahí —confesó Tessa, en cuanto Archie terminó de contar su relato—. Y también me hubiera gustado conocer a tu primo Anthony.
—A mí también me hubiera gustado que él te conociera —Archie sonrió con melancolía—. Pero, bueno, solo Dios sabe por qué hace las cosas. Anthony tuvo que partir antes.
—Pobre Candy. Debió sufrir mucho —El muchacho Cornwell asintió y Tessa añadió—. Pero después de tanto sufrimiento, ha tenido su recompensa. Es muy feliz ahora, estoy segura de eso.
La pareja siguió caminando, hasta llegar a un puesto en donde se servía helado.
—Yo pediré los helados, ¿por qué no buscas un lugar para sentarnos? —pidió Archie con una sonrisa.
—Sí, claro —Ella también sonrió e inmediatamente se dio a vuelta para buscar alguna mesa disponible.
Un par de ojos verdes había observado con atención la escena. La mirada era tan fuerte, que Tessa la sintió de inmediato y cuando ella fue consciente de aquella presencia, palideció de golpe.
—Así que los rumores eran ciertos, dejaste el convento atrás —expresó Raphael, observando con descaro a su ex prometida—. Hola Tess, dime, ¿cómo has estado?
—Bien... estoy muy bien —respondió ella con educación, sin renunciar a buscar el sitio que Archie le pidió encontrar.
—Más que bien, por lo que veo... —Raphael observó a Archie y después miró a Tessa—. ¿Lo conociste en Chicago?
Tessa lo miró con enojo, no obstante, no le respondió nada solo se alejó de él y siguió con su camino.
—¿Fue en el convento, en donde aprendiste a portarte así de altanera? —preguntó en tono burlón—. ¡Cielos, Tessa! Más vale que ya hayas aprendido a complacer a un hombre, porque si todavía no lo logras, entonces este muchachito también terminará casándose con alguien más.
Archie observó detenidamente al castaño que había interceptado a su novia, al inicio, creyó que seguramente se trataba de un amigo de la chica, sin embargo, conforme observaba las reacciones que Tessa mostraba, se dio cuenta de que las cosas no andaban bien. Tomó los helados que le habían servido, pagó y de inmediato se acercó a ella. El hombre ya se había ido, pese a ello, Archie se sintió aliviado al llegar al lado de su novia.
—Tessie... —le llamó al tiempo que se acercaba a ella—. ¿Todo está bien? —preguntó posando su mirada en la de la muchacha.
—Sí, todo está bien —Tessa le sonrió—. Parece ser que esta es la única mesa libre.
—Esta es perfecta —Archie miró a Raphael, caminando hacia la salida de la feria y entonces preguntó—. ¿Quién era ese hombre? ¿Te estaba molestando?
Tessa negó.
—Ese hombre es Raphael Reynolds.
Archie comprendió, no había necesidad de que Tessa aclarara de quien se trataba, él sabía perfectamente que el tipo era su ex novio. Apretó los puños con enojo, e instintivamente volvió su mirada hacia donde vio a Raphael.
—El famoso Raphael... —masculló Archie, mientras Tessa tomaba su helado e invitaba al joven Cornwell a sentarse—. ¿Qué fue lo que te dijo?
—Solo me saludó... —mintió Tessa, ya que, le daba mucha vergüenza recordar las palabras de aquel impertinente hombre, ¿para qué mortificar a su novio?
—Parecías asustada...
—Él no me agrada. Digo, ya sabes lo que pasó entre nosotros —Tessa lo miró con tristeza y agregó—. No perdamos el tiempo hablando de él, por favor.
—Tienes razón, no tenemos por qué hablar de ese idiota.
Archie estaba dispuesto a olvidar el pequeño incidente, tomó su helado, lo disfrutó y platicó con Tessa sobre el viaje a Nueva York. Decidió olvidarse del mal rato y lo consiguió, claro, lo hizo hasta que Raphael volvió aparecer y se comportó de una forma poco honorable.
—Estás perdiendo tu tiempo... —expresó Raphael al toparse con ellos—. Tessa es la clase de chica a la que solo le gusta calentarte. Tú me entiendes... ¿No? Ella no se interesa por otra cosa jamás. No es capaz de sentir absolutamente nada.
Archie ni siquiera le respondió, de inmediato lanzó un puñetazo y lo estrelló justo en el rostro del odioso muchacho.
—¡Eres un maldito idiota! —dijo Raphael con dificultad, tocándose el labio.
—¿Más idiota que tú? No lo creo... —Archie tomó al joven de cuello y enseguida le advirtió—. Que sea la última vez que te expresas así de mi novia, ¡si vuelves hacerlo, voy acabar contigo!
—Ya fue suficiente, Archie... —le dijo Tessa—. Vámonos... no vale la pena, créeme. No te comprometas, por favor.
Archie obedeció a su novia, retiró sus manos del cuello de Raphael y luego se alejó de él.
—Anda Archie... —dijo el joven Reynolds con voz burlona—. ¡Lárgate y llévate a esa asquerosa frígida contigo!
Archie no pudo soportarlo más y de inmediato regresó para golpear nuevamente a Raphael. Aquel fuerte puñetazo hizo que el castaño muchacho, cayera directo al suelo.
El joven Cornwell lo observó con desprecio, estaba decidido a patearlo y golpearlo con fuerza hasta cansarse, pero, la mano de Tessa sobre su hombro, alejó por completo aquel violento pensamiento.
—Archie, por favor, déjalo... —le pidió con lágrimas en los ojos—. Vámonos ya, no manches tus manos de esta forma, este hombre no vale la pena.
El joven Cornwell hizo uso de toda su fuerza de voluntad, se detuvo y tomó la mano de Tessa para podar un beso sobre su dorso, intentando tranquilizarla.
—Todo está bien Tessie... No haré nada más, por favor no llores así —pidió con calma, mientras la rodeaba con su brazo—. Vamos, te llevaré a casa.
Ambos jóvenes se alejaron del lugar, y lo hicieron sin mirar atrás.
Raphael por su parte, se quedó tendido en el piso hasta que pudo levantarse. La gente del lugar, lo tenía en el peor de los conceptos y nadie se acercó a prestarle ayuda. Sabían que era un odioso fantoche que merecía una lección como esa, más de uno, estuvo encantado con la idea de verlo pasar por tremenda humillación.
Finalmente, los chismosos del pueblo, comenzaron a propagar la gran noticia de aquel pleito y muy pronto, todos se dieron cuenta de lo importante que era Tessa James, para el «Muchacho de los Andrew» Les auguraban un futuro prometedor.
Manhattan.
—Señorita Klyss, tiene que tranquilizarse... —advirtió el doctor Hanks con impaciencia.
—¿Está usted loco? —preguntó Karen—. ¿Cómo demonios voy a tranquilizarme? —La chica golpeó el colchón de la cama y exclamó—. ¡Me duele! ¡Me duele mucho!
—La entiendo perfectamente, créame, sé que esto duele —Hanks respiró con pesadez y a continuación se dirigió a la enfermera que lo asistía—. Señora Douglas, traiga una bolsa con hielo y un par de vendas.
—Claro que sí, doctor.
La mujer salió del cuarto tan rápido como pudo y el doctor, permaneció junto a Karen.
—¿Qué es lo que tengo? —preguntó la joven actriz con voz temblorosa—. Por favor, ¡dígame que tengo!
—Señorita Klyss, usted tiene una lesión en el tobillo... —El hombre la miró atentamente y agregó—. Le acomodamos el hueso, pero, lo más probable es que tengamos que enyesar su pie.
—¿Enyesar mi pie?
—Así es...
—¿Y por qué no lo hace ahora? ¡Demonios! ¡Hágalo ya!
—En este momento no es posible, porque la zona de la lesión está muy inflamada. Necesitamos reducir esa hinchazón, señorita Klyss, de verdad lamento que tenga que pasar por esto.
Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas e inevitablemente lanzó un grito de frustración. No podía creer que eso fuera real. Maldijo una y otra vez, mientras intentaba ponerse de pie. Trató de levantarse y andar, sin embargo, Hanks no estaba dispuesto a dejarla hacer lo que ella deseaba. El médico la detuvo y para su fortuna, un par de enfermeras y Michael, llegaron para auxiliarlo.
—¿Se ha vuelto loca? —preguntó el doctor con enojo—. Señorita Klyss, ¡permanezca quieta por favor!
Karen no hizo el menor caso a aquella advertencia y siguió luchando contra los médicos y las enfermeras. Lo hizo hasta que no le quedaron más fuerzas para continuar con su rebelde postura.
—Más le vale que se tranquilice —advirtió de nuevo, el doctor Hanks—. Su lesión es de lo más común, pero, si continúa haciendo locuras, esa pequeña fractura pasará a ser algo mucho más grave.
—Así es. Si usted no se calma y deja de hacer berrinches, terminará en el quirófano —agregó Michael—. No creo que le guste pasar por eso, ¿o sí? ¿Puede imaginar lo que implicaría que tuviera que practicarle una cirugía?
Los ojos de Karen se mostraron sorprendidos al ver al joven y atractivo doctor que le hablaba, sin embargo, eso no impidió que su boca siguiera vomitando palabras.
—¿Acaso usted es un cirujano? —preguntó ella con una burlona sonrisa—. Por Dios, no me haga reír, ¿cuántos años tiene?
—Tiene los suficientes para ser el jefe del área de cirugía —explicó Hanks.
Karen observó a Michael detenidamente, y él, sosteniéndole la mirada le habló:
—No me interesa si le causo gracia, señorita Klyss. Solo quiero que piense en la gravedad que implica lo que está haciendo, ¿acaso quiere lastimarse hasta el punto de perder su pie? —Michael dejó libre un suspiro y después continuó hablando—. No sé si lo sabe, pero un hueso completamente destrozado podría terminar en una amputación, ¿eso es lo que usted quiere?
—No... eso no... —respondió la actriz de forma automática, sin dejar de ver los bellos ojos azules de Michael.
La voz de Karen se escuchaba más tranquila, por eso, Hanks y las enfermeras también se calmaron.
—Las lesiones en el tobillo son más comunes de lo que usted cree —indicó Michael, Karen sollozó, mas, ya no hizo berrinche, solo siguió escuchando al joven cirujano—. No debe preocuparse señorita Klyss. Cuidaremos de usted y todo saldrá bien. Solo permita que el doctor Hanks haga su trabajo.
La enfermera Douglas ingresó a la habitación, y entregó las vendas y el hielo al doctor Hanks. Michael le guiñó un ojo y después se despidió de él, una vez que se fue, Hanks se dispuso a seguir con su labor.
—Comenzaremos con el tratamiento ahora mismo. La primera regla, es que usted debe descansar, eso quiere decir que se va quedar aquí acostada, hasta que yo lo crea conveniente —Karen no dijo nada, solo le dirigió una mirada asesina al médico y este a su vez continuó con su explicación—. El segundo paso, es ponerle hielo en su tobillo. Lo tendrá por un rato y cuando haya pasado ese tiempo, le vendaré la zona, para comprimirla. Ya por último, elevaremos su pie y de esa forma, lograremos que la hinchazón vaya cediendo... veremos como avanza, ¿de acuerdo?
—No estoy de acuerdo, pero, ¿qué más puedo hacer?
—No puede hacer nada. Me alegra que por fin lo haya entendido.
Karen cerró los ojos y de nuevo se echó a llorar.
Hanks por su parte, se retiró y permitió que las enfermeras se encargaran de asistir a la muchacha. Solo le quedaba esperar a ver los resultados, su trabajo estaba hecho. Aún tenía la esperanza de que la lesión de Karen no necesitara de un yeso.
—De haber sabido que tu podías calmar a la fiera. Te hubiese llamado desde el inicio —dijo Hanks al ver a su joven amigo, Michael no dijo nada, solo sonrió—. Ven muchacho. Vamos a tomarnos un café, hay que tomar fuerza, esta jornada será maratónica.
La luz no volvería pronto.
Eso fue lo que dijo uno de los chicos del servicio. Un rayo, se impactó en uno de los enormes árboles y las ramas dañadas, habían terminado por caer sobre un par de postes.
—Espero que el hospital esté libre de cualquier contingencia —comentó Candy, mientras Terry y ella encendían algunas velas para darle luz al corredor.
—Esperemos que así sea —respondió Terry, observando a su novia.
—¿Qué pasa? —cuestionó Candy, al sentir los ojos azules de Terry sobre ella.
—Nada...
—Claro que pasa algo, ¿por qué me miras así? Parece que me estás estudiando.
Terry sonrió y entonces, se acercó a la chica, para acariciarle el rostro.
—No pasa nada, solo estoy pensando en el hecho de que, siempre te preocupas por los demás... —El actor la miró fijamente y agregó—. No dejas de asombrarme.
Candy se sonrojó ante aquella confesión. Pensó que quizás, Terry seguía creyendo que ella era una «Tarzán Entrometida», la rubia muchacha se encogió de hombros y con timidez preguntó:
—¿Qué piensas de eso? ¿Es bueno o es malo?
—Creo que todo depende de por qué o por quiénes te preocupas.
Terry se alejó un poco de ella. Candy pudo darse cuenta de que lucía un tanto raro. Aunque no se lo hubiera dicho, ella sabía que a Terry no le gustó del todo ayudar a Franz.
—¿Depende de quién? —Candy negó—. Terry, yo ayudo a todo el que necesite de ayuda, no puedo discriminar. No me detengo a juzgar a la gente.
—¿Es por eso que hoy quisiste ayudar a Franz? —cuestionó el castaño muchacho, perdiendo un poco del control que poseía.
—Quise ayudarle porque se veía mal. Mi amor, tú también pudiste verlo, Franz estaba llorando —Terry no dijo nada y Candy continuó con su reclamo—. ¿Qué te hizo ese muchacho? ¿Por qué le tienes tan mala voluntad? — Acortó la distancia entre ella y su novio, a continuación llevó sus manos al cuello de él—. El pobre necesitaba que lo auxiliaras y lo sabes... ¿No te sientes mejor al saber que está en su casa y a salvo?
—Sí, claro... Pero...
—¿Pero? —Candy posó su dedo sobre los labios de Terry y añadió—. Cuando ayudas, no debes dudar.
—Franz no me agrada —Fue la categórica respuesta del muchacho—. Ya te lo he dicho, él no es de confiar.
—¿Por qué? Es un joven muy educado.
—Es sumamente problemático y no me gusta la actitud que tiene contigo.
—Solo ha sido amable conmigo, ¿eso no te gusta? —Candy sintió una molestia en su interior, pensando en dolorosas cuestiones, que no deseaba dejar al descubierto: «¿Quisieras que Franz me tratara como lo hacen todos tus demás compañeros?» «¿Te recuerdo que solo Karen y él, me dirigen la palabra?»
—Oh sí. Ya he visto que tienes un efecto devastador en Talbot —expresó Terry, en tono dramático—. Le llenas los ojos apenas te ve... Y, ¿qué decir de esa bondad que desborda cuando está contigo? Caray, ¡había que verlo hoy! Solo tú lo convenciste de no ser tan idiota y dejarse ayudar —Terry no pudo seguir ocultando su inconformidad y concluyó—. Odio la forma en la que te mira y en la que te sonríe... es como si tú despertaras algo desconocido en él.
—Terry, no digas esas cosas.
—¿Por qué no? Si es la verdad —Ambos se separaron, mas, Terry aclaró—. Y antes de que pongas el grito en el cielo, quiero que entiendas que no son celos lo que siento.
Candy quería reírse, ¿Terry no sentía celos? ¡Esa sí que era buena! Interiormente estaba riendo a carcajadas, pese a ello, aguantó y se limitó a preguntar:
—¿Entonces que es lo que sientes?
—Siento temor. Temor por ti... —declaró él, enredando sus dedos en los cabellos que se habían escapado del peinado de Candy.
—¿Temor? ¿Por qué?
—Quiero que tengas cuidado, las mañas de Franz no son de mi agrado, ¿sabías que él acosaba a Susana?
—No tendría forma de saberlo, ¿o sí? Jamás me lo habías dicho.
—No es un tema del que me guste hablar, pero, ahora ya lo sabes. Acosó a Susana mientras yo estuve fuera de Broadway, ten cuidado por favor.
—¿Susana te lo dijo?
—Sí... cuando conocí a Franz, me pareció un tipo agradable, justo como te lo parece a ti. No obstante, todo cambió cuando Susana me contó sobre el acoso del que fue víctima, aunado a eso, me llegaron algunos rumores sobre él y sus singulares gustos. No quiero hablar de eso contigo, solo te puedo decir que no es un chico en el que se pueda confiar.
Candy hubiera querido decirle a Terry que la palabra de Susana no era ninguna garantía y que los rumores, generalmente son chismes malintencionados, pero... ¿para qué comenzar una pelea?
—Tendré cuidado con él, lo prometo —dijo ella con calma.
—Si llega a molestarte, quiero que me lo digas, ¿de acuerdo?
—Sí, lo haré —Candy sonrió y besó la mejilla de Terry—. Aunque también quiero que tú me prometas algo...
—¿Qué quieres que te prometa?
—Que investigarás si es verdad todo eso que dicen de él —Terry negó de inmediato y Candy en vez de reprenderlo, le dedicó una sonrisa—. Vamos, solo promete que te formarás tu propia opinión sobre ese chico y que no lo juzgaras por los rumores.
—Haré lo que pueda, no te prometo nada.
—Confío en ti, sé que harás todo lo posible.
Ambos se quedaron callados y luego de colocar el último candelabro, Candy comentó:
—Guardemos estas velas. Necesitaremos algunas para colocar sobre la mesa, ¡imagina que no podamos ver lo que comemos!
Terry la tomó por la cintura para acercarla a él y abrazarla, deseaba olvidarse de sus temores y malos pensamientos.
—Será agradable cenar a luz de las velas —mencionó él en tono seductor—. Es una lástima que no estemos solos...
Candy le dio un golpecito, él en respuesta, y asegurándose de que no los vieran, la introdujo en uno de los armarios que se situaban sobre el corredor.
—¿Qué te pasa? —preguntó Candy, con sorpresa, haciendo a un lado los abrigos que se guardaban dentro del lugar.
—No quiero besarte y que nos pillen en el acto... —murmuró Terry con voz traviesa.
—Aquí no se ve nada... —susurró la rubia—. Terry, ni siquiera sé dónde estás...
El castaño la tomó por la cintura y le dijo:
—Yo sí sé dónde estás, ¿lo notas? —cuestionó al tiempo que la pegaba a su cuerpo.
Candy rio muy despacio e intentó buscar los labios de su novio. Falló en su primer intento y eso hizo que Terry soltara una carcajada.
—Si sigues riéndote, nos van a descubrir... —reclamó ella, mientras Terry se acercaba a su oído y le decía:
—Deja que yo busque tus labios Candy, deja que sea yo, quien te tome.
—¿Los encontrarás pronto?
—Te aseguro que sí. Llegaré a tu boca en el primer intento.
—Estás alardeando... —murmuró ella.
—No, no es así —contestó Terry, mordiéndole levemente el lóbulo de la oreja—. ¿Quieres que te lo muestre?
—Sí... pruébalo... —exigió la muchacha.
Terry respiró hondo y en cuestión de segundos, encontró la boca de su novia. Tomó sus labios y los hizo suyos con verdadera pasión. Estaba sediento de ella. No la había besado en todo el día y eso era algo que él no podía soportar.
—¿Ya ves? Te dije que no fallaría... —recalcó, mientras Candy recuperaba la respiración.
—No fallaste —Ella se abrazó al pecho de Terry y luego, enterró su rostro en el—. ¿Sabes? En estos momentos amo la oscuridad —comenzó al tiempo que reía y traviesa, jugaba con la hebilla del cinturón de Terry.
—Candice, no comencemos algo que no vamos a terminar —expresó el actor, tomando las manos de la chica entre las suyas, obligándola a desistir en seguir con aquel juego, que obviamente no podrían culminar.
—¿Y cuándo me has dejado terminar «ese algo»? —Candy río traviesamente y luego agregó—. Ni siquiera me has dejado verte... —ella rememoró la primera vez que Terry la dejó tocarlo y luego dejó libre un suspiro.
Por momentos le daba vergüenza darse cuenta de pensar hasta dónde había llegado su curiosidad, sin embargo, cada vez que Terry y ella dejaban libre aquel primitivo instinto, el pudor se iba y la locura la envolvía.
—Ya hemos discutido eso antes... —mencionó Terry, devolviéndola a la realidad—. Dejaremos los juegos cuando estés preparada —El guapo muchacho la besó en la frente y enseguida le dijo—. Por ahora, será mejor que salgamos de aquí. Porque, si tu «Padre», nos encuentra en este lugar, hablando de estas cosas, me sacará a patadas de la casa y no le va importar que un condenado huracán esté entrando a la ciudad —Candy no deseaba salir, sin embargo, no tuvo más remedio que obedecer al joven actor, dejó que la fuerte mano de Terry la envolviera, y caminó a su lado para abandonar el armario, pensando en que, quizá, más tarde, tendría oportunidad de «jugar» con él—. Ven, sigamos dándole luz a la casa —pidió él, besando tiernamente sus labios y haciéndola sonreír.
—Quisiera morirme... —dijo Karen Klyss a la enfermera que la cuidaba—. De verdad, quisiera dejar de existir, ¿usted puede ayudarme? ¿Puede ponerme algo y hacerme descansar por el resto de mi vida?
La enfermera negó.
—Una mujer tan joven y tan bonita como usted, no debería pensar en esas cosas.
—Mi vida ya no tiene sentido ahora... —expresó la muchacha, con verdadera tristeza—. Voy a perderme el estreno de la obra que Broadway y el país entero están esperando, ¿cómo puedo vivir así? ¿Cómo voy a seguir adelante?
Karen no había parado de llorar y aquello, rompía el corazón de la enfermera, le dolía mucho darse cuenta de que la joven estaba sufriendo.
—Tiene que animarse señorita Klyss. Las ganas de salir adelante, son lo único que puede ayudarle en este momento —La enfermera revisó el pie de la muchacha y después dijo—. Su lesión no luce tan inflamada, eso es una buena señal.
—¿Usted cree?
—Sí, incluso, puede que solo haya sido el golpe.
—De todas formas, creo que la vida no es justa.
—La vida no es justa para ningún habitante de este planeta... —Karen se limpió las lágrimas y rápidamente se encontró con el dueño de la voz que le hablaba—. Todos los días, a todas horas, los accidentes suceden. Algunas personas, como usted, tienen mucha suerte y solo se fracturan un tobillo, otra, simplemente, no viven para contarlo.
—Le traeré su merienda, señorita Karen. Estoy segura de que eso le animará —dijo la enfermera, mientras observaba a Michael Joubert—. Volveré en un momento, con su permiso, doctor.
Michael asintió y después abrió la puerta, para que la enfermera saliera. Karen dirigió su mirada hacia Michael y con tristeza declaró:
—Usted no entiende. El teatro es mi vida. Actuar es todo para mí, me he preparado como nunca para este papel —Karen golpeó sobre el colchón y luego volvió a llorar.
—La entiendo perfectamente —respondió Michael, mientras se ponía cómodo y se sentaba en una silla—. Sé lo que se siente, porque yo estuve en una situación muy parecida, cuando atacaron nuestro improvisado hospital en el campo de batalla, verá, yo sufrí una herida en el brazo y pensé que jamás volvería a operar, para un cirujano no hay cosa más importante que sus manos y sus brazos.
—¿Usted estuvo en la guerra?
—Sí...
—¿Por qué? Digo, ¿por qué arriesgarse de ese modo, si usted es un gran cirujano?
—Salvar vidas es uno de mis máximos anhelos. Una guerra, significa muerte y yo deseaba ayudar.
—Una guerra es la mayor estupidez del mundo...
—En eso estamos de acuerdo —Michael se levantó de su asiento y caminó hacia la cama de Karen—. Tiene que hacerle caso a la señora Douglas... —insistió—. Cambie ese pensamiento pesimista, el mundo no termina por una lesión como esta. Apuesto a que su público estará feliz de recibirla cuando usted esté lista.
Michael le dedicó unas últimas palabras de aliento y a continuación se despidió.
—No tan rápido... —pidió Karen, al verlo darse la vuelta y dirigirse a la puerta—. Aún no me ha dicho su nombre, solo sé su apellido.
—Me llamo Michael... —contestó, al tiempo que le sonreía—. Si llega a sentirse mal, por favor, háganoslo saber. Podemos darle un medicamento para el dolor.
—¿Un sedante que me haga dormir por varios días?
—No... eso no... —Michael rio y Karen también—. La veré luego, señorita Klyss.
Karen lo vio marcharse y sintió un poco de tristeza al encontrarse sola de nuevo. Por un momento, Michael Joubert le había hecho olvidarse de su tragedia. Le parecía muy triste estar sola, sin nadie que estuviera allí, para platicar con ella.
—Le he traído su merienda. Sé que aún es temprano, pero, creo que usted debe de comer algo —comentó la enfermera, mientras ponía la bandeja sobre la mesa.
—¿La tormenta creció? —preguntó Karen con interés.
—Para mi gusto, es una tormenta como cualquier otra, sin embargo, mis jefes han dicho que el viento sigue soplando.
—Soy de Miami, Florida... —confesó Karen al tiempo que destapaba la bandeja y veía los suculentos alimentos que le sirvieron—. He visto un par de huracanes, si el viento sigue soplando entonces el ciclón no ha cambiado de destino y sigue queriendo entrar aquí.
—La veo más animada, ¿le ha servido hablar con el doctor Joubert? —preguntó la enfermera con curiosidad.
—Me ha servido, es un hombre muy amable... —alcanzó a decir Karen.
—Es muy buena persona. —La mujer se armó de valor y agregó—. Y muy guapo también... ¿No lo cree?
Karen no respondió nada. Sólo siguió comiendo... ¿Cómo dejar al descubierto la fascinación que sintió apenas vio a Michael? No, eso no era buena idea.
—¿Podría conseguirme otra de estas? —cuestionó la chica, agitando una rosquilla de azúcar.
—Tal vez, la encargada de la cocina me debe algunos favores.
—Por favor, tráigame otra... —Karen la miró con profundidad y agregó—. No he comido bien por semanas, estaba preparándome para entrar en mi vestuario de Ophelia... así que... por favor, consígame una delicia de estas, tengo mucha hambre.
—Haré todo lo posible.
—De acuerdo, pero no se tarde, eh... —dijo Karen, haciendo reír a la enfermera.
—¿Se han ido todas las personas del servicio?
—Algunos sí... —respondió Albert a su sobrino, al tiempo que liberaba a Poupée para que se moviera por la estancia—. Me hubiera gustado que todos se quedaran aquí, pero, las mujeres estaban preocupadas por su familia. Era imposible que se quedaran sin saber nada de sus hijos y esposos... en fin... ¿Dónde está todo mundo? —quiso saber Albert, mientras Stear se encogía de hombros.
—La abuela Martha quería recostarse un rato, así que Patty la llevó a su cuarto. En cuanto a Candy y Terry, bueno, ellos están encendiendo velas por aquí y por allá, yo que tú me preocuparía, son como unos piromaníacos, no me extrañaría que la casa terminará quemándose —Stear sonrió y Albert correspondió a su sonrisa.
—Déjalos que se distraigan así —dijo el rubio muchacho, mientras se sentaba sobre un sofá—. Por lo visto, el pánico se está apagando y eso es bueno. El viento no ha disminuido. Es mejor que todos estemos tranquilos.
Ambos permanecieron callados, observando las llamas que se formaban dentro de la enorme chimenea, que le daba calor a la estancia.
—¿Y qué hay de Dorothy? —preguntó Stear con interés—. ¿No quieres saber en dónde está ella? —Albert negó y el joven inventor declaró—. Bien, no importa, porque de todas formas te lo voy a decir... —El rubio fingió que no le interesaba y Stear continuó con su confesión—. Ella se fue a descansar. No sé si es mi imaginación, pero, yo la vi algo rara.
—¿Rara? —cuestionó Albert con burla en su voz—. Bueno, sobrino, esa mujer generalmente se comporta así, ella es una rareza andando.
—No sé por qué estás molesto con ella, mas, debes saber que pienso que, Dorothy se sentía mal...
—¿Y qué quieres que haga? —Albert tomó una de las galletas que sobraban y entonces, se la llevo a la boca.
—Al menos podrías ir a verla y ver cómo se encuentra...
—No sé si sea buena idea. La mujer se pone histérica, cada vez que me acerco.
—No creo que te haga nada si vas a su cuarto. Lucía débil cuando se fue...
Sin muchas ganas, Albert se levantó de su asiento y se dirigió hacia la salida de la estancia.
—Espero que me cubras... —advirtió a su sobrino.
—Ya sabes que sí —Stear sonrió ampliamente, al tiempo que observaba a su tío abuelo—. Nadie sabrá en donde te encuentras, te lo aseguro.
Albert salió de la estancia a hurtadillas, cuidando que nadie lo viera dirigirse hacia donde se encontraban los cuartos de servicio.
Para su fortuna, el cuarto de Dorothy, era el primero del corredor.
Llegar fue fácil, lo difícil fue poder ubicarse dentro del cuarto, una vez que entró.
—¿Quién es? —preguntó Dorothy de inmediato.
—Soy yo...
—¿Qué sucede Albert?
—Esa pregunta es la que yo debería hacerte —Albert caminó con cuidado, y una vez que ubicó la cama, se arrodilló para poder encontrarse con la muchacha, cuando ubicó la mano de Dorothy, la tomó entre las suyas—. Debiste traer un candelabro, ¿por qué estás a oscuras? ¿Qué te pasa?
—Me duele la cabeza...
Albert recorrió su mano libre y pronto llegó hasta la frente de la muchacha... Dorothy se quejó e intentó detener a Albert, pero, él no se detuvo.
—Dorothy... tienes fiebre, ¡santo Dios! ¡Estás ardiendo! —El muchacho se levantó cuidadosamente y dijo—. Iré por Candy, ella sabrá que hacer...
—No... —Dorothy lo detuvo, haciendo uso de la poca fuerza que le quedaba—. No es nada... no hagas que ella se preocupe.
—¿Cómo no va ser nada? Dorothy, la fiebre es un síntoma grave.
La muchacha negó de nuevo, mas, aquella negativa, no cambió la opinión de Albert. Quien salió de inmediato al corredor para buscar a Candy.
La joven y Terry estaban platicando muy animadamente. Ambos bromeaban y reían como si fueran un par de chiquillos traviesos. Aunque claro, su cercanía estaba lejos de un juego infantil.
—Lamento importunar... —expresó Albert, mientras ellos se separaban—. Candy, tienes que venir a ver a Dorothy.
La rubia frunció el ceño y de inmediato preguntó:
—¿Qué le pasa a Dorothy?
—Está ardiendo en fiebre...
—¿Cómo? Pero, si hace rato estaba bien... ¿En dónde se encuentra?
—En su cuarto.
Candy corrió escaleras arriba, para traer el pequeño botiquín que poseía, después bajó y sin decir nada, se dirigió a ver a Dorothy. Permaneció un rato en el cuarto y luego salió para pedir que le llevaran una bandeja con agua y algunos paños.
—Su fiebre es alta... —advirtió en cuanto vio a Albert—. Pero, aún está en un rango que podemos considerar como positivo. Confío en que disminuya con las compresas de agua. Igual voy a prepararle un remedio que me enseñó la señorita Pony y se lo daré a beber. Todo saldrá bien —mencionó para tranquilizar al conmocionado Albert.
—¿Te parece si yo le pongo las compresas? —preguntó el rubio—. Mientras, tú ve a preparar el remedio, no te preocupes, la cuidaré como a mi propia vida...
Albert tomó la bandeja de agua e ingresó a la habitación sin esperar una respuesta por parte de la enfermera. Candy lo miró sorprendida y Terry solo sonrió.
—¿Vas a seguir negando lo obvio, Pecosa Distraída? —preguntó pícaramente, mientras ella lo miraba, aún, con sorpresa. Terry le dijo una y otra vez que Albert estaba interesado en Dorothy, sin embargo, ella no le creía... ella pensaba que eran amigos...—. Venga, Candy, no te quedes ahí. Vamos a la cocina, te ayudaré a preparar el remedio —propuso Terry, empujando a la chica con suavidad, animándola a caminar y a salir de su estado de confusión—. Sé que debe ser extraño despertar y descubrir un secreto que estuvo frente a ti todo el tiempo, pero, así es la vida, mi amor. Así es la vida... —finalizó dándole otro pequeño empujón, para que ella se moviera y se pusiera manos a la obra.
