"Inesperado"

Lady Supernova


Capítulo 16


Manhattan.

—Puedo asegurarte que Dorothy ya se encuentra mejor —dijo Candy, al notar que la muchacha dormía tranquilamente—. Su temperatura ahora es normal, la fiebre por fin ha cedido. Tan solo mira cómo luce, está mucho más serena... duerme sin complicación —La rubia se sintió aliviada, pues, su amiga no había presentado más síntomas de cuidado.

Albert observó a Dorothy y estuvo de acuerdo con Candy, ella se veía tan tranquila, que parecía mentira que hubieran pasado gran parte de la noche preocupados.

—No sabes cuánto me alegro, es un gran alivio el verla así —contestó Albert, desviando su mirada, para posarla directamente en los ojos de Candy—. Son las cuatro de la mañana, ¿por qué no te vas a dormir? Yo me quedaré con Dorothy —propuso, decidido—. El peligro ha pasado. Es obvio que puedo encargarme de esto, así que, no te preocupes, ve a dormir con confianza.

—Pero... ¿Y cómo te sientes tú? —preguntó ella, un tanto preocupada.

—¿Yo?

—Tú también estuviste expuesto al agua, ¿no?

—Yo me siento bien, no te preocupes, ¿sabes? Todo esto ha sido mi culpa... —aceptó el rubio—. Yo no debí permitir que ella me ayudara. La verdad, fue una terrible idea, eso de destapar la tubería sin ayuda profesional, nos mojamos más de lo debido, lo lamento mucho.

—El sistema inmunológico de las personas, es distinto uno de otro. Dorothy debió tener las defensas muy bajas, quizá ya estaba a punto de enfermarse y tú no tenías modo de saberlo, así que no te culpes... —Candy bostezó escandalosamente y Albert le dijo:

—Irás a trabajar en unas cuantas horas, lo mejor es que te vayas a la cama y descanses, necesitas dormir, niña.

La muchacha asintió y después de observar por última vez a Dorothy, se dispuso a marcharse. Claro, lo hizo no sin antes lanzar la cuestión que toda la noche, rodó dentro de su cabeza.

—Antes de irme... ¿Puedo preguntarte algo más?

—Por supuesto —expresó, acomodándose en el pequeño sillón que Candy había dejado libre.

—¿Desde cuándo se aman Dorothy y tú? —preguntó ella sin darle más vuelta al asunto.

—¿Amarnos? —Albert no estaba seguro de eso—. Bueno, yo no usaría ese término...

—¿Por qué no?

—Porque estás hablando de un amor mutuo... —dijo Albert con tristeza—. Y Dorothy no me ama.

—¡No seas mentiroso! Hace rato, ella te dijo que te amaba. Lo escuché perfecto... —Candy sonrió pícaramente y Albert negó.

—Dorothy estaba delirando. Ya lo sabes, la fiebre hace que la gente diga cosas extrañas.

—Oh, Albert, no seas necio... dime... ¿Por qué ella no va amarte?

—Es más simple de lo que tú crees —se dispuso a explicar, viendo a la muchacha que yacía sobre la cama—. Yo soy rico y ella es pobre. Dorothy lo dice todo el tiempo, no estamos al mismo nivel, no podemos estar juntos, porque ella es mi empleada.

—Santo Dios... ¿Eso dice ella?

—Sí.

—Y, el hecho de que ella sea pobre y sea tu empleada... quiero decir... ¿Eso te importa?

—¡Por supuesto que no! —respondió Albert, sintiéndose un tanto ofendido—. ¿Pero qué puedo hacer para que Dorothy deje esos pensamientos pesimistas?

—Eso es fácil —contestó la muchacha, tomando la mano de su amigo—. Solo tienes que lograr que ella se sienta igual que tú, debes hacer que a Dorothy tampoco le importen los convencionalismos.

—¿Y cómo puedo lograr eso?

—Hablando... —Candy sonrió y después de soltar suavemente la mano del rubio, agregó—. Platícale sobre lo que deseas de ella. Déjale claro que el dinero y el qué dirán, no son un impedimento —La enfermera caminó hasta la puerta y se despidió —. Te dejaré descansar. Nos veremos al rato, por favor, si necesitas algo solo llámame.

—Espero no necesitar nada, así que, descansa. Nos veremos más tarde —contestó él, dedicándole una sonrisa.

—Nos vemos.

—Duerme bien, Pequeña.

Tomando un candelabro, Candy salió de la pequeña habitación de Dorothy, luego, se dirigió al privado y una vez ahí acató las medidas de seguridad que siempre tomaba en el hospital. Lavó y desinfectó sus manos, con toda la paciencia del mundo, ya cuando terminó con ese ritual, se dirigió a su habitación.

—¿Cómo está Dorothy? —cuestionó Terry, sorprendiéndole por completo. Él la estaba esperando en el corredor, justo afuera del cuarto en el que le hospedaron.

—Está mejor, la fiebre ha cedido y hasta ahora, no se han presentado otros síntomas de gravedad —La chica le lanzó una mirada recriminadora y de inmediato reclamó—. ¿Qué haces aquí? Oh Terry, ¿acaso no has dormido?

—No he podido hacerlo. Estaba preocupado por ustedes... —Terry acarició el cansado rostro de la rubia y enseguida se acercó a ella, para poder abrazarla—. Ven, te acompañaré a tu habitación —dijo al verla bostezando.

—Sigue lloviendo, ¿verdad? —preguntó Candy con preocupación.

—Sí. Pero el viento ha disminuido. El huracán no llegó a Manhattan, debió desviarse hacia otro lugar.

—¿Se alejó ya?

—Stear, cree que se alejó de la isla a medianoche, él estuvo estudiando la intensidad del viento, ya lo conoces... —Los ojos de Candy se cerraban sin que ella pudiera evitarlo y por ello, Terry se ahorró los detalles sobre las predicciones del joven inventor—. Creo que necesitas dormir. Debes estar muy cansada, ¿no?

—No tanto... —respondió ella, bostezando.

Terry le quitó el candelabro de las manos, apagó las velas y lo colocó sobre una mesita. Después, se acercó nuevamente a Candy, para tomarla en brazos.

—No seas mentirosa, Tarzán, porque a pesar de que no se ve nada aquí, yo puedo ver que estás dormitando.

El joven rio y ella también.

—La verdad es que me muero del sueño —confesó, mientras Terry abría la puerta de la habitación y la llevaba hasta la cama—. He perdido la práctica, me quedaría dormida si tuviese que cubrir a una compañera en el turno de la noche.

—¿Turno de la noche? —cuestionó Terry con incredulidad—. Ni siquiera lo pienses...

El cuarto estaba oscuro, pero, Candy era capaz de ver el gesto de inconformidad que Terry, había pintado en su bello rostro. Eso le causaba mucha gracia y por ello, quiso seguir con el tema.

—¿Por qué no? —preguntó, al tiempo que sentía las manos de Terry, acunando su rostro.

«Porque muy pronto, las noches de tu vida estarán destinadas a mí...», contestó él, en sus adentros.

—Porque no pienso permitirlo —refutó el muchacho, acercando sus labios hasta los de ella para besarla con suavidad—. Será mejor que ya te duermas, Candy.

La rubia bostezó de nuevo y después de deshacerse de los zapatos y de desprenderse de los pasadores que, aún llevaba en la cabeza, expresó:

—Me dormiré, pero, quédate conmigo...

—¿Quedarme contigo? Oh no, no comiences... —advirtió él, con una risa nerviosa.

Candy tomó la mano de Terry y lo jaló para que se acercara a la cama.

—Anda, no me dejes. No me gusta la oscuridad.

—¿Qué no se supone que «amas» la oscuridad?

—Solo me gusta cuando estoy contigo... —Candy jaló de nuevo al muchacho y este ya no tuvo las fuerzas para seguirse resistiendo.

—Está bien. Me quedaré hasta que te quedes dormida... ¿Te parece?

—De acuerdo, acepto esa oferta.

Al sentir que Terry se recostaba sobre la cama, Candy hizo espacio entre las cobijas y entonces obligó al muchacho acomodarse junto a ella.

—¿No vas a quitarte los zapatos?

—No...

—¿Por qué no?

—Porque no pienso quedarme aquí.

Candy rio ante la negativa, después, se abrazó a él y declaró:

—Te amo Terry... te amo aunque no quieras dormir conmigo...

—Yo también te amo... te amo aunque estés tentándome a cada segundo... —Candy rió muy despacio y él continuó—. Te amo... aun y cuando esté aquí, acostado contigo, sin poder desnudarte y hacerte mía de una vez por todas —Terry observó a su novia y luego de besarla en la mejilla expresó—. Te amo como no he amado a nadie en la vida. Te amo con toda mi alma a pesar de que, te quedes dormida, mientras yo te abro mi corazón.

Un suave y gracioso ronquido se escapó de la boca de Candy y a Terry no le quedó más remedio que reírse de él mismo y dejarla descansar. Se levantó de la cama y salió sigilosamente de la habitación.

«Algún día nos quedaremos juntos», pensó Terry, observando la puerta que acaba de cerrar, «Y lo que menos haremos es dormir», añadió interiormente, al tiempo que dejaba libre un suspiro y caminaba hasta el cuarto que le fue designado.


—Buenos días, señorita Klyss... ¿Cómo se siente el día de hoy? —Karen no respondió aquel saludo, solo mostró un gesto de indiferencia y de inmediato volteó su cara, no deseaba ver al odioso doctor, al menos no tan temprano. Por su parte el doctor Hanks, se limitó a sonreírle—. ¿Aún estamos molestos? —preguntó al tiempo que la actriz le dirigía una mirada poco amistosa.

—¿Cómo puedo estar feliz? —respondió la joven Klyss—. Tengo un pie fracturado, perderé mi papel en la obra y seré desdichada por el resto de mi vida... dígame... ¿Cómo puedo recuperarme de eso? —Hanks no dijo nada, en vez de contestarle a la rebelde mujer, se dedicó a revisar el pie lesionado—. ¡Dígame! ¿Cómo?

—¿Sigue doliendo? —preguntó Hanks, al tiempo que tomaba el pie entre sus manos.

—No, no tanto como ayer... —contestó Karen, sintiendo que su corazón latía más rápido—. Santo Dios... creo que... ¡No me duele!

—La compresión y el hielo deben ser los culpables —dijo el médico, retirando el vendaje que cubría el pie de la actriz. El hecho de que la chica no sintiera tanto dolor, era una buena señal, sin embargo, no deseaba adelantarse y expresar su teoría. Primero tenía que estar cien por ciento seguro.

El experimentado médico tenía la creencia de que Karen solo estaba lastimada, pero, la histeria y la nula cooperación de la muchacha a la hora de la revisión, lo llevó a tomar la decisión de dejarla internada. No podía exponerla.

—¡No me duele! —exclamó la chica, intentando mover el pie—. ¿Por qué no me duele?

—No le duele, porque su hueso no está fracturado —Hanks sonrió y siguió revisando—. Es tan simple como eso.

Los ojos de Karen se llenaron de lágrimas y con una enorme sonrisa en su rostro, se reincorporó para observar su pie.

—¿Cómo es posible?—preguntó emocionada—. Doctor, ¡por favor, dígame!

Hanks sonrió y se dispuso a explicar:

—Ayer, cuando usted llegó, mi primera impresión fue que su pie solo estaba lastimado, estaba hinchado y le dolía, mas, esos síntomas siguen siendo normales —respondió el experimentado médico—. Quise comunicárselo, no obstante, usted se portó tan mal con todos nosotros que, fue imposible que yo le hablara de mi teoría.

—Entonces, ¿usted me engañó? —preguntó la muchacha, sintiéndose confundida.

—No la engañé —Hanks llamó a la enfermera en turno y después continuó—. Solo le oculté mi verdadero diagnóstico y gané tiempo. Si la hubiera dejado caminar y llevar a cabo todas esas locuras que quería hacer, en este momento, usted estaría realmente fracturada —La joven lo miró con seriedad, pero, no le reclamó nada, se sentía tan emocionada que lo último que deseaba hacer era enfrascarse en una discusión. Muy en el fondo, sabía que ella tenía la culpa de que el médico no le hubiera hablado con toda claridad—. Claro que el hecho de que no esté fracturado, no quiere decir que usted podrá apoyar su pie de inmediato, ya que, obviamente sí existe una lesión... Tan solo observe el enorme moretón que adorna su tobillo.

—¿Cómo dice? —Karen prácticamente perdió el color del rostro y Hanks rio divertido.

—Solo tranquilícese y ahora mismo le explicó lo que haremos...

La actriz asintió y después de tomar un respiro, permitió que el doctor Hanks le explicara paso a paso las indicaciones que debían seguir.

No podía seguirse quejando...

Debía cooperar y recuperarse. Ophelia le pertenecía y nada ni nadie iba arrebatarle el gusto de interpretarla.


«Después de la tormenta, siempre llega la calma»

Aquella frase tuvo más sentido que nunca y cada uno de los habitantes de Manhattan, agradecían que la tranquilidad los invadiera. Albert Andrew, no era la excepción. Él estaba realmente agradecido por darse cuenta de que toda su angustia se había marchado.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó a Dorothy, mientras ella abría sus ojos muy lentamente.

—Mejor... —respondió la joven, removiéndose sobre la cama, buscando reincorporarse.

—No te levantes de golpe, aún estás muy débil. Michael, el amigo de Candy, vendrá a verte y llegará de un momento a otro, Candy lo enviará en cuanto llegue al hospital. Será mejor que esperes sus indicaciones.

—Oh no... no es necesario. Por favor, no deseo ver a ningún médico.

—Aunque no lo creas, eso es lo mejor, Dorothy, no te preocupes, él solo vendrá para asegurarse de que todo esté bien. En estos tiempos, hay que atender cualquier molestia, la pandemia de gripe española, nos ha dado una gran lección.

Las miradas de ambos se encontraron y Albert no pudo evitar acercarse más a la muchacha.

—Lo lamento... —expresó ella, amenazando con llorar—. Lamento haberlos tenido toda la noche aquí, a ti y a la pobre Candy. Lo siento mucho.

—Candy es una enfermera profesional, ella ayudó con gusto —El rubio la miró con seriedad y agregó—. No tienes por qué lamentarlo. Además, es mi culpa que estés enferma.

—Oh no, eso no es verdad. La culpa es mía... —admitió Dorothy—. Yo no debí meterme al agua, sobre todo, porque ya estaba presentando síntomas de resfriado.

—No debías, pero lo hiciste. —Albert sonrió apenado y la muchacha de inmediato respondió:

—No era justo que te quedaras solo en eso. Ninguno de los chicos estaba disponible.

El joven la miró con cierta diversión y a continuación, admitió:

—La verdad es que debí llamar a un fontanero.

—Sí... sí debías, pero, no lo hiciste.

Los dos rieron, pues, al final, la necedad de ambos no sirvió de nada.

—¿Por qué me ayudaste, Dorothy? ¿Por qué lo hiciste? Yo no lo merecía. Fui muy grosero contigo en el estudio y...

Dorothy lo interrumpió.

—Te ayudé porque me es inevitable. Sé que suena ilógico, sin embargo, así lo siento... no puedo evitar procurarte.

Los ojos azul cielo de Albert brillaron con alegría y mientras entrelazaba una de sus manos con la de Dorothy, declaró:

—No es ilógico. En realidad, hay una muy buena razón para que no me dejes solo, ¿sabes cuál es? —Dorothy no respondió, en lugar de eso, dejó que Albert respondiera por ella—. Me procuras porque me amas... —añadió, convencido—. Me amas tanto que no puedes alejarte de mí.

Dorothy no pudo evitar llorar. Las lágrimas rodaron por sus mejillas por un largo rato y solo hasta que pudo calmarse, dijo:

—Te amo mucho Albert. Te amo antes de que tú te dieras cuenta de que yo existía.

Las lágrimas también rodaron por el atractivo rostro del rubio y sintiéndose aceptado por primera vez, no dudó en demostrar el amor que sentía por la muchacha.

Acarició los labios de Dorothy con los suyos y posó un suave beso sobre ellos. La joven Jones pretendía resistirse, alegando que estaba enferma y que no deseaba contagiarlo. Albert sonrió y después de decirle que no le importaba, volvió a besarla.

—Te amo, Dorothy... te amo con la misma intensidad que tú lo haces —declaró tomando la mano de la chica—. Sé que no fui muy claro al inicio... —aceptó avergonzado —. No soy un experto en el amor, estaba muy asustado.

—Lo sé. Yo también lo estaba, de hecho, sigo estándolo, porque al final... ¿Qué pasará con nosotros?

—Saldremos juntos de esto. Dorothy, una pareja que se ama no puede vivir negando lo que siente. Suficiente ejemplo tienes con Candy y Terry... dime, ¿de qué les sirvió su separación?

—Entiendo, pero, ¿de qué forma vamos a salir de este embrollo?

—Hablaré con la tía abuela. Tan simple como eso.

—Albert, ella no me va aceptar.

—Ella no tiene por qué prohibirnos nada. Olvidemos lo negativo, no pensemos en eso ahora... ¿Quieres?

Albert la miró con ternura, dejó de reprimir sus deseos y nuevamente unió sus labios con los de ella.

Él sabía perfectamente que la vieja Elroy pondría el grito en el cielo y que salir bien librado de ese embrollo era casi imposible. Sin embargo, nada de eso importaba, no en ese momento, en el que se sentía tan dichoso.

—La vida nos ha sonreído, Dorothy... —declaró, abandonando los labios de la chica—. Lo único que podemos darle a cambio, es sonreírle también. No podemos rendirnos. No ahora, que hemos aceptado nuestros sentimientos.

—Tu familia no me querrá...

—Yo sabré como manejarlo... ¿Acaso no te he demostrado que soy capaz de cuidarte? ¿No estuve aquí, velando por ti mientras la fiebre te atacaba? —ella afirmó tímidamente y él añadió—. Entonces, no discutamos ese asunto ahora.

Y mientras Albert pensaba en defenderse con uñas y dientes, en Chicago, la tía abuela Elroy, se preparaba para partir a Manhattan.

La mujer llevaba una sorpresa entre manos, una que no sería del agrado de Albert y la cual, terminaría por desatar el caos entre ellos.


Chicago.

—¿Los boletos de tren ya están listos? —preguntó la tía abuela Elroy en cuanto George se sentó frente a ella.

—Sí, por supuesto.

—Sé que aún tenemos un día, sin embargo, me gusta organizar las cosas. —La mujer se levantó del asiento y a continuación preguntó—. ¿Y ya conseguiste las entradas que te pedí?

George negó.

—El boletaje del estreno se agotó hace semanas. Me temo que es imposible adquirir las entradas que pidió.

La mujer lo miró con enojo y después volvió a insistir.

—Habla con William, pídele que mueva sus influencias, los McCallum están esperando unirse a nosotros allá en Broadway, Vicky desea asistir a la obra.

—Hablaré con él en cuanto sea posible la comunicación.

Elroy frunció el ceño y con rudeza cuestionó:

—¿Acaso la comunicación no es posible ahora?

—No hay comunicación con Nueva York desde ayer. El mal tiempo no lo ha permitido.

—Pues inténtalo, no pierdes nada con eso, ¿o sí?

—Lo intentaré. No se preocupe. —George tomó el teléfono y pidió que le comunicaran con el número telefónico de la residencia de los Andrew en Manhattan, para su fortuna, la comunicación no fue posible.

Elroy hizo un gesto de inconformidad y después de obligar a George a marcar un par de veces más, terminó por rendirse.

—De acuerdo, sigue intentando, por favor —ordenó, encaminándose hacia la salida del estudio—. Mientras, yo iré asegurarme de que todo esté listo para recibir a la novia de Archibald —dijo con cierto enfado—. Si William llega a responder, dile que tiene que conseguir esas entradas... —añadió autoritaria—. Déjale claro que conseguir esos boletos, es lo mínimo que puede hacer después de haber dejado plantada a Vicky.

—Así lo haré.

La tía abuela salió del estudio, caminando con decisión, mientras George se quedaba sentado frente al escritorio. Le urgía que las líneas telefónicas en Nueva York, volvieran a la normalidad. Deseaba con toda su alma, hablar con Albert y prevenirlo


Finalmente, los planes de mandar al diablo a Karen Klyss, no le habían resultado a Susana. La rubia muchacha prácticamente perdió el color en su rostro cuando se dio cuenta de que Karen estaba sana y salva en el hospital Lenox Hill.

«¿Cómo fue que Karen terminó en el hospital?»

Era la pregunta que todos sus compañeros hacían y entonces, automáticamente, Robert y Elena Hathaway daban contestación.

Susana creyó que no soportaría esa explicación por más tiempo, estaba realmente harta de la interminable atención que le daban a la «maldita Karen Klyss», sin embargo, su enfado se aplacó tan pronto Robert le dio la buena nueva. Esa noticia le devolvió el alma al cuerpo y la hizo sonreír. Apenas el director le dio las nuevas indicaciones, la muchacha hizo rodar su silla de ruedas hasta los camerinos. Estaba realmente contenta.

Aquella noticia, también le fue comunicada a Terry y él, a diferencia de Susana no la recibió nada bien.

—¿Disculpa? —cuestionó Terry, tomando un largo respiro para tranquilizarse—. No estoy entendiendo del todo tu indicación —agregó sonriendo con nerviosismo—. ¿Puedes repetirme lo que acabas de decir?

—De acuerdo, ahí te va de nuevo... —expresó Robert, clavando sus ojos en el cheque que firmaba, evitando así, ver de frente a su furioso pupilo—. Ensayarás con Sussie hasta el día del ensayo general. Tú no tienes a tu Ophelia y ella no tiene a su Hamlet... ¿Te quedó claro?

—A mí no me hace falta una Ophelia para ensayar —expresó el rebelde muchacho—. De hecho, agradecería poder ensayar solo.

—No me has escuchado, ¿verdad? —cuestionó Robert—. He dicho que Sussie no tiene a su Hamlet...

—¿Y por qué demonios no lo tiene? ¿Franz se hizo invisible de un momento a otro? —preguntó entre sarcástico y molesto—. Acabo de toparme con él, lo vi hace un par de minutos. Así que, sigo sin entender, ¿por qué debo ensayar con Susana?

—Franz está pasando por un momento difícil —aclaró Robert—. ¿Recuerdas que ayer me pediste que hablara con él? —preguntó al tiempo que Terry afirmaba—. Bien, pues eso hice. Y le he dado permiso de ausentarse, por Dios, Terry, ¡él tiene un papel primordial con el primer elenco! Y además... ¡Es tu suplente! Comprenderás que no puedo arriesgarme a que siga con todo este tumulto de problemas sobre sus hombros.

Terry resopló con enfado y se dio la media vuelta, no pensaba seguir en esa oficina, si se mantenía ahí, terminaría por golpear a Robert. Odiaba su suerte y definitivamente, odiaba tener que estar cerca de Susana.

Los malos recuerdos desfilaron por su mente, y eso no lo hacía feliz.

—No debes temer Terry... —dijo Robert, antes de que el muchacho abandonara la oficina—.Tú amas a tu novia, ¿no? ¿Qué piensas que va pasar por el hecho de que Sussie y tú convivan?

Terry volteó para encararlo.

—Pues más te vale que no pase nada, Robert —dijo observando al director con sus furiosos ojos azules—. Y de una vez te digo que si se llega a presentar un problema con Susana, yo desistiré de ensayar con ella... Adviértele a esa chica que no pretenda hacer una idiotez, pídele que no se acerque a mí o a mi vida personal más de lo debido, hazlo o voy a largarme de aquí.

Robert iba a responder a eso, pero, Terry ya no le dio la oportunidad. Tomó sus cosas y salió de la oficina, azotando la puerta con un sonoro golpe.

—¡Tan temperamental, como siempre! —exclamó el director, olvidándose del asunto y continuando con su análisis de la contabilidad.

La estadía de Karen en el hospital Lenox Hill lo dejaría algo desfalcado. Al final del día, el mal humor de Terry, era lo que menos le interesaba.

—Entonces, es cierto que te vas... —dijo Susana, mientras Franz afirmaba y la miraba como se mira a un bicho rastrero.

—Pero, no será por mucho tiempo, eh... —expresó, esbozando una pequeña sonrisa—. Así que no te acostumbres.

—¿Acostumbrarme? ¿A qué? ¿A tu ausencia? ¿O a trabajar junto a un verdadero actor?

—Yo diría que no te acostumbraras a la presencia de Grandchester, digo, eso es lo más cerca que lo podrás tener en tu vida.

—Eso está por verse —respondió la rubia actriz, dejando ver una siniestra sonrisa.

—Todavía tienes esperanzas —Franz soltó una carcajada—. Vaya, vaya... sí que vives en otro planeta.

—Vamos, Franz... no puedo creer que tú me digas eso... —dijo ella con coquetería—. ¿No recuerdas cuando recién llegaste? —preguntó al tiempo que el muchacho negaba—. Bien, pues, quizá sería conveniente recordarte lo que me dijiste en aquel tiempo —la rubia hizo memoria y entonces, recordó—. Dijiste que cualquier hombre estaría dispuesto a estar conmigo. Tú creías que yo era hermosa y que Terry era un idiota por rechazarme.

Franz, sintió un escalofrío recorriéndole por el cuerpo, porque, el recuerdo de ese momento le sacudió su mundo entero.

Era cierto que Susana llamó su atención. Cuando entró al grupo y la conoció, creyó que era una chica hermosa y dulce, sin embargo, apenas regresó Terrence Grandchester, ella se convirtió en otra persona. Franz, recordó esos horribles momentos en los que escuchó a Susana, referirse a él como un pervertido adicto a sustancias prohibidas, cuyas fiestas terminaban en tremendas orgías.

Él tomó con filosofía aquel ataque, se rio de los rumores e incluso hizo bromas sobre ello, pero, eso no quería decir que no le doliera ser juzgado de forma equivocada.

—En ese tiempo yo era un idiota... —aclaró el muchacho—. Pero, como sea, dime, ¿cómo pretendes quitar de en medio a la preciosa novia que tiene? Santo Dios... ¿Estás loca? Nadie en su sano juicio cambiaría a Candy, por alguien como tú

Susana rodó los ojos, y dijo:

—No me digas... ¿Te gusta la tonta esa? —preguntó mostrándose interesada—. Porque si te gusta...

—¿Qué? —cuestionó el rubio—. Si te digo que me interesa, ¿vas a conseguírmela? ¿La atarás en mi cama y yo podré hacerla mía? —Franz, la miró con enojo y enseguida tomó su abrigo—. Por Dios... ¿Ya te creíste todas las mentiras que has dicho sobre mí? De verdad piensas que yo soy el adicto y pervertido que tu fantasiosa mente creó... —El rubio muchacho hizo una seña, para que Susana saliera de su camerino—. Ve a molestar a alguien más, ¿quieres? Prueba con Terrence. Yo ya me voy.

—He visto como miras a Candy... —respondió la chica—. Sé que te sientes atraído por ella y está bien, no te juzgaré por eso. Solo te pido que consideres aliarte conmigo... —Susana le observó y sin pensarlo más le propuso...—. Quédate cerca de mí y te aseguro que Candy será tuya. Ayúdame, te prometo que mi plan no fallará.

—Eres realmente patética... —admitió el rubio actor—. Pero, si tu ridículo plan llega a funcionar, por favor avísame —dijo en tono burlón—. Estaré encantado de consolar a Candy. Y claro, estaré más encantado de tener un buen motivo para golpear a tu adorado Terry. Mira que engañar a Candy contigo... ¡Suena completamente asqueroso!

Susana sonrió, nada de lo que Franz le dijera podría molestarla.

—Lárgate ya, Susana —pidió en forma de despedida.

Ella pareció no escuchar y Franz no le hizo más caso, sencillamente le dio la espalda y se dedicó a escribir un par de notas. Tenía mayores preocupaciones que pensar en Susana y sus estupideces.


—Por favor, Candy... —pidió Karen por cuarta ocasión—. Por favor, acepta cuidarme —rogó tomando la mano de la rubia, apretándola suavemente, como deseando que la chica fuera capaz de sentir su soledad.

—Karen, yo... yo no sé qué decirte. Al menos no ahora, pues, necesito consultarlo con mi familia.

—Mira, ya sé que no necesitas el trabajo, pero, Candy, piensa en mí por favor. La enfermera Douglas me puede cuidar de día, no obstante, ¿quién lo hará en las noches? Dios mío, no tengo a nadie que me acompañe ¡Vivo sola! —La actriz sollozó con dramatismo y entonces, Candy la quiso tranquilizar.

—Oh, no... no llores. Yo haré lo posible para organizarme, y si todo se acomoda, te acompañaré.

—Solo serían unos días. Y no tendría problema en que Terry venga a casa a visitarte. Mi casa es grande y ustedes tendrán toda la privacidad que deseen... —Karen sonrió traviesamente y agregó—. Ya sabes a lo que me refiero.

Los ojos de Candy se abrieron con sorpresa, al tiempo que sus mejillas se sonrojaban, ¿qué estaba insinuando Karen? ¿Por qué tenía que ser tan insolente?

—Karen, yo...

—Lo siento, acaso, ¿dije algo inapropiado? —preguntó la actriz, al ver el semblante de la rubia enfermera.

—No, no es eso. Es que...

—Espera... —Karen la miró sorprendida y llevándose las manos a la cabeza continuó —. ¡Santo Dios! Ustedes, ¿nunca han estado juntos?

—No quiero hablar de eso.

—¡Hubiera jurado que sí! Se ven tan felices... ¡Caramba! No puedo creerlo —insistió con suspicacia, observando a la avergonzada Candy—. En fin, siendo así, pues es mejor para ambas, ¿no lo crees? Podemos compartir el espacio sin complicaciones... ¿Qué dices?

—Primero tengo que platicar con mi familia —repitió la muchacha—. Si Albert me da permiso, entonces, estaré contigo.

La actriz aplaudió con emoción y luego esbozó una radiante sonrisa.

—Me gustará mucho tu compañía. Gracias Candy.

—Yo ya debo irme, vendré a verte más tarde, ¿de acuerdo?

—Más que de acuerdo. Y, por favor, cuando llegue ese novio tuyo, dile que venga a verme también. Quiero hablarle y reafirmarle que yo sigo siendo su Ophelia —Karen cambió su semblante divertido, a uno de seriedad absoluta—. Solo Dios sabe lo que le ha dicho Susana. Y no es justo mantenerlo en la ignorancia.

—No te preocupes, yo se lo diré —Candy le sonrió y Karen le devolvió la sonrisa—. Descansa, volveré más tarde.

—Anda, ve y atiende a tu guapo primo... —dijo ella, refiriéndose a Stear—. Dile que le mando saludos.

Candy asintió y agitando su mano, se despidió de la muchacha.

Una vez que salió del cuarto, se dirigió hasta el área donde el doctor Hanks y Stear trabajaban, el joven y apuesto inventor, ya se encontraba listo para comenzar con la terapia.

—Karen te manda saludos... —dijo Candy en cuanto cruzó la puerta—. Y de nuevo utilizó la palabra guapo, para referirse a ti... —añadió, observando a su primo, quién sonreía con galantería.

—Ya ves... tu Terry no es el único guapo en esta ciudad.

—¡Oh Dios! —exclamó Candy, fingiendo molestia—. Y por lo que veo, tampoco es el único engreído.

Stear soltó una carcajada y después, preguntó por la actriz lesionada.

—Pobre Karen, dime, ¿cómo se encuentra?

—Ella está bien. Aunque quizá está un poco más loca que de costumbre.

Stear rio, creyendo imposible que su locura fuera tan extrema.

—No es la única demente en este lugar —advirtió Stear, mirando los ojos verdes de Candy—. Quizá después de que escuches lo que tengo que decirte, me dirás que estoy tan loco como ella —dijo mientras se colocaba la prótesis de entrenamiento—. ¿Sabes que haré hoy? —Candy lo miró sorprendida, imaginando lo que él trataba de decirle y después respondió:

—No lo sé... ¿Qué es lo que harás?

—Hoy, no solo me pondré de pie y daré unos cuántos pasos —dijo con ilusión—. Hoy pretendo caminar sin ayuda de este amigo —señaló el andador—. Hoy es el día Candy.

—¡Santo Dios! ¿Estás seguro?

—Sí.

Candy lo abrazó con emoción, después, lo besó en la mejilla y lo volvió abrazar. Estaba muy contenta con aquella decisión.

—Vaya, vaya... —expresó una voz desconocida, mientras Candy se separaba de su primo—. ¡Tú no cambias nada Cornwell! —exclamó el hombre, observando la escena—. Siempre estás rodeado de lindas chicas... dime... ¿Cómo lo haces?

La risa de Stear se escuchó en el cuarto. Candy por su parte, observaba con curiosidad al recién llegado.

—Así que recibió mi mensaje... —mencionó Stear con emoción.

—Justo antes de que el caos se desatara y la lluvia nos dejara incomunicados... ¡Sigues teniendo suerte, Cornwell! —el hombre sonrió—. Pero, aún no me has dicho ¿Cómo le haces para rodearte de gente tan bonita?

—Deje de hacerse el chistoso, general —dijo el muchacho—. Y venga aquí, dígame, ¿acaso no estaba ansioso por conocer a mi prima Candy?.

El general Samuel Kessler sonrió con diversión y a continuación observó a la rubia.

—La verdad es que estaba realmente ansioso —contestó el hombre, acercándose, extendiendo su mano hacia donde se encontraba la chica—. Es un verdadero placer conocerla, señorita Andrew. Mi nombre es Samuel Kessler.

Candy sonrió con timidez y tomó la mano del hombre.

—El gusto es mío, general. Llámeme Candy, por favor.

—La Candy de Terry... ¡Apenas puedo creerlo! —exclamó Samuel con emoción—. No sabe qué gusto me da conocerle... —La rubia volvió a sonreír y Kessler agregó—. Ahora estoy seguro de que usted no es un invento de Stear. Y por cierto, él no le hizo justicia, ¡caray! Usted es realmente hermosa.

Stear, hizo un gesto de inconformidad. El general Kessler, seguía siendo el mismo loco y coqueto de siempre. Se sintió bastante apenado por no preparar a Candy para enfrentarse a ese encuentro.

Candy por su parte, se sintió abrumada ante tales declaraciones, mas, luego entendió que el hombre era así, amistoso y extrovertido. Rápidamente entró en su sintonía y para cuando llegó el doctor Hanks, ella ya se sentía cómoda al lado del general. Sus bromas y la afinidad que tenía con Stear, le hizo confiar en él de inmediato.

Hanks y Kessler eran conocidos, por lo que, cuando el médico llegó, no necesitaron presentación alguna. Hanks, sabía que Stear necesitaba motivación y cuando el chico expresó sus deseos de ver al general, no dudó en aceptar su propuesta.

—Tú decidirás cuándo quieres comenzar Stear... —dijo el doctor, indicándole que era libre de levantarse.

El joven Cornwell asintió y mostrándose tan fuerte como siempre, se levantó de su asiento.

—Es bastante extraño verlos nuevamente, desde esta altura —mencionó el muchacho, apoyando una de sus manos en el soporte que tenía a un lado—. Supongo que debo acostumbrarme a verles así, ¿verdad? —agregó dejando libre una risita nerviosa.

—Eso mismo dijiste el primer día que piloteaste tu avión, ¿lo recuerdas? —preguntó Kessler, mirando al chico—. Creías que jamás te acostumbrarías a ver el mundo desde arriba.

—Increíble, pero, cierto... —contestó Stear mirando a Hanks y a Candy—. Moría por subirme un avión, mas, el día que tenía que hacerlo, el miedo se apoderó de mí.

—Es igual a los primeros pasos que diste hace dos semanas, no debes presionarte —recomendó Candy, dándole ánimos—. Me pondré de aquél lado y te esperaré.

El muchacho observó a la chica, y enseguida se colocó al final del pasamanos.

—Debes hacerlo despacio —aconsejó Hanks—. Recuerda lo que siempre te he dicho, no debes forzar tu pierna.

Stear afirmó, sin embargo, no se movió, en vez de eso, observó directamente a Samuel.

—Venga soldado... —expresó Kessler—. Camine o terminaré de envejecer aquí.

El joven hizo una seña a su general, indicando que acataría la orden, luego, respiró muy hondo y se mentalizó en continuar.

Caminar sin ayuda de ningún tipo, no era nada sencillo, no obstante, la valentía del muchacho fue mucho más grande que los temores y la inseguridad que luchaban, incesantes contra él. Stear dio el primer paso con firmeza, y el segundo de igual forma. Sonrió con júbilo al darse cuenta de lo que había hecho y al ver que Candy lo veía emocionada, su seguridad creció. Apenas y recordó las indicaciones del médico, caminó tan rápido como pudo y llegó hasta donde Candy lo esperaba.

—¡Oh Stear! —exclamó la muchacha, una vez que él llegó para abrazarla—. Estoy tan orgullosa de ti... —Candy lloraba a mares, mientras Stear la abrazaba e intentaba transmitirle la felicidad que sentía.

—No puedo creerlo —le dijo él—. Esto es tan irreal... ¡Estoy caminando! —Stear sonrió dichoso y luego de abandonar los brazos de Candy, se dispuso a regresar al lugar de donde partió.

—Más despacio Stear. Esta vez camina mucho más despacio —pidió el médico, mientras el general Kessler sonreía y retiraba las lágrimas, que se habían atrevido a salir de sus ojos, Stear era su amigo, prácticamente un hermano para él y verlo caminar, era sin duda, una de las mejores cosas que le habían sucedido en la vida.

—Perdón, pero me es inevitable dar pasos rápidos... —contestó con honestidad.

—Eso siempre pasa la primera vez —mencionó Hanks—. Pese a ello, debes acostumbrarte a caminar despacio, las prótesis son engañosas.

—¡Hazle caso a tu médico, soldado! —exclamó el general, haciendo que el travieso Stear y los demás rieran.

—Intentaré hacerlo.

Stear, caminó más despacio y de esa forma llegó hasta su punto de partida. Repitió el ejercicio un par de veces más, logrando así que Candy y Samuel Kessler, se sintieran tremendamente orgullosos por él.


La cara de Rita lo decía todo y por eso, Anita desapareció tan pronto como pudo. Eleanor Baker era una mujer sumamente tranquila, sin embargo, cuando se alteraba, era mejor que todo mundo desapareciera, pues, su mal genio era de cuidado.

—Lo que menos deseo hacer ahora, es lidiar con ese hombre —expresó la bella actriz al tiempo que colocaba la taza de té sobre la mesa—. Dios... ¡Acabo de llegar! ¿Es qué él no sabe nada sobre buenos modales? —preguntó mientras Rita la miraba con espanto—. ¿En su hotel no hay teléfonos? ¿Por qué no llamó antes y preguntó si podía venir?

—Según me informaron, la tormenta de ayer nos dejó sin postes. Al menos aquí, no hay teléfono.

Eleanor hizo un infantil gesto de frustración y después, miró fijamente a su amiga.

—¡Hace años que no lo veo!

—Son los mismos años que él no te ha visto —Rita se aclaró la garganta y se atrevió a declarar —. Además, tú tienes la culpa. Mantuviste con él un jueguito de correspondencia, ¿no?

—Pues sí... ¡Pero jamás quedamos en vernos!

—¿Qué te puedo decir amiga? Él siempre ha sido así, ¿ya te olvidaste de sus inesperadas apariciones en el teatro? —Eleanor negó. Era imposible que olvidara aquellos momentos, esos instantes en los que creyó que Richard Grandchester era el hombre de su vida—. Vamos Ellie. Deja tus temores y averigua que es lo que ese hombre quiere. Ve abajo y plática con él.

—Al menos dime que me veo bien —pidió la rubia sin mucho entusiasmo—. Odiaría tener que cambiarme y tomarme más molestias.

—Luces hermosa —reiteró Rita—. Te odio por ser bella, ya lo sabes —La actriz rio y ella se acercó para abrazarla.

—¿Por qué vendría a mi casa? De verdad no lo entiendo...

—Él es inexplicable, esa es su naturaleza —Rita se alejó de Eleanor, tomó la tetera y se sirvió una taza del aromático té de manzanilla—. Como sea, es el padre de tu hijo. Y si está aquí, el asunto debe ser importante.

—El padre de mi hijo... —Eleanor apenas podía creerlo—. ¿En qué pensaba cuando decidí entregarme a ese señor?

—No había mucho que hacer, el hombre era un adonis... —Rita rio con picardía y admitió—. Tu cerebro debió deslumbrarse...

Eleanor respiró hondo y admitió:

—Mi cerebro prácticamente murió cuando él puso sus ojos en mí... —se dirigió a la puerta y añadió—. Fui una verdadera idiota.

—No todo fue malo —Rita sonrió—. Tuviste un hijo bellísimo. Ellie no cualquier hombre hace bebés tan perfectos, eso te lo puedo asegurar. Ahí tienes mi caso, Norman era terriblemente guapo, pero, claro, era estéril y me dejó sin hijos. Así que vuelvo a decírtelo, ¡no todos lo logran!

—¡Oh Rita!

—Solo digo la verdad. Pero, ya vete... —pidió ella, ayudado a su amiga a salir de la habitación—. Muero por saber qué quiere ese hombre—Eleanor volvió a pintar un gesto inconforme en su rostro y Rita terminó por sacarla del cuarto—. Ve y no vuelvas hasta que él se marche.

La actriz quiso renegar, mas, ya no le fue posible, porque Rita la había dejado afuera y había cerrado con llave la puerta del cuarto.

Ya no había escapatoria.

Tenía que enfrentarse al duque de Grandchester. Su pesadilla personal.


—Esto es como la cereza del pastel —expresó Terry, al enterarse de que su departamento resultó levemente dañado, a causa de la tormenta.

La rama de un árbol, cayó justo al nivel de su recamara, ocasionando que el vidrio de la ventana se rompiera y que el agua se filtrara. Su habitación estaba mojada y el olor a humedad era muy intenso.

—Lo lamento... —dijo Candy, observando el desperfecto—. Te ayudaré a limpiar —agregó mientras se volteaba para salir del cuarto y buscar una escoba.

—No... no es necesario —respondió Terry, tomándola de la mano, para detenerla—. Empacaré algunas cosas y me quedaré en la casa de mi mamá —El actor entrelazó sus dedos con los de la chica y entonces agregó—. Dejaré que el encargado del edifico sea quien resuelva este problema. Para eso le pago.

—De acuerdo —Candy sonrió e hizo que Terry saliera de la habitación—. La humedad no es buena para ti. Ven, vamos a la cocina, te prepararé un té.

El actor observó a su novia y después de esbozar una sonrisa, se dejó llevar por ella. Aquel día, había sido un día horrible y al menos, le quedaba el consuelo de que Candy estaría con él por un rato. Aprovecharía al máximo esos minutos. Solo Dios sabía cuándo volvería a sentirse tranquilo.

—Te veo muy pensativo —advirtió Candy, una vez que llegaron a la cocina—. ¿Sucedió algo en tu trabajo?

«Sí... Pasó que tuve que soportar a Susana por tres largas horas», respondió Terry en su pensamiento.

—No sucedió nada... —mintió, no deseaba preocupar a Candy—. ¿Y a ti cómo te fue?

—Me fue genial. Primero, Stear dio sus primeros pasos sin ayuda del andador, luego Karen me ofreció trabajo y además...

—Alto ahí —Terry hizo una seña y Candy dejo de hablar—. Déjame ver si entendí... —El joven recordó una a una las palabras de Candy y enseguida cuestionó...— ¿Karen te ofreció un trabajo?

—Sí...

—¿Cómo fue que eso pasó? —Candy relató cómo fue que recibió la singular oferta de empleo, y en cuanto terminó, Terry quiso saber—. Y... ¿Trabajar con ella es lo que tú quieres? —preguntó Terry, mientras Candy se acercaba a él y le hacía frente a su inquisidora mirada—. Si deseas ser su enfermera está bien, pero, si no quieres, no debes dejar que Karen decida por ti.

—Ella no está decidiendo por mí —aclaró la rubia de inmediato—. Yo realmente deseo ayudarla.

—Te conozco y conozco a Karen, ella es chantajista y tú eres incapaz de decir: «No»

—Esta vez no es así. Te juro que lo hago por gusto —Candy recorrió con sus dedos los botones de la camisa de Terry y una vez que llegó a su cuello le acarició con suavidad.

El muchacho negó con la cabeza, amaba que ella lo acariciara de aquella forma, pero, en ese momento, no estaba muy contento con sus caricias.

—¿Y qué hay de mí? —cuestionó él al tiempo que la rubia sonreía.

—Bueno, tú y yo seguimos teniendo una relación, ¿no? —preguntó aferrándose al cuello de Terry.

—En estos días apenas tendré tiempo para verte —anunció sintiendo un nudo en la garganta—. Habrá ensayos y más ensayos. No podré ir por ti al hospital y pasaremos menos tiempo juntos, sinceramente, no deseo pasar mis ratos libres en casa de Karen... ¡Imagínala! No dejará de molestarnos.

La risa de Candy resonó en la pequeña cocina y Terry en respuesta, frunció el ceño.

—Ella prometió darnos privacidad.

—No le creo nada.

—No sé ni para qué te alteras —dijo Candy, alejándose de él—. Aún no es un hecho.

—Tienes razón, no tengo por qué alterarme... —respondió Terry con cierta molestia en su interior—. No tengo derechos sobre ti.

—Sí los tienes —Candy, colocó el agua en la estufa y añadió—. Somos una pareja, nos movemos juntos, ¿lo recuerdas?

Aquella declaración hizo que Terry sonriera.

—No hablemos de esto ahora... —pidió el actor—. No tenemos mucho tiempo por delante. Eleanor nos espera a cenar —Terry ni siquiera hizo el intento por encender la estufa, en lugar de eso, tomó a Candy por la cintura y la pegó a él—. Solo nos queda media hora de convivencia, así que olvidemos eso de tomar el té.

—¿Qué haremos entonces?

—Tengo muchas ganas de besarte... ¿Eso te da una idea de lo que haremos?

Ella asintió y con debilidad preguntó:

—¿Sólo tienes ganas de besarme?

Él negó con un movimiento de cabeza y Candy solo sonrió.

—Tenemos veinte minutos... —respondió él—. Veamos hasta donde nos lleva nuestra creatividad el día de hoy.

Media hora después, ambos llegaban a la mansión de Eleanor, luciendo tan enamorados y contentos como siempre. Estaban tan ansiosos por encontrarse con la actriz, que ninguno de los dos advirtió la presencia de un par de guardias, que esperaban pacientemente fuera de la propiedad.

—Apuesto a que esta noche cenarás tanto, que tendrás pesadillas... —dijo Terry con burla.

—Apuesto a que tú también lo harás.

—Ya veremos... —respondió él, riendo y retando a la muchacha para correr hasta la puerta.

Ninguno de los dos, imaginaba la sorpresa que se llevarían, en cuanto ingresaran a la casa y se encontraran frente a frente con el mismísimo duque de Grandchester.