"Inesperado"

Lady Supernova


Capítulo 17

(Primera parte)


Manhattan.

—Terry va regresar —expresó Rita, intentando animar a su jefa y amiga—. No debes preocuparte Ellie, si él te ha dicho que va quedarse aquí, es porque así lo hará.

—Después de lo que pasó, sinceramente, estoy dudando que vuelva conmigo. Mira la hora que es... ¡Por Dios! Los Andrew viven a una cuadra de aquí. No es como si tuviera que recorrer un trayecto tan largo, ¡y se está tardado demasiado!

—Es normal que se demore en regresar, ya sabes, le cuesta mucho trabajo despegarse de la novia... —Rita sonrió con picardía y agregó —. Querida, así son los jóvenes enamorados, las despedidas son interminables.

Eleanor sonrió débilmente.

—A pesar del civilizado comportamiento que tuvo Terry, se notaba que no estaba muy contento con la presencia de su padre —La actriz se puso de pie y después se acercó hasta el enorme ventanal que le daba vista hacia el jardín—. Siempre que mi hijo se siente herido, huye. Así que, no sería raro que se haya marchado a su inhabitable departamento, es muy orgulloso, ya lo conoces.

—Si ese muchachito no llega en quince minutos, te juro que voy buscarlo y lo arrastraré hasta aquí —Rita encendió un cigarrillo y agregó—. ¡Está loco si piensa que va quedarse allá! ¡Por Dios! Ese lugar está mojado y tiene una ventana rota... ¿Cómo va dormir allí? No pienso permitirlo.

Eleanor y su amiga, tuvieron que esperar otros veinte minutos para que Terry regresara a casa. A esas alturas ambas mujeres ya habían perdido toda esperanza, sin embargo, cuando el ruido de la puerta de entrada se escuchó y la voz de Anita, anunció que Terry había regresado, las dos amigas subieron su ánimo de nuevo.

—Te veré más tarde, amiga—dijo Rita, poniéndose de pie—. Estaré en el estudio, te espero allá, porque, dicho sea de paso, tienes que explicarme todo sobre el regalito que te trajo el duque.

—No hablemos de eso ahora —pidió Eleanor, sirviéndose una copa con vino—. Anda, ve al estudio y te veré en un rato.

Rita salió rápidamente de la estancia, mientras que Eleanor se mantuvo ahí sentada, fingiendo que leía el periódico.

—¿La habitación ya está lista? —preguntó Terry con enfado.

—Sí. Anita ya se encargó de todo. Tu habitación está más que lista, para que la ocupes —expresó Eleanor y una vez que su hijo, cruzó el umbral de la puerta de la estancia, añadió—. Me alegra mucho saber que vas a quedarte aquí.

Terry asintió, después observó fijamente a su madre.

—¿Sabías que el duque vendría a verme? —preguntó al tiempo que se acercaba hasta donde se encontraba la rubia actriz.

—No, no lo sabía... —respondió ella, con voz entrecortada—. La verdad, es que, estoy tan sorprendida como tú. No tenía idea de que estuviera enterado del estreno de la obra—Eleanor se encogió de hombros y concluyó—. Hace tiempo que no le escribo...

Terry respiró con pesadez y entonces posó su mirada, justo en el lugar en el que se encontró con el duque de Grandchester...

Richard iba de salida, ellos iban entrando, el encuentro fue demasiado breve, pero, aquellos escasos minutos, fueron suficientes como para incomodar al muchacho.

No recordaba ningún otro momento en el que Richard, se hubiera comportado de forma tan amable. Había sido el instante más surrealista de su vida y aquello lo asustaba. No entendía el motivo de su visita, ni la extraña ternura con la que los trató a él y a Candy. No confiaba en su padre, no confiaba para nada.

—Sé que esto puede ser muy difícil para ti —mencionó Eleanor, observando a su pensativo hijo—. Pese a ello, el duque sigue siendo tu padre y sinceramente, no tiene nada de extraño que haya venido a Nueva York, para ver el estreno de tu obra.

Terry negó de inmediato y furioso, contestó:

—¡Richard es el hombre que te dejó embarazada, que te abandonó y que luego secuestró a tu hijo! —El joven actor tomó uno de los cigarros de la cajetilla que Rita había olvidado en la mesa, sin siquiera pensarlo, se lo llevó a los labios y lo encendió—. «Padre», es una palabra que le queda muy grande. Así que, no vuelvas a decir eso.

—No deberías estar fumando —advirtió Eleanor.

—Y tú... ¡No debiste invitar a ese hombre! —exclamó Terry, perdiendo la paciencia—. ¡No estaría fumando si no me hubiera encontrado con él! ¿No te parece?

—Me parece que estás muy afectado y que tienes tranquilizarte, ¡ya te dije que yo no lo invité! —La actriz se levantó de su asiento y con autoridad retiró el cigarrillo de la boca de su hijo—. ¡Deja ese maldito cigarro! ¿Qué no ves que te hace daño? —Terry observó a Eleanor y quiso reírse de ella, sin embargo, al verla con aquel gesto de infinito enfado, optó por alejarse y dejarla en paz—. ¿Sabes? Hay una muy buena razón por la que el duque vino aquí... —dijo Eleanor, deteniendo los pasos de su rebelde hijo—. Quisiera hablarte de ello, pero, le prometí no revelar nada —La rubia tomó el resto de su copa de vino y agregó—. Ya comprenderás mis razones, el día en que te sientes frente a él y platiquen... —Eleanor también caminó hasta la salida de la estancia y una vez que alcanzó al chico, añadió—. Terry, eres mi hijo y te amo. Aunque no lo creas, te amo más que a mi vida, y si te llamo la atención es solamente porque me importas —Ella se lamentó, anunciando que el llanto estaba a punto de vencerla y conteniendo las ganas de llorar concluyó—. Espero que muy pronto la claridad llegue a tu cabeza y que así, puedas entablar una conversación con tu padre. Ambos lo necesitan.

Terry no dijo nada, solo se mostró apenado y se quedó allí, observando como Eleanor desparecía en el corredor. Una vez que ella se esfumó, el joven actor subió las escaleras y se dirigió a su habitación. Ya no le quedaba más que intentar descansar y relajarse.

Mientras tanto, en el jardín de la mansión, Eleanor Baker daba rienda suelta a su llanto. Las cosas tampoco eran fáciles para ella, la visita de Richard, había sacudido hasta la fibra más sensible de su ser y le era imposible no estar alterada.

Minutos más tarde, cuando se sintió tranquila, regresó nuevamente a la casa y una vez adentro se dirigió hacia el estudio, aún le faltaba darle una explicación a Rita y más valía que lo hiciera antes de que la mujer se volviera loca.

—Santo Dios... ¡Santo Dios! —exclamó Rita, en cuanto Eleanor ingresó al estudio—. ¿Qué se supone que significa esto? —cuestionó sacudiendo una bella tiara.

—¡Se supone que no debías abrirlo! ¡Te dije que metieras ese joyero a la caja fuerte!

—¿Richard te regaló todo esto? — cuestionó con sorpresa.

—¿Qué crees que soy? ¿Cuándo he aceptado regalos como estos? —Eleanor tomó el joyero que Rita sostenía en sus manos y entonces, observó el conjunto de alhajas que yacían en el—. Será mejor que metamos esto en la caja fuerte y nos dejemos de tonterías.

—Solo dime... ¿Por qué Richard trajo esto a tu casa? ¡Vamos! No seas así... dímelo... dímelo, por favor.

—Estas alhajas y ese joyero, son para la futura esposa de nuestro hijo —mencionó Eleanor, sonriendo con alegría—. El duque desea que los guarde, pues, como comprenderás, no puede dejarlos en el hotel. Son objetos muy valiosos y los resguardaré hasta que él pueda entregárselo a Terry.

—¿Estos son regalos para su nuera? —Rita sonrió con diversión y luego dijo—. ¿Sabe que Terry tiene una relación seria con Candy?

—Lo sabe... no sé cómo, pero, de alguna forma, se enteró de que Terry está con ella. Y dado que viene al estreno de la obra, pues, aprovechará la situación, para entregar este pequeño tesoro. Ya lo sabes, él siente mucho aprecio por Candy y está convencido de que nuestro hijo va casarse muy pronto con ella.

—Déjame ver el anillo, por favor... —Rita tomó el joyero, sacó la hermosa alhaja y luego exclamó—. ¡Santa Madre! ¡Esa niña va tener que ir acompañada por la guardia real, cada vez que use esto! ¡Dios! Y este bellísimo joyero... ¿Cuánto se supone que vale?

Eleanor rio con soltura y por primera vez observó el resto de las joyas, que Richard dejó. Le ponía muy nerviosa saber que estaría resguardando aquellas reliquias, sin embargo, también se sentía contenta por darse cuenta de que Richard Grandchester, por fin había dejado a un lado los prejuicios de su familia. Aquellos obsequios, eran la prueba tangible de que el duque reconocía a Terry como su hijo legítimo y que estaba dispuesto apoyar sus decisiones. Terry no estaba atado al ridículo protocolo de la monarquía y era realmente increíble que Richard estuviese de acuerdo con eso.

—Vamos, Rita. Ya has saciado tu curiosidad —advirtió Eleanor, haciendo que Rita se quejara y devolviera todo al joyero—. Guardemos esto y vayamos a descansar.

—No sé tú, pero yo no podré descansar... —expresó la asistente, mostrándose altamente emocionada—. No dejaré de pensar en estas joyas, ni en la cara que pondrá tu hijo cuando las vea, ¿qué reacción crees que tenga?

Eleanor sonrió con diversión.

—Terry es un Grandchester... —dijo la rubia actriz—. Y los Grandchester son impredecibles. Así que, ¡no tengo la menor idea!

Ambas amigas rieron escandalosamente y enseguida se dirigieron a sus respectivas habitaciones.

No les quedaba más, que esperar con paciencia a que el tiempo pasara y que Terry y Richard, se reencontraran como debía ser.


Tres días habían pasado desde que Candy y Terry se encontraron con el duque de Grandchester, no obstante, ninguno de los dos habló sobre dicho encuentro. Terry guardó silencio y Candy, aunque tenía ganas de platicar con su novio, decidió guardar silencio también. Sabía que la relación entre Terry y sus padres era un tema delicado, en el cuál ella no debía meterse.

Como fuera la presencia del duque era lo de menos, pues la pareja de enamorados se había visto agobiada, por otros acontecimientos que se presentaron en sus vidas y los cuáles, eran muy difíciles de ignorar: Terry tenía ensayos todo el día y Candy, por su parte, estaba sumergida en el trabajo y la convivencia familiar.

Aunque la entusiasta chica, encontraba maravillosa y refrescante la llegada de Archie y Tessa, la presencia de la tía abuela Elroy, le había colocado en un estado de nerviosismo, ya que, la imponente mujer se comportaba muy autoritaria y protectora con ella.

—Candice, antes de que te vayas a ese lugar —dijo la tía abuela, refiriéndose al hospital—. Quiero que me informes sobre la salud de nuestra huésped... ¿Cómo se encuentra la señorita Klyss? ¿Has revisado que le estén atendiendo?

La rubia sonrió con timidez y luego de acercarse hasta donde estaba la temible mujer, respondió:

—Karen... —Candy sonrió nerviosa y de inmediato corrigió—. Quiero decir, la señorita Klyss, se recupera satisfactoriamente. Acabo de pasar a saludarle y me ha dicho que está muy bien atendida. Una vez más, me pidió que le diera las gracias por darle hospedaje, tía abuela.

—Soy una buena cristiana, y sé perfectamente que no se debe desamparar a los enfermos... —La mujer observó a la muchacha y no pudo evitar decir—. Además, el hecho de que pasaras las noches afuera de la casa era una pésima idea, así como también, creo que es de muy mal gusto que acudas al hospital todos los días.

—Solo voy al hospital, porque ayudo a Stear —se apuró a decir la rubia chica—. El doctor Hanks, no tiene mucho personal a su disposición y Stear necesita a una enfermera que le sirva de apoyo.

—¿Debo entender que cuando Stear concluya el tratamiento, tú vas abandonar ese empleo?

Candy sintió que el corazón se le oprimía al escuchar esas palabras, pero, muy a su pesar, emitió una respuesta:

—Sí tía abuela, así será. Dejaré de asistir cuando Stear esté rehabilitado.

—Bien, pues me parece perfecto que tomes esa decisión —expresó la tía, mirando con desdén el uniforme de la chica—. Porque de hecho tú no necesitas dinero y no tienes por qué trabajar, ¿verdad?

Candy afirmó avergonzada, dándole la razón a la vieja tía. Elroy por su parte, esbozó una pequeña sonrisa y sintiéndose triunfante, dirigió su mirada hacia Albert, quién aunque se había mantenido callado, estaba realmente molesto.

—Candy es una especie de voluntaria dentro del hospital Lenox Hill —aclaró el rubio—. Si le pagan por el trabajo que hace, es porque la política del lugar así lo dicta. Como sea, al final del día, sus labores se traducen en una obra de caridad, Candy dona toda su paga y gracias a eso, gente sin recursos, puede ser atendida en ese lujoso hospital —Albert miró directamente a su tía y añadió...—. Las obras de caridad no tienen nada de malo. Que yo sepa, las señoritas de sociedad hacen trabajos como esos, todo el tiempo.

La tía abuela, no tenía una respuesta para objetar la observación de su sobrino, por lo tanto, se quedó callada y se concentró en los documentos que estaban sobre el escritorio.

—La terapia de Stear comenzará en media hora. Ya debemos irnos —anunció Candy, sonriendo con nerviosismo, porque el ambiente dentro del estudio, se había vuelto sumamente pesado—. Los veré más tarde —agregó a modo de despedida.

—Que les vaya muy bien, Candy —contestó Albert, levantándose de su asiento, para acompañar a la rubia hasta la puerta del estudio—. Vayan con cuidado, por favor... —El joven, le entregó un sobre a escondidas y le dijo—. Los veo por la tarde... —Candy tomó el sobre y sin dejar de sonreír se despidió del joven patriarca.

El muchacho, observó a Candy alejándose y luego de cerrar la puerta, volvió a su lugar.

—Aún no me has dicho si Terrence consiguió los boletos que le pedí —expresó Elroy, en cuanto su sobrino se sentó frente al escritorio.

—Terry los ha conseguido, los traerá cuando el encargado del boletaje se los proporcione.

La mujer sonrió de buena gana y contestó:

—Los McCallum esperan que les dé una respuesta, así que, me alegra saber que al menos, ya está resuelto el tema de las entradas... —Albert rodó los ojos, rogando para que la mujer no trajera colación a la odiosa Victoria. Sin embargo, sus ruegos no fueron escuchados—. Vicky muere por ir al estreno... —mencionó la tía abuela, endulzando un poco su voz—. También tiene muchas ganas de verte.

—¿Tiene muchas ganas de verme? —cuestionó el joven, mostrándose divertido—. Entonces, ¿los rechazos que le hice, no fueron suficientes?

Elroy lo miró escandalizada.

—He cometido muchos errores a lo largo de mi vida —indicó con voz severa—. Pero, creo que jamás he cometido el error de maleducarte y darte permiso de tratar a las damas, como si fueras un gamberro.

—Sinceramente, tengo mucho trabajo tía y preciso concentrarme en ello—contestó Albert, sin inmutarse por el regaño de la vieja tía abuela—. ¿Podría dejar que lea estos contratos?

—¡Esos contratos debían ser revisados por George! —reclamó ella—. ¿Por qué él no ha venido? No acabo de entenderlo... ¡Es un completo irresponsable!

—George, es la persona más responsable que he conocido en mi vida, así que, le pido que no lo juzgue de esa forma —El joven siguió observando el contrato que tenía en las manos y agregó—. Si está tardando, es porque en Chicago, hay asuntos que necesitan de su atención.

—Hay algunas amistades que deseo visitar —advirtió Elroy, antes de encaminarse a la salida del despacho—. Será mejor que ese chofer esté listo para llevarme, me ocuparé toda la tarde.

—Claro que sí. Estará listo, ahora mismo lo mando llamar... —Albert levantó la vista y dijo—. Nosotros también saldremos. Es viernes y los chicos desean pasear por la ciudad, por lo que, si no nos encuentra cuando regrese, pues ya sabe el motivo.

La mujer asintió, no sin después advertir:

—Más te vale tener los ojos bien puestos en esos muchachos. Porque no deseo problemas.

—Seré el perfecto chaperón, no se preocupe.

La mujer lo miró con detenimiento, sintió pena por su «amargado» sobrino. Elroy no entendía por qué razón un hombre atractivo y joven como William, no podía salir de su caparazón. Para ella, era realmente vergonzoso tener que admitir ante la sociedad, que él estaba incapacitado para relacionarse.

Albert pudo notar que su tía abuela lo estaba subestimando una vez más, sin embargo, a diferencia de otras veces, aquella mirada de lástima, no le produjo molestia sino todo lo contrario. Y mientras Elroy salía del estudio, él no pudo evitar pensar:

«No tienes la menor idea, querida tía abuela Elroy», se dijo al tiempo que sonreía con cierta perversión, «No te imaginas lo que tu antisocial sobrino tiene ahora», agregó mientras se levantaba de su asiento, para asegurarse de que el chofer se llevara a su tía lo más pronto posible. Precisaba espacio y tranquilidad para seguir trabajando, eso, solo lo lograría, cuando Elroy estuviera lejos de él.


Terry, había decidido tomar las cosas con más filosofía y se prometió, no agobiarse por tener que trabajar sin Karen y Franz.

El rubio y la pelirroja, eran los dos actores con los que compartiría el escenario, sin embargo, no podía quedarse sin hacer nada hasta que ellos se dignaran a regresar. Terry sabía que lo único que le quedaba, era comportarse de forma profesional y obedecer las indicaciones de su director, quién, por cierto, estaba hecho un loco con el estreno de la obra.

El ensayo de aquél día, había sido particularmente pesado. La actividad comenzó desde muy temprano y Robert no les dio descanso, hasta que llegó la hora del almuerzo. Los actores creían que el hombre exageraba, no obstante, ninguno se atrevía a contradecirlo.

—La cuarta escena del tercer acto, es la escena más significativa entre: Ophelia y Hamlet, ¿no lo crees así? —preguntó Susana, mientras ella y Terry bajaban del escenario.

—Sí, pienso lo mismo —contestó el castaño actor, al tiempo que observaba con detenimiento hacia la zona donde estaban las butacas.

—Siento tanta pena por ella —alcanzó a decir Susana, antes de que llegaran al último escalón—. Es tan desdichada...

Terry no puso atención a las palabras de la chica, pero, no lo hizo por ser arrogante o porque Susana le pareciera como una molesta piedra dentro de su zapato, sino que, más bien, no le atendió, porque sus ojos se encontraron con algo que definitivamente no esperaban ver.

Susana, al darse cuenta de que Terry observaba a un hombre, que con pasos rápidos abandonaba el recinto, no dudó en preguntar:

—¿Lo conoces, Terry? Porque yo nunca lo había visto por aquí —aseguró la chica antes de cuestionar—. ¿Cómo es que lo han dejado entrar al ensayo? ¿Será uno de nuestros patrocinadores?

El corazón del joven Grandchester latió acelerado y sin poder responderle a Susana, siguió concentrado en ayudarla, todavía tenía que acompañarla hasta el camerino. Siempre le acompañaba, pues ella aún se sentía insegura usando la prótesis.

—Terry... vas demasiado a prisa —advirtió Susana—. ¿Podemos caminar más despacio, por favor?

—Lo lamento —se disculpó el actor, caminando mucho más lento.

—Si lo deseas, puedo caminar yo sola —mencionó la chica, con voz temblorosa.

—Oh no, no importa cuánta prisa tenga... —dijo él, mostrándose compresivo—. Me sentiré mejor sabiendo que estás a salvo en tu camerino.

Susana sonrió con felicidad, porque, adoraba que Terry la protegiera. A ella no le importaba, si él solo lo hacía por ser amable, sencillamente, tener al guapo castaño a su lado era como hacer realidad un sueño y esa oportunidad no deseaba desaprovecharla.

—Mira, ese el hombre que estaba viendo el ensayo —indicó Susana, al ver la figura del señor que permanecía junto al joven asistente de Terry—. Tú sí lo conoces, ¿verdad? —cuestionó la rubia, mientras apretaba el brazo del muchacho.

—Sí, por supuesto que lo conozco, su nombre es: Richard Grandchester... —dijo Terry, en tanto que detenía sus pasos—. Él es mi padre.

Susana se sintió muy emocionada y al ver que el duque se acercaba a ellos, no dudó en sonreír y mostrarse contenta por verlo.

—Señor Terrence... —le llamó Ronald con temor, pues al ver la cara de Terry, supo que su joven patrón, no estaba contento—. Le buscan... —alcanzó a decir con dificultad, antes de pasar saliva.

—Gracias, Ronald —contestó Terry, sin dejar de observar a su padre—. Ya puedes retirarte —ordenó al tiempo que se disponía a presentar a Susana.

¿Qué más podía hacer en ese momento?

¿Era prudente montar una escena frente a la chismosa chica y llamar la atención de sus demás compañeros?

Terry sabía que esa no era la mejor de las ideas. Por eso, se concentró en representar un nuevo papel. Uno que jamás interpretó. Tendría que convertirse en el perfecto hijo de Richard Grandchester.

El joven actor saludó con educación a su padre y enseguida presentó a Susana. Richard fue capaz de entender el juego de su hijo y por eso, se comportó con toda la naturalidad del mundo. Ella quedó deslumbrada y muy pronto sintió admiración por el padre del hombre al que amaba.

—Excelente trabajo, señorita Marlowe... —puntualizó el duque, al tiempo que observaba a Susana y le sonreía—. Es usted, la mejor Ophelia que he visto en los últimos años.

Aquel comentario hizo que la rubia actriz se sintiera tremendamente orgullosa y sin dudarlo, contestó:

—Muchas gracias. Es halagador, saber que le ha gustado —Susana sonrió con dicha y le observó con ojos soñadores—. Realmente es un honor tenerlo aquí.

—El honor es mío, señorita Marlowe.

—Te veré después, Susana. —dijo Terry, deshaciéndose sutilmente del amarre de la muchacha—. Estaré aquí para la siguiente sesión de ensayos —agregó con educación—. Si necesitas algo, puedes pedírselo a Ronald.

Susana asintió y después, con cordialidad se despidió del duque de Grandchester. No le gustaba la idea de pedirle favores a Ronald, pero, ya no le quedaba otra opción, acató la sugerencia de Terry y contestó:

—Claro, yo le llamaré a Ronald. No te preocupes, nos veremos en un rato.

Terry se aseguró de que ella entrara en su camerino y luego, al sentirse en libertad, miró fijamente a su padre, el duque le sostuvo la mirada y sin intimidarse, propuso:

—Deseo hablar contigo —expresó sin más ceremonia—. Hay un buen restaurante muy cerca de aquí, ¿te parece si vamos?

«No, no me parece», respondió Terry dentro de su cabeza, a la vez que miraba el reloj que se encontraba a unos metros de él.

—No tengo mucho tiempo libre —respondió, finalmente.

—Será una comida rápida, lo prometo.

El castaño muchacho se encogió de hombros y comenzó a caminar rumbo a la puerta de salida. Detestaba la idea de tener que lidiar con su padre, sin embargo, no podía hacer nada más. Tenía que seguir fingiendo que estaba a gusto con la idea de pasar tiempo con aquél hombre, al que le era muy difícil aceptar. Debía hacerlo o las cosas se complicarían dentro de su centro de trabajo.


La nota que Albert le entregó a Candy, antes de que ella saliera de la residencia, resultó ser el aliciente perfecto para que la rubia muchacha, levantara su ánimo.

El recado que había sido escrito por su novio, le dibujó una sonrisa en el rostro y la llenó de inspiración para llevar a cabo su trabajo. Atrás, dejó el mal recuerdo de la controladora tía abuela y puso todo su empeño en ayudar a Stear.

Tarzán Pecosa:

Sé que últimamente, no se nos ha presentado la oportunidad de convivir como ambos lo deseamos, pues, desde que «La Santa Inquisición», llegó a tu casa, apenas y hemos tenido tiempo de intercambiar dos o tres palabras.

No sé tú, pero, yo no pienso seguir así. Y por eso, hoy he decidido secuestrarte.

«El tío abuelo William», nos ha dado su bendición y permitirá que tú y yo, tengamos una pequeña cita a solas, claro, eso antes de que nos reunamos con el grupo entero. Mandaré a Ronald por ti y nos encontraremos en el teatro. Estaré listo para cuando llegues.

Cenaremos juntos Candy, después de eso, te llevaré con tu familia y tendremos tiempo suficiente para convivir con ellos, ¿te gusta la idea? Yo supongo que sí. Y si no es así, pues ni modo, ¡de todas formas tendrás que venir!

Nos veremos entonces ,Tarzán. Espero que tú y tus pecas, me estén extrañando tanto como yo lo hago... por favor, date prisa con el trabajo y alcánzame en el teatro.

P.D. Ya lo sabes, pero, aun así, quiero que te quede muy claro... te amo Candice, te amo mucho.

—Ese Terry sí que sabe cómo hacerte suspirar —comentó Stear, mientras terminaba de armar el invento que lo había tenido ocupado desde hacía varios meses.

Candy sonrió avergonzada y luego de guardar la nota de su amado, cuestionó:

—¿Por qué dices eso?

—Porque van «mil quinientas veces» que lees esa nota y después de cada lectura, emites un largo suspiro... —respondió el joven, riéndose.

—¿Mil quinientas veces? ¡Eres tan exagerado! —exclamó la avergonzada rubia.

—De acuerdo, quizá lo soy. Pero, seamos honestos, al menos la has leído unas veinte, ¿no?

Candy sonrió e ignorado la burla de su primo, miró fijamente, el trabajo que él estaba haciendo. Aún se sentía fascinada y orgullosa de lo que el muchacho había creado.

—¿Por qué hasta hoy me hablaste sobre esto? —cuestionó Candy en tono serio, al tiempo que señalaba el nuevo invento de Stear.

—Porque quería terminarla antes.

El muchacho observó la prótesis que el mismo había diseñado y por primera vez, se sintió orgulloso de su creación.

—Es realmente maravillosa. Es una prótesis del futuro... —Candy sonrió emocionada y entonces pasó sus dedos por la pierna artificial que el joven Cornwell usaría.

—Espero que el doctor Hanks la apruebe... —mencionó el inventor, sintiendo que los latidos de su corazón se aceleraban—. Si él da el visto bueno, entonces, podré usarla.

La pierna que Stear había creado, especialmente para él, en nada se parecía a las prótesis que se acostumbraban usar. Aún lucía un poco rústica, mas, eso no restaba el buen trabajo que había hecho.

—Por supuesto que lo aprobará —expresó Candy, para animarlo—. ¿Por qué no habría de hacerlo?

—No sé... quizá, porque todo me sale mal —Él esbozó una sonrisa nerviosa y agregó—. Ya conoces mi historial de inventos.

—Esta vez, todo saldrá bien, ya lo verás —aseguró Candy, sin renunciar a su optimismo —. El doctor Hanks se está tardando, ¿qué te parece si voy a buscarlo? Es un poco raro que no haya llegado —Candy esbozó una enorme sonrisa y luego besó la mejilla de Stear—. Lleva a cabo tus ejercicios de calentamiento, recuerda lo que hemos practicado en estos días...

—Lo haré señorita enfermera —respondió Stear, sonriendo de oreja a oreja, sintiéndose tremendamente motivado—. Estaré listo para cuando el doctor llegue.

Candy asintió, y enseguida salió disparada hacia la oficina del doctor Hanks. La muchacha, iba tan apresurada, que apenas, pudo detenerse para no chocar con una joven mujer que caminaba distraída.

—Lo lamento... —le dijo la joven, mientras volteaba para disculparse.

Candy iba responderle que no había problema e incluso, también se iba a disculpar. Sin embargo, las palabras se quedaron atoradas en su garganta, pues, la muchacha que atenta le miraba, era una vieja conocida...

—Candy... —murmuró la chica, sin saber cómo reaccionar ante el encuentro.

—Annie... —respondió la rubia, al tiempo que le miraba con un inevitable y desconocido recelo, mismo que, jamás había sentido por aquella joven, a la que alguna vez llamó hermana.


Los ojos de Richard Grandchester estudiaron con absoluta admiración el rostro de su hijo y al concluir con aquella inspección, la nostalgia lo atacó por completo. Terry, ya no era el adolescente que recordaba y todavía, más atrás, había quedado la imagen del pequeño niño que él atesoraba en su memoria.

Habían pasado varios años desde la última vez que, lo observó a detalle. No cabía duda de que Terry había heredado en su mayoría, la genética de Eleanor Baker. Richard le daba gracias a Dios por eso, porque de lo contrario el muchacho, estaría destinado a lucir como él, y eso no le resultaba halagador, pues desde antes de los cuarenta, comenzó a tener arrugas y cientos de canas. Definitivamente, prefería que su hijo se pareciera a su madre.

—Esto es muy incómodo —expresó Terry, al tiempo que dejaba caer la servilleta sobre la mesa y observaba la salida del exclusivo restaurante.

—Te aseguro que no es más incómodo, que lo que piensas hacer —respondió el duque—. Será mejor que te comportes Terrence, porque, solo así, nos ahorrarás la pena de salir en un tabloide el día de mañana.

—No soy de los que se asustan con las noticias de los tabloides —aseveró el muchacho con voz burlona—. Créeme. Si salimos en un maldito periódico, me tiene sin cuidado.

Richard bebió un sorbo de su copa de vino, mostrándose divertido.

—Ya lo sé. Definitivamente, soy capaz de darme cuenta de que sigues siendo el mismo niño rebelde de antaño —El hombre observó a su hijo y sonriendo agregó—. Pero, apuesto a que, sí te importa lo que piense la familia de tu novia... ¿O me equivoco? —cuestionó Richard—. Según recuerdo, los Andrew, no son personas a las que les guste el escándalo.

—Será mejor que no me hagas perder el tiempo, ¿entiendes? —advirtió Terry, fingiendo observar su reloj de bolsillo—. Habla ya, hazlo de una vez y termina con tu estúpido jueguito.

—No estoy jugando... —respondió el duque con voz seria—. Si he venido a buscarte y si te he invitado a comer, no es porque esté llevando a cabo un «estúpido jueguito» —Richard guardó silencio, mientras el mesero colocaba los platillos que habían sido ordenados, una vez que el hombre terminó de servir, Richard, preguntó—. ¿Tu madre habló contigo?

Terry dio una respuesta negativa y luego recordó a Eleanor, con quién no había vuelto hablar desde hacía tres días. La había ignorado por completo, pues, aún estaba molesto con ella.

—¿Qué es lo que quieres Richard? —cuestionó el muchacho, sin dejar de observar al duque—. ¿Qué deseas de mí? ¿Has venido para impedirme seguir con mi vida? Porque si es así, tendrás que ir pensando en largarte de una buena vez.

El duque rodó los ojos y con enfado respondió:

—Si quisiera impedirte algo, tú ni siquiera estarías aquí... —declaró Richard—. Si yo no estuviera de acuerdo con tu estilo de vida, te habría llevado de vuelta a Londres hace mucho tiempo, así que no seas absurdo, Terrence.

—¿Absurdo? ¿Yo te parezco absurdo? —Terry rio sin poder evitarlo y Richard lo observó con pena.

—Si no eres absurdo, entonces... ¿Qué eres? —preguntó molesto el patriarca—. Por Dios... ¡He venido apoyarte! ¿De verdad crees que yo estaría aquí, si no me interesara lo que tú haces?

—Puedes decir lo que quieras y engañar al mundo entero, Richard. Pero, tus mentiras no funcionarán conmigo —El chico clavó su tenedor en el apetitoso filete que el mesero había puesto sobre la mesa y con furia comenzó a partirlo. Detestaba a su padre. Pero, la realidad, era que la comida no la iba rechazar. No había desayunado y a esa hora se estaba muriendo del hambre.

El duque ya no dijo nada para defenderse... ¿Qué caso tenía hacerlo? Terry poseía el perfecto argumento para cualquiera de sus palabras. Lo mejor era callarse e intentar disfrutar la comida.

El silencio del duque de Grandchester, hizo que Terry sonriera triunfante, para él era obvio que su padre se había quedado callado, porque ya no tenía nada que debatir. Lo que el muchacho no sabía era que, el silencio de su padre, después se convertiría en un amargo recuerdo dentro de su memoria y que siempre, se lamentaría por haber sido tan orgulloso aquél día.

Al terminar su comida y después de que Richard pagó la cuenta, se dispusieron abandonar el restaurante.

—Me gustaría que nos reuniéramos en la casa de tu madre... —advirtió Richard, en cuanto salieron a la calle—. Hay algo que quiero entregarte.

A Terry se le hizo muy extraña esa petición, sin embargo, no dejó ver su sorpresa, sino todo lo contrario y como si no le interesara, contestó:

—No creo que tenga tiempo —expresó apático, mientras su mirada se perdía sobre la concurrida avenida—. Cualquier cosa que desees darme, déjala en casa de Eleanor. Cuando pueda iré.

—Terrence, son cosas que me gustaría entregarte en persona —respondió el duque—. Por favor, administra tu agenda y regálame un par de horas —El hombre extendió una pequeña tarjeta y se la entregó—. Me estoy hospedando en el Hotel Plaza, y ese es el número al que me puedes llamar.

Terry tomó la tarjeta y sin siquiera verla, la colocó en el bolsillo dentro del bolsillo de su pantalón.

—Debo regresar al teatro... —anunció el actor.

—Sí, yo entiendo —Richard extendió su mano para ofrecérsela a su hijo—. Me dio mucho gusto que aceptaras comer conmigo, Terry.

El joven Grandchester observó fijamente la mano de su padre y más a fuerza que de ganas, estiró la suya, para estrecharla.

—Gracias por invitarme —contestó con prisa, deseando que su padre lo dejara marcharse.

—Espero que me llames. Porque, es muy importante lo que debo darte, ¿de acuerdo? —Terry soltó la mano de su papá y Richard sin pensarlo agregó—. Cuídate mucho, hijo. Por favor, hazlo... —aquella petición hizo que el joven lo mirara con extrañeza y entonces el duque no dudó en expresarle otra de sus inquietudes—. Ten mucho cuidado con la señorita Marlowe, mantén los ojos bien abiertos con ella. No permitas que destruya lo que tanto trabajo te ha costado tener.

—¿Qué dices?

—Lo que escuchas, cuídate hijo.

Terry quiso hacer otra pregunta, no obstante, Richard, ya estaba siendo escoltado por varios elementos de su seguridad, quienes lo dirigían hasta el lujoso automóvil, mismo que, habían traído desde Inglaterra...

«Siempre tan exagerado», pensó Terry, mirando a varios curiosos que observaban al duque y al elegante auto, «Todo el tiempo, llamando la atención», añadió colocándose una gorra sobre la cabeza, y alejándose de allí con rapidez.

Mientras caminaba hacia la compañía de teatro, Terry pensó en las palabras que Richard le dedicó. El guapo actor, se sentía tremendamente molesto y con muchas dudas dentro de su cabeza.

¿Por qué su padre le advertía sobre Susana?

¿Qué impresión le causó el hecho de que ella y él se llevaran cordialmente?

Sinceramente, no lo comprendía. Mas, aquella duda se aclararía muy pronto, pues, todo cobraría sentido cuando Susana y él, se encontraran de nueva cuenta en el teatro y tuvieran un enfrentamiento.


El doctor Hanks, estaba maravillado con el invento de Stear. El hombre aprobó por completo la prótesis del muchacho, y una vez que concluyó la terapia, le dijo:

—Si tú quisieras. Podrías salir caminando de aquí.

—¿Usted cree?

—Por supuesto que sí.

—Honestamente, aún no me siento seguro usando esta prótesis —confesó el joven Cornwell—. Pero, unos días más, serán suficientes para terminar de convencerme.

—Tú eres el único que puede decidir cuándo caminarás. El momento idóneo solo puedes trazarlo tú, así que, tómate todo el tiempo que desees —El viejo doctor sonrió y luego de ver el reloj del cuarto, se dispuso a marcharse—. De acuerdo, yo ya debo irme chicos... ¿Les parece si nos vemos el lunes? —ambos jóvenes afirmaron y entonces, el médico agregó—. Muy bien, disfruten su fin de semana... —dijo antes de extender su mano y despedirse de ellos.

—Lo veremos el lunes —contestó Candy con alegría—. Que le vaya muy bien

—Igualmente, Candy.. Que les vaya bien, diviértanse y cuídense mucho... —El doctor emprendió su camino hacia la salida y antes de llegar a la puerta añadió—. Salúdame a Terry, por favor. Y dale las gracias por las entradas que me hizo llegar. Dile que estoy ansioso por ver el estreno de su obra.

—Así lo haré doctor.

Una vez que el médico salió, Stear observó a Candy y entonces, retomó la plática que tenían pendiente.

—Oye Candy y volviendo al tema de hace un rato, me gustaría saber, ¿el señor Britter se encuentra bien? —preguntó Stear, al tiempo que Candy lo ayudaba a quitarse la prótesis.

—Sí. Gracias a Dios, su problema del corazón no pasó a mayores... —Candy siguió con su trabajo y después añadió—. Pude verlo por algunos minutos y me parece que él, se recuperará muy pronto. Tenía muy buen semblante, él está muy bien.

—Pobre Annie. Supongo que se ha llevado un gran susto —Candy afirmó y Stear quiso saber—. Por cierto, ¿cómo está ella?

—Ella está bien —La rubia enfermera se encogió de hombros y después pensó en la chica... le daba tristeza que aun, después de tantos años, Annie no hubiera cambiado y siguiera siendo la misma muchacha que, se avergonzaba por ser vinculada con alguien que no era de su misma condición social—. No hablé mucho con ella. La señora Britter estaba allí y bueno, ya la conoces. Nunca le ha gustado que nos vean juntas.

Stear asintió y sin pensarlo, tomó la mano de Candy, para transmitirle su apoyo.

—No debes prestarle atención a esa mujer —advirtió Stear.

—No lo hago, no vale la pena —añadió la rubia.

—Exactamente...

La enfermera sonrió y olvidándose del tema, ayudó a su primo para que él, pudiera acomodarse sobre su silla de ruedas.

—Dime la verdad, ¿cuándo dejarás que los demás te vean caminando? —preguntó Candy, acomodando los cabellos de su primo.

—El día del estreno de la obra —dijo convencido—. Ese es el día en que deseo que todos vean el resultado de las terapias.

La rubia muchacha junto sus manos y emocionada, aplaudió con entusiasmo.

—¡Ya quiero ver la cara de todos cuando te vean de pie!

—Yo también lo deseo, Candy. Yo también...

Ambos chicos sonrieron y después de preparar sus cosas, se dispusieron a marcharse, pues, afuera ya los esperaban sus amigos.

—Leíste la nota de Terry, ¿verdad? —preguntó Albert, en cuanto tuvo a Candy frente a él.

—Lo hice... —ella sonrió con timidez y luego dijo—. Gracias por darme permiso.

Albert tocó la punta de la nariz de Candy con su dedo y sonrío.

—No hay nada que agradecer, solo pórtense bien, por favor... —advirtió, en cuanto observó al joven Ronald, entrando por la puerta del hospital.

—Lo haremos. No te preocupes, los veremos más tarde —Candy le dio un beso en la mejilla y después comenzó a despedirse de los demás muchachos.

Las chicas le dedicaron una sonrisa, lo mismo que Stear, Archie por su parte también sonrió, pero, cuando la rubia y contenta enfermera se retiró, no pudo evitar recriminarle a Albert:

—No deberían engañar a la tía abuela de esa forma... —dijo, mientras dibujaba un gesto de inconformidad en su rostro.

—No estamos engañándola, Archie. Candy solo se escapará por un rato, no es como si fuera huir con Terry para siempre. Vamos, ¡no seas gruñón! —pidió él, con una sonrisa.

—No es que sea gruñón —añadió el muchacho, bajando la voz, para que los demás no escucharan—. Pero Terry, bueno... él... ¡Diablos! ¿Has visto cómo la mira? ¿Qué se supone que hacen cuando están a solas? —cuestionó preocupado.

—Terry ama demasiado a Candy —concluyó Albert—. Sé que no hará nada para perjudicarla... la cuida como a su vida, así que, deja de hacer dramas, querido sobrino.

Archie rodó los ojos pero ya no dijo nada más.

—Vayámonos ya... —pidió Patty, acercándose a ellos—. El parque central es más bello, al atardecer. No querrán que Tessa se pierda de eso, ¿o sí?

—Claro que no —contestó Archie, antes de alejarse de ellos, y caminar hacia donde estaban su hermano y la muchachas.

—Gracias... —expresó Albert, mientras Patty le dedicaba una sonrisa.

—Es demasiado protector —respondió Patty.

—Cree firmemente que Candy nos va pedir permiso para vivir la vida —Albert sonrió divertido y Patty rió sin poder evitarlo—. Será mejor que lo distraigamos, o si no, nos va dar lata toda la tarde.

—Stear y yo nos encargaremos de eso, no te preocupes.

Patty y Albert sellaron su pacto de forma silenciosa y luego se unieron al grupo. Salieron del lugar, sin siquiera notar que un par de ojos azules, les miraban incrédulos y melancólicos...

—¿Annie? —le llamó Jane Britter a su hija—. Cariño. Cambia esa cara, por favor, Henry no tarda en llegar.

Annie se enjugó las lágrimas que sus ojos inevitablemente habían derramado y se esforzó por obedecer a su madre.

—No quise decírtelo antes, no sabía cómo ibas a tomarlo —dijo Jane con molestia—. El hermano de Archie, apareció hace unos meses —agregó refiriéndose a Stear.

—Ver a Stear vivo, me llena de felicidad... —expresó la chica al tiempo que sollozaba.

—Me encontré con Elroy justo el día en que viajábamos para acá, viajamos en el mismo tren... —Jane respiró hondo y agregó—. Según las palabras de ella, Archie va casarse con esa chica con la que lo has visto. En fin, vayamos a ver si tu padre ya fue atendido... —pidió Jane, mientras ambas caminaban hacia el cuarto donde el señor Britter era evaluado por el médico.

—¿Y qué hay de Candy? —preguntó Annie con voz temblorosa—. Ella abandonó el convento y no me lo dijiste.

—No lo sabía. Elroy no me habló de ella, ya sabes cuánto la detesta... —mintió Jane—. ¿Podemos seguir? Tu padre nos necesita.

Annie asintió y sin decir nada siguió a su madre, lo hizo porque no deseaba problemas. Pero, en realidad, ella no estaba conforme.

La joven no podría estarlo, hasta hablar con Candy de nuevo.

Deseaba con todo su corazón, cerrar ese ciclo que tenía pendiente. Estaba segura de que solo haciendo eso, podría ser feliz por completo.


El sonido de la armónica, inundó hasta el último rincón de sus oídos, e inevitablemente, la hizo recordar el pasado. No había duda de que Terry seguía siendo el mismo chico del que se enamoró. Parecía que el tiempo no había transcurrido. Era justo como en los años en que ella tenía esperanzas y era feliz.

Susana suspiró nostálgica y luego se acercó con lentitud hacia dónde estaba el muchacho.

—Siempre fuiste muy bueno con la armónica —mencionó ella, al tiempo que le regalaba un aplauso—. ¿Puedes tocar otra canción?

—Susana... ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Terry, guardando su preciado instrumento y bajando de la barda en la que se había sentado.

—Robert ha dicho que ya podemos irnos y también anunció que nos dará permiso de faltar el fin de semana —anunció Susana, observando la azotea, ella aún no entendía por qué Terry siempre se refugiaba allí—. Quise venir avisarte, ya que, no te encontrabas allá en la sala común.

—No debiste subir las escaleras —expresó él, dirigiéndose hasta donde estaba Susana—. Ni siquiera yo me siento seguro al subir.

—No estabas y...

—Pero, pudiste haber esperado a que bajara —insistió Terry y Susana lo miró avergonzada.

—Mi intención no era que te enojaras.

—No estoy enojado... —aclaró, tratando de guardar la calma—. Es solo que me preocupa que te pongas en peligro —La chica clavó sus ojos en el suelo, no pudo evitar llorar—. Lamento si te hice sentir mal. Por favor, no llores —pidió Terry mientras tomaba su mano y buscaba que ella dejara de llorar.

Susana, al sentir la mano del joven actor, elevó su mirada y entonces, esbozó una pequeña sonrisa.

—Siempre te preocupas por mí y mi bienestar... —admitió ella.

—Tu bienestar es muy importante para mí, Susana. Lo sabes.

Susana lo miró fijamente y sin poder evitarlo, declaró:

—Lo sé... —indicó la chica con una mezcla de sentimientos en su interior—. Te salvé la vida... ¿No es así? —cuestionó con amargura en su voz—. Por eso me procuras.

—No, no es así. En realidad, eres una gran amiga —mencionó Terry—. ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo?

—Quizá, me es difícil entender, porque yo no quiero ser una amiga para ti... —ella sollozó escandalosamente y agregó—. Terry... yo quiero mucho más de ti... —Susana se acercó más al chico y sin dejar de mirarlo le expresó—. Lo quiero todo contigo.

Terry soltó la mano de la joven y después se alejó de ella.

—No puedo darte más de lo que ya te doy. Lo hemos hablado demasiadas veces Susana —Terry la miró enojado y después agregó—. Han sido tantas, que hasta resulta vergonzoso recordarlas.

—¿No puedes o no quieres? —Terry abrió la boca para responder, sin embargo, Susana posó uno de sus dedos sobre los labios de él, impidiéndole hablar—. Mira, no me interesa si no quieres casarte conmigo y mucho menos me importa si no quieres ser mi novio... Terry... yo puedo darte lo que necesitas —dijo ella con devoción, tomando las manos del muchacho—. Puedo darte lo que quieras sin compromisos... ¿Me entiendes? —cuestionó mientras intentaba regalarle un beso al guapo actor.