"Inesperado"
Lady Supernova
Capítulo 17
(Segunda parte)
Manhattan.
El castaño actor se zafó de las manos de Susana y retrocedió un par de pasos, intentando guardar la calma.
«¿Qué demonios haré contigo?», se cuestionaba mientras la veía, observándolo.
—¿Qué es lo que te sucede? —preguntó al tiempo que ella le sonreía—. ¿Es que acaso te he dado motivos, para que me hables y me trates de esta manera?
La rubia muchacha no dejó de observar al guapo actor y sin sentir vergüenza, continuó con su indecorosa propuesta.
—¿Sabes Terry? Yo, puedo darte lo que Candy no te da... —comentó con seguridad—. Puedo hacerlo, aun y cuando tú no me ames.
Terry la tomó del brazo y enseguida le exigió que le aclarara lo que acababa de decir.
—¿Quién demonios te ha dicho que Candy no me da lo que quiero? ¿Cómo te atreves a pensar en eso? —preguntó con aquel tono autoritario al que todo mundo temía y al cual, Susana no—. ¿Qué sabes tú de mi vida?
—Nuestros camerinos están separados por una muy delgada pared y tú no eres nada cuidadoso... —expresó ella, con aire de inocencia—. Escuché perfectamente que aunque tienes necesidades, deseas mantener la virginidad de Candy intacta... —agregó molesta—. Lo escuché todo Terry.
—Estás muy mal —expresó el actor, dejando libre el brazo de Susana—. Estás realmente enferma.
—No, no lo estoy... ¡Por Dios! Tampoco te hagas el decente, porque no te queda. Cuando eras mi novio, siempre buscabas compañía... —Ella se acercó lentamente y luego paseó una de sus manos por el rostro del joven—. Vamos, Terry no soy ninguna tonta. Me falta una pierna, mas, eso no quiere decir que no pueda darte lo que otras mujeres te han dado. Soy muy capaz de darte placer...
—No vuelvas acercarte a mí —advirtió Terry, deteniendo las caricias de la actriz—. Piensa lo que quieras, obsesiónate cuanto desees, pero ¡no vuelvas a buscarme!
Susana lo detuvo de nuevo, sin embargo, Terry se zafó con rudeza de su amarre y después de mirarla con desprecio, decidió alejarse. Ya no valía la pena seguir hablando con una persona como ella, era una mujer completamente obsesionada, que no entendía razones. No tenía caso intentar que reaccionara, porque ella no era capaz de hacerlo.
—No voy a dejarte en paz Terry... ¡Nunca voy a dejarte! —advirtió, deteniendo los rápidos pasos de su ex prometido.
—¡Por Dios! No les tengo miedo ni a ti, ni a tus ridículas amenazas... —contestó Terry, haciéndole frente a la chica—. ¿Qué crees que soy Susana? ¿Un maldito títere? Que me hayas salvado la vida, no te da derecho a mandarme. Favor con favor se paga y creo que yo he pagado muy bien tu sacrificio, ¿o no? —La chica no pudo decir nada en contra de aquella declaración y entonces, Terry agregó...—. ¿Sabes una cosa? Me duele mucho saber que todo lo que hago por ti, lo hago en vano. Es increíble lo que sucede. No importa cuánto me esfuerce, contigo siempre fracaso.
Los ojos azules de la muchacha de inmediato se mostraron afligidos, pues, supo que sus palabras habían herido enormemente a su amado, y por eso, quiso detenerlo para disculparse, pero, él ya no le prestó atención.
Susana lo vio marcharse y una vez que él desapareció, ella siguió el mismo camino. Se sentía tan rechazada y humillada, que poco le importó tener cuidado en las escaleras, bajó tan rápido como pudo y no paró de caminar, hasta que llegó a la salida de la compañía.
—¿Susana? —le llamó Candy, al verla con la intención de cruzar la avenida—. ¿Quieres que te ayude? —preguntó tomando suavemente el brazo de la actriz, para impedirle que siguiera avanzando.
—Suéltame, por favor... —pidió Susana.
—Deja que te ayude a cruzar, Susana. Los automóviles están en movimiento, por favor aguarda.
—¡Te dije que me soltaras! ¿Es qué no entiendes? —Susana se deshizo de la mano de Candy y reclamó—. ¡No comprendes nada! ¡Jamás lo has hecho! Nunca me has entendido.
—Susana...
—¡Cállate! —exigió la actriz—. No digas nada ya. No vuelvas a dirigirme la palabra... no lo hagas, a menos que sea para decirme que vas a dejar de torturarme y que te largarás de mi vida y de la de Terry.
La sangre de Candy hirvió sin control al escuchar esas palabras y sin inmutarse le dio una respuesta a la odiosa muchacha.
—Considérame fuera de tu vida a partir de este momento... —le dijo con vehemencia—. Te juro que no volveré a meterme en tu camino —añadió segura—. Pero, eso sí, no me pidas que salga de la vida del hombre al que amo... ¡No vuelvas a pedírmelo! ¡Porque jamás podré darte el gusto de hacerlo! —La enfermera soltó el brazo de Susana e inmediatamente agregó—. No soy la misma niña que conociste hace años... ¡Ya no lo soy! Ninguna de tus tretas van a lograr que deje a Terry ¡Nunca lo voy a dejar! Si lo entiendes, bien y si no, peor para ti. Tú serás la única que sufrirá.
Ambas jóvenes se miraron fijamente, sin siquiera reparar en lo que sucedía en la avenida. Ninguna de las dos, se percató de que un par de automóviles, estaban a punto de terminar con su discusión.
Para cuando ellas se dieron cuenta del peligro al que estaban expuestas, fue demasiado tarde. De un momento a otro, ambas yacían tiradas sobre la acera, una abriría los ojos al instante y la otra se quedaría justo a su lado, completamente inconsciente.
Los nervios de Tessa estaban alterados, y es que, desde que ella y Archie partieron de Chicago, no había dejado de estresarse y sentirse mal consigo misma.
El motivo de su desespero, era un pequeño inconveniente que se había presentado en la estación de trenes, justo antes de partir, y por ello, cada vez que veía a Archie, le era inevitable recordar que le estaba ocultando algo muy importante. Un asunto, que le resultaba algo bochornoso.
—De acuerdo... —expresó Archie, acercándose a su novia y plantándose frente a ella—. Esto ya es ridículo... ¿No te parece? —cuestionó observando los ojos grises de la chica—. Quiero que me digas qué sucede, Tessie. ¡Quiero que me lo digas ya! He pasado tres días en la incertidumbre y sinceramente, ya no deseo seguir así... ¿Qué está pasando? ¿La tía abuela Elroy te hizo alguna grosería?
La muchacha negó y luego se llevó las manos a la cara, para ocultar la pena que sentía.
—Tessie, cariño... —le llamó Archie, retirando las manos de la muchacha, para descubrir su rostro—. No te pongas así, por favor.
Ella le miró con vergüenza y armándose de valor le habló:
—No sé ni por dónde empezar... —dijo ella, intentando guardar la calma.
—¿Qué te parece si empiezas por el principio? —propuso el chico, sonriendo y tomando la mano de la muchacha, para guiarla hacia una bella arboleda—. Cuéntame, por favor.
A Tessa, ya no le quedó otra opción más que contarle detalle por detalle, lo que había sucedido en Chicago, con toda la pena del mundo, relató el suceso y dejó que su alma se librará de aquel pesar.
—Y... ¿Eso es todo? —preguntó Archie, al tiempo que acariciaba el rostro de su novia.
—Sí, eso es todo —Ella le miró con pena—. Me siento muy avergonzada. Yo hubiera deseado no engañar a esa mujer, pero, tu tía... bueno, ella insistió en que no dijera nada.
La joven James aún recordaba cómo la observó Jane Britter, la analizó de los pies a la cabeza, y aunque la mujer extendió su mano para saludarla, al final del saludo la ignoró de manera muy grosera. Tessa no entendió del todo esa actitud, mas, al enterarse de que la señora era la madre de la ex novia de Archie, lo comprendió todo, y por ello se sintió muy acongojada. Había sido presentada como la prometida de Archie, ¡y ella no lo era!
Archie Cornwell rio con soltura ante aquel relato, imaginando el motivo por el cual, la tía abuela Elroy había llevado a cabo esa acción. Por supuesto, no le parecía raro. Elroy Andrew nunca soportó a los Britter, y después de que Annie se casó con Henry Blake, terminó por aborrecer completamente a esa familia.
—Me parece que te preocupas por nada —Archie se encogió de hombros y después preguntó—. O es que, ¿te molesta mucho, el hecho de que la gente te señale como mi prometida?
Tessa lo observó sorprendida y de inmediato respondió:
—Por supuesto que no, pero, ¿y qué hay de ti? —preguntó ella—. Mi única preocupación eres tú... ¿Qué hubiera sucedido si te enteras de esto por otro lado? ¿Qué hubieras pensado de mí?
—Me habría sentido halagado —mencionó Archie, tomando a la chica por la cintura—. Como sea, al final, solo es cuestión de tiempo.
Tessa sonrió con timidez, no obstante se dejó llevar por la sensación de tener tan cerca a Archie.
—¿Cuestión de tiempo? —preguntó con incredulidad.
—Sí —contestó él, observando fijamente a la chica—. Es cuestión de tiempo para que te conviertas en mi prometida... —añadió con naturalidad—. Es solo cuestión de tiempo para que te cases conmigo y seas mía para siempre.
Tessa quiso preguntarle algo más, no obstante, Archie no lo permitió. Silenció las palabras de la muchacha con un apasionado beso, mismo que le dejó claro a ella, lo importante que era para el joven Cornwell.
—Rayos... jamás vi a mi hermano actuando de esa manera tan... «rara»... —admitió Stear, mientras observaba a Archie y hacía reír a Patty—. ¿Sabes? A pesar de lo extraño que me resulta verlo así. Me siento muy feliz por él, finalmente, encontró el amor.
—Bueno, todos tenemos derecho amar... —dijo la chica O'Brien—. Y por eso, yo también me siento inmensamente feliz por ellos.
Stear, tomó la mano de la joven y se la llevó a los labios, para posar un beso sobre su dorso. Después le sonrió y de todo corazón declaró:
—Por fin se nos hizo justicia. Todos tenemos lo que merecemos.
—No me canso de agradecer a Dios... —comentó Patty, dejando ver un bello brillo en sus ojos—. Somos muy afortunados, querido.
Stear dirigió su mano hacia el rostro de Patty y luego de acariciarlo con devoción, posó su boca sobre los labios de la joven. No pensaba desaprovechar ni un solo segundo de su tiempo con ella. Patty, lo entendió a la perfección y le demostró el mismo cariño que él le profesaba.
Albert y Dorothy, los miraban desde otro punto, a diferencia de las dos parejas, ellos no se regalaban muestras de cariño, ni nada parecido. El joven magnate, había decidido respetar las peticiones de su compañera, quien deseaba dejar muy bien escondida la relación que mantenían. Por lo tanto, se encontraban en una banca, sentados lo suficientemente separados, como para que nadie pensara algo indebido.
—No es que quiera llevarte la contra —señaló Dorothy, después de varios minutos de silencio—. Pero, tu sobrino Archie tiene razón...
—¿Razón? —Albert se encogió de hombros y después preguntó—. ¿A qué te refieres exactamente?
—A Candy, por supuesto... —expresó ella con preocupación—. Le hemos dado demasiada libertad. Tú eres su tutor, yo su asistente y dama de compañía, pero realmente, no estamos haciendo nada para cuidarla.
Albert comenzó a reír, luego, se acercó un poco más a su novia y sin pedirle permiso, la tomó de la mano.
—¿Qué te puedo decir? Candy y Terry, prácticamente han sido libres, desde que eran unos niños... —admitió, recordando a la pareja de rebeldes jovencitos, los cuales salían del colegio sin permiso—. Ahora ya son un par de adultos y créeme cuando te digo que ni tú, ni yo, vamos a poder evitar que pase algo entre ellos, porque, aun y cuando estemos cuidándolos, esos dos son capaces de arreglárselas para hacer lo que les venga en gana —Dorothy pintó de rojo sus mejillas y Albert continuó—. ¿Qué podemos hacer? El amor no sabe de tiempos o espacios. El amor siempre encuentra el momento idóneo para manifestarse. Las reglas y «el qué dirán», no tienen importancia.
El rubio se acercó más a Dorothy y entonces la muchacha reaccionó.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Estoy intentando demostrar mi teoría... —contestó él, dejando ver una enorme sonrisa en su rostro.
—Albert... nos verán...
—¿Y?
—Archie no lo sabe... Archie...
—Por Dios. La única persona que ignora lo nuestro es la tía abuela —declaró, sorprendiendo a Dorothy, pues ella juraba que Archie tampoco sabía nada—. Y mucho me temo que no podré seguir ocultándoselo por más tiempo.
La joven negó con la cabeza y sintió que su corazón latía más a prisa.
—Arruinarás tu vida en cuanto se lo cuentes... —advirtió Dorothy—. Albert, ella no va aceptar lo nuestro jamás... ¿Qué crees que va decir, cuando le confieses que te enamoraste de alguien a quien considera una sirvienta ?
La joven no pudo contener las lágrimas por más tiempo y entonces se echó a llorar.
—No voy a dejarte. Ya te lo he dicho, jamás lo haré. No importa lo que pase, yo estaré a tu lado siempre.
Albert la envolvió entre sus brazos y la dejó llorar.
Como fuera, su decisión ya estaba tomada y en cuanto se le presentara la oportunidad, él le daría a conocer las buenas nuevas a su tía. Ya nada podía tenerlo, estaba convencido de hablar claro y ser feliz sin ningún tipo de atadura.
—Es nuestra primera salida en varios días —le recordó—. ¿Te importaría no desaprovecharla? —cuestionó dibujando una sonrisa en su rostro—. Ande, señorita Jones, vamos a caminar, por favor. Seamos una pareja, al menos por un rato.
La muchacha asintió y luego, comenzó a dejarse guiar por Albert.
Sus temores seguían presentes, era claro que no los podría apagar... Sin embargo, en ese momento decidió dejarse llevar por lo que la vida le regalaba, pues, solo Dios sabía, cuánto tiempo les duraría ese gusto.
Decir que recordaba con claridad, lo que había sucedido, era igual a mentir.
Su mente se esforzó, viajó una y otra vez hacia el momento del percance, sin embargo, en ninguno de esos viajes, pudo recordar cómo se suscitaron los hechos. Lo único que se había quedado grabado en su cabeza, era el instante en el que un automóvil se acercaba. Después de eso las cosas se volvieron muy confusas. Solo habían gritos y ruido a su alrededor.
—Muy bien. Me parece que eso es todo. La dejaré descansar, señorita Andrew —le dijo el oficial a cargo del caso, mientras la observaba con atención—. Si usted llega a recordar algún otro detalle sobre el accidente, siéntase libre de ir a la estación. Estaré encantado de recibirla.
Candy asintió, luego bajó la mirada y posó sus ojos en los dedos de sus manos.
—Muchas gracias por todo, oficial —respondió Terry, al tiempo que extendía su mano hacia el amable policía—. Si Candice recuerda algo, se lo comunicaremos de inmediato.
—Los veré entonces —expresó el oficial, estrechando la mano de Terry—. Espero que se recupere muy pronto, señorita Andrew...
Candy sonrió débilmente y respondió con un simple: «Gracias»
—Lo acompaño a la salida... —dijo Terry, sintiéndose un poco alarmado por la actitud de la chica.
El oficial afirmó y sin más por hacer, se marchó junto al joven Grandchester. Al verlos salir, Candy dejó de contener su llanto y por primera vez desde que todo ocurrió, se permitió llorar.
Ella sencillamente no sabía cómo sentirse con todo lo que había pasado.
Las cosas en su cabeza estaban tan confusas, que sentía que lo que se encontraba viviendo, no pertenecía a la realidad.
—En cuanto te sientas lista, podremos irnos a buscar a tu familia... —anunció Terry, cuando entró a la habitación—. El médico ya te dio de alta.
—¿Te han informado sobre el estado de salud de Susana? —cuestionó Candy, al tiempo que se encontraba con los ojos de su novio.
—Es increíble que hasta en estos momentos te preocupes por ella... —respondió él, en un tono que a Candy no le gustó—. En fin, lo último que supe es que está perfectamente bien y que al igual que a ti, le atienden en otra habitación —Terry tomó las cosas de Candy y entonces, dijo—. Esperaré allá afuera para que te cambies y entonces, podremos ir al hotel Plaza.
—No quiero ir a ningún lado. No ahora... —contestó Candy con aplomo—. Terry, yo deseo saber exactamente qué sucedió con Susana, nos iremos hasta que pueda verla.
—Ya te lo dije, ella está bien... —Terry le extendió la ropa y agregó—. Te espero afuera.
Aquella actitud le pareció muy extraña a Candy, sobre todo, porque Terry siempre era el primero en preocuparse por Susana.
«¿Qué es lo que le sucede?»
Se preguntó mientras se levantaba de la camilla y se disponía a cambiarse de ropa.
Confundida, se despojó de la bata y luego se colocó su vestido; después se acomodó un poco el cabello y al final, salió de la habitación, para encontrarse con su impaciente novio.
—Antes de irnos, quiero verla —pidió, en cuanto salió.
—No creo que sea una buena idea —dijo él, tomando la mano de la obstinada rubia—. Mejor vayamos a buscar a Albert y a los demás.
—¿Por qué no es una buena idea? —cuestionó ella, zafándose de la mano del joven—. Terry, no podemos ser tan desconsiderados...
—¿Desconsiderados? —Terry pintó un gesto de inconformidad en su rostro y después finalmente explotó—. ¿Sabes una cosa? ¡Quién debería estar preocupada, es ella!
—¿Por qué Terry? —preguntó sin comprender lo que él le pedía—. ¿Por qué estás tan molesto?
Terry no respondió a esa pregunta y sin hacer algo más para detener a Candy, decidió que lo mejor era enfrentarla con el problema. Sin pensarlo, le señaló el cuarto en donde estaba Susana y dejó que la insistente rubia se encontrara con su realidad.
—De acuerdo, ella está allí —señaló Terry, al tiempo que su novia miraba hacia la puerta de la habitación—. Si tu deseo es ir a verla, anda, ve y asegúrate de que esté bien.
—¡Pues lo haré!
El joven ya no le prestó atención y sin decir nada más, tomó asiento en una banca que estaba cerca. Candy por su parte, se acercó al cuarto de Susana y luego de pedir permiso para entrar, ingresó.
Todo ese tiempo estuvo pensando lo peor, pero, se sintió realmente aliviada, al ver a la actriz sentada sobre la camilla. La muchacha lucía impecable y tan hermosa, como siempre. Candy se puso muy contenta al ver que ella estaba bien.
—Debiste dejar que el auto me arrollara, pero, te sigues interponiendo en mi camino... —fue lo primero que dijo Susana al ver a Candy—. ¿Recuerdas lo que sucedió en este mismo hospital, hace algunos años? —Candy afirmó y Susana la recriminó con su mirada—. Desde entonces debiste dejarme morir.
—No digas eso, Susana.
—Yo digo lo que quiero, ni tú, ni nadie, va impedirme hablar... —declaró la actriz con coraje—. Y a todo esto... ¿A qué has venido, Candy? ¿Vienes a ver si tu buena obra sirvió de algo? —La enfermera no habló, solamente observó a la enojada Susana y ésta continuó hablando—. ¡No sirvió de nada! Así que, lo mejor es que te vayas de aquí y me dejes en paz.
—Susana, yo solo vengo para ayudarte...
—¿De verdad quieres ayudarme? —preguntó la actriz.
—Por supuesto que sí.
—Pues, ya te lo he dicho antes... ¿No? Lo único que deseo es que Terry esté conmigo. Esa es la única manera en que me puedes ayudar.
—Susana, Terry no es un objeto. No es que yo tenga la facultad de cederlo y nada más —Candy se acercó hasta la joven, tomó su mano y agregó—. Él es quién decide y él ha decidido quedarse conmigo... —Candy intentó hacerla razonar y entonces la cuestionó... —. ¿Por qué lo dejaste en libertad Susana? Dime, ¿por qué razón lo hiciste?
La actriz sollozó escandalosamente y respondió:.
—No lo sé.
—Sí lo sabes, Susana.
—No.
—Por supuesto que lo sabes. Lo dejaste libre porque no soportabas verlo desesperado y triste... —Candy dejó que las lágrimas la invadieran y añadió—. Lo dejaste marchar, por la misma razón que yo lo hice hace años. Tú no deseabas que él sufriera... ¡Por eso accediste a romper el compromiso!
Susana lloró sin poder controlarse y volvió a pedir.
—Vete por favor, vete ya...
Candy no hizo caso y se quedó parada frente a la actriz.
—Tienes que tranquilizarte, Susana. Vamos, cálmate... tienes mucho por qué vivir y debes salir adelante.
Los ojos azules de la chica Marlowe, se llenaron de coraje y entonces, tomando fuerzas, se deshizo del toque de Candy y sin contenerse más, explotó:
—¿Sabes? Estuviste a un milímetro de la rueda de aquel auto... ¡Solo a uno! —exclamó con furia al tiempo que se levantaba de la camilla y arrojaba lo que tenía a su alrededor—. ¿Por qué no te paso nada Candy? ¿Por qué no te moriste? ¡Debiste haber muerto!
Candy no pudo evitar sentirse perdida ante aquella declaración. Bajó la mirada y luego se alejó de la joven Marlowe.
—¡Debiste morir! —repitió Susana—. ¡Debiste morir y desaparecer de mi vida!
—Sussie... ¿Qué está sucediendo? —Louise Marlowe negó con la cabeza y sumamente consternada, se acercó hasta donde estaba su hija.
—Dile que se vaya, mamá... —pidió Susana—. ¡Dile a esa idiota que se vaya!
—Será mejor que te vayas, Candy... —le pidió Louise con educación—. ¿Sabes? Mi hija necesita descansar... —La Señora Marlowe vio directo hacia los ojos de Candy y entonces, la joven despertó de su desconcierto y comprendió que lo que Louise hacía, lo hacía por mantenerla a salvo—. No te preocupes por Sussie. Yo me quedaré aquí y la cuidaré... —dijo al tiempo que se acercaba a Candy y la tomaba del brazo, para guiarla hasta la salida—. No te preocupes mi niña ¡Me aseguraré que está mujer se vaya! —exclamó Louise al llegar hasta la puerta—. No tardaré hija.
Una vez que ambas mujeres estuvieron fuera de la habitación, Louise se disculpó con Candy y apenada, tuvo que aceptar:
—Susana está perdiendo la razón. Ya no sé qué hacer para controlarla. Perdóname por echarte de esa forma, pero, es que era la única manera de tranquilizarla.
—Yo entiendo... —dijo Candy con tristeza.
La mujer se acercó a la rubia y sin poder evitarlo, la abrazó
—No he tenido la oportunidad de agradecerte antes, pero, muchas gracias niña... gracias por salvar nuevamente la vida de mi hija —Louise se separó de Candy y luego agregó—. Sussie no lo aprecia ahora, mas, cuando la claridad ilumine su cabeza, estará realmente agradecida...
—No tiene por qué darme las gracias... —Candy esbozó una débil sonrisa y concluyó—. Si necesita ayuda, no dude en pedirla.
—Así lo haré hija, gracias.
Finalmente, Louise se despidió de Candy amabilidad y regresó con Susana. La rubia, por su parte, corrió hacia los brazos de su novio y sollozando lo llamó.
—Terry...
—Lo sé... —expresó con preocupación, mientras acunaba el rostro de la muchacha entre sus manos—. Susana no piensa con claridad y es por eso que deseaba que no entraras a verla —Terry se sinceró con ella y le hizo saber—. Tú te arriesgaste para protegerla y ella, en vez de darte las gracias, se dedicó a gritarte cuanta estupidez se le ocurrió... estabas inconsciente Candy... ¡Y ella quería golpearte!
—No puedo recordar. No recuerdo nada de lo que sucedió...
—No tienes que hacerlo, no te esfuerces, solo déjalo atrás... —Terry la abrazó de nuevo y después propuso—. Vámonos de aquí Candy —le pidió el joven, al tiempo que la rubia afirmaba y finalmente le permitía alejarla de aquel lugar.
Su anhelada cita a solas, estaba completamente arruinada.
Nada de lo que él había planeado se llevó a cabo y eso lo llenaba de frustración. Estaba muy desilusionado y ¿por qué no decirlo? También se encontraba bastante molesto. Sin embargo, las cosas ya estaban hechas y si el destino no quiso que ellos disfrutaran de un momento a solas, entonces no había nada más que hacer.
—Lamento que todo haya terminado así —dijo Candy, con voz llorosa—. Lo lamento, de verdad.
—¿Qué es lo que lamentas? —cuestionó Terry, fingiendo no entenderla.
—Lamento haber arruinado nuestra cita —contestó la rubia de inmediato.
Terry respiró hondo y sin perder de vista el camino, dijo:
—Eso no interesa, Candy, digo, lo que realmente importa, es que estás bien y que te tengo aquí conmigo... —Él hizo una pausa y después agregó—. Ya saldremos después.
—Pero, estás enojado... —comentó, al tiempo que Terry negaba—. No lo niegues Terry, porque soy perfectamente capaz de sentirlo —mencionó, observando el gesto que su novio había dibujado en su atractivo rostro—. Estás muy molesto.
—No lo estoy.
—Sí lo estás... —afirmó la rubia con pena—. Y no puedo juzgarte por ello, en realidad te comprendo.
—De acuerdo. Tienes razón. Sí estoy molesto —admitió el actor—. ¡Estoy realmente furioso! Había hecho planes para nosotros y me enoja mucho que no los aprovecháramos —Terry se detuvo, por indicación de un uniformado y entonces aprovechó para despegar sus ojos de la calle y encontrarse con la mirada de Candy—. Pero, no estoy enojado contigo.
—Entonces... ¿Con quién estás molesto? —cuestionó ella.
—Estoy enojado con el conductor de ese maldito automóvil sin control... —expresó Terry, mientras observaba a la joven—. Y también estoy molesto con la ingratitud de Susana. Sé que no debería, sin embargo, no puedo evitar sentirme enojado con ella.
—No es su culpa... —mencionó Candy—. Ella no está bien. Mira, no recuerdo mucho desde el momento del impacto... —murmuró Candy con cautela—. Pero, si recuerdo lo que sucedió antes...
—Y... ¿Qué sucedió? —preguntó Terry.
—Susana estaba muy enojada. Lloraba sin poder controlarse y deseaba cruzar la avenida —Candy se encogió de hombros y continuó—. Yo quise ayudarla. Pero no me dejó hacerlo. Después, me dijo que no le volviera hablar y que si lo hacía, entonces, tendría que hacerlo solo para decirle que los dejaría en paz.
Terry se mostró confundido y entonces preguntó:
—¿Dejarlos en paz?
—A ti y a ella, claro está.
—Susana no está pensando coherentemente —respondió Terry con calma, no deseaba explotar y contar todos los detalles de lo sucedido en la azotea de la compañía, pues, le parecía que en ese momento, era innecesario que Candy se enterara de algo así, por lo tanto, solo le dijo...—. No debes prestarle atención.
—De hecho no lo hice. Yo discutía con ella cuando el auto chocó contra nosotras —Candy observó a Terry y luego preguntó—. Acaso, ¿pasó algo entre ustedes? ¿Por qué ella lloraba así?
—No pasó nada —Terry se aclaró la garganta—. Al menos nada nuevo. Ya lo sabes. Lo mismo de siempre, Susana me agobia, yo la rechazo y al final todo es un drama.
Candy respiró con pesadez, pero no dijo nada más... ¿Qué caso tenía seguir hablando de lo mismo?
Era perfectamente capaz de imaginar la escena.
Susana, detrás de Terry. Hostigándolo.
«¡Vaya novedad!» pensó Candy, con molestia.
—Olvidemos este mal rato, por favor... —pidió el castaño.
Candy asintió y enseguida desvió su mirada hacia la ventanilla del auto.
Después de escuchar el silbato del hombre que guiaba al tránsito, el actor volvió a concentrarse en el camino y la plática quedó allí. Ambos guardaron silencio y se mantuvieron así hasta llegar al restaurante del hotel Plaza, donde los Andrew, estaban reunidos.
—Vaya... Vaya... la parejita ha vuelto antes del toque de queda —murmuró Archie al ver a Candy y a Terry, ingresando al restaurante—. Por la cara que trae Grandchester, creo que las cosas no le salieron bien... —Stear le dio una ligera patada por debajo de la mesa y Archie de inmediato reaccionó—. Tu pierna ha tomado fuerza, ¿verdad hermanito? —preguntó el elegante muchacho haciendo un gesto de dolor—. ¿Por qué demonios me pateas?
—Lo hago porque soy tu hermano mayor y debo corregirte —murmuró el inventor.
—¿Y por qué me corriges? ¿Acaso dije algo malo?
—Dejemos de llamar la atención, Archibald. Por favor.
—Tú eres quién se hace notar... —reclamó Archie—. Además no dije nada malo.
—Te estás burlando, eso, es suficientemente malo.
—Terry se burla de mí todo el tiempo, ¿por qué no puedo hacer lo mismo?
Tessa y Patty se miraron y no les quedó más que reírse del infantil pleito de sus novios. Ambas ya conocían a sus parejas y sabían que discutían por todo y por nada.
—No los esperaba tan pronto... —dijo Albert, levantándose de su asiento—. ¿Sucedió algo?
Candy negó, pero Terry no hizo lo mismo. Él clavó sus ojos en los del rubio magnate y silenciosamente le hizo ver que sí había pasado algo.
El patriarca se sintió alarmado ante aquella mirada, no obstante, no lo demostró y como si nada pasara, nuevamente tomó asiento en su lugar, una vez sentado, ordenó al mesero que sirviera un par de platos más y continuó con la cena.
Obviamente moría por saber la razón por la cual Candy y Terry regresaron de su cita tan pronto, pese a ello, no fue hasta que llegaron a casa, cuando buscó una respuesta a su interrogante.
Una vez que estuvieron dentro de la residencia, hizo que la pareja de jóvenes lo acompañaran a su estudio, para que le dieran una explicación.
—¿Estás bien, Candy?
La rubia muchacha sonrió y casi de inmediato respondió:
—Sí, claro, estoy bien...
—Pues no lo parece —aseveró él, sin poder evitar tocar el rostro de la chica—. ¿Segura que no te pasó nada?
Candy negó, pero, Terry no pudo seguir callando:
—Será mejor que se lo digas ya... —mencionó él, observando a su novia—. De nada sirve ocultar lo que pasó, la prensa pudo haber estado allí, si ese es el caso, seguramente la noticia saldrá por la mañana.
—Santo cielo, Candy... pues... ¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó Stear, al tiempo que él y Archie irrumpían en el despacho.
La muchacha bajó la mirada y sonrojándose con intensidad balbuceó:
—Tuve un pequeño accidente en la tarde.
—¿Un accidente? —la pregunta de Archie fue directamente lanzada hacia Terry y entonces Candy de inmediato aclaró:
—Un par de automóviles chocaron en la avenida. Uno de ellos se quedó sin frenos y se estrelló muy cerca de Susana y de mí —Candy sollozó con tristeza y luego bajó la mirada—. Terry me llevó al hospital. Allí me revisaron y me han dicho que estoy bien.
—Oh Candy... —Albert, quién estaba a su lado, la tomó de la mano de inmediato—. ¿Segura que estás bien? —le cuestionó, mientras ella afirmaba y derramaba las lágrimas contenidas.
—No me pasó nada.
—¿Quién demonios fue el idiota que chocó? ¿Levantaron cargos en su contra? —Archie observó a Candy, pero ella no respondió.
—El choque fue un accidente —contestó Terry—. El responsable se hizo cargo de los daños. En eso, se incluyeron los servicios médicos de Candy y Susana.
—¿Y Susana? —preguntó Albert—. ¿Ella está bien?
Candy y Terry afirmaron al mismo tiempo.
—¿Saben? Ha sido un día muy complicado para Candy... —dijo el actor, mirando a Albert—. ¿Por qué no llamas a Dorothy, y le pides que la lleve a la cama?
Albert asintió, pues le parecía una idea sensata, mas, justo cuando iba salir para llamar a Dorothy, Candy mostró signos de no querer que la atendieran.
—No tengo ganas de descansar... perdón Albert, pero, deseo unos minutos más... ¿Terry, podemos hablar antes de que te vayas? —Terry se encogió de hombros y luego asintió—. ¿Puedo hablar con Terry, por favor? —pidió la chica a su joven tutor.
—Sí, claro... ¿Por qué no hablan aquí? —les ofreció Albert—. Nosotros nos iremos a la estancia, vamos chicos, el té ya debe estar listo.
Como era de esperarse, Archie no estaba muy contento con dejar de lado el tema, pero, Stear y Albert lo instaron a salir.
Una vez que Terry y ella se quedaron solos, Candy dijo:
—Lo lamento.
—Candy, lo has lamentado toda la noche —le hizo ver Terry—. Será mejor que dejes de hacerlo... ¿Qué culpa tienes de lo que sucedió?
—Quizá sí tengo culpa —Candy se encogió de hombros y aceptó—. Hice enojar a Susana... —Terry frunció el ceño y ella continuó—. Defendí lo nuestro ante ella. Era lógico que se pusiera así y quisiera matarme.
—No es lógico. Lo que pasa, es que ella está mal de la cabeza —Terry se acercó a la rubia, la tomó de la barbilla para obligarla a mirarlo y le pidió—. No pienses más en eso, por favor.
—No solo es lo de Susana... —Candy posó sus pequeñas manos en la cintura de Terry y dijo—. Lamento de verdad que no saliéramos juntos. Los chicos lucían muy felices con su paseo del día de hoy y pude notar que tú estabas afligido.
—¿Y qué pasa si te digo que sí me sentí infeliz? ¿Vas a recompensarme? —preguntó él, sin poder evitar que sus ojos brillaran con emoción.
—Sí, eso es lo que quiero. Añoro recompensarte.
Terry bajó sus manos y acercó el cuerpo de la chica hacia él.
—No puedes recompensarme ahora, Pecosa...
—Lo sé... sé que no puedo.
—De hecho, no podremos salir mientras la «Santa Inquisición» esté en tu casa.
—También lo sé.
—Entonces, ¿cómo se supone que vas a recompensarme?
Terry y ella se separaron y afligida, Candy respondió:
—No lo sé... no sé cómo...
La rubia se cubrió la cara. Terry de inmediato la estrechó en sus brazos e intentó calmarla.
—Deja que yo me preocupe por eso. Ya sabré cómo hacer para verte este fin de semana... —Candy se apretó contra su pecho, Terry en respuesta, la abrazó más fuerte—. Mañana nos veremos, te lo prometo. Pasaremos un buen rato y tendremos nuestra cita.
—Pero, ¿cómo? ¿Qué es lo que harás?
—Ya lo verás —dijo él con una sonrisa.
Candy le miró emocionada y le regaló un pequeño beso sobre los labios.
—¿Ya estás más tranquila?
—Lo estoy...
—Bien. Ahora, será mejor que te vayas a la cama.
Candy sonrió divertida y terca, como solía hacerlo, cuestionó:
—¿Por qué tanta insistencia en enviarme a la cama?
—Porque la «Santa Inquisición» puede aparecer en cualquier momento.
La rubia tuvo que aceptar que él tenía razón y entonces, obedeció a su mandón novio.
—Me voy, pero, antes de irme a la cama y soñar contigo... quiero que me des un beso.
Terry sonrió ante la petición y mirando los ojos verdes de su novia, declaró:
—¿Sabes algo? No necesitabas pedirlo... —dijo acariciando los labios de la rubia muchacha—. De hecho, no iba dejarte ir, hasta despedirme de ti como se debe.
El actor, acercó su boca a la de Candy y de inmediato, la ahogó en un delirante beso. Mismo que al concluir, hizo que ella sonriera satisfecha.
—Entonces... ¿Te veo mañana?
—Sí, nos vemos mañana.
Candy sonrió dichosa y después caminó lentamente hacia la puerta del estudio.
—Te amo, Candy... —le recordó Terry, al verla llegar al umbral.
—Te amo también... —respondió ella, volteando a verlo.
—Sueña conmigo, preciosa...
—Y tú conmigo, mi amor.
Ambos sonrieron y segundos más tarde Candy salió del estudio.
Terry se llevó las manos a la cabeza y después de mirar la hora que el reloj marcaba, salió del estudio también.
Se despidió de los Andrew y salió corriendo a buscar su auto. Tenía un plan que trazar, y necesitaba la máxima ayuda posible.
—Susana, hija, ya es muy tarde para que sigas despierta, ¿por qué no vas a la cama? —pidió Louise a la rubia actriz, mientras, esta, la miraba a través del espejo de su tocador.
—Yo no tengo sueño —expresó tajante, al tiempo que cepillaba sus lacios cabellos.
—El doctor mandó un medicamento que te ayudará a conciliar el sueño —recordó la mujer.
—¿Por qué crees que Terry no puede amarme? —cuestionó Susana, mirándose en el espejo—. ¿Qué tiene de malo mi apariencia? ¿Es porque perdí una pierna? —La rubia negó con la cabeza y agregó—. Fue su culpa... fue toda su culpa. No debería rechazarme por esa razón.
—Para con eso Sussie... —Louise posó sus manos en los hombros de su hija y le invitó a serenarse—. No sigas castigándote con ese tipo de cuestiones.
—No me estoy castigando —respondió la muchacha—. Solo me pregunto: «¿Por qué?»
—Tú sabes la respuesta.
—No, no la sé.
—Claro que la sabes, pero, no te atreves admitirla.
Susana dejó el cepillo sobre el tocador y luego rodó su silla de ruedas hasta la salida del cuarto.
—No hablaré más contigo.
—¿Ah no? —Louise la siguió y sin pensarlo, detuvo la silla de ruedas—. Tendrás que hacerlo, jovencita, ¡aunque no quieras, lo harás! Dios... ¿Crees que se me olvida lo que sucedió en el hospital? Candy te salvó la vida y tú no le diste las gracias.
—Nadie le pidió que me salvara.
—Sussie...
—No hablemos de ella, ¡te lo pido, por favor! —Susana luchó contra su madre y finalmente logró que Louise liberara su silla de ruedas.
La malcriada muchacha, se movió con rapidez y rodó la silla hasta un pequeño estudio que se encontraba a unas cuantas puertas de la suya.
—Hija... ¿Qué es lo que harás? —le preguntó la señora Marlowe.
—Voy a estudiar mis líneas —Ella se dirigió al escritorio y desde allí, exigió—. Vete y déjame estudiar.
—Te traeré un vaso con leche y tus galletas preferidas —insistió la mujer, intentando que Susana olvidara su molestia.
—¡No quiero! ¡Solo vete!
—Está bien, cariño. No te enojes por favor —expresó Louise—.Te dejaré estudiar.
—Vete ya...
Louise salió del estudio y de inmediato cerró la puerta.
«Su hija, debe ser atendida por un especialista»
Le dijo el médico que la atendió en el hospital San José.
«Puede que no sea nada grave, sin embargo, no está de más comenzar a tratar ese problema de comportamiento»
Louise se llevó las manos a la boca, y ahogó su llanto, recordar aquellas palabras le hacía sentirse tremendamente desdichada.
«No deje pasar el tiempo, Louise, atienda a su hija y evite problemas futuros»
La señora Marlowe, caminó por el pasillo y fue directamente hacia la cocina. Sacó el medicamento que le proporcionó el médico y entonces vertió un poco de él, dentro de una taza.
Odiaba la idea de engañar a su hija, no obstante, no le quedaba más que hacer. La chica tenía que dormir y estar tranquila.
Louise tomó el té de manzanilla que ya había preparado y lo vertió a la misma taza en la que se encontraba el medicamento. Después de eso, salió de la cocina y se dirigió hacia dónde estaba Susana.
—Ya sé que me dijiste que te dejara en paz —expresó Louise, ingresando al estudio—. Pero, ya que no has cenado, insisto en que tomes una taza de té, al menos.
La humeante taza de té, llamó la atención de Susana y su madre le sonrió.
—La manzanilla es muy buena para tu voz.
—No la tomo tan caliente.
—Claro ya lo sé, solo necesitas dejar que se enfríe un poco.
Louise colocó la taza cerca de su hija y de inmediato se dio la media vuelta, con la intención de salir del estudio y dejar sola a Susana.
—Gracias mamá... —expresó la rubia, al tiempo que Louise afirmaba con la cabeza.
—De nada hija. Tomaré un baño, ¿de acuerdo? —anunció la mujer, observando como su hija, se interesaba en la taza de té—. Nos veremos en un rato.
Como era de esperarse, Susana sí bebió el contenido de la taza y después de algunos minutos, el sueño comenzó a vencerla.
Cuando Louise regresó al estudio, la actriz ya se estaba quedando dormida.
—Vamos, Sussie, te llevaré a tu cuarto... —dijo Louise, mientras Susana la observaba confundida.
—Quiero... quiero que Terry me lleve...
Louise no le prestó atención, y comenzó a trasladar a la muchacha hacia a habitación.
—Terry... ¿Dónde está Terry? —preguntaba con insistencia, mientras Louise la acomodaba sobre la cama.
—Te arroparé —le dijo la mujer, al tiempo que Susana cerraba los ojos—. Dulces sueños, mi niña, duerme bien —murmuró besando la frente de la chica—. Mañana todo será diferente, mañana te sentirás mejor —agregó al tiempo que acariciaba el cabello de su hija y oraba para que ella sanara.
—Terry, ¿qué haces aquí? —preguntó Richard Grandchester, mientras se acercaba a su hijo—. ¿Está todo bien?
—Todo está bien, pero, aun así, necesito hablar contigo —El muchacho observó el reloj que adornaba la estancia de la suite y con pena admitió—. Sé que esta hora del día, no es propicia para hacer una visita, no obstante...
—Pero, ya estás aquí —completó Richard, dibujando una sonrisa en su rostro—. Así que, ¿qué te parece si te sientas y me hablas sobre eso, que te tiene tan inquieto?
Terry asintió y entonces tomó asiento en un pequeño sillón. El duque, por su parte, se dirigió hacia el pequeño bar que tenía a su total disposición.
—¿Quieres que te sirva algo? —cuestionó, mientras Terry afirmaba—. ¿Qué deseas?
—Un vaso con agua, por favor. He bebido suficiente alcohol, por el día de hoy —reconoció, recordando las copas de vino que había bebido en el día, un par en la comida y otro par en la cena.
—De acuerdo.
Terry observó con cuidado la suite presidencial, que ocupaba su padre en el hotel Plaza, y se dio cuenta de que era mucho más grande que su apartamento.
—Aquí tienes, un vaso con agua para ti —ofreció el duque—. Y para mí, un whisky —agregó el hombre, mientras se sentaba sobre un sofá—. Dime Terry, ¿qué es lo que está pasando?
El muchacho respiró hondo y luego de liberar el aire contenido, dijo:
—Tenías toda la razón... —Terry lo miró avergonzado, y después agregó—. Susana... ella...
—¿Ella te hizo algo? —cuestionó Richard, con preocupación.
—Pues...
—Vamos hijo, dime... ¿Qué pasó?
—Susana se lanzó contra mí, hoy en la tarde, ¿entiendes lo que te digo? —Richard afirmó y Terry siguió hablando—. Como era de esperarse, yo la rechacé... Y bueno, al final mi rechazo, desencadenó su locura...
Terry bebió del vaso de agua que el duque le dio y a continuación le relató lo sucedido entre Candy y la actriz. Richard no daba crédito a lo que escuchaba, pues aunque Susana le parecía la clase de mujer que daba problemas, le sorprendió darse cuenta de que era mucho más peligrosa de lo que él pensó.
—Fue un accidente —dijo Terry—. Pero, no dejo de pensar en que nada de eso hubiera pasado, si Susana estuviese más tranquila.
— ¿Y Candy? ¿Ella está bien?
—Sí... ella está bien... —Terry suspiró con pesadez y Richard se acercó más a él, para poner su mano en el hombro del chico y reconfortarlo.
—Puedo ser capaz de entender cómo te sientes —dijo comprensivo—. Debió ser muy difícil para ti, darte cuenta de que la mujer que amas estuvo en peligro —conteniendo su descontento y mostrándose sereno, Richard añadió—. Voy a contactarte con un abogado, uno de mi total confianza. De hoy en adelante, no quiero que trates con la señorita Marlowe.
Terry lo miró desconcertado e inmediatamente, preguntó:
—¿Un abogado?
—Sí, claro. Terry, tu madre ya me habló de los términos con los que Susana y tú, han cimentado su nueva relación. Sé que a pesar de romper el compromiso, tú te has dedicado a indemnizarla económicamente, y bueno, en eso yo te apoyo —El duque tomó un respiro y después expresó—. Pero a pesar de estar de acuerdo contigo, creo que necesitas la ayuda de un abogado, él se encargará de constar legalmente lo que haces por Susana y de paso la mantendrá a raya.
—Había pensado en eso antes, mas, no quise verme tan poco amigable.
—Entiendo, sin embargo, todo ha cambiado. Esa chica probablemente esté enloqueciendo y no quiero que te meta en problemas. Ni a ti, ni a Candy.
—De acuerdo, lo haré. Yo hablaré con el abogado.
—¿Eso es todo lo que me quieres contar?
—No, en realidad, he venido a pedirte un favor.
Richard lo notó nervioso y para aligerar ese nerviosismo, le preguntó:
—¿Se trata de Candy? —Terry le miró sorprendido y sin decir nada hizo una señal de afirmación—. Muy bien, dime que deseas que haga y lo haré.
—¿No importa que tan rara sea mi petición?
Richard rio.
—No, no importa.
—Candy no era tu persona favorita... ¿Recuerdas la vez que te pedí un favor para ella?
El duque de Grandchester, asintió apenado, después bebió de su vaso de whisky y luego dijo:
—Hay algunas cosas que tú no sabes —Terry le miró fijamente a los ojos y cuestionó:
—¿Cosas? ¿Cómo cuáles?
—Como que fue Candy, la que me animó a no buscarte y llevarte de nuevo a Londres... —Terry negó y Richard siguió con su declaración—. Esa niña, me hizo entender lo equivocado que estaba contigo y terminó dándome una gran lección.
—¿Cómo se supone que pasó eso?
—Te contaré, pero, creo que necesitaré otro trago —El duque se levantó de su asiento y se dirigió de nuevo a la barra.
—Te agradecería que me sirvieras uno a mí también... —dijo Terry—. Supongo que lo voy a necesitar —agregó entre asustado y emocionado por la declaración que le había hecho su padre.
