Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.


ANOTHER CINDERELLA

~Capítulo 2~

En la puerta de una de las muchas habitaciones del castillo estaban reunidas por lo menos cuatro personas, y una de ellas golpeaba frenéticamente la puerta, alternando los golpes con palmadas e incluso algunas patadas que por poco hacían caer la estructura de madera.

—¡Capitán!—el joven castaño volvió a tocar, los otros tres sólo se intercambiaban miradas resignadas e incluso somnolientas por la hora que era—. ¡Capitán, por favor, es urgente! —golpeó de nuevo, e intentó abrir la puerta, pero ésta seguía fuertemente cerrada. Y no había respuesta alguna de la persona que se suponía estaba dentro.

—¿Sucede algo, Kentin? —el aludido se sobresaltó al escuchar la voz de Lysandre detrás de él, pero no dejó ver ninguna reacción. Sabía perfectamente que el resto de su equipo se estaría muriendo de risa si da alguna muestra de lo fácil que resultaba provocarle un mini-infarto como aquel.

—El capitán no quiere salir… como siempre— el joven albino dio un suspiro cansado.

—Déjamelo a mí —Kentin se hizo a un lado para dejar pasar al consejero, y contrario a su táctica de violencia hacia la puerta el joven sólo se paró frente a ella, y habló con firmeza—. Armin, ¡abre la puerta! —desde adentro se escuchó un fuerte bostezo seguido de una voz perezosa.

—…Armin está dormido— todos afuera rodaron los ojos.

—Hay trabajo— siguió hablando Lysandre. Algunas maldiciones y otros murmullos se escucharon, seguido del sonido semejante a un golpe, o algo que indicaba que alguien había tropezado. Esperaron pacientemente hasta que la puerta se abrió, revelando la cara de pocos amigos que el capitán de la Guardia Imperial, así como la Tropa Real de Élite les lanzaba.

—¿Y ahora qué quiere? —fue el saludo que les dio. Después de todo, quería ir directo al grano para terminar lo más rápido posible y volver a dormir. Lysandre le mostró un pequeño bulto envuelto en pañuelos de encaje—. ¿Para mí? Oh, gracias que amable —preguntó con emoción fingida, como si fuera una doncella recibiendo un regalo de su pretendiente. Todo su equipo se golpeó su frente con la palma de su mano en gesto reprobatorio por la patética broma del joven de cabello negro—. No tienen sentido del humor— rodó los ojos y empezó a desenvolver aquello, y aunque mostró ninguna reacción, por dentro sí se sorprendió. Podría esperar muchas cosas por parte de alguien tan gruñón como el príncipe, pero nunca esperó encontrarse con un feo zapato, bastante desgastado y de un horrible color azul que casi se convertía en gris por lo sucio que estaba.

—¿Y qué opinas?

—Bueno… —le regresó zapato, y se recargó en el arco de la puerta cruzando brazos y piernas. Todos estaban a la expectativa del veredicto de la persona que era experta en rastrear a otros, pero no esperaban la estúpida respuestas que les otorgó—. No me agrada mucho este estilo, pero lo siento, debo declinar tu regalo; no es de mi talla— un segundo golpe en la frente se escuchó por parte de su equipo, a excepción de Lysandre, quien lo reprendió.

—Deja las bromas, esto es serio. Él dijo que tú sabrías localizar a la dueña del zapato.

—Oh, mira, al final creo que encontró a alguien, y yo que pensaba que se quedaría soltero para siempre— empezó a reír, realmente alegre por la orden, como si de verdad le hiciera gracia—. Hey Alex —se dirigió a una persona que podría ser su copia exacta con excepción del color de ojos— creo que perdí la apuesta.

—Armin…— le volvió a reprender Lysandre, llamándolo por su nombre, y alargando el "min"; dejando pasar por el momento la apuesta que hicieron los gemelos sobre la vida amorosa del futuro rey. El capitán dejó de reír, adquiriendo el porte serio y confiado que lo había llevado a ser el máximo líder de las fuerzas armadas del reino Amoris.

—Distrito 3. Busca en el barrio más pobre. Pregunta a Louis, él sabrá— volvió a entrar a su habitación al terminar con la tarea asignada, pero no pudo cerrar la puerta debido a que Lysandre se lo impidió.

—Armin.

—Sí, sí, de nada. Les facilité la mayor parte del trabajo, pero no fue nada, no es necesario el agradecimiento, lo que quiero es dormir.

—No es eso. Tú vendrás con nosotros— Armin no dijo nada, pero sí demostró un semblante fastidiado. Otra noche en vela por los caprichos de Castiel—. Tienes que venir con nosotros Armin, son órdenes expresas del príncipe.

—Pff— bufó.

—Armin…—lo llamó de nuevo, usando su tono autoritario.

—Dame 7 minutos y estoy listo— volvió a cerrar la puerta, y esta vez nadie se lo impidió.

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Con dificultad, mucha más de la que le había costado subir, Alice bajó el gran árbol que había usado para ubicar la dirección hacía su distrito. Había salido abruptamente, corriendo hacia el centro del bosque sin detenerse a pensar en qué podría encontrar más adelante. Le hubiera gustado reunirse con Nathaniel y haber escapado juntos, y así evitarse la fatiga de regresar caminando hasta su distrito, pero si sus pensamientos estaban en lo cierto había saltado por una parte lateral o quizá posterior a la entrada. Y quizá aquella estaba llena de guardias.

No quería enfrentarse con la Guardia Imperial, no de nuevo.

Menos mal que la luz de la luna iluminaba perfectamente su camino, y el clima cálido no dificultaría su larga caminata. Estimaba que le llevaría toda la noche regresar hasta su hogar.

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No quedaba ya ninguna doncella en el palacio real, todas habían regresado a sus hogares al enterarse que el príncipe Castiel se había retirado poco después de la media noche. Pero ya pasaban de las 3 de la mañana, y no había rastro de su prometida.

Nathaniel se había presentado innumerables veces frente a la entrada del castillo para preguntar si no quedaba alguna joven aún dentro del palacio, o si sabían de alguna que hubiera regresado en otro medio que no fuese un carruaje, pero siempre recibía respuestas negativas de los guardias con poca paciencia. La última vez le prohibieron presentarse de nuevo.

Se llenó de rabia, y apretó los puños con tanta fuerza que estos se habían tornado blancos. Temía lo peor.

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En medio de la tibia noche, sólo se escuchaba las llantas de madera de un carruaje rodando, así como el andar de algunos caballos. No iban a gran velocidad, sus jinetes sabían bien el camino que tomarían así como el tiempo que tardarían en llegar a su destino. Podrían incluso tardar toda la noche y aún así llegarían a tiempo para recibir a la persona que el príncipe de Amoris necesitaba.

Aunque él insistió en salir cuanto antes, la Tropa Real de Élite quiso tomarse su tiempo, después de todo no lo veían de tanta importancia, y solo estaban allí para escoltar al futuro rey. Así, sin contar al conductor, frente al carruaje real se colocaban tres caballos en formación triangular, liderados por el capitán de la Tropa, seguido de su hermano Alexy, y a un lado de él se encontraba aquel callado ser que llamaban Dimitri. En la retaguardia del mismo estaba el segundo al mando, Kentin; junto al hombre de mayor edad de entre ellos, Charlie.

—Oye, Kentin —habló este último, e hizo sobresaltar al Sub-Capitán de la Tropa por el repentino llamado—. ¿Cómo es que el Capitán es tan bueno rastreando gente? ¡Incluso da miedo!

—No lo sé— respondió sin apartar la vista del camino—. Dice que lo toma como si fuese un juego o algo así. Nunca he entendido eso—. El castaño suspiró insatisfecho ante la respuesta. Sin embargo, frente al carruaje, tampoco había un tema de conversación diferente. A todos les intrigaba realmente como es que su líder pudiera hacer cosas tan complicadas como dar con el paradero de una persona con sólo ver un zapato. ¿O era acaso que las habilidades del capitán habían aumentado? No por nada era eso, su Capitán, no sólo de lo que implicaba la guardia general del reino, la Guardia Imperial, sino que también lideraba la Tropa Real de Élite, un equipo especial escogido por el mismísimo rey antes de que falleciera, y que estaba a disposición de la familia real. Simplemente lo mejor de lo mejor. Y por eso era admirado.

—Armin… —escuchó a sus espaldas la voz preocupada de su hermano—. ¿Cómo lo hiciste esta vez? Es decir, no había muchas pistas.

—¿Ah, de verdad? —le respondió sin mostrar emoción alguna—. Ha sido demasiado fácil. Si lo piensas bien, era demasiado obvio, cualquiera pudiera haber intuido la procedencia del zapato si ataba bien los cabos. Primero: estaba cubierto de barro negro, no marrón ni alguna otra tonalidad; y ese tipo de tierra solamente está en el tercer distrito. Segundo: el mismo zapato. En el primer e incluso en el segundo distrito hay más variedad diseños, aquel era el más simple que se haya hecho. Y tercero…—volteó ligeramente su rostro y su hermano alcanzó a ver una sonrisa en él— ¿Qué doncella calzaría sus zapatos de uso diario en un evento real? Eso me hizo suponer que vivía completamente en la miseria.

—Ya veo…

—No tienes de qué preocuparte Alex. El que debería estar preocupado tendría que ser yo. No creía que de verdad encontraría a su "media naranja", aunque no sé por qué pareciera que la estamos persiguiendo. Ahora me quedaré todo el mes sin comer por haber perdido la apuesta.

—¡Yo nunca acepté esa apuesta! —respondió indignado. Su hermano rió.

—Dices eso ahora porque aquí viene Castiel, pero te aseguro que después me lo querrás cobrar.

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¡Claro que no! Yo no jugaría con algo como el amor.

Uy, había olvidado lo sentimental que eras.

¡Armin!

La conversación bastante infantil se colaba hasta dentro del carruaje, donde sus dos ocupantes no habían podido conciliar el sueño a pesar de que sabían que podrían dormitar aunque fuera un poco antes de llegar a su destino. El príncipe suspiró fastidiado.

—…Son unos malditos mocosos —rodó los ojos al escuchar un "No lo soy" de Alexy, seguido de un "Claro que sí" de Armin. Lysandre rió levemente.

—Tienen su misma edad —le recordó—, incluso su actitud me recuerda a la de usted.

—¿Insinúas que soy un mocoso? —lo encaró levantando una ceja intrigado.

—Algunas veces te comportas como uno, Castiel— dejó de hablarle con respeto, como lo tenía que hacer en su trabajo dentro del palacio. Ahora parecía que eran dos simples amigos charlando acerca de tonterías.

—No te creas tan maduro solo por tener un año más que yo, Lysandre.

—No me creo, lo soy— contestó con una media sonrisa—. ¿Cómo podría ser tu consejero si fuera así de inmaduro?— a Castiel sólo se le saltó una vena en su sien, por lo que Lysandre cambió de tema—. Así que salió huyendo. Me parece increíble que una delicada señorita pudiera saltar desde esa altura.

—A mi no me pareció tan delicada.

—Todas las mujeres son delicadas.

—Pero no todas saltan desde más de tres metros de altura y salen corriendo con un vestido de un horrible color azul puesto— refunfuñó—. ¿Por qué esta cosa no avanza? —preguntó enojado al sentir la velocidad lenta a la que iba, así que sacó su rostro por la ventana para dar órdenes— ¡Armin, apúrate!.

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Nathaniel no había podido dormir en toda la noche. Había esperado una hora más cerca de la entrada del castillo esperando a su prometida, pero no había dado con su paradero. Regresó directamente a su distrito en busca de Alice, pero al llegar a su casa, su madre no lo quiso recibir. La familia de Sharon tampoco respondió. Se estaba imaginando cosas terribles acerca de su prometida, e incluso llegó a pensar que terminó siendo embaucada por algún noble podrido en dinero; y esos pensamientos lo llenaron de rabia extrema. Lo único que quería era desquitar toda esa furia por lo que se encerró en su taller de herrería.

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—Así que se llama Alice Arlelt— aunque el príncipe y los demás miembros de la Tropa de Élite esperaron algunos minutos que se le hicieron eternos afuera de un pequeño bazar, estos habían valido la pena. Armin acababa de darle toda la información acerca de la chica que había sido la más adecuada para ser su prometida.

—Así parece ser. Louis me dio más información de la que necesitábamos— sonrió, lo que hizo que su hermano se alterara.

—¿No lo golpeaste, verdad? —inquirió.

—¿Me crees capaz de hacer algo así? —Armin fingió indignación, pero antes de que negara o afirmara aquello, Castiel se adelantó a hablar.

—¿Y qué estamos esperando?

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La tenue luz del sol que apenas se vislumbraba hacía que las casas apenas se distinguieran entre un matiz azul y negro. Ninguna residencia tenía signos de haber actividad, todos seguramente seguían dormidos, aún así Alice evitó pasar por las calles que sabía eran las más pobladas o las que empezaban la actividad del día desde muy temprano. Le dolían los pies a morir, sobre todo porque había caminado desde el castillo hasta su hogar con un solo zapato, puesto que el otro lo había perdido a lanzárselo al príncipe Castiel. Aún se sentía apenada por aquello, pero era la única opción si quería salvar su vida.

Se sintió aliviada al darse cuenta que doblando la esquina estaría la tranquilidad de su hogar y así podría descansar, pero al dar la vuelta se encontró con que en la planta inferior de su casa emitía luz, y no solo eso, sino que a fuera se encontraba un carruaje con algunos caballos.

Su instinto le dijo que saliera de allí, quizá ir al taller de Nathaniel era la mejor opción por la cercano que estaba, pero debido a que aún seguía viendo hacía atrás cuando comenzó a correr, chocó con una "pared" que sabía que no debería estar allí. El impacto casi la hace caer, y cuando abrió los ojos, vio que no era precisamente un muro, era un hombre, o un joven; no podía distinguir su rostro.

—Las señoritas no deberían andar solas a estas horas de la madrugada— le dijo. Alice quiso huir, pero el hombre fue más rápido que ella; y antes de que pudiera estar fuera de su alcance, la tomó por los hombros privándola de su libertad. Ella sólo alcanzó a ver en la capa de aquel individuo la imagen bordada de tres rosas sobre unas espinas y con una corona encima de ellas, y reconoció que era el escudo de la Tropa Real de Élite.

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—Mi…mi hija no debe tardar en llegar— si no había contado mal, era la quinta vez que la señora había mencionado ese detalle desde que llegaron un par de horas atrás, y no había podido ocultar su nerviosismo—. No sé que habrá pasado. Me disculpo por ella.

—No hay de qué preocuparse— respondió el consejero. Castiel se había fastidiado de eso a la tercera ocasión, por lo que Lysandre ocupó el lugar del interlocutor las dos últimas veces—. Comprendemos la situación y esperaremos pacientemente.

Justo terminó su oración cuando oyeron el estruendo causado por la puerta y la vez vieron entrar al Capitán forcejeando con una jovencita. Más bien era la chica la única que ponía fuerza ya que era evidente que Armin podía manejarla sin problemas mayores.

—Suélteme —exigió.

—¿Es ella a la que buscaba? —ignoró su petición dirigiéndose a Castiel. Alice dejó de moverse para ver al interlocutor del joven que la sostenía.

Y la piel se le puso aún más pálida al reconocer al Príncipe sentado en su hogar.

—¡Usted!

—Señorita…— el príncipe se puso de pie, pero ella no lo dejó terminar con su diálogo.

—¿Qué hace aquí? —preguntó sin rodeos. No es que quisiera enfrentar al príncipe sin temor, al contrario, estaba aterrada, pero fue eso mismo lo que la llevó a hablar con ese tono.

—¡Alice! —la reprendió su madre—. ¿Qué modales son esos? ¡Compórtate! Tenemos al príncipe de visita.

—Lo… lo siento.

—Lo lamento. Iré a preparar un poco de té.

—…¿Por qué me busca? —habló de nuevo Alice, procurando bajar un poco su tono de voz una vez que su madre se retiró.

—Hay algo que quiero de usted —se fue acercando a Alice, lo que la hizo retroceder dos pasos—. Si no hubiera salido corriendo, lo habría escuchado en ése mismo instante.

—¿Cómo sabe que era yo? ¡Tuve el antifaz puesto toda la noche! —trató de defenderse pero no midió sus palabras. Castiel sonrió de medio lado, no una sonrisa de felicidad o alegría, sino que le infundía temor.

—Primero— enumeró con su dedo—, con eso está confesando que estuvo en la fiesta, y segundo —la tomó con firmeza de un brazo y aventó bruscamente contra la silla que anteriormente ocupaba—, tengo la prueba irrefutable —chasqueó los dedos e inmediatamente su consejero le pasó el zapato aún envuelto en encaje.

Castiel se arrodilló frente a ella y, sin pudor alguno, subió el vestido más arriba de las rodillas lo que hizo que se pusiera roja de furia y vergüenza, ¡aquello era una falta de respeto para una señorita como ella! Pero a él no pareció importarle mucho, y acto seguido, le colocó sin mucha delicadeza el zapato que había lanzado, calzando perfectamente y complementando al otro que aún tenía puesto.

No hubo palabras después de aquello. No tenía ninguna prueba para refutar que ella había sido la que golpeó a Su Alteza con un vulgar zapato. ¿Y ahora qué seguiría? ¿La mataría? ¿La meterían en prisión? No quería estar en aquel lugar nuevamente… Inconscientemente dirigió su vista al capitán Armin y halló que este no dejaba de observarla con un aire pensativo.

—Oye, yo te conozco… —Alice empalideció al escuchar esas palabras—. Estuviste en prisión unos días…

Y el capitán no mentía. Meses atrás la Guardia Imperial de su distrito la había arrestado por un delito que ella consideraba sin importancia. Había desenmascarado a un hombre, y admitía que fue la culpable de que éste terminara bañado en lodo. Pero creía que le había dado su merecido a aquel comerciante abusivo que vendía supuestas medicinas a precios exorbitantes; cuando en realidad eran plantas que podrían tener efectos nocivos. Pudo haberlo denunciado a algún guardia, pero Alice se fue por el camino difícil y frente a todos mostró el verdadero daño del producto y de paso le dio un "escarmiento". Sin embargo, aquel hombre que tenía influencias con el Líder de la Guardia Imperial del Tercer Distrito (el cargo más alto en cada distrito), e hizo que la arrestaran, argumentando que le había quitado su medio de vivir. Fue encerrada sin posibilidad de salir.

Al día siguiente hubo una inspección general en la Guardia Imperial y Armin se hizo presente. Fue la primera vez que lo vio. Recordó que le sorprendió ver que el nuevo Capitán de la Guardia era tan solo un muchacho quizá uno o dos años mayor que ella.

Cuando Armin pasó a su celda le intrigó ver a una jovencita allí, por lo que pidió que le explicaran su situación. «¿Y por eso está aquí?», negó con la cabeza y rió. A ella le pareció rara su actitud.

Esa misma tarde Alice salió libre con la ayuda de Nathaniel.

Por supuesto que aquello llegó a oídos de Armin, pero en lugar de perseguir nuevamente a Alice, destituyó del cargo a aquel influenciable Líder.

—Pero un amigo tuyo te sacó —añadió.

—¿Cómo pudo hacer eso? —preguntó Kentin alarmado.

—Con un soborno— explicó Alexy—. Compró con un par de botellas de vino barato al Líder del Tercer Distrito. Claro, fue en contra de la ley, y aquel hombre tuvo su merecido por dejarla ir sin pagar su sentencia.

—Y no me cabe la menor duda que eres la doncella fugitiva que hemos estado persiguiendo—, concluyó de nuevo Armin sonriendo de medio lado. Todos los delitos por los que aquella jovencita era perseguida tenían el mismo propósito: defender a los débiles e impartir justicia. Por fin había dado con el paradero de la misteriosa jovencita a la cual le habían impuesto varios cargos, pero que siempre buscaba el modo de huir. Alice, por su parte, no creía que estuvieran tan informados de lo que había realizado. El ambiente se volvió pesado, tenso, y nadie dijo palabra alguna por varios minutos, hasta que la risa del Capitán sonó en el aire—. ¿Qué clase de mujeres escoges Castiel? ¿Es un fetiche o algo? —se dirigió al príncipe. Alice no sabía de qué estaba más sorprendida, si por el tono demasiado informal que usó o haber insinuado que el príncipe la había puesto atención a ella.

—Armin, cállate.

—Aquí está el té— interrumpió su madre cargando una bandeja con el juego de té que nunca utilizaban, una de las pocas posesiones "finas" que había en aquella casucha.

—Señora Arlelt ¿Hay alguna parte en la que pueda hablar en privado con su hija? —preguntó el príncipe. Alice se alarmó al ver que su madre dirigía la vista hacia las escaleras.

—En su habitación.

—Mamá, no…

—Guarda silencio, Alice.

—Lysandre, ven conmigo— dijo jalando a la chica de cabello negro y subiendo al segundo piso.

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—Así que Alice ¿eh? —aquello parecía más un interrogatorio que una charla al estar ella sentada en medio de la habitación, mientras el príncipe caminaba alrededor de ella, prestándole más atención al pésimo lugar en el que vivía. Alice no contestó, pero el hecho que empezara a tratarla con tanta familiaridad (dejando el formalismo de "usted") le irritó un poco—. Al parecer no tienes buena relación con la Guardia Imperial. ¿Eres alguna delincuente o algo así por el estilo?

—¡C-claro que no!

—Oh, en fin. No me interesa realmente, iré directo al grano— la miró directo a los ojos—. Quiero que seas mi prometida.

—¿Qué ha dicho? —no pudo evitar preguntar eso. Seguramente había escuchado mal.

—Lo que escuchaste —a ella le empezó a ofender su manera de hablar brusca, aún así, no supo cómo reaccionar ante tal propuesta.

—P-pero…

—Guarda silencio— le ordenó, al ver las intenciones de la chica—. Primero: no, no estoy enamorado de ti— ella alzó una ceja, confundida—. Me explico: no estoy diciendo que de verdad lo seas, simplemente que finjas ser mí prometida por un tiempo. No hagas preguntas, sólo hazlo.

Alice calló. De la nada el príncipe le estaba pidiendo (u ordenando, dependiendo del tono de voz que utilizara) que actuara como una prometida, cuando ella ya lo era… pero de alguien más.

—Pero yo ya estoy comprometida —se lo hizo saber antes de que llegara más lejos. El joven príncipe abrió los ojos.

—¡Lysandre! —llamó a gritos a su consejero, que aún permanecía en la puerta, como cada vez que algo iba mal. El albino entró a la conversación.

—Señorita, ¿acaso no escuchó usted que se requería la presencia de sólo doncellas, es decir… solteras?

—Así fue, pero… él no es mi prometido "oficialmente" —ellos intercambiaron miradas confundidos—. Es decir, nadie más que nosotros sabía de nuestro compromiso, ¡ni siquiera mi madre! Por eso mismo él me instó a asistir al baile por lo mismo. Haríamos nuestro compromiso oficial en un par de días.

—Eso explica el por qué la señora Arlelt no se opuso cuando le informamos de esto. Aún así, esto fue una falta muy grave, señorita. Equivale a engañar a la corona.

—¡Le juro que no fue mi intención! Nunca creí que esto acabaría… así.

—Así que, no aceptarás mi propuesta— habló el príncipe, con un tono que ya le estaba fastidiando a Alice.

—¡Claro que no aceptaré! Como dije, tengo un prometido.

—¿Entonces aceptarías si no estuviera él de por medio? —preguntó seriamente. A Alice le palpitó el corazón fuertemente ante la insinuación de eliminar a su prometido.

—¿Qué?

—Alteza, es suficiente— interrumpió su consejero, dirigiéndose a la puerta—. Creo que necesitamos buscar en alguna otra parte.

—¿Dime, cómo vamos a hacerlo? —por primera vez Alice lo escuchó desesperado y entendió que estaba allí porque de verdad necesitaba comprometerse, no importando mucho con quien lo haría o si habría sentimientos de por medio, y eso le molestó—. ¡Si todas las señoritas estuvieron en el baile anoche?

—No todas —antes de tocar si quiera la manija de la puerta, sacó de entre sus ropas un papel—. A pesar del aviso de pena de muerte, hubo un par de doncellas que no asistieron. Una de ellas la conoce usted perfectamente.

—Ah, no —la voz le salió entre una mezcla de ironía y miedo—. No iré con esa loca que se hace llamar duquesa, no. Apostaría a que incluso no fue al baile porque sabía perfectamente que no podría cumplir esa amenaza con ella.

—Así parece— el consejero sonrió y dirigió la vista al papel que recientemente había obtenido—. La otra es de este mismo distrito. Su nombre es Sharon Smith.

—¿Cómo?— Alice expresó inconscientemente, y el miedo la invadió. Eso explicaba porque no la había visto en todo el baile, pero al mismo tiempo recordó el decreto real; la vida de su amiga corría peligro. El príncipe no pasó por alto su reacción.

—Ah, parece que la conoces ¿no? —Alice guardo silencio reprendiéndose a sí misma por haber sido tan obvia—. Quizá ella acepte, si no, la obligaré— abrió los ojos tanto que parecía que se le saldrían de un momento a otro. No se imaginaba a su frágil amiga al lado de aquel cruel príncipe, ni mucho menos montando una farsa de tal magnitud. El príncipe siguió hablando—. De lo contrarío, podría perder la vida como bien se estipuló en el documento enviado a todos los distritos.

—Alteza —le llamó su consejero, un atisbo de reprensión había en su voz. Él lo ignoró.

—Ah, mira, parece que a pesar de tus esfuerzos por quedar librada de esta situación no dieron frutos— ella se estremeció ante sus palabras—. ¿Sabes qué pasará a continuación? Aún tienes una sentencia que cubrir, tu "amigo" también podría recibir algún castigo por el acto corrupto que cometió, y tu amiga también sufrirá las consecuencias.

—Castiel…

—Pero si aceptaras mi propuesta y finges ser mi prometida—Alice sintió escalofríos con esa oración—, quedarías libre, tú y tus amigos. O dime ¿preferirías estar encerrada, mientras vez como tus amigos mueren por causa tuya?

Lo meditó. De verdad que lo pensó. ¿Qué valía más? ¿Su vida? ¿Sus amigos? Aún si se rehusaba y seguía siendo prometida de Nathaniel… ¿De qué le serviría ser eso si su amado se pudría en prisión y su amiga moría?

—¿Cuánto tiempo? —le susurró mientras apretaba fuertemente sus puños poniéndolos más blancos aún.

—¿Cómo?

—¡Dije que por cuánto tiempo! —le gritó mirándolo a los ojos. Destilaba odio puro. El príncipe se cruzó de brazos, aquello no lo había hecho temblar.

—No lo sé, un par de meses, supongo.

—Yo… lo haré— ella bajó la cabeza mientras decía eso. Castiel solo sonrió—. Lo haré si promete dejar en paz a Nathaniel y a Sharon.

—Por su puesto.

—Y mi libertad— añadió—. Después de que cumpla con el trato.

—No te será levantado ningún cargo por tus fechorías. Y si es de tu agrado, incluso te sacaría a ti y a tu madre de esta pocilga. Siempre y cuando guardes esto como un secreto.

—…Me parece bien.

—Recuérdalo: ni una sola palabra de esto. Si alguien más se entera, te corto la cabeza, ¿Entendido? —Asintió muy a su pesar—. Bien, trato hecho— un apretón de manos cerró aquel pacto—. Ahora, empaca tus cosas, vendrás conmigo.

—¿Por qué?

—¿Crees que la prometida del príncipe merece vivir en un cuchitril?

Aquel comentario, aunque fuera verdad, le ofendió.

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No llevaba muchas posesiones, la poca ropa que tenía cabía perfectamente en el baúl de su padre. Esa era la única cosa que valía la pena llevar a todas partes. Se despidió de su madre, ella estaba llorando, de alegría, pensó Alice. El príncipe le dijo que en un par de días se podría mudar a una casa en el primer distrito. A aquella mujer no le cabía más felicidad, su sueño por fin se le estaba cumpliendo.

El sol ya estaba en el cielo cuando salieron del hogar Arlelt. La gente que ya estaba en sus actividades miraba el pasar del carruaje con admiración. La chica pelinegra deseó que nadie la reconociera, y ocultó su rostro de la ventana agachándose para que no se viera ni un mísero cabello de ella; el príncipe y el consejero observaron aquel acto con una mirada confundida.

Todos se preguntaban qué hacía el príncipe en aquel lugar. Alice imaginó a su madre diciéndoles a todos la noticia y alardeando por ello. Ya estaba pensando en un plan para escabullirse esa misma noche y explicarle todo a su prometido antes de que su progenitora le infundiera ideas raras. Sólo esperaba que Nathaniel entendiera sus razones.

Al poco tiempo se internaron en el bosque, en esta a una velocidad mayor, Lysandro intuyó que al Capitán le urgía llegar al castillo y dormir el resto del día. Dentro del carruaje el completo silencio reinaba, y más que eso, había demasiada tensión en el ambiente, con Alice lanzando miradas de odio profundo al príncipe, y este irritado por aquel acto. El consejero real trataba de mantenerse al margen de aquella curiosa situación.

—¿Por qué hizo esto? —fue Alice la que rompió el silencio. Castiel volteó a verla de manera aburrida.

—Mis razones no las preguntes, solo hazlo. Y no, no lo hago por cobardía como dijiste. Esta decisión es por el bien de todo el pueblo.

—¿Cómo beneficiaría al pueblo?

—No espero que comprendas, pero en pocas palabras, si no consigo esposa, o por lo menos prometida, no podría asumir el trono —Alice abrió sus enormes ojos esmeraldas, sorprendida ante la respuesta del príncipe de Amoris.

—¿Así que eso es todo? ¿Tanto alboroto solo por la corona? —él suspiró, agotado. La voz de aquella jovencita comenzaba a fastidiarlo.

—Es un poco más complicado que solo "la corona". Como dije, no esperaba que lo comprendieras.

—¿Y por qué tanta prisa?

—Fue una petición de mi madre. Su salud empeora cada día, y quiere verme casado antes de que fallezca.

—¿Lo hará solo para engañar a su madre? ¿Y encima de todo esperar su muerte? —Castiel ya no respondió. Aunque aquella chica sería su prometida, no le daba derecho a preguntar aquellas cosas cuando no entendía el verdadero motivo. Por otro lado, Alice se indignó ante el silencio del futuro rey—. Me parece algo terrible —susurró y en un acto que se calificaría como suicida abrió la puerta del carruaje aún en movimiento.

—¿Qué haces?

—¡Me voy! —si el príncipe creí que ella contribuiría a su plan demente estaba bastante equivocado—. Es increíble que una persona así sea el futuro rey —y ante la mirada atónita de sus acompañantes saltó sin pensarlo.

—Espera un momento. ¡Detengan el carruaje! —el cochero, así como la Tropa Real no tardaron en acatar la orden. Por un momento creyeron que algo había salido mal y asumieron posiciones de defensa, pero se quedaron perplejos al ver a la señorita Arlelt descendiendo hecha una furia, y seguida al momento por el príncipe, éste les ordenó que no se movieran de sus lugares. Lo menos que quería era que la noticia de su falsa prometida se filtrara mucho antes de llevar a cabo su plan. No era que no confiara en ellos, pero más valía prevenir; proseguiría con su plan sin importar nada en absoluto—. Puedo ordenar tu ejecución si no acatas mis órdenes —le dijo una vez que estaban lo suficientemente lejos, Alice ni se molestó en detenerse ni contestó a su amenaza. El príncipe cambió de estrategia—. Podría encerrar a tus amigos— eso ocasionó que se detuviera en seco… Castiel había dado en su punto débil, por ella no habría ningún problema, era capaz de enfrentar cualquier cosas que le pusieran encima, pero no si se trataba de sus preciados amigos.

—…No lo haría.

—Claro que sí.

Alice no tuvo más remedio que regresar. A pesar de estar completamente en desacuerdo con él, no tenía ya ninguna opción. Tendría que seguirle el juego.

—Es una persona terrible—le susurró cuando pasó a su lado, por su puesto Castiel no hizo caso alguno.

—¿Tan rápido y ya tienen peleas de enamorados? —Armin, que hasta el momento se había mantenido al margen no pudo evitar lanzar una broma que no fue bien recibida ni por el príncipe ni por el resto de su equipo.

—Armin, limítate a lo tuyo.


Olvidé aclarar un par de cosas:

-Los personajes van a tener roles muy raros; como Armin, a quien considero como un personaje bastante inteligente y hábil (vamos que yo soy pésima con un control y con videojuegos xD), pero flojo, y quise reflejarlo así.

-La historia avanza de manera lenta. No van a estar enamorados de un día para otro.

Espero que les haya gustado, gracias por leer.