Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 4 ~
El príncipe Castiel avanzaba preocupado de un lado a otro de su habitación; no lograba conciliar el sueño, su mente estaba ocupada pensando con detenimiento en fallos que se pudieran presentar en el plan que empezó a tramar al lado de su consejero. ¿Cómo podría su madre descubrirlo? ¿Qué hacer en caso de que las cosas no salieran como él esperaba? Y finalmente ¿cómo encubrir, por ahora, a su prometida ficticia?
No quería que fuera del dominio público, lo haría únicamente en caso de ser extremadamente necesario. Por el momento era seguro que la enviaría lejos, a aquel lugar que utilizaban como casa de verano, con la excusa de que podría cometer algún acto indecente teniendo a su prometida tan cerca… Sí, seguramente con aquella banal excusa su madre le creería.
Sabía que la chica se las podía arreglar viviendo ella sola en una residencia como aquella, puesto que era muchísimo más chica que el palacio, pero aún así pensó que sería buena idea enviar a un par de sirvientas de su confianza.
Así que tendría que empezar a hacer los preparativos. Era hora de despertar a Lysandro.
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Alice sentía que la suerte estaba de su lado. No había tenido problema alguno desde que salió de su habitación, no había guardias en los pasillos, y no tardó mucho en encontrar la salida.
Tan solo caminó unos minutos cuando se encontró con una caravana de carretas que identificó como comerciantes que se dirigían precisamente al Tercer Distrito. Con astucia logró colarse en una de ellas, así el viaje fue más cómodo.
Llegó a su distrito en menos tiempo del que esperaba.
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El capitán de la Guardia Imperial refunfuñaba sin parar, haciendo recorridos por el palacio cerciorándose de que todo estuviera en orden. No había podido escaparse a dormir aunque fuera una pequeña siesta; a pesar de que era su deber montar guardia todas las noches, la mayoría del tiempo solía evadir su responsabilidad dejándola a algún miembro de la Tropa de Élite. Sin embargo esa noche todos habían negado a ayudarle. Vaya equipo. No era suficiente con que no tuvieran sentido del humor, ahora desacataban sus órdenes. Bostezaba cada tanto, hastiado. Estaba completamente seguro de que no habría ningún problema, al igual que las otras veces, pero Castiel insistía en la seguridad. Y Lysandro también. Y Armin no era capaz de desobedecer al consejero real.
Sólo le faltaba recorrer el pasillo de las habitaciones de invitados, en donde yacía la prometida del príncipe. Iría a echar un vistazo y después se retiraría a su habitación a dormir el resto de la noche. Si algo pasaba ya se encargaría al día siguiente.
Se plantó frente a la puerta de la única habitación ocupada y pegó su oído. Silencio, quizás demasiado. No distinguía ni siquiera el sonido de la respiración.
Sin pensarlo dos veces entró con sigilo a la habitación; entre la oscuridad visualizaba un bulto recostado en la cama, pero a esas alturas ni siquiera era necesario acercarse para darse cuenta que eran las almohadas que la chica dejó como reemplazo de su cuerpo.
Armin rió al ver la habitación vacía y todo rastro de sueño se esfumó. Por lo menos, esa noche no estaría aburrido.
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Cuando llego al Tercer Distrito, Alice Arlelt tenía dos objetivos en mente: visitar a Sharon para asegurarse que estuviera a salvo, y visitar a Nathaniel para explicarle su situación actual. Por un instante fugaz pensó en visitar también a su madre pero inmediatamente descartó la idea; seguramente ella ya estaría codeándose con la gente del Primer Distrito, alardeando en la nueva casa que Castiel había prometido. Además si aún la encontraba allí, seguramente la reprendería por haber huido del castillo. Descartó inmediatamente esa última idea.
Empezaría por lo más cercano: la casa de Nathaniel.
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—¿A dónde vas, Armin? —a pesar de que no compartía habitación con su hermano gemelo (más bien, eran habitaciones contiguas), el alboroto que había hecho el capitán había sido más que suficiente para despertar a Alexy, quien aún somnoliento y tallándose los ojos, acudió a verificar el estado de su hermano, encontrándolo en medio de la habitación hecha un desastre. Supo que saldría puesto que había empacado un par de cosas y aún estaba con el uniforme distintivo de la Tropa de Élite: la capa con la imagen bordada de tres rosas sobre una corona.
—Hazme un favor y no digas nada a nadie hasta que vuelva— le pidió sin dejar de lado su labor. Alexy, sin entender mucho solo asintió—. Quiero ver la cara de Castiel cuando sepa que su prometida se escapó —aquella declaración, más para sí que para su hermano, hizo que Alexy despertara por completo.
—¿QUÉ?
Armin solo rió por lo bajo.
—Promételo.
—¿Pero cómo pasó? —inquirió, pero Armin ya estaba saliendo de la habitación.
—¡Ni una sola palabra! ¡Nos vemos en la mañana!
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—Nath…—susurró alzando la vista hacía la ventana en la que se suponía estaba su verdadero prometido. Sabía perfectamente que no alcanzaría a escucharla, pero tenía la esperanza de que él se asomara por allí. Al final, no hubo ningún ruido.
Respiró profundamente, y rogando que la persona que abriera la puerta fuera el rubio y no cualquier otro de sus familiares, dio tres toques a la puerta. Su mano temblaba.
—No conforme con arruinar mi vida, decides aparecer a media noche— la suerte que la había acompañado desde su salida del palacio decidió abandonarla en el momento crucial: quien menos se quería encontrar estaba frente a ella. Sabía que una vez que se casara con Nathaniel la debía frecuentar, después de todo Ámber era su herma; pero simplemente no podía soportar su actitud y la manera dura en cómo le miraba en instantes como ese—. ¿Qué quieres?
—¿Dónde está Nathaniel?
—¿Alguna razón en específica para preguntar por él?
—Tengo que hablar con él.
—Eso no me dice nada. ¿Razón específica por la que su Alteza —remarcó las últimas dos palabras, haciendo una reverencia exagerada— quiera hablar con mi hermano? —Alice frunció el ceño en un gesto confundido. Normalmente pasaba de sus bromas, pero no había razón para que le llamara así, a menos que…—. Sabes dónde buscar.
Y Ámber le cerró la puerta en la cara, dejándolo con un muy mal presentimiento. Y con eso en mente se encaminó hacia el taller de herrería.
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Escuchó fuertes martillazos aún mucho antes de llegar, y cada estruendo retumbaba en su corazón con cada paso que daba; porque Alice Arlelt sabía que casa uno de esos golpes estaba lleno de rabia. Ella sabía muchas cosas de Nath, había memorizado todas sus manías y costumbres, y sabía que él era una persona tranquila y paciente; pero cuando aquellas dos cualidades eran quebrantadas, salía un Nathaniel que pocas veces había visto, un joven que desahogaba su furia no con peleas o discusiones, si no con trabajo duro. Y entonces Alice temió lo peor.
Hasta ahora estaba dándose cuenta que no había sido buena idea todo lo que había hecho en las últimas 24 horas, pero ya no había marcha atrás. Por un momento pensó en simplemente huir y esconderse en lo más profundo del bosque; pero debía enfrentarse a él tarde o temprano, no en vano habría hecho el viaje hasta el Tercer Distrito.
Con cautela se asomó por la rendija y sólo vio la espalda de su real prometido bañado apenas por la luz del horno encendido. Aunque muchas veces había estado en aquel lugar y algunos de los mejores momentos de su vida los había pasado allí, era la primera vez que había dudado en entrar. Pensó primero en llamar a la puerta, pero descartó la idea en un santiamén.
Respiró profundamente y abrió la puerta de madera, la cerradura emitió un leve chirrido que alertó al rubio. Se volvió con una expresión que se asemejaba al odio, pero relajó la vista en cuanto identificó a la chica.
—Ah, eres tú— indiferencia adornó las palabras del rubio y eso trajo una punzada de dolor (¿o quizás culpabilidad?) en el pecho de Alice.
—Ho…hola —apenas logró articular la chica, pero el joven no devolvió el saludo. Sin más, retomó su trabajo. Ahora los martillazos se oían más fuertes que nunca, Alice cerraba los ojos involuntariamente y se encogía en su sitio cada vez que el metal chocaba entre sí.
—¿Qué quieres? —aprovechó un momento en el que se detuvo para secar con su manga las gotitas de sudor que se había acumulado en su frente y cuestionó a la chica.
—Yo…
—Anoche desapareciste si más—ella asintió en su lugar, apenas con un pie en la entrada. Por alguna razón ya no se sentía digna de entrar allí—. Y ahora resulta que eres la prometida del príncipe.
Aunque Alice permaneció estática, tenía los ojos bien abiertos y el corazón a punto de salirse del pecho. Y Nathaniel siguió impasible, observándola. Ninguno de los dos emitió sonido durante algunos segundos, que parecieron una eternidad.
—Así que es verdad —susurró el joven herrero al cabo de un tiempo, retomando su labor; con menos brutalidad que antes.
—¿Cómo lo sabes?
—La mayoría de las personas del Tercer Distrito lo saben ahora. Después de todo, tu madre lo declaró a los cuatro vientos esta mañana en la plaza; prácticamente restregó la noticia en mi cara. Estaba tan preocupado por ti, te busqué en todas partes, incluso estuve a punto de ir con la Guardia Imperial. Pero me encontré con tu madre y no me importó acercarme a preguntar con tal de tener noticias tuyas. No sabes lo mal que me sentí cuando me dijo que habías encontrado algo mejor, y que no volviera acercarme a ti. «Después de todo, el príncipe pidió la mano de mi hija en matrimonio, y ella gustosa aceptó. ¿Cómo podría el hijo de un simple herrero preguntar por un futuro miembro de la realeza? », fueron sus palabras exactas.
—P-puedo explicarlo.
—¿Sabes cómo que me sentí, Alice? Destrozado. De un día para otro pierdo a la persona que amo sin ninguna explica, y no solo eso, mis sentimientos fueron humillados en público.
—Escúchame Nath. Sé que te sientes mal —el rodó los ojos—. Yo también me siento así, pero no tuve otra opción. Yo… lo hice por ti. Por nosotros.
Una risita irónica salió de su boca. Un gesto que nunca habría usado con ella.
—¿Y cómo ayudará eso en lo nuestro? —otro silencio se instaló entre ellos dos, Alice seguía buscando las palabras adecuadas para explicarlo. Lo que no sabía era que, a esas alturas su Nath ya no escucharía nada—. ¡Dime por qué aceptaste ser la prometida del príncipe! —esta vez ya su paciencia se había agotado. Como si Nathaniel pudiera controlar el fuego, junto a su repentino cambio de humor una llamarada alumbró la habitación entera, reflejándose en los ojos bien abiertos de Alice. Un estruendo resonó en toda la habitación, eran los utensilios que el joven había estado usando, y que tiró con furia al piso. El metal estaba al rojo vivo.
—Yo… —y en ese instante Alice Arlelt, al ver la mirada de quien habría sido su prometido, se dio cuenta de lo tonta que había sido. Se dio por vencida: ya no podía hacer nada. Había jurado silencio por el pacto. Y aunque se lo explicara a Nath, estaba segura que él pensaría en esa excusa como patética, sin validez alguna—. N-no te lo puedo decir.
Nathaniel suspiró pesadamente.
—Después de todo, cediste a los deseos de tu madre. Preferiste el dinero antes de los sentimientos. Te reíste de mi, a mis espaldas; mientras pasabas la noche en la comodidad de la alcoba del príncipe y…
No supo en qué momento se movió, ni la velocidad en la que llegó frente a Nathaniel, sólo fue consciente del intenso sonido, y segundos después su mano le escocía. La mejilla de Nathaniel estaba tan roja como el metal en medio del fuego.
—¡No voy a aceptar que me hables así!
Cegada por los sentimientos encontrados y con los ojos inundados en lágrimas, Alice había perdido completamente los estribos. Culpabilidad, odio, ira, vergüenza… todo eso estaba llenando su corazón. Pero Nathaniel no devolvió el golpe con bofetada, si no con palabras.
—Y yo no puedo aceptar que mi "prometida" —escupió esa palabra— le diga que sí a otro. Alice, ni siquiera quiero volver a verte, vete. Seguramente tu amado príncipe debe estar extrañándote.
Con lágrimas en los ojos, la palma roja, y sus sentimientos pulverizados, Alice salió de aquel taller sin resolver la primer pelea que había tenido con Nathaniel en toda su vida.
Y cuando estuvo lo suficientemente lejos, en una zona apenas iluminada y muy poco habitada, Alice cayó de rodillas, y se echó a llorar.
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No supo cuanto tiempo había pasado desde que comenzó a llorar. Podían haber sido tan solo segundos u horas. De una u otra manera, no había salido el sol y aún debía visitar a su amiga, pero no estaba de ánimos para hacerlo. Sentía los ojos hinchados, y la cabeza le dolía.
Jamás en su vida creyó que estaría pasando una situación de esa índole. Podría haber culpado al príncipe por haberle propuesto ese plan, a Nathaniel por no escucharla o incluso a Sharon por no haber asistido al baile. Pero a final de cuentas, ella había aceptado –bajo amenazas, pero había sido su decisión– ser la prometida ficticia del príncipe Castiel, ella había decidido abogar por su amiga, y ella misma se había escapado del palacio para visitar a Nath. A fin de cuentas ella sola se había acarreado todo ese sufrimiento.
—¿Alice, eres tú? —aún entre la oscuridad de la noche, reconoció la silueta de una mujer acercándosele. Por un momento temió y estuvo a punto de pararse para huir, pero inmediatamente reconoció la voz dulce de la madre de su mejor amiga—. ¡Gracias al cielo estás bien! Supimos que no regresaste del palacio. Estábamos muy preocupados, sobre todo Sharon. ¿Pero, qué haces aquí? ¿Estás llorando, mi niña?
Alice se secó las lágrimas con el dorso de su mano, en un intento de ocultar su llanto, pero la mujer ya se había dado cuenta. Ella le ayudó a levantarse.
—¿No se ha enterado de la noticia?
—¿Qué noticia? —la confusión en su mirada le dijo todo—. Oh, no hemos salido desde ayer, por temor a que se lleven a Sharon por no haber asistido al baile. Nos hemos estado escondiendo. Si tenemos cosas que hacer, lo tenemos que hacer por la noche, como ahora. Y supongo que esto será por un tiempo.
—¿Qué pasó?
—Sharon… —Alice notó que los ojos de la mujer se humedecieron— está muy grave.
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No dudó ni un segundo en ir a visitar a Sharon, a pesar de las insistencias de la madre acerca de lo peligroso que era relacionarse con la familia Smith ahora que su hija había desacatado una orden real. Alice no explicó nada acerca del trato, no podía hacerlo. Simplemente le dijo que nada les iba a suceder.
Aun así, no evitó que su corazón se estrujara al ver a su mejor amiga tendida en la cama sencilla. Aunque tenía un paño húmedo en la frente, eso no ayudaba a bajar el ardor que se veía en sus mejillas.
—Tiene mucha fiebre. Comenzó justo antes de que fuera al baile, y no ha bajado en absoluto —aunque la mujer comenzó a explicar sin que Alice preguntara, no pudo evitar que un nudo se le formaba en la garganta—. Y no tenemos dinero para un doctor o medicinas.
—Alice —escuchó la voz débil de su amiga llamándola e internamente se alegró de que aún le quedaran fuerzas como para hablarle.
—No quise despertarte —Alice se arrodilló a un lado de su cama, a la altura de su rostro. La mujer se acercó para quitarle el pañuelo de su frente, y se excusó diciendo que traería más agua.
—Alice —volvió a hablar su amiga, y vio una expresión muy distinta a la alegría distintiva en sus ojos castaños, quiso creer que era efecto de su enfermedad—. El príncipe… va a matarme.
Y por los ojos llorosos de su amiga, Alice entendió que todos estaban aterrados con la idea de perder a un ser tan valioso como Sharon. Por un momento, tan solo una fracción de segundos y aunque eso le había acarreado una discusión con Nathaniel, Alice creyó que había tomado la decisión correcta.
—No, no lo hará —le tomó de la mano, para reconfortarla—. Él ya escogió prometida, y ella no dejará que te hagan daño.
—¿De verdad? ¿Sabes quién es? — aunque la mirada de su amiga se había entintado en esperanza, Alice no se sentía con ánimos de dar tal noticia. De todas formas, todo era parte de una farsa.
—Sí…soy yo —confesó. Por un instante hubo silencio, hasta que visualizó una mueca de alegría en el rostro demacrado de su mejor amiga.
—Eso es asombroso Alice. Vas a ser una muy buena reina.
Alice negó con la cabeza inmediatamente. Ella no tenía planeado usurpar aquel lugar, si Nath no quiso escuchar, se lo haría saber a su amiga.
—No, no lo seré—respondió con firmeza. Sharon pareció no comprender—. Escúchame, de ahora en adelante, es posible que escuches muchas cosas acerca de mi, pero pase lo que pase, no las creas. Yo seguiré siendo la misma, tu amiga, y de Nathaniel también. Por favor, hazle entender eso.
—Pero, no entiendo nada de lo que dices Alice.
—Por favor Sharon —rogó, estrujando aún más fuerte su mano—. Te contaré un secreto —y aunque no tenía planes de hacerlo, se acercó hasta su oído para susurrarle aquella parte fundamental de su vida, aquella que seguiría siendo la misma a pesar de darse a conocer como la prometida del príncipe de Amoris—. No digas nada, por favor. Tan sólo ten en mente eso siempre—. Sharon simplemente asintió, estupefacta a la reciente declaración. Alice se puso de pie y se dirigió a la puerta—. Te traeré ayuda. Vas a estar bien. Me tengo que ir ahora, se supone que no debería estar aquí… No olvides nada de lo que te dije.
Y dejó atrás a su mejor amiga Sharon Smith, con el secreto recién revelado en mente: Yo en verdad amo a Nathaniel.
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Tantas cosas habían pasado esa noche. De pronto su vida había dado un vuelco al discutir con su prometido. Le había dolido su discusión, sí, pero sabía que con la ayuda de Sharon, haría que Nathaniel pudiera recapacitar aunque fuera un poquito. Le había confiado su secreto más grande –el que no implicaba una actuación– y estaba segura que su amiga le creía. Lo único que quedaba era llegar al Palacio y de alguna forma enviar ayuda a su amiga. Aunque no estaba segura de cómo haría ambas cosas.
Iba saliendo del Tercer Distrito cuando entre los árboles alcanzó a distinguir la luz proveniente de una fogata. Tuvo la esperanza de que se tratara de algún viajero, y si tenía algún caballo estaba dispuesta a rogar –o ya vería con qué pagar– para que le llevara de regreso al Palacio Real antes del amanecer.
Al acercarse pudo distinguir que efectivamente había un caballo negro bastante bien cuidado y su corazón dio un vuelco de alegría, pero inmediatamente cambió de reacción al ver que no había nada más salvo un tablero de ajedrez preparado para el juego sobre un tronco.
—Las señoritas no deberían estar en la calle a estas horas — Alice se paralizó al reconocer aquella voz, e inmediatamente el Capitán de la Guardia Imperial emergió desde las sombras. Parecía llevar entre sus manos una bolsa de patatillas fritas[1] que Alice solía comer de pequeña—. Me temo que —le dio un mordisco a una papita—… estás en problemas.
[1]Patatillas fritas, papas fritas, chips, papitas, frituras, como en México llamamos "Sabritas"(?) o "Papas fritas inglesas" según Wikipedia xD Ni idea si en aquel tiempo ya existían las papas fritas, pero como son fáciles de hacer, supongamos que sí XD.
Soy bien drama-queen y me gusta hacer sufrir a los personajes XDD
Disculpen si hay algún error ortográfico D: Gracias a todos por leer, y agradezco los reviews de Fannynyanyan1912 & An Scrawl –inserten un corazón aquí- ¡Nos leemos!
