Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.


ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 5 ~

Alice Arlelt sabía cocinar muy bien. Había aprendido desde pequeña y a pesar de no tener grandes estudios, y ni siquiera podía leer o escribir, el preparar alimentos era una habilidad que se le daba exquisitamente. Le gustaba hacer sobre todo pasteles, aunque la mayoría de las veces estos iban a dar al paladar de otras personas. No siempre se podían dar el gusto de comprar cosas tan lujosas como el azúcar, pero cuando había oportunidad incluso los decoraba con frutas. Conocía el dicho "la cereza que adorna el pastel" puesto que esas pequeñas frutitas lucían muy monas y daban un aire perfecto a cualquier pastel que hiciera. Las cerezas eran el toque final.

Bueno pues, si aquella fatal noche fuera uno de sus tan exquisitos pasteles, la cereza sería el capitán Armin.

Pero esa situación no era un pastel. Ni siquiera era dulce. Era amarga.

Y era estúpido comparar a un hombre que comía papitas y dirigía un ejército con una fruta.

—¿E-en… problemas? — lo único que faltaba en la noche de Alice Arlelt para ser oficialmente la peor noche (¿o pastel?) de su vida era tener un enfrentamiento con aquel príncipe malhumorado. Tontamente creyó que podía librarlo, que él no sabría nunca de su escape. Pero nunca contó con ver al capitán de la Guardia Imperial parado frente a ella, comiendo como si fuera un día de campo y dictando su sentencia con una gran sonrisa en su rostro.

—¿En serio, creías que no me enteraría? —dio otro mordisco a sus papitas, después las alargó la bolsa de papel hacia Alice. Ella tardó en comprender que le estaba compartiendo, pero se negó—. La última vez te demoraste toda la noche en ir a tu distrito, y ¿crees que podrías ir y venir en unas horas sin que me diera cuenta? Eres una persona bastante peculiar.

—¿Cómo supo que vendría hasta aquí?

—Intuición, supongo— Armin se encogió de hombros.

Alice solo desvió la mirada, avergonzada. No por haberlo subestimado, más bien por no haber pensado bien las cosas. Pero lo hecho, hecho estaba. Seguramente el príncipe se molestaría… No: seguramente el príncipe se enfadaría. Seguramente la encerraría, o la mataría, o la torturaría…

En el poco tiempo que tenía de conocerlo (en persona, puesto que sabía que había un príncipe, un rey y una reina desde el día que nació) inmediatamente supo que no era alguien a que le gustara bromear. Se tomaba las cosas enserio y… era muy malhumorado. Sin contar que daba órdenes –en su opinión– a diestra y siniestra.

Así que si duda le daría un castigo del que nunca se libraría.

Castigo del que nunca se libraría, repitió en su mente. Castigo del que nunca se libraría, volvió a pensar… ¡Castigo del que nunca me libraré! y como si de una revelación se tratase, abrió sus ojos esmeraldas como platos, las manos comenzaron a sudarle, el corazón le palpitó en una taquicardia… Estaba asustada. Estaba realmente aterrada. Demonios, demonios ¡demonios!.

Debería pensar mejor las cosas.

Debería dejar de hacer planes tan suicidas.

—Hey —susurró suavemente Armin, haciendo que sus malos pensamientos se esfumaran un instante. Él por el contrario no se veía interesado en la situación—. No te preocupes aún. Si yo no abro la boca, seguramente no se entera.

La última oración resonó en su cabeza. Seguramente no se entera. ¿Es real lo que he escuchado?

El rostro de Alice fue iluminándose poco a poco mientras procesaba aquellas palabras. ¡Él no pensaba delatarla! Se estaba preocupando en vano. Era la única buena noticia que había recibido, era tal la alegría que por un instante olvidó su reciente pelea con Nathaniel. Comenzaba a agradarle aquel singular capitán.

—¿De verdad? ¡Muchas gracias por no decirle! De verdad, no sabe lo mucho que…

—Espera, espera…—hizo un ademán con la mano, antes de que ella comenzara a dar brinquitos de alegría a juzgar por la enorme sonrisa en su rostro—. Para tu carro chica. Nunca dije que no hablaría. Dije "no te preocupes AÚN…"

Y mientras Armin ensanchaba su sonrisa, la de Alice se desvaneció por completo. Los sentimientos le llegaron de golpe. Taquicardia, manos sudadas, pensamientos de tortura…

Y Armin… el Capitán de la Guardia Imperial, Armin comenzó a reír frenéticamente, dejando en confusión a la chica pelinegra.

—Me encanta ver esa expresión de terror en sus rostros —Armin se tuvo que limpiar una lágrima producto de la fuerte carcajada que acaba de dar ¡Llevaba mucho tiempo sin reír así! Pero Alice, por su parte no estaba nada contenta con aquella pesada broma—. Me agradas, así que hagamos un trato. Toma asiento primero.

El capitán se tiró entre la hierba, y Alice evidentemente confundida, tardó el procesar que él no sacaría alguna silla para sentarse. Terminó por hincarse frente a él, sin preocuparse mucho por su viejo vestido.

—Juega conmigo—señaló el tablero de ajedrez que había preparado con anterioridad—. Una partida solamente y ya veremos si le digo o no.

Alice frunció el ceño. ¿Eso quería decir que su vida dependía de aquel juego de ajedrez? En verdad aquel Capitán estaba demente. Sin embargo, aceptara o no, había un pequeño problema: jamás en su vida había tocado un tablero. Sabía de ese juego puesto que en el bazar que siempre visitaba había uno, pero era tan caro que nadie se podía dar el lujo de comprarlo. Además, era tan difícil que ni siquiera Nathaniel, a quien consideraba la persona más inteligente que conocía, había conseguido jugar una sola vez.

—No sé jugar —dijo, con la esperanza de que el capitán cambiara de opinión. Pero se había equivocado.

—¡Es sencillo!

Y con una gran sonrisa en su rostro, Armin comenzó a explicar las reglas del aquel juego –que era de todo, excepto sencillo– a una velocidad impresionante. Alice captaba algunas, otras no, y ni tiempo había de preguntar. Para el final del curso intensivo, sólo recordaba que una pieza se llamaba Rey y otra Reina. Y daba gracias de que no hubiera un Príncipe, porque sentiría que la pieza comenzaría a atacarla.

Armin movió una pieza. Alice le imitó.

—¿Y bien… ?—el capitán dejó la pregunta al aire, sin dejar de ver el tablero ni un momento. Ella entendió que pedía una explicación de su ausencia.

—Vine a visitar a una amiga. Está muy enferma —no quiso dio más detalles. Aunque seguramente su trato con el príncipe Castiel se rompería una vez que regresaran al palacio, debía seguir manteniendo en secreto su relación con Nathaniel. Pero, después de lo sucedido, no estaba segura si seguiría habiendo algo con el rubio.

—¿Y la mejor manera era escapar por la noche? Pudiste haber pedido permiso, ¿sabes?

—Sí, claro. El príncipe de Amoris va a aceptar una petición mía sin rechistar— contestó con sarcasmo, rodando los ojos. Armin detuvo sus movimientos dejando una de sus piezas a medio camino.

—¿Es tu prometido, no? Si te ama tanto como dice, claro que aceptaría una simple petición—la miró directamente a los ojos, analizándola. Alice comenzó a sudar frío, desviando su mirada; si el pelinegro seguía pensando cabía la posibilidad de que se diera cuenta que ella no era una "prometida muy amada", como le habían mentido a la reina. Pero Armin solo sonrió—. Ya entiendo. A veces Castiel puede ser como un ogro, pero es una buena persona—¿"Buena persona"? Para Alice, el príncipe era el peor de todos. No entendía porque él capitán se expresaba así de él. Aunque lo llamó "ogro", y allí sí estuvo de acuerdo—. Y Jaque mate. Perdiste.

—¿Eh? ¿Tan pronto?

—De verdad que eres mala en esto —se levantó, se estiró, limpió sus ropas, y señaló al caballo negro tras él—. ¿Nos vamos?

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La conmoción reinaba sobre el palacio. Sirvientes, mucamas, cocineros, jardineros… todo el personal sabía la noticia, pues se había regado como pólvora: ¡la prometida del príncipe había desaparecido!

Una vez que ascendió el alba, inmediatamente enviaron personal para despertar a la chica y prepararla. Pero cuando las dos mucamas llamaron a la habitación y se tomaron la libertad de entrar en ella al no haber respuesta alguna, encontraron el lugar sin un rastro de la doncella. Solo las almohadas sustituyendo su cuerpo y los ventanales abiertos de par en par.

—¡¿Dónde se metió?! ¡Llamen a Armin! ¡Quiero que la encuentren inmediatamente!

—Ma-majestad —El sub-capitán, segundo al mando entre la Guardia Imperial se acercó con cautela al príncipe Castiel. En realidad todos querían estar por lo menos cinco metros alejados de él por el aura asesina que emitía. Kentin tragó duro en cuanto la mirada furiosa se posó en él.

—¿La encontraron? —Kentin negó—. ¿Dónde está Armin?

—E-eso quería d-decirle. El capitán… tampoco está.

El príncipe permaneció en silencio, con los labios en una línea recta, lo cual era una muy mala señal. Todos sabían que cuando el heredero a la corona hiciera aquel acto era momento de taparse los oídos.

—¡ALEXY! —gritó tan fuerte que retumbó en las paredes del salón principal, en donde estaba concentrada, por el momento, decenas de soldados de la Guardia Imperial a espera de instrucciones para la operación de búsqueda.

—¿Si, majestad? —el aludido se acercó con temor. Sabía la razón por la que lo llamaban, y definitivamente no quería pasar por lo mismo una vez más.

—¿Y Armin?

—Y-yo no sé nada, majestad.

—Alexy —lo llamó con aquel tono serio que no admitía réplica—. Tú y yo sabemos que cada vez que ocurre un desastre y Armin no está, es 99% probable que él haya causado tal incidente.

—Quizá esta ocasión sea parte de ese 1%...

Grave error. El príncipe le dirigió aquella mirada gélida. Pero para su suerte, las puertas se abrieron entrando así los dos protagonistas de tal conmoción.

—¡Llegamos! —canturrió el capitán con voz alegre, seguido por la chica de cabellos negros con la cabeza baja. El capitán Armin dio algunas instrucciones, y el recinto se vació en cuestión de segundos, quedando únicamente la Tropa Real de Élite, el príncipe, su consejero, y la culpable de tal alboroto, la señorita Alice Arlelt.

—¿Dónde demonios estaban? —el príncipe se dirigió a la chica, que no se animaba a mirarlo al rostro.

—Yo… fui a dar un paseo temprano —fue la pobre excusa que se le ocurrió, de la cual Castiel y todos los presentes dudaron.

—¿Con esas ropas?

—Sí—continuó, tratando de sonar lo más convincentemente posible—, y me encontré al capitán e hizo el favor de acompañarme.

—¿Armin despierto temprano? —tanto el príncipe como la tropa quedaron sorprendidos ante aquella declaración. Ahora sí, estaban seguros que la chica mentía—. ¿Es eso cierto?

La pequeña multitud estaba expectante ante la respuesta del Capitán, mientras que Alice esperaba respetara su acuerdo y siguiera ante la patética excusa que inventó.

Lo que no sabía era que Armin tenía otros planes.

—No —contestó tranquilamente—. La princesa escapó anoche.

Todos ensancharon sus ojos por aquella respuesta. Y Alice aún más, tanto por no cubrirla, como por referirse a ella como una "princesa" cuando estaba lejos de serlo.

Y ante aquella reacción, el capitán de la Guardia Imperial comenzó a reír, dejando anonada principalmente a la chica.

—Oh, sí. Esa es la expresión que quería ver.

—¡Hey! —le espetó indignada— ¡teníamos un trato!

—¿Qué trato? —respondió fingiendo inocencia, con una pequeña sonrisa en su rostro, para después acercarse hasta su oído y susurrarle la máxima verdad que había dentro de aquel palacio—. Regla número uno, princesa: Nunca confíes en Armin.

—Lysandro… —el príncipe Castiel no tuvo que terminar de dar la orden para que su consejero sacara al capitán del recinto. El resto de la Tropa se retiró silenciosamente. Armin, al ver las intenciones de Lysandro, comenzó a forcejear en un intento de escapar de su agarre.

—¡Hey no, espera! Tengo que ver esto.

—Busca entretenimiento en otra parte— dijo, mientras buscaba una caja de madera que había recogido temprano—. Mira, tu juego ya llegó.

—¡Oh qué bien! —Armin recibió dicha caja con una mirada que se asemejaba a un niño viendo un dulce—. ¡Juguemos en otro momento princesa! —fue lo último que dijo antes de salir corriendo.

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—No vuelvas a pedir que te cubra —pidió Alexy, una vez que habían salido del alboroto producido en el salón principal del palacio.

—¡Pero si yo no he pedido nada! —respondió el Capitán Armin, sin apartar su vista de la caja de Damas Chinas que recién había adquirido.

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—Así que… ¿un paseo? —el príncipe Castiel le miró con los brazos cruzados, y una actitud gélida. Alice seguía sin poder mirarle al rostro.

—P-puedo explicarlo.

—Pues ya te estás tardando.

—Fui a ver a mi amiga, Sharon. Me preocupó, así que la visité. Está muy enferma.

—¿Seguro que fue solamente a la señorita Smith? —esta vez fue turno del consejero real. Algo le decía que la chica no estaba diciendo completamente la verdad.

—Sí… ella está muy grave —dijo, mientras recordaba el rostro pálido de Sharon, y la promesa de que le ayudaría a recuperarse. Pero en esas condiciones ¿acaso sería capaz de hacerlo? Sin dinero, encerrada en un castillo y a esperas de un inminente castigo, no habría muchas oportunidades de lograrlo. Entonces, Alice pensó que la única persona que podría ayudar a su amiga en esos momentos sería el príncipe, pero sería una locura –una más grande que todos sus planes suicidas– pedirle algo así. Y así, una frase surcó por su mente. "Pide ayuda cuando lo necesites", le había dicho su difunto padre una vez. Ella tenía escasos cuatro años de vida, cuando al estar jugando a "las escondidas" con sus amigos, había tropezado lastimándose su pequeña rodilla sin que nadie la viese. Llegó a casa llorando por el dolor; su madre le dio una reprimenda, pero él le dijo esas palabras que aún recordaba. Después añadió "Debió ser duro para ti soportar todo el camino de regreso. Si hubieras pedido ayuda, sería menos doloroso ¿no lo crees? Hay más gente allá afuera capaz de ayudarte". Esa tarde todos sus amigos se reunieron en su casa, preocupados por la chica. La situación era similar, sólo que ahora no era ella misma la afectada. Pero aún así, aquel consejo aplicaba bastante bien. El príncipe sería capaz de ayudar a Sharon. Sólo debía pedirlo apropiadamente. La pelinegra apretó sus manos sobre su capa, armándose de valor para suplicar lo siguiente—. ¡Por favor ayúdela!

Pero, contrario a lo que pensaba, el príncipe no cambió de expresión.

—Te escapaste anoche. No sé cómo demonios burlaste la seguridad de mi palacio, pero te fuiste. ¿Por qué tendría que ayudarla?

—Mi amiga es una fiel súbdita del rey.

—Al igual que el resto de los habitantes.

La indiferencia del príncipe comenzó a irritarle… ¿de verdad alguien como él se preocupa por sus habitantes? Si era así, Alice no pensaba seguir con aquella farsa.

—Y… si algo le pasa a ella —frunció el ceño, no quería recurrir a aquella táctica de nuevo, pero era momento de tomar medidas drásticas—, renuncio al trato. Yo acepté estar aquí para que ella y… —el nombre de Nathaniel surcó por su mente un momento, pero inmediatamente lo desechó; su prioridad ahora era Sharon—, para que mi amiga se salvara. De nada serviría si estoy aquí y ella está allá afuera muriéndose.

Terminó de hablar con decisión, más eso no causó ningún efecto en el príncipe.

—Repito: ¿Por qué debería hacerlo? ¿Y quién te crees para hablarme así? —Alice quedó perpleja con aquella declaración—. Tu actitud arrogante me está fastidiando… Podría haberlo ignorado si hubiese sido mi culpa, como la última vez. Pero escapaste del castillo sin mi consentimiento, evadiste mis órdenes ¿Y aún así crees que estás en posición de negociar conmigo?

El príncipe no esperó a que la chica volviera tomar la palabra, se dio la vuelta y comenzó a caminar. Alice no sabía qué hacer; a esas alturas no había nada que ofrecer para recuperar la salud de su amiga. Lo que había dicho el príncipe era cierto, y ella no soportaría ver a Sharon sufriendo.

—Lo lamento —fue un susurro débil, pero aún así llegó a oídos del príncipe, quien detuvo su andar.

—¿Disculpa?

—¡Lo lamento! Creí que era la única manera de poder ver a mis amigos… a Sharon —rectificó inmediatamente— y a mi madre. Supuse que no me daría el permiso para verlas antes de partir, por lo que hice eso. Fue estúpido de mi parte.

—De hecho sí lo fue.

—Pero por… —a Alice se le quebró la voz y gruesas lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas—por favor, hágalo. Ayúdela.

Castiel chasqueó la lengua.

—No puedo hacer nada si estás llorando… —suspiró frustrado. Lo último que se le apetecía esa mañana era ver llorar a una mujer—. Lysandro, envíale a Farrés

—Como ordene, Alteza.

—El mejor médico del reino ¿contenta? Ahora ponte ropa decente y empaca tus cosas porque te vas, te enviaré a nuestra casa de verano.

—Gracias —Alice se limpió las lágrimas con una sonrisa en su rostro. Poco le importaba a donde iría a parar ahora. Lo importante era que su amiga estaría bien, y ya había visto a su madre. Pero al recordar ese último suceso, su rostro cambió a uno de preocupación—. Me enteré de un detalle más… mi madre divulgó información.

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—Envíen a la chica inmediatamente a la casa de campo en Candy —ordenó Castiel, sin despegar su vista de los papeles en su escritorio. Si el rumor de su prometida empezaba a sonar, debía tener una estrategia para acallarlo inmediatamente.

—¿Tan rápido te quieres separar de su prometida? —el Capitán Armin intentó gastar una broma que fue ignorada por los presentes en el estudio del príncipe.

—Que la acompañen únicamente dos sirvientas de confianza —se dirigió a su consejero, quien asintió e inmediatamente se puso a trabajar en ello.

—Iris y Melody son una buena opción.

—Y uno de tus hombres —señaló ahora a Armin, quien solo se encogió de hombros.

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—Muy bien —la Tropa Real de Élite se encontraba perfectamente alistada en una línea horizontal como siempre, con su rostro serio al frente y escuchando sin parpadear las palabras del capitán Armin—. Estas son órdenes de Castiel: Alguien tiene que actuar como niñera y cuidar a la princesa y a otras dos sirvientas… —aunque nadie dijo palabra alguna, todos sabían lo que estaba a punto de pedir su capitán, y no les alegraba la idea—. En la bonita casa de verano… —el silencio permaneció—. ¡En Candy! —exclamó con entusiasmo fingido, pero sus subordinados ni se inmutaron—. ¡Bien! ¿Quién se anota a la misión? —y como si lo hubieran ensayado, todos dieron un paso hacia atrás con excepción de Charlie, dejando al pobre frente a ellos.

Armin sonrió, y puso su mano en el hombro del chico.

—Charlie, eres el afortunado.

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"La región Candy", aunque Alice vivía en el Tercer Distrito, el lugar más alejado del reino Amoris, había escuchado de ese lugar una infinidad de veces. Se trataba de una zona perteneciente al Primer Distrito, en donde sólo habitaban los nobles, los miembros más altos de la aristocracia. Se decía, incluso, que una hermosa duquesa habitaba en aquellas tierras y que tenía una excelente relación con la familia real. Sólo los más afortunados podían conocer aquel esplendoroso sitio.

—Bueno —se dijo Alice a sí misma, para darse un poco de optimismo— por lo menos podré conocer otra parte del Reino Amoris—. Y es que la chica no conocía nada más que su propio distrito y parte del bosque central del reino.

Pero lejos de llegar a la zona poblada de aquella región, el carruaje en el que viajaba con las otras dos sirvientas, tomó otro camino. Al parecer aquella sonada casa de verano se encontraba alejada de la civilización.

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Alice siempre había creído que su país era el más grande y vasto en toda la región. Creía que jamás llegará a ver los límites del mismo, que pasaría toda una eternidad antes de conocer las fronteras con el reino vecino, Sucré. Pero al ver aquella imponente muralla, más alta aún que las que rodeaban el palacio real, su ilusión se esfumó rápidamente.

Un día después de instalarse en la casa de verano de la familia real, Alice quedó libre para hacer lo que quisiera… el problema era que en aquella enorme casa no había mucho que ver.

Las sirvientas que le acompañaban se mantenían ocupadas en la limpieza de aquel edificio, que al juzgar por las capas de polvo, había pasado mucho tiempo desde la última vez que fue ocupada.

A diferencia del palacio, la casa de verano era más pequeña, pero no por eso menos lujosa. Constaba de dos plantas, y múltiples habitaciones tan esplendorosas como la que se le proporcionó en el palacio, sólo que los diversos cuadros que adornaban los pasillos se hallaban cubiertos de polvo y los candelabros llenos de telarañas. Alice pensó que sería buena idea ayudar a las chicas que la acompañaba, quienes después de mucho insistir, logró saber sus nombres: Iris y Melody; pero ambas rechazaron educadamente la ayuda.

Y aquel guardia llamado Charlie había desaparecido desde muy temprano para recorrer la zona en busca de algún peligro que pudiera amenazar la seguridad de la "futura esposa" del príncipe Castiel. Y no podía ir por allí acompañando a Charlie en sus asuntos.

Por eso mismo decidió explorar las cercanías de la casa de verano, sin mucho atractivo aparente más que la vegetación abundante. Pero eso no le importaba a Alice, estaba encantada con aquel lugar. Había escuchado que el palacio tenía su propio jardín, pero ella dudaba que pudiera haber algo mejor que aquello: una increíble variedad de árboles y flores silvestres que no había conocido en su distrito. Incluso se planteó quitarse los zapatos, y tirarse entre la hierba, pero temió arruinar el hermoso vestido rojo que se le había proporcionado.

Cuando salió del palacio, a las sirvientas les dieron instrucciones específicas de vestir a la prometida del príncipe con un guardarropas fabricado especialmente para ella, así que no podía usar otra prenda aparte de los diversos vestidos hermosos, llenos de lazos, holanes y rosas. Eso no le desagradaba del todo a Alice, si no fuera que tenían algo en común: todos eran en tonos rojizos, algunos rayando en el púrpura, y otros tan oscuros como el negro. Al parecer el príncipe Castiel tenía alguna fobia –o algo así, pensaba Alice– al resto de los colores, pues él mismo vestía tan solo aquellos tonos.

Después, la chica palpó su collar, aquella joya que únicamente debería usar un miembro de la realeza. Sentía que estaba usando algo que no le correspondía, algo que tan sólo la verdadera prometida del príncipe debería usar. Y él le había ordenado usarlo sin más.

Alice se llegó a preguntar si el príncipe más adelante se lo daría a alguien más, a la mujer con la que pasaría el resto de su vida juntos; y si le contaría que primero lo uso una chica común y corriente como ella. Probablemente en el futuro sólo se reirían por algo así, pero en el presente le parecía cruel aquella farsa que estaban montando juntos.

El príncipe era tan diferente a… a Nath.

Y entonces, se permitió por un momento pensar en Nathaniel. En su verdadero prometido, o eso esperaba aún Alice. Le dolió todo lo que él le espetó, su actitud y su mirada era algo que no le gustaría volver a ver, no por el momento. Más tarde podría pedir permiso al príncipe para aclarar todo aquel malentendido, pero ahora, quizá estando alejados, podrían pensar seriamente el uno sobre el otro, y así los ánimos se calmarían.

Para cuando Alice terminó con sus pensamientos, se encontraba bastante alejada de la casa; y aún así no quería volver. Pero su caminata terminó abruptamente cuando se encontró con una enorme construcción.

Una muralla, mucho más alta que cualquier edificio o árbol, se extendía hacía ambos lados y parecía no tener fin. Los ladrillos se encontraban poco deteriorados, algunas partes cubiertas de musgo, o camuflados con otro tipo de vegetación.

La chica se acercó a la pared con intensiones de tocarla, pero antes de que las yemas de sus dedos siquiera rozaran, una voz se escuchó tras ella.

—¿Interesante, no? —Alice dio un respingo, y al darse la vuelta se encontró con el guardia llamado Charlie. Fue tan sigiloso que no se había percatado de su presencia.

—¿Qué es esto? —preguntó con bastante interés. De todas las cosas raras con las que pensaba encontrarse, nunca imaginó que sería una muralla como aquella.

—Aquí, princesa —se acercó hasta tocar la pared; Alice por un momento se sintió incómoda por el título que se estaban empeñando en darle, pero Charlie ni se inmutó en ello—, se encuentran los límites de Amoris. Cruzando esta muralla se encuentra una cordillera bastante peligrosa, montañas altas y desfiladeros peligrosos, prácticamente intransitable. Básicamente, esta es la frontera entre Amoris y Sucré.

—¿Sucré?

—¿No había escuchado sobre el reino vecino? —Alice negó con la cabeza—. Es un… —pero interrumpió su explicación cuando fijó su vista en una sombra entre los árboles. Hizo un ademán de silencio y se llevó la mano hacía la espada que portaba.

La chica inmediatamente buscó con la mirada lo que el guardia tanto vigilaba, pero no vio nada en absoluto.

—¡Demonios! —susurró el castaño para sí, con furia—. Espere aquí, princesa. Al parecer, tenemos compañía.

Alice se aterrorizó cuando el guardia empezó a correr entre los árboles, persiguiendo algo que aún no identificaba.

A los pocos segundos, había pedido de vista a Charlie. La ojiazul dio tan sólo tres pasos cuando escuchó como un peso caía en el piso de entre los árboles, pero antes de poder darse la vuelta, su cuello fue amenazado con un cuchillo.

No tee muevaas —le susurró la voz de un hombre y a Alice le costó identificar aquellas palabras mal dichas en un acento extraño. Lo único que pudo hacer fue gritar.

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Aunque Castiel había creído que una vez que la chica se fuera podía respirar tranquilo y dedicar su tiempo a otras tareas, no esperaba que aquella paz durara tan solo unas horas.

Así que ni él, ni Lysandre ni Armin pudieron prever que un día después de la partida de la señorita Arlelt junto con las dos sirvientas y Charlie, regresaran junto a dos fugitivos del reino vecino en calidad de prisioneros.

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Él odiaba el color blanco. Lo veía en todas partes. En su cama, en su ropa, en las paredes del castillo, en la piel de sus súbditos que no han conocido el sol, en la cabellera de su madre y padre el día que murieron, en los árboles y montañas cubiertos de nieve…

Lo detestaba.

Era demasiado limpio, demasiado puro.

Todo lo contrario a él.

El color blanco era demasiado frío.

Por eso, lo único que deseaba el rey Viktor de Sucré era conquistar todas esas tierras vecinas y mudarse a un clima más cálido. Así como en el reino Amoris.

Y su paciencia estaba llegando a su límite.


Lamento la tardanza, pero la lectura de "Los tres mosqueteros " me ha cautivado :'D Pues bien, tenemos personajes nuevos… ¿qué ocurrirá con la pobre Alice?

Gracias por leer, y a An Scrawl, Fannynyanyan1912 y MaryBearg por sus comentarios, ¡nos leemos!