Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.


ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 6 ~

Anteriormente en Another Cinderella: Alice Arlelt, prometida del príncipe Castiel a causa de un acuerdo, había sido enviada a la Zona Cady, un lugar en donde sólo los aristócratas podían vivir; sin embargo, ella y el Guardia llamado Charlie, se encontraron con una amenaza: dos fugitivos del reino vecino Sucré…

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El príncipe Castiel echó un vistazo a la celda poco iluminada sin detenerse a mirar sus dos ocupantes. La humedad y el mal olor ambientaban ese calabozo que pocas veces se había utilizado, y que ahora estaba bastante deteriorado. Amoris gozaba de gran paz desde el reinado de su abuelo, así aquel lugar se había vuelto tan sólo una habitación más en el Palacio.

Pero con la llegada de estos dos intrusos que se negaban a cooperar, y debido a los cargos que se les imputaban, fue sumamente necesario utilizarlo.

—¿Y bien, han dicho algo más?

—No, Alteza —el encargado de responder fue Dimitri, impasible como siempre—. Siguen sin emitir palabra alguna. Tan solo se aferran el uno al otro.

—Ya ha pasado una semana —Castiel chasqueó la lengua, y posó su mirada en aquellos dos seres recostados en un rincón, tomados fuertemente de la mano. Son solo unos mocosos, pensó para sí. Pero no se podía confiar de aquellos "mocosos" sabiendo su lugar de origen. Ahora, más que nunca, debía ser precavido con el reino Sucré—. Intenta nuevamente.

—Sí, Alteza.

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Alice Arlelt siempre encontraba algo que hacer en el Palacio real, pero por cada tarea nueva que empezaba, inmediatamente recibía una reprimenda. Primero había intentado nuevamente ayudar a Iris y Melody en la limpieza de por lo menos la habitación que se le había asignado; cosa que como siempre, se negaron. Tampoco podía hacer que le dirigieran la palabra más de lo necesario. Otro día pensó que sería buena idea darle una limpieza a los objetos esparcidos a lo largo de los pasillos del palacio, como mesitas, floreros y cuadros; pero enseguida fue descubierta buscando los utensilios para su labor. También intentó cocinar. Y como todo, no hubo resultado, ni siquiera logró dar con la cocina.

Ya habían transcurrido siete días desde el incidente en Candy, cuando dos "peligrosos fugitivos" del reino Sucré habían entrado en Amoris; más la supuesta amenaza eran tan solo un par de niños; el mayor que se aventuró a amenazarla con un cuchillo no sobrepasaba los 15 años, mientras que el otro que había distraído a Charlie debía tener unos 9. Pero sus actos alertaron a la Guardia Imperial. Si tan solo dos niños habían logrado entrar a Amoris, cerca de Candy, entonces debían tener habilidades únicas para hacer el exhaustivo y peligroso viaje entre la cordillera de Sucré; y haber escalado la enorme muralla que protegía al reino. Y más aún, habían tendido una trampa a un guardia de la Tropa Real de Élite, haciendo que persiguiera a uno, mientras que el otro atacaba a la indefensa prometida del príncipe Castiel. Al final, Charlie pudo atraparlos sin mucho esfuerzo.

Sin embargo, eso desató un caos en el Palacio. La zona Candy corría en peligro, ya que podía haber más fugitivos peligrosos rondando por allí e incluso algunos espías del reino vecino; o quizás era posible que hubiera algunos puntos débiles en la muralla y por allí hayan entrado. No estaban muy seguros aún, ya que los dos niños se negaban a hablar, ni dejaban que los separasen. Especialmente el mayor resultaba un tanto sobreprotector con el más chico. Alice creía que podían ser familiares, probablemente hermanos; pero su físico era bastante diferente. El más pequeño poseía una cara casi angelical, sus enormes ojos grises combinaban con su cabello del mismo color peculiar, mientras que el otro era más alto con mirada casi rojiza y cabello completamente blanco que le recordaba al consejero real.

Por eso se habían tomado medidas, enviando a guardias a recorrer la muralla en busca de anomalías y reforzando la seguridad en las zonas aledañas a Candy. Y más ahora que el gobierno del país se encontraba inestable con la muerte del rey, la reina enferma, y el sucesor sin poder recibir la corona. Cualquier país vecino podría aprovechar aquella oportunidad para invadir y saquear Amoris.

Así pues, no hubo otro lugar más en Amoris para enviar a Alice, por lo que debía vivir ahora en el Palacio. El príncipe le había explicado eso, junto con la advertencia de "no entorpezcas mi trabajo". Y aunque Alice había acatado tal orden, tampoco había visto al príncipe en todo ese tiempo. Sus días comenzaban a ser monótonos, casi como si estuviera en una prisión. En una jaula muy lujosa.

Su rutina comenzaba cuando dos sirvientas (normalmente Melody e Iris) le despertaban, aunque para ese entonces ella ya se había levantado de su cama. Le ayudaban con su aseo y su arreglo personal, siempre llegaban con un vestido rojo para ella.

En seguida estaba el desayuno, el cual tomaba sola en su habitación. Después venía la comida, que la tomaba en el enorme comedor, de nuevo sola. Y por último la cena en su habitación, y sí, sola.

Aunque las comidas era abundantes y deliciosas; y todas concluían con un dulce postre, Alice pensaba que no las podía disfrutar si no tenía con quién compartirla. En este aspecto, prefería mil veces el pan duro que compartía con su madre, con Sharon, e incluso con Nathaniel.

El resto del día tampoco variaba. Últimamente se había dedicado a explorar el palacio, pero había tantas habitaciones, escaleras, pisos y pasillos que parecía un laberinto. Sólo se había aprendido dos caminos: hacia el Salón Principal, en dónde había sido el baile, y hacia el comedor. Y las habitaciones que se encontraban en el trayecto tampoco tenían un gran atractivo. No es que Alice husmeara en ellas, si no que muchas veces las vio abiertas cuando las sirvientas estaban haciendo limpieza en ellas. Así se enteró que muchas estaban repletas de libros y otros escritos, pero considerando que ella no sabía leer, tampoco le interesaban esos lugares.

Quizás podía pedir que se le enseñara el jardín de rosas del que tanto había oído hablar: todos en el reino conocían la afición de la familia real por aquellas flores, que se incluso se había vuelto en un símbolo nacional, y se decía que dentro de las murallas del palacio se encontraba un espectacular jardín de rosas. Pocos habían sido los afortunados en ver aquel lugar, pero concordaban en que el sitio que no tenía comparación.

Pero antes de que Alice siquiera pensara en salir, llamaron a su puerta.

—Señorita —se presentó Lysandre, el consejero real—, la reina quiere tomar el té con usted.

De todas las cosas que se le pudieron ocurrir a Alice, visitar a la madre del príncipe no estaba en sus planes.

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Se miró en el espejo por última vez, y la chica que allí vio era muy diferente a la de hace tan sólo unos días; con un hermoso vestido nuevamente rojo, con los hombros descubiertos, el corsé se ceñía desde su pecho hasta su cintura y de allí caía en holanes de diferentes longitudes. Era mucho más vistoso y pesado que los otros, se sentía bastante incómoda con él, pero probablemente era por lo que se avecinaba. No había visto a la reina desde su primera noche en el palacio, antes de ir a Candy, cuando Castiel le soltó todas esas palabrerías del amor que se profesaban, e inconscientemente se llevó la mano al lujoso collar que en esos momentos lo sentía sofocante.

Cuando Lysandre llamó de nuevo a su puerta para llevarla a los aposentos de la reina, se limitó a seguirlo sin una palabra. Pero una vez que llegó, lo último que esperaba era ver a Castiel también.

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—Escuché que tenemos visitas —dijo la reina mirando tanto a su hijo como a su futura nuera en busca de algún buen tema de conversación.

Alice sólo dio un sorbo a su té caliente acatando la orden de "no digas ni una palabra" que el príncipe le lanzó silenciosamente cuando llegó. Estar en los aposentos de la reina era aún más asfixiante que cualquier otra acción que podría hacer. Se suponía que aquel lugar era uno de los más privados en todo el palacio, donde la reina de Amoris solía descansar; pero debido a su delicado estado de salud no podría salir mucho por allí. Por eso Alice tuvo que acudir y sentarse sobre el sillón más cómodo y elegante que había visto; degustando un té y unos panecillos tan deliciosos que podría incluso llorar. Y aunque tenía curiosidad, ella no tenía las fuerzas suficientes para mirar el resto de la habitación, aunque podía notar claramente un aroma a rosas. De lo único que estaba segura es que tan solo la habitación de la Reina era mucho más grande que su casa del distrito 3.

Castiel fue el que siguió con la conversación.

—¿Hablas de los prisioneros? —su tono de voz mostraba poco interés, pero por dentro quería matar a Lysandre. Seguramente fue él quien le contó a su madre sobre aquel incidente—. Los encontraron en Candy, vienen de Sucré.

—¡Oh! —exclamó dejando su tacita sobre la mesa con elegancia; su corona brilló con el ligero movimiento—. Entonces son súbditos de Viktor.

—Yo no estaría tan alegre —Castiel frunció el ceño—. Me temo que el rey ha perdido un poco de cordura. Corre el rumor de que lanzó amenazas contra Slodki.

—Quizá sea tan solo un gran mal entendido —la reina respondió con total serenidad, no se veía alarmada por aquella declaración—. Conoces a Viktor desde que eran niños, ¿recuerdas?

—Las guerras no son un malentendido, madre. En fin, aún no podemos saber con certeza qué hacen deseaban los prisioneros aquí, por lo que se les ha dado por fugitivos. No han querido decir su propósito, la Tropa de Élite está tratando de dialogar con ellos. Armin ya se fastidió de ellos.

La reina soltó una risita, y comentó algo relacionado a la conducta del Capitán, pero Alice ya no siguió escuchando. Para ella, que se había mantenido al margen escuchando silenciosamente sin quitar la vista de su tacita humeante, era una avalancha de información. Los niños que encontraron en Candy estaban en prisión y venían del país vecino Sucré, allí había un rey llamado Viktor, y también otro lugar llamado Slodki. Había incluso amenazas de guerra, conflictos entre países. Algo de lo que jamás en su vida podría haber sabido.

Y entonces Alice reflexionó, por enésima vez, en cómo su vida había cambiado tanto en las últimas semanas. Tan sólo en un par de días había visto cosas que jamás habría tenido oportunidad de ver. Había comido y vestido cosas que jamás pensó. Viajó a zonas del país que ni si quiera imaginaba. Incluso casi la matan… pero eran tan solo unos niños, pensó. Aunque esos niños ahora estaban en un horrible lugar del palacio porque se negaban a hablar. Ella comprendía perfectamente lo terrible de la situación; pero admitía el error que cometió. Al contario de ellos, que no dejaban que nadie se les acercara, y tampoco pedían ser libres. Unos niños no deberían estar en prisión. A los niños se les educa con reprimendas y consejos, no con encerrarlos en un calabozo, era su pensamiento. Ellos deberían estar fuera. Quizás así cooperaría con la Tropa. Lo que debían hacer es…

—…Sacar a los prisioneros de allí —fue tan solo un susurro inconsciente que salió de sus labios, pero fue suficiente para que interrumpiera la conversación entre la reina y el príncipe, quienes guardaron silencio inmediatamente.

—¿Qué? —Alice se dio cuenta, por la mirada mordaz que le lanzó el príncipe, en que había dicho sus pensamientos en voz alta; no tenía más intensiones ocultas, no quería dar a conocer su punto de vista. Pero había sido demasiado tarde, ambas personas le miraban con expectativa.

—¿Qué piensas, Alice? ¿Tienes alguna idea para solucionar este problema? —habló la reina. Su mirada, aunque cálida, era tan autoritaria como la de Castiel, que le fue imposible negarse a responder. Por un momento sintió de nuevo asfixiada por el collar que usaba, la representación del compromiso con el príncipe; pero después de un par de segundos, logró articular palabra.

—Pienso que si ellos nos ven como amigos, que como enemigos —titubeó un poco—… quizás nos den… sus motivos —su voz comenzó a apagarse, pero apenas pudo terminar su frase. El príncipe inmediatamente frunció el ceño ante la propuesta –a su parecer– tonta.

—Ellos intentaron matarle —le recordó. La reina, visiblemente desconociendo la situación, abrió los ojos marrones.

—¿Qué hicieron qué? —inquirió con evidente preocupación.

—Pero no lo hicieron —Alice intentó tranquilizar a la reina, pero su hijo rodó la mirada—. Quizás solo estaban asustados.

—¿Por qué los defiende? —el semblante del príncipe denotaba molestia. Odiaba cuando la situación no salía como él lo planeaba. Y definitivamente ocurría muy a menudo desde que la señorita Arlelt había llegado al palacio. Hubo un momento de silencio, antes de que Alice contestara firmemente.

—…Por qué un par de niños no me parecen peligrosos.

—¿Niños? —la reina, completamente fuera de la conversación, estaba incrédula por las palabras que acababa de escuchar.

—Las edades no importan en estos aspectos, madre.

—¡Castiel! —se levantó bruscamente de su lugar, a lo cual Castiel le imitó—. Entiendo que quieras proteger a tu querida prometida. ¿Pero tienes encerrados a unos niños en ese espantoso lugar?

—No podía ser de otra forma.

La reina cayó en su asiento tan súbitamente como se levantó, pero ahora su rostro denotaba malestar, se excusó con un ligero mareo. Después volvió a tomar la palabra.

—Alice, querida. ¿Qué propones tú? —y antes de que Castiel pudiera protesta, su madre le pidió silencio.

La chica se debatía internamente: por un lado, el príncipe la miraba con hostilidad, ordenándole que no emitiera ni una palabra, pero por el otro, era la misma reina quien había pedido su opinión. Y a pesar de que sabía que su decisión traería consecuencias, decidió exponer su punto de vista.

—Creo que si se les trata como niños en lugar de prisioneros, quizás hablarían.

La reina guardó silencio por unos segundos, pero después demostró una sincera sonrisa.

—Escogiste a una prometida muy inteligente— se dirigió a su hijo, quien sonrió fingidamente—. Sigue su consejo.

—Claro, madre. Lo haré inmediatamente— dijo al ponerse de pie sin desvanecer su sonrisa—. Pero me gustaría que ella lo hiciera.

Y sin pedirle su opinión, la tomó por el brazo y ambos salieron de la habitación de la reina.

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—Te dije que no entorpecieras mi trabajo— el príncipe no había soltado a la chica, más bien había aferrado aún más su agarre, mientras caminaba con rapidez entre los pasillos. Alice apenas podía seguir su paso—. Ahora mi madre duda de mis decisiones.

—No era mi intención. ¡Lo juro!

—No me importa eso. Querías tratarlos bien, es tu oportunidad.

Se detuvieron en un gran salón, en cuyas puertas estaba tallado la imagen de la una corona sobre tres rosas con espinas; y cuando el príncipe abrió con ímpetu las puertas, Alice vio que dentro estaba reunido aquel grupo llamado Tropa Real de Élite.

Las paredes de aquella habitación estaban llenas de mapas de lugares que de los que nunca había oído hablar, así como algunas espadas y otro tipo de armas. Estanterías repletas de libros y en el centro una gran mesa en donde estaban todos los soldados mirando atentamente diferentes documentos. El capitán Armin no se encontraba en ningún lugar.

Todos se pusieron de pie al ver al príncipe y adquirieron la postura que Alice tanto había visto ver a cualquier soldado de la Guardia Imperial: se irguieron rígidamente, separando ligeramente los pies llevándose ambos brazos a la espalda, y la vista al frente.

—¿Dónde demonios está Armin?

—Durmiendo, Alteza —respondió Kentin, con un ligero temblor en su voz. Castiel chasqueó la lengua.

—¡Charlie! —llamó al guardia que aún no había tratado de interrogar a los dos niños—. Ella quiere dialogar con los prisioneros.

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—Son del reino Sucré— explicó Charlie, mientras avanzaban entre las celdas del calabozo. Era mucho peor de lo que Alice se había imaginado—, no hablan mucho nuestro idioma. Yo traduciré todo lo que quiera decirles.

Se detuvieron en una celda y Alice con dificultad pudo visualizar a los dos niños en un rincón, apenas iluminados por la luz de las antorchas.

—¡Hola! —saludó alegremente, insegura si era un buen inicio de conversación. Charlie dijo una palabra extraña, sin el mismo entusiasmo que ella.

—Me llamo Alice, ¿y ustedes? —después de que Charlie tradujo, esperó a que le contestaran, sin embargo, los niños solo se miraron entre sí.

—Este lugar es feo, ¿no les gustaría salir de aquí? —trató de decir con entusiasmo, acercándose lo más que los barrotes de la celda le permitían.

—Bueno —Alice no estaba segura de cómo seguir aquella conversación unilateral—. ¿Qué les parece si platicamos un poco?

Los chicos susurraron algo entre ellos, y soltaron una ligera risa. Después el más grande habló, tratando de usar el idioma de Amoris.

—Idiota.

—¿Disculpa? —Alice se sorprendió por la respuesta que le dieron. Por un lado, se alegraba que por fin quisieran decir algo, pero no se imaginaba que eso fuera un insulto a ella.

—Tú —el más pequeño levantó su dedo índice y señaló a Alice—idiota.

Y ambos se echaron a reír. La chica buscó la mirada del guardia, quien estaba tan perplejo como ella. Entre sus risas, Alice escuchó que los niños mantenían una conversación en su idioma natal, pero a diferencia de Charlie, no pudo entender ni una palabra.

Un guardia estúpido que cae en un juego infantil, y una mujer estúpida que se asusta con un cuchillo de cocina. Llegamos a un reino de idiotas, Willi.

La risa de los niños aumentó y con ello la confusión de Alice. Sin embargo el guardia que había entendido todo, frunció el ceño.

¡Todos son unos idiotas!—habló el menor—. Seguramente el rey que gobierna aquí es el idiota más grande.

La pelinegra se asustó en demasía cuando Charlie sacó súbitamente las llaves y sin tomar medidas extras entró la celda.

¡Cállense ambos! —habló con voz autoritaria, en el idioma de Sucré, más los chicos no obedecieron—. ¿Qué se creen hablado así, eh? No entienden la situación. Están en el peor de los lugares del Reino Amoris. Y por sobre todo, no les permitiré que hablen así de mi futuro rey—, y como una madre que regaña a su hijo, los tomó a ambos por la oreja y les dio un fuerte tirón. Inmediatamente los niños detuvieron su risa y Alice se asustó. Era cierto que esa era una manera de educar a los niños, pero no era su idea hacerles daño. Los chicos permanecieron estáticos durante unos segundos, hasta que unas lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos y gradualmente comenzaron a llorar, primero derramando lágrimas silenciosas, para convertirse en fuertes sollozos. Pero fuera de querer defenderse o vengarse por el trato que recibieron, ambos se aferraron a Charlie, gritando dos palabras muy parecidas a "Papá" y "Mamá".

Alice Arlelt fue retirada de la bizarra situación por otro guardia.

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Pasaron bastantes horas antes de que se convocara a una reunión con la Tropa Real de Élite y el consejero real para conocer lo que aquellos dos niños habían revelado a Charlie entre sollozos…

Sucré era conocido como un reino inhóspito, a pesar de tener el territorio más extenso que cualquier otro reino de la época. La población superaba con creces a Amoris, más las condiciones de vida en aquel lugar eran bastante difíciles. Cordilleras peligrosas, riscos mortales, hielo por doquier, frío cada día del año…en condiciones así, los habitantes sufrían incluso para conseguir alimento.

Los reyes de Sucré habían muerto cinco años atrás tras una larga agonía, y el reino quedó a cargo del heredero: Viktor. Todo el pueblo lo recibió con alegría y esperanza; pero inmediatamente se dieron cuenta que el rey Viktor tenía planes muy diferentes para sus súbditos. Su primer decreto real consistió en un inusual reclutamiento de todo hombre mayor de 30 años para el ejército del reino. Este alistamiento era obligatorio, y quienes se opusieran ante tal orden, recibirían el mayor de los castigos.

De esa manera los niños llamados Willi y Wenka perdieron a su padre, quien era su única familia, sustento y apoyo. Tenían 4 y 10 años de edad respectivamente. Su madre había fallecido por complicaciones de una enfermedad respiratoria poco después de dar a luz a Willi.

Hicieron todo lo posible para sobrevivir en la pequeña aldea en la que vivían, la más alejada y olvidada en el reino Sucré; más nunca se separaron: a donde iba uno, el otro lo acompañaba, si uno enfermaba el otro velaba por él. Todo lo iban enfrentando juntos.

Más tarde, se emitió un nuevo decreto: El reclutamiento obligatorio debía ser desde los 15 años, la edad que Wenka estaba a punto de cumplir. La noticia les cayó como un balde de agua fría, sabían que no sobrevivirían estando separados, lo habían comprobado con innumerables familias de su aldea. Y fue entonces cuando decidieron escapar de aquel terrible destino. Emprendieron el peligroso camino hacia el sur, en busca de una ciudad portuaria, en donde se embarcarían en alguna nave cuyo destino fuera el más lejano de Sucré.

Durante semanas lucharon contra temperaturas despiadadas, hambre, bestias furiosas y condiciones extremas, hasta que llegaron a la muralla de Amoris. Se las ingeniaron para abrir un hueco y así entrar al país. Tanta era su desesperación por llegar rápidamente a su destino que cuando se encontraron con la señorita Alice y el guardia Charlie, no dudaron en intentar robarles algo que los ayudara a cumplir su sueño. Pero sus planes fueron en vano, al quedar varados en Amoris.

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Todos permanecieron en silencio una vez que Charlie terminó su relato. Nadie se imaginaba que las condiciones de vida en Sucré fueran tan difíciles, y menos aún que el rey, a quien la mayoría había conocido desde que eran pequeños, hubiera tomado medidas tan crueles.

—Así que —Armin rompió el silencio—, en resumidas cuentas, no son peligrosos delincuentes, ni seres con habilidades únicas, simplemente son un par de mocosos esperanzados huyendo de un rey que se volvió loco.

—Eso parece —secundó su hermano—. Me sorprende la postura del rey Viktor.

—Sí —el capitán bufó fastidiado—. Ya sabía yo que Viktor tenía algo mal en la cabeza, pero no sabía hasta qué grado.

—¿Qué estará tramando? —preguntó Kentin.

—Bueno, los mocosos solo tienen miedo y Viktor quiere comenzar una guerra. Misterio resuelto— Armin intentó decirlo a modo de broma, más nadie hizo caso alguno.

—Pero todos los reinos de la región siempre han convivido en paz —dijo Dimitri, impasible como siempre.

— Al parecer, será una ventaja que Amoris haya sido aliado de Sucré por tantos años—opinó Charlie; sus compañeros asintieron. Pero el consejero real tenía sus dudas.

—Yo ya no estaría tan seguro— añadió, antes de dar por concluía aquella reunión.

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—¿Quieres decir que el plan de esa chica funcionó?

—Así es Alteza —respondió el consejero con una mueca de satisfacción, más el príncipe no demostró reacción alguna.

—Al menos no resultó ser una inútil.

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Alice se preparaba para tomar la cena en su habitación. Ese día había estado particularmente agotador, lo único que deseaba era tirarse a la cama a dormir, no importaba si era con el estómag vacío. Pero teniendo en cuenta que aquel estofado con aquellos panecillos olían tan bien que se le hacía agua la boca, lo consideró nuevamente.

Estuvo a punto de dar el primer mordisco cuando tres golpes interrumpieron su labor.

Melody abrió la puerta, revelando así al príncipe y su consejero. Las sirvientas dieron una reverencia en cuanto Castiel puso un pie en la habitación, haciendo que Alice se levantara inmediatamente. No se imaginaba la razón por la que el príncipe había ido a visitarla, ni porqué se tomó la molestia en llamar a la puerta.

—Me han informado lo que sucedió en el calabozo. Y debo decir que no me esperaba tal resultado— le dijo, con tanta amabilidad que por un momento creyó que ese no era el príncipe. Pero en seguida recordó que a la vista de todos, incluyendo los sirvientes del palacio, eran "prometidos" que debería tratarse con amor, por lo que siguió su juego.

—Debo decir lo mismo.

—Y ya que ha ayudado, es propio de la familia real mostrarse agradecida. Así que, en compensación, pide lo que sea. Un vestido, joyas, lo que sea…

—¿De verdad? —él asintió como respuesta.

Alice lo meditó por un momento. No pediría algo material (aunque le gustaría hacer algo con los colores de los vestidos), pues era probable que se le despojara de todo cuando rompieran su inexistente compromiso.

—Entonces… ¿podría visitar a mi amiga? No sé lo que ocurrió con ella.

El príncipe estaba a punto de responder positivamente, más el consejero se adelantó.

—No es prudente que la señorita salga ahora que el rumor de su compromiso fue esparcido por su madre —Castiel cambió de parecer.

—Le aseguro que su amiga está bien. ¿Otra cosa que no involucre salir del palacio?

Entonces Alice recordó la idea que había tenido esa mañana, antes de que tomara el té con la reina.

—Quisiera ver el jardín de rosas. He oído que es maravilloso.

—¿Eso es todo? —Alice asintió. En cualquier otro momento, Castiel le hubiera dicho que debería aprovechar la oportunidad de tener algo, de sacarle provecho al trato que tenían. Pero debido a que tenían público, prefirió guardar silencio—. Muy bien. Lysandre haz preparativos para mañana.

—Sí, Alteza.

—¿Mañana?

—No lo verá hoy— le respondió el príncipe—. Ya es tarde, y las flores se aprecian mejor con la luz del sol. Tomaremos el desayuno de mañana allí. Ahora, descansa. —dijo revolviéndole el cabello con una dulce mirada antes de salir.

Las dos sirvientas dieron un gran suspiro por aquel simple acto que les pareció de lo más tierno, y Alice solo rió ante ello. Si tan solo supieran que esto es fingido…

Pero su sonrisa se desvaneció cuando cayó en cuenta de las palabras del príncipe.

El príncipe dijo "tomaremos el desayuno".

"Tomaremos"

Es decir… ¿ambos?


A decir verdad había olvidado que también publicaba aquí X) Además de que tardo mil años en actualizar en el foro XD En fin, gracias a las que siguen este fanfic y a An Scrawl, Kary y JavieraPilar por sus comentarios en el capítulo anterior. ¡Nos leemos!