Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 7 ~
Anteriormente en Another Cinderella: Willi y Wenka provenientes del Reino Sucré, aunque renuentes a hablar en un principio, revelan su deseo de huir del Rey Viktor lo más lejos posible; el plan fue revelado gracias a la extraña ayuda de Alice y el príncipe le concede el deseo de conocer el jardín de rosas en el palacio en agradecimiento, pero aquello implicaría desayunar con él...
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Alice Arlelt se fue a dormir con incertidumbre; y con incertidumbre se despertó al día siguiente. En cuanto puso un pie fuera de la enorme cama en donde descansaba supo que aquel día sería por lo menos peculiar, las sospechas aumentaron cuando Iris y Melody entraron a su habitación de un humor bastante alegre. No es que desempeñaran su trabajo con ánimo apagado o rostro de amargura, pero era evidente que algo había cambiado. Ella no podía comprobarlo, pero intuía que la visita del príncipe la noche anterior tenía algo que ver.
Entonces, el recuerdo del príncipe hablándole amablemente, acariciando su cabello y alabándola por su desempeño el día anterior le puso los pelos de punta. Sí, ella estaba convencida completamente que aquella escena era ficticia; pero una parte de ella, tan solo una muy pequeña la cual jamás diría, hubiera querido que aquellos tratos fueran por lo menos sinceros. Y es que, a pesar de llevar ya algunos días en aquella condición, alejada de su familia, amigos y de –aunque le costara admitirlo– Nathaniel, aún no lograba acostumbrase a ese grado de soledad.
Sobre el último punto pensaba continuamente. En su discusión, en las cosas que su madre dijo, en la reacción que él tuvo ante ellas… Él sabía que su madre siempre hacía lo posible por rebajarle, por decirle que no era nada al lado de su hija, pero Alice se había encargado de demostrarle con palabras y acciones que estaba totalmente equivocada. Aún así, no lograba comprender cómo es que el rubio había tomado tan enserio aquella declaración, lastimándola como jamás lo habría hecho. Aunque sentía que, en parte, tenía la culpa, por aceptar el trato con el príncipe y todo lo que ello conllevaba. Ahora se sentía prisionera de él, estando atrapada en aquel lugar sin nadie con quien conversar y eso de alguna manera hacían sus días un poco sombríos, como todo lo que veía en aquel enorme palacio.
Pero cuando estaba pensando en seguir insistiendo en trabar amistad con Iris y Melody, su plan fue interrumpido por tres golpes que se escucharon por sobre la puerta. Sin dudarlo, la castaña atendió, revelando así a una persona que Alice jamás había visto en su vida. Era un joven, un poco mayor que el príncipe tanto en edad como en estatura, con el cabello negro y mirada perdida. Entre sus brazos cargaba un bulto de telas –el vestido que Alice usaría ese día–, y sin decir una palabra lo entregó a la chica para retirarse posteriormente.
De lo más extraño, pensó la chica de cabello negro.
Una vez que las preparaciones terminaron, le permitieron verse al espejo. Alice no se podía acostumbrar a usar diariamente esos pomposos vestidos, con joyas que jamás se permitiría comprar en toda su vida, ni verse tan bonita con los delicados colores que adornaban su rostro. Sin embargo, la imagen que vio en el reflejo simplemente le sorprendió. El vestido ese día era muy diferente a lo ostentoso que siempre le obligaban a utilizar. La elegancia y sencillez nunca se habían combinado tan perfectamente con ese atuendo. La tela de un rojo brillante con bordados color negro se ajustaba hasta la cintura, donde cientos de cuentas del mismo color adornaban y de allí caía libremente rozando sus tobillos, mientras que sus hombros estaban cubiertos únicamente por una pequeña manga que le daba total frescura para ese día soleado. Era, sin duda, el vestido que más le había gustado hasta el momento.
Alice había confeccionado ropa para muchas personas en su distrito, pero sus trabajos jamás llegarían a ser tan hermosos como aquellas prendas, y aunque no sabía quién era la persona que cada día le enviaba un vestido diferente, le hubiese gustado conocerle y hacerle un montón de preguntas. Así cuando su vida regresara a la normalidad podría confeccionar ropa mucho más bonita, tener muchos clientes y con ello ganar más dinero para ella, su madre, y –si aún seguí en pie– la vida futura que tanto había soñado con Nath.
Sin embargo, por el momento tendría que seguir conformándose con analizar los vestidos, y preguntarse a sí misma cómo se podía unir una tela con otra de manera tan perfecta, o como podía dibujar hermosas rosas con tan solo un hilo. Por el momento no sería la chica costurera del tercer distrito y jugaría a ser, una vez más, la prometida del futuro rey de Amoris; y el collar que adornaba su cuello era prueba suficiente para que dejara de soñar con el futuro.
—Los colores combinan perfectamente con su collar, señorita —señaló Melody con una gran sonrisa en su rostro mientras que Iris, a su lado, asentía en las mismas condiciones. Alice, sorprendida, dejó abruptamente sus pensamientos a un lado para concentrarse en el milagro que acababa de suceder. Era la primera vez que las chicas le dirigían la palabra para algo que no fuera La cena/baño/ropa está lista. Melody creyó haber cometido un error al ver la expresión de la chica de ojos verdes e inmediatamente bajó la mirada—. Oh, disculpe por mi impertinencia.
—¡No! —gritó un tanto emocionada, asustándolas aún más. Desde el principio había tratado de entablar una conversación, por más trivial que fuese, con ese par de chicas. Pero su reacción transmitía todo lo contrario a lo que de verdad quería expresar—. Quiero decir, no hay necesidad, al contrario, yo…
Y antes de que pudiera retomar el inicio de esa conversación, el consejero real llamó a la puerta.
—Señorita Arlelt, sígame por favor.
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Alice tragó saliva, aunque se suponía que no necesitaba estar nerviosa. Caminaba tres pasos tras el consejero real, a quien podía seguir perfectamente al no tener su ritmo de caminar tan deprisa como el del príncipe Castiel. Es más, le permitía contemplar un poco más el gran palacio real quedando deslumbrada, como siempre, por la majestuosidad del mismo.
Por los pasillos se encontraban con infinidad de guardias y lacayos, que se detenían a su paso, y hacían una breve reverencia antes de seguir con su labor. Y si había algo que reprender, Lysandre se los señalaba con claridad, lo que hacía que acataran la orden inmediatamente. Alice pensó, entonces, que el trabajo del consejero era tan importante como el de la misma familia real. Esa teoría había comenzado debido a que el Capitán Armin ignoraba las órdenes del príncipe, pero no decía ni una sola palabra cuando hablaba Lysandre. De esa manera, tratando de entender la razón de tal falta de respeto, no se dio cuenta que ya habían salido a los patios del palacio hasta que casi choca con la espalda del consejero quien se había detenido.
—Hasta aquí mi labor, señorita. Siga ese camino —le señaló un camino empedrado que se perdía entre grandes arbustos perfectamente cuidados.
Alice lo miró dudativa. Había albergado una pequeña esperanza de que durante dicho desayuno no estaría completamente a solas con su Alteza, sino que su fiel consejero estaría allí. Por el poco tiempo que había pasado con él, sabía que era una persona un poco más razonable que el príncipe, así que se sentía segura de que, por lo menos, no recibiría regaños exagerados si estaban acompañados. Lysandre, intuyendo la razón del nerviosismo de la chica, atinó a sonreírle.
—Estará bien, se lo aseguro. Tan solo disfrute del paisaje —le dijo. Alice lo razonó un momento, lo que decía el chico de ojos bicolor tenía sentido. El día anterior se la pasó pensando en que la actitud de Castiel era bastante sospechosa, pero él le había dicho que sentía gratitud por su ayuda y ella misma propuso el visitar el jardín de rosas, por lo que no tenía nada que temer.
—Gracias —y sin añadir algo más se adentró en el sendero.
Era bien sabido que el jardín de rosas del palacio real era uno de los lugares más hermosos en todo Amoris, aunque pocas personas habían tenido la dicha de contemplarlo. El camino era lo suficientemente ancho para que tres personas caminaran juntas y los arbustos, en ciertos trayectos, formaban una especie de túnel que le daba cierto encanto y privacidad, pero después de un rato, se dio cuenta que se había extendido más de lo que ella se imaginaba. Doblaba suficientes veces como para que pasara a ser un pequeño laberinto de un solo camino.
Ella quería visitar dicho jardín, pero debido a que el camino no cambiaba, parecía arrepentirse al no visualizar su destino. O quizás, después de todo, sí era un laberinto y Alice estaba perdida. Comenzaba a preocuparse al ver que el camino seguía aún más, hasta que se dio cuenta que los arbustos, tan verdes que eran al principio habían comenzado a cambiar de color, tornándose un verde más oscuro. Conforme avanzaba algunas motas de color rojo se asomaban entre las hojas mostrando pequeños capullos de flor, y cuando Alice dobló por última vez el camino había terminado mostrando una explanada de pasto rodeada de árboles y grandes rosales rojos. Algunos plantados en el piso, otros aferrándose a arcos de madera, formando túneles dando la bienvenida a otros más caminos. Al fin de cuentas, aquello sí parecía un hermoso y gran laberinto: a plena luz del día, el rojo de las rosas sobresalía brillantemente por encima de las hojas verdes robando todo el espectáculo.
Sonrió. A la entrada de aquel lugar, donde el aroma de las rosas se hacía más presente, supo que no tenía comparación.
En medio de dicho jardín se encontraba una pequeña fuente, algunas bancas de madera bajo la sombra de los majestuosos árboles y al fondo se alzaba un pequeño kiosco con una estructura de metal que la chica comparó con una jaula de pajarillos, sólo que esta estaba rodeada por aquellas flores y cubierta por el follaje de enredaderas. Allí alcanzó la silueta del príncipe Castiel, sentado a la mesa, en donde ya estaba dispuesto el desayuno y un lugar reservado para ella.
Se acercó con inquietud y sigilo sin saber qué humor tendría esa mañana. Parecía estar completamente absorto en unas hojas de papel que pasaba una tras otra entre sus manos, pero debido a que la chica había hecho un minúsculo ruido al pisar algunas hojas, provocó que él alzara la vista alertado.
Ella creyó que tendría su reprimenda matutina, más él –después de analizarla de pies a cabeza– relajó su semblante y simplemente sonrió al verle; y Alice, olvidando las palabras del consejero real, se mortificó por ello.
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Charlie bostezó. La noche anterior no había dormido lo suficiente debido a Wenka y Willi. Después de haber rendido el informe al príncipe y al resto del equipo se dedicó a acompañar a los niños, instalarlos en un mejor lugar, y hablar acerca de lo que harían de ahora en adelante. Por el arduo trabajo que demostró en las últimas semanas se había decidido que tendría el día libre –a pesar de las protestas del Capitán Armin– y no iba a desperdiciarlo quedándose encerrado en el palacio real.
Por eso mismo estaba en las caballerizas del palacio, terminando de poner la montadura a su caballo pues tenía planeado visitar su casa en el Distrito 1. Aunque tenía plena confianza de que su ama de llaves tendría todo bajo control, nunca estaba de más ir a supervisar, teniendo en cuenta que su última visita había ocurrido tres meses atrás.
Estaba a punto de montar su caballo cuando sintió a un par de sombras escabullirse entre los boxes[1], e inmediatamente un deja-vú se atravesó por sus pensamientos.
—Esta vez no me engañarán —susurró para sí mismo. Con la cautela que lo caracterizaba, rodeó el recinto en dirección opuesta a tales sombras encontrándose con lo que había sospechado: Allí, hincados y temerosos de ser descubiertos se encontraban Wenka y Willi, observando desde una distancia alejada el caballo que segundos antes estaba acicalando.
—¿Qué demonios creen que están haciendo? —ambos niños dieron un respingo y voltearon alarmados.
—¡Charlie!
—¿Qué se creen?—cruzó los brazos fingiendo indignación—. Es señor Charlie. Más respeto a sus mayores.
—¡Eso suena tonto! —rió el más pequeño ante la broma.
—Pequeños rufianes— y dejando a un lado su serio semblante, el guardia se dedicó a revolver el cabello de los niños, pese al enojo y protestas de estos, dando pie a risas y uno que otro ligero golpe tratando de librarse. Una vez que las risas cesaron, prosiguió—. ¿Y qué hacen aquí?
—Nosotros —comenzó Wenka, intercambiando miradas con su hermano—, estábamos aburridos encerrados en la habitación. Y también… nosotros…— calló abruptamente, recibiendo un codazo de parte de Willi, obligándolo a continuar—. Lo-lo sentimos.
—Por comportarnos así.
—No era nuestra intención amenazarlos.
—Ni causar tantos problemas.
—Ni ser tan groseros.
Hubo unos segundos de silencio, en el que los hermanos se preguntaban qué pasaría a continuación, más el castaño comprendía el esfuerzo monumental que les tomó hacer tal disculpa. A fin de cuentas, eran tan solo unos niños que buscaban mantenerse juntos.
—Disculpa aceptada—les sonrió—. Es mi trabajo después de todo. Con quien deben disculparse es con la princesa.
—¿Esa chica es la princesa? —preguntó el albino, escéptico.
—Aún no, pero pronto lo será.
Willi lo meditó unos segundos, para después tomar el brazo a su hermano mayor en busca de aquella chica.
—Vamos Wenka.
—Esperen— la voz del guardia los detuvo—. Ahora no es un buen momento. Ellos están en una cita… ¿Qué les parece si damos un paseo por Amoris?
Aunque ninguno de los dos comprendió a qué se refería Charlie, no dudaron en seguirle.
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Todo había ocurrido de forma tan extraña que no le dio tiempo de saber cómo reaccionar. Primero la sonrisa del príncipe con un entusiasta saludo le habían desconcertado por completo. Acto seguido él se puso de pie, y tomándola de la mano con una delicadeza extrema, la guió hasta su asiento, retirándolo para que pudiera tomar su lugar. Y por último había acariciado su mejilla –haciendo que su piel se erizara– antes de ocupar su silla.
Y después de tales muestras de afecto, habían quedado en completo silencio, dejando a una perpleja, y al otro sumido en sus pensamientos.
—Este…
—Shh —la interrumpió cambiando su expresión totalmente—. No es necesario que digas nada, solo finge que sonríes.
Alice frunció el ceño ante la respuesta que contrastaba completamente con la actitud de hacía unos segundos.
—¿Disculpe?
—Tercer piso, balcón central —le susurró haciendo que Alice dirigiera su mirada a dicho lugar—. ¡Pero por todos los cielos, voltea con discreción! Es la habitación de mi madre, y suele desayunar al aire libre cuando hay buen clima. Últimamente ha insinuado que no le presto tanta atención a mi prometida, por lo que está comenzando a sospechar.
En ese momento Alice entendió todo, tal y como lo sospechaba ¡era fingido! Después de todo, la farsa era para engañar a la reina de Amoris, y si no montaban escenas como aquella, cualquiera dudaría del "amor inmenso que se tenían". La chica solo pudo soltar una gran carcajada.
—Comenzaba a preocuparme —dijo, secándose algunas lágrimas producto de su reacción.
—¿Y por qué deberías? —Castiel alzó una ceja—. Espera, ¿crees que mis tratos eran sinceros? —ahora fue el turno de él para reír.
—¡C-claro que no!
—Sí, después de todo ya tienes a alguien que te hace mimos y esas cosas.
Esa declaración le tomó desprevenida. El príncipe estaba al tanto de su romance, aunque no sabía nada acerca de la pelea con verdadero prometido (si es que lo seguía siendo). Recordar eso le bajó los ánimos.
—Ah sí —se limitó a responder con indiferencia, pero él no le prestó atención.
—Ahora come tu desayuno para que podamos terminar esto con rapidez.
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—Y eso sucedió anoche —terminó por relatar Iris con una gran sonrisa en su rostro a sus compañeras, quienes soltaron suspiros y risitas tontas. Estaban tomando un pequeño descanso en la cocina del palacio, antes de reanudar sus labores de limpieza.
—Hoy, por la mañana —prosiguió Melody—, nos esmeramos como nunca en el aspecto de la princesa.
—¿Princesa? —interrumpió una leve voz.
—Oh, todo el mundo le llama así, Violeta. El capitán Armin le dio tal apodo —más risitas y suspiros se escucharon. No era secreto para nadie que el Capitán de la Guardia Imperial así como otros miembros de la Tropa de Élite tenía locas a unas cuantas chicas en el palacio—. Como decía, Iris y yo nos esforzamos por ponerla más guapa. Seguro el príncipe Castiel quedó embobado ¡Todas queremos boda en el palacio!
—¡Yo no! ¡Eso implicaría trabajar más! —bromeó una.
—¡Qué suerte tiene algunas! —complementó otra, a lo que las demás le siguieron, algunas envidiando el destino de Alice, mientras otras soñando porque un caballero las sacara de su miseria, tanto que no se dieron cuenta que su jefa, una mujer mayor conocida por su muy mal carácter, había llegado y no le alegró en absoluto el cotilleo que se suscitaba.
—¡Dejen de perder el tiempo! ¡A trabajar!
Inmediatamente las sirvientas se esparcieron por todas partes, algunas con miedo y otras tratando de contener su risita. Iris y Melody, por su parte, estaban satisfechas por haber tenido el honor de servir a la prometida del príncipe quien sería la nueva reina de Amoris, además de hacer crecer el amor que él le profesaba.
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El ambiente estaba inundado únicamente por los sonidos de los cubiertos chocando unos con otros. Es decir únicamente los cubiertos de Alice, pues el heredero a la corona, con sus impecables modales, no emitía ruido alguno al comer.
—¿Qué tal está la comida? —dijo el príncipe sin despegar la vista de su plato de frutas.
—Ah —susurró brevemente, sorprendida por la pregunta—. Como siempre está deliciosa.
—Bien.
Y de nuevo, un silencio incómodo se instaló, hasta que fue interrumpido por otra pregunta.
—¿Y el jardín de rosas?
—¿Uh? —Alice, perpleja por los esfuerzos del príncipe en iniciar una conversación, no pudo menos que exclamar su sorpresa, fastidiando el rostro de Castiel.
—No podemos estar callados todo el tiempo, hay que ser convincentes— explicó. La chica posó su mirada esmeralda en el balcón de la reina, apenas alcanzaba a distinguir alguna silueta, estaba bastante retirado.
—Estamos lo bastante lejos para que pueda vernos conversar.
—Créeme, hay cosas respecto a mi madre que superan la comprensión humana.
Ella no dudaba que fuera así; conocía a personas como Nathaniel que podían hacer cosas que a simple vista le parecían increíbles, como trepar un árbol más rápido que una ardilla (debe admitir que eso le había impresionado), o como Sharon que podía elaborar una comida esplendorosa con la mitad del presupuesto, y aún así saber exquisito. Incluso su difunto padre, quien podía derribar un ave al primer intento con un arco improvisado. Pero la reina era diferente, postrada en cama, y enferma con pronósticos muy graves… era posible que aquellas cualidades hubieran menguado. Al final, decidió no externar sus pensamientos por respeto a la reina. Debido al silencio, Castiel repitió la pregunta.
—Así que… ¿Qué te parece el jardín de rosas?
Bonito no era un adjetivo que le hiciera justicia. Fenomenal sonaba extraño, y extraordinario le parecía poco apropiado para describir dicho lugar. Al final, soltó lo primero que se le vino a la mente.
—Es indescriptible. Me parece realmente precioso, dudo que alguna vez vuelva a ver un lugar tan… único— respondió con sinceridad. Él pareció satisfecho con la respuesta.
—¿Verdad? Lo construyó mi abuelo, por su obsesión con las rosas, la cual pasó a mi padre. Después de todo, esta flor es la representativa del país. Hace algunos años era tan solo una pequeña extensión de tierra, pero gracias al trabajo de los jardineros, terminó teniendo diversos caminos.
—Como un gran laberinto.
—De hecho lo es— el príncipe mostró una sonrisa de orgullo.
—¿De verdad?
—Ese —le señaló la pequeña vereda por la que Alice había caminado— es tan solo la entrada, pero todos los demás se conectan entre sí, formando una gran red de caminos cruzados. Si entras allá —señaló ahora uno de los muchos túneles de rosas— ten por seguro que no encontrarás fácilmente la salida.
—¡Oh! Me pregunto si alguien conocerá todos los caminos.
—Yo, por supuesto— contestó sin dejar su orgullo de lado. Se puso de pie y extendió su mano a Alice. Ven— ella le dio una mirada de duda, que el príncipe comprendió—. Por favor —susurró—, soporta esto un poco más, hasta tener satisfecha a mi madre.
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Caminaban, lo suficientemente separados para que una tercera persona pasara en medio de ellos. Alice, con las manos cruzadas por sobre su regazo y el príncipe en la espalda, los labios cerrados por completo. Para el pelinegro, había tenido conversación suficiente, y sus esfuerzos por iniciar una charla ya habían cesado; pero por parte de ella, le parecía que la mejor manera de disfrutar la vista que el túnel de rosas le ofrecía era precisamente conversando. Propuso el tema del día anterior.
—Y… ¿Qué va a pasar con los niños?
—Los niños fueron liberados—respondió al instante—. Se les ha dado una habitación el en Palacio y se les trata como invitados. No se les retendrá más tiempo, por lo que podrán llegar hasta su destino, cualquiera que elijan. He oído que mañana partirá una embarcación comerciante, así que quizás se marchen en él.
—¿Un qué?
—Embarcación… Un barco— Alice se mostró confundida con dicha explicación—. ¿Nunca has visto alguno? Espera, ¿ni siquiera conoces el mar?
—No.
—Madre mía —exclamó, exasperado. La chica frunció el ceño.
—No todos hemos tenido las mismas posibilidades— reprochó sin meditarlo, pero su acompañante aparentemente no le tomó importancia.
—En fin. Sea lo que decidan, no se lo informaré a Viktor.
El rey de Sucré, pensó. Últimamente había escuchado mucho sobre tal personaje, y miles de preguntas se hiso en torno a él.
—¿Usted lo conoce?
—¿A Viktor? Sí, desde pequeño. Prácticamente crecí con él. Amoris y Sucré tuvieron una estrecha relación en el pasado, pero ahora la situación es ambigua. Francamente no entiendo sus acciones. Como sea, no es prudente hacerse enemigo de él —en ese instante el túnel estaba a punto de concluir dando paso a una sección al aire libre—. Toma mi brazo para tener contenta a mi madre.
Y Alice, quien no había tocado de esa manera a otro chico que no fuera el rubio, no se decidía entre angustiarse y ruborizarse. Al final, hizo las dos cosas.
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Desde su balcón, la reina contemplaba el paisaje que tanto le gustaba. El jardín de rosas en pleno apogeo ahora se veía más hermoso que nunca, adornado con el amor juvenil que en esos instantes se dedicaban a tomar un paseo.
Lysandro, a su lado, se ocupó de servirle más té.
—Ellos se están llevando muy bien —habló la reina sin despegar la vista de la pareja en el jardín—¿No lo crees, Lysandro?
Él únicamente sonrió como respuesta.
—La madre de Alice reside actualmente en el primer distrito, ¿no? —tomó un sorbo de su té.
—Así es.
—Me gustaría reunirme con ella —inmediatamente el consejero real dejó a un lado lo que hacía, comenzando a intuir los planes de la madre del príncipe.
—Majestad, no creo que sea prudente que…
—Lysandro —le interrumpió con voz seria—, es una orden.
—Dispénseme —el albino mostró una pronunciada reverencia ante su falta—. Se hará como ordene, Majestad.
La reina únicamente sonrío. Era momento de acelerar las cosas.
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El atardecer había caído sobre el primer distrito y Wenka no despegaba la vista del hueco que utilizaban de ventana, sus ojos rojizos contemplaban el naranja del cielo indicando que el sol no tardaría en ocultarse dando paso a la noche. El barco zarparía al alba y mientras tanto pasarían la noche en la taberna de una posada cercana al muelle.
Nunca antes se habían divertido tanto como aquella tarde. Es más, se atrevería a decir que jamás había oído a Willi reír de aquella manera. Gracias a Charlie conocieron muchísimo, desde comidas de lo más exquisitas hasta personas tan amables como la señora que trabajaba como ama de llaves. E incluso una lección de cómo utilizar apropiadamente una espada y montar a caballo, las cuales aprendieron inmediatamente.
Sin embargo, por un llamado urgente del Capitán Armin, Charlie los tuvo que dejar, haciéndoles prometer primero que regresarían al palacio antes de que oscureciera. Promesa que no cumplirían del todo. Regresaron al palacio, sí, pero únicamente para recoger sus escasas pertenencias. Trataron de no toparse con nadie, a pesar de que, a lo lejos, alcanzaron a distinguir a la persona a la que llamaban "princesa" y lamentaron no poder disculparse con ella.
Una noche más, se repetía a sí mismo. Una noche más y estarían fuera de Amoris, yendo lo más lejos posible del temible rey Viktor de Sucré, y así se librarían de su cruel destino. Decir adiós estaba siendo más difícil de lo que imaginaban. Sentían que no merecían tantas atenciones después del acto vergonzoso que tuvieron que hacer por supervivencia. Acordaron marcharse inmediatamente.
Un hombre cayó sobre una mesa cercana completamente borracho. El impacto provocó un estruendoso ruido que hizo que sus acompañantes soltaran carcajadas al tomar el acto de forma graciosa, siendo que ellos estaban en igual condición que aquel hombre; a la vez que sobresaltó a Willi quien ya adormilado se había acurrucado al lado de su hermano mayor.
Wenka se lamentaba no haber podido conseguir un lugar mejor dónde hospedarse, pues el poco dinero que llevaban encima se fue al hacer el contrato con el capitán del barco mercantil.
Un niño que llevaba rato mirándolos desde el extremo de aquella habitación se acercó a ellos. Tenía el cabello de color semejante a una zanahoria y grandes ojos verdes.
—¿Ustedes no son de por aquí verdad? —preguntó sin reparos. Ninguno de los dos contestó—. ¡Oh! Supongo que no me entienden.
Wenka chaqueó la lengua, pero intentó responder.
—Entendeemos. Poco.
—¡Genial! —sonrió—. ¿De dónde vienen?
—De muy lejos.
—Ah… —dijo no muy convencido aún, pero no se rindió—. ¿Y a donde van?
—A un lugar muy lejano.
—Ya veo. Me llamo Thomas, ¿y ustedes?
En ese momento el sonido de arcadas hizo que los hermanos fruncieran el ceño, alguien del grupo de ebrios había vomitado y el resto lo celebraba como si fuera la hazaña del siglo.
Repugnante, en su idioma murmuró el más chico, o eso creyó haber hecho cuando aquel grupo se calló inmediatamente.
—Hey ¡maldito mocoso! —gritó el que más escándalo hacía— ¿Qué acabas de decir? —Willi no respondió.
—Oh no…— susurró Thomas antes de escabullirse bajo una mesa.
—Te acaba de hacer una pregunta —inquirió un segundo, cerca de ellos. El hedor que desprendía les asqueó.
—Dijo asqueerroso —contestó el más grande, tratando de decirlo en el idioma de Amoris, pero ya que no era su fuerte, desistió—. ¡¿O qué?! ¿Acaso es que tu cerebro es del tamaño de una nuez? Si es obvio para todo el mundo que están actuando como cerdos.
El grupo quedó estupefacto. Era un hecho que no conocían la lengua de Sucré, pero por lo menos la primer parte la habían comprendido a la perfección, y el insulto era imperdonable.
—¡Insolente! —gritó quien había vomitado—. No sé lo que acabas de decir, pero ¡me las vas a pagar!
Y con pasos torpes y el puño en alto se abalanzó hacia ellos. El albino trató de hacer a un lado a su hermano para evitar que saliera herido, y simplemente cerró los ojos antes de recibir el golpe, pero este nunca llegó.
—No los toques—los dos niños abrieron sus ojos al escuchar la voz de su salvador quien había detenido al hombre, y ahora lo tenía fuertemente sometido contra una pared. Forcejeó un poco antes de librarlo—. Te advierto que están bajo mi protección y no me gustaría montar una escena en este establecimiento— y discretamente mostró la espada ceñida a su cintura.
—¿Y tú quién te crees? —replicó otro hombre del grupo.
—Alguien con quien no te conviene tener problemas.
—¡Es Charlie Sioclett, de la Guardia Imperial —gritó victorioso Thomas desde la entrada del lugar—. ¡No, de la Tropa de Élite!
El grupo comenzó a temblar de miedo. Ya sea porque tenían historial con la Guardia Imperial o no querían labrarse alguno. O bien, porque sabían que el hombre frente a ellos era de los más fuertes en el reino.
—¿Un Gu-guardia? —el agresor ni si quiera podía articular palabra alguna por el pavor—. No, lo-lo juro ¡ese mocoso comenzó todo!
—Desaparece de mi vista.
Y en menos de dos segundos, el local había quedado en completa soledad. Los hermanos quedaron admirados por el respeto (y miedo) que le tenían a los guardias, sobre todo a alguien tan amable como Charlie.
—Gracias Tommy —dijo el castaño, antes de lanzarle una moneda que el chico atrapó en el aire—. Le diré a tu hermana que sigues esforzándote como siempre.
—¡Por favor, dile que regrese a casa más seguido!
—Lo haré —le sonrió, pero cuando cambió su vista a Willi y Wenka, su mirada cambió. Su boca sonreía, pero sus ojos no—.Y ahora, ustedes…—. Y sin darles tiempo de prepararse mentalmente, les tomó de las orejas y los arrastró fuera del local, a pesar de los quejidos—. ¡¿Qué demonios estaban haciendo allí?! ¡Pasé horas buscándolos por todas partes! ¿Saben lo preocupado que estaba? ¡No, no! Esto también es culpa del Capitán, llamándome por un asunto irrelevante, interrumpiendo mi día libre… ¡Cómo sea! ¿Por qué no volvieron?
Los chicos estaban con la cabeza baja. No creían que alguien pudiera reaccionar de manera tan histérica por ellos.
—No queríamos causar más problemas —susurró el de cabello gris.
—¿En serio? ¡Pues lo acaban de hacer! Si no fuera porque Thomas salió a pedir ayuda, los hubieran acabado en ese mismo instante.
—Lo… sentimos— e inmediatamente ambos hermanos se echaron a llorar. Esa era su manera de desahogarse, estando en Sucré ni siquiera se permitieron hacerlo, su padre nunca volvió, por lo que no les permitieron despedirlo de manera apropiada; sus vecinos mostraron indiferencia. Y cuando supieron que podían separarlos, únicamente susurraban "pobrecillos" al pasar a su lado. Pero nadie les tendió una mano. Eran tan solo un par de niños huérfanos en busca de una figura que les comprendiera. Y la estaban encontrando en Charlie.
—Ya… —Charlie suavizó su tono y se dedicó a acariciar su cabello hasta que las lágrimas cesaron—. Venga, regresemos.
Esa noche, después de llegar al palacio, durmieron como nunca bajo la protección del guardia. Al despertar la mañana siguiente el barco mercantil había zarpado unas horas atrás, dejándolos en Amoris.
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La música del violín siempre lograba tranquilizarlo en días como aquel, cuando su estudio era iluminado únicamente con las llamas de la chimenea y en el exterior se desarrollaba una de las peores tempestades que Sucré había experimentado. Dejó su papeleo de lado y, por primera vez en el día, se dignó a ver al otro hombre en la habitación. La persona sentada en un rincón cuya única labor era proporcionarle música a sus oídos llevaba años trabajando para la familia real. Aunque siempre tocaba de manera impecable, esa ocasión se mostraba totalmente diferente, y lejos de hacer amena la labor de su Majestad, lo estaba irritando. El rey Viktor nunca se había preocupado por conocerle, saber su nombre, familia o qué tan bien se encontraba de salud. Pero saltaba a la vista que, por lo menos en el último punto, no estaba totalmente bien. Algunas gotas de sudor se resbalaban sobre su arrugada frente cada vez que marcaba una nueva nota, a pesar de que el clima era terriblemente frío aún dentro del palacio. Él únicamente pensó que pronto necesitaría un reemplazo.
Una leve punzada surcó por su cabeza cuando el violín se detuvo repentinamente después de haber emitido una nota terriblemente fuera de contexto.
—Majestad —le llamó aquel hombre, temeroso, y acercándose a él—. Lo-lo lamento. La cuerda se rompió.
El rey analizó la escena que el viejo le mostraba, las manos llenas de callosidades mostraban las pruebas de sus palabras. No sintió ni la más mínima compasión.
—Ah— volvió a su labor, con la pila de papales que debía revisar—. Estás despedido.
—Majestad— el violinista habló con lágrimas en los ojos y se acercó al rey. Nadie debería acercarse al rey de Sucré. Viktor sabía lo que seguía, seguramente aquel hombre rogaría por clemencia, como todo subordinado al que consideraba inútil.
—Retírate antes de que llame a los guardias y te mande a la horca —ya no contestó. Simplemente tomó el instrumento y se dirigió a la puerta. Justo antes de abrirla apareció otra persona, un chico rubio mucho más bajo que él. A simple vista podría parecer un niño, pero era de las personas más respetadas en el reino. Únicamente intercambiaron miradas, antes de que el hombre saliera derramando todas sus lágrimas.
El joven se acercó un poco, manteniendo cierta distancia entre él y el gobernante.
—Ah Coton—, dijo Viktor al verle—. Por favor, encuentra un reemplazo lo más pronto posible.
El mencionado solo bajó la mirada.
—¿Sucedió algo?
—Ya me aburría.
Coton suspiró. Jamás había comprendido la actitud tan fría del monarca, la cual se había acentuado después de la muerte de los anteriores reyes, a quienes había considerado como sus padres. Les había prometido que siempre guiaría a Viktor por el buen sendero, como todo consejero real lo haría. Y más aún si había sido nombrado capitán del ejército, cuando el anterior líder había sido despedido por un ínfimo error que su Majestad había considerado imperdonable, así como el del violinista.
—Majestad, no creo que esa sea una razón suficiente para despedirle sin más.
—Coton —le llamó con profunda voz, pero él no se estremeció—. Eres la persona en la que más confío ¿También te atreverás a cuestionar mis decisiones?
Hubo un momento de silencio, en el que ambos sostuvieron la mirada.
—No, Majestad.
—Bien. ¿Lograron averiguar algo? —cambió de tema. El rubio le extendió un par de papeles más.
—Un poco. Hace unos días atacó una de las aldeas al norte, Quilvid para ser más exactos. Hubo saqueo y destrozos. La mayor parte del lugar quedó devastado debido a que provocó un incendio. Se organizó inmediatamente una búsqueda, pero debido a la tormenta de nieve, tuvieron que
detenerla, dándole oportunidad de escapar…
—Lo quiero—interrumpió—. Vivo.
—Debido a la gran cantidad de cargos que se le imputan, así como la manera de acturas, me temo que eso es poco menos que imposible.
—Pero no es del todo. Coton, no quieres terminar como el viejo, ¿verdad?
Suspiró frustrado.
—No Majestad, se hará conforme a su palabra.
—Perfecto. Retírate.
El soldado obedeció, dejando a Viktor echando una hojeada a los papeles que recién le habían entregado:
Hombre más buscado en el Reino Sucré.
Nombre: ¿? Edad: de 20 a 25 años. Descripción: No hay descripción detallada. Víctimas mortales: Más de 200. Víctimas en total: Número incalculable. Detalles: Actúa solo mayormente en zonas aisladas. Sus víctimas incluyen todo tipo de persona, sin hacer distinción de edades o sexo. Normalmente se dedica a robar con lujo de violencia.
El rey quedó satisfecho. Así que pronto encontraría a la persona que aterrorizaba su Reino.
[1] Boxes: Cada uno de los compartimentos en donde se guardan los caballos. No soy conocedora en el tema, pero estuve investigando y al parecer ese es el nombre que se le dan. Igualmente, si estoy equivocada, me encantaría que me corrigieran :D
Lamento la tardanza unu Esta vez no hay mucho que decir, así que vamos a los agradecimientos de siempre: Fannynyanyan1912, Hizuri Ken, JavieraPilar, Nightmare96, An Scrawl, Guest & Lammy ¡aprecio muchísimo sus comentarios! :'D ¡Nos leemos!
PD: Hace poco me he creado una página en FB, donde subiré cosillas relacionadas a los fanfics. Si quieren curiosear, mandar algún mensajito y platicar me pueden encontrar como Akeehl. El link lo tengo en mi perfil C:
