Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChiNoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo en nombre de AliceHatsune.


ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 8 ~

Anteriormente en Another Cinderella: Después ver a su hijo, el príncipe Castiel junto a su prometida desayunando y dando un paseo juntos, la reina comienza a tramar algo. Mientras, Willi y Wenka, con intenciones de huir lo más lejos posible de su antiguo hogar, se quedan en Amoris bajo el cuidado de Charlie, ignorantes del peligro que corren los habitantes de Sucré…

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Armin podría ser la persona más relajada de todo Amoris. Se tomaba a la ligera la mayoría de las cosas, mas cuando la situación lo ameritaba (o Lysandro lo obligaba) podía actuar seriamente, nunca olvidando su lado bromista por más sombrío fuese el panorama. Aún así jamás se había sentido cómodo en aquel lugar.

Después de terminar su entrenamiento como miembro de la Guardia Imperial había sido invitado muchas veces a merendar allí; y ahora que ostentaba el cargo del Capitán de la Tropa de Élite las invitaciones para cenar habían incrementado. En ese lugar había pasado bastantes horas de su vida, llegando a guardarle cierto cariño.

Pero el cuerpo de un oso disecado en un rincón con una mueca salvaje, la pared llena de cabezas de bestias con grandes cuernos que exhibía como trofeos y la vitrina repleta de artefactos de tortura y diversas armas hacían que el lugar se tornara lúgubre y escalofriante. No entendía cómo es que Kentin había logrado vivir en aquella gran mansión toda su vida.

―Capitán Kreiger, es un honor tenerlo aquí ―Giles Portner le saludó mientras descendía de las escaleras que daban al recibidor de su mansión, la más grande en el Distrito 1. Su rostro, con arrugas en las comisuras de los ojos, denotaba un sentido del humor que nunca lo había caracterizado en su trayectoria de Líder General de la Guardia Imperial y Capitán de la Tropa de Élite, cargos que ahora recaían en Armin. Todo el mundo decía que el retiro le había sentado muy bien, pero el actual capitán podía sentir que estaba tramando algo.

―Más honor para mí haber sido invitado por mi predecesor― respondió, haciendo una reverencia. Él hombre de cabello rubio soltó una carcajada, las arrugas se acentuaron conforme realizaba el gesto.

―Oh, muchacho ¡Siempre tan humilde! ―palmeó su espalda con más fuerza de la necesaria, y no era para menos. El hombre a sus 60 años aún permanecía misma musculatura que en sus días de estratega―. Si fueras mi hijo, estaría muy orgulloso de ti― Armin solo pudo reprimir su mueca de descontento―. ¿Admirando mi pasatiempo?

Dio un último vistazo a la sala antes de responder.

―Me parece… hmmm, interesante.

―¡Ah! Un hombre con sublimes gustos ―exclamó mientras se dirigían al comedor―. Y dime… ¿qué tal le va a mi hijo?

―Excelente, señor. No hay nadie más diestro en el manejo de armas que él ―Giles bufó.

―Tonterías ―hizo un ademán al aire, restándole importancia. Comentarios como ese eran frecuentes. Armin los había escuchado desde el primer día que conoció a Kentin, los siguió escuchando en sus días de entrenamiento y habían aumentado cuando Armin, y no Kentin, fue elegido como el siguiente Capitán y Líder. Solo atinó a sonreír, aunque por dentro sintió pesar por su subordinado―. Es lo mínimo que un Portner debe hacer.

―Bueno, hace un par de semanas fue nombrado Líder del Distrito 1.

―No por mérito propio, sino porque al viejo Weiss se le ocurrió jubilarse.

―Y es subcapitán de la Tropa de Élite. Si me permite decirlo, eso ya es bastante impresionante.

―Si fuera así, él sería el capitán―masculló entre dientes―. Sin ofender.

―No me ofende ―contestó como si aquel comentario no le hubiese afectado. El hombre sonrió y soltó un breve «Por su puesto» antes de tomar su asiento en la cabecera de la gran mesa de banquetes. Armin, extrañado por la ausencia de personas que regularmente les acompañaban, preguntó al sentarse― ¿Las damas no nos deleitarán con su presencia ésta ocasión?

―Mi esposa y mi sobrina han tenido que salir a realizar algunas diligencias. Charlotte pronto cumplirá diecisiete años, y planeamos dar una pequeña fiesta, algo íntimo, doscientas personas de sus amistades más cercanas.

Sí, claro, pequeña, pensó el capitán, pero prefirió guardar para sí ese pensamiento. Las fiestas de la familia Portner solo podían ser superadas por las de la familia real.

―Vaya, qué rápido pasa el tiempo, ya es toda una dama.

―Esa chiquilla es mi orgullo― dijo con honestidad―. Se ha convertido en una mujer elegante, digna de la realeza. Es una lástima que el príncipe haya estado tan ciego para no verlo― aunque su semblante se oscureció por segundos al decir la última oración, recuperó la compostura rápidamente―. Se le extendió la invitación tanto a él, como a su Majestad, pero fue declinada, debido a la mala salud de la reina. Espero, sin embargo, que nos puedas acompañar en la fiesta.

―No me lo perdería por nada del mundo ―mintió con una sonrisa en el rostro. ¿Pasar un día libre rodeado de personas que se regodean por no haber hecho nada en su vida? No, gracias. Mucho menos si se trataba de una arpía como lo era Charlotte Leclair. Ya inventaría una excusa de último minuto para faltar.

En ese momento fueron interrumpidos por el mayordomo, quien anunció que la cena sería servida. Acto seguido ingresaron a la sala numerosos sirvientes depositando diferentes platillos, un gran banquete que parecía hecho para decenas de personas, porque a Giles le encantaba presumir su fortuna y Armin no podía reclamarle algo. Así el resto de la comida terminaba en la basura, aunque a veces se las ingeniaba para guardar un par de panes entre sus ropas y dárselos a algún niño de la calle.

Una vez que los sirvientes se retiraron, Giles continuó la conversación, aún animado.

―Y… ¿qué se cuenta en los corredores del palacio?

―Nada de lo que se no haya inventado chisme aún― respondió tomando unos vegetales, pero al hombre no le agradó la falta de interés de su invitado.

―He escuchado cosas muy interesantes acerca de la prometida del príncipe.

―¿Ah, sí? ―repentinamente el pelinegro dejó a un lado la cena para prestarle total atención―. Me encantaría escucharlos.

El hombre entrelazó sus manos y posó su vista en la del joven durante unos segundos antes de hablar.

―Cierta dama que acaba de mudarse a nuestra calle proclama ser la madre de la señorita en cuestión, pero sus modales dejan mucho que desear. Se nota que no tuvo educación. Nada puede salir bien de las personas que vienen de la calle― esta vez Armin no guardó su descontento ante la despectiva descripción, y su acompañante lo notó, por lo que apresuró a corregir―…Con excepciones, claro está. Además, se rumora que tuvo cierta discrepancia con los guardias del Tercer Distrito, justo cuando tomaste el liderazgo. ¿Has escuchado algo parecido?

―Me temo, señor, que no se me ha informado al respecto― mintió nuevamente. Él ya conocía la identidad de Alice, incluso le había encarado en día que fueron a buscarla a su hogar. Sin embargo, las intenciones de Giles eran difusas, y más valía ser discreto.

―¿De verdad?― dijo, arqueando una ceja―. Pues yo opino que se debería investigar más a fondo a una persona que aspira al trono.

―Señor ―respondió elevando la voz más de lo necesario, solo lo suficiente para no faltar al respeto―. Creo que si nuestra futura reina llega a ser esa clase de persona, Su Alteza sería el primero en informarse y tomar medidas al respecto, ¿no lo cree así?

Giles encogió los hombros.

―Yo solo quiero lo mejor para nuestro querido reino.

―Y yo también, señor. Por supuesto que velaremos por la seguridad de Amoris.

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Un estruendo sonó, el característico que hace la porcelana al estrellarse, poniendo fin a la tranquilidad que reinaba en la sala. Las sirvientas no esperaron ninguna orden e inmediatamente atendieron el silencioso llamado y comenzaron a limpiar el desastre, preocupadas por el príncipe Castiel. Él seguía en estado de shock, las manos en la misma posición, cuando se disponía a tomar un sorbo de té, antes de que la reina le comunicara la noticia que le impactó.

—¡¿Qué has dicho?! —reclamó con voz más elevada de lo normal al salir de su trance. La reina seguía con la misma tranquilidad. Esa mañana se hallaba con mucho humor y la salud había mejorado levemente, lo suficiente para poder desayunar con su hijo.

—Se ha fijado la fecha de tu fiesta de compromiso, será dentro de treinta días. Creí que estarías más contento— reprochó y él inmediatamente transformó su aspecto a una fingida alegría.

—Ah, sí claro. Pero me ha tomado desprevenido. Es una idea un tanto… precipitada.

—Nada de precipitada— contestó con autoridad, mientras dejaba de lado su taza de té—. Me he reunido con la madre de Alice.

—¿Qué?

—Es una mujer… —Valérie guardó silencio durante un par de segundos, buscando el adjetivo adecuado para describir a su futura consuegra, mientras recordaba las miles de reverencias que le propició, además de su evidente nerviosismo durante la conversación que tuvieron—… peculiar —terminó por decir, no muy convencida—. Pero encantadora, casi tanto como Alice. En fin, ambas llegamos a la conclusión de que, lo que están haciendo, no está nada bien.

La reina hizo una mueca de disgusto, poniendo nervioso ahora al príncipe. Internamente, se llegó a preguntar si su madre se había enterado de que todo era una simple farsa.

—No… no entiendo, madre.

—Oh, por favor, no me hagas decirlo—Castiel tragó saliva y su cuerpo se tensó. Su madre estaba más seria de que costumbre— ¡Todo el reino sabe que tienes viviendo a tu prometida bajo tu mismo techo! Y no es muy bien aceptado que una señorita viva con un hombre sin haberse casado primero. Incluso la gente ha comenzado a preocuparse, ya que no has presentado a tu prometida de manera formal.

—Ah —se relajó— era eso.

—Así que, ¿qué más da acelerar las cosas un poco? Seguramente el pueblo estará contento de que les tomes en cuenta. Y te lo había dicho, quiero diez nietos— Castiel dio un respingo ante la perspectiva.

—Madre, eso es…

—Puedes lloriquear todo lo que quieras —con dificultad intentó levantarse de su asiento; Castiel acudió a su ayuda y la acompañó hasta el balcón, el jardín de rosas estaba en todo su esplendor—. Pero las invitaciones ya fueron enviadas. Todas las personalidades importantes de Amoris estarán allí. Ah, también los amigos más cercanos de Alice, seguramente estará feliz de verlos.

—Sí, claro…—rodó los ojos antes de adoptar una optimista actitud para tranquilizar a su madre—. Debo darle la noticia a mi amada prometida.

Cuando salió del recinto, pudo desatar su furia.

Sus planes estaban tambaleando peligrosamente. Tan solo un día antes, Armin le había comunicado que el anterior Líder de la Guardia Imperial estaba tramando algo. ―Sospecha de la princesa, ha investigado sus antecedentes. Además, está planeando dar una gran fiesta por el cumpleaños número diecisiete de su sobrina, Charlotte Leclair―le había dicho―. La señorita es hija de su difunta hermana, quien fuese viuda, y, al no haber ningún miembro de la familia Leclair que la reclamase, Giles Portner se hizo cargo de ella como si fuera su propia hija. Será un evento muy grande, escuché que contrato personas de segundo y tercer distrito como servidumbre solo para esta ocasión. Te digo, algo realmente enorme.

Y, concordando con Armin, aquel hombre no hacía nada sin un propósito oculto.

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Alice se debatía entre salir de su habitación o permanecer en ella. Llevaba bastante rato parada frente a la puerta, en ocasiones abriéndola durante segundos para terminar cerrándola. Y es que, fuera de allí, en el pasillo se encontraban otras sirvientas realizando limpieza de los objetos en las paredes. Esta vez era una chica de cabello violeta[1] y otra pelinegra con pecas en el rostro, conversaban animadamente, y Alice ya estaba cansada de su soledad.

Durante la mañana, como siempre, ya había intentado intercambiar palabras con Iris y Melody, pero en ese momento los niños de Sucré, Willi y Wenka, irrumpieron en su habitación, armando un gran revuelo. El más grande llegó directo a tumbarse en su cama, reclamando que la suya no era tan cómoda, y el otro tocando todo lo que había en la habitación y haciendo mil preguntas al respecto. A Alice no le importó en lo más mínimo, al contrario, los recibió con gran alegría cuando le ofrecieron disculpas por su mala actitud anterior, mismas que fueron aceptadas inmediatamente por ella, lo que dio pie a una alegre conversación (o algo así, debido a las diferencias de idioma), donde relataban sus aventuras con Charlie, el cómo habían decidido quedarse en Amoris y lo que harían de ahora en adelante. Y los chicos hubieren seguido allí si no fuera porque el guardia llegó, regañándoles por haber entrado sin si quiera llamar en la habitación de la "princesa". Para cuando los tres se marcharon, también lo habían hecho Iris y Melody.

Alice pensaba que si no lograba nada con ellas, podía intentarlo con otras chicas. Por eso mismo, estaba reuniendo valor para salir y saludarles, esperando que no huyeran en cuanto la vieran.

Sin embargo, sus intenciones fueron detenidas cuando el mismísimo príncipe de Amoris llegó con evidente urgencia.

—¡Hey! —le llamó malhumorado, pero al ver que las sirvientas se habían detenido a realizar una reverencia, cambió su tono a uno amable—. Me permites unos momentos, ¿por favor?

Y sin esperar su respuesta, la tomó del brazo para salir corriendo.

—Tenemos problemas — le susurró una vez que estuvieron solos y Alice no pudo hacer otra cosa sino estremecerse.

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—¡¿Qué?! —la voz preocupada de Alice Arlelt rompió el ambiente tranquilo que proporcionaba el jardín de rosas.

Los dos habían concordado que el lugar que más privacidad podría brindarles era sin duda aquel laberinto, lejos de las miradas curiosas del personal del palacio, Decidieron realizar otra caminata como la anterior; así podrían tratar sus asuntos sin temor a que alguien los descubriera, además de seguir con la apariencia de jóvenes enamorados. El príncipe chistó, aunque solo se encontraban ellos dos presentes.

—¡Baja la voz, mi madre puede salir al balcón!

—Pero ¿cómo qué compromiso?

—Es un protocolo— explicó mientras le instaba a tomarlo del brazo. Alice reprimió un rubor que amenazaba con salir, no podría acostumbrarse a actuar tan íntima con el príncipe—. Es una fiesta en la que formalmente te pido matrimonio ante todo el mundo, te doy un anillo, nos decimos cosas bonitas y todo el mundo hace comentarios bochornosos sobre la linda pareja que formamos.

—¿Todo el mundo?

—Amigos, familia, y en este caso, gente importante de Amoris.

El pelinegro suspiró. Últimamente encontraba fallas a su plan, una tras otra, y cada vez le estaba exigiendo más a la chica.

La chica de Distrito 3 había cumplido su parte aún superando sus expectativas. Y no lo admitiría en voz alta pero Alice había resultado ser de gran ayuda y buena compañía, tanto para sus nuevos huéspedes por tiempo indefinido, Willi y Wenka, como para su madre, quien parecía más alegre desde que la chica había llegado al palacio. Sin embargo, también sabía que ya tenía alguien esperándola en casa.

El heredero se había aventurado a pensar que probablemente esa persona entendería la situación si Alice se la explicaba, si le dijera los beneficios que obtendría. Que él, como futuro rey, podría darles un nuevo estatus y lujos inimaginables, además de la libertad de la chica, quien únicamente estaba pagando su condena fingiendo ser su prometida. Pero eso no era suficiente. Corazonada, paranoia o simple capricho, pero Castiel sabía que no podía confiar en esa persona, quien quiera que fuese.

El príncipe parecía ser un sádico. Pero no lo era. Era exigente, quizá demasiado. Una vez lo llamaron desalmado por ello. Podría amenazarla, como lo había hecho inicialmente. Podría inculparla de cargos ficticios y obligarla a, incluso, casarse con él realmente. Podría. Pero no lo haría. Porque, ante todo, era un hombre que cumplía con su palabra y el trato inicial era que fingiría ser su prometida únicamente ante su madre, no ante todo Amoris. Sólo le quedaba que Alice comprendiera su situación.

—Sé que esto es demasiado pero... — comenzó a decir, pero la chica apartó su mano bruscamente, y aquel mínimo gesto le dolió.

—No.

Ambos detuvieron su andar abruptamente, por suerte se encontraban bajo un túnel de rosas, así la reina no vería aquella escena.

—Esto no estaba en el trato. Y si piensa que puede amenazarme ¡no tengo miedo!

—Lo sé.

—¿Qué?

Nunca creyó que le pediría algo semejante, pero esta vez no le daría gusto al príncipe. Ya estaba bastante angustiada por lo que su antiguo prometido pensaba sobre ella, no quería ni imaginarse cómo reaccionaría cuando supiera que se confirmaba su "compromiso" con el príncipe de Amoris.

Ella esperaba algún enojo, algún castigo por su actitud desafiante.

Pero lo único que obtuvo fue un suspiro de frustración y una mirada diferente en sus ojos semejantes a un día lluvioso. Como cuando no queda ninguna salida, pero aún así tienes que seguir adelante. Como cuando te has resignado, pero sigues en la pelea. Con valentía y miedo. Y eso hizo que su corazón latiera un poquito más rápido.

—Lidiaré con esto— le dijo, calmado. Pero en sus puños cerrados, Alice vio cómo se contenía—. Aún tengo un mes antes de la fiesta, pensaré cómo detenerla.

Castiel frunció el entrecejo y no dijo nada más. Y Alice Arlelt pensó que quizás, y solo quizás, el príncipe no fuera tan malo. Tan solo era un chico un poco mayor a ella con la responsabilidad de todo un país en sus hombros.

—Alteza— ambos dieron un respingo al escuchar la voz de Lysandro; no advirtieron cuando llegó, tomándolos desprevenidos—. Mis disculpas por interrumpir su caminata, pero acaba de llegar esto para la señorita Alice.

Le extendió un sobre. Sobre el sello se marcaba un escudo que representaba una gran ave con las alas extendidas sobre un rosal, una representación intimidante de poder.

—¿Y? —Habló Castiel, recobrando su postura cotidiana. Como si nunca hubieran tenido la conversación anterior. Alice se quedó perpleja que tardó un par de segundos en entender que se dirigía a ella—. ¿Qué esperas? Léela.

—No sé leer.

—¿Qué? —ahora fue el príncipe quien se desconcertó por la declaración de la chica. Ella tenía la edad suficiente para que ya hubiera aprendido cosas comunes como aquellas—. ¿Qué acaso no hay un centro de estudio en cada distrito?

—Sí, lo hay. Pero cobran cuotas muy elevadas que obviamente no podemos pagar— explicó.

—Pero se supone qué…—dijo, más para sí que para Alice, frunciendo más el ceño—. Ah, demonios— bufó, hastiado llevándose una mano a su rostro—. ¡Lysandro!

—Investigaré eso, alteza —hizo una reverencia e inmediatamente se retiró. Alice le entregó el sobre al príncipe para que lo leyera por ella.

—Es una invitación.

Estimada señorita Alice Arlelt:

Me complace invitarle al baile en honor al decimoséptimo cumpleaños de mi sobrina, la señorita Charlotte Leclair, que se llevará a cabo dentro de dos días. Si bien, sé que nunca hemos cruzado palabra, he llegado a saber de usted gracias a las interesantes charlas con nuestra nueva vecina, la señora Jehanne Arlelt. Mi familia y amistades estamos ansiosas de conocer a nuestra futura soberana, por lo que esperamos que nos pueda acompañar.

Giles Portner.

—¿Mi madre? ¿Giles Portner? —peguntó con evidente confusión.

—El padre de Kentin. Antiguo líder de la Guardia Imperial y la Tropa de Élite. Un hombre de cuidado, y un viejo que sigue dudando de mis decisiones. No sé a qué le tiene más rencor, a mí por "invitarlo" a retirarse de su cargo, a Armin por "tomar" el suyo, o a Kentin por no ser "suficientemente bueno" para dirigir a un ejército. Tiene una esposa muy conversadora, quizá se ha hecho amiga de tu madre.

—¿Y no es malo si mi madre comienza a soltar rumores?

—Un poco, pero es inevitable, ya lo había contemplado. Si no lo decía ella, serían las sirvientas o los guardias. Mientras sea un rumor no hay problema, el problema es cuando es verdadero o llega a los oídos de mi madre. Como sea, había recibido esta invitación, pero la he rechazado. Odio este tipo de eventos. Le diré a Lysandro que rechace esta también. Va a ser un caos y probablemente aumenten las sospechas y rumores, ya veremos cómo acallarlas.

El príncipe giró sobre sus talones, siguiendo el camino que el consejero había tomado minutos antes.

Y Alice sintió una admiración por Castiel. No estaba siendo descuidado, era muy precavido. Por una vez puso lo que ella pensaba antes que sus órdenes. Y creó una chispa de esperanza en su corazón. Esperanza de que pronto terminaría la farsa, y podría ver a Nathaniel de nuevo. Pero eso pondría en una situación difícil al príncipe, su rostro había mostrado una aflicción muy bien guardada.

Entonces quiso ayudar. No como obligada, sino como ¿amiga? No podría llamarse así. Quizá ¿compañera? o ¿súbdita? Ni siquiera ella lo sabía, solo comenzó a moverse instintivamente, corriendo tras él.

—¡Espere! —el príncipe de tuvo su avance, así ella llegó a su lado, jadeando por el esfuerzo— Si esto solo es una fiesta de cumpleaños, ¿estaría bien asistir?

—¿Qué dices?

—Son solo unas cuantas personas del Distrito 1, no todo Amoris ¿verdad? —dijo tratando de recuperar el aire entre cada frase—. Y mientras sean rumores buenos, podrían acallarse, ¿verdad? Podría ayudar.

—No te entiendo.

—Podría ir. Como su prometida. Al menos podría hacer eso. Me portaré bien, lo prometo.

Castiel abrió sus ojos con sorpresa, no esperaba aquella propuesta. Pero lo pensó por algunos segundos. Era arriesgado, estaría entre lo más alto de la sociedad de Amoris, la mayoría de ellos eran personas ingenuas que aceptaría a cualquiera con un buen apellido, fama o fortuna. Y ellos creían que Alice aspiraba a tener todo eso. Sin embargo, también había personas como Giles Portner o Charlotte Leclair que despreciaban a cualquier que no estuviera a su altura. Si ella iba y los convencía de ser una señorita educada, por lo menos, serviría para acallar todas las quejas que había a espaldas del príncipe. Y ganaría algo de tiempo, pues conociendo al exlíder, podría incluso ir hasta el palacio con tal de examinar con sus propios ojos a la futura esposa del próximo monarca.

—¿Estás segura? —preguntó, con algo de curiosidad en su mirada. Alice asintió—Bien. No será sencillo.

—Lo imagino. Lo único que tendría que hacer es conversar con ellos. Aunque, si huyen como lo hacen Iris y Melody cada vez que lo hago, quizá me cueste un poco— ella rió un poco, nerviosa por si eso pasaba.

—Ah— Castiel puso en su rostro una sonrisa divertida—. Eso es debido a mí, probablemente.

—¿Cómo?

—Olvídalo. Volviendo al tema, no quiero arrepentimientos después, ¿eh?

—No señor —contestó con determinación, imitando a los guardias, a quienes había visto tantas veces hacer. Castiel ensanchó su sonrisa.

—Bien. Pero hay algunos cuantos preparativos que hay que realizar. Es costumbre en Amoris llevar un regalo al anfitrión, en este caso, por el cumpleaños de Leclair.

Alice vaciló, cerrando sus puños sobre su ropa, con algo de vergüenza.

—No tengo dinero —admitió apenada—. Pero podría cocinar algo, un pastel, o galletas. A Nat… —A Nath le gustaban los panes salados que preparaba, estuvo a punto de decir. Con tristeza, se contuvo— O-o también podría confeccionar alguna prenda, aunque…

Castiel soltó una carcajada al ver que las mejillas de la chica se habían puesto de un travieso color rosa, por todas las revelaciones que estaba diciendo.

—¿Hablas enserio? Aunque nuestro acuerdo es solo por apariencias, me perjudicarías totalmente, ¿qué va a pensar la gente cuando vea que la prometida del príncipe da regalos tan tacaños? —dijo bromeando—. Yo te lo proporcionaré.

—Pero entonces ya no sería un regalo de mi parte.

Rodó los ojos ante la protesta de la chica.

—Qué cabezota eres— comenzó a caminar, Alice a un lado de él. Le ofreció el brazo y esta vez ella no dudó en tomarlo nuevamente—. Está bien, tú puedes escogerlo. Irás a la plaza del Distrito 1 y un guardia, probablemente Alexy, te acompañará. Evita hacer escándalo, no llames tanto la atención y recuerda comprar algo a la altura.

Alice asintió, y cuando llegaron al final del trayecto se separaron.

—Regresa a tu habitación, Alexy pasará por ti. Ah, y verás que las sirvientas pronto no te dejaran en paz ni un minuto— le dijo antes de tomar un camino diferente al de ella—. Son muy parlanchinas.

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—Vaya, Alteza—el consejero real colocó una taza de té en el escritorio en dónde se encontraba el príncipe de Amoris, observando diferentes papeles—. Parece que ha madurado. No ha usado ninguna artimaña descortés para con la señorita.

—Cállate —le ordenó sin despegar la vista de las letras—. ¿Escuchaste todo?

—¿Planeaba mantenerlo oculto de mí? —Lysandro fingió indignación—. Personalmente, no encuentro deshonroso que muestre un poco de humanidad ante la dama, como para que sea de carácter privado. Además es mi deber escuchar todas las quejas y preocupaciones de Su Alteza. De otra manera, ¿cómo podría ser su consejero real?

El príncipe chasqueó la lengua y cambió a un tema más serio.

—¿Mi madre está recobrando la salud, verdad?

—El diagnóstico del doctor Farrés demuestra que ha habido una leve mejoría, pero no lo suficiente para volver a sus funciones como reina. Mientras tanto, el acuerdo entre Sucré y Amoris tambalea peligrosamente.

—¿Y no puedo hacer nada al respecto? —la expresión de su entrecejo fruncido se acentúo. Últimamente hacía mucho ese gesto—. Si no fuera por eso.

Lysandro carraspeó antes de recitar la tradición de Amoris.

—«Antes de que un rey asuma su cargo, antes de que sea digno de una corona, debe ser dueño bondadoso del corazón de una dama. Así, al cuidar de ella con ternura, cariño y toda cualidad derivada del amor, demostrará que es digno de cuidar con el mismo afecto al pueblo de Amoris

Castiel suspiró con pesadez. Esa tradición era más bien como una ley que había pasado de generación en generación, y que lo obligaba a casarse totalmente enamorado de una chica antes de ser rey; algo que no estaba entre sus planes. Inicialmente quería convencer a su madre de un amor profundo, para que le cediera la corona antes de su muerte, así podría seguir con los acuerdos de paz entre Amoris y su más grande aliado, Sucré, que se habían detenido meses atrás; y, con suerte, evitaría la guerra que Viktor estaba tramando. Sin embargo, al ser únicamente príncipe, y no rey de Amoris, no podía participar en actividades exteriores como aquella.

—¿Propones algo? —recurrió a su consejero y Lysandro se llevó su dedo índice a la barbilla.

—Sugiero que, ya que no puede obligar a la señorita Arlelt a contraer matrimonio con usted, deshágase de ella y busque a alguien más. O bien, enamórela hasta el punto de que ya no pueda vivir sin usted, como bien la reina desea. Así no podrá obligarle a nada.

Los ojos incrédulos del príncipe se posaron sobre los dispares.

—Sí que estás demente.

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Cuando Alice salió a las puertas del castillo, después de varios días recurrido en él, sintió una felicidad que no había sentido desde hacía mucho tiempo. El guardia llamado Alexy ya se encontraba en allí.

—Vaya —le dijo, con tono juguetón—. Creí que iría con la próxima princesa de Amoris.

Alice miró su ropa. Con su vestido desgastado, los mismos zapatos con los que golpeó al príncipe en el baile, cabello suelto y su rostro limpio, estaba lejos de tener el porte de una futura reina. Más bien parecía ser una sirvienta saliendo del palacio después de un día de trabajo.

—El príncipe Castiel dijo que no llamara la atención.

—Qué mona— Alice sonrió, no conocía mucho a Alexy, pero le había agradado la familiaridad con la que se expresaba—. Princesa…

Ella le detuvo.

—¿Podría pedirte de favor que no me llames así? —rogó. De verdad que detestaba aquel mote que se habían empeñado a darle, sobre todo cuando era una gran mentira.

—¿Eh? —Protestó con un puchero encantador—. Pero te casarás con el príncipe, ¿no? Deberías acostumbrarte de una vez, incluso algún día serás la reina de Amoris.

—Hum, ¿sí?

—¡No hay excusa! —le dijo con autoridad fingida, llevándose ambas manos a su cintura. Sonaba más bien como una madre regañando a su hijo por comer muchas golosinas—. Es mi deber escoltarla hasta el lugar más maravilloso de todo Amoris: La zona comercial —explicó, simulando resignación—. Y cómo buen guardia que soy, he aceptado esta pesada tarea. Así que le ruego que suba a este flamante carruaje en donde viajará con total comodidad.

Le señaló el carruaje que ya estaba preparado. No era tan pomposo comparado con los de la familia real, pero se notaba que era de los mejores que tenían. Sus ojos pasaron del transporte a los violetas del guardia.

—¿El distrito no está muy lejos, verdad? Podríamos ir caminando.

—Pero el príncipe dijo que…

—Al diablo con las órdenes del príncipe— dijo con enfado fingido—. ¿Soy la próxima princesa, no? Entonces ordeno que vayamos caminando.

Alexy se quedó perplejo durante unos segundos, en los cuales Alice se preguntó, mortificada, si acaso se habría sobrepasado con la broma. Entonces Alexy abrió sus ojos y señaló un punto detrás de la chica.

—E-el príncipe Castiel… está atrás de ti.

Decir que Alice tuvo miedo fue poco. Estaba aterrada. Y apenas Alexy terminó de hablar, volteó su rostro en busca del mencionado tan rápido que casi se rompe el cuello.

—¿Qué?

Y Alexy comenzó a reír tan fuerte que casi cae al piso por no controlar las carcajadas. Alice casi se desmaya por la impresión ¡tan solo era una broma! Debió suponerlo: al capitán le encantaba tomarle el pelo, ¿cómo no poder prever lo mismo con su hermano? Al final, la chica se le unió en su risa.

—Me agradas, princesa— dijo, secándose una lágrima que había salido a causa de las carcajadas—. Iremos caminando, entonces.

La chica siguió al guardia sin dudar. Durante los primeros minutos no hablaron mucho y Alice pudo pensar tanto en Alexy como en Armin. Ambos se parecía mucho, pero podía ver las grandes diferencias entre ellos. El color de sus ojos, la manera de peinarse, sus gestos, la voz burlona de uno contrastada con la amable del otro. Incluso sus sentidos del humor eran muy diferentes, a pesar de gastarles bromas. Pero ambos eran personas confiables, de no ser así, ni si quiera serían guardias del palacio. Mucho menos ser de la Tropa de Élite, teniendo la confianza total del príncipe.

—Debe ser lindo— él habló, para romper el hielo—. Eso de que correspondan tu amor.

—Sí lo es— contestó la chica, recordando aquel sentimiento que, a estas alturas, le parecía agridulce—. Aunque sea algo pasajero, aunque termine de la peor forma posible, supongo que vale la pena.

—Oh, parece que nuestra princesa ha tenido el corazón roto. No se preocupe. El príncipe es así. Parece frío, pero le aseguro que es sincero.

Alice no hablaba del príncipe. Se refería a cierto rubio del Distrito 3 con el que había planeado un futuro. Uno que amenazaba derribarse. Claro que Alexy no tenía forma de saber eso. Prefirió desviar la conversación, esperando que no hurgara por más detalles.

—¿Y tú has amado a alguien o te han roto el corazón?

Alexy cambió su expresión repentinamente a una más seria y se instaló un silencio un poco incómodo.

—Es complicado— contestó después de unos minutos—. Llegamos.

Y así, Alice entró a la tienda acompañada de Alexy; ambos ignorantes de la mirada de cierto rubio quien comenzó a seguirles.


[1]Al principio mencioné que los personajes no tienen el cabello teñido, pero en el caso de Violeta, al no haber indicio de que lo tenga teñido, o de su color natural, preferí dejarla con el diseño que vemos en el juego.

¡Hola! Tenemos actualización ¿qué les parece? Qué pasará, qué misterio habrá (?) Me encantaría leer sus comentarios. Agradecimientos especiales a Guest, Lammy, Fannynyanyan1912, JavieraPilar & An Scrawl (¡me encantó la comparación de Charlie! Jajaja).

En fin. Les cuento que en el foro de CdM en cada capítulo subo "curiosidades", una especie de información adicional al fanfic. Pero no puedo mostrarlas por aquí ya que no puedo poner imágenes :( Si desean verlas, pueden pasar al foro, o bien, lo iré subiendo poco a poco en mi página de facebook Akeehl, por si desean dar una vuelta por allá y saludar. El link lo tengo en mi perfil.

¡Muchas gracias por leer! Espero actualizar antes de que termine el año xD Mientras tanto (y si les gusta el yaoi, en especial Castiel x Nathaniel) les invito a leer mis otros fanfics: Showtime, y Cuidado con lo que deseas. Sí, amo AMO a Castiel, pero internamente lo shippeo con Nath. Estoy mal (?).

En fin, ¡nos leemos pronto!