Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.


ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 11 ~

Anteriormente en Another Cinderella: : Líderes de los diferentes distritos de Amoris temen un posible ataque de parte de Sucré y dudan de la capacidad de liderazgo de Castiel. Por otra parte, Alice accede a interpretar el papel de futura princesa de Amoris por última ocasión durante la fiesta de Charlotte Leclair, sin saber que se encontraría cara a cara con Nathaniel…

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No recordaba con exactitud el día en que se conocieron. A veces, en sus memorias lo veía durante un día primaveral de lo más precioso. Otras era más bien una tarde lluviosa, de esas en las que su madre le obligaba a permanecer en casa para que no cogiera un resfriado. Una vez creyó remembrar su primer encuentro, y luego se dio cuenta que eso había pasado muchos años después. No importa cuánto pensara, él estuvo a su lado desde que tenía memoria.

Pero ahora esos días se veían muy, muy distantes.

Alice contuvo la respiración. Lo vio mover los labios más no llegó a oír su voz, su mente estaba en blanco. No supo cuánto tiempo pasó, podrían haber sido dos segundos o dos horas.

Fue Kentin quien, alarmado, le ayudó a salir de su trance.

—¿Princesa? ¿Se encuentra bien?

Balbuceó cosas incoherentes tratando de encontrar sentido a la situación, se aventuró a preguntarse si él habría ido por ella, o si se trataba de un cruel espejismo producto de largas veladas sin dormir.

Nunca imaginó que su reencuentro sería de esa manera, en esa situación. Después de esa noche habría tenido tiempo suficiente para pensar y planear todos los detalles, más en ese mismo instante no se sentía preparada para afrontarlo.

—Yo… esto…

—Señorita, ¿me permite su invitación? —Nath sonrió, pero no era la sonrisa que ella conocía. Era muy impersonal—. El señor Portner, por su puesto puede entrar, pero me temo que tendría que negarle la entrada si no cuenta con una invitación.

Sus palabras fueron suficientes para comprender un poco el contexto. Estaba allí por trabajo, lo que la llevó a preguntarse si su situación se había puesto tan mala que debía realizar trabajos extra para ganar dinero mientras que ella vivía encerrada en un palacio donde no le faltaba nada. Se sintió mareada, pero hizo un esfuerzo por responder.

—Claro. Aquí está.

—Señorita Arlelt —leyó directamente del papel, como si jamás la hubiese conocido—. Bienvenida. Espero que se divierta.

Algo comenzó a romperse en el pecho de Alice.

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Dio dos pasos dentro de la mansión Portner, y se encontró con más escaleras que ahora descendían dando pie a un enorme salón en el que varias personas elegantes conversaban unas con otras. Inmediatamente supo que la situación podría ponerse mucho peor al ver a su madre en medio de la habitación, pavoneándose frente a otros invitados. Por un momento se preguntó cómo es que había logrado conseguir el dinero suficiente para vestir ese conjunto adornado con plumas exóticas alrededor del cuello y dispersas a lo largo de la tela, pero al final intuyó que era regalo de la familia real. Al fin y al cabo, Castiel le habría dicho una vez que no le gustaría que la progenie de su prometida lo deshonrara.

Se sintió incómoda al estar en una posición en la que podía ser vista por todos los presentes, después de todo la construcción estaba hecha para que cada invitado se luciera frente a otros conforme entraba. Se asió nuevamente del brazo de Kentin, en parte por los nervios, en parte para evitar caerse con los tacones que usaba. Sin embargo no pudo dar un paso, pues el dueño de la casa fue el primero que se percató de su presencia.

—¡Señorita Arlelt! —Giles les saludó llamando la atención de todos los invitados que inmediatamente detuvieron sus conversaciones para lanzarle una mirada inquisitiva. También vio que su madre daba grandes zancadas para llegar a su lado, traía en su mano una copa ya vacía.

—¡Hola a todos!— su madre había adelantado a Giles y se dirigió a los demás, como si fuera ella la señora de la casa y no una invitada más—. ¡Llegó mi hija!

—Madre, ¿qué est…? —no pudo terminar su frase, los brazos de Jehanne ya la estaban rodeando. Por la emoción de esta, ni si quiera se percató que los adornos de su ropa se clavaban en el rostro de su hija.

—Mi niña —le dijo con una ternura que nunca antes le había mostrado e hizo que Alice se alegrara un poco dentro de sí, a pesar de la ola de emociones negativas que había experimentado en las últimas horas. Pero aquel sentimiento no perduró mucho—. ¡Por fin has decidido seguir mis consejos! Vas por buen camino Alice, ya demuestras que te preocupas por tu futuro; aunque ya que las dos tenemos nuestras vidas resueltas, no hay por qué inquietarnos. Has cumplido todas mis expectativas ¡Ahora con seguridad puedo decir que eres mi orgullo!

Alice se separó con brusquedad. Desde la muerte de su padre, su madre jamás se había interesado por ella más allá de lo económico y los únicos halagos que recibían de su parte eran únicamente debido a su belleza física. «Por eso, debes casarte con un hombre rico», le decía a menudo. Se sentía desconcertada al saber que estaba cumpliendo, en apariencia, todo lo que ella había soñado.

Pero no era eso lo que más le molestaba: su mayor enojo se debía a la actitud ambiciosa que estaba declarando a los cuatro vientos. Pudo percatarse que algunas personas ya estaban murmurando sobre las palabras que acababa de pronunciar.

La chica había ido con la intención de ayudar al príncipe y evitar malos rumores que podrían afectar su reputación. Su madre únicamente estaba estropeando todo.

—Madre, basta. No nos hemos visto en semanas ¿y es lo primero que me dices?

Su madre cambió de expresión, las mejillas estaban levemente rojizas. Probablemente ya había bebido demasiado esa noche.

—¡Qué malagradecida!

Le dijo antes de bajar las escaleras. Alice alcanzó a ver cuando llamó a uno de los sirvientes y con prepotencia exigió una copa más.

Giles estaba a su lado, y pudo notar que disimulaba una sonrisa con burla. Se apresuró a disculparse.

—Lamento demasiado lo que ha sucedido.

—Oh, no te preocupes niña. Nunca desprecies a una madre emocionada por el futuro de su hija— Giles hizo un ademán, restándole importancia. Después, hablo con seriedad—. Kentin.

—Padre —respondió con el mismo tono.

—Me alegra que hayas hecho algo útil. Yo acompañaré a la señorita Arlelt.

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Alice fue presentada ante los invitados, saludando a las personalidades más importantes. En medio de todo el barullo solo pudo recordar algunos nombres. Giles Pornert, lucía intimidante. De vez en cuando hacía alguna pregunta o comentario que Alice no lograba comprender. Kentin era una copia exacta de Manon, su madre, una mujer encantadora y algo ingenua.

No supo qué pensar sobre Charlotte. En cuánto recibió el regalo que tanto esfuerzo la había costado elegir solo llamó a una sirvienta.

—Ponlo en mi habitación, junto al resto —ordenó. Ni si quiera quiso tocarlo.

Además, siempre estuvo acompañada por Li, que según le dijeron, pertenecía a la familia real de China. Ambas no dejaban de mirarla con sospecha, pero se comportaban con encanto total frente a otros invitados.

También estaba la mujer de L'maison d'Amelie. Su nombre era Amélie Bisset, dueña de dicho establecimiento. Por supuesto que no reconoció a Alice, sus modales la delataban. Fue tratada como si fuese heredara de una gran fortuna, una niña rica capaz de satisfacer todos sus caprichos con solo chasquear los dedos. Por lo menos la conversación fue corta.

La misma actitud tomaron el resto de los invitados; la mayoría le hizo cumplidos esforzándose por agradar a la próxima reina de Amoris con intensiones de hacerse un puesto en la corte real. Castiel ya le había advertido sobre ello, la recibirían con halagos y camaradería, esperando al más mínimo error que pudieran señalar.

Cuando terminaron de saludar a la mayoría los presentes, Giles se retiró con la excusa de hacer los preparativos para que la cena fuese servida y comenzar con la celebración de la fiesta.

Alice vio a su madre, sola en un rincón con otra copa casi terminada. No se imaginaba cuántas habría ingerido ya.

Aunque a ella, como futura gobernante del reino, la habían acogido como amigos de toda la vida, en ese momento pudo notar claramente la línea que los invitados habían trazado entre ellos y Jehanne. A esta última la habían dejado de lado, no le incluían en las conversaciones y le dirigían la palabra solo lo estrictamente necesario. Su madre no encajaba con esas personas, ellos le seguían viendo como una plebeya que tuvo un golpe de suerte y llegó a romper la armonía que tenían las familias con una historia impresionante en el apellido que portaban.

Probablemente pensaban lo mismo de Alice, pero aún no lo externaban, no frente a ella; no les convenía ser enemigos de los reyes.

El carácter de su madre tampoco ayudaba: Se exasperaba por cualquier cosa que Alice hiciera mal y le retiraba la palabra hasta que se disculpara, aún si era inocente de las acusaciones. Por eso mismo se había aislado en un rincón a beber en silencio, rodeada de un aura de indignación. Pero Alice estaba cansada y tenía suficientes problemas para que las actitudes inmaduras de su madre se sumaran a ellos.

—Quiero que quede claro que esto no lo hago por tu aprobación —le dijo cuando pasó a su lado. Jehanne no se perturbó. Pero Alice estaba segura que su madre sufriría un ataque en cuánto se enterara que su debut en sociedad también sería la última vez que se le vería como futuro miembro de la realeza.

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El comedor era grande casi tanto como la sala anterior e igualmente ornamentado. Debido al número de invitados, se había acondicionado con numerosas mesas rectangulares que iban ocupándose según el orden de importancia de los invitados. Giles encabezaba la mesa principal; a cada uno de sus lados se encontraban su esposa y su sobrina; Kentin junto a su madre. Y a un lado de este, fue asignada Alice. De repente se vio rodeada de las personalidades más destacadas presentes en la fiesta. Era evidente que la mesa de los anfitriones sería el lugar más importante y se sintió incómoda que se le considerara digna de estar allí. No supo dónde se encontraba su madre y tampoco hizo el esfuerzo por averiguarlo.

A la señal de Giles, entraron muchos sirvientes en movimientos perfectamente coordinados. Unos cargando bandejas de plata que depositaron frente a cada uno de los comensales, otros más se dedicaban a repartir el vino y otras bebidas. Alice reconoció a algunos de ellos por ser de su distrito; incluso Ámber, con una gran cara de hastío, estaba allí pero no pareció notar su presencia. Eso reafirmó sus sospechas anteriores, algo debió pasar en la familia Lowell para que tuvieran necesidad de buscar otros empleos. En el fondo se sintió mal por Ámber, sabía que no estaba acostumbrada a hacer algún tipo de trabajo, normalmente era su padre y su hermano quienes se encargaban de la manutención de la familia, sobre todo éste último.

Sus pensamientos se dirigieron ahora al rubio, el cual no se veía presente en el comedor. Ni en un millón de años se hubiera imaginado que lo encontraría en una gran mansión del Primer Distrito ni mucho menos que trabajaría como empleado ahí; y comenzó a preocuparse por él. Desde que Nath nació le fue inculcado el oficio de herrero, se había dedicado por completo a este. Incluso Alice sabía que en el pasado el taller de herrería de su familia había obtenido cierto renombre. Recordaba que a sus 12 años el niño no salió a jugar en toda una semana pues estaba ayudando a su padre en un encargo hecho por el mismísimo rey de Amoris, Jean-Louis. Sin duda estaban pasando momentos difíciles. Se obligó a sí misma a no pensar demasiado en él o se echaría a llorar allí mismo. Por el momento, tenía una misión que cumplir.

El estómago de Alice gruñó, desviando sus pensamientos a la comida que era presentada frente a ella. Y entonces un problema más se le presentó. A cada uno de los lados del platillo estaban dispuestos más de un cubierto que parecieran ser similares, más con utilidad diferente. Cucharas de diferentes tamaños, dos tipos de cuchillos, tenedores de tres y cuatro puntas… ¿Para qué se utiliza todo esto?

Los demás invitados habían comenzado a ingerir los alimentos, entre risas y pláticas breves, pero sin dejar de lado sus modales al momento de comer.

Alice, sin ninguna educación de ese tipo, no sabía por dónde comenzar. Ni si quiera en el palacio, con las mejores comidas que jamás haya probado, había necesitado utilizar toda la cubertería. Es decir, había visto al príncipe, a la reina, incluso al consejero utilizar magistralmente los tenedores, cuchillos y cucharas durante las comidas en las que estuvo presente. Pero a ella no se le exigió lo mismo. Hasta ese momento no había notado la consideración por parte de Castiel al tener en cuenta sus limitaciones y nunca reprocharle por sus malos modales. Muy por el contrario, sentía la mirada de Giles y Charlotte sobre ella, sin pestañear. Como si el simple hecho de ingerir alimentos era una prueba que Alice no pasaría.

Kentin también había notado el grave aprieto en el que ella se encontraba. «Cuida de ella» le había ordenado el príncipe directamente. Y conocía la personalidad de sus familiares.

—Princesa —le susurró y en cuanto tuvo su atención, con unos breves y directos ademanes señaló con que cucharas debería comenzar. Alice le sonrió como agradecimiento.

Pero el breve intercambio no pasó desapercibido por el mayor de los Portner.

—Kentin —le llamó con seriedad. El aludido respondió con el mismo tono.

—¿Sí, padre?

—No oí del todo tu conversación con la señorita Arlelt, ¿le has llamado princesa?—. Al oír la última palabra, todas las mesas se sumieron en un silencio sepulcral y como si de un llamado se tratase los invitados dejaron lo que estaban haciendo y prestaron total atención, deseando no perderse ni un detalle—. ¿Se ha realizado alguna boda de la cual no nos hemos enteramos?

—Disculpa, padre. Es un hábito que se me ha adherido por mi estancia en el Palacio Real. A la señorita Alice se le llama de esa manera cariñosamente; y como es inevitable escuchar esto mientras cumplo con mi deber, hemos terminado por adquirir la misma costumbre.

Giles soltó una risa con tintes sarcásticos.

—¿Acaso el príncipe o la reina se refieren a la señorita con tan… peculiar sobrenombre?

—No ellos, padre.

—¡Oh!—fue Charlotte la que se sumó a la conversación—. Supongo que, por su procedencia, le es fácil hacerse amiga de la servidumbre.

El movimiento no fue premeditado. Alice ya se encontraba de pie, los puños apretados contendiendo su furia. Jamás se acostumbraría a desconocidos la rebajaran sin fundamentos; pero detestaba que incluyeran a otros en sus burlas, aquellos que la habían acogido sin intenciones ocultas. Solo cuando las miradas de los presentes estaban sobre ellas, y las risas por el comentario mordaz de Leclair cesaron, se dio cuenta que había actuado impulsivamente.

—El tocador —fue la primer excusa que cruzó por su mente y no esperó que la aprobaran.

—Levantarse a media comida—escuchó el tono reprobatorio a sus espaldas, mientras salía del comedor—. ¡Necesita una lección de modales!

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Salió del tocador con la cara igual de sonrojada con la que se retiró de la mesa. Hubiese querido refrescarse con un poco de agua, pero estaba segura que el maquillaje y todos los polvos y cremas que Melody e Iris le colocaron se irían con esta.

Dudaba si regresar y enfrentar una vez más a las críticas que por fin estaban saliendo a la luz era una buena opción o el plan de quedarse allí hasta que terminara la velada resultaba más atractivo.

Suspiró. Tan solo se había hecho una insinuación sobre ella siendo la esposa del príncipe Castiel y los invitados mostraron su verdadera cara. Como si todas aquellas personas que en un principio la habían visto con curiosidad o que la habían admitido como igual, ahora la veían como si Alice les hubiera robado algo.

Decidió entonces que le vendría bien una gran bocanada de aire fresco y se dirigió al balcón más cercano. Los grandes ventanales que hacían las veces de puerta estaban abiertos de par en par, una brisa otoñal se colaba.

Y mientras avanzaba al exterior, con la escasa iluminación que podía ofrecer la luna en su cuarto menguante, distinguió una silueta recargada sobre el pretil. El corazón comenzó a latirle tan rápido que creyó que le saldría del pecho, porque ella reconocería esa silueta en donde quiera que fuese. No recordaba con exactitud el día en que se conocieron. No importa cuánto pensara, él estuvo a su lado desde que tenía memoria.

—Nath…

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Castiel analizó cada parte de su espada, una valiosa herencia transmitida entre los monarcas de Amoris. La hoja perfectamente afilada, como siempre debía estar. La empuñadura tenía un grabado preciso que relataba las calamidades que habían azotado a Amoris en el pasado, y cómo este reino había salido victorioso de cada una. Los rubíes, la piedra preciosa representante de la familia real, brillaban a la luz del fuego.

Aunque nunca fue amante de la historia de Amoris, cuando era niño le gustaba que su padre le enseñara el significado de cada grabado. Que, en sus inicios, Amoris, Dolce, Sucré y los demás reinos eran uno solo; pero a raíz de una gran guerra, quedaron divididos. Luego vino una peste que casi acaba con los habitantes de todo el continente la que los orilló a dejar sus diferencias de lado y aliarse de nuevo. También hablaba de un gran terremoto que casi acaba con la familia real lo que originó la construcción del palacio real y la separación de los distritos.

La espada era un recordatorio silencioso de la importancia del papel que fungía el rey al dirigir a sus súbditos, para que la paz prosperara en su querida tierra.

Algún día esta espada te pertenecerá —le decía, cada vez que terminaba con el relato.

¿Cuándo? —preguntaba con los ojos bien abiertos. Su padre parecía pensarlo profundamente y luego se echaba a reír.

¡El día que me puedas vencerme en un duelo!

Nunca lo venció, pero la espada ahora era suya. No lo podía creer, de la noche a la mañana su mundo cambió por completo. Apenas pudo despedirse de él. Le confió la espada, a su madre y a todo Amoris, y después murió.

Ahora Castiel debía ser el pilar fundamental que soportaba la pesada carga de todos los habitantes del reino. Pero le frustraba no poder hacerlo aún. Y cuando creyó que lo lograría, se dio cuenta que solo estaba buscando una salida fácil, arrastrando junto así a una persona inocente, que estaba allá afuera, dando la cara por él.

Guardó la espada en su funda justo en el momento en el que el consejero real entró por la puerta.

—¿Cómo está mi madre? —preguntó. Su aspecto era sombrío.

—La reina ya se encuentra estable —contestó Lysandre, y Castiel se sintió aliviado—. La fiebre le ha disminuido, ahora duerme. Pidió verte.

—Lo sé. Es sólo que… —sólo que Castiel no soportaría despedirse de ella. No hubo necesidad de explicar.

—Entiendo —dijo el consejero. Llevaba toda su vida conociendo al príncipe al grado de conocer sus pensamientos. Después añadió—. La señorita Alice partió hace una hora —Lysandre estuvo atento a la reacción del príncipe.

—Oh.

—Tienes razón, es muy valiente. No deberías dejar a una señorita como ella sola entre hienas —Castiel dio un respingo ante la comparación—. Si tu madre lo supiera diría que no te crío para abandonar a tu prometida.

—Se terminó, ya no es mi prometida. Buscaré otra manera de acelerar mi coronación— hubo un silencio, Lysandre no pareció sorprendido. El príncipe continuó—. Y tampoco puede ser muy malo. Le advertí de lo que pasaría, y ella insistió.

—Mi informante dice que no lo está pasando muy bien. Es muy posible que las reacciones que informó Alexy cuando escoltó a la princesa en su tarde de compras se vuelvan a repetir, perturbando el corazón delicado de la señorita. Aunque supongo que, ya que la señorita Alice no seguirá prestando su ayuda, no es de tu incumbencia.

La reacción no se hizo esperar, el príncipe ya estaba en la puerta de la habitación.

—¿Saldrás? —Castiel no contestó.

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El silencio era evidentemente incómodo para ambos.

—Comienza a refrescar…—sabía que no era el mejor inicio para una conversación pendiente, pero Alice no tuvo otra idea. Nath no contestó, por lo que ella siguió hablando—. No sabía que te vería aquí.

—¿Preocupada de poder avergonzarte frente a tus nuevos amigos?

Pocas veces había utilizado ese tono de voz, pero jamás le habría hablado así e ella. Sintió una punzada en el corazón.

—Nathaniel basta. Debemos hablar— le dijo, completamente seria. Después añadió con voz baja—. Por favor.

—Por un momento creí que ibas a ordenarme —él soltó una risa que parecía más un lamento—. Te sienta muy bien el papel de princesa.

Otra punzada.

—No es lo que crees.

—¿No? Creo que es evidente —él rodó los ojos, otro gesto que jamás había hecho ante ella. Últimamente estaba conociendo nuevos aspectos de la personalidad de Nathaniel.

—Nath. Perdona si no te he dicho la verdad. Tengo mucho que explicar, pero ahora mismo no puedo.

Alice trató de buscar su mirada, pero él seguía rehuyendo.

—Entonces no hay verdad que contar. La Alice que conocí era honesta.

—Soy esa misma persona. Pero… hay un impedimento.

Alice no se esperaba el fuerte golpe que el rubio propinó al pretil de concreto, por lo que se sobresaltó.

—¿Qué te enamoraste de alguien más? —Recriminó con furia, y mientras más hablaba más aumentaba el volumen de su voz—. ¿Qué me botaste a la primera oportunidad? ¿Qué un hombre te prometió sacarte de la miseria y te fuiste con él?

No fue una punzada, ni dos. Era como si miles de lanzas se travesaran en su pecho. Sintió un nudo en la garganta.

—No me enamoré. No te boté. ¡No hubo ninguna promesa!

—Tus acciones dicen todo lo contrario, no sé qué tratas hacer al mentirme tan descaradamente. ¿Quieres ganarte el respeto de tus futuros súbditos?

Por fin se miraron a los ojos, pero Alice enmudeció. Había sido tratada de esa manera en muchas ocasiones, pero jamás creyó que Nathaniel, el amor de su vida, con el que había planeado todo un futuro… jamás creyó que él mismo la trataría así.

Él, por un segundo sintió una pizca de remordimiento, por lo que bajó la voz.

—Siempre pensé que eras una chica increíble —suspiró—. Que lo merecías todo. Pero que aunque no te lo pudiera dar, aceptarías lo que yo te ofrecía. Y mira, estás aquí con un vestido precioso, y rodeada de gente tan fina, y yo solo soy el chico que sirve las bebidas y recibe las invitaciones.

—Nath por favor, no sigas. Volveré. Pronto.

—¿Para qué? Tu madre parece cómoda aquí. Lo dijo ¿no? Seguiste sus consejos y todo salió como esperaba.

De nuevo, solo se estaba dejando llevar por palabras de su madre.

—Tú sabes que yo no soy así. Esta situación pronto acabará. Regresaré y podremos volver a…

—Espera un minuto—le interrumpió, con rostro confundido—. ¿Creíste que, con todo Amoris conociéndote como la próxima princesa, aún podríamos tener algo?

El peor escenario que se había imaginado, se estaba cumpliendo. Sabía que Nath era razonable, creía que la ira lo estaba cegando, y tenía la esperanza de que pasado el tiempo, sabría escuchar. Pero él estaba siendo muy claro al respecto. Quiso gritarle que eso no era verdad, que todo era una farsa. Pero había dado su palabra al príncipe Castiel de guardar todo en secreto, y tampoco era conveniente revelarlo en ese lugar. Solo le restaba una cosa por hacer.

—Dame un día. Solo un día más y te explicaré todo —le tomó del brazo, rogando, la voz temblando, las lágrimas amenazando con correr. Faltaba poco para que suplicara de rodillas—. Nath, no me hagas esto… Yo te amo.

—¿Hacerte qué? No te entiendo. ¿Qué quieres lograr con eso? ¿Tener a un príncipe que te puede dar todo y a la vez todo el cariño y afecto de un chico común y corriente que sintió lo mismo por ti? ¿Te sientes tan vacía entre la falsedad de esta gente, pero sabes que no puedes evitar tener todo el lujo posible? Muchas veces tú y yo coincidimos en que las personas del Primer Distrito no son más que la hipocresía encarnada. Pero ahora me estás mostrando tu verdadero ser. Tu madre lo acaba de declarar ¿no?

—¡No! Te pido que me escuches solo una vez. Mañana se habrá esclarecido todo.

—¿Por qué esperar? ¿Para que esta noche puedas caminar entre las personas como una princesa sin ninguna preocupación, y mañana sentirte amada? Demasiado tarde —con un gesto brusco, trató de soltarse del agarre de Alice, sin éxito—. Lo nuestro se terminó la noche que decidiste dejarme afuera del palacio mientras te divertías con tu querido príncipe. Así que puedes dejar de fingir que sientes algo por mí.

—¿Señorita Alice?— escuchó que le llamaban desde el pasillo, por lo que se estremeció. Era el peor momento para que le interrumpieran—. Oh, ahí está. No regresó, por lo que nos preocupamos.

Se trataban de Charlotte, acompañada por Li. Alice solo tuvo milésimas de segundo para separarse de Nath, y esconder sus lágrimas y tragar el nudo que tenía en la garganta. Él por su parte solo hizo una reverencia mecánica, no mostró ninguna emoción.

—La cena ha terminado— dijo Li—. Y hemos pasado al salón. Por favor, converse con nosotras, antes de que comience el baile.

—Ve —Nathaniel le susurró antes de irse—. No desperdicies más tú tiempo, tus nuevas amistades quieren saber más de lo maravillosa que eres.

Una última punzada. El corazón de Alice Arlelt estaba completamente roto.

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El esfuerzo por no echarse a llorar allí mismo era monumental. Pero poco a poco fue logrando que la conversación con Nathaniel no ocupara sus pensamientos, aunque no de la mejor manera. Una vez más, el nerviosismo estaba eclipsando cualquier otro sentimiento negativo que pudiera llegar a tener. La razón era que estaba siendo el centro de atención de la mayoría de los invitados de nueva cuenta.

Cuando regresaron al salón, este había sido acondicionado como pista de baile; y en sus alrededores estaban dispuestos diferentes sillones para el descanso de los invitados. Un grupo, situado en un rincón, se estaba preparando para comenzar a tocar sus instrumentos. También los reconocía, eran de su distrito. Los Portner de verdad estaban derrochando dinero en la fiesta de Charlotte, por lo menos eso era fuente de empleo.

Alice fue obligada a ocupar uno de los sillones. Por un lado se situó Charlotte y por otro Li, y a su alrededor se congregaron la mayoría de los invitados quienes la miraban con curiosidad, dejándola justo en medio, como si de una pieza a examinar se tratase. La mayoría estaban sentados, pero había algunos que prefirieron quedarse de pie, con tal de no perder detalle.

—Cuéntenos señorita Alice —comenzó Li con un interés casi genuino, pero había algo en su mirada que no inspiraba confianza.

—No sabría qué decir —contestó con una sonrisa nerviosa—. Además la señorita Charlotte es la honrada este día, ¿no sería mejor si ella…?

—Tonterías —dijo la aludida, interrumpiéndola con un gesto que restaba importancia al asunto y una sonrisa de malicia en el rostro—. Todos los presentes queremos conocerla mejor ¿no es así? —es resto comenzó a asentir como respuesta—. Díganos, seguro tiene aficiones. Una señorita como usted debe tener uno o dos talentos ocultos, indispensables para capturar el corazón de alguien.

—¿Montar a caballo tal vez? —propuso Li.

—¡Oh! —Manon comenzó a narrar entusiasmada por la idea—. A nuestra Charlotte se le da de maravilla. Quisiera salir algún día al bosque de caza. Hemos oído que algunos cortesanos se reunían una vez al mes junto con los reyes para cazar un rato. El príncipe Castiel es un experto en ello. Pero desde la muerte de nuestro soberano, han quedado suspendidas. Una vez que la salud de la reina se restablezca, podría organizar alguna salida. Charlotte estaría encantada de asistir.

—Confieso que no se me da muy bien —lo cual era verdad. La única vez que subió a un caballo estaba siendo escoltada por el Capitán Armin, la noche que escapó del palacio. Recordó lo aterrorizada que estaba y las muchas veces que pidió al capitán que galoparan más lento. Era un caballo veloz, y su jinete un experto; y aún así no había tomado el gusto por montar. Pero prefería no entrar en detalles—. Aunque pienso que los caballos son magníficos.

La mayoría de los caballeros, que antaño habían pertenecido a la Guardia Imperial, comenzaron a asentir, recordando a los equinos que tanto tiempo estuvieron a su lado. Incluso Giles se aventuró a comentar—. Son criaturas nobles —dijo, ganándose la aprobación de sus congéneres.

—Ya veo —respondió Li, reflejando un poco de molestia por no haber podido encontrar un punto débil para avergonzar más a la chica.

—Apuesto a que sabe tejer —Charlotte tomó las manos de Alice y comenzó a observarlas. Cada callosidad, cada cicatriz, las uñas descuidadas. La de la castaña, en cambio, eran de seda adornadas con joyería en cada dedo—. Es decir, mire sus manos. Son de… una gran tejedora.

Los invitados automáticamente dirigieron su mirada a las manos de Alice, quien por acto reflejo, decidió separarse de Charlotte y tratar de esconder sus manos—. De verdad que se afana en ello—, dijo alguien entre la multitud.

Nunca antes se había sentido avergonzada por algo tan simple como eran sus manos, pero era producto de su oficio, de las largas noches pinchándose con agujas, cortándose con las tijeras y manipulando trozos de tela de mala calidad.

—Lo cierto es que…—se detuvo un momento, antes de responder. Aunque no le gustaba que la tocaran como si de una animal extraño se tratase, estaba obligada a responder. Pero ¿estaría bien dar demasiada información sobre sí misma? Pensó en revelar la verdad tras sus manos descuidadas, pero no se imaginaba cómo tomarían estas personas el saber que su "futura soberana" cosía ropa para sobrevivir. Ellos esperaban a una chica educada, con clase y rica. Alguien como Charlotte Leclair. Para eso había ido ahí, para tratar de dar esa imagen y evitarle problemas innecesarios a Castiel. Más el reencuentro con su otrora novio había dejado su cabeza hecha un lío. Prefirió seguir evitando los temas—. No, no realmente.

—Qué lástima— fue Amélie la que habló—. Me hubiese gustado ver alguno de sus diseños. Por cierto, Charlotte, querida ¡a ti se te da de maravilla! Quedé encantada con los adornos que me obsequiaste el mes pasado. Incluso mis amistades han preguntado si estarían disponibles alguna vez en mi establecimiento.

Charlotte soltó una risa antes de responder.

—No, qué va. ¿Tejer para vender? Prefiero que mis diseños sean utilizados solo entre mis amistades.

—¡Una lástima!

—Vamos, señorita Alice— volvió a hablar Li.— Seguramente tiene algunas actividades recreativas.

A Alice ya le parecía muy sospechoso que la conversación girara solo en torno a ella, como si buscaran su debilidad o algo para desaprobarla. Algún pretexto para dudar de la capacidad de elegir de su futuro rey. Si la mujer que eligió como su esposa no cumplía con las expectativas del pueblo, ¿qué podrían esperar tener bajo su reinado?

—¿O convertirá esto en un juego de adivinanzas? —sugirió Leclair, y Manon comenzó a aplaudir con emoción.

—¡Amo las adivinanzas!

Sin embargo, la pelinegra no pudo compartir su entusiasmo, pues en esos momentos Nath cruzó la estancia, acercándose a los invitados. Traía condigo una bandeja de plata con diferentes copas que comenzó a repartir entre los presentes. Podía escuchar la conversación y en cualquier momento decir algo para terminar de hundirla. Pero no lo hizo. Alice comenzó a sudar frío, y se sintió mareada.

—Señorita Alice, ¿se encuentra usted bien?

—Sí, claro—se obligó a sonreír y responder, aunque no supo quien habría hecho la pregunta—. En perfectas condiciones.

—¡Lo tengo! —dijo la madre de Kentin después de pensarlo un poco, tomándose en serio el juego que se había propuesto—. Seguramente usted es más propensa a la lectura. Dígame ¿Cuáles son sus obras favoritas?

Todas las miradas se posaron en ella, hasta que alguien comentó.

—Apuesto que es Charles Miller. Sus descripciones de épocas antiguas son tan vívidas.

—No, no, no— dijo alguien más—. La señorita preferirá la poesía. La mejor exponente en este ámbito es Annie Charming.

Ante esto, un debate se originó en la sala. La pelinegra llegó a la conclusión de que la pregunta era una trampa de parte de Leclair, sabiendo que la lectura era una afición muy arraigada entre los presentes, a quienes no podría engañar si seleccionaba un nombre al azar. Sintiéndose en aprietos, trató de escuchar todas las opciones que los invitados decían, tratando de reconocer algún nombre en particular, cualquiera de los que Nath le habría contado en el pasado; sin éxito.

—Amigos —Charlotte llamó al silencio—. Dejemos que la señorita Alice responda primero, después veremos quién ha ganado la apuesta. Por favor, señorita, no nos decepcione.

Se sintió sin escapatoria.

—Ah… yo… La verdad es que…

—El gran defecto de la señorita Arlelt— dijo una voz ajena a la conversación y todos desviaron la mirada al dueño de dichas palabras, quedándose atónitos. Los que estaban de pie se apresuraron a hacer una reverencia, y los que estaban ocupando los sillones no tardaron en hacer lo mismo. Alice solo sintió que su corazón se paralizó al ver al dueño de la voz de su salvador—; es ser del tipo de persona que prefiere tomar una caminata al aire libre, que estar todo el día encerrada en una habitación leyendo libros que se escribieron hace décadas.

—Alteza—dijo Giles, acercándose a Castiel—. Es un honor tenerlo aquí, aunque francamente me sorprende que haya aceptado la invitación.

—Tengo unos modales tan malos señor, que decliné la invitación sin consultar del todo mi agenda. Resulta que varias reuniones se cancelaron e hice un poco de tiempo para pasar a saludar a su familia. Espero que no haya sido importuno.

—Su visita jamás es importuna, Alteza. Estábamos conversando con su prometida, es una señorita muy agradable, creo que esta noche hemos hecho una nueva amiga. Pero lo que ha dicho hace un momento… ¿cómo es eso posible? Debería tener uno o dos autores favoritos.

—Claro que los tiene —mintió, sabiendo perfectamente que Alice no tenía conocimientos acerca de letras—. Pero me refería a que, no ha dedicado su vida a la lectura ya que prefiere deleitarse en cada obra y meditar en ella. Por eso visita nuestro jardín con frecuencia para pensar.

Una ola de cuchicheos se elevó entre los invitados. Charlotte solo frunció el ceño.

—Así que ya que la ha acogido en el palacio real, imagino que una boda es inminente —inquirió el ex líder.

El príncipe caminó hacía Alice.

—Es lo más natural ¿no? Cuando dos personas se aman —respondió tomando la mano que había sido motivo de burla anteriormente y depositando un tierno beso sobre esta. Alice solo se estremeció. Era la primera vez que alguien ajeno a Nath hacía tal gento para con ella. Diversas emociones pasaron entre los invitados. Algunas damas suspiraron por el tierno acto. Otras más comentaron lo afortunada que era Alice al tener una pareja tan amorosa. Y hubo algunas que aceptaron la derrota. Y estaban personas como Leclair y el mayor de los Portner quienes analizaron la situación con recelo—. Oh, qué desconsiderado de mi parte— volvió a hablar—. No he saludado a la honrada. Espero no haber llegado demasiado tarde a la celebración.

—No… Por supuesto que no—dijo Giles, al principio serio, pero después cambió su actitud—. Ha llegado en un momento muy oportuno. ¡Brindaremos por mi sobrina y comenzará el baile!

Las bebidas fueron repartidas. Alice prefirió prestar atención a los muebles, antes de ver quien ofrecía las copas, temiendo encontrarse con la mirada desaprobatoria de Nathaniel. El acto que el príncipe acababa de hacer tan solo reforzaba las acusaciones de él.

—Toma —fue Castiel quien le pasó la copa con vino tinto.

—Pero yo no bebo nada de eso…

—Sígueme la corriente, tengo un plan.

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Salieron a uno de los balcones, con la excusa de que el príncipe quería tomar un poco de aire fresco que ofrecía la noche, una petición silenciosa de privacidad. La música del baile ya iniciado llegaba a sus oídos con claramente.

—No pude, después de todo —dijo Alice, cabizbaja.

—Pon tu copa cerca de tus labios y finge beber—le dijo en un susurro. Aunque sabía que nadie se atrevería a interrumpirlos, no podía estar tranquilo sabiendo que decenas de ojos se posaban sobre ellos de manera discreta, muchos de los cuales eran expertos en leer los movimientos labiales—. Contesta mis preguntas de manera breve y con voz baja. ¿Cuál es la situación?

Alice obedeció, más algunas gotas del líquido se colaron sobre sus labios e hizo una mueca. Estaba amargo.

—El señor Portner no dejó de verme en todo momento, desde que llegué hasta la cena. Después comenzaron a cuestionarme.

—Demonios —masculló—. Nos retiraremos pronto... ¿Puedes fingir un desmayo?

—¿Qué?

—No, olvídalo, no se vería bien.

Hubo un momento del silencio. Castiel, con la mirada perdida en algún punto del salón jugando con el contenido de su copa, sin beberlo. Desde niño había sido advertido de los peligros que le acechaban por ser heredero a la corona, debía estar siempre con la guardia alta. Ya se estaba arriesgando más de lo necesario al salir precipitadamente del palacio, sin ningún tipo de protección, más allá de la espada que descansaba sobre su cintura. Sin embargo, la espada no lo protegería de morir por envenenamiento.

Su mirada pasó ahora a su falsa prometida, quien aparentemente ya le estaba tomando gusto al vino. Estuvo a punto de soltar una risa al ver las muecas que Alice hacía con cada trago, pero se detuvo al mirarla con más detalle. Estaba aferrándose fuertemente a la copa, en un intento por calmar el temblor de sus manos. Su mirada estaba diferente, como si estuviera conteniendo sus lágrimas. El príncipe lo atribuyó a los nervios que le había causado la asistencia a esa fiesta, sin saber que en realidad la mente de Alice le daba vueltas a la última conversación que tuvo con su novio. En ese momento, se sintió un poco arrepentido de haber aceptado la ayuda de Alice, a sabiendas que no lo pasaría muy bien. Se sintió egoísta, obligando a una chica con la que no tenía algún vínculo especial a compartir su pesada carga. Suspiró.

—No lo tomes personal —le dijo, desconcertando a la chica—. También lo he vivido. Soy joven. No tengo la misma experiencia que mi padre y jamás la tendré. No está a mi lado para guiarme, estoy solo para dirigir a una nación. ¿Crees que eso es fácil? Siempre tratan de involucrarme en su juego; mostrar quién tiene más, y marginar y humillar a los que no son de su condición. Y claro, como no le pueden compararse con un príncipe, intentan hacerlo menos. Actualmente no sé quiénes son mis aliados y quiénes no.

Alice no comprendía la razón del ataque de sinceridad por parte del príncipe, pero siguió escuchándolo.

—Sé que dijiste que no comprendes mis acciones, pero al ser este tu último papel como mi prometida, creo que es justo que lo sepas. Solo tengo un motivo para fingir todo este compromiso. Simple y sencillamente necesito ser rey —pausó unos segundos, esperando alguna reacción por parte de la chica, más ella seguía en silencio—. Pero, aunque soy el único heredero a la corona, no puedo serlo. Solo hay dos maneras en cómo podría llegar a ser coronado: Cuando ambos reyes hayan muerto. O bien, me pueden ceder el trono si he contraído matrimonio.

»Hay una absurda ley que me impide ser coronado si no estoy casado —. "Antes de que un rey asuma su cargo, antes de que sea digno de la corona, debe ser dueño bondadoso del corazón de una dama…", recitó en su memoria el estatuto impuesta por sus ancestros—. Si no demuestro que puedo cuidar de mi esposa con amor y ternura, no estoy capacitado para hacerlo con el pueblo. Presentarte ante mi madre era más bien un capricho de ella. Tenía que aparentar estar enamorado, así ella podría morir en paz. Además, tenía una ligera esperanza de que, engañándola, podría acelerar mi coronación, aún si mi madre seguía con vida. Pensándolo ahora es demasiado absurdo. Cuando sea rey esa tradición será la primera que elimine.

Poco a poco Castiel había cambiado su postura siempre rígida a una más suelta. Se había recargado sobre el pretil y dejado la copa sobre este.

»La única razón por la que esta ley puede pasar por alto es, como mencioné, que ambos reyes hayan muerto. El pueblo no podría quedarse sin un gobernante. Yo… creí que perdería a mi madre muy pronto, estaba preparado para afrontarlo. Los diagnósticos indicaban que le quedaba pocas semanas de vida. Y ella insistía en verme desposado antes de morir. La conoces, quiere diez nietos—sonrió con tristeza—. Pero entonces llegaste tú y le levantaste el ánimo. No se ha recuperado del todo. Su situación sigue delicada, sí. Pero ya no corre riesgo de morir. Eso me mantendría aliviado si no fuera por Viktor.

—El rey de Sucré.

—Él mismo. Está actuando muy sospechosamente desde que ascendió al trono. Antiguamente, había un pacto de paz entre Amoris, Sucré y los reinos vecinos del continente. Pero ahora ese pacto está tambaleando. Y solo un rey está capacitado para renovarlo. En otras palabras, mi madre tendría que viajar hasta la capital de Sucré para negociar con Viktor. Pero en su estado actual su cuerpo no lo soportaría. Dije que esperaría la muerte de mi madre, pero no podría asesinarla de esa manera.

»Y hay un montón de personas que saben esto y quieren entrar en guerra. Creen que soy joven e inexperto. Soy joven e inexperto, sí. Pero no se necesita madurez para darse cuenta de lo poco viable que es esa solución.

El príncipe calló y Alice tuvo tiempo para asimilar sus palabras. Al principio pensaba que el príncipe era un egoísta que quería engañar a la reina por algo que ella consideraba un simple capricho. Nunca se había puesto a pensar en lo que los reyes hacían, más allá de vivir en un palacio. Y Castiel siendo tan solo un poco mayor que ella, buscaba la forma más rápida de asumir aquel poder para ayudar a su pueblo, aún si las tretas que usaba eran equiparables a un juego de niños. Ahora conocía la verdad sobre el compromiso, los riesgos que corría Amoris, y lo que el príncipe trataba de hacer para salvar a su reino. Una idea, una pequeña idea que beneficiaría a ambos, cruzó por su mente.

—Nos retiraremos, mañana habrá mucho que hacer.

—¿Y qué harás?

—¿Meterme a la boca del lobo? Demonios, no lo sé —su rostro era de frustración—. Convocaré a una reunión entre los líderes para tratar de revocar esa ley pero tardará. Y mi madre, dios mío, no tengo idea de cómo va a reaccionar. Se había encariñado contigo.

El príncipe le sonrió y la miraba con algo parecido a la ternura. Alice apartó la vista, sonrojada; quizás era el efecto del vino que estaba haciendo mella. Fuera lo que fuera, le había infundido valor para proponer el plan recién maquinado.

—Puedo seguir con esto —dijo con total seguridad, ingiriendo el resto de su bebida.

—¿Qué?

—Pero necesitaré de tu ayuda.

—Espera un momento ¿qué estás diciendo?

—Que puedo seguir con este papel, seguir fingiendo ser tu prometida el tiempo que se requiera.

El príncipe solo la vio con incredulidad.

—Estabas a punto de sufrir un colapso nervioso por lo estresante que llega a ser este tipo de vida.

—Me he calmado. Puedo hacerlo hasta que pueda revocar la ley. A fin de cuentas un compromiso se puede romper.

—¿Y tu prometido, al que jurabas amor eterno?

—A estas alturas no creo que piense en mí.

Castiel la analizó con los ojos entrecerrados.

—No te creo—dijo—. Hace dos horas estabas lamentándote de la triste vida a la que te he obligado.

—Yo, no dije eso… y estaba nerviosa por la fiesta. Me he calmado. Confía en mí.

—Estás diciendo tonterías, lo que propones requiere pensarlo bien.

—Lo hice.

—Alice, escúchame bien: Esto no puede ser tardado, va a serlo. Aun así, es posible incluso que no se logre nunca. Disponemos de poco tiempo antes de que mi madre presione con la boda, como lo hizo con la fiesta de compromiso. Y si se agota, nos tendremos que casar. De verdad. ¿Estás dispuesta a echar a perder tu vida de esta manera?

—Sí.

—¿Tus razones para hacerlo? ¿Tus condiciones?

—Si es verdad que es la única manera en que puedas llegar a ser rey y evitar una guerra, haré lo posible por ayudarte. No pueden morir personas inocentes, no podría vivir con esa culpa. Y condiciones… Son dos. Primero una promesa: Una vez que todo se esclarezca, y si hay una oportunidad de hacerlo, nos separamos. Puedo ayudar a hacerte rey. Pero no puedo ser la reina de Amoris. No estoy capacitada para ese trabajo.

—…Bien. ¿Cuál es la otra?

—¿Puedo asistir a una escuela? Quiero aprender a leer.

Si seguiría rodeándose de personas como las de esa noche, era un conocimiento primordial. El príncipe rió.

—Pides muy poco, a comparación del sacrificio que vas a hacer. No quiero arrepentimientos después.

—No los habrá. Confía en mí —repitió— Dices que hay personas que intentan hacerte menos. Yo no soy una de ellas. Puedes verme como una amiga y una aliada.

Tardó un momento, pero al final asintió.

—Ven —el príncipe tomó su mano y la arrastró hacia el salón con intenciones de escabullirse silenciosamente, sin lograrlo. Fueron interceptados por Giles, quien no les había apartado la mirada.

—Vaya, Alteza— dijo en voz alta, haciéndolos inmediatamente el centro de atención—. Ha acaparado toda la atención de la señorita Arlelt desde que llegó. No hemos tenido la oportunidad de conocerla mejor.

Su tono de voz tenía matices de sospecha.

—Créame, señor. Tendrán muchas oportunidades para conocer a mi prometida.

—¡Pero esta era la ocasión perfecta! Y no hemos tenido el placer de disfrutar su compañía. Dígame, ¿nos quiere ocultar algo, alteza?

Alice sintió que Castiel afianzaba el agarre entre sus manos, pero su rostro no mostraba indicios de temor.

—Mi único delito ha sido ocultar el inmenso amor que profeso por la señorita— lo dijo sin titubear, ni avergonzarse—. Pero ya no habrá necesidad de ello, pues dentro de un mes se celebrará la fiesta de compromiso en donde mostraré la clase de dama que es y de la que estoy orgulloso. Por su puesto, a todos se les hará llegar una cordial invitación —las reacciones no se hicieron esperar: había alegría por al fin tener algo de entretenimiento, felicitaciones por el compromiso, así como cotilleos. El príncipe aprovechó el revuelo para abandonar el lugar—. Y por ello mismo nos retiramos esta noche. La agenda de mi prometida estará muy ocupada de ahora en adelante. Mis más sinceras felicitaciones a la señorita Leclair.

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Sentadas en el salón principal se encontraban Charlotte y Li. La fiesta llegó a su fin, la mayoría de los invitados se habían retirado. Incluso sus familiares ya se encontraban en sus aposentos. Solo estaban ellas y algunos sirvientes terminando la limpieza.

—No me inspira mucha confianza.

—Puedo corroborar porqué —le secundó Li, haciendo una mueca de repugnancia—. Esa chica no tiene ninguna noción sobre modales y etiquetas. Seguramente viene de un cuchitril.

—Exactamente viene de ahí —una tercera voz captó la atención de ambas señoritas. Ámber Lowell, quien había sido contratada como sirvienta exclusivamente para la fiesta, se sumó a la conversación.

—¿Tú qué sabes? —inquirió Li.

—Conozco a Alice de toda la vida y tengo muchísima información que puede serles de utilidad.

—Bien, habla —dijo Charlotte, frunciendo el entrecejo. Ámber soltó una risita.

—Mis conocimientos no te saldrán precisamente baratos, querida. Pero supongo que tengo el mismo objetivo que ustedes: tampoco quiero que esa mocosa llegue a ser la reina de Amoris.

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Alice se miró al espejo por última vez antes de dormir. El pelo le había crecido un poco. Su piel estaba más blanca y suave que de costumbre.

Su vida había dado un vuelco total y estaba segura que seguiría cambiando.

Con ese pensamiento en mente se recostó sobre las sábanas cómodas. Y durante toda la noche, trató de convencerse a sí misma que las decisiones que había tomado las últimas horas habían sido motivadas por sentimientos altruistas, que así podría ser de ayudar al príncipe de Amoris. Que quizás su propósito en la vida era fingir ser alguien quien no era para evitar una guerra, salvar vidas inocentes y mantener la paz y seguridad en su querida patria.

Pero en su interior, muy muy en el fondo, sabía que todo eso era mentira: Simplemente no podía regresar a su distrito, no podía enfrentar a Nathaniel otra vez. Tenía el corazón roto, una madre a la que no le importaban sus sentimientos y un exnovio que solo se concentró en lo peor de ella; y el único refugio que pudo encontrar fue dentro de las paredes del palacio real.

Los ojos se le humedecieron, y ríos fluyeron de estos, dejando salir al fin todos los sentimientos que venía guardándose. Entre sollozos y gemidos mitigados por la almohada, poco a poco fue perdiendo la conciencia hasta quedarse completamente dormida.

Esa fue la última noche en la que se permitió derramar lágrimas por Nathaniel.

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La misiva había llegado tres días después a su emisión, aún si la tormenta de nieve no había cesado. Siempre envidiaría el sistema de comunicación del Reino Amoris.

—Coton.

—Sí, majestad.

—Prepara lo necesario para un viaje. Iremos a visitar a un viejo amigo.

Viktor dejó caer el fino papel sobre su escritorio y observó la tempestad que ocurría afueras del castillo de Sucré, recordando las palabras que acababa de leer.

Los Moncrieff, Familia Real de Amoris; así como la familia Arlelt, están muy complacidas en invitarle a la Fiesta de Compromiso de Su Alteza Real Castiel Moncrieff, príncipe heredero al trono de Amoris, con la señorita Alice Arlelt.


Yo solo sé que me gusta reciclar apellidos lol. Por si no sabía, estoy reutilizando los apellidos de Nath y Castiel que usé en otro fanfic, Señorita Terquedad XD

Como trivia/curiosidad: Aunque la familia real tiene apellido (Moncrieff) este no se utiliza más que para asuntos "oficiales". Para el resto son la "Familia Real de Amoris".

En fin, un capítulo dramático (Y MUCHO), ains, la verdad no quería hacer sufrir así a Alice, pero la trama lo exige :c

De nuevo, gracias por su infinita paciencia :'D Es muy probable que actualice hasta el año que entra (?) Y como la trama está llegando al punto que quería, es probable que durante 2019 las actualizaciones sean constantes, pero no prometo nada. Tampoco quiero decir que Another Cinderella esté por culminar, pero calculo que va a un 35% de su trama.

Recuerden que me pueden encontrar en facebook como Akeehl. Doy más señales de vida allá que por acá y de vez en cuando noticias o spoilers de los fanfics.

Muchas gracias a lotus-san por tus comentarios :D

Eso es todo por hoy, ¡gracias por leer! 3