Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.

ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 13 ~

Anteriormente en Another Cinderella: El príncipe Castiel y Alice Arlelt conversan sobre los verdaderos que llevaron al otro a fingir seguir fingiendo su compromiso, mientras que una misteriosa mujer llega al palacio.

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IMPORTANTE ANUNCIO AL FINAL

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—Majestad, me temo que es imposible seguir— la voz de Coton se alzó sobre las corrientes de aire. Aún detrás del vidrio que los dividía, pudo notar su mirada suplicante—. Lo más prudente sería refugiarnos antes de que la tormenta de nieve empeore.

Viktor, rey de Sucré, no respondió. Se limitó a seguir observando por la ventana del carruaje, pero era imposible visualizar más allá de su interlocutor cuyas prendas de vestir albergaban más y más nieve.

Y al rey, aún recubierto por gruesas pieles de animales, el frío le calaba hasta los huesos.

Cruzar directamente la cordillera que separaba a Sucré de Amoris era una ruta imposible, por lo que fue descartada desde un principio. Sus planes eran rodear la cadena montañosa y s0u guardia personal, unos cincuenta hombres a caballo, se encargarían de protegerlo hasta llegar a Slodkii. Una vez ahí se separaría de ellos y conservando a los más cercanos, atravesaría los demás reinos hasta llegar a su destino.

Pero nadie creía que la tormenta de nieve los tomaría por sorpresa. O por lo menos no tan pronto.

Detestaba Sucré. Detestaba que, como si de una maldición se tratase, el frío jamás abandonara el lugar. Era un reino enorme, abarcaba casi la mitad del continente; pero la mayor parte del lugar estaba desolado. Solo montañas y campos pintados de blanco. No había vida en Sucré y sus ciudadanos luchaban diariamente por no morir congelados.

—Hay una aldea a un par de kilómetros al oeste —el capitán de su guardia volvió a tomar la palabra y esta vez el rey pareció meditarlo. Después simplemente asintió. Coton regresó con los demás hombres —Nos desviaremos hasta que pase la tormenta.

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Viktor no mostró reacción alguna ante la grotesca escena. Las cabañas de la aldea en la que llegaron a buscar refugio se consumían en fuego, había destrozos en todas partes. Sobre la nieve teñida de rojo se tendían aquí y allá pálidos cuerpos que poco a poco se sepultaban bajo la nieve.

Coton dio una señal, y una parte de la guardia desmontó preparando sus armas. Otros más se dispersaron alrededor del pequeño poblado, en el cual no había más de una veintena de casitas de madera; y un último grupo permaneció cerca del rey.

—¡Aquí! —gritó uno de los soldados desde una de las casas, que fue rápidamente rodeada. Se internaron en ella un par de hombres más y minutos después salieron forcejeando con otra persona, tan solo un muchacho que parecía apenas más grande que el rey. Lograron atarle las muñecas sobre su espalda, sus manos y ropas estaban cubiertas de sangre.

Viktor se acercó, mientras el recién descubierto asesino era obligado a caer de rodillas. El rey de Sucré observó el rostro de la persona que había aterrorizado a su reino los últimos meses, aquel que había sido buscado a lo largo y ancho del país sin resultado alguno. Él le sostuvo la mirada todo el tiempo, ambos tratando de ver más allá de la máscara de serenidad que había en sus rostros. Los ojos dorados del rey contra la mirada glauca del asesino.

Después este soltó una carcajada malévola.

—Ah, demonios— dijo el joven lamentándose con una sonrisa cínica—. Me atraparon.

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Alice no estaba preparada para aquella interrupción, ni siquiera esperaba visitas. Había decidido organizar una improvisada merienda para las mucamas en su habitación, por lo que después de reorganizar las instó a quedarse a tomar té y bocadillos. Aunque se negaron en un principio, cedieron a las peticiones de la princesa, quien estaba feliz de poder pasar más tiempo con las chicas, quienes se acomodaron por donde pudieron. Unas sentadas junto a Alice en la pequeña salita, sobre los diferentes muebles y sillas, y otras más se aventuraron a sentarse directamente en la cama de la princesa; ocupando así gran parte de la estancia. Pero cuando la puerta se abrió con gran ímpetu, todas ellas se paralizaron.

En la entrada se encontraba una mujer joven elegantemente vestida. Su vestido se alejaba de los estándares que dictaban la moda de Amoris en aquellos momentos, pero eso realzaba aún más el porte superior que manaba. Alice jamás la había visto, de no ser así, por supuesto que recordaría a una dama tan hermosa con un excepcional tono de cabello. Le seguía Castiel, ambos con total seriedad.

Las mucamas, al ver de quienes se trataba, rápidamente se pusieron de pie e hicieron una reverencia.

La mujer entró en la habitación con paso decidido y con la mirada escudriñó alrededor. Después se detuvo con Alice; la rodeó y la examinó con detenimiento. Recordó la manera en cómo la miraban durante la fiesta de Charlotte, buscando un defecto, el más mínimo error. Sin embargo esta vez se sentía diferente.

—Castiel... —su seria voz se levantó sobre el silencio sin demostrar temor de referirse al príncipe con tal familiaridad, pero inmediatamente cambió su actitud y estalló en una risita escandalosa—. Por todos los cielos ¡has conseguido una prometida encantadora!

Alice estaba estupefacta, mientras que era aprisionada entre los brazos de aquella mujer, que no paraba de alabar su belleza. Con una mirada interrogante buscó al príncipe, quien hacía esfuerzos por no echarse a reír.

—Señorita Alice —dijo Castiel, conteniendo una sonrisa que se asomaba en la comisura de sus labios, Alice fue consciente de eso—. Permíteme presentarte a Rosalya DeMeilhan, Duquesa de Candy.

Rosalya hizo una agraciada reverencia, y Alice no supo cómo reaccionar. ¿Debería responder de la misma manera? Aunque la tradición en Amoris así lo dictaba, pocos la seguían. Tan solo en su distrito creían que ese tipo de actos estaban limitados a la alta sociedad, y nadie se tomaba la molestia en seguirlos. Ahora, con Alice deseando representar a una futura princesa perfecta, los modales de la duquesa la dejaron meditando en si debería prestar más atención a pequeños detalles como aquel.

—Querida —la voz de Rosalya desvió sus pensamientos—, dime ¿qué hizo Castiel para poder convencerte?

El príncipe alzó una ceja.

—¿Convencerla?

—¡Solo digo que Alice pudo conseguir algo mejor que un príncipe malhumorado! Deberías estar agradecido con ella.

Un sonido precioso inundó la habitación de Alice, una risa que no era ni escandalosa ni sarcástica. Paralizó el ambiente y los corazones de más de una.

Alice había visto al príncipe en diferentes facetas. Desde un príncipe serio, exasperado, enojado, furioso, hasta un muchacho tranquilo, preocupado e incluso bromeando. Lo había visto reír en pocas ocasiones, pero algunas fueron tan solo reacciones fingidas o en el mejor de los casos eran sonrisas leves.

Pero esta vez rio como si de verdad se estuviera divirtiendo. Fue diferente, demasiado natural, espontanea. Causó conmoción entre las presentes. Alice jamás había visto al príncipe Amoris de tan buen humor. No se imaginaba que hasta el futuro rey de Amoris podía reír tan despreocupadamente. Y en ese momento se dio cuenta que le gustaría escucharlo reír de nuevo.

Y entre las mucamas había algunas que conocían al príncipe desde muy pequeño, por lo que sabía que ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que él había reído de forma tan sincera.

—Sí que lo estoy— respondió sin pensarlo, aún riendo. Después se percató en las miradas ladinas de las mucamas, y sobre todo de Rosalya. Sabía que estaban atribuyendo su reacción a un hombre enamorado. Carraspeó mientras recuperaba su compostura—. Alice, ¿podrías acompañarme un momento, por favor?

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La luz del atardecer se filtraba entre las hojas de los rosales, reflejándose en los pétalos y acentuando su color rojizo. La insuperable belleza del jardín de rosas realzaba aún más con la puesta del sol, y viceversa. Era curioso como ambas cosas de diferente naturaleza podían ser igualmente hermosas y transmitir una sensación de tranquilidad. Y si se unían podían producir un mágico momento, justo como aquel.

Caminaba uno al lado del otro, en silencio. Alice afianzándose al brazo de Castiel en cuanto él lo ofreció. Por supuesto que debían seguir fingiendo ser una pareja de enamorados, aún si en ese instante se encontraban completamente solos, y la única persona que podía observarlos, la reina, se encontraba descansando en su habitación con las puertas cerradas.

Castiel fue el primero en hablar.

—¿Qué hacían la cuarta parte de las mucamas en tu habitación?

—¡Oh! ¿Son tan solo la cuarta parte? —respondió Alice con sorpresa y sintiendo algo de preocupación—. Espero que las demás no se enfaden conmigo por no invitarlas. Tomábamos un descanso, habían empacado mis pertenencias y volvimos todo a la normalidad—. Normalidad, era curioso que tan solo un día atrás, en ese jardín de rosas, Alice rogara al príncipe que le librara de su castigo y le permitiera marcharse. Ahora consideraba su estancia en el palacio como algo natural—. ¿Estuvo mal?

—No, pero es extraño. Ni siquiera mi madre les da tal libertad.

—Bueno, son personas. Y se cansan. Comprendo perfectamente su labor y trato de no cargarles más trabajo.

El príncipe hizo una mueca pensativa.

—¿En qué trabajabas?

Alice suspiró con pesadez antes de responder.

—Hacía de todo un poco. Se me da bien cocinar. Había personas que nos contrataban a Sharon y a mí para hacer banquetes en alguna fiesta. Aunque últimamente no ha habido necesidad de cocinar nada.

—No me imagino a una princesa de Amoris dentro de una cocina.

—Supongo que no. Tendré que abstenerme de eso —por la mente de Alice pasaron todos los intentos infructuosos de llegar a la cocina del palacio para echar una mano si se necesitaba —. Mmm… Veamos, había un par de personas en el Distrito Tres que se permitían contratar ayuda con la limpieza: ropa, pisos, platos, de todo. También una vez fui niñera.

—¿Niñera?

—Una vecina enfermó y no quería contagiar a sus hijos, los seis niños estuvieron revoloteando en mi casa toda una semana —Castiel parecía divertirse con la historia de Alice, estaba conteniendo una carcajada al imaginar a la chica corriendo detrás de los niños que trataban de huir. Ella se dio cuenta y fingió indignación—. ¡No te rías! Fue terrible. Me encantan los niños, pero no podría cuidar de tantos. Sé que a tu madre le encantaría que tuvieras una familia muy numerosa, así que suerte con eso.

Esas palabras devolvieron a Castiel a la realidad, su sonrisa se desvaneció por un segundo. En ese futuro, que se veía tan lejano y a la vez inevitable, Alice no se estaba contemplando a sí misma y tampoco había motivos para que pensara lo contrario.

Ya no estaba allí para pagar una condena. No la estaba reteniendo en contra de su voluntad. Era libre de terminar con su interpretación en cualquier momento, él se lo había dicho. Concordaron en que harían todo lo posible para acelerar la coronación del príncipe y ambos sabían que ese momento tendría que llegar.

Alice siguió hablando, ajena al revoloteo que había en la mente del príncipe.

—Pero lo que más me gustaba era coser. Claro que nunca podría hacer vestidos tan fabulosos como este —sonrió y observó su vestido. A diferencia de los anteriores, este parecía ser más sencillo con poco volumen y mangas hasta el codo, útiles para una tarde otoñal en las que el fresco podía presentarse de un momento a otro. Pero al observar atentamente, se podían notar cientos de rosas bordas por toda la tela, denotando el arduo trabajo de su diseñador. Admiraba al creador de tales vestimentas que siempre tenía un modelo diferente para cada día—. Pero trataba de hacerlos lo mejor posible.

Castiel en sus memorias se remontó al primer día que Alice pasó en el palacio, cuando entre sus cosas encontró el vestido que ella misma había fabricado para su boda. Él se había reído de su sueño y también se había encargado de destruirlo. Últimamente se sentía más culpable respecto a la vida de Alice.

—Y ¿por qué tan interesado? —preguntó con genuino interés. El príncipe se tomó su tiempo para responder.

—Me preguntaba cómo es que no habrías tenido acceso a la educación.

Fue su turno de reír.

—Imposible.

—¿Por qué? Se supone que el rey implementó un programa de alfabetización, se creó una escuela en cada distrito.

—Sí, pero te lo dije, no eran gratuitas. Y no todo el mundo se lo permitía. Yo a veces ni siquiera tenía dinero para comer. Tenía varios trabajos, pero solo aseguraban la comida de ese día, al siguiente tenía que conseguir algún ingreso.

—No lo sabía —dijo Castiel consternado—. Que se sufría tanto en Amoris —añadió para sí.

—Viste mi casa, la llamaste un cuchitril. Y tienes razón. Pero hay personas que están en peor estado. Como la familia que te mencioné. La madre está sola, y hace lo imposible por llevar comida a su casa. No dejó de trabajar aún enferma. Y me pagó con una canasta de frutas y semillas que recogió en el bosque. Yo no quería aceptar, me bastaba con verla sana de nuevo, con sus hijos a un lado, pero insistió tanto que terminé aceptando—. Hubo un momento de silencio en el que aprovecharon para sentarse a un lado de la fuente y descansar. La noche no tardaba en presentarse y Alice se percató que varias ventanas del palacio ya emitían tenues luces. La labor de encender los candelabros y otras velas para iluminar estaba siendo realizada por las mucamas—. Dime —prosiguió—. ¿Cuántas veces has visitado el tercer distrito?

—Muy pocas —admitió con pesar.

—Y supongo que solo has visto el lado "bueno", la plaza principal por ejemplo —el príncipe asintió y Alice suspiró. Alzó la vista al cielo y observó la primer estrella ya visible—. Crees que no me preocupo por Amoris, pero sí lo hago por mi distrito. Si llega a haber una guerra, el ataque comenzaría ahí. No tienen cómo defenderse. Los guardias…—hizo un mohín de disgusto—. Reconozco que tengo un mal concepto sobre la Guardia Imperial. Charli, Alexy, Kentin son buenas personas… ¡incluso puede que el Capitán Armin también lo sea, a pesar de todo! Pero desearía que más guardias así estuvieran velando por nuestra seguridad.

Castiel se preocupaba por Amoris. Desde el momento en que nació le fue inculcado que podía vivir con el lujo que quisiera a cambio de dedicar su vida al cuidado de todo habitante del reino. Cada amoriense era igual de valioso que el otro, sin importar el distrito al que perteneciese. Últimamente se estaba dando cuenta que el papel de rey conllevaba una gran responsabilidad, y que quizás aún no estaba preparado para ello. Porque, aunque mostraba algún interés sobre los problemas del reino, había estado en ignorancia sobre otros, aquellos que afectaban al sector más pobre de Amoris. Secretamente en momentos como aquel, le hubiese gustado retroceder el tiempo y prestar más atención a sus lecciones, a los consejos de su padre. Le hubiese gustado que él siguiera con vida para que pudiera guiarlo adecuadamente. Su madre encerrada en sus aposentos, aún tambaleaba entre la vida y la muerte. Se sentía solo en un mundo en donde la hipocresía dominaba, en donde se le hacía menos solo porque los números que conformaban su edad eran pocos.

Pero, al mirar atrás, aún con su poca experiencia, recordaba todas las caras de las personas que sí lo apoyaban y creían en él. Lysandre, con su misma edad, demostraba ser la persona más prudente de todo Amoris, no se apartó de él desde el día en que se conocieron.

Armin, con toda su audacia, decidió seguirle porque veía en él a un buen líder.

El resto de la Tropa de Élite demostraban una lealtad irreprochable.

Y ahora Alice Arlelt, que con dos palabras le abría los ojos a un mundo desconocido, se ofreció a sí misma como aliada para conservar la paz en Amoris, a costa de sacrificar lo más preciado para ella. Sabía que el tiempo que pasaría a su lado sería reducido, pero estaba seguro que aprovecharía cada minuto para redimirse. Si quería construir un futuro pacífico para todo el reino, comenzaría con ella. Así, cuando el momento llegase, le dejaría ir sin ningún remordimiento.

—Bueno —continuó hablando—, te alegrará saber que las cuotas para entrar en la escuela serán eliminadas.

Castiel se esperaba una reacción de felicidad por parte de Alice, sin embargo definitivamente no se esperaba que la chica, con una mirada irradiante de esperanza y en medio de un impulsivo acto, le tomara de las manos. El agarre bajo sus palmas era fuerte.

—¡¿De verdad?! —el príncipe no respondió. Su mirada viajaba desde las manos sostenidas entre ellos hasta los ojos de Alice y de vuelta. Ella se dio cuenta del acercamiento tan íntimo que había hecho inconscientemente—. ¡Oh! Lo siento —dijo separando sus manos en el acto. Se había dejado llevar por el momento. Castiel siguió hablando, tratando de ignorar el rubor en las mejillas de Alice.

—Desde un principio no estaban autorizadas, así que cuando dijiste que en tu distrito era lo contrario, hicimos una investigación. Las personas que estaban encargadas serán destituidas al encontrar más irregularidades. En los próximos días entrará en funcionamiento con nuevos encargados.

—¡Eso es fantástico! —exclamó recuperando su sonrisa—. Sharon se alegrará muchísimo. ¡Al fin podré leer!

—Es verdad, una de tus peticiones era asistir a una escuela. Sin embargo eso no será posible— era evidente el rastro de incomprensión que se formaba en el rostro de la chica, y él se preguntó cómo es que sus reacciones siempre eran tan notorias— Rosalya te enseñará todo lo que necesitas saber. Puede que no lo parezca, pero es una mujer prudente, puedes confiar en ella. Aunque no sabe de nuestra relación, por supuesto.

Alice estaba un poco confundida. Tan solo llevaba algunos minutos de conocer a la Duquesa de Candy, de quien no tenía conocimiento de su existencia, pero ahora estaría bajo su tutela.

—¿Quién es…?— dejó la pregunta en el aire porque Castiel se adelantó a contestarle, no sin antes dar un largo suspiro de cansancio.

—Por desgracia nuestras familias están emparentadas. Digamos que es una prima lejana. El abuelo de mi abuelo y el abuelo de su abuelo eran hermanos, la sangre real corre por sus venas.

—¿Hay otro heredero a la corona?

—No precisamente. Su situación es algo… complicada— no explicó más y Alice tampoco se atrevió a preguntar. Después el príncipe añadió con algo de incomodidad—. Debo retirarme…

—¿Pasa algo malo?

—Por la mañana tendré otra reunión con los líderes de Distrito, pero debo ir a prepararme desde ahora— se levantó—. ¿Puedo acompañarte a tu habitación?

El príncipe extendió su brazo y Alice lo aceptó.

—Sí.

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Castiel escuchó un rechinido muy, muy leve. Aún detrás de la inmensa pila de papeles y libros que había en el escritorio de su estudio personal sabía que el molesto sonido provenía de la puerta abriéndose. Y tampoco había necesidad de levantar la vista para saber quién se había atrevido a entrar sin siquiera llamar antes.

—Será mejor que digas de una vez lo que estás pensando. Nunca es nada bueno.

Rosalya, tomando aquello como una invitación, entró en el estudio.

—Me ofende que mi familia piense así— dijo mientras se sentaba en la silla frente al escritorio—. También puedo decir cosas buenas, ¿sabes? —el príncipe seguía en su trabajo, y la duquesa al ver que no se detendría ni un momento siguió hablando, sabiendo que aún así él le escucharía—. Felicidades —le dijo, con sinceridad—. Me alegra saber que has encontrado a alguien. Esta vez sé que serás feliz.

Castiel levantó la mirada. Alguien, hacía un tiempo atrás, le había dicho palabras similares.

«De verdad que la quiere».

No es que odiara a Alice Arlelt. Al contrario, le debía mucho. Pero no estaba seguro de nombrar aquello como amor. ¿Afecto, gratitud? No estaba seguro y no quería pensar en ello.

Detestaba que las personas sacaran conclusiones apresuradas acerca de él, aunque en esta ocasión estaba haciendo todo lo posible porque creyeran en su ficticio romance. Pero no soportaba que trajeran a colación hechos que no valían la pena mencionar. Sonrió de medio lado, como cuando quería ocultar su verdadero sentir bajo una capa de ironía.

—Tú y Leigh son tan parecidos.

Rosalya solo rió.

—Por su puesto —había una gran sonrisa en su rostro—. Somos almas gemelas.

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—Su nombre es Alice Arlelt y es una completa molestia —Ámber bebió de la elegante taza de té antes de continuar. Charlotte le veía desde el otro extremo de la sala—. Veamos, tiene 17 años. Su padre murió hace mucho tiempo. Vivía en un cuchitril del Tercer Distrito, en uno de los barrios más pobres.

—Lo sé —le respondió con serenidad—. Ni siquiera tuve que investigar. La señora Arlelt debería aprender a callar su boca de vez en cuando. Lo que busco es un escándalo o una prueba contundente para exponerla.

—Bueno, la he acusado varias veces con la Guardia Imperial, pero siempre logra escabullirse.

—¿Qué ha hecho?

Ámber no respondió de inmediato. Todas las veces en las que Alice actuaba en su contra, se debía a alguna fechoría que ella misma ocasionaba. Si se lo comunicaba a Charlotte, podría ser que su alianza se terminara y tampoco estaba dispuesta a admitir sus jugarretas. Prefirió desviar la conversación.

—Tonterías, no vale la pena hablar de ello.

Charlotte entrecerró sus ojos. Tenía sus sospechas sobre la clase de persona que es Ámber desde un principio, y aún así decidió que no estaba mal un poco de información extra; pero estaba viendo que la reunión no daba resultados. Se puso de pie.

—Bueno, si no tienes nada más que decir…

—¡Espera! —gritó con desesperación deteniendo a Leclair en el acto—. Sé de un chico que estaba enamorado de ella.

Charlotte alzó una ceja, un gesto que solía hacer cuando algo llamaba su atención.

—Mi hermano tiene pésimos gustos —continuó Ámber, soltando una risa nerviosa—. Era evidente que estaba loco por Alice, yo creo que se le iba a declarar en cualquier momento. Supongo que la señora Arlelt también sospechaba. Le dijo que olvidara acercarse a su hija. Y Alice irrumpió a media noche en mi casa buscando a Nathaniel un día después del baile. Creo que había algo ente ellos.

—¿Tu hermano también fue contratado para mi fiesta? —Ámber asintió—. Y supongo que al ser tu hermano, se ha de parecer a ti.

—Más de lo que imaginas.

Charlotte volvió a tomar asiento y cruzó las manos sobre su estómago. Comenzó a recordar algunos detalles de la noche anterior. Ni un momento dejó de observar a Alice Arlelt, excepto cuando, en un impulso, había abandonado el comedor. Después la había encontrado con un sirviente, un chico rubio, de edad similar a la de Ámber. En el momento no le tomó importancia, los sirvientes habían recibido instrucciones específicas de asistir a todos los invitados y creyó que aquel chico solo estaba ayudando a Alice quien parecía que iba a llorar en cualquier momento. Antes de llegar con ellos escuchó voces, muestra de que habían conversado.

Viéndolo de otra manera, las piezas podrán estar encajando.

—Vaya, creo que he encontrado algo —se dijo triunfante a sí misma.

—¿Y cuáles son tus razones para acabar con Alice? —preguntó Ámber. Había algo de picardía en su mirada y en su sonrisa—. ¿Estás enamorada del príncipe o algo por el estilo?

Charlotte no se inmutó.

—Lo dejo a tu imaginación. Puedes retirarte.

—Por supuesto que no —dijo ofendida—. ¿Creías que iba a salir todo gratis?

—¿Darte trabajo no fue suficiente? Ya has recibido tu paga —contestó Charlotte con dureza, pero Ámber no se acobardó. Después de todo, también tenía motivos ocultos.

—Tengo un plan.

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Un día más terminaba en Amoris y en la mansión de la familia Portner, fieles a su costumbre, sus miembros se reunían a un lado de la chimenea antes de subir a sus aposentos. Aunque podría pasarse por algo aquella tradición si alguien enfermaba, como Manon. O tenía asuntos de trabajo que atender, al igual que Kentin.

Las dos únicas personas en la habitación solo escuchaban el crujir de los maderos siendo consumidos por el fuego.

Giles fue el encargado de romper el silencio.

—Querida sobrina, tengo confianza plena en que escogerás a tus amistades con sabiduría.

Charlotte detuvo su trabajo de bordado. Evidentemente el cabeza de la familia estaba enterado de cada persona que entraba a la casa como invitado, y Charlotte tampoco intentó ocultar la visita de alguien de tan bajo nivel como Ámber.

—No hay de qué preocuparse, tío —su voz era serena—. Esa chica nos será muy útil, confía en mí. La corona será mía.


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¡Espero que les haya gustado! ¿Ya habrás más acercamiento entre nuestros protagonistas? Aunque el panorama no es muy alentador…

Por fin apareció mi chica favorita después de Alice. Tenía muchas ganas de incluir a Rosa y ya llegó el momento. ¿Recuerdan cuando dije que los roles de los personajes iban a ser muy raros? Pues sí, Castiel y Rosa son familiares XD.

Muchas gracias a lotus-san y Namida por sus comentarios.

¡Gracias por leer!