Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 14 ~
Anteriormente en Another Cinderella: En el reino Sucré, Viktor tiene problemas que afectan directamente la vida de los habitantes, mientras que en Amoris, la llegada de la duquesa Rosalya DeMeilhan supondrá un beneficio para Alice Arlelt quien más que nunca está decidida a seguir con su papel de futura princesa de Amoris.
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Iris alisó el delantal blanco de su uniforme, acomodó una vez más el lazo que había en su cabeza y se aseguró de que su largo cabello rojizo estuviera bien trenzado. Debía lucir totalmente pulcra y ordenada, ninguna arruga o mancha era admitida en las vestiduras del personal que atendía el palacio o se llevaría una buena reprimenda por parte de la jefa de mucamas. Sin embargo, dejando de lado el estricto reglamento que debía seguir, más que nunca en ese día quería lucir perfecta.
Llevaba toda la semana deseando que llegara el día de la limpieza del ala oeste del palacio real, no precisamente por el trabajo que implicaba: Detestaba los miles de ornamentos de valor incalculable que debía cuidar cada que sacudía el polvo si no quería que cayeran al suelo y se rompieran en mil pedazos.
Un escalofrío le recorrió solo de pensar en la deuda que cargaría toda su vida si algo así llegara a suceder… pero el amargo pensamiento pasó rápidamente, pues cuando finalmente llegó al área asignada, el corazón comenzó a latirle más y más con fuerza y siguió incrementando cuando su mirada se posó en la entrada de un salón en especial. Las grandes puertas de madera cerradas revelaban el precioso grabado de una corona sobre tres rosas con espinas, el escudo que distinguía a la Tropa Real de Élite.
Era consciente que en ese momento dentro del cuartel se estaba llevando a cabo una importante reunión entre los líderes de distritos, la Tropa de Élite y el príncipe de Amoris.
Iris comenzó su labor, pensativa. No le gustaba indagar en qué clase de temas importantes estarían considerando ahí, o si aquella reunión supondría buenas o malas noticias para el resto de los habitantes de Amoris. Aunque esperaba que no fuera lo último, estaba plenamente convencida de que si algo malo llegara a pasar en el reino, los guardias harían todo a su alcance para defenderles. Los había visto trabajar diariamente, entre arduos entrenamientos bajo el sol y extenuantes reuniones que solían terminar a altas horas de la madrugada.
Y había uno de ellos en especial que había capturado su total atención.
Recordaba cada detalle de su primer encuentro. Iris con doce años había llegado para trabajar como ayudante en los lavaderos, pero por falta de personal fue enviada a las cocinas. En aquel entonces le parecía que el palacio se asemejaba a un gran laberinto, y terminó perdida entre los pasillos de la gran construcción. Y entonces, cuando estaba a punto de echarse a llorar, a doblar una esquina chocó con un chico que amablemente le ayudó a llegar a su destino.
Después supo que aquel chico en realidad era un guardia muy respetado dentro del palacio, y un valioso elemento de la Guardia Imperial, lo que aumentó su curiosidad por aquella persona. No era normal que los guardias se preocuparan con tanto ahínco por personas que no fueran de la familia real, pero él trataba a todos equitativamente. Y aunque no tenían una amistad estrecha, ese guardia siempre estuvo ahí, a su lado: en su primer día perdida en el palacio, en la ocasión en la que se le acusó falsamente de robar joyería de la reina, cuando su hermano menor estuvo gravemente enfermo…
Y cuando fue nombrado miembro de la Tropa de Élite, Iris se alegró demasiado que le cocinó tantas golosinas que tardó un mes completo en acabárselas, tan solo para felicitarlo por su ascenso.
Por mucho tiempo Iris creyó que el sentimiento que había en su pecho era de pura admiración hacia la persona que la había ayudado en los momentos más difíciles, pero también sentía admiración por el príncipe y su corazón no saltaba enloquecido cada vez que escuchaba su voz. Fue tan solo el verano anterior que se dio cuenta (gracias a su mejor amiga, Melody) que lo que sentía era amor.
Suspiró. Realmente añoraba tener un romance tan apasionado como el que había entre el príncipe Castiel y la señorita Alice. Aunque estaba convencida de que aquel guardia la seguía viendo como la pequeña niña perdida entre las paredes del palacio real, nada le impedía seguir albergando una pequeñísima esperanza de sus sentimientos algún día serían correspondidos.
Iris estaba tan concentrada fantaseando en el próximo encuentro que podía tener con el guardia dueño de su corazón que una exagerada carcajada proveniente de aquella sala la tomó desprevenida y le provocó un gran sobresalto e hizo que el jarrón que estaba limpiando se resbalara, estrellándose en el acto.
Su mayor pesadilla se acababa de cumplir.
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Kim Allen, a sus diecinueve años, era la mujer más joven dentro de la Guardia Imperial en adquirir un cargo tan elevado como Líder de Distrito. Y aunque el trabajo de velar por la seguridad de Candy parecía recaer en alguien serio, Kim no paraba de proferir carcajadas escandalosas.
Frente a ella Dorian Holtzer, Líder del Tercer Distrito, le miraba con furia.
—¡Señorita Allen, no es momento para reír! —le reprochó enojado. Su frente se encontraba totalmente roja.
—Discúlpeme, señor —le respondió aún riendo—. Pero su propuesta es simplemente ridícula.
—¿Se burla de nosotros? —el líder del Segundo Distrito, Jason Kahler, se inclinó con evidente molesta, no daba crédito a sus palabras—. ¿O acaso no se preocupa por la seguridad del reino? Seguramente ha estado desperdiciando su tiempo por ahí.
Kim calló. Y después frunció su ceño.
—Espero haber escuchado mal, señor Kahler. ¿Acaba de decir que no me preocupo por la seguridad del reino? ¿Que desperdicio mi tiempo?— dijo con voz grave. El verde olivo de su mirada brillaba con intensidad—. ¿Quiere saber realmente qué es perder el tiempo? ¿O debo recordarle a quiénes enviaron a Dolce para proteger a la reina durante las celebraciones de boda el año pasado? Pasé una semana lidiando con soldados ebrios, entre los que estaba usted, debo añadir.
Ninguno de los dos líderes contestó. Kim entrecerró sus ojos y lanzando una mirada suspicaz se inclinó hacia ellos. Jamás lo reconocerían, pero aquel gesto les intimidó por unos segundos. Ella siguió hablando, elevando su voz a cada palabra, y acortando la distancia que había entre ella y los dos hombres, aún sobre la mesa que los dividía.
—¿O a quienes ordenaron cruzar el desierto de Sabita-jeles para enviar la correspondencia cuando hay mensajeros especialmente para ello? ¿Les pareció divertido asignar tan absurda misión a guardias recién nombrados?
Se paralizaron al sentir la mirada del príncipe sobre ellos. Castiel se había mantenido silencioso durante toda la reunión, pero ahora que tenía sus ojos plomizos sobre ellos, los líderes comprendieron que su reserva no se debía a que simplemente carecía de argumentos en aquel debate, como pensaron en un inicio. El príncipe estaba analizando la situación. Y ahora que los miraba con gravedad, Dorian y Jason lograron ver, más allá de su parecido físico, un atisbo del antiguo rey en su gesto. Se removieron en su asiento, con incomodidad.
—E-era solo una prueba, Alteza —se excusaron—. ¡Una simple novatada!
—Mi padre nunca decretó algo similar. Tampoco yo expondría innecesariamente a nuevos soldados.
Ninguno de los dos líderes dijo algo. Kim prosiguió cada vez más y más molesta.
— ¡Y por último…!
El carraspeo del consejero real detuvo a Kim.
—Les ruego por favor, que continuemos la reunión sin desviarnos del tema principal— Lysandre habló con calma —. Todo asunto personal pasa a segundo término.
Kim miró al consejero y después volvió a tomar su lugar.
—Es ridículo —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Su plan es un ataque sorpresa contra Sucré justo ahora? ¿Y que proseguirá después? Mientras estemos allá afuera entre las montañas tratando de sobrevivir al frío, Amoris quedaría vulnerable. Más de lo que ya está ahora.
—¡Por eso necesitamos preparar al pueblo, darle armas!
—No son soldados, jamás han peleado en su vida. Por mucho patriotismo que corra por su sangre, sin un buen entrenamiento las armas no servirán de nada. Ustedes simplemente quieren usar a las personas del Segundo y Tercer Distrito como si fueran carnada.
—¡Mejor eso a morir todos!
—Por su puesto —Kim lanzó una risita sarcástica—. Solo importa las riquezas del Primer Distrito.
—Señorita Allen, usted está a cargo de Candy, donde vive la élite de la sociedad amoriense, debería pensar más en aquellos que están bajo su cuidado.
—Señor, yo no me uní a la Guardia Imperial solo por unas cuántas personas.
—¡¿No se dan cuenta?! —Dorian estaba cada vez más exasperado—. ¡Ya ha habido ataques!
—Son rumores que aún no tienen fundamentos —respondió Kentin, señalando el mapa del Gran Continente que había en la mesa—. Solo porque desertores del ejército de Sucré han merodeado cerca de Slodkii no quiere decir que esté a punto de iniciar una guerra.
—Entonces ¡díganos que nos sugiere! Capitán Armin, deje eso y ¡por favor diga algo!
El capitán levantó la vista sin ninguna expresión en su rostro, extendió su brazo cerrado en un puño y de él dejó caer dos pequeños dados sobre la mesa.
—Ella tiene razón —respondió sin vacilar, y continuó con el juego que había seguido durante toda la reunión.
—¿Eso es todo? ¿Vamos a dejar las cosas así? ¡No lo entienden! Nuestro ejército es débil. Varios ex comandantes han coincidido que estamos vulnerables. Y, sobre todo —apuntó hacia Castiel, que no se inmutó— ¡usted no sabe guiarnos!
Castiel se levantó de su asiento, y comenzó a caminar alrededor de la mesa, repitiéndose a sí mismo en el interior que tendría que pasar por alto el atrevimiento del líder si es que quería contar con su apoyo para el plan que estaba tramando.
—La autoridad no se me ha sido concedida aún— Cuestión que no ha cesado de repetir, añadió en su mente—. Pero le reitero: Me casaré, pronto.
Un bufido salió de los labios del líder.
—Claro, la famosa boda. Ni siquiera se ha comprometido oficialmente.
—Un paso a la vez, señor Kahler —el príncipe buscó con la mirada al consejero real, y Lysandre, sin necesidad de palabras, asintió como respuesta a la pregunta silenciosa del príncipe—... Pero si no está satisfecho, hay otra opción.
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—Hace mucho, mucho tiempo, cuando los gruesos troncos de los árboles milenarios eran tan solo un brote en la tierra, y la extensión de los mares era de tan solo unas gotas de agua, desde los Confines de la Tierra nacieron 6 tribus —comenzó a narrar Rosalya mientras se movía de un lado a otro en la biblioteca real. Alice, sentada en un escritorio con una gran enciclopedia frente a ella, no le perdía la vista—. No contentos con la tierra que les tocó habitar, se convirtieron en nómadas guerreros. Estas tribus iban de aquí a allá, viajando por todo el mundo con un objetivo en común: encontrar la tierra ideal para asentarse y dejar la huella permanente de su civilización. Su exhaustiva búsqueda los llevó hasta el más aislado rincón, sin importarles extinguir pueblos enteros que se interponían a su paso. Invadían lugares que parecían ser los indicados pero al final no les satisfacían, y reanudaban su búsqueda dejando una estela de muerte y destrucción.
»Durante cientos de años atravesaron diferentes calamidades, pero también aprendieron todo tipo de trabajo y costumbres de diferentes culturas. Una generación se iba y una nueva llegaba y, sin embargo, no veían sus sueños cumplidos.
»Desesperados sin hallar su lugar en la tierra se embarcaron en una última búsqueda. Y cuando estaban a punto de rendirse, naufragaron en las inhabitadas tierras del Gran Continente. Inmediatamente quedaron maravillaron de los vastos campos que poseía, la naturaleza había sido generosa al brindar diversas tierras llenas de vida. Su sueño se había materializado, poniendo fin a siglos de viajes errantes.
»Gracias a que el descubrimiento fortuito fue en conjunto, decidieron permanecer unidos en hermandad, sin nunca olvidar el origen de cada uno. Así formaron un vínculo que los mantendría conviviendo unos con los otros, durante milenios, aprendiendo mutuamente.
»Mientras los pueblos crecían, se repartieron el trabajo. Unos decidieron dedicarse a la agricultura. Otros a la caza y pesca. Los más creativos se dedicaban a fabricar todo tipo de utensilios. La paz y armonía gobernaba entre ellos, menguando cada vez más los deseos conquistadores que corrían por su sangre. Pero una de esas tribus, la que se dedicaba a forjar metales, aún estaba sedienta de poder. Cansados de la calmada rutina en la que habían caído sus contemporáneos, durante décadas secretamente prepararon un plan de ataque y elaboraron un gran arsenal de armas. Cuando el día en el que ejecutarían su plan llegó, comenzó la Gran Guerra. Todos lucharon con recelo para sobrevivir pero no fue suficiente, los superaban en número e instrumentos de pelea. Despavoridos al ver que no había salida, cuatro de esas tribus huyeron esparciéndose por el Continente. Una de ellas encontró refugio en el abrasador desierto al que llamaron Sabita-jeles. Otra de las tribus huyó al sur, a la región tropical que nombraron Dolce. Más allá del desierto, en medio de un gran cañón se asentó la tribu que llamó al lugar Flyrt. Con ellos iba una tribu más que decidió alejarse y llegó a lo que hoy se conoce como Slodkii.
»Solo una de esas tribus se quedó a contraatacar. Estaba en desventaja, sin armas y sin ningún tipo de entrenamiento. Pero, al igual que sus antepasados, poseían un gran ingenio, valentía e inteligencia. De entre ellos surgió un héroe, aquel que lideró una gran estrategia.
»Comenzó una rendición. La mitad de ellos rogaron y se entregaron voluntariamente para hacerse prisioneros. La tribu enemiga aún tenía un pizca de sensibilidad en su corazón y los tomaron como esclavos perdonándoles la vida, más condenándolos a una existencia llena de sufrimiento.
»Una vez que tenían a los prisioneros dentro del campamente enemigo, la otra mitad se infiltró haciéndose pasar por miembros de la tribu contraria, liberaron a sus hermanos, se hicieron de las armas y confundiéndolos en la oscuridad de una noche sin luna, comenzó un ataque. La tribu rival, totalmente desprevenida repelieron los ataques sin saber realmente quiénes eran aliados o enemigos. Terminaron destruyéndose entre sí, sus fuerzas menguaron drásticamente en tan solo unas horas. Y cuando el amanecer se hizo presente revelando por fin el resultado de la cruenta batalla, los restantes de la tribu atacante se exiliaron en la región septentrional, allá donde la nieve y ventiscas predominan. Aquel lugar muchísimos años después se conoció como Sucré.
»Los vencedores deambularon por el continente hasta que llegaron al lugar más apartado, al que las otras tribus ignoraron en su huída. Se asentaron en aquel rinconcito, rodeados de cadenas montañosas, acogidos entre los árboles de un gran bosque y refrescados por las aguas del Mar Occidental. Ahí coronaron al héroe que los llevó a la victoria, convirtiéndose así en el primer rey de Amoris.
»Así comenzó la historia de Amoris, que no ha estado exenta de grandes cambios y terribles calamidades. Pero, al igual que los ancestros, de cada una ha salido victorioso. Una historia muy diferente ha sucedido con Sucré. Después de la Gran Guerra, permanecieron como ermitaños en las montañas, sin dar señales de vida.
—Pero actualmente Amoris y Sucré tienen alguna relación, ¿no? Cast…—Alice detuvo su habla cuando la duquesa comenzó a lanzarle una mirada traviesa—. Es decir, el príncipe Castiel conoce al rey Viktor.
—Vamos, no tienes que ser tan formal, después de todo eres la prometida de Castiel —el comentario desprevenido hizo que Alice se sonrojara, aún no estaba acostumbrada a las bochornosas suposiciones que Rosalya lanzaba en cada oportunidad; aunque en realidad no debería reaccionar así. Cada día se hacía más a la idea de que ser la prometida del príncipe de Amoris no era una mentira tan descabellada. Lo único ficticio era la historia de profundo amor que trataban de demostrar en pequeños actos… mismos que habían disminuido desde la llegada de la duquesa. Con Alice ocupada con sus clases y Castiel lidiando con los líderes de distrito, en los últimos tres días no se habían visto en absoluto. Rosalya continúo—. Y tienes razón, veo que estás bien informada. No esperaba menos de la futura esposa de Castiel. ¡Incluso has dominado tus lecciones de etiqueta con facilidad!
Alice se rió.
—No demasiado. Solo que se me da bien memorizar.
—Y eso es muy bueno. Sin embargo, en cuanto a tu lectura… —Alice ya podía comprender las palabras escritas, le bastó tan solo una lección aprender cada letra y el sonido de esta. Pero la lectura en voz alta era su punto débil. Era comprensible, incluso a los pequeñuelos que todo retenían podían tardar años en dominar una buena lectura verbal. Rosalya no le quería presionar—. Es cuestión de práctica ¡Y tenemos mucho tiempo! Continuemos.
»Viktor es el actual rey de Sucré, con quien Amoris tiene un pacto. Tiempo después del Gran Guerra, cuando el rey vencedor era un anciano, ocurrió una terrible peste que atacó a cada uno de los, ahora consolidados, reinos. Afectó a todos: niños, mujeres, ancianos… personas de todas las edades y nacionalidades perecieron, lo que los llevó a unir fuerzas, como de antaño. En ese entonces, médicos de todas partes trabajaron día y noche sin descansar en conjunto hasta que encontraron la cura que sin demora fue distribuida entre los cinco reinos. Entonces el rey vencedor tuvo una terrible sospecha.
»Una noche sin luna, como la que vivió durante la Gran Guerra, el sueño huyó de él y en sus miles de pensamientos surgieron dos dudas ¿Seguirán con vida en Sucré? y ¿La peste habrá llegado hasta allá?
»Sintió un terrible presentimiento y perdonando los atroces actos que una vez cometieron los que consideraba como hermanos, se levantó dispuesto a encontrar la respuesta a sus preguntas.
»Los demás reinos con rencor aún guardado en su corazón, se negaron rotundamente a cooperar en el acto de humanidad que el rey de Amoris proponía. Por supuesto que eso no impidió que él valientemente empacara medicina y otros víveres, y atravesara los campos blancos en busca de los restantes de aquella tribu. Estaba convencido de pasar el resto de sus días en la búsqueda si era necesario, más a medio camino, alcanzó a ver una caravana que descendía de las montañas nevadas, a la que interceptaron. Para su sorpresa se trataba del rey de Sucré, quien en su desesperación imploró al rey vencedor perdón, piedad y ayuda. Todo habitante de las montañas había contraído la mortal enfermedad. El rey vencedor no lo pensó dos veces e inmediatamente suministró personalmente no solo la cura, sino también el alimento que llevaba consigo. Y junto a sus acompañantes cuidaron a las gentes de Sucré.
»En agradecimiento, el rey de Sucré estableció el Pacto de Fraternidad Centenario, en el que Sucré declaraba la paz a Amoris y su eterno agradecimiento, jurando que no olvidaría la piedad y consideración demostradas hacia el pueblo; y jamás volvería a atacar a Amoris ni a ningún otro reino de El Gran Continente.
»Amoris, por su parte, juró prestar ayuda siempre que Sucré lo requiriera. Ambos reyes acordaron en que cada siglo el pacto se renovaría con un festival en el que ambas naciones presentan un regalo como muestra de fraternidad entre los reinos. Acuden los líderes de todos los reinos testificar el intercambio y hay fiestas por todas partes… Lo cual suena fantástico, si no fuera porque el ritual se celebra al pie de la montaña nevada en donde ocurrió el encuentro de reyes, en medio de un terrible frío, para recordar el momento en que fue entregada dicha medicina.
—¿Ya has presenciado el festival? —Alice preguntó con genuino interés. Por cada nueva cosa que aprendía se sorprendía más y más. Aunque de niña atosigara a su padre formulando preguntas con su gigantesca curiosidad, había cuestiones que nunca habían cruzado por su mente, como la historia de la fundación de Amoris o su relación con otros reinos vecinos. Quien sabe de cuántas otras cosas aún permanecía ignorante.
—No. Cuando era pequeña, mi madre quería unas vacaciones inolvidables y decidió ir a Sucré. Vaya que fueron inolvidables. Cogí un resfriado que me mantuvo en cama durante varios días —se rió—. Y, además, el último Festival del Pacto ocurrió hace noventainueve años. Sucré regaló al rey un rosal y su hijo se emocionó tanto que terminó construyendo todo un jardín de rosas. Actualmente el convenio está a punto de expirar.
—¿Entonces se renovará pronto?
—¡Por supuesto!— Rosalya estaba entusiasmada—. En cuanto sea tu boda con Castiel, se comenzarán a hacer los preparativos para el festival. ¡Muero porque ese día llegue! ¡Tengo tantas ideas!
—¿Para el festival?
—¡Noooo! —su voz había dejado de lado toda la elegancia de una duquesa para transformarse en una felicidad casi infantil—. ¡Hablo de tu boda! Honestamente, no creí que este día llegara tan pronto. Las fiestas de compromiso normalmente son aburridas…
Rosalya hizo un puchero que, lejos de asustar a Alice como lo había hecho la palabra compromiso hasta ese momento, la hizo reír.
—¿De verdad?
—¡Sí! En el palacio todo lo quieren controlar —rodó los ojos y sin delicadeza, se echó en uno de los muebles cercanos—. Y consideran las fiestas de compromiso muy especial. No digo que no lo sean, pero realmente E-XA-GE-RAN. Te aseguro que esta fiesta ha sido planeada desde el día que Castiel nació. Quiénes serán los invitados, qué música se tocará, ¡incluso el menú! Absolutamente todo está planeado. Se cree que una extravagante fiesta de compromiso asegurará la unión de la pareja en matrimonio. Como si un compromiso no se pudiera romper.
Las últimas palabras de la duquesa hicieron que Alice sintiera incomodidad. Castiel le había dicho que ella no estaba al tanto de su compromiso ya no tan ficticio, que a final de cuentas tendría que terminar. Y que, en su interior, esperaba que fuese lo más pronto posible. Quizás, lo único que Alice lamentaba de toda esa mentira a medias serían todas las personas que de verdad las creyeron.
—Sí… Por su puesto —contestó sin mucho ánimo. Rosalya al ver la expresión de pesadumbre en el rostro de Alice, lo atribuyó a un miedo natural al fracaso.
—¡Querida Alice no te asustes! No te deseo eso en absoluto. Simplemente digo esto porque he visto a tantas parejas romper aún después de decirles a todo el mundo que se unirán en matrimonio. Por eso, considero la boda como el evento verdaderamente crucial en la vida. Muchas cosas en Amoris se basan en tradiciones difíciles de desarraigar.
Alice recordó que Castiel le había dicho algo similar anteriormente, y comenzaba a entender un poco más todas las acciones que habían llevado al príncipe a idear el absurdo plan inicial de su compromiso.
—Por lo menos les darán a ti y a Castiel libertad para planear su boda. Dime ¿ya has pensado algo al respecto?
—No realmente. No hemos hablado sobre ello— lo cual era cierto. Era consciente de que ambos tenían la esperanza de que ninguna de las dos fiestas se llevaran a cabo, por lo que nunca vieron tales eventos con realismo.
—Simplemente dime qué es lo que te gustaría. No me digas que nunca antes imaginaste tu boda.
El nombre de Nathaniel se quiso colar en su mente, pero Alice no lo dejó.
—Antes de conocer a Castiel solo sabía que quería casarme en un vestido blanco. Ahora simplemente…
Dejó la respuesta en el aire, sin realmente saber qué decir. Se estaba haciendo a la idea de que, si las cosas con los líderes de distrito no se arreglaban, Alice terminaría siendo la esposa de Castiel. Habían pactado que llevarían su actuación hasta los últimos límites. Y se sorprendió de que aquello no le aterrara como en un principio. Las cosas realmente estaban cambiando.
—Sé lo que estás pensando —Rosalya tenía su mirada pícara puesta en ella—. Ahora simplemente quieres estar a su lado. ¿No es así?
Alice sonrió. No quería pensar demasiado en el futuro. Tomaría todo con un paso a la vez.
—Sí.
Rosalya emitió un chillido de alegría.
—Realmente estás enamorada de él. Es un chico muy afortunado.
Tres toques en la puerta terminaron la conversación. Rosalya dio el permiso para entrar y ante ellas entró el consejero.
—Señoritas, la reina desea tomar la merienda con ustedes, ambas —miró fijamente a Rosalya, y después añadió con seriedad—. Y además… tenemos una invitada.
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—Como es de su conocimiento, Majestad, me he tomado el atrevimiento de considerarla como una madre para mí— la reina le sonrió como respuesta, conmovida. Por supuesto que lo sabía. Charlotte Leclair había sido presentada desde muy pequeña a la corte real, aspiraba a hacerse un puesto como dama de compañía. Y quizás Valerie la hubiese nombrado como una de las damas más cercana a ella si no fuese por la repentina muerte de su esposo, que la había mantenido en un letargo de melancolía. Era la primera vez que se atrevía a recibir invitados desde la tragedia, a excepción de Alice Arlelt. A ella ya la consideraba parte de su familia.
Charlotte prosiguió. Ámber de pie a sus espaldas, hacía esfuerzos monumentales por no rodar los ojos y hacer una mueca de disgusto. Leclair la había llevado con ella con la excusa de que la presentaría como una amiga cercana, más al llegar al palacio fue recibida tan solo como su doncella personal… ¡había sido rebajada a una simple mucama! Y por ello, Ámber no podía ocultar su indignación.
—Me preocupa su salud —había mucha ternura en su voz—. Temo que el ambiente dentro del palacio no sea lo más propicio para usted.
—Charlotte, querida, ¿a qué te refieres?
La castaña hizo una mueca de inseguridad muy bien actuada.
—Han llegado a mis oídos algunas palabras sobre cierta huésped que resguarda bajo su techo.
La reina parpadeó antes de responder con una sonrisa.
—¿Hablas de Alice? ¡Es una chica encantadora! Le trae vida al palacio.
Charlotte se quedó perpleja. Por lo que había escuchado de Ámber, esperaba por lo menos una queja de parte de la reina sobre Alice, pero el efecto fue contrario. No se iba a dar por vencida tan fácilmente, y respondió siguiendo el mismo entusiasmo de la reina.
—¡Entonces me alegro mucho por eso! Si halló favor a sus ojos, estaré más tranquila. Aunque realmente estaba inquieta por su estado de salud. Supongo que estoy exagerando.
Valerie, sin ninguna sospecha sobre la señorita Leclair o su acompañante, se percató de la incesable timidez que estaba demostrando.
—¿A qué te refieres ?
—Temía que…—se rió con nerviosismo y bajó la mirada—. Son solo tonterías de mi parte. Temía que no estuviera en buenas manos, y que se sintiese incómoda en su propio hogar. Tanto me he preocupado por ello que estaba dispuesta a venir a visitarla y de ser necesario, pasar todo el tiempo que lleve su recuperación junto a usted. Pero ahora sé que eso es imposible, sería realmente indigno que nuestra reina estuviera mal atendida.
La angustia bien actuada de Charlotte hizo que la reina se conmoviera casi hasta las lágrimas. De haber sido posible, le hubiese encantado tener una hija como ella o como Alice.
—Querida, ¡sabes que siempre eres bienvenida aquí! Puedes venir cuanto desees.
—Tomaré su palabra, Majestad— Charlotte sonrió con malicia para sí, victoriosa de llevar las riendas de la conversación hasta al punto que ella quería. Adoptó la mirada más tierna que tenía en su repertorio de manipulación y continuó—. Además, si usted me disculpa, me permitiré el atrevimiento de demostrarle mis más sinceros deseos, mediante una idea que se ha implantado en mi mente...
En ese instante las puertas de la habitación de la reina se abrieron de par en par, interrumpiendo las palabras de Charlotte y por ende poniendo fin al plan que estaba a punto de lanzar. Apretó los dientes mientras, en su mente, daba órdenes de ejecutar a quien se hubiese atrevido a irrumpir en los aposentos de la reina de aquella forma tan poco adecuada.
Como un destello blanco, Rosalya cruzó la estancia de la reina, y se lanzó directo a sus brazos.
—¡Tía! Me alegra verla por fin. ¡Se ve tan mejorada!
Alice, con timidez, le seguía por detrás. Aún no estaba acostumbrada a estar en presencia de la reina de Amoris, pero internamente se alegraba de verla. Sin embargo, cualquier rastro de alegría menguó cuando observó quiénes eran las visitas que el consejero real había advertido. La visita de Charlotte no le sorprendía, pero no se imaginaba que Ámber estaría detrás de ella. Y, en lugar de intimidarla, como había planeado la rubia, comenzó a sentir sospechas sobre aquella reunión.
Charlotte, por su parte, no se inmutó ni se movió de su asiento. No esperaba ver a la duquesa de Candy hasta la celebración de la boda.
—Rosa, querida— la reina devolvió el abrazo y después de dirigió a Alice, saludándola con el mismo entusiasmo—. ¡Oh, querida Alice! Hoy luces preciosa.
—¡Oh! —Rosalya fingió sorpresa al ver a las otras dos damas presentes en la habitación de la reina—. Lamento muchísimo la interrupción. Me emocioné tanto cuando nos llamó que entré sin pensarlo ni un momento. Señorita Leclair, espero pueda dispensarme.
Con la punta de sus dedos índice y pulgar levantó los costados de la falda de su vestido lavanda e hizo una agraciada reverencia. Charlotte sabía que aquella disculpa no era sincera ni que la interrupción había sido accidental, pero respondió de la misma forma.
—No hay de qué preocuparse, duquesa. Un reencuentro familiar tan conmovedor siempre es un cuadro hermoso para admirar. No sabía que se encontraba por aquí.
—Mi deber para con la próxima princesa de Amoris me trajo de vuelta —dijo, tomando a Alice del brazo—. Después de todo una novia debe estar siempre acompañada en los preparativos de su boda.
—¿Entonces estaremos próximas a una boda?
—¿No lo sabía? —Rosalya abrió sus ojos con sorpresa—. Creí que ya había tenido el honor de conocer a la señorita Alice. Incluso nuestro príncipe acudió a la fiesta y dio una declaración tan apasionada que no dejó lugar a dudas.
Rosalya sonrió internamente, celebrando la pequeña victoria verbal que había tenido contra Charlotte Leclair. La conocía de toda la vida y, contrario a la reina, había aprendido a diferenciar su juego de manipulación.
La reina, ignorante de la batalla que había tenido lugar frente a ella, exclamó emocionada.
—¡Es verdad! ¡Tienes que contarme los detalles de tu fiesta! ¡Oh! Realmente extrañaba una plática de chicas. Charlotte, espero que puedas acompañarnos durante toda la estancia de mi querida sobrina.
Sonrió con malicia antes de responder.
—Por supuesto.
—¡Fantástico! Rosa, ¿te quedarás hasta la fiesta de compromiso?
—Tía realmente me encantaría pasar tiempo con la señorita Leclair, ¡y de su compañía por su puesto! Pero mis días en el palacio están contados. Justo ahora planeaba un viaje corto a Candy. Hay unos textos en mi biblioteca personal que es de vital importancia que Alice conozca.
Valerie hizo un ademán, restando importancia a las palabras de Rosalya.
—Podemos enviar a alguien por ellos.
—¡Sería una excelente idea! Pero, además, me gustaría que Alice tomara un descanso de sus lecciones premaritales. Ya sabe, después de la fiesta de compromiso estará tan ocupada que no le quedará tiempo ni para respirar.
La reina dio un suspiro, derrotada.
—¡Me encantaría ir con ustedes! Pero esta condición me tiene recluida en esta habitación. Me quedaré tan sola en el palacio.
—Vaya con cuidado, duquesa —dijo Charlotte, encontrando al fin la oportunidad perfecta para poner en marcha su plan—. Yo me encargaré de hacerle compañía a la reina.
Rosalya le sonrió, ya no tan segura de su propio plan para alejar a Alice de malas compañías.
—Entonces nos iremos con más tranquilidad.
Ninguna de las dos mencionó algo más, su disputa verbal había terminado en un contundente empate.
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La noche había caído con total calma sobre Amoris. La mayoría de las personas se disponían a dormir, pero Rosalya sabía que otras, adictas al trabajo, aprovechaban la calma que un cielo estrellado ofrecía para continuar sus labores.
Se planto frente a la puerta y respiró profundo para calmar el cosquilleo que sentía en su estómago, sin saber si el motivo de este se debía al nerviosismo, a la emoción, o una mezcla de ambas.
Entró sin apenas emitir un sonido; y aunque lo hubiera hecho el ocupante de aquella habitación estaba absorto entre los rollos de tela e hilos de diferentes colores, que no se hubiera percatado de su intromisión.
—Siempre he sido admiradora de tus diseños —el sastre real, Leigh Ainsworth, detuvo su trabajo. Rosalya aprovechó el momento para acercase a su lado, sin dejar de ver los encajes y perlas de cada vestido elaborado—. Realmente estoy celosa de que Alice pueda utilizar ropa tan bonita todos los días.
Al oír su voz, él no dudó en acortar la poca distancia que había entre ellos, estrechándola en un abrazo.
—Amor mío —le dijo, afianzándose a su cuerpo—. Estas aquí.
Rosalya, en su interior, le suplicó que le perdonara por no haberse atrevido a visitarlo antes, pero Leigh lo sabía incluso sin necesidad de hablar. En un solo abrazo podían expresar más que cualquier palabra. Su relación podía ser complicada, pero sabían que siempre podían contar el uno con el otro. Ella le devolvió el abrazo, aliviada por su calidez.
—He vuelto.
Solo quiero decir que la geografía de Amoris está fuertemente inspirada en Breath of the Wild XD ¡Espero que les haya gustado! Gracias por leer.
