Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 16 ~
Anteriormente en Another Cinderella: Alice junto a Rosalya viajan hasta Candy, mientras que Charlotte Leclair sospecha de su relación con Nathaniel.
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Nathaniel se dirigió hacia su taller de herrería para comenzar su labor, y de paso liberar sus tensiones con el trabajo duro que le esperaba en esa jornada. Se sentía cada vez más y más abrumado. Justo ahora, con su padre enfermo, se había convertido en el único sustento de su madre y hermana quienes no hacían mucho por ayudar. El trabajo por suerte no había escaseado; pero eso, junto con las miles de cosas que rondaban en su cabeza, aumentaba aún más su estado cada vez más exhausto. Y para colmo, había discutido de nueva cuenta con Sharon Smith.
—¡Sé que hay algo detrás de todo esto! —le había dicho más alterada que la primera vez que conversaron sobre el mismo tema—. Fui al palacio, pero Alice no estaba ahí. Además tú hermana…
—¡Basta! —gritó y enseguida se arrepintió, al ver el rostro horrorizado de la chica. Estaba furioso, los puños cerrados conteniendo su ira—. Te lo dije: ni siquiera se te ocurra volver a decirme una sola palabra sobre Alice. No quiero saber de ella, no quiero ni escuchar ese nombre. Cuando quieras conversar sobre otro tema te escucharé. Pero si traes el mismo tema a colación… te juro que no seré amable contigo.
La cara de Sharon era pura estupefacción ante tal amenaza.
—¿Quién rayos eres? —cuando lo dijo había tristeza en su voz. La pregunta tomó desprevenido a Nathaniel.
No creía que algo hubiera cambiado en él. Él fue el traicionado. ¿Por qué no lo podía entender? Incluso le dio la oportunidad a Alice de explicarse, exigió una respuesta y Alice nunca se lo dio. O no por lo menos en el plazo que él solicitó.
Siempre era un «No te lo puedo decir. Hay un impedimento. Dame un día». ¿Qué más daba decírselo en ese momento?
Sharon suspiró cansada y lo miró directamente a los ojos. Odiaba que hiciera eso, que saliera una especie de instinto maternal en ella y le reprendiera como si fuera un niño pequeño.
—Nath, solo contesta esta pregunta y jamás volveré a hablar de este tema. Es más, no la contestes para mí, contéstala para ti mismo. Tú ¿de verdad confiabas en Alice? —él se rió ante la cuestión tan absurda, pero eso no amedrentó a la chica—. Si tu respuesta es sí, si de verdad confiabas en ella... ¿conversaron apropiadamente? No como lo estás haciendo conmigo, evadiendo el tema, enfadándote. Gritando. ¿Dejaste tu maldito orgullo y la escuchaste sin interrupciones?
Nathaniel no pudo evitar negar la última pregunta en su corazón. No es que como si se hubieran dado la oportunidad de sentarse a tomar una taza de té y charlar. Pero Alice tampoco había sido clara en ningún momento.
«No es lo que crees. No tuve otra opción», siempre eran explicaciones ambiguas.
—Pero si tu respuesta es no —continúo Sharon, esta vez aún más seria—, entonces entenderé tu actitud. Y también entenderé porque Alice te dejó.
La última oración le dolió más de lo que estaba dispuesto a aceptar. Por supuesto que confiaba en Alice, la había escogido como compañera de vida ¡se iban a casar! ¿Qué otra muestra de confianza quería? Alice había sido la única encargada de destruir todo rastro de su relación.
—Cualquier confianza que hubiese tenido en ella murió el día en que pisó el palacio —se limitó a responder.
—¡Lo vez! A eso me refiero. Eres demasiado orgulloso y egoísta como para pensar que solo se trata de ti, que solo tú sufres, que solo tú eres el afectado. ¿No crees que a ella le pase lo mismo? Si de verdad hay algo más detrás de lo que aparenta ser ¿no crees que está sufriendo en donde quiera que esté?
Nathaniel se enfureció aún más.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué aún tienes fe en ella?
—Porque la conozco, más que mi amiga, es prácticamente una hermana para mí. Y sé que ella no puede echar su vida a la basura, no sin un buen motivo detrás de esto. ¿No se te ha ocurrido ver más allá de lo que está a simple vista?
Detestaba a Sharon por ser tan insistente, detestaba que le hiciera cuestionar todas sus acciones.
Y se detestaba a sí mismo por dejarse influir por sus palabras. En su mente quedaron grabadas todas las preguntas de Sharon, y hacía esfuerzos inmensos por no buscar una respuesta.
Nathaniel se detuvo antes de entrar en su taller, con un nuevo mal presentimiento. La puerta estaba semiabierta, claro indicio de que alguien había entrado. Lo primero que pensó fue que había sido víctima de un robo, pero ¿qué caso tendría robar el instrumento de un pobre herrero?
Aún así, entró con mucha cautela, sin imaginar que una mujer que él conocía muy bien se encontraba dentro.
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Lo primero que Alice notó al despertar fue que el candelabro en el techo era más pequeño, y un poco más bajo que de costumbre y que la habitación en general se había encogido. Entonces recordó que ya no se encontraba en el palacio, había llegado a Candy con Rosalya, y si bien su hogar superaba a las grandes mansiones del Primer Distrito, no se comparaba a la majestuosidad de la residencia de la familia real de Amoris.
Se sorprendió al notar lo mucho que se había acostumbrado a despertar en una espaciosa habitación, a la misma rutina con Iris y Melody entrando cuando ella ya había salido de la cama, y a todas las preparaciones matutinas que realizaban juntas.
Se sintió bien cuando comenzó a realizar todas las labores que realizaban las mucamas por su cuenta. Rosalya le había dicho que, a diferencia de su primer viaje a Candy, no era necesaria la asistencia de algunas de las mucamas, pues irían a su hogar y no a un lugar deshabitado como la casa de verano de la familia real. Realizaron el viaje solo Rosalya, Alice y un par de guardias que las escoltaron durante todo el recorrido.
Algunas veces creía que se estaba dejando mimar demasiado, porque estaba consciente que en algún punto todos esos cuidados terminarían y le corresponderían a alguien más. Alice ya no tendría cabida en el palacio cuando el príncipe fuera coronado como rey y eventualmente encontrara con quien pasar el resto de su vida.
Y a pesar de estar consciente de que el proceso, según palabras de Castiel, podía tardar mucho tiempo en concretarse, no quería acostumbrarse a la vida dentro del palacio; aunque ya estaba familiarizada por lo menos a convivir con las personas que ahí laboraban.
Sin duda, extrañaría a Iris y Melody, y al resto de las mucamas. La recibieron sin preguntas y la acogieron de inmediato, aún si en un principio estaban renuentes a hablar con ella. También a los guardias que se habían dedicado a su cuidado en alguna ocasión, como Alexy.
Extrañaría los vestidos, no el usarlos, más bien el admirar cada prenda de ropa hecha como si de una obra de arte se tratara.
Extrañaría también la copiosa comida que recibía a diario. Creía que incluso había subido un poco de peso desde su llegada al palacio. Antes, se preocupaba que su salud menguara tanto por la falta de alimentos hasta el grado de quedar solo en los huesos. Cuando saliera del palacio tendría que volver a trabajar arduamente para conseguir pan en su mesa, pero en el fondo también anhelaba que el estudio que estaba recibiendo le ayudara a abrirse nuevas puertas. También extrañaría a la duquesa, junto a la compañía de la reina.
Y ¿por qué no?, también extrañaría las conversaciones con Castiel en el jardín de rosas. Las extrañaba incluso ahora, cuando no habían pasado ni una semana desde la última vez que convivieron así. Cada que pisaba el jardín de rosas junto a él, de alguna forma le habría los ojos a un mundo que no había explorado antes. Y lo mismo aplicaba para él.
Consideraba al futuro de Amoris optimistamente bueno con Castiel a la cabeza. Escuchaba sus relatos de su vida cotidiana con sumo interés. Y actuaba para bien dentro de lo que podía.
Si a la Alice del pasado –la que creía estar comprometida con alguien más– le hubieran dicho que terminaría pensando bien del futuro rey de Amoris, probablemente se hubiera reído incrédula.
La Alice actual estaba aprendiendo a no juzgar por las apariencias, ni que las primeras impresiones lo eran todo. De primera mano conoció a un príncipe que se preocupaba demasiado por Amoris y que quizás esa preocupación en exceso le había hecho actuar de la peor manera posible. Menos mal que terminó redimiéndose.
La Alice actual también estaba cambiando, y eso le hacía sentir bien.
El futuro ya no le aterraba demasiado y los pedacitos de su corazón -esos que habían sido aplastados y triturados sin ninguna consideración- aunque seguían dispersos, ya no dolían tanto como antes. No tenía que hacer esfuerzos por contener el llanto, ni tampoco volvió a soñar con un pasado que ya no existía.
Se escucharon algunos golpes leves seguidos al sonido de la puerta abriéndose justo cuando Alice terminaba de acomodarse uno de los vestidos que la duquesa había hecho empacar. Rosalya se asomó por la puerta.
—Querida —le dijo, sorprendida al verla de pie y vestida para el día—. Creí que seguirías durmiendo.
—Normalmente despierto temprano —contestó—. Y quise comenzar a prepararme.
—¿Tú sola? No tenías que tomarte las molestias, mis mucamas se encargarían de ello. Pero ya que estás despierta, ¿te parece bien si continuamos tus lecciones?
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—Nathaniel Lowell, lamento haber entrado sin su consentimiento —la mujer le habló con una perfecta dicción, y modales impecables, como toda chica refinada del Primer Distrito—. Pero necesitaba contactarlo. Permítame presentarme, mi nombre es...
—Lo sé. Charlotte Leclair —le interrumpió. Cómo olvidar el nombre de su empleadora cuando, desesperado por conseguir algo de dinero, tuvo que recurrir a otro trabajo que no fuera el suyo además de vivir una de las peores noches de toda su vida—. ¿Qué se le ofrece?
—Confirmar algo —le extendió un pedazo de metal que Nathaniel reconoció al instante—. Me parece que le es familiar, ¿no es así?
Un terrible sentimiento amargó el corazón de Nathaniel, y los recuerdos en su mente se agolparon. Las horas que pasó dando forma al metal hasta que quedara perfecto. El entusiasmo que le puso al momento de hacer el grabado. Los nervios que vivió cuando entregó aquel regalo, expresando todos sus sentimientos en él. La felicidad que sintió cuando fue correspondido. Y la apuñalada en el corazón cuando se dio cuenta que fue traicionado.
—¿Qué quiere? —le dijo, sin contestar su pregunta.
—Su ayuda. Discúlpeme si la pregunta es atrevida, pero ¿usted tenía algún tipo de relación con Alice Arlelt?
Nath arrugó el ceño antes de responder, aborreciendo el tema.
—No tengo nada que ver con ella.
Charlotte se entristeció. Había decepción e incertidumbre en su rostro.
—Es una lástima. Creí que correspondía a usted —miró a Nathaniel, buscando algo en sus ojos—. Entonces, ¿me podría decir si la señorita Alice tenía alguna relación sentimental con el dueño de las iniciales grabadas? Tengo entendido que usted es… o fue amigo de la señorita Alice. Ahora más que nunca necesito contactar a cualquiera que fuese su aliado. Es evidente que ella está sufriendo mucho.
Él se rió con ironía.
—No me sorprende.
Charlotte pareció no comprender.
—Creo que no me explicado bien. Alice está viviendo todo un calvario dentro de las paredes del palacio— Leclair se acercó a Nathaniel, humedeciendo sus ojos en una excelente actuación, para que las mentiras que estaba punto de decir sonaran más convincentes—. Es víctima de crueles maltratos por parte del príncipe de Amoris. Sé que todo el mundo dice que es la pareja perfecta, que están hechos el uno al otro —Nath no pudo evitar traer a la memoria el último recuerdo que tenía de Alice, de la mano con el príncipe de Amoris, proclamando a los cuatro vientos su devoción por ella—. Pero la verdad es que… —la voz le quebró, y se llevó las manos al pecho mientras caía en llanto.
Nathaniel estaba confundido. Había visto a Charlotte Leclair actuar con altivez durante la fiesta de cumpleaños en la que fue partícipe. Se veía como una chica con orgullo y vanidad en demasía, pero ahora se estaba tornando en lágrimas desconsoladas frente a él. Le parecía increíble que lo estuviera haciendo por alguien como Alice.
Las palabras de Sharon, aún frescas en su memoria, regresaron a su mente, e inmediatamente se reprendió a sí mismo por escucharlas. «¿No crees que está sufriendo?». ¿De verdad Sharon tenía razón?
—Discúlpeme —dijo mientras secaba, de manera elegante, las lágrimas que habían bajado por sus mejillas—. Supongo que lo estoy agobiando, me ha dicho que no tiene nada que ver con la señorita Alice, así que esto no debe interesarle. Agradezco su tiempo y no le quitaré más. Que tenga un buen día.
Charlotte caminó hacia la puerta, estaba a punto de cruzar el umbral cuando la voz de Nathaniel a sus espaldas la detuvo.
—Espere —y él se abofeteó mentalmente por lo que estaba a punto de hacer. Maldecía a Sharon y sus preguntas—. ¿Qué le ocurre?
Charlotte, sonrió saboreando la victoria, un gesto que el rubio no contempló. Después se volteó y con el rostro más serio comenzó a hablar.
—Espero, señor Lowell, que no pronuncie estas palabras fuera de aquí de lo contrario ambos podríamos perder nuestra cabeza —después los ojos se le humedecieron, aunque esta vez no corrieron gotas—. La verdad es que no hay amor en esa relación. No sé los detalles, pero creo que el príncipe ha obligado a Alice a hacer cosas que… —hizo un mohín de disgusto—. Cosas desagradables, impensables para cualquier señorita que se respete. Además de gritos y discusiones todo el tiempo. Y —tragó saliva antes de responder— aunque es muy vanidosa para admitirlo públicamente, han llegado a intercambiar… violencia física. Alice está decepcionada por la actitud de él. No juzgo a una amiga, pero es evidente que en un principio fue tentada por las riquezas que un hombre como el príncipe le puede dar, pero ahora preferiría la muerte a estar un minuto más encerrada en aquella cárcel como es el palacio. Por eso huyó a Candy, para poder librarse de él antes de quedar atada para siempre. La fiesta de compromiso está a pocas semanas, y solo deseo que mi querida amiga Alice pueda encontrar la felicidad antes de que eso suceda.
Las palabras confirmaban lo que Sharon había dicho. No se encontraba en el palacio y, también, había algo detrás de ese compromiso. Y una parte de él estremeció al escuchar los maltratos a los que había sido sometida la chica a la que una vez amó.
Aún así, todo sonaba muy extraño.
—¿Por qué debería creerle?
—¿Porque estaría suplicando su ayuda si no? ¿Por qué le revelaría todo esto? No gano nada por mentir. Solo quiero ayudar a mi amiga.
—¿Y qué quiere que haga?
—Si usted es el dueño de este presente, si usted es el verdadero amor de Alice Arlelt, solo sálvela ¡ayúdela a huir de su miseria!— Charlotte se acercó lo suficiente para tomar las manos de Nathaniel, en un ruego desesperado. Estaba temblando, reafirmando su falsa desesperación—. Tendrán todo mi apoyo. Cuando ella regrese al palacio, puedo concertar una cita para ustedes. Cuento, hasta cierto punto, con la protección de la reina y aunque está ignorante a todo lo que su malévolo hijo hace, me concede la entrada y salida del palacio sin restricciones. Podrá venir usted y comprobarlo. Se lo suplico.
A la mente de Nathaniel llegó una de las preguntas de Sharon «¿Dejaste tu maldito orgullo y la escuchaste sin interrupciones?».
Se sintió asqueado. Si de verdad Alice estaba sufriendo, solo estaba cosechando lo que ella misma sembró al aceptar la mano del príncipe. Pero sea por el afecto que alguna vez le tuvo a Alice, o por el deseo de demostrarle a Sharon que él siempre tuvo la razón, no podía ignorar la oferta de Charlotte.
—Lo voy a pensar.
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Las sesiones de estudio continuaron durante los días que Alice estuvo en el hogar de Rosalya. Una cada vez más ardua que la anterior, pero la chica trataba de memorizarlas lo mejor que podía. Para este punto ya tenía conocimientos sobre escritura, lectura, modales, etiqueta, historia y geografía. Incluso podía presumir de conocer algunas palabras en el idioma de Sucré, gracias a las pequeñas conversaciones que podía tener con Willi y Wenka, cada vez que los encontraba correteando dentro del palacio.
Los libros de los cuales la duquesa había hablado a la reina resultaron ser una absurda mentira.«¡Fue lo único que se me ocurrió!», se excusó. Aún así, su biblioteca personal estaba muy bien abastecida, casi tanto como la del palacio, por lo que fue posible continuar con sus lecciones.
Avanzó tan rápido en la escritura que Rosalya, en parte para probar las nuevas habilidades adquiridas pero también para lanzar una pícara jugarreta, hizo que Alice escribiera una carta dirigida a su prometido. Se negó en un principio, dominada por la vergüenza que supondría aquel íntimo acto, pero la insistencia de la duquesa fue más grande que terminó cediendo.
Alice la escribió, pensando en Castiel más como un amigo a quien tenía mucho por contar, que en un amante apasionado como lo sugirió su institutriz. Ella le reprendió cariñosamente por lo escueto del mensaje, que fue enviado al momento.
Un par de días después a su llegada, al salir Rosalya debido a unas diligencias, Alice se vio libre por primera vez de los montones de libros que la habían acompañado mañana, tarde incluso parte de la noche. Pensó matar el tiempo explorando los alrededores procurando no alejarse demasiado; sin embargo, al cruzar la mansión dirigiéndose a la salida trasera, una serie de sonidos en particular llamó su atención.
Provenían de una gran sala cerrada con dos grandes puertas. La duquesa le había dicho que era un antiguo salón de baile que, después de una serie de remodelaciones al salón principal, quedó en desuso.
Se detuvo tras las enormes puertas de madera, escuchando con atención. El sonido llegaba en ráfagas violentas, se detenían por instantes y después reanudaban de manera paulatina. Alice lo reconoció, metal contra metal. Un duelo de espadas.
En los recuerdos más remotos de su memoria, aparecieron escenas de muchos clientes de su padre blandiendo espadas hechas por él para comprobar la calidad del metal. Le gustaba ver como se formaba su sonrisa orgullosa cada vez que las personas aprobaban con satisfacción el trabajo.
Ese sonido le llenaba de nostalgia y le hacía regresar al pasado, cuando le prometió que, cuando Alice tuviera la suficiente edad, le enseñaría a empuñar de manera magistral tal como él lo hacía.
Alice creció, pero su padre fue incapaz de cumplir sus promesas, esa y todas las demás que le había hecho.
Como hipnotizada por el sonido, sin pensarlo sus pies ya estaban entrando en la habitación, justo para ver cuando una de las guardias que las había escoltado a Candy sometía en el suelo al llamado Dimitri. La espada sin filo apuntaba a su cuello, nombrándola vencedora en su ronda de entrenamiento.
Ambos guardias, al oír el rechinido de la puerta abriéndose, tomaron una actitud de alerta aún en la posición en la que estaban. Relajaron su semblante cuando reconocieron a la princesa de Amoris. Se separaron y la chica se acercó a ella.
—Tú eres Alice, ¿verdad?
Asintió.
—Perdón no quise interrumpir. Solo que me dio curiosidad.
—Nah, no hay problema. Fue un duelo amistoso. Soy Kim por cierto— extendió su mano en un saludo que Alice correspondió—. Escuché que te vas a casar con el príncipe.
—Sí —dijo Alice observando el uniforme que llevaba. Sencillas ropas de algodón teñido en colores obscuros con guantes y botas de piel en el mismo color. Solo faltaba la armadura de cuero negro que había visto usar a otros y la inconfundible capa bordada con rosas, según el rango al que pertenecía—. ¿También eres parte de la Guardia Imperial, cierto?
Kim frunció el ceño, escuchaba esa pregunta más seguido de lo que debería, y casi siempre con escepticismo.
—¿Hay algún problema con eso?
—-¡Para nada! —se apresuró a responder—. Todo lo contrario ¡Es genial!
—Ah, eres una chica inteligente, me agradas —Kim cruzó los brazos, relajada—. En el pasado el ingreso a la Guardia estaba limitado a hombres, pero a partir de que el difunto rey Louis reconoció el valor de algunas de nosotras, el camino también ha sido abierto para las mujeres. Aunque hay un par de vejestorios que no les parece así.
—No deberían. Al fin y al cabo, velan por la seguridad de Amoris. Me parece estupendo que alguien tome este trabajo.
—Sí, bueno, hay personas que nos tachan de raros suicidas —se rió con su propia comparación—. Pero a final de cuentas cada quien sabe porqué queremos dar nuestra vida por el reino. Y para algunos de nosotros, es más que eso —de repente el rostro de Kim, que había mostrado un fuerte carácter, se apaciguó—. De alguna manera estamos en deuda con el príncipe. Unos más que otros —su mirada viajó hasta Dimitri, que se encontraba en un rincón ajeno a la plática—. Nos salvó la vida. Así que me alegra saber que su futura esposa no es una cabezahueca.
A la mente de Alice llegaron unas palabras muy similares que había escuchado con anterioridad.
«Somos parte de la Guardia Imperial porque queremos estar aquí, estamos dispuestos a sacrificar todo por nuestro Amoris, y por el futuro rey, sobre todo. De alguna manera, nosotros cinco estamos en deuda con el príncipe Castiell», unas semanas atrás, había relatado Alexy.
Ahora, Alice tenía más curiosidad en descubrir aquel aspecto de Castiel que aún no conocía, el que había hecho que hombres y mujeres le juraran lealtad, aún sin haber sido coronado. Lo que había hecho para rescatarlo. Definitivamente sería un gran rey.
—Y ¿en qué puedo ayudar a la futura reina? —preguntó Kim. Alice solo emitió una risita apenada.
—¿Podría sostener la espada?
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Castiel se sentía intranquilo y no encontraba la razón. Habían pasado un par de días desde la partida de Alice, y las cosas en el palacio habían trascurrido con total normalidad, tal y como era su vida antes de conocerla. Solo que con menos tensiones por su coronación y con la salud de su madre más estable.
Y aún así, no lograba nombrar al pequeño sentimiento que tenía dentro de sí, el que le indicaba la ausencia de algo que no lograba descifrar. Algo que le causaba molestia, que no lo dejó dormir las últimas noches y que le había hecho perder el apetito. Y le irritaba aún más no poder identificarlo.
Decidió, como ya se había hecho costumbre, tomar aire mientras realizaba una pequeña caminata en el jardín del palacio, para despejar su mente. Sus pies cruzaron el enredoso camino principal; le gustaba pasear por este, y no por las decenas de caminos alternos cuyas entradas y salidas secretas rodeaban todo el jardín. Recordaba juguetear en ellas cuando era niño, haciendo que conociera a la perfección cada rincón, cada vuelta, cada secreto. Pero el camino principal era el único que le hacía notar una transición. Atrás quedaba el palacio con todas sus responsabilidades, y se adentraba en la naturaleza que le brindaba una liberación indescriptible. En sus últimos paseos ahí, junto a Alice, sentía que podía relajarse tanto como él quisiera, dejar atrás todas las preocupaciones que diariamente le aquejaban.
Además, ese camino era el único en el que podía notar una clara diferencia, pues aunque al principio pareciera que el jardín se limitaba a tan solo arbustos verdes sin gracia a los lados del camino, llegaba un momento en el que cada vez veía más y más puntos rojos aquí y allá. Cuando menos lo imaginaba, las rosas sobresalían más que cualquier otra vegetación.
Cuando llegó al centro de él alcanzó a visualizar una silueta asomada sobre la fuente que coronaba el jardín, la intersección de todos los caminos. Juzgando sus ropas, se trataba de una dama. Los rayos de sol que se filtraban en su vestido cubrían por completo su apariencia, a la distancia en la que se encontraba, solo parecía una silueta negra rodeada por un aura solar.
Era un cuadro que él había visto con anterioridad, su mente la reconoció como una escena tranquilizante, su molestia –la que lo había perseguido durante los últimos tres días– desapareció al instante. Aunque se acercó con mucha cautela, tratando de no perder el recuerdo que se estaba materializando en su memoria, sus pasos no fueron lo suficientemente silenciosos para no pasar desapercibidos ante la dueña de aquella silueta, que se dio la vuelta para encararlo. Castiel se llevó una gran decepción cuando reconoció a Charlotte Leclair. El sentimiento indescriptible regresó con más furia que antes.
—Alteza —saludó con una reverencia—. La reina me instó a pasar tiempo en los jardines del palacio. En cuanto confesé jamás haber tenido la oportunidad de visitarlos prácticamente me echó de sus aposentos para darles una vista. Está bastante orgullosa de ellos —Charlotte se rió con gentileza—. No sabía que tendría el honor de saludarlo. Si me concede su gracia, me gustaría compartir su caminata. Sin embargo si represento alguna molestia, me retiraré.
Castiel posó su vista a la altura de los balcones de la habitación de la reina, en el tercer piso del palacio. Las puertas se encontraban abiertas, quizás para supervisar por su cuenta la orden dada a Charlotte, sabía lo mucho que a su madre le gustaba alardear de los jardines. Pero por más que le gustaría estar solo, no podía despedir a Leclair. ¡Esa no es manera de tratar a una dama!, se imaginaba reprendiéndolo.
—Ah, no hay problema —dijo y comenzó a caminar sin esperar su respuesta. Tampoco le ofreció su brazo. Charlotte lo alcanzó enseguida.
Pasaron varios minutos en un incómodo silencio, donde lo único que se escuchaba eran sus pisadas sobre la gravilla y el sonido de los arbustos moverse con el viento. Las flores no le parecían tan bonitas a Castiel, sentía que les faltaba color, como en un día nublado.
—Qué magnífica vista —comentó ella para romper el silencio—. Entiendo porque su querida prometida gusta de pasar tiempo por aquí, como usted afirmó.
Por alguna razón, la manera tan familiar en la que Charlotte mencionó a Alice, causó molestia en Castiel. Creía que no tenía derecho a hacerlo, no después de saber todos los sutiles maltratos a los que la sometió.
—Los jardineros trabajan incansablemente para lograr este efecto —le contestó con indiferencia.
—Un trabajo digno de alabar, sin duda. He escuchado que el jardín tiene su historia.
—Sí.
—¡Vaya! —sonó emocionada—. Me encantaría escucharla.
—Es larga y bastante aburrida.
Charlotte suspiró derrotada.
—Supongo que no soy tan buena compañía como la señorita Alice.
Castiel se detuvo. La educación que había recibido desde el día que nació le impedía mostrarse descortés con cualquier persona, mucho menos con una invitada personal de la reina. Y aún así, Charlotte había logrado que el príncipe inconscientemente mostrara rechazo a su persona, y ella demostraba su percepción al no dejarlo pasar por alto.
—No, yo… —vaciló al tratar de poner una excusa. Charlotte se rió para sus adentros—. Disculpe, tengo muchas cosas en mente.
—Lo comprendo. Los preparativos para la fiesta de compromiso lo tendrán agobiado. Cualquier persona estaría así sabiendo que el destino que le espera es… incierto.
El príncipe alzó una ceja.
—¿Incierto? ¿A qué se refiere?
—Bueno… —desvió su vista, como para convencerle que estaba titubeando con inocencia, Rosalya le había advertido de todas las tretas de las que era capaz—, no dudo que haya tenido la certeza de investigar los antecedentes de su prometida, la señorita Alice. Usted se convertirá en el dirigente de la nación después de todo y su futura esposa será su mano derecha. Y por supuesto, es de vital importancia que el papel le recaiga en alguien más… capacitado, además de honorable.
—Señorita —Castiel le habló aún con más seriedad—. Si usted está discriminando los orígenes humildes de mi prometida, le ordeno que se detenga de inmediato.
—Por supuesto que no —replicó—. Sería un error discriminar a las personas de clase trabajadora. Me refería a los asuntos sentimentales.
—Usted ya ha sido testigo de la relación que mantengo con la señorita Alice, la cual se desarrolla en las condiciones más puras que puedan existir. No creo que haya más que hablar.
Castiel estaba punto de dar la vuelta y dejar sola a Charlotte, sin importarle hacer a un lado todos los buenos modales que le fue inculcados.
—¿Ni aunque su corazón le pertenezca a otro? —se apresuró a decir antes de perder la atención de príncipe, logrando detener sus intenciones—. Ha llegado a mis oídos un alarmante rumor de que la señorita Alice cuenta con un amante fuera del palacio.
Castiel sintió la mirada castaña sobre él, analizando cada uno de sus movimientos tratando de encontrar tan solo una mueca, solo un gesto delator. Pero él permaneció impasible.
Le quedaba claro que había investigado el pasado de Alice –el que ella misma dolorosamente había desvelado– y evidentemente lo estaba distorsionando para su conveniencia.
—¿Está tratando de desprestigiar a mi prometida?
Leclair arrugó las cejas, un gesto de angustia muy bien fingido.
—Solo velo por el futuro de Amoris, Alteza. No quisiera tener al frente a alguien con un pasado poco dudoso.
El príncipe no pudo contener una risa sarcástica. Todo lo que Rosalya le había alertado se estaba cumpliendo. Le parecía increíble que Leclair hablara tan convincentemente de la honorabilidad cuando fue la primera en mostrarse llena de hipocresía. Y no toleraría que difamara a Alice Arlelt.
—Dígame señorita… ¿alguna vez se ha enamorado? —para su sorpresa Charlotte se sonrojó violentamente, con los ojos totalmente abiertos. La calma y seguridad que siempre mantenía se habían ido. La pregunta, a la que no dio respuesta, la tomó totalmente desprevenida—. Hay personas que se obsesionan enfermamente con conocer hasta el último detalle del pasado de otra persona con la inseguridad de que este salte de un momento a otro. Temen a los antiguos amores o a pretendientes irrechazables. Puedo alardear no pertenecer a ese grupo. Más que nada, me interesa el ahora, porque es lo que está construyendo las bases para un futuro feliz. ¿Por qué habría de mortificarme un rumor del cual con seguridad puedo decir que es historia antigua? Yo juzgo con lo que veo en el presente.
Charlotte se apresuró a contradecir, pero Castiel le interrumpió.
—Y además, mi confianza plena está puesta en la señorita Alice —las palabras le salieron del corazón—. En su honestidad, en sus palabras y en sus sentimientos. Igual que ella la tiene en mí.
Hubo un momento en el que ambos permanecieron en silencio. Charlotte, buscando una manera de replicar al príncipe y Castiel, sorprendido por las palabras que acaba de pronunciar. Porque aunque había dicho todo eso con tal de dar una respuesta contundente a Leclair, en el fondo quería imaginar que todo aquello no eran mentiras, sentir aquello como verdad. Confiar en una persona tanto como él lo hacía.
El innombrable sentimiento que le había aquejado le produjo una gran melancolía.
—Y para que esté tranquila —continuó Castiel, tratando de poner orden a sus contradictorios pensamientos—, por supuesto que sé de la vida de Alice, la anterior a conocerme. Pero no por un deseo morboso de encontrar algo incorrecto en su vida, sino porque deseo saber más de la persona que amo —un latido de emoción saltó en su corazón, él se vio obligado a ignorarlo—. Si vuelvo a escuchar un solo rumor de su boca, o tan solo una insinuación sobre mi futura esposa, no importa qué tan estrecha relación tenga usted con mi madre, quien fue la primera persona en bendecir nuestra relación, no volverá a ser bienvenida en el palacio.
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Charlotte salió del jardín sin siquiera despedirse del príncipe. Estaba hecha una furia, con el rostro aún más encendido por la cólera de no haber logrado su cometido, y el corazón latiéndole cada vez más rápido al pensar una y otra vez en la pregunta ¿Alguna vez se ha enamorado?.
La conversación no salió como ella pronosticaba, pero la mitad de su plan aún seguía en pie. No se daría por vencida.
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No encontró descanso en el jardín de rosas, no sin una compañía a su lado. No sin una buena compañía a su lado, pensó Castiel mientras giraba sobre sus talones para salir del lugar. Casi le da un susto al ver a su consejero esperándolo a unos cuantos pasos.
—¿Estabas escuchando? —preguntó en vano, conocía la respuesta.
—¿Qué parte? —Lysandre puso una divertida cara de confusión—. ¿Cuándo defendías a la señorita Alice, o cuando asegurabas sus sentimientos? Mi fragmento favorito fue cuando hablabas con mucha sinceridad y convicción sobre el amor, cuando hace unos meses renegabas de él —había una sonrisa socarrona en su rostro—. Mi deber es saberlo todo, Alteza.
Rodó los ojos. La mirada enigmática con la que Lysandre le veía señalaba que no era todo el mensaje que quería decir.
—Bien, escúpelo.
—Yo no soy nadie para interferir con los asuntos del corazón, mientras estos no atenten contra tu raciocinio o la seguridad de Amoris. Incluso cuando ya habías tomado una decisión, yo no me opuse a pesar de no estar de acuerdo.
Castiel lanzó un bufido, tratando de dominarse. No era un tema que le apasionara hablar.
—Sí, todo el mundo sabía que iba a fracasar incluso antes de que comenzara. Me ven como alguien frío, incapaz de tener sentimientos.
—No lo decía por eso, más bien la ambición egoísta de la dama de distinguía a leguas, la cual por tu ingenuidad no notaste. Al final obtuvo lo que quería, pero eso es historia antigua ¿verdad? —le dirigió otra de sus sonrisas misteriosas—. He visto que las cosas han cambiado.
—¿A qué te refieres?
—A la señorita Alice —dijo sin vacilar. Castiel se estremeció al escuchar su nombre—. Por lo menos ya no hay gritos ni discusiones como en un principio. Te lo había dicho. Los sentimientos de una persona pueden cambiar. Si logras hacer que la señorita Arlelt caiga presa de tus encantos, nos ahorraría mucho trabajo.
Su amigo ya le había aconsejado algo similar en el pasado, pero la respuesta seguía siendo la misma.
—Lysandre —su voz era tan dura como su mirada—, no voy a obligar a nadie a enamorarse de mí.
—¿Y los tuyos? —preguntó con seriedad—. Tus sentimientos propios… ¿han cambiado de alguna manera?
El príncipe se tomó tiempo para responder.
—No —había un matiz vacilante en su voz, después añadió: —No lo sé. Estoy consciente que todo es una farsa pero… —pero a veces quisiera que no fuera así. No se atrevió a continuar hablando.
—Sí claro, una farsa —había algo más oculto en la mirada de su consejero, pero optó por cambiar el tema—. Tengo las noticias que solicitaste sobre el paradero del mercader. Fue encontrado en la frontera con Sabita-jeles, intentando vender sus medicinas fantasiosas como el reporte lo decía. Resultó ser un gran personaje dentro de la corte real del Dolce. No se efectuó ningún arresto porque Su Majestad, la Reina de Dolce exigió saber el motivo exacto por el que se debía encarcelar a uno de sus súbditos. Supongo que decirle que mató al padre de la prometida del príncipe de Amoris no le caería muy bien. Se rumora que armó un gran escándalo cuando le fue entregada la invitación a la fiesta de compromiso.
Castiel dio un respingo.
—Espera ¿fue… invitada?
—Por su puesto. Todos los altos funcionarios de los reinos pertenecientes al Gran Continente, así como los de Amoris han confirmado su asistencia —habló con solemnidad—. Incluso amigos cercanos a la señorita Alice recibieron una invitación.
Lanzó un sonido de desaprobación.
—Espero que tenga la misma decencia que tuve yo y no se atreva a venir.
—Bueno —continuó el consejero— dejemos los tristes recuerdos pasados y traigamos felicidad al corazón del príncipe—le extendió un sobre que traía consigo—. Para ti.
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Cuando el príncipe de Amoris terminó de leer la carta, escrita con un puño infantil, se dio cuenta que había estado sonriendo durante toda la lectura.
El mensaje no era especialmente gracioso, ni tampoco extenso. Era solo una misiva de no más de una página, pero que albergaba mucha más paz que cualquier otra cosa, como si hubiera estado conteniendo el aire por tres días y ahora respiraba aire fresco. Sin que se diera cuenta, todas sus inquietudes desaparecieron.
Hola, escribió Alice. Castiel imaginó la cálida voz de la chica acompañada de la curva que dibujaba su sonrisa, siempre teñida en tonos rosáceos. Resaltaba la belleza de su rostro. El príncipe preguntó en su mente en qué momento comenzó a notar esos detalles.
Sé que probablemente tengas mil y una ocupaciones, pero de igual manera quería saludarte. Estoy bien. Espero que tú también lo estés. Y la reina también.
Alcanzó a distinguir la frase La duquesa bajo un rayoneo que fue sustituido por el nombre de Rosalya. Probablemente su entrometida prima había supervisado la escritura de la carta y se escandalizó cuando fue llamada por su título, obligando a la chica a referirse a ella de forma más casual. Alice hablaba de lo bien que iban sus lecciones, que había aprendido cosas que no sabía siquiera de su existencia, y que no se imaginaba que aprender fuera una tarea muy ardua, pero la encontraba interesante.
Gracias de nuevo por hacer esto posible.
Castiel leyó una y otra vez la penúltima frase. Las palabras de Alice no le sabían a hipocresía, realmente estaba agradecida por ser capaz de recibir la educación que no le fue otorgada en su distrito. Él sentía que no debería agradecerle nada, todo lo contrario, era Castiel mismo quien estaba en deuda con la chica, al ser capaz de prestarse para un montaje que lo llevaría más rápido a su destino.
Los planes de su coronación casi estaban establecidos, solo faltaba la aprobación de la reina. La fiesta de compromiso sería inminente, debía convencer a todos de ser capaz de cuidar de su prometida hasta que la corona descansara sobre su cabeza. La boda, en cambio, podía evitarse.
Y sin embargo, cada vez que pensaba que después de asumir el trono no volvería a ver a Alice, un sentimiento amargo lo embargaba. Lo reconoció como el mismo que lo había aquejado desde su partida.
¿Desde cuándo su relación había cambiado tanto?
Sus encuentros iniciales fueron un desastre. No trataba de justificar su proceder con ella en un principio, pero la desesperación, el estrés y la incertidumbre lo dominaron más que cualquier otro sentimiento haciéndolo actuar irracionalmente. Se arrepentía de aquello. De sus actos. No de conocerla.
Después, cuando encontraron al par de niños provenientes de Sucré, encontró audacia y sabiduría en una chica que poco sabía sobre el mundo. No, se corrigió. Ella sabía mucho más de Amoris que él mismo. Conocía las necesidades de las personas al vivirlas ella misma. Temerosa, había salido a dar la cara por él, un acto que requirió gran valentía de su parte. Y con el corazón roto, aceptó ayudarle en un absurdo plan que la mantendría atada a él por tiempo indefinido.
Ni siquiera estaba resentida, Alice misma le había ofrecido su amistad y su confianza. Para cultivar su nueva alianza, trataba de pasar tiempo con ella, pero no era suficiente, lo había comprobado los últimos días.
Lo que sentía por Alice iba poco más allá de una simple admiración, y tenía miedo de encontrarle un nombre, por más que le irritara estar confundido. No se sentía con el derecho de hacerlo.
El pasado había sido un mordaz burlón cruel que de vez en cuando regresaba para recordarle que no podría, que no debería ser feliz. Quería ignorarlo.
Aunque, preferiría decírtelo en persona, concluyó la carta. El príncipe, por primera vez en mucho tiempo, se atrevió a hacer a un lado todas las emociones buenas y malas que había experimentado, sobre todo en los últimos días. Decidió que Alice le recitaría todo lo escrito por su propia boca.
Llamó a uno de los lacayos que terminaba de encender las lámparas en su habitación. Había estado tan absorto en la lectura que no se había percatado que el sol ya se había ocultado.
—Preparen mi caballo —ordenó—. Partiré al amanecer.
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A Alice le dolía todo el cuerpo, como aquella vez que había lavado ropa para una de las rarísimas familias adineradas de su distrito, pasando todo un día entre telas y pompas de jabón, desde el amanecer hasta que la luna se presentó en el cielo.
Pero ahora el motivo era diferente. La tarde anterior había estado con Kim tratando de manejar una espada que resultó más pesada de lo que aparentaba. Y aunque de momento no había notado el cansancio físico, al día siguiente su cuerpo lo resintió. Tenía moretones en varias partes de sus brazos.
—Alice —Rosalya asomó su cabeza entre las puertas de la biblioteca, interrumpiendo la lectura de Alice—. Deberías tomar un respiro.
—Pero aún falta…
La duquesa no le dejó excusarse.
—Sé que estás ávida por nuevos aprendizajes, pero el descanso también es necesario. Y además —entró a la estancia seguida de una persona tras sí— tenemos un invitado. Que, de hecho, llegó sin invitación.
Alice inmediatamente se puso de pie cuando vio al acompañante de Rosalya.
—¡Castiel! —dijo con más ánimo del que aparentaba—. ¿Qué haces aquí?
—Como un buen caballero con reluciente armadura —hizo una exagerada reverencia— he venido para rescatar a una doncella su peor pesadilla.
—¿Acaso fue un insulto para mí? —gritó Rosalya desde el exterior de la biblioteca. Se había retirado silenciosamente para darles privacidad—. ¡Te escuché!
Ambos se rieron por la rabieta de la duquesa, y después se quedaron en silencio, pero sin borrar la sonrisa en los labios de ambos.
—Me alegra verte de nuevo —dijo Alice. Al príncipe se le iluminó el rostro al escuchar sus palabras, al oír su voz.
—¿De verdad?— su pecho saltó de emoción cuando Alice simplemente asintió—. Bueno, pues… —carraspeó antes de continuar—. No estamos en el palacio, y no hay un espectacular jardín de rosas por aquí cerca, pero ¿quieres dar un paseo?
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Salieron por la parte trasera de la mansión, y pronto tomaron el camino que Alice había planeado explorar. Castiel, con un gesto que ella no vio, ordenó a los guardias que ya los seguían a detenerse, quedando solos los dos. El camino que parecía poco transitado los llevó a internarse en la naturaleza.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, después de un rato.
—Quiero mostrarte algo —contestó con una sonrisa orgullosa en su rostro—. Realmente no tengo idea de por qué no conoces el mar. Amoris es afortunado por tener como límite el Mar Occidental.
—No hay una razón específica —alzó los hombros, mientras veía el piso. El césped poco a poco se desvanecía bajo sus pasos—. Cruzar los distritos solo para llegar a otro lado requiere tiempo y dinero. Y como sabes, no contaba con tales cosas —su voz cambió, parecía enfadada, lo que alarmó al príncipe—. Perdón por tener una triste vida.
—No, yo…
Alice lanzó una carcajada, un sonido que a él le pareció hermoso.
—Estoy bromeando.
Castiel también se rió aliviado.
—Así que Alice Arlelt también tiene sentido del humor.
—Sí ¿no lo sabías?
—No, no lo sabía.
El príncipe la miraba directamente a sus ojos, con una intensidad que le hacía sentir que había algo más escondido en el color gris que los adornaba. Algo que parecía ser ternura, devoción, incluso cariño. Como si algo hubiera cambiado en los últimos días que estuvieron distanciados. Ella desvió su mirada, sintiendo sus mejillas arder.
—…Además, tampoco es común ver a una chica del tercer distrito paseando por el primero. No lo verían bien, ¿verdad?
—Si es por algo que tú quieres hacer, ¿qué importa lo que piensen los demás?
—Tienes razón —concedió—. Pero cuando no tienes nada, lo único que queda es cuidar de tu reputación.
Castiel no respondió al comentario de Alice. Conocía vagamente su forma de pensar y día a día se sorprendía al descubrir un nuevo aspecto de su personalidad como aquel. Ahora la reacción que había tenido en su encuentro con una comerciante del primer distrito que le reportó Alexy, cobraba más sentido.
La fresca brisa fue el indicio para reparar que estaban llegando a su destino.
—Estamos a punto de llegar —explicó—. ¿Puedes cerrar los ojos? Es una sorpresa.
—¡Pero no voy a ver nada!
—Alice —Castiel le habló con mucha seriedad, pero con muchas interrogantes dentro de sí—. ¿Confías en mí?
La chica no tardó en responder, apaciguando el corazón del príncipe.
—Sí —después cerró sus ojos tan fuerte que su rostro se transformó en una graciosa mueca.
Se dejó guiar solo con el sonido de la voz de Castiel que le decía cuando avanzar o detenerse.
—¡Sin trampas! —le regañó una vez cuando se vio tentada a levantar sus párpados.
Caminaron durante unos segundos más en los que Alice distinguió el eco de un vaivén tranquilizante. El aire estaba salado.
—Puedes abrirlos —dijo al fin.
Una extensión de agua de un azul tan profundo se extendía frente a sus ojos, parecía no tener fin. En el horizonte el color se fundía con el celeste de un cielo despejado. Alice se quedó boquiabierta.
—Esto… ¿Esto es el mar? —miró a Castiel, desbordando emoción—. ¡Es precioso!
Alice se dedicó a observar todo lo que el panorama le ofrecía. Notó que se encontraban en un risco, ideal para admirar el hermoso paisaje que ofrecía la naturaleza. Bajo él, las fuertes olas se rompían contra el muro de tierra, deshaciéndose en espuma. Alcanzó a ver a la distancia una embarcación.
Castiel, por el contrario, solo admiraba las expresiones de Alice mientras sus cabellos negros revoloteaban por el aire salado. Su alegría y sorpresa al observar por primera vez maravillas como aquella. No perdió de vista ni uno solo de sus gestos.
—Y se pone aún mejor —dijo y en lugar de ofrecer su mano como en los refinados paseos en el palacio, extendió directamente su mano—. Ven.
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Alice se detenía cada dos metros para recoger cualquier cosa que el mar arrojara a la costa. Contaba ya con una colección de conchas y caracolas de todas las formas, tamaños y colores. En un movimiento atrevido, se había quitado los botines y las medias para sentir la arena húmeda bajo las plantas de sus pies, que de vez en cuando eran bañados por las olas que llegaban a la orilla. A pesar de lo frío que se estaba tornando el clima cada vez más cerca del invierno, el agua se sentía cálida.
Alice hablaba de lo que había aprendido, de la lección de matemáticas que más le costó entender, de lo mucho que le dolían los pies por usar tacones según la moda de Candy, lo bochornoso que fue escribir su primer carta, y que había dormido muy, muy, poco las últimas noches. Tristemente, por motivo diferente al insomnio de Castiel, supo el príncipe, quien la seguía a pocos pasos detrás.
Él solo se dedicó a escucharla, sin interrupciones. Le gustaba oír su voz, aunque solo hablara de trivialidades. Había pasado toda la mañana cabalgando desde el palacio hasta Candy pero no se sentía fatigado. Ver de nuevo a Alice había sido el mejor antídoto para todo su cansancio.
Tampoco se atrevía a conversar de los avances que había tenido en sus últimas reuniones, haciendo que su prematura coronación fuera casi un hecho. Aunque sabía que tarde o temprano tendría que decírselo.
De vez en cuando observaba el barco que parecía estar cada vez más cerca, como si quisiera desembarcar cerca de ahí. Extraño, debido a que el puerto más cercano se encontraba a decenas de kilómetros. Las velas mostraban un escudo que no reconocía.
—¡OOOOHHHH! —Alice gritó con emoción cuando recogió una concha de mar, haciendo soltar las demás al instante—. Tengo una idéntica. Mi padre me la regaló en mi último cumpleaños con él— le explicó mientras le mostraba el molusco y sonreía con nostalgia—. Siempre cargo con ella. Bueno, esta vez se quedó en el palacio junto a mis demás cosas, pero pronto regresaremos ¿verdad?
Castiel había dejado de escuchar. Su vista estaba posada detrás de ellos, a los arbustos que adornaban la playa.
Un crujido los alertó. El príncipe se llevó la mano a la espada que estaba sobre su cintura. En un par de horas el sol se ocultaría y aunque le encantaría que Alice observara la puesta de sol, tenía un grave presentimiento. El barco que había vigilado se había detenido. Y allí no era ningún puerto.
—Alice deberíamos irnos.
El tono apresurado le indicó que estaba pasando algo grave. No se atrevió a cuestionar, ni tampoco perdió tiempo poniéndose de vuelta sus zapatos.
Cuando estaban a punto de internarse en el sendero que los llevaría de regreso a la mansión de la duquesa, escucharon más ruidos, procedentes de todas partes de la pequeña selva que los rodeaba. Castiel instó a Alice a apresurarse, pero fueron detenidos por un hombre que bloqueaba el camino.
Castiel fue rápido para sacar su espada, pero en seguida hombres salieron de todas las direcciones, rodeándolos. Y cuando miró atrás, para cerciorarse de la seguridad de Alice, vio que era demasiado tarde. Uno de ellos le apuntaba directo al cuello con una cimitarra. Le partió el corazón ver a Alice aterrorizada.
—Vaya, vaya —uno de los hombres, el único que parecía vestir de manera decente (el líder, creyó Castiel) habló—. ¿Qué tenemos aquí? Una pareja de nobles despreciables. Lamentamos interrumpir su romántica cita.
—Suéltenla —el príncipe amenazó con la espada, un acto que parecía más irracional que valiente.
—Suelta la espada —el líder contestó aburrido.
Sus hombres se rieron, y el que tenía cautivo a Alice presionó aún más la hoja afilada, estaba a nada de cortar el blanco cuello de la chica. Castiel se rindió al instante. Fue obligado a caer de rodillas mientras era atado de manos.
—¿Quiénes son y qué quieren? —cuestionó.
—Queremos hablar con el rey y la reina.
—El rey está muerto —transmitía su furia a través de la mirada—. Mi nombre es Castiel I, de la familia real Moncrieff, heredero al trono de Amoris.
—Ah, el famoso principito —el hombre, que más bien parecía un muchacho de no más de veinte años, se llevó la mano a la barbilla, en un gesto pensativo— . Oh bueno —alzó los hombros—. Tú y la dama servirán. Llévenlos al barco.
Y mientras eran transportados al barco que Castiel había observado con anterioridad, distinguió el dibujo de una calavera negra en cada una de las velas.
Piratas.
Me gusta interrumpir momentos bonitos XDD Estaba muuuuy emocionada porque ya leyeran este capítulo, me ha encantado escribirlo y dejarles con la intriga de qué será de nuestros protagonistas.
Muchas gracias por leer. Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl. ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
