Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.

ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 17 ~

Anteriormente en Another Cinderella: Charlotte Leclair, con el permiso de la reina para entrar y salir del palacio, ha comenzado a ejecutar su plan contra Alice. Castiel, cada vez más confundido por sus sentimientos hacia Alice, decide ir a vistarla a Candy y mientras daban un paseo por la playa fueron secuestrados por piratas.

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Definitivamente Ámber estaba en un aprieto. No había visto a Charlotte Leclair desde la mañana y se había aburrido de estar todo el día encerrada en la misma elegante habitación que había visto en los últimos días. Salió a los alrededores con el pretexto de encontrarla y, de ser posible, tomar prestada alguna de las incalculables reliquias que había por todas partes, dentro y fuera del palacio. Alguna a la que le podría sacar provecho y que nadie notara su ausencia.

No tuvo éxito en ninguna de las dos búsquedas y cuando se disponía a regresar se percató que estaba un poco desorientada.

El palacio estaba repleto de pasillos interminables y puertas misteriosas. Abrió una al azar y se dio cuenta que salía al exterior. Entonces la idea de rodear la enorme construcción por fuera para encontrar la entrada principal pasó por su mente. Era un fastidio caminar, pero por lo menos estaría segura de llegar a su destino. No había dado ni tres pasos fuera cuando alguien comenzó a seguirle.

—Señorita Lowell —Ámber se asustó al escuchar su nombre, pero la conocida voz hizo que su rostro inmediatamente se tornara en disgusto. Dio la vuelta y se encontró con él. El guardia entrometido—. ¿Perdida de nuevo? Permítame escoltarla hasta los aposentos de su ama.

La chica frunció el ceño cuando el guardia galantemente le ofreció su brazo. La gran sonrisa insistente que había en él hizo que aceptara la invitación a regañadientes.

—Usted ya supone muchas cosas sobre mí —reclamó con grave molestia—. Y ni siquiera sé su nombre.

—Pero estoy en lo correcto ¿no? Es parte de mi trabajo, señorita Lowell. Conocerlo todo y a todos —él nunca borró su sonrisa, lo que enfadó aún más a Ámber—. Armin Krieger, Líder General de la Guardia Imperial y Capitán de la Tropa de Élite, a su servicio.

Armin notó una ligera agitación en el brazo de su acompañante cuando mencionó el cargo que ostentaba; mientras que Ámber pensaba que debía deshacerse de él lo más pronto posible.

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Desde uno de los grandes ventanales del segundo piso del palacio, otro par de guardias observaban la divertida situación que se estaba desarrollando bajo sus ojos.

—¿Armin y su nueva conquista? —comentó Kentin, mientras veía a su Capitán comportarse como todo un caballero.

Alexy se rió.

—Víctima, querrás decir. Cuando sospecha de alguien, se le pega como una lapa con el afán de verlo sufrir hasta que confiese.

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Alice estaba realmente asustada. Por cada golpe que Castiel recibía, ella ahogaba un grito en su garganta. Apretaba tan fuerte sus dientes que casi le sangraban los labios, pero las lágrimas bajaban por sus mejillas sin restricciones. No podía moverse, al seguir amenazada con la hoja afilada de una cimitarra en su cuello.

Castiel, por el contrario, forcejeaba todo lo que su cuerpo restringido le permitía. Aún atado con los brazos en su espalda, trata de defenderse e incluso regresar algún daño sin conseguirlo, teniendo como resultado más puñetazos. Los hombres a su alrededor reían con el espectáculo.

Alice solo podía cerrar sus ojos para evitar ver la cruel escena.

—Basta —ordenó el líder, ajeno a la violenta riña. Al instante todos los hombres obedecieron.

Castiel se incorporó sobre sus rodillas, con la respiración agitada.

—¡Exijo que suelten a la señorita! —ordenó con furia. Trataba de ocultar su propio dolor físico para no asustar más a Alice— ¡E identifíquense inmediatamente!

—Oh, bueno —el pirata lea respondió mientras caminaba de un lado a otro sobre la cubierta del barco con aire aburrido—. Debido a que probablemente estén muertos al amanecer supongo que te concederé tu segundo deseo. Mi nombre es Dajan, y comando esta humilde tripulación. Nosotros somos simples sirvientes de una reina que gobierna con mano dura pero con justicia. Nuestra misión, como es el deseo de La Gran Matriarca, es juzgar de la misma manera al resto del mundo. Liberar a los débiles que viven bajo el yugo opresor de gobernantes incompetentes y premiar a aquellos que obren con rectitud. Establecer alianzas con los que acaten nuestras solicitudes y exterminar a aquellos que se opongan a nuestros preceptos—. Dajan se detuvo mientras observaba el mar, con el sol bajando en el horizonte en la dirección contraria a Amoris—. Tu gente conoce a mi país como Las Islas del Oeste.

Alice sintió un gran escalofrío cuando recordó sus últimas lecciones. Situadas al otro lado del Mar Occidental, se encontraban un conjunto de islas prácticamente inaccesibles: por su ubicación, perdidas en algún punto del vasto océano, y por la misma gente que ahí residía. Rosalya había descrito a sus habitantes como seres salvajes, aislados del resto del mundo. Numerosas leyendas rondaban aquel lugar tan hermético, al que pocos se atrevían a siquiera nombrar. El príncipe, por supuesto, conocía esa información.

—¿Qué quieren de Amoris?

—Nos han llegado rumores de un reino cuyos dirigentes son inútiles. Nuestro informante ha presenciado a una reina ingenua y el gobernar de un rey asustadizo, débil e inepto para el cargo. No me sorprende que yazca en una tumba.

—Infames mentiras —replicó Castiel mientras escupía al suelo. Alice pudo notar la sangre mezclada en la saliva. Dajan se rió.

—Por lo menos el heredero tiene cojones al no ocultar su identidad como una sucia gallina. Nuestro objetivo eran los reyes pero veo que te sacrificaste con valentía, cualidad admirable pero inútil en un difunto líder. Llegó el momento del juicio Alteza, junto a la dama pagarán por los pecados de sus antecesores y traerán verdadera libertad a su pueblo.

Dajan dio una orden y Alice fue obligada, a punta de espada, a caminar a un lado de Castiel mientras que con brazos también eran restringidos con una cuerda tras la espalda, igual que el príncipe.

—¡Suéltenla! —Castiel rugió tan fuerte que casi se desgarra su garganta—. Ella no tiene nada que ver.

Dajan miró al heredero con incredulidad.

—¿No es tu novia? Parecían tan acaramelados allá en la playa. No dejabas de desnudarla con la mirada. Aunque…no te culpo —con parsimonia se dirigió al lugar de Alice mirando todos sus atributos de arriba hacia abajo. Con el dorso de su mano recorrió el contorno de su rostro, Alice se apartó inmediatamente a su toque. Castiel observó con inmensa rabia todos sus movimientos—. Si la señorita tan solo hubiese llegado al trono, sería una reina muy bella. Comparte tu destino, por lo que es igualmente culpable.

—No te atrevas a ponerle ni un dedo encima —con la voz tan grave y la mirada afilada, Castiel se asemejaba a una fiera salvaje a punto de atacar. Dajan no se intimidó.

—Descuida. Aún si las circunstancias fueran diferentes, mi ética me impide tocar a una mujer con dueño —le dijo riéndose, pero en lugar de apartarse se acercó más a la chica y le susurró al oído—. A menos que ella quiera, claro.

Castiel con la ira apoderándose de él, estaba a punto de saltar para defender a su prometida, pero tanto las ataduras como las espadas de los hombres que los rodeaban le impidieron moverse. Todos los piratas tenían puesta su atención el él. Por la conmoción causada por el príncipe, Alice tuvo una ligera libertad por algunas fracciones de segundos. Al estar todos vigilando los movimientos de Castiel, no tenía ningún arma amenazándola, y las cuerdas en sus brazos aún no habían sido apretadas. Aprovechó el momento para apartar al pirata con un puntapié, que con suerte, sería lo suficientemente fuerte para librarse de él y hacer algo para rescatar al príncipe y huir. Falló en el intento, Dajan esquivó el golpe con diversión en su rostro.

—Suéltame —le gritó mientras más hombres terminaban de sujetar sus ataduras, esta vez sin ninguna consideración.

—Ah, la señorita también muestra sus garras. Me agradas preciosa —se alejó de ella y comenzó a caminar con mucha calma en torno a la pareja que ya había sido sometida, con aire pensativo—. Está bien —dijo, después de un rato—. Puesto que ambos muestran un poco de agallas, esta noche seré generoso. Tú vida o la de la dama. Elige una.

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Nathaniel no podía conciliar el sueño. Rodó una y otra vez sobre el montón de paja que había en un rincón de su taller de herrería, una improvisada cama. No tenía ánimos de regresar a su hogar, solo serían gritos y reclamos por no conseguir más para la comida. Apenas si veía a sus padres, a su hermana mucho menos.

No podía dejar de pensar en la propuesta de Charlotte. Una parte de él le decía que no era un tema en el que debía inmiscuirse. Si Alice estaba sufriendo en el palacio, lo merecía por haberse dejado llevar, por haber sido infiel.

Pero la otra, leal a su orgullo, le decía que tenía que hablar con ella y esclarecer el asunto, como Leclair le rogó. Debía escuchar por su propia boca los motivos que le llevaron a tomar todas las fatídicas decisiones que los condujeron a la situación actual. Sólo así cerraría ese tema para siempre.

Y una pequeña, muy, muy, pequeña parte de él se preocupó por la clase de cosas terribles estaría pasando la chica a la que en el pasado quiso con todo su corazón. Habían transcurrido varios meses desde que la había visto en ese mismo taller y por primera vez, en mucho tiempo, se cuestionó sobre la seguridad de Alice Arlelt.

—Qué importa— se dijo dejándose dominar por su orgullo de nuevo—. Probablemente está durmiendo cómoda en brazos de su príncipe.

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—Si eliges enfrentarte al juicio, ella quedará libre y tú obtendrás un corte limpio directo en el pecho. Morirás desangrado —el pirata desenvainó su espada y presionó la punta afilada justo donde se encontraba el corazón del príncipe. Había mucha gravedad en los ojos dorados de Dajan, mientras hablaba con Castiel—. En cambio, si valoras más tu propia vida, esta noche ella —señaló ahora a Alice— descansará en el fondo del mar.

Alice dejó de respirar en cuanto escuchó el terrible destino que le esperaba a uno de ellos dos. Mil planes de escape se estaban formando en su mente, todos con grandes fallas y sin probabilidades de éxito.

Si tan solo la Guardia Imperial notaran su ausencia. Si tan solo no estuviera limitada por las cuerdas. Si tan solo supiera tomar una espada y luchar. Si tan solo no le hubiera confesado a Castiel su estúpido deseo de conocer el mar, no estarían en esta situación.

No concebía la idea de la muerte de algunos. Hacía tan solo unas horas atrás, todo marchaba bien. Se sentía feliz. No le temía a nada. ¿Por qué tenía que cambiar todo?

Giró su cabeza para ver al príncipe a su lado. A diferencia de ella, que estaba temblando por la circunstancia, él permanecía impasible. Había una excesiva determinación en sus ojos. Y entonces ella lo comprendió.

El trato que el pirata les estaba ofreciendo era igual de cruel que su plan inicial, pero si uno de los dos debía salvarse, estaba segura que debía ser el príncipe. Después de todo ¿quién extrañaría a una chica pobre del Tercer Distrito? Nadie notaría su ausencia. Él, en cambio, tenía que dirigir a toda una nación. Y Alice estaba segura que llegaría a ser un excelente gobernante.

—¿Ca-castiel? —la voz le tembló mientras lo llamaba, un nudo se formó en su garganta—. El juicio… debo ser yo ¿verdad?

El príncipe no quiso escuchar las palabras de Alice. Morir a temprana edad no estaba en sus planes, pero para él era más que clara la respuesta a tan sombría encrucijada.

En medio de toda aquella desesperación, del llanto que salía de los aterrados ojos de Alice, y de su propio miedo a la muerte, encontró el verdadero nombre de aquel sentimiento indescriptible que lo había aquejado, al que le daba miedo averiguar, al que estaba renuente a aceptar. Algo que había nacido con demasiada facilidad, pero no por ello era débil ni mucho menos fugaz, lo apreciaba desde lo más profundo de su corazón.

Si tres días fueron suficientes para darse cuenta de que no soportaba estar alejado de Alice, no se imaginaba toda una vida sin su voz, sin su sonrisa, sin la calidez tranquilizante que ella misma emanaba. Vivir sin la presencia de Alice equivalía a la muerte misma.

En los últimos minutos de su existencia, de manera egoísta –creía él– se atrevió a admitir para sí mismo que se había enamorado de Alice Arlelt.

Y su propia emoción le había brindado un gran valor para permanecer sereno y aceptar el destino que el pirata le imponía. Se iría a la tumba silenciosamente con el hermoso secreto en su corazón. Alice merecía a una mejor persona que él a su lado, alguien que no le hubiera hecho sufrir ni obligar a hacer cosas que no quería. Tendría el resto de su vida para encontrar su final feliz. Pero no con él, ni ahora, ni en cien años; estaba muy consciente de aquello.

Le dolía imaginar lo desgarrada que quedaría su madre al saber la noticia, ella y todo Amoris llorarían su muerte, y la corona que tanto anhelaba pasaría a la familia DeMeilhan, aún si su prima quería estar alejada lo más posible de las obligaciones reales. Pero nada de eso le atormentaba si Alice se encontraba bien. Viva.

Con una inquebrantable determinación, clavó su mirada en la de Dajan.

—Ella quedará intacta ¿es así?

—¡Castiel, no! —gritó Alice cuando percibió la intención del príncipe. Él decidió ignorar la desesperación de su voz, por más que le dolía verla de esa manera—. Yo soy reemplazable, ¡Amoris te necesita a ti!

Castiel quiso gritarle que eso era mentira, que nunca encontraría a otra persona igual a ella. Un verdadero rey se sacrifica por su pueblo. Y él se sacrificaría por la dueña de su corazón.

—¿Tengo tu palabra?

—Por mi honor de pirata —contestó mientras ponía su mano derecha sobre el pecho, un acto de juramento—. Tu chica saldrá de este barco ilesa.

—Adelante. Haz lo que te plazca conmigo.

—¡No! —Alice gritaba todo lo que sus pulmones le permitían. Comenzó a forcejear con impotencia, los demás piratas la retuvieron. De lo único que el príncipe de Amoris se arrepentía es que, aún en su lecho de muerte, le seguía haciendo sufrir aunque se había propuesto no hacerlo nunca más.

—Eliges a tu amada encima de tu propia vida —declaró el pirata mientras abría una puerta que conducía a su camarote— Entra. El espectáculo no será digno de los bellos ojos de la dama.

Castiel avanzó con paso lento pero con firmeza, su cabeza en alto y sin vacilar. Solo una vez miró atrás, para grabar en su memoria el hermoso rostro de Alice, ahora sumido en la desolación.

Y cuando la puerta se cerró, Castiel suplicó a todos los cielos que Alice, que su querida Alice estuviera bien y tuviera una larga y plena vida.

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La habitación estaba en completa oscuridad, Castiel tardó un par de segundos en acostumbrarse a la penumbra. Dentro de sí, rió con amargura. Probablemente nadie se imaginaba que en esos momentos la vida del futuro rey de Amoris estuviera siendo eliminada en un rincón maloliente como aquel.

Dajan encendió una vela, la débil luz fue suficiente para que Castiel observara que había una mesa con dos sillas delante de él.

—Alteza, toma asiento —dijo el pirata mientras hacía lo mismo. Dudó, pero terminó obedeciendo—. ¿Qué has oído de mi querida patria?

—Iletrados. Ermitaños. Bárbaros —describió con mucho odio en su voz—. Nadie sale vivo de las islas.

—Infames mentiras —Dajan sonrió, citando las palabras anteriores del príncipe. Había tristeza en su mirada—. Mis amenazas son ciertas, Alteza. Nuestra reina nos ha enviado al mundo con un propósito en mente que debemos cumplir. No me sorprende que aún piensen en nosotros como unos completos salvajes pero ya han pasado décadas desde que nuestro reino sufrió un cambio radical. La Gran Matriarca ha visto que la necedad de las generaciones anteriores ha traído como resultado a un país sin asociados, un lugar que poco a poco va quedando atrapado en el pasado. Anticuado en los avances tecnológicos y futuramente vulnerables a cualquier amenaza.

—¡Bien! —dijo Castiel—. De esa manera mis tropas arrasarán con todos sus habitantes por matar a su futuro rey.

—Vaya, creo que nos evitaríamos la guerra si la señorita se sacrificara por su reino.

—Te equivocas —replicó—. Sería mucho peor. Si Alice resultara con tan solo un rasguño, yo mismo me encargaría de decapitar a cada una de las malditas personas de este barco. Una guerra se volvería asunto personal.

—Promesas vacías de un cadáver —el pirata no se inmutó por las amenazas del príncipe—. Tengo entendido que en Amoris tienen una tradición muy romántica que los herederos al trono deben seguir.

Castiel asintió con desconcierto, sin saber a dónde iba aquella conversación. Estaba punto de recitar la tradición que debía cumplir, pero Dajan se adelantó.

—«Antes de que un rey asuma su cargo, antes de que sea digno de una corona, debe ser dueño bondadoso del corazón de una dama. Así, al cuidar de ella con ternura, cariño y toda cualidad derivada del amor, demostrará que es digno de cuidar con el mismo afecto al pueblo de Amoris». Una tradición un poco arcaica —dijo con burla—. Nuestro informante declaró hace meses que el heredero no es capaz de sentir amor por nadie. Que es desconsiderado e insensible. Alguien con un corazón de hielo. Pero la vida da muchas vueltas. Dime, ¿consideras que has cuidado de tu chica con amor?

Castiel escuchó cada acusación apretando los puños tras su espalda. Era la segunda vez que el pirata mencionaba a un informante, alguien lo suficientemente cercano a él y a su familia para dar referencias distorsionadas, con el motivo de verlo caer. Sintió más rabia.

—¿Quién es el traidor? —demandó saber.

—Entenderás, Alteza, que aunque estás a punto de morir no voy a revelar mis fuentes. Nosotros no somos delatores —negó la petición de Castiel con una sonrisa—. Contesta mi pregunta. ¿Consideras que has tratado con ternura a…? ¿Cuál era su nombre? ¿Alice?

Se revolvió en su asiento con incomodidad.

—Trato de hacerlo.

—¿Por qué? —cuestionó con severidad—. ¿Es tu boleto a la corona? ¿Si no te casas con alguien no podrías reclamar el trono que te pertenece por nacimiento?

Castiel se rió con ironía. En un principio, eso era cierto. Buscó y amenazó a Alice porque era el camino más rápido para obtener su título como rey. En el proceso le destruyó su plan de vida, la hizo sufrir por sus egoístas caprichos. Pero en los últimos meses las cosas habían cambiado. Llegó a conocer la extraordinaria persona que se ocultaba debajo de esa capa de dolor que él mismo había provocado. Y encontró al ser más maravilloso que pudiera existir. Si pudiera, pasaría toda la vida desvelando cada uno de sus misterios y curando cada una de sus heridas.

—Porque es la mejor persona que he conocido en mi vida —dijo al fin, con una honestidad tan grande que no le quedó dudas a Dajan de la veracidad de sus palabras—. Es una mujer con enorme inteligencia, con bondad desinteresada y valentía. Y no merece sufrir más de lo que ya ha hecho.

Dajan sonrió y se puso de pie. Hizo el mismo gesto meditativo que ya había presenciado en la cubierta, solo que esta vez tardó un poco más en volver a hablar.

—Muy bien —dijo—. Alteza Real, Príncipe Castiel I de la familia real Moncrieff, heredero al trono de Amoris —habló con mucha solemnidad mientras recitaba todos los títulos—. Has sido juzgado —sacó de sus ropas un chuchillo, la hoja afilada brilló bajó la luz de la vela. Castiel cerró sus ojos con suavidad, recreando en su memoria por última vez el rostro de Alice, y todos los momentos agradables que vivió junto a ella: Sus paseos en el jardín de rosas, sus conversaciones al lado de la fuente. Su sorpresa al conocer el mar. Se permitiría morir con ese pacífico recuerdo en su mente. En silencio esperó que el pirata ejecutara su sentencia y clavara el arma en su pecho. Los segundos pasaron y el golpe nunca llegó—. Y te he encontrado libre de culpa.

Castiel abrió inmediatamente los ojos, con una mezcla de sorpresa, confusión y alivio por la declaración de Dajan.

—¿Qué significa esto?

—Te lo dije, nosotros eliminamos a gobernantes incompetentes, pero premiamos a aquellos que no lo sean. Tu sacrificio me ha conmovido. Y esta noche has recibido tu vida como galardón por tus acciones. Bueno —se detuvo con inseguridad—, aún corres riesgo pero tendrás la oportunidad de salir por tu propio pie de aquí si escuchas nuestras peticiones.

El príncipe comenzó a valorar la situación, mientras el pirata utilizaba el cuchillo para romper las ataduras del príncipe.

—Escucho.

—Demandamos algo tan simple como una alianza. Si mi patria lo necesita, tú y tus tropas acudirán a su rescate. Y viceversa. Ahora necesitamos reforzar el cuidado de nuestra gente. Y el futuro rey de Amoris es justo el tipo de persona que nuestra reina busca como aliado.

Castiel comenzó a meditar en las palabras mientras se frotaba sus muñecas. Su piel estaba marcada por tiras rojas en donde habían estado las cuerdas.

—Exiges imposibles. Mi poder sobre Amoris ahora mismo es escaso —dijo mientras notaba la decepción en el rostro del pirata—. Pero —añadió con una fuerte audacia— en cuanto sea coronado, ten por seguro que Amoris y Las Islas del Oeste comenzarán relaciones amistosas.

—¡Estupendo! —celebró Dajan, mientras abría un cajón del escritorio y sacaba dos copas y lo que parecía ser una botella de vino. Vertió el líquido en cada una de las copas y le ofreció una a Castiel.

Él dudó en tomarla. Nunca comía o bebía algo que no fuera hecho por el cocinero real, ni probado antes por un catador, por precaución. No podía estar seguro de la calidad de las bebidas o los alimentos, por ello jamás comía fuera del palacio y ahora que sabía que un traidor estaba rondando, debía ser más precavido. Detestaba no poder saber quién de verdad era su aliado. Con excepciones.

—Este es el juicio final, Alteza —dijo el pirata con mucha gravedad al ver la indecisión del príncipe—. La última prueba que demostrará que tus palabras no son vacías y que de verdad has puesto tu confianza en nosotros.

Sin otra alternativa, Castiel tomó una gran bocanada de aire antes de beber de un solo trago el vino. El líquido fuertemente alcoholizado quemó su garganta.

—¿Y bien? —el pirata inquirió con mucha curiosidad, parecía divertido al ver que Castiel no ocultó su rostro de desagrado.

—Sabe a mierda —dijo quejándose del amargo sabor de la bebida. Dajan soltó una carcajada—. Dime —continuó hablando mientras Dajan bebía su propia copa sin mostrar ningún indicio desagradable—. Si a final de cuentas buscaban un aliado… ¿la paliza era necesaria?

—La disciplina física refuerza el carácter de un hombre, solo doblega a los débiles. ¿Tanto te preocupan tus heridas?

—No —contestó de inmediato—. Asustaron a Alice.

—Estoy seguro que la extraordinaria bondad de la futura reina le permitirá perdonarnos —Dajan alzó los hombros mientras servía el líquido por segunda vez en la copa de Castiel—. Esto te aliviará el dolor.

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—Majestad —Charlotte entró a los aposentos de la reina sumida en una profunda perturbación. Su plan fallido con el príncipe el día anterior le había encolerizado más de lo que pensaba. Necesitaba ver caer a Alice en ese mismo instante y recurriría a su influencia con la reina de Amoris para lograrlo.

La reina estaba de pie en medio de su habitación utilizando un precioso vestido tan deslumbrante que parecía estar hecho de oro y diamantes.

—Charlotte, querida. ¿Qué te parece este vestido? —la reina giró sobre sí misma, la tela bailó con el movimiento—. La fiesta de compromiso de mi hijo con mi querida Alice está a unos días y el tiempo nos apremia. Ordené confeccionar estas prendas solo para la ocasión.

Charlotte se paralizó por unos instantes, al comprender las palabras de la reina. La fiesta sería en exactamente siete días más y su tiempo se reducía, pero recordar su motivo para estar allí le dio fuerzas para seguir hablando. No podía fallar.

—De eso le quería hablar, Majestad. He escuchado algo terrible que…

La reina le interrumpió, había una gran sonrisa en sus labios.

—¿No te parece que Alice es encantadora?

—¿Qué?

—Sin duda que mi hijo no podía haber encontrado un mejor partido —dio un gran suspiro antes de continuar hablando—. He comprobado por mis propios medios que es una señorita amable, encantadora e inteligente. Y mis ojos nunca fallan. Ay, la extraño demasiado. Mi querido Cassy también, no puede vivir sin su querida prometida. Esta misma mañana partió hacia Candy en su búsqueda, tan romántico como su padre —la reina juntó sus manos, mientras recordaba con gran melancolía a su difunto esposo. Después notó el silencio de Charlotte—. Querida, estás muy alterada. ¿Te sientes mal?

Ella negó con su cabeza.

—No es eso, hay algo que le quiero advertir. Es sobre la señorita Arlelt.

—¿Algo malo le pasó? —el rostro de la reina estaba aterrado. Sintió sus fuerzas menguar, se sentó en uno de los muebles cercanos—. Dime que no, no soportaría verle con algún daño. No me digas malas noticias por favor. Mi salud no lo resistiría.

La mirada de la reina era suplicante, y Leclair no tuvo valía para continuar hablando. Alice Arlelt, pensaba ella, era una chica tan rastrera que se las había arreglado para tener la aprobación de la reina en tan poco tiempo. Si revelaba los secretos de ella, podían pasar muchas cosas.

A juzgar por las alabanzas hacia Arlelt, la reina no le creería. Tendría que desafiar la aprobación que ya había dado sobre la prometida del príncipe. Podría incluso perder su posición en la sociedad amoriense.

Y si su Majestad realmente se viera afectada por la noticia hasta el punto de perecer, Charlotte perdería todas sus influencias en la familia real. No habría ningún impedimento para que Castiel fuera coronado y Alice, en cuanto contrajera nupcias, sería inevitablemente nombrada como reina.

Su plan tenía grandes huecos y el tiempo se agotaba. Necesitaba, de alguna otra manera, eliminar a Alice y ganarse el corazón del príncipe si quería gobernar sobre Amoris. Tenía siete días para lograrlo, y estaba casi segura de contar con la ayuda de Nathaniel Lowell. Solo tenía que aguardar por el regreso de la señorita para hundirla.

—Charlotte, de verdad estás muy pálida —dijo la reina, ante la mudez de la chica—. ¿Mantenerte atada a mí ha sido contraproducente en tu salud? Me siento tan culpable. Regresa a tu casa y descansa.

Leclair, en lugar de tranquilizarse, se alteró aún más por la proposición del la reina, debía seguir dentro del palacio a como dé lugar.

—M-me encuentro en perfecto estado. No necesita preocuparse por esta súbdita.

—Tonterías —sentenció la reina—. Como dije, mis ojos nunca fallan. Regresa a tu hogar en este mismo instante —Charlotte hizo un esfuerzo por responder, pero la reina se adelantó—. Es una orden —había mucha firmeza en su rostro, que después suavizó en una gentil sonrisa—. Descuida, nos volveremos a ver en la fiesta de compromiso.

Charlotte Leclair salió de los aposentos de la reina con su actitud altiva como era habitual en ella. Caminó entre los pasillos del palacio sin titubear y sin mostrar ningún signo de derrota.

Y solo cuando llegó a su habitación –la que pronto tendría que abandonar– pudo dejar salir su cólera. Comenzó a destruir todo lo que había a su paso.

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Alice había perdido la noción del tiempo. Las estrellas brillaban con intensidad sobre el firmamento y la luna se reflejaba en las salvajes olas del mar que se mecían de un lado a otro. La noche exponía una preciosidad asombrosa, pero ella, devastada, era incapaz de admirarla. Lloró hasta que sus ojos se secaron, gritó hasta quedarse sin voz y luchó hasta perder las fuerzas.

Debido a su desesperación por impedir que Castiel entregara su vida, los piratas trataron de retenerla atándola a uno de los mástiles. La dejaron a su suerte, mientras cada uno de ellos se dedicaba a su labor asignada en el barco.

Castiel, pensaba ella, estaba muerto y no pudo hacer nada para evitarlo. Se sentía culpable. Ella no valía lo suficiente para ese intercambio tan disparejo, era un desperdicio de vida. ¿Por qué tuvo que hacerlo? ¿Por qué fue tan idiota? Las lágrimas amenazaban con regresar.

—Vamos, señorita —le dijo uno de los piratas, riéndose—. Anímese.

—Me niego a dirigirle la palabra a unos cobardes asesinos —espetó apretando los dientes, con furia e impotencia.

—¿Asesinos? —se miraron unos a otros con rostro indignado, y después se echaron a reír—. Nah, no le pasará nada a su novio. Podría decir que jamás vi a un hombre defender con tanta pasión a su mujer.

—No sé quién es el afortunado aquí —dijo otro—, si usted por ser tan amada, o el señor por tener a su lado a una dama tan bella que le llora inconsolablemente aún si no ha muerto.

Estaba a punto de preguntar a qué se referían, cuando la puerta del camarote que se había cerrado horas atrás fue abierta con un gran estruendo.

Alice abrió sus ojos con mucha fuerza y sintió que el alma le regresó al cuerpo cuando vio que Castiel salió del camarote. Cabizbajo y tambaleándose, pero con vida. Lo acompañaba el pirata que, con evidente rostro de diversión, le apoyaba para que pudiera dar un paso correctamente.

—¡Castiel! —gritó con gran alivio. Los piratas comenzaron a desatarla. Él alzó su mirada en búsqueda de su voz, y cuando la visualizó, se echó a reír.

—¡Aliiiiiiiiiiice! —dijo, mientras se dirigía a ella en medio de trompicones. Había algo extraño en su voz—. Estás con vida. ¡Momento! —se detuvo señalando a los hombres que rodeaban a Alice—. Quítenle susss suciass manos de encima a mi pr-prometida.

Castiel avanzó hasta Alice, a punto de caer en varias ocasiones. Solo cuando lo tuvo suficientemente cerca, ella pudo notar que ni sus pasos vacilantes, ni la mirada en ocasiones perdida, ni el aroma a vino eran normales. Y con la copa vacía que llevaba, no le quedaba ni una menor duda, el príncipe de Amoris estaba totalmente ebrio.

—Ah, así que se van a casar —dijo el pirata. Castiel lo miró con una expresión que decía que la pregunta era demasiado absurda—. No vi ningún anillo de compromiso —explicó.

Castiel alzó una mano al cielo.

—¡ANILLO! —declaró—. Necesitamoss un anillo. Llaamen al joyero real. Quiero que mi linda Alice tenga eldiamante más grande. No no no. Un zafiro… ¡Esmeralda! —se detuvo a contemplar el rostro de Alice y después sonrió—. Combina con sus ojos. Ah. No. Rubí, un rubí. ¿Donda está Lysandre? Lysandreeeeee —Castiel comenzó a llamar una y otra vez a su consejero y buscarlo entre la tripulación del barco, quienes disfrutaban del espectáculo. De vez en cuando le jugaban una broma, diciendo haber encontrando al hombre que el príncipe buscaba, solo para que este se llevara una decepción. Castiel comenzó a discutir con ellos entre hipos, balbuceos y tropezones.

—¿Qué ha pasado? —Alice, en cambio, parecía más preocupada por la actitud extravagante del príncipe. Nunca lo había visto actuar tan informal (o irracional, no se decidía) como en esta ocasión.

—Tu chico tiene resistencia, ya lleva diez copas de nuestro más preciado elixir —Dajan se acercó a ella, le mostró la botella casi vacía de la bebida que había estado consumiendo—. Exclusivo de las viñas de nuestra patria, es el vino más fuerte que hay sobre la faz de la tierra. La mayoría de los hombres que lo toman se desploman al tercer trago.

—DAJAN —justo en el momento en el que el mencionado decía su explicación, Castiel llegó a donde estaban ambos, y al ver la proximidad entre el pirata y su prometida, se irritó. Para remediarlo, pasó su brazo encima de los hombros de Alice y la atrajo a sí, alejándola algunos pasos de él.

—Tranquilo —le dijo al ver su rabieta. Sin embargo Alice no sabía cómo reaccionar. Estaba dividida entre inquietarse por el estado de Castiel o ruborizarse por todas las atenciones que estaba teniendo para con ella—. Es tu chica, no voy a hacerle nada.

Castiel sonrió complacido con la respuesta.

—Mi buen amigoo. Sírveme otratrago de esa mierda de caballo —extendió su copa, sin dejar de abrazar a Alice—. Sabe muy bien.

—Creo que ha sido suficiente —dijo Alice arrugando su frente mientras trataba de sostener al desestabilizado príncipe. Ninguno de los dos le hizo caso.

—Por su puesto, Alteza —Dajan acercó la punta de la botella a la copa, pero antes de inclinarla para verter el líquido, se detuvo—. Ah, pero a nuestra reina le encantaría venir a la boda real. Ama ese tipo de celebraciones. No olvide enviarle una invitación.

—Sisisisi —contestó— loquesea.

—Que no lo olvide —advirtió a Alice. Prosiguió con sus intenciones, pero antes de que el líquido saliera de la botella, Castiel cayó de bruces al suelo, arrastrando a Alice con él. Había perdido la conciencia.

—Bueno, hasta ahí llegó —había decepción en la voz de Dajan, la diversión se había terminado—. Llévenlos a la orilla.

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—Señorita, como lo prometimos, están en tierra firme —dijo Dajan, ayudando a Alice a bajar de la canoa con delicadeza, mientras que dos de sus hombres arrastraban el cuerpo inconsciente del príncipe y lo dejaban sobre la arena sin ninguna consideración.

—No entiendo qué es todo esto.

—Él —señaló a Castiel— hizo alarde de tu extrema inteligencia, señorita. Supongo que te será fácil sacar propias conclusiones. O espera a que despierte y te diga todo lo que necesitas saber. El efecto pasará en un par de horas… O días, nunca lo sé. Asegúrate de consentirlo lo suficiente, fue muy valiente al sacrificarse por tu vida. Pocos hombres desbordan una pasión tan profunda por su querida —Dajan le guiñó un ojo, mientras la canoa se alejaba de la orilla y regresaba al barco—. Nos vemos pronto, princesa.

Mientras Alice veía la partida de los piratas, escuchó que Castiel lanzaba un quejido. Corrió a su lado.

—Castiel —le llamó con preocupación, mientras sostenía su cabeza—. ¿Qué pasó?

El abrió los ojos y se comenzó a reír.

—Tengo nuevos amigos.

—¿Qué? —exclamó confundida—. Pero ¡nos iban a matar!

—Nononono —el príncipe comenzó a manotear mientras negaba. Después se detuvo—. Bueno sí. Pero no. Son unos malditos bastardos —se volvió a reír mientras seguía hablando de las islas y de excrementos equinos.

Alice rompió un trozo de su vestido que a esas alturas estaba bastante maltratado, y corrió a la orilla del mar para humedecer la tela.

Se arrodilló al lado del príncipe y con cuidado comenzó a limpiar el rostro del príncipe que se había llenado de arena, y mientras realizaba la labor, con ayuda de la luz de la luna, fue capaz de ver pequeños cortes sobre su piel, algunos rastros de sangre ya seca, y zonas hinchadas que sin duda dejarían cardenales al día siguiente, producto de la paliza que había recibido por tratar de liberarse.

Su corazón comenzó a doler al ver el sufrimiento por el que el príncipe de Amoris había recibido sin rechistar. Y, por todos los cielos, había estado dispuesto a sacrificarse por ella, que no lo merecía.

—Estás loco —le recriminó, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. No sabía si por la tristeza de ver al futuro rey tan magullado, o por la alegría de verlo con vida nuevamente. O la mezcla de ambas.

—Nononono —hipó—. El loco es Lysandre. Y Armin, un poquito.

Comenzó a tararear una melodía despreocupadamente.

Alice recordó los acontecimientos de las últimas horas para encontrar una explicación lógica a la extraña situación, pero a su mente solo recurrieron los fragmentos que más le habían desconcertado.

«Mi linda Alice», había dicho. Alice estaba segura que Castiel nunca le había dedicado un cumplido más allá de un escueto te vez bien. Después comparó el color de su mirada con una piedra preciosa. «Combina con sus ojos». Nunca había recibido un cumplido tan bonito como aquel, y su corazón saltó emocionado.

Tampoco se imaginaba que el príncipe le podía abrazar de aquella manera. El poco contacto físico que habían tenido era cuando se tomaban del brazo para dar los paseos en el jardín. Y más recientemente se habían tomado de las manos.

¿De qué se trataba todo eso? ¿Eran tan solo una interpretación de su compromiso, como lo habían hecho durante los últimos meses? ¿O había algo más?

Castiel parecía bastante sincero en sus palabras. Y por supuesto, el acto de heroísmo/necedad del príncipe no podía pasar desapercibido.

«No dejabas de desnudarla con la mirada», las palabras del pirata saltaron en su mente e inmediatamente Alice enrojeció. Aún si actuaban como dos enamorados, el príncipe no podía verla de esa manera... ¿Verdad?. Alice quería encontrar por lo menos una respuesta a ese mar de dudas que cada vez se hacía más y más grande.

—Castiel —le llamó. El príncipe sonrió al escuchar su voz. Ultimadamente hacía eso, lo notó—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te sacrificaste por mí?

Castiel se incorporó y se sentó sobre sus piernas cruzadas. Sus rostros se encontraron a la misma altura. En esa pose tan relajada, parecía más un muchacho de dieciocho años sin ninguna carga pesada en sus hombros que un príncipe heredero a la corona.

—Tú eres importante —contestó. Alice no quedó conforme con su respuesta.

—¿Importante? ¿Para nuestro plan, para la seguridad de Amoris?

Castiel relajó su mirada. Extendió su mano y con mucha suavidad acomodó tras la oreja algunos mechones de cabello de Alice que danzaban con el viento marítimo. Su mirada reflejaba mucha ternura.

—Para mí.

Alice enmudeció, tratando de comprender las palabras del príncipe. Su corazón saltaba como loco. Le faltaba el aliento.

Castiel pasó su mano hasta el mentón de Alice, acariciando su mejilla, y sostuvo su barbilla con mucha delicadeza. La miró de manera indescifrable, Alice se estremeció bajo sus ojos.

El rostro del príncipe comenzó a avanzar peligrosamente lento hacia el de ella, alcanzaba a sentir su respiración chocando en su piel. Alice podía advertir los fuertes latidos de su corazón saltando sobre su pecho. No se pudo mover. O no quiso hacerlo.

Fijó su mirada en los labios del príncipe, casi rozando los suyos. Se vio tentada a cerrar sus ojos y únicamente esperar lo que fuese aquello. No trató de huir, ni apartó al príncipe y su propia decisión desordenó sus ya revueltos pensamientos todavía más.

Y entonces, justo cuando la distancia que separaba a Castiel de ella se reducía al grosor de un cabello, el príncipe se desplomó cayendo encima de Alice.

Se había quedado dormido en los brazos de quien era la dueña silenciosa de su amor, dejando a Alice con muchas más dudas y un gran revuelo en su mente y corazón.

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Dajan observaba la extensión de tierra que pertenecía a Amoris, perdiéndose cada vez más en la distancia.

—Los rumores fueron falsos —dijo a su tripulación—. La reina de Dolce es hábil para la mentira, ya no podemos confiar en ella. Regresemos a casa —ordenó y pronto los hombres comenzaron a ajustar las velas y redirigir el timón, contentos por saber que su largo viaje había terminado. Dajan echó un último vistazo al mar—. El futuro de Amoris será muy interesante —añadió para sí mismo.


Lo mismo del capítulo anterior: Me gusta interrumpir momentos bonitos XD. Como siempre, muchas gracias por leer, espero que hayan disfrutado el capítulo. Me gustó demasiado escribirlo, a pesar de la paliza al príncipe (perdón Castiel :P ). Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl.

Muchas gracias a lotus-san por tu comentario, es un gusto volver a leer tu opinión :)

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!.