Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 18 ~
Anteriormente en Another Cinderella: Después del incidente con los piratas, Castiel reconoce su amor por Alice, mientras que en el Primer Distrito, Charlotte y Ámber buscan la manera de acabar con ella.
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Ámber entró a la habitación de Charlotte Leclair e inmediatamente se detuvo, aterrorizada al ver las desastrosas condiciones en las que se encontraba. Cortinas rasgadas, trozos de porcelana de jarrones rotos esparcidos por el piso. Como si una tempestad hubiera ocurrido dentro de las paredes, dejando destrucción a su paso.
Leclair se encontraba sentada cerca del balcón, cuyas puertas estaban abiertas dejando filtrar los últimos rayos del sol. Sostenía una taza de té con demasiada serenidad, ajena al desastre que ella misma había provocado.
—¿Qué ha pa…?
—Cierra la puerta —demandó en cuanto la rubia entró al recinto. Ámber aunque confundida acató la orden—. ¿Tienes la invitación?
Lowell cruzó la habitación entre los muebles tirados y los vidrios despedazados. Buscó un sobre entre sus pertenencias, el mismo que había escondido de su hermano tres semanas atrás. Charlotte leyó directamente del papel una vez que se lo entregó.
Los Moncrieff, Familia Real de Amoris; así como la familia Arlelt, están muy complacidas en invitarle a la Fiesta de Compromiso de Su Alteza Real Castiel Moncrieff, príncipe heredero al trono de Amoris, con la señorita Alice Arlelt.
Estrujó el papel con inmensa rabia. Alice había sido muy atrevida o muy estúpida para invitar a Nathaniel Lowell a su propia fiesta de compromiso. Eso o alguien más –a cargo de la lista de invitados a la fiesta– sabía de la relación de Alice con Nathaniel e intentaba acercarlos.
Siguió leyendo el contenido. No distaba mucho de la misma carta que su familia había recibido semanas atrás, pero en lugar de estar dirigidas a los miembros más respetables de la casa, esta solo extendía el privilegio a una sola persona. Charlotte vio una oportunidad para tomar la ventaja.
—Hiciste bien en ocultar la correspondencia de tu hermano.
—Por supuesto —Ámber sonrió con gran satisfacción, pero su alegría no duró demasiado. Leclair sacó de entre sus ropas un pequeño saco que le lanzó a la rubia.
—La paga por tus servicios —explicó ante la silenciosa interrogante—. Volveré a llamarte cuando lo requiera. Limpia este desastre. Y cuando termines, regresa a tu distrito.
—¿Qué pasa con Alice? Nuestro plan pudo fallar ¿o sí?
—Las circunstancias cambiaron —Charlotte se puso de pie, sin perder el porte elegante que siempre la caracterizaba—. La batalla solo se moverá de escenario. Alice Arlelt va a caer y en grande.
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Ámber salió del palacio más rica de lo que imaginaba, pero con su orgullo destrozado. ¿Quién se creía Charlotte Leclair para darle órdenes? ¡A ella, que le había proporcionado toda la información posible de su enemiga! Sin su ayuda estaría perdida. Y aún así se había atrevido a rebajarla a una simple sirvienta. Ahora sus manos estaban arruinadas, estaba completamente agotada y para colmo el día había terminado. Si se daba prisa, podía pasar la noche en alguna de las –nada baratas– posadas del Primer Distrito. Al siguiente día buscaría la manera de llegar a su hogar, una que no implicara esfuerzo físico de su parte y no costara más de una moneda.
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—¿Esto es todo lo que nos conseguiste? —el niño miró a Armin con los ojos entrecerrados después de husmear en la canasta que el guardia le había entregado—. Tacaño.
—Grosero —Armin le propició un fuerte jalón de orejas mientras le arrebataba la canasta y se la entregaba a una niña que comenzó a repartir los bollos de pan, queso y frutas.
A su alrededor había al menos una docena de niños y niñas de diferentes edades. Vestidos con harapos viejos, el más pequeño no tendría más de cuatro años, y el más grande aún no llegaba a la década de vida.
Armin se sentó con ellos a un lado del puente que algunos llamaban hogar, mientras devoraban con gran apetito la comida que les había proporcionado. Desde la primera vez que se topó con el líder de la pequeña tribu infantil que quiso asaltarle, frecuentaba al conjunto de chiquillos que se las habían arreglado para sobrevivir en las enredosas calles del Primer Distrito.
El grupo parecía aumentar a la par de sus visitas.
—Cada vez hay más —dijo sin pensarlo. Había preocupación en su voz.
—Vienen de todas partes —explicó pequeño líder, mientras daba grandes mordiscos a su pan—. Ayer los encontramos— señaló a un par de niños que estaban sentados alejados del resto. Había mucho dolor en su mirada mientras comían con parsimonia—. Venían del Segundo Distrito, pero su mamá… no resistió. Los echaron de la casa en donde trabajaba.
Armin resopló con indignación e impotencia. La historia de la mayoría era similar: Huérfanos de madres solitarias que dejaban atrás a su familia para buscar mejores oportunidades de trabajo en el Primer Distrito, casi siempre con resultados infructíferos. Muchas de esas mujeres perecían en las calles, dejando en la soledad a los pequeños.
Una triste historia que él y su hermano conocían muy bien. Tenía que buscar una manera de frenar todo aquello.
—Mañana no podré venir pero me las arreglaré para enviarles algunos alimentos. Ni se te ocurra seguir robando.
El niño sacó su lengua y alzó los hombros sin dejar de comer. Armin se rió y después alzó la vista a las pocas personas que transitaban por el puente a esa hora de la noche. Una cabellera rubia que caminaba con urgencia llamó su atención.
—Creo que vi a una amiga. Me tengo que ir.
—¿Es tu novia? —dijo el niño, con burla. Los demás comenzaron a reírse cuando Armin volvió a jalarle las orejas antes de irse.
—No lo olvides, Finn —le gritó mientras se alejaba—. Nada de robos. Y cuida de los demás.
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La preocupación de Ámber aumentaba con el paso del tiempo; había visitado al menos tres posadas pero en ninguna encontró lugar disponible. Como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo en viajar y hospedarse en el Primer Distrito.
Las horas pasaban, la noche caía y las calles poco a poco quedaban desérticas. Maldecía internamente a Charlotte Leclair por haberla abandonado en ese estado. Ahora tenía el dinero suficiente para adquirir una habitación u arrendar un coche, pero todo parecía estar agotado.
Continuó su búsqueda en las embrolladas calles del distrito con menos transeúntes al pasar el tiempo, lo que aumentaba su impaciencia. Cuando cruzó un puente, notó que alguien comenzó a seguir sus pasos. Se alarmó y aceleró sus pisadas, pero el individuo rápidamente le alcanzó.
—Las señoritas no deberían andar solas a estas horas de la noche —dijo el Capitán Armin con una galante sonrisa cuando llegó a su lado. Ámber en lugar de asustarse o aliviarse al reconocerlo, se enfadó. Ugh. ¿Acaso las cosas podrían empeorar más?
—Busco alojamiento —explicó sin detenerse y sin disminuir su rapidez. Quería librarse lo más pronto del guardia, pero Armin seguía su ritmo sin problemas.
—¡¿Buscando alojamiento?! —la rubia rodó los ojos al escuchar exagerada sorpresa de Armin—. ¿No preferiría pasar la noche en casa de su ama? Escuché que dejó el palacio y regresó a la mansión Portner.
—Resulta que me ha dado vacaciones —distorsionó solo un poco la verdad—. Quiero volver a mi propia casa lo más rápido posible. Solo que perdí la noción del tiempo y ya no hay transporte.
—Si comienza a caminar ahora, podría llegar al Tercer Distrito mañana al medio día.
Ámber frunció el ceño. Se sentía personalmente insultada al saber que el cínico capitán conocía muchos detalles íntimos. Su desvergüenza no tenía límites.
—¿También investigó mi vida? —dijo ofendida. Armin se rió, lo que enfadó más a Lowell.
—Motivos completamente laborales, señorita. Protocolos del palacio —le guiñó un ojo—. Y además, si su deseo es llegar a casa sin contratiempos, creo que está de suerte. Mis responsabilidades me han llamado a su Distrito. Mañana temprano tendré que hacer algunas revisiones con el Líder, y pensaba partir justo ahora. ¿Sabe? Aunque no lo parezca, soy bastante previsor. Si lo desea, puede acompañarme. Viajar hasta allá tomará algunas horas y el camino puede ser un poco incómodo, pero se evitaría seguir buscando un alojamiento. Tormenta es fuerte, puede llevarnos a ambos.
—¿Quién?
—Tormenta, mi caballo.
Ámber resopló ante la invitación del guardia acompañada de su ya característica sonrisa, que la irritaba. Una parte de ella, la que le hacía desconfiar de todo el mundo, sabía que la amabilidad de una persona siempre tenía motivos ocultos. Era toda una experta en ese tema. Y tampoco era una tonta, sentía en Armin a una persona muy peligrosa, que se podía convertir en una amenaza para sus planes. Sin contar todas las deudas que tenía con la Guardia Imperial –a causa de Alice– que corrían el riesgo de salir a la luz en cualquier momento. Debía guardar toda la distancia posible entre ella y el Capitán.
—Me niego a pasar la noche con un desconocido —espetó con desagrado evidente en su rostro. El capitán, como no podía ser de otra manera, solo se rió ante la renuencia de la rubia.
—Señorita, lo hace ver como algo totalmente pervertido —había algo de picardía en la voz de Armin. Ámber se sonrojó violentamente al comprender sus propias palabras—. En fin —alzó sus hombros restándole importancia a su atrevida broma—. Suerte con su búsqueda. Pero como todo el mundo está entusiasmado por la fiesta de compromiso del príncipe, han venido de todas partes a celebrarlo. Es una costumbre que el futuro matrimonio salga del palacio a saludar y se cree que si uno logra darles un vistazo, traerá buena suerte.
Ámber bufó con fastidio.
—Tonterías.
—Tonterías o no, no cambia el hecho de que seguirán llegando más visitantes. Dudo que encuentre algo decente. Pero si se conforma con dormir en un establo o en una plaza, no diré más. De todas formas, solo será por una noche. Que tenga dulces sueños, señorita Lowell —le dedicó una última sonrisa antes de darse la vuelta y comenzar a caminar.
La chica, que hasta el momento había tratado de ignorar todas las palabras del guardia, no pudo evitar estremecerse por la última advertencia. Ámber podía vivir en la pobreza, con un cuchitril de casa que se caía a pedazos, con un apellido que si bien tuvo renombre en la antigüedad, ahora no aportaba más distinción sobre cualquier otro habitante del Tercer Distrito. Y con todo eso jamás, jamás se rebajaría a tener que mendigar, dormir en un establo entre suciedad o pasar la noche a la intemperie. Aspiraba a ser una dama con clase, casarse con alguien que pudiera sacarla de la miseria y vivir el resto de su vida como la señora de una casa elegante. ¿Cómo podía realizar tan indignante acción?
Consideró la oferta del capitán en medio de una gran debate interno. Era consciente de que tenía que alejarse de él lo más posible, para encubrir tanto el plan que Charlotte y ella estaban tramando, como para evitar que sus propias fechorías salieran a la luz.
Pero por otro lado, no había muchas opciones. Ámber tembló ligeramente cuando una corriente de aire sopló en ese momento, helándole. Sin un refugio que la pudiera proteger del frío de la noche, solo había una manera de llegar a su distrito.
—¡E-espere! —le gritó—. ¿De verdad hay mucha gente?
Armin se detuvo, celebrando su pequeña victoria con una sonrisa que la rubia no vio.
—Oh sí —volvió a ella, con una dramática preocupación en sus palabras—. No solo de Amoris. Es uno de esos acontecimientos históricos que nadie se quiere perder. Estoy convencido de que veremos extranjeros paseando por nuestras bellas calles en los siguientes días.
Ámber apretó los labios, y habló con mucha pesadez.
—Está bien. Acepto su oferta —dijo, esperando que la pequeña fortuna que se iba ahorrar valiera la pena.
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El jardín de rosas estaba seco. En lugar de setos verdes, no había más que enredados espinos y las flores, que antes irradiaban un cálido tono rojizo, se habían marchitado, volviendo a los pétalos en frágiles trozos oscuros que caían con la más pequeña brisa.
Castiel avanzó con dificultad entre el sendero. Se sentía atrapado y cada vez más agitado. No importaba cuanto avanzara, más y más caminos aparecían frente a sus ojos, tornando el jardín en un laberinto desconocido para él.
—Castiel…— escuchó a la distancia la inconfundible voz de Alice, llamándolo desde algún punto que él no veía.
—¡Alice! —gritó a su vez, pero solo obtuvo como respuesta el mismo llamado. Castiel, jadeando, se dejó llevar por el sonido de la voz que se escuchaba cada vez más claro conforme corría tras ella.
Llegó al final del recorrido, pero el centro del jardín de rosas no estaba cómo él lo recordaba. No había fuente, ni bancas, ni el kiosko, ni árboles. Solo una extensión de pasto seco, y una figura en medio. Alice se encontraba inspeccionando el único rosal vivo con una sola flor roja en él.
—¡Alice! —Castiel corrió a su lado, pero la chica no mostró ninguna reacción. Continuó con su labor, tratando de tocar la rosa, pero la valla de espinas que la rodeaba no se lo permitía. El príncipe sintió que había algo extraño en ella—. Deja eso. Te vas a lastimar.
—¿Cómo tú lo hiciste? —Alice lo miró directamente, pero sus ojos estaban apagados. Las esmeraldas no brillaban. Al verla, Castiel comprendió que esa mujer, aunque aparentaba ser Alice, no era ella. No podría ser su Alice. Y aún así la acusación le dolió como si le hubiera apuñalado en el pecho. Se apartó de ella con brusquedad—. ¿Hay algo que me quieras decir? —cuestionó con severidad.
El príncipe no tuvo palabras para contestar. La Alice retomó su labor, pero esta vez sin importarle que las espinas se clavasen en su piel, tomó la rosa entre sus manos y la arrancó de un fuerte tirón. Sangre oscura, casi negra comenzó a brotar de sus heridas.
—Lo sé todo —la voz, tan suave que había sido antes, se distorsionó con gravedad, mientras que con rabia despedazaba la rosa pétalo a pétalo—. El compromiso se puede evitar, pero no me lo has dicho. Me puedes dejar libre pero no quieres hacerlo, ¿verdad?.
—N-no es lo que crees —Castiel se encontraba aterrado con la terrible visión de la Alice herida. No solo físicamente, si no por algo que él mismo había provocado. Se sentía culpable por no haberle dicho la verdad desde un principio. Había hecho grandes avances en su plan de coronación, pero sus sentimientos por la chica -recientemente descubiertos- influyeron en su silencio. Simplemente no quería tener que despedirse tan pronto de ella—. En realidad yo te-
—¡Me quieres tener atada a tu voluntad! —Alice soltó la rosa ya despedazada, se echó las manos a la cara y comenzó a llorar.
—No es verdad.
—Me mentiste. ¡Me quieres esclavizar!
—¡No es así!
Alice apartó sus manos, todo su rostro estaba ensangrentado. Sus pupilas estaban rojas, llenas de furia.
—Te odio.
Desapareció.
—¡Alice! —una densa tiniebla apareció, tragándose todo lo que había en su paso. El príncipe huyó de ella desesperado, gritando el nombre de la chica una y otra y otra vez sin obtener respuesta. Pronto la oscuridad lo alcanzó.
El príncipe solo sintió que caía al vacío.
Castiel abrió los ojos y se incorporó inmediatamente, arrepintiéndose en el acto. La claridad de la habitación le hizo cerrarlos nuevamente y el brusco movimiento le había producido un fuerte dolor de cabeza. Se sintió mareado, tenía la boca seca y le dolía todo el cuerpo.
Se llevó la mano al pecho, con la respiración agitada, tratando de calmarse a sí mismo. Gotas de sudor bajaban por su frente. Había tenido un sueño horripilante. Una terrible pesadilla.
Se sintió aliviado al reconocer que la chica de su sueño no era en absoluto la Alice Arlelt que él conocía, más bien era producto de una jugarreta de su conciencia.
Aunque renuente a recordar la pesadilla, al recordarla comprendió muchas cosas que sospechaba y que no había querido admitir, porque le daba miedo hacerlo. Su mayor temor era causarle algún dolor a la chica por la que había desarrollado sentimientos, no obstante ya le había causado bastantes problemas en su vida. La había dañado tal como las afiladas espinas cortaron sus manos.
Quería enmendar todo, todo ese daño y necesitaba tiempo para hacerlo.
La realidad lo golpeó como un implacable rayo. Desde un principio estaba consciente de que no podía declarar su amor sin más, simplemente no podía aspirar a que sus sentimientos fuesen correspondidos. Con todo el dolor que le había causado, ni siquiera se sentía merecedor de su cariño. Y la pesadilla era un aviso de lo que podía pasar si la situación seguía del mismo modo. Tenía que hablar con Alice, darle la noticia de su coronación casi segura y disolver el compromiso ficticio. Sin importar el dolor que eso le provocaría, la dejaría ir y enterraría su amor por ella.
No quería ser odiado por la verdadera Alice.
Poco a poco abrió los ojos, tratando de ubicar el lugar donde se encontraba y haciendo esfuerzos por recordar cómo había llegado allí. Bastó un pestañeo para reconocer que la recargada decoración en tonos dorados del sitio correspondía a la mansión de DeMeilhan, y se tranquilizó al saber que estaba en un lugar seguro.
Después, notó que alguien estaba recostado en su cama. En un principio se desconcertó al no poder distinguir con claridad, parpadeó varias veces antes de que su vista pudiera enfocar adecuadamente.
Su corazón comenzó a latir emocionado en cuanto reconoció a la chica. Contrario a su pesadilla, recibió una tranquilizante visión que jamás había contemplado y que nunca se imaginó que tendría la dicha de ver. Alice Arlelt se encontraba con la mitad del cuerpo recostado sobre la cama donde él mismo yacía, y la parte inferior tendida en el suelo. Los pies descalzos y sucios sobresalían del maltratado vestido que portaba desde el día anterior.
Su pacífico rostro se encontraba profundamente dormido. Castiel pudo notar lo largas y negras que eran sus pestañas, la pequeña nariz que respiraba con tranquilidad, y lo suave que se veían sus labios.
Apartó su vista de esos últimos cuando sintió una irresistible atracción por ellos.
Pero su emoción agradable pasó al desconcierto cuando vio los brazos de Alice. Aunque estaban ocultos bajo su cabeza, alcanzaba a distinguir moretones a lo largo de su blanca piel. Castiel se alarmó, y se acercó más a ellos, para tratar de distinguirlos mejor. El movimiento alertó a Alice, quien se incorporó inmediatamente.
—¡Estás despierto! —exclamó con alegría y alivio al verlo. Sus ojos brillaban con la luz que se filtraba de un ventanal abierto, él no pudo evitar reparar en ellos—. ¿Te encuentras bien?
No contestó su pregunta y se obligó a ignorar la calidez que sintió en su pecho al ver la preocupación de Alice por él. También omitió los pensamientos sobre lo bello que le parecían las radiantes pupilas de ella, cuya tonalidad parecía más turquesa que esmeralda por la iluminación.
—Alice —le dijo con mucha seriedad, mientras la tomaba de las manos—. ¿Tú estás bien? ¿Te hicieron algo?
El príncipe sin pensarlo comenzó a delinear con sus dedos los brazos de a chica sobre las manchas moradas, con mucha sutileza, procurando no dañarla más. Alice por su parte, sintió la suavidad de las yemas en contacto con su piel. Se apartó al toque con una mezcla de confusión y vergüenza.
—Oh, no. Estoy bien, ya los tenía —sonrió, esperando que la respuesta le bastara al príncipe sin tener que delatar el entrenamiento a espada que había efectuado un par de días atrás—. Larga historia —añadió al ver que Castiel no estaba satisfecho con la respuesta—. Ellos, eh, los piratas fueron amables... supongo. Bueno, dejarme sola cargando todo tu peso no fue muy caballeroso de su parte.
Castiel parpadeó desconcertado e incrédulo. Sabía que de algún modo u otro tendría que haber llegado de la playa a la mansión. Eran más de dos kilómetros en un sendero irregular lo que implicaba varios minutos andando a pie.
—¿Qué hiciste qué? No me digas que todo el camino tu…
Dejó el comentario al aire, incapaz de ponerle nombre a la ardua labor que Alice había insinuado hacer. Con vergüenza, deseó en su interior que fuera una broma más.
Alice se echó a reír al recordar las peripecias del día anterior. Justo después de que el príncipe se había desplomado en sus brazos (y haciendo de lado los pensamientos revueltos en su mente), resolvió que su prioridad era la salud del príncipe.
Consideró decenas de opciones. Las heridas de Castiel necesitaban atención urgente y aunque Alice sabía un poco de hierbas medicinales, en medio de la noche no podía reconocer ninguna. Tampoco podían quedarse en la playa a la intemperie, tenía que buscar resguardo.
Se dividió entre esperar a que la Guardia Imperial sospechara de su inusual desaparición, o lograr que el príncipe despertara de su desmayo para regresar por su propio pie. No hubo éxito por ningún lado.
La única solución fue confiar en sus energías. Con una fuerza proveniente de su gran determinación logró poner al príncipe de pie, lo echó a cuestas y recorrió el camino hasta la mansión de la duquesa arrastrando el cuerpo inconsciente del príncipe a sus espaldas.
—Sí, como un saco de papas. Descubrí que soy muy fuerte —levantó los puños al aire como para reafirmar el acto en un gesto divertido. El príncipe, lejos de reírse, se golpeó la frente con su mano, abochornado.
—Por todos los cielos, qué patético soy.
—No lo eres —Castiel miró por el rabillo a Alice. Había una ligera curva en sus labios, la que le afirmaba que sus palabras eran sinceras—. Cuando llegué te atendieron inmediatamente. Los guardias y la duquesa estaban histéricos. Me interrogaron sobre lo que pasó pero no supe qué responder.
Cualquiera otra persona se habría reído a carcajadas por el desliz del príncipe la noche anterior. O habrían desaprobado su actitud cuando menos. Pero Alice, además de cuidar de en todo momento, sabía que el momento no era apropiado para hablar. Ni siquiera él mismo estaba completamente seguro de lo que había sucedido.
—Hiciste bien en no decir nada —Alice suspiró con alivio—. Te lo agradezco. Todo.
—Soy yo la que debería agradecer —hubo un momento en que ambas miradas se cruzaron, el gris oscuro de un cielo nublado se chocó contra el agua cristalina de un estanque. Los ojos de Alice le parecían realmente hermosos. Ella fue la primera en romper el contacto, sus mejillas estaban sonrojadas—. I-iré a buscar a alguien.
Castiel observó a Alice hasta que salió de la habitación y luego se echó en la cama, derrotado. Estaba avergonzado y con su orgullo ligeramente dañado. Se había resuelto a no hacerle más daño a la chica y lo primero que hace es dejarla sola en un lugar desconocido, en medio de la noche, sin contar que tuvo que cargar con su peso. Castiel era más alto que Alice, y mucho más fornido que ella, por lo que la tarea no debió ser fácil. Además, estaba descalza y el sendero no era el más apropiado para una caminata en ese estado.
El camino de regreso debió de haber sido todo un suplicio y ni siquiera se lo reprochó. ¿Por qué siempre le causaba molestias a Alice?
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El sol se había posicionado en lo alto del cielo, aunque a ellos les protegía la sombra de los árboles. Habían pasado horas desde que habían dejado el Primer Distrito y en lugar de tomar el camino hacia el Segundo, como era la ruta normal, Armin sugirió tomar un atajo y atravesar el bosque argumentando conocerlo como la palma de su mano.
Ámber estaba agotada. Casi hubiera preferido haber pasado la noche en un establo que encima de un caballo que había sido realmente lento, además de que su dueño no paraba de hablar sobre pequeñeces. Ella había decidió ignorar la plática, pero eso no amedrentó al capitán que, frente a ella, seguía pidiendo su opinión sobre cualquier tema cada cierto tiempo.
—Cuénteme —dijo Armin, después de un rato de silencio al que a la rubia le hubiese gustado que fuera más largo—. ¿Ya descubrió la identidad de su admirador secreto?
En un principio, Ámber se desconcertó por la pregunta; después recordó la excusa que le mencionó cuando la encontró husmeando en la habitación de Alice. Tendría que seguirle el juego para no levantar sospechas.
—Ah… no. Supongo que le faltaron agallas para dirigirme la palabra personalmente.
—Qué hombre más tonto —dijo riendo—. Aunque supongo que declararse ante un rostro tan bello le ha de haber intimidado. Es usted una dama muy hermosa.
Ámber rodó los ojos, cansada.
—Dígame algo que no sepa.
—Las manzanas flotan en el agua porque la cuarta parte de ellas es aire.
—¿Qué?
—Me pidió que le dijera algo que no sepa. Y estoy segura que eso no lo sabía. Todo el mundo subestima a las manzanas —Armin miró de reojo a la chica y con una media sonrisa, preguntó—. ¿Sorprendida?
—Por supuesto que no, es un pésimo chiste. No podría hacer reír a nadie con esos argumentos.
—¡Entonces apostemos! —dijo con alegría—. Si la hago o no reír.
—Bien —respondió, planeando tomar el juego como una oportunidad para librarse del guardia—. Si no me hace reír, me dejará en paz. Para siempre.
—Por su puesto. Pero si logro mi cometido… me deberá una cita.
Ámber abrió la boca, balbuceó un par de sonidos incoherentes y luego la cerró, incapaz de reprocharle o decir algún comentario mordaz, como solía hacer. La insinuación le había dejado sin palabras, trataba de asimilar las intenciones del capitán.
—Ah, pero tendremos que posponer nuestra pequeña contienda para otra ocasión —continuó Armin sin darle importancia al silencio de su acompañante—. Llegamos al Tercer Distrito. Si me lo permite, la acompañaré hasta su hogar.
—N-no es necesario —contestó tratando de ocultar su propio nerviosismo y bajando con prisa del caballo negro—. Muchas gracias.
—Como guste. No lo olvide. Es una apuesta.
El corazón de Ámber latía como loco mientras corría hasta su casa. En cuanto llegó, pasó de largo sin saludar a sus padres ni explicarles su repentina desaparición. Cerró la puerta de su habitación con un fuerte golpe y se desplomó en el primer lugar libre que localizó. Su respiración estaba agitada.
Llevó sus manos al pecho sintiendo los latidos, sin saber si estos eran producto del ejercicio físico o fueron provocados por la insinuación del capitán Armin.
Era consciente de ser una belleza total, no tenía ninguna duda de que era la chica más hermosa del Tercer Distrito, incluso de Amoris. Y aún así, nadie se había fijado en ella de manera romántica. Otras chicas de su edad ya eran mujeres casadas, pero Ámber nunca había estado en alguna relación. Todos los chicos que conocía de toda la vida parecían huir de su presencia, y los nuevos se desilusionaban al ver su temperamento. Nunca la habían cortejado antes.
El capitán, aún con todos los defectos que suponía su personalidad, era bien parecido y tenía un excelente trabajo. Estaba bien posicionado en la sociedad amoriense, y tenía relaciones estrechas con la familia real, cualquiera lo podría considerar un buen partido. Y aunque él mismo tachó su carácter como terrible, no se había alejado. Todo lo contrario, le había dejado ver que estaba interesado en ella.
Quizás si le daba un oportunidad…
Ámber se abofeteó mentalmente al siquiera contemplar la posibilidad de aceptar una cita con él.
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Alice Arlelt masticaba de manera muy pausada casi como si no tuviera apetito a pesar de no haber probado alimento alguno desde el medio día anterior.
El príncipe sentado a la cabeza del comedor, se veía mejor de lo que había anticipado. Tanto se había preocupado por su salud que pasó la mayor parte noche en vela, vigilando cualquier cambio que hubiera en él; por lo que verlo recuperado casi por completo resultaba en un gran alivio. Sobre todo porque si los piratas no hubieran cambiado de opinión (o lo que sea que hayan discutido con Castiel), él no estuviera ahí. Se estremeció al imaginar lo distinto que podría haber sido su mañana sin el príncipe con ella.
No obstante, a pesar de todo ello, Alice no podía dejar de pensar en la noche anterior. Las dudas iban desde las razones de los piratas para liberarlos de la muerte a la que fueron sentenciados, hasta la misma actitud del príncipe.
Sospechaba que había algo diferente en él, una señal que se hacía presente cada vez que Castiel posaba sus ojos en ella. Como si quisiera escudriñarla, revelar todos sus secretos, parecía ver ternura en ellos. La misma intensidad que le proporcionó en la playa junto a una intimidad en sus actos. La suave mano del príncipe acariciando su rostro, el casi roce de sus labios. La declaración «Tú eres importante. Para mí». El sacrificio que estuvo dispuesto a hacer por ella.
Podría atribuirlos a una ilusión causada por el alcohol, que le habría hecho creer que Alice misma significaba algo más allá de una prometida ficticia. O simplemente era una actuación más, como todas las supuestas muestras de cariño que debían aparentar ante la sociedad.
Sin embargo Alice no podía encontrar una lógica en aquellos actos. Estaba renuente a creer que se trataba solo de acciones vacías y superficiales. Tenía que haber algún motivo detrás de todo eso. Quería saber y al mismo tiempo creía que lo mejor era permanecer con la duda. Y le confundía su propia indecisión.
—Alice —la voz del príncipe cortó el hilo de sus pensamientos. Notó una seria preocupación—. ¿Sucede algo?
La chica revolvió con los cubiertos el plato de vegetales, mientras fabricaba una excusa para su aire distraído. A punto de responder con una negación, reparó en que era la oportunidad perfecta para responder a sus inquietudes. Alice tomó una gran bocanada de aire antes de hablar.
—¿Recuerdas lo que pasó ayer? Es decir… ¿todo?
El príncipe entrecerró sus párpados, y se llevó una mano a la sien para alivianar las punzadas en su cabeza, producto del esfuerzo por rememorar la noche anterior.
—No realmente —dijo después de un rato—. Solo recuerdo que me obligaron a tomar un terrible vino. Y de ahí en fuera… todo está en blanco.
—Ah.
Había una ligera decepción en su voz. No esperaba esa respuesta, una parte de ella anhelaba poner fin a su desconcierto.
Quizás estaba sobre pensando las cosas. Quizás lo que vio en la playa no tenía ningún significado. Después de todo ¿por qué el príncipe de Amoris tendría que fijarse en ella? ¿Por qué alguien tendría que fijarse en ella?
Probablemente sus sospechas iniciales eran ciertas, y no era más que una actuación, una representación del prometido amoroso que había comenzando meses atrás.
—¿Por qué preguntas? ¿Acaso te hice o dije algo malo?
Alice sonrió, decidiendo no darle más vueltas al asunto. Si el príncipe no recordaba nada de esa noche, ella tampoco debería darle importancia.
—Para nada. Fue divertido verte con unas copas de más.
—Debí verme muy patético.
—Al contrario, fuiste muy valiente al salvarme aunque no lo merecía.
—Eso no…
Castiel no pudo terminar de hablar, al ser interrumpido por el sonido de las puertas abriéndose. Estaba punto de dar una reprimenda a la persona que se hubiera atrevido a interrumpir su conversación con Alice pero se contuvo al ver, con sorpresa, que se trataba de su consejero.
—Señorita Arlelt —habló Lysandre con un tono de voz que parecía rondar entre la inquietud y la gravedad—. Debo atender un asunto con el príncipe de carácter privado. ¿Podría retirarse por favor?
—No hay necesidad —dijo Castiel—. Puede escuchar cualquier cosa que tengas que hablar conmigo.
El consejero negó con la cabeza.
—No te va a agradar lo que voy a decir.
—No hay problema, me retiraré.
Alice se puso de pie, hizo una agraciada reverencia tal y como la duquesa le había instruido y se dirigió a la puerta. Lysandre, sin ninguna emoción en su rostro, esperó hasta que la chica saliera por completo de la habitación para comenzar a hablar.
—¿Qué sucedió? La señorita se ha rehusado a decirnos por qué demonios te arrastró a mitad de la noche, inconsciente y magullado —el príncipe estaba punto de preguntar cómo es que la noticia había viajado tan rápido, pero el consejero se adelantó a responder—. Dimitri lo reportó inmediatamente.
—Ni yo mismo lo entiendo, por eso hizo bien en no decir nada. Es… algo difícil de explicar.
—¿Desde cuándo las situaciones difíciles suponen un problema para mí?
Castiel, con un gran suspiro, comenzó a relatar cada uno de los sucesos ocurridos la noche anterior. El paseo por la playa, el secuestro de los piratas, la paliza que le propinaron. Cuando relató la encrucijada a la que fueron sometidos y su propia resolución, notó que su consejero remarcaba aún más su ya fruncido entrecejo.
Prosiguió con la inimaginable historia de las islas, su nueva alianza y el vino que bebió. Solo ocultó su amor recién descubierto por Alice. E igual que a ella, fue muy cuidadoso al negar lo ocurrido mientras aún tenía los efectos del vino. Porque aunque le había confesado no recordar los sucesos, Castiel había mentido.
Recordaba cada uno de los detalles de la noche anterior; el alcohol había ayudado a desinhibirse, a no pensar en las consecuencias de sus acciones y a desenvolverse de la manera más libre que su corazón deseara. Y su corazón estaba lleno de Alice Arlelt.
Todas las palabras dicha a la orilla del mar eran más que ciertas y la ambición de poseer sus labios había sido muy real, pero no podría aspirar a algo más que un simple deseo. Tristemente pensó que todas esas pasiones que sentía tendrían que estancarse en su pecho. Y, por supuesto, nadie debería saber de sus sentimientos, ni siquiera la propia Alice.
También omitió la llegada a la mansión de la duquesa, de la cual no tenía conocimiento.
—Esto es lo que me temía —dijo mientras comenzaba a caminar de un lado a otro en la habitación, casi como una fiera salvaje enjaulada.
—¿Qué hiciera un trato con unos desconocidos?
—¡Que arriesgues tu vida innecesariamente! —se detuvo, señalándolo con el índice y elevando la voz. Castiel, más que a un consejero, vio a su amigo realmente molesto—. Te lo advertí, no cuestionaré tus decisiones personales siempre y cuando no afecten tu propia seguridad o la de Amoris. Estuviste a punto de perder tu vida en un sacrificio innecesario.
—No pasó nada —trató de restarle importancia—. Estoy vivo.
Lysandre meneó la cabeza.
—Traer a la señorita Arlelt fue un gran desacierto.
—Fue tu idea desde un principio, así que deberías cuidar tus palabras —el príncipe respondió con tal seriedad que el consejero entendió que estaba punto de cometer un error garrafal. Bajó la cabeza y susurró un «Dispénseme, Alteza». Castiel quedó satisfecho y prosiguió más calmado—.Tranquilízate hombre, además de los golpes, no pasó nada.
—Por favor, en el futuro lleva a un guardia contigo.
—Claro —se cruzó de brazos y se echó a reír—. No es propio de ti perder la compostura.
—Lo cual es sí habitual en ti —el consejero no cambió su actitud—. Y te ruego que no la pierdas por la siguiente noticia: tenemos un enorme problema esperando en el palacio justo ahora.
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—No —dijo Nathaniel sin mirara a Leclair, concentrado en su trabajo, golpeando con fuerza el ardiente metal—. Tengo mucho trabajo por hacer y el dinero es escaso.
Charlotte le mostró un pequeño cofre de madera que llevaba en sus manos y lo abrió a la vista de Nathaniel. Casi se cae para atrás al ver el contenido, estaba repleto de monedas de oro.
—La señorita Alice lo previno y me pidió que le entregara esto. Hay dinero suficiente para que usted y su familia vivan más de un año sin complicaciones. Podrá dedicar su tiempo a atender a su padre sin esforzarse día y noche en este taller. Sin duda el señor Lowell recuperará la salud.
Nathaniel alzó una ceja, escéptico.
—¿Cómo sabe Alice que mi padre está enfermo?
Charlotte no demostró ninguna reacción al darse cuenta de su pequeño desliz. Había obtenido información por parte de Ámber, pero su hermano no estaba al tanto del plan de la rubia.
—Los rumores corren rápido, y la señorita Alice está atenta a cualquiera de sus necesidades.
—¿Mis necesidades? —dijo con sarcasmo y después se rió—. ¿Ahora piensa que puede comprarme igual que ella? No necesito caridad.
—Entonces tómelo como un pago adelantado de sus servicios. Contrato un día de su tiempo. Venga conmigo y compruebe con sus propios ojos la infelicidad de Alice, ya sea para compadecerse o para jactarse de su sufrimiento.
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Charlotte Leclair era la señorita en edad casadera más cercana a la reina de Amoris. Con una excelente reputación, cualidades y destrezas sobresalientes, modales impecables y un apellido impresionante a sus espaldas, era la mejor candidata a futura reina. Un matrimonio concertado no era algo irracional en esos días y todo el pueblo vería con buenos ojos que la esposa del príncipe fuera sobrina del anterior Líder General de la Guardia Imperial, un ex comandante admirado por muchos. ¿Cómo no podía ser contemplada para ese cargo?
Peor aún. ¿Cómo era posible que una sanguijuela ignorante de la clase más baja de Amoris fuera elegida para ser esposa del príncipe?
Se aseguraría de eliminar la amenaza que suponía Alice Arlelt. Después de eso, le sería fácil manipular a la reina para una boda arreglada.
Y el reciente trato hecho con Nathaniel Lowell aseguraba su inminente victoria.
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Las horas que transcurrieron en el camino de regreso al palacio pasaron en medio de un incómodo silencio. Alice lo atribuía a la visita del consejero y aunque desconocía el tema de su conversación privada, intuía que podrían haber sido malas noticias.
Notaba al príncipe distante e irritado, una expresión que había visto al conocerse. Como cuando su mente estaba llena de preocupaciones. Casi no se dirigieron la palabra en todo el viaje.
Cuando arribaron al palacio, el príncipe bajó de inmediato y comenzó a caminar hacia la entrada. A medio camino se detuvo y regresó con Alice, que recién estaba saliendo del carruaje.
—Alice —dijo—. Ahora mismo debo atender un asunto apremiante, pero hay algo de lo que quiero hablar contigo… También es urgente. ¿Podrías esperarme en el jardín? No tardaré.
—Por supuesto. Tómate tu tiempo.
La chica tomó rumbo al exterior del palacio, preguntándose qué clase de tema abordaría el príncipe, si debería preocuparse por ello, o si el asunto que estaba tratando tendría algo que ver.
Pero todo atisbo de inquietud se eliminó al sentir el aroma de las rosas. Había extrañado demasiado el jardín, casi se podía decir que era su lugar favorito en el palacio. O en todo Amoris. Estiró sus brazos al cielo, relajando los músculos de la espalda, y recorrió parte del sendero que había tomado como rutina en sus paseos con Castiel.
Sus pisadas se detuvieron abruptamente al ver a un hombre joven en medio del camino. Alice no lo reconocía. No llevaba uniforme del palacio, su traje blanco y satinado le indicaba que podría ser un aristócrata. Tampoco creía que, con toda la seguridad que había en el palacio -la que había incrementado después de que lograra escabullirse de él sin problemas- se tratara de un intruso. Quizás solo era alguien que había ido a saludar a la reina y que con curiosidad había visitado el jardín.
Él no parecía ser mucho más grande de edad que el príncipe, probablemente estaba comenzando la veintena de su vida. Estaba absorto contemplando una rosa que había arrancado del jardín. Y Alice notó que había más rojo de lo normal en sus manos. Probablemente no había tenido ningún cuidado al manipular la flor y las espinas se habían clavado en la piel de sus dedos. Reparó en que no estaba admirando la rosa, como creía en un principio. Él observaba el fluir de su propia sangre.
—¿Se encuentra bien? —sin meditarlo, Alice había soltado la pregunta. El hombre se sobresaltó—. ¿Se hizo mucho daño?
Alice se acercó con mucha cautela, y examinó sus manos, sin llegar a tocarlo.
—No parece ser grave pero necesita desinfectar la herida si no quiere tener complicaciones futuras.
—¿Es usted médico? —Alice negó con la cabeza, riendo.
—Para nada. De pequeña era muy inquieta y solía lastimarme mucho. Ya sabe, me caía al correr o al trepar en los árboles. Como no había nadie que atendiera mis raspones aprendí a hacerlo sola.
—Oh —dijo con sorpresa—. No creía que hubiera señoritas tan rudas.
—¿Por qué lo cree?
—No me mal interprete, no quise ser grosero —se disculpó—. Cuando era niño tenía una amiga que era bastante mimada y por lo tanto creció siendo una dama sumamente quisquillosa y un tanto dramática. No he tenido muchas oportunidades de conocer a damas nobles por lo que probablemente me he labrado un mal juicio sobre las señoritas. Excuse mi falta de modales.
Con un gesto restó importancia al comentario.
—No supone ningún problema, señor…
No continuó sus palabras al recordar que no conocía el nombre del joven. En ese instante una corriente de aire helado sopló haciendo que Alice sintiera escalofríos. El viento traía consigo una masa de nubes grises que oscureció el cielo, como si el invierno hubiera llegado anticipadamente. El hombre sonrió.
—Llámeme Viktor.
CHAN CHAN CHAAAAAAAAAAAAAN. Ahora sí se viene lo chido, lol.
Muchas gracias a Otome-No-Egao por tu comentario :'D
Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl, suelo publicar spoilers, avances, curiosidades y otras cosillas respecto al fanfic.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!.
