Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 20 ~
Anteriormente en Another Cinderella: En honor a la llegada de Viktor al palacio de Amoris se organizó una competencia de caza en el bosque. Sin embargo, lo que parecía un día alegre se tornó rápidamente en tragedia y la vida de Alice y Viktor corría peligr
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Rosalya DeMeilhan era el vivo retrato de su madre. El mismo tono de cabello, tan blanco que causaba asombro. El mismo rostro, con delicadas facciones que atraían miradas en cualquier recinto que se encontrasen. La misma hermosa complexión física, causante de envidia entre las damas. A menudo, caballeros ─cuya intención no era otra más que ganarse la aprobación de la mayor con el objetivo de acercase a la joven duquesa─ solían bromear al compararlas con hermanas. Su madre reía ante la broma, pero en el fondo aquel tipo de comentarios aumentaba el ego por su eterna juventud. Rosalya solo rodaba los ojos y recibía una reprimenda silenciosa por parte de su madre.
─Si sigues con esa actitud ─solía decirle─ nunca encontrarás un buen hombre para casarte.
Rosalya aparentaba ignorar el constante reclamo, pero en su interior no veía la hora para que aquellos ataques terminaran. Como si no fuera capaz por sí misma de tomar una decisión tan importante como elegir a la persona con quien pasaría el resto de su vida. Como si Leigh no existiera.
El repiqueteo de los tacones sobre el mármol se hicieron sonar justo cuando la duquesa de Candy ultimaba detalles para su próxima partida hacia el Primer Distrito. A escasos días de la fiesta de compromiso de la próxima pareja que gobernaría sobre Amoris, como miembro de la familia real era indispensable su participación en aquel acto.
─Haces bien, Rosalya ─Crystal DeMeilhan, madre de Rosalya entró en escena, despidiendo con un chasquido de dedos a todo el personal que se alistaba para salir─. Ir a demostrar a esa inmunda familia Moncrieff que la corona no les pertenece.
─Su Majestad fue bondadoso en solo revocarles sus títulos de nobleza y vetarlos del palacio─ Rosalya contestó con total indiferencia, terminando ella misma la labor que sus sirvientas estaban realizando antes de que su madre entrara. Ansiaba marcharse lo más pronto posible─. Hablar mal de la familia real equivale a traición.
─¡Pero ahora él está muerto! ─exclamó sin ningún tipo de reserva─. Y Valérie no tarda en seguirle. Amoris quedará a la deriva.
─Te recuerdo, madre, que aún queda Su Alteza.
Crystal soltó una carcajada.
─Ese pobre niño no sabrá cómo dirigir al reino. En cambio tú, querida ─Crystal arrebató de las manos de Rosalya las prendas que cuidadosamente estaba guardando y la obligó a entrelazar los dedos entre los suyos, un acto de aparente amor maternal, pero que su hija lo veía más como otro intento de manipulación─. Siendo Duquesa a tan temprana edad tienes muchas más cualidades para gobernar este país. Los DeMeilhan tenemos tanto derecho como los Moncrieff, la sangre real también corre por nuestras venas ─lo dijo con un orgullo tan exagerado que Rosalya sostuvo el impulso de recordarle que había entrado en la familia por un matrimonio arreglado y estrictamente hablando, no podría llamarse parte de la realeza─. Solo tenemos que buscarte un esposo de nuestra misma clase y podremos reclamar tu derecho de nacimiento.
Rosalya rompió con brusquedad el agarre.
─No voy a tener esta conversación otra vez ─dijo antes de salir de la habitación.
─¡Rosalya, no me dejes hablando!
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El silencio que reinaba sobre la oscuridad del sombrío calabozo era interrumpido de vez en cuando por golpes a los oxidados barrotes, junto a sonidos de murmullos, risitas agudas y algunos tarareos aleatorios.
Coton, Capitán de la Guardia del rey de Sucré, estaba cansado de escuchar los susurros y carcajadas sin sentido del único ocupante de las celdas.
El único ocupante que aún seguía con vida. El guardia solo podía consolarse a sí mismo sabiendo que no sería así por mucho tiempo. Solo debía tolerarlo un poco más.
El hombre más buscado de Sucré, aquel que tantas muertes, y destrozos había causado a lo largo y ancho del reino, por fin se encontraba bajo resguardo en la prisión más estricta del país, la misma que se encontraba en el sitio más recóndito dentro del castillo real.
Al haber sido descubierto en el acto, cometiendo los crímenes por los que se le buscaba, debió haber sido ejecutado al instante. Sin embargo Viktor solo dio la orden de arrestarlo y encerrarlo hasta su regreso. Él mismo se encargaría de juzgarlo y darle sentencia.
El guardia no comprendió las intensiones del rey, pero acató la orden, dejando a Viktor con la mitad de sus hombres y un largo camino por delante hasta Amoris.
Coton solo podía rogar que no ocurriera ningún incidente que amenazara la seguridad de ambos reinos.
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A pesar de las protestas del capitán Armin, que conforme a su fuerte intuición divisaba que las cosas no marchaban del todo bien, la competencia de caza se estaba realizando con aparente calma.
Sin embargo el cielo se oscurecía con rapidez sobre su cabeza y, por un momento, aquello le hizo recordar el día que conoció al príncipe de Amoris. Ese encuentro ─cuyo impacto no comprendió al instante y que cambió radicalmente su vida─ llegó a su mente.
Algunas escenas se reprodujeron nostálgicamente en su memoria. Dos niños idénticos corriendo en las callejuelas del Primer Distrito, las locuras que el hambre les había llevado a cometer, su emoción al contemplar el plan maestro que los colmaría de riquezas, un pequeño niño que con dos palabras había logrado detenerlos, los golpes y luego… la deliciosa comida, el baño caliente y la acogedora habitación.
─Cuando tengas la edad requerida ─le dijo un pequeño príncipe─, deberías intentar entrar a la Guardia Imperial.
─¡Nunca lo haré! ─había gritado como respuesta.
En su niñez había repudiado al reino que le dio la espalda, e irónicamente años después había ascendido al más alto rango que un guardia de Amoris podría aspirar. Probablemente si no fuera por aquel encuentro (ni por el consejo) habría terminado muerto o, en el mejor de los casos, en prisión.
Un fuerte estruendo interrumpió los pensamientos de Armin y dio fin a la tranquilidad que propiciaba el bosque, asustando a las aves que comenzaron a revolotear y a los demás animales que habían estado acechando, obligándolos a huir despavoridos. Incluso Tormenta, siendo un caballo conocido por su tenacidad, comenzó a mostrarse impaciente; alimentando así el mal presentimiento que el capitán había advertido desde el inicio de la caza.
─Alexy, regresen al campamento ─decretó. Su hermano, junto a los nobles que estaban bajo su protección, reclamaron.
─¿Por qué tenemos que regresar? ─dijeron─ ¡Aún no cazamos ninguna presa!
El guardia estaba a punto de replicar la instrucción, como era costumbre entre hermanos, alegando que un trueno no debería tener tanta importancia. Las palabras no llegaron a salir de su boca puesto que el capitán volvió a tomar la palabra.
─Alexy ─la voz de Armin cargada con mucha seriedad, hizo que su hermano comprendiera la gravedad del asunto inmediatamente─. Es una orden.
Y sin esperar respuesta, el capitán cabalgó hacia el norte.
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Castiel espoleó a su caballo, pero Demonio solo relinchó como respuesta. Las patas se hundían cada vez más en el lodo impidiéndole avanzar con velocidad. Los truenos y relámpagos también incomodaban al equino, incapaz de cooperar con su jinete.
Alzó la vista al horizonte. Aún a través de la cortina de agua que cada vez caía con más furia, alcanzaba a distinguir las siluetas difusas de los grandes árboles del bosque, sin hallar ni un rastro de los guardias que los acompañaban.
Se encontraba en medio del gran Bosque Central solo y, peor aún, dejando atrás a Alice sin ninguna clase de ayuda.
Intentó desmontar y regresar por su propio pie hacia el lugar donde estaban Alice y Viktor, pero una nueva serie de relámpagos, truenos y el sonido de la lluvia cayendo con más fuerza hicieron que perdiera nuevamente el dominio sobre el caballo que, gracias a su instinto animal que lo obligaba a resguardarse, comenzó a correr despavorido.
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No había transcurrido demasiado desde la partida del príncipe y aún así Alice sentía que era una eternidad, más aún con el río bajo sus pies que iba tomando forma apresuradamente.
Castiel le había dicho que regresaría por ella, y no había ninguna duda de sus palabras, sabía que él no sería capaz abandonarlos a su suerte… pero el tiempo era un recurso tan vital en ese momento y no podía desperdiciarlo. Lo primordial era moverse de ahí si no querían ser arrastrados por la corriente de agua. Para ella no supondría ningún esfuerzo subir la pendiente tan inclinada hasta la orilla y salir del arroyo casi sin ningún rasguño; el verdadero reto se presentaba en Viktor.
Si estuviera solo inconsciente, podría tratar de echarlo a cuestas como lo hizo con Castiel en la playa de Candy. Viktor era tan alto como Castiel, así que no supondría más trabajo del que ya había realizado. Sin embargo estaba la cuestión de su fractura y la sangre emanando de su frente, sin contar las heridas internas o contusiones que podría tener. Cambiar la posición de su cuerpo bruscamente podría resultar contraproducente para la salud del rey; pero si se quedaba esperando el regreso de Castiel, la corriente se los tragaría a ambos. Y abandonar a un hombre herido estaba fuera de discusión.
Alice inspiró hondo y luego de barajear mil posibilidades en su mente, comenzó a actuar con firmeza aunque dentro de sí sentía su cuerpo temblar. No sabía si por la angustia de trabajar en contra del tiempo o por el frío que se colaba a sus pies debido a que sus botas estaban cada vez más húmedas.
Con fuerza, rasgó la parte inferior de su vestido y con los trozos de tela, consiguió hacer un vendaje para inmovilizar el brazo del rey y otro para detener la herida en su cabeza.
Se quitó su capa haciendo que las gotas de fría lluvia atravesaran su ropa que aún estaba seca, y la extendió sobre el cuerpo de Viktor para evitar que este se mojara. Comprobó que el rey también tenía su capa, así que usando ambas prendas logró envolverlo de manera que todo su cuerpo a excepción de su rostro quedara abrigado. Con ayuda de algunas ramas estabilizó su cuerpo para evitar que se moviera más de lo debido y lo aseguró con cuerdas improvisadas producto de su vestido cada vez más destrozado. Para cuando terminó la labor gran parte de su falda había desaparecido.
Una vez que se cercioró que las cuerdas estuvieran bien afianzadas, Alice sostuvo con fuerza y tiró de ellas mientras subía las paredes del arroyo, pero resbaló al intentarlo. Sus piernas se hundían en el agua y fango. Intentó una vez más con el mismo resultado.
Sabiendo que no llegaría a nada si seguía con el misma técnica y sus esfuerzos sería en vano, en el tercer intento se las ingenió para rodear con las cuerdas un árbol grueso que estaba cerca de la orilla y, a modo de polea, utilizó propio su peso para elevar el cuerpo envuelto de Viktor, que se arrastraba cuesta arriba.
Con todas sus fuerzas tiró una vez y el cuerpo se levantó lo suficientemente para alejarse del suelo justo cuando la corriente de agua comenzó a circular con fiereza.
Siguió tirando nuevamente, sintiendo que la piel de las palmas de sus manos se desgarraba por el roce de la tela y, sin importarle el dolor ni el agua que pronto alcanzó sus pantorrillas, no se detuvo hasta que Viktor estuvo fuera del arroyo.
Una vez estando en la superficie, Alice sabía que lo siguiente que tenía que hacer era buscar un refugio contra la lluvia que arreciaba a cada segundo que pasaba. Y pesar de casi quedarse sin fuerzas, comenzó a arrastrar el cuerpo de Viktor sobre el lodo. Esta vez la labor se volvió por lo menos más ligera debido a la tierra húmeda y resbaladiza.
No supo cuanto tiempo estuvo arrastrando el bulto que componía el cuerpo de Viktor entre la maleza y el lodo, hasta que alcanzó a divisar un pequeño hueco que sobresalía de una colina, rodeado de piedras y arbustos.
Justamente cuando Alice entró a la pequeña cueva, junto con el cuerpo inmóvil del rey, una piedra blanca casi transparente del tamaño de una semilla cayó del cielo y rebotó hasta chocar con sus piernas. Estaba helada, de modo que pudo comprobar que se trataba de hielo.
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Armin Krieger no solo era experto en la geografía del Primer Distrito, podía presumir de conocer todo Amoris casi a la perfección; y el bosque central no estaba excluido de sus conocimientos.
Había guardado en su memoria cada camino, cada ruta, cada puesto de descanso y cada tipo de árbol de la inmensa variedad que lo componía; así que estimar el camino en dónde deberían estar Castiel, Viktor y Alice no le supuso una tarea laboriosa. Sin embargo, le estaba costando dirigir a Tormenta a través de las condiciones extremas del clima.
Quién diría que el mayor enemigo de su caballo en esos momentos compartía el mismo nombre. Corría con su implacable fuerza, pero notaba nerviosismo en él, como si Tormenta estuviera alertándolo de algo mucho peor.
Y aunque Armin no perdía detalle de los gestos de su caballo, no le impidió ver a la distancia a otro equino que atravesaba el bosque a toda prisa. Reconociéndolo al instante, tomó las riendas de Tormenta para seguirlo.
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Demonio no paró de correr hasta situarse bajo un pequeño techado de madera en medio de la nada. El refugio era sumamente sencillo, sin paredes y con espacio suficiente para que cupiera Castiel y su caballo. Al igual que este, había decenas de casitas similares por todo el bosque para resguardar a los viajeros de las inclemencias del tiempo o simplemente para descansar cuando lo requerían.
Justo estaba desmontando cuando escuchó una voz masculina que lo llamaba con fuerza.
─¡Castiel! ─además de Lysandro, solo había una persona en todo Amoris que se refería a él por su propio nombre por lo que al instante supo de quien se trataba.
El capitán Armin Krieger llegó montando a su caballo, que al igual que Demonio, se detuvo bajo el techo.
─¡Tienes que volver al campamento! ─le advirtió.
─¡No!
Armin quiso preguntar ¿por qué?, pero al ver la situación, lo que salió de su boca fue completamente diferente.
─¿Dónde están la princesa y Viktor?
Castiel procedió a explicarle, al borde de la desesperación, todos los sucesos acaecidos tan solo unos minutos antes. El rayo junto al poderoso trueno que hizo retumbar la tierra ocasionó que los animales se alteraran, la yegua blanca que originalmente pertenecía a Alice se perturbó particularmente más que los otros caballos, lo que ocasionó la accidentada caída de Viktor.
Armin estaba consternado, aunque Tormenta, Demonio y en general todos los caballos de la Guardia Imperial eran animales fuertes, acostumbrados a correr bajo los más terribles climas y terrenos, no comprendía la razón por la que huyeran o buscaran refugio con inquietud. Sin embargo encontró la respuesta inmediatamente. El ruido del agua cayendo, ya potente, se volvió ensordecedor, y sobre la tierra pronto aparecieron diminutas bolas de hielo de tamaños variados que reconoció al instante como granizo.
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La cueva a la que entraron era de un tamaño bastante reducido. Alice tuvo que encorvarse para que su cabeza no chocara contra el techo y todo el suelo prontamente fue ocupado por el cuerpo inmóvil de Viktor. No podría describirlo como el mejor lugar para atender a una persona herida pero por lo menos estaba seco y les permitiría pasar la tormenta en seguridad. Alice también inspeccionó el lugar en busca de rastros de animales; normalmente aquellos lugares servían de escondites naturales para la fauna y no quería sumar una bestia furiosa reclamando su morada a la larga lista de desgracias que ya tenía en ese momento. Pudo respirar tranquila cuando no encontró indicios, por lo que continuó su labor.
Después de acomodar el cuerpo de Viktor sobre el suelo, comenzó a verificar que no se hubiera lastimado más de lo que la caída había provocado. Él emitió un ligero quejido cuando intentaba limpiar la sangre de su frente, pero fue lo suficiente para que Alice le prestara toda su atención.
─¿Se encuentra bien? ─habló con calma, tratando que el rey recuperara la conciencia sin mucha perturbación.
Viktor lentamente abrió los párpados y con sus confundidos ojos castaños miró el rostro intranquilo de Alice. Balbuceó algunas palabras que no comprendió y volvió a desmayarse.
La chica acercó con cuidado su mano hacia la frente del rey y comprobó que estaba ardiendo en fiebre.
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─No puede ser ─las palabras salieron de la boca de Castiel, sus ojos grisáceos miraron con incredulidad el suelo que prontamente comenzó a llenarse de piedras de granizo de varias formas y tamaños─. ¡Debo volver!
Castiel no había logrado ni siquiera moverse un centímetro cuando fue retenido con firmeza por Armin.
─¡Suéltame! ─alterado, el príncipe comenzó a forcejear con el capitán intentando librarse de su agarre, pero rápidamente fue vencido por la experiencia y fuerza de Armin que en par de rápidos y precisos movimientos había logrado retener ambos brazos sobre su espalda. Si continuaba peleando, era capaza de tirarlo al suelo para impedir su escape─. Tengo que regresar… ¡Alice me necesita, lo prometí!
─No puedes dar un pie fuera del techo ─Armin pudo ver en el rostro de Castiel una desesperación que pocas veces le había visto. La misma reacción al enterarse de la muerte de su padre, o cada vez que le informaban que la salud de su madre empeoraba. O como cuando, un año atrás, solo pudo ver como los reyes se despedían de él antes de partir hacia Dolce para asistir a una agridulce celebración. Comprendía su sentimiento pero en esos momentos era primordial no dejarse llevar por las emociones y actuar imprudentemente. El capitán simplemente exhaló con calma y posteriormente le señaló una bola de hielo, más grande que su puño, que había caído tan solo unos instantes antes. Al inicio de la tormenta los pedazos de hielo eran tan pequeños que se derretían casi en el instante en el que tocaban el suelo, sin embargo unos minutos después todo el granizo que comenzó a caer era de ese tamaño o aún más grande. Sin lugar a dudas, estaban atravesando la peor tormenta que se había registrado en la historia de Amoris─. Si una cosa de esas cae sobre tu cabeza ─explicó─ tendremos que buscar otro heredero a la corona. Y además, si te ocurre algo, estoy seguro que Lysandre de todas formas me cortará el cuello. Así que por seguridad de todos, necesito que te quedes aquí.
Castiel no quiso obedecer y siguió tratando de librarse de Armin. No quería darse por vencido pero en el fondo de su consciencia comprendía que las alternativas eran escasas. El granizo cayendo le impedía salir del refugio, y aunque pudiera hacerlo, no sabía con exactitud hacía donde dirigirse.
Sin embargo, nada de eso le causaba tanta angustia que el saber que había dejado a Alice sola, al cuidado de Viktor, con una tormenta sobre su cabeza y miles de fragmentos de granizo cayendo del cielo.
Cada segundo que pasaba se tornaba en una dolorosa agonía.
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La única ventaja que presentaba los torrentes de lluvia cayendo sin parar era que le ofrecía una fuente constante de agua fría. Con ella había humedecido paños de tela que con frecuencia había cambiado de la frente del rey de Sucré, para tratar de reducir la fiebre. En ocasiones Viktor despertaba por segundos para volver a caer en la inconsciencia.
Alice se aventuró a salir de la cueva una vez que el granizo se calmó para recolectar algunos suministros en su improvisado refugio. No pudo avanzar mucho debido a que la lluvia aún caía, pero pronto reunió un arsenal de hierbas, ramas y hojas con las que volvió a la cueva. La lluvia había atravesado en un instante lo que quedaba de su ropa, chocando contra su piel. Sentía frío.
Los esfuerzos de construir una fogata para calentarse estaban descartados, la lluvia no había perdonado ni la más mínima rama y todo se encontraba humedecido. Era imposible crear o encenderles fuego en esas circunstancias.
Con las hierbas elaboró una cataplasma que colocó sobre la herida de la frente del rey y otra sobre la hinchazón que se extendía sobre su brazo roto. Viktor dio un respingo de dolor; aún desmayado seguía sufriendo.
Valiéndose de unas hojas lo suficientemente grandes, formó un cuenco improvisado con el que trataba de dar de beber Viktor cada vez que este lograba abrir los ojos.
Aunque el rey se encontraba en su mayoría seco, Alice era todo lo contrario, por lo que pronto su ropa húmeda comenzó a darle molestias.
Sus botas y medias estaban completamente empapadas y llenas de lodo, así que prescindió de ellas. Lo mismo hizo con la parte superior de su ropa, la que no había sido rasgada. Su único recubrimiento fue un ligero camisón que solía utilizar debajo de sus vestidos; una prenda sencilla, fina y delgada que no le proporcionaba gran abrigo. Por un minuto se sintió expuesta pero pronto lo vio como una tontería sin importancia; en ese momento preocuparse por su vestidura era el menor de sus problemas.
Y cuando terminó y se quedó sin ideas de qué hacer a continuación, Alice comenzó a sentir temor, no únicamente por estar sola con un hombre cuya vida corría peligro. Temía por la seguridad de Castiel, quien no regresó.
¿Y si algo malo le había pasado? ¿Y si también estaba herido?
Miles de escenarios devastadores empezaron a cruzar en su mente. Tan solo dos días atrás creyó que Castiel había muerto a manos de los piratas. Lloró y gritó de dolor al imaginarse que no lo volvería a ver, pero todo se había tornado en un desenlace de lo más extraño. Pensó también que había sido un gran golpe de suerte que aquella situación no se hubiera vertido en una tragedia nacional y se había alegrado muchísimo verlo nuevamente de pie. Pero ahora la situación era incomparable.
No podía salir a buscarlo y la lluvia no parecía terminar. Alice había perdido la noción del tiempo pero estaba segura que el día pronto estaría culminando. Sentada y abrazando sus rodillas, solo podía implorar a todos los cielos encontrarse nuevamente con Castiel.
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Cuando Castiel comprobó que las bolas de granizo habían dejado de caer –no así la lluvia que seguía vertiéndose sobre la tierra– no reparó el volver a montar de Demonio, que se dejó guiar por él. Lo peor de la tormenta había pasado.
Armin ya no opuso resistencia. Al contrario, siguiendo el ejemplo del príncipe, montó a Tormenta y ambos trataron de dirigirse al lugar dónde se habían quedado Alice y Viktor
De pronto fueron interceptados por una manada de caballos, guiadas por unos conocidos jinetes.
─¡Alteza! ─gritaron todos los hombres del grupo al reconocerlo, entre los que se encontraban Alexy y los guardias que debían cuidarlos.
─¿Dónde carajos estaban? ─reprendió Castiel con una voz tan fría y furia en su mirada. Ambos guardias desmontaron y se inclinaron en el piso, implorando el perdón del príncipe.
Se tomaron turnos para explicar a Castiel lo ocurrido, cada vez más nerviosos por el impaciente rostro del príncipe. Sus caballos también se habían asustado con el fuerte estruendo del rayo y al igual que los otros, corrieron despavoridos. Lograron encontrar refugio bajo unos árboles pequeños con un follaje tan espeso que amortiguaba la lluvia y la caída de granizo. En cuanto tuvieron la oportunidad regresaron al campamento, solo para llevarse la sorpresa de que, aunque todos los nobles y guardias ya se encontraban allí, las personas más importantes ─el rey de Sucré, el príncipe de Amoris y la prometida de este─ no habían vuelto.
Alexy, que había llegado en cuanto terminó de reunir a todos los hombres que se habían dispersado en el bosque, rápidamente organizó a algunos guardias para salir en su búsqueda.
Castiel no respondió a las súplicas, no podría perdonarlos hasta que encontraran a Alice bien. Era todo lo que le importaba en ese momento. Armin, comprendiendo las intenciones del príncipe, fue quien respondió.
─¿Recuerdan el punto exacto en donde se separaron?
─¡Por supuesto!
Gritaron y al instante, siguiendo las órdenes del capitán, lideraron al pequeño ejército reunido. No tardaron en llegar al sitio, no obstante Armin pronto lamentó dentro de sí mismo haber dado prioridad a la búsqueda del rey extranjero y la dama sin anteponer la seguridad del príncipe por más que este se hubiera negado.
Si hubiera sido así, por lo menos se hubieran evitado que el corazón del príncipe se estrujara aún más de lo que ya estaba. Si tan solo unos instantes antes él estaba al borde del colapso, justo ahora decir se había quedado mudo de la impresión era poco.
Castiel vio con horror que aquella zanja en la que había caído Viktor y en la que Alice había bajado, se había convertido ya no solo en un pequeño arroyo: parecía un implacable río desbordándose, arrastrando grandes ramas y troncos de los árboles caídos en su caudal. Por supuesto no había rastro de ningún rastro de los dos.
─¡Alice! ─Castiel gritó con desesperación casi desgarrando su garganta. Temiendo que la corriente los hubiera arrastrado, corrió hasta el arroyo dispuesto a entrar en el de ser necesario, con tal de encontrarlos con bien. Armin, por segunda vez en el día, frustró sus planes.
─¡Cálmate! ─le gritó cortándole el camino y sosteniéndolo de sus ropas impidió que avanzara hasta llegar a la orilla. Un paso en falso y el príncipe podría resbalar, lo que podría conllevar desastrosas consecuencias. Castiel trataba de librarse a la vez que gritaba una y otra vez el nombre de su prometida.
─¡Alice!
─¡Cálmate! ─Armin repitió nuevamente y esta vez desenvainó su espada para apuntar el cuello de Castiel. La advertencia surtió efecto inmediato, el príncipe miraba a Armin con incredulidad, casi ofendido de tener el filo rozando contra su piel. Al instante todos los demás guardias hicieron lo mismo, rodeando a los dos hombres, demostrando agitación por tal escenario. ¿El capitán, la máxima autoridad de la Guardia Imperial, amenazando al príncipe que pronto recibiría la corona de Amoris? ¿A quién obedecer? La respuesta era evidente, un mal movimiento de Armin y su vida terminaría en segundos.
─Me estás amenazando ─escupió las palabras.
─Sí ─respondió con Armin con firmeza, sin vacilar en el agarre de su espada─. Un día te juré que dedicaría toda mi vida a tu protección, y eso nunca cambiará. Así que ejecútame por traición si quieres, aquí y ahora. Pero si das un paso más te condenas a ti mismo. Y lo sabes. Bastantes problemas tenemos con un rey y una dama extraviados. No quiero que te sumes también a la lista.
Armin vio impotencia en la mirada de Castiel. Siendo el próximo monarca, era el hombre más rico y poderoso de todo Amoris; y pese a ello, ni sus títulos ni sus propiedades ni su poderío podían ser de ayuda en esos momentos. Su calidad de heredero lo volvía hasta cierto punto vulnerable. Nadie se atrevería a dejar que el futuro rey se expusiera a una búsqueda tan peligrosa como aquella, por más importantes que fuesen las personas extraviadas.
En aquellos momentos Castiel más que nadie odiaba esa sobreprotección. Nunca había renegado su destino al haber nacido en la familia real, pero justo en ese momento a él lo único que le importaba era la seguridad de Alice. Necesitaba salir en su búsqueda, necesitaba saber que estaba bien, que nada malo le hubiera pasado. Quería verla de nuevo.
Con todo eso, admitía que bajo esas circunstancias, poco podía hacer. Solía evitar las visitas al bosque y en general pocas veces salía del palacio. Y por supuesto, jamás había salido en búsqueda de una persona perdida. Retrocedió. Armin bajó su espada y el grupo hizo lo mismo.
─Vuelve al campamento ─le dijo, y antes de que Castiel pudiera decir algo, Armin añadió con seguridad─. Yo personalmente la buscaré. Antes de que se ponga el sol regresaré con ellos ─después se dirigió hacía sus guardias─. Escóltenlo.
El capitán dio órdenes, y organizó cuadrillas de búsqueda, mientras Castiel veía el fluir del río.
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─Armin ─Alexy llamó a su hermano cuando cada grupo de búsqueda había partido─. ¿Crees que ellos… estén a salvo?
El capitán no respondió a la pregunta, pero en su interior sabía que sólo un milagro les haría encontrarlos con bien.
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Cuando Armin y Alexy regresaron al campamento, el sol se había puesto ya pero la lluvia no había cesado ni un instante. Fueron el último grupo de búsqueda en volver.
No hubo necesidad muchas de palabras. La mirada de Castiel emitía una gran interrogante y preocupación.
Alexy solo negó con el rostro. Castiel se desplomó.
─Dijeron que regresarían con ella ─no eran un simple comentario; había rencor en sus palabras.
─No podemos seguir buscando de noche. Las antorchas se apagan rápidamente con la lluvia y la tormenta hizo del el terreno intransitable.
─Al alba ─añadió Armin.
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El sol se había ocultado por completo y la cueva se volvió tan oscura como una tumba. Hacía frío, hacía mucho frío; pero a Alice no le importaba. Los inviernos anteriores los había padecido en circunstancias similares, así que las bajas temperaturas no la amedrentarían.
Sin embargo, sí le importaba el bienestar de Viktor. No solo porque era un rey, una autoridad del país vecino, cuya seguridad podría desembocar en conflictos internacionales. También era tan solo un ser humano, un poco mayor que ella, con toda una vida por delante. Dependiendo de sus lesiones, podían empeorar si no eran tratadas a tiempo y causar daños permanentes en su cuerpo.
Después de la muerte de su padre, Alice había aprendido algunas cosas de medicina, para evitar volver a ser engañada por supuestas medicinas milagrosas, pero había aplicado todos sus conocimientos en el cuidado de Viktor y aún así no eran suficientes.
Y por supuesto también le importaba el bienestar de Castiel. Se preguntaba dónde estaría o qué estaría haciendo. O a veces no le importaba eso, se conformaría con saber que estaba bien.
Suspiró. Tan solo quería verlo nuevamente.
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El campamento era reinado por un silencio sepulcral, y los nobles aún resguardados en sus respectivas carpas, no se atrevían a tocar otro tema de conversación de no fuese los deseos de bienestar para el rey de Sucré, así como la prometida del príncipe. Ninguno se había atrevido a regresar a sus respectivas casas.
Muchos con semblante abatido, angustiado o simplemente decaído por la tragedia que se había suscitado esa misma tarde.
A excepción de una dama. Charlotte Leclair pidió una taza de té que se le otorgó enseguida, mientras observaba la entrada abierta de su tienda de campaña, entre las velas aromáticas y la mesa de bocadillos.
De repente, una sombra familiar se situó en la entrada. Charlotte se sorprendió al ver al capitán Armin, quien la veía con su habitual indiferencia, pero esta vez había algo más en su mirada. Como si fuera desprecio.
La peculiar visita la había tomado por sorpresa e inmediatamente puso de pie.
─Buenas noches capitán, ¿le puedo invitar una…?─, antes de que pudiera terminar de hablar, Armin se había marchado.
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Las horas pasaron como si se tratara de siglos. Castiel no pudo cerrar los ojos ni un instante para dormir. Sus sirvientes le prepararon un cómodo lecho de sedas y almohadones; le llevaron una copiosa cena e incluso le ofrecieron diferentes infusiones calientes para calmar sus ánimos; pero él negó todas las atenciones. Le era imposible pensaría en sí mismo hasta ver nuevamente a Alice, que estaba allá afuera, sufriendo las consecuencias de no haber cumplido su promesa de volver a tiempo.
Cuando el pirata de nombre Dajan le había propuesto un cruel trato en donde él tendría que dar su vida a cambio de Alice, no dudó ni un instante en aceptarlo, porque en aquel momento se dio cuenta de lo mucho que amaba a Alice y que le importaba más ella que su propia vida.
Pero ahora se sentía un inútil. Aún si podía salir a buscarla, había personas que estaban dispuestas a darlo todo para detenerlo, con tal de perseverar su bienestar. Daría lo que fuese por intercambiar su situación con ella.
Ella era tenaz, lo sabía. No podía simplemente haberse dejado arrastrar por el agua. Alice era una mujer valiente y aún así, se lamentaba por haberla dejado sola.
Quería verla una vez más y decirle lo mucho que la quería.
Una mezcla de furia, dolor, arrepentimiento embargaron a Castiel durante toda la noche.
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Los primeros rayos del sol se asomaban por el horizonte, pintando un cielo de matices naranjas contrastando con el azul que auguraba un cálido día soleado.
Las cuadrillas de búsqueda estaban listas para partir cuando un caballo más se sumó al grupo de búsqueda. El príncipe estaba montando su semental, vestido con la armadura de cuero negro y espada en su cintura. Como si fuesen a ir a una guerra.
─No me interesa lo que me digas ─dijo al pasar a un lado de Armin─. Estuve quieto como quería, pero no puedo más. Debo ir.
El capitán solo se rió, no dijo nada más, y se limitó a seguirlo.
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Alice estaba soñando.
Era un sueño recurrente y tranquilo. Se encontraba en su casa, tarareando una melodía conocía mientras preparaba los alimentos. De repente, unos fuertes brazos rodearon su cintura y un cálido beso se posó en su mejilla. El gesto la había tomado por sorpresa, y se volvió a mirar a la persona responsable de tan cálido acto pero el rostro de aquel hombre ─que por mucho tiempo le perteneció a Nathaniel─ era irreconocible.
─Alice ─le decía con una voz profunda, pero le daba la sensación de familiaridad─. Alice ─volvió a decir la voz con más fuerza y su pecho se llenó de calidez. Se sintió reconfortada─. ¡Alice!
Alice despertó inmediatamente para darse cuenta que en realidad alguien estaban gritando su nombre. Rápidamente entendió la situación y salió de la cueva.
─¡Aquí! ─gritó con todas sus fuerzas.
Castiel escuchó la inconfundible voz de Alice. No podía creerlo.
─¡Aquí, aquí estamos! ─volvió a repetir una y otra vez. Castiel se dejó llevar por ella y sintió que en cualquier momento se echaría a llorar.
Sus pies se movieron y antes de que pudiera darse cuenta ya estaba frente a Alice. Al verla, sintió como todas sus inquietudes desaparecieron al instante.
Alice, con los pies llenos de lodo hasta la rodilla, vestida únicamente con un ligero camisón blanco, el cabello completamente despeinado y su rostro reflejando el alivio. Castiel no dudó ni un momento en quitarse el abrigo y ponerlo sobre los hombros de Alice, que estaba helada.
Alice estaba viva. La alegría golpeó su corazón, sintió como si fuera el día más feliz de su vida. Alice, su Alice estaba con bien, viva.
Se miraron a los ojos y después ella sonrió. Fue tan solo una ligera curva en su sonrisa pero para Castiel, aquel sencillo gesto fue tan poderoso para tranquilizar su corazón tan agitado por la angustia. En un instante todo alrededor de ellos desapareció y en un acto impulsivo tomó su rostro entre sus manos y lo atrajo hacía él.
La besó.
La besó con la necesidad de sentir que aquello no era un sueño, de sentir que estaba bien, con vida. La besó con la necesidad de liberar toda la angustia que había experimentado las últimas horas, de sacar todo aquel sentimiento que había estado reprimiendo desde… ¿Desde cuándo había deseado poseer sus labios? ¿Desde cuándo había deseado que su actuación de prometidos no fuera ficticia?
Alice había llegado de forma repentina a su vida, sin siquiera desearlo, en un evento completamente al azar. Nunca imaginó que la chica que conoció en un pasillo del palacio y que le habló con tanta sinceridad ahora estaría entre sus brazos correspondiendo a cada uno de sus besos.
Castiel había renegado mil veces del amor, y ahora estaba dejando fluir todo aquel sentimiento que había guardado por ella.
Los pensamientos de dejarla ir se arremolinaban en su mente. Sabía que ese momento tendría que llegar, que en cuanto la corona descansara sobre su cabeza tendría que disolver su compromiso. Y, ahora mientas movía sus labios con delicadeza sobre los de ella, mientras degustaba la suavidad de sus labios y exploraba su boca, se dio cuenta que no podría hacer eso. No podía simplemente dejarla ir, olvidar su existencia y eventualmente contraer matrimonio con otra mujer.
Quería a Alice, quería que fuera su esposa, su mejor amiga, su reina, su todo. Estaba completamente enamorado y no podía imaginar pasar el resto de su vida con otra persona que fuera ella. Y quería que fuera recíproco. Que Alice lo quisiera tanto como él.
Y entonces, Castiel prometió a sí mismo que, si Alice se lo permitía, haría todo lo posible para que aquella maldita farsa se volviera una realidad.
Sintió el cuerpo de Alice temblar, pero solo afianzó el agarre sobre ella.
─Estas viva ─susurró cuando se tuvieron que separar. El latido de su corazón sonando perfectamente el aire ─. Perdón por no regresar.
Estaba despeinada, llena de barro y con el rostro exhausto de pasar toda una velada en condiciones extremas, pero al ver las mejillas completamente sonrojadas y sus grandes ojos mirándolo con emoción y desconcierto, sintió que la vida le regresaba nuevamente. Aún en la precaria situación, para Castiel, Alice era la chica más hermosa del mundo.
─Ejem─ Armin carraspeó y pronto la atmosfera en la que ambos se habían envuelto se dispersó. El capitán los miraba con cierta burla, mientras que Alice se encontraba con el rostro completamente enrojecido y Castiel pensaba en tomarse enserio aquella amenaza de ejecutarlo al instante─. Lamento interrumpir, pero hay un hombre herido que requiere atención urgente.
El príncipe solo asintió y pronto todo el ejército de guardias, que ya se había reunido en torno a la cueva, entraron en busca de Viktor.
Castiel tomó la mano de Alice y no la soltó.
No la soltó en todo el camino de regreso al palacio.
No la soltó cuando los asaltaron las miradas de los sirvientes preocupados ni las miles de interrogantes del consejero real.
Solo pudo despegarse de Alice cuando la dejó dentro de su habitación, en medio de las mucamas que revoloteaban a su alrededor preocupadas por su bienestar.
Y cuando la calidez a la que su mano ya se había acostumbrado se fue desvaneciendo, la sintió extrañamente fría y solitaria. Como si se hubiera desprendido de una parte importante de él.
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Alice y Castiel, cada uno en sus propios aposentos, no pudieron ignorar el sentimiento que palpitaba en su pecho cada vez que recordaban la agradable sensación que produjo la unión de sus labios.
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Cuando la reina de Dolce entraba a cualquier recinto, siempre acaparaba todas las miradas.
Ya fuera por su largo cabello castaño que orgullosamente lucía debajo de sus caderas, los ojos cristalinos con una apariencia infantilmente soñadora que contrastaba a sus extravagantes atuendos, con vaporosas y largas telas cuya transparencia no dejaba nada a la imaginación, los temas de conversación giraban en torno a su exótica belleza.
Sin embargo, en otras conversaciones se rumoraba que la desafortunada indecisión de una dama la posicionó en un trono que originalmente no le pertenecía. Golpe de suerte en la opinión de muchos, maquiavélica treta para los más observadores que no se dejaban engañar por la hermosura de un radiante rostro, pues entre las altas esferas de cualquier reino que componía El Gran Continente era bien sabido que si se hubiera apegado al destino que se le había impuesto desde su nacimiento, para esos momentos la joven monarca de Dolce no tendría sobre su cabeza otra corona más que la de Amoris.
¡Lamento muchísimo el retraso! Si supieran las mil peripecias que he tenido en estos meses unu. Pero como otras ocasiones he dicho, no pienso abandonar esta historia. ¡Espero que hayan disfrutado este capítulo! Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl. Suelo publicar spoilers, avances, curiosidades y otras cosillas respecto al fanfic. ¡Nos vemos en el siguiente!
