Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 22 ~
Anteriormente en Another Cinderella: Armin descubre que el accidente que había tenido el rey de Sucré era premeditado teniendo como objetivo Alice; Viktor decide no tomar represalias por el atentado. Después del beso, Alice se pregunta si aquel gesto tenía algún significado, mientras que Castiel decide revelarle sus sentimientos a Alice después de la fiesta de compromiso que estaba a punto de iniciar.
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Nathaniel lo había pensado durante toda la noche. Durante varias noches en realidad. La profunda oscuridad marcada debajo de sus ojos era la prueba irrefutable de ello.
Esa mujer llamada Charlotte Leclair había suplicado, en nombre de Alice, que acudiera a la fiesta de compromiso con el príncipe de Amoris. Se había negado un millón de veces… ¿Qué demonios estaba pensando su exprometida para obligarlo a ver semejante acto? Pero Alice ─según las palabras de Leclair─ insistía incansablemente que ella necesitaba verlo. Incluso había recibido una auténtica invitación en sus manos, dirigida exclusivamente a él.
En ocasiones la señorita Leclair llegaba con dinero, alimentos y todo tipo de regalos para tratar de convencerlo de reunirse con la chica que lo engañó y darle una segunda oportunidad. Y la amiga en común de ambos, Sharon Smith, era aún más entrometida que la misma Charlotte. Mañana y tarde insistía en que algo no andaba bien con Alice, que seguramente aquel acto de traición no era lo que aparentaba, que más bien debería tenía un motivo oculto. Y a diferencia de él, Sharon no dudó ni un minuto en aceptar la invitación a la fiesta, dispuesta a desvelar todos los secretos que la, hasta ahora, prometida del príncipe parecía guardar.
Los días pasaron con lentitud, pero al final llegó el momento de dar su respuesta a Charlotte. El evento estaba a pocas horas de iniciar. Al final, tomó su decisión.
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Charlotte se detuvo frente a la puerta.
Aunque la luz solar aún no iluminaba todo el paisaje, le bastó una breve mirada para comprobar que la madera estaba carcomida. El estómago se le revolvió, pero nunca perdió su porte como la dama educada que era. Más que nunca, debía inspirar confianza, si es que quería que sus planes marcharan a la perfección.
Detrás de ella, los sirvientes cargaban con dos valijas con obsequios para los residentes de aquella casa.
Levantó su mano en un puño, pero antes de golpear la puerta, esta se abrió al instante, revelando el rostro demacrado de Nathaniel Lowell.
—Iré —dijo sin siquiera saludar. Charlotte trató de no demostrar su contento al saber que el primer paso había sido realizado con éxito.
—Agradezco que haya accedido a ver a mi amiga Alice. Le envía estos obsequios a usted y a su hermana—dijo mientras los sirvientes entraban en la casucha con las cajas y valijas—. Por favor, utilícelos el día de hoy. Partiremos en cuanto estén listos.
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El príncipe Castiel jamás se había sentido tan nervioso como aquella mañana. Caminaba por los pasillos, tan rápido como se lo permitían las decenas de mucamas y lacayos que se encontraban corriendo de un lado a otro, ultimando detalles para la gran fiesta que llevaban meses planeando.
Todos y cada uno de ellos dejaban su labor por instantes para proporcionarle la debida reverencia que se le atribuía a los miembros de la familia real, y Castiel respondía que no eran necesarias aquellas formalidades. Lo único que deseaba era que no obstaculizaran su camino para avanzar con mayor rapidez.
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─Señorita Alice, ¿podría contener la respiración una vez más, por favor?
─¿De nuevo?
Melody le respondió con gesto de disculpa al claramente preocupado rostro de Alice. Respiró con fuerza a la vez que sentía su cintura siendo aplastada por los varillas del corsé que la mucama intentaba ajustar. Alrededor de ella, las personas se movían de un lado a otro.
Como de costumbre, su rutina había iniciado muy de mañana cuando una decena de mucamas, lideradas por la duquesa de Candy, irrumpieron en su habitación con un gran cargamento de perfumes, maquillaje, joyas y, por supuesto, los vestidos que aquel día luciría. Inmediatamente se pusieron a la obra para dejar a la princesa de Amoris lo más magnífica posible.
─Hoy debes lucir fabulosa ─excusó Rosalya, mientras terminaba de colocarle algunas diminutas perlas en su cabello ya recogido.
─¿Y por eso debo dejar de respirar?
─Solo será un par de horas ─se rió─. Es tu primera aparición oficial en público por lo que debes dejar a todo el mundo boquiabierto. Después cambiaremos de vestido.
Alice solo resopló derrotada. Nunca se había imaginado que la tarea más difícil que tendría aquella mañana sería soportar una gran cantidad de tela ceñida a su cuerpo.
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Era irónico que, tan solo algunos meses atrás, cuando el príncipe recién había conocido a Alice Arlelt de inmediato hizo planes para mantenerla lo más lejos posible de él, llegando a pasar varios días sin siquiera saber de su existencia. Incluso la había enviado a Candy, en la frontera con Sucré. Ahora no la había visto en un día y ya le parecía una eternidad.
Detrás de él, Lysandre trataba de seguirle el paso, al mismo tiempo que le indicaba la lista de actividades que debía cumplir al pie de la letra esa mañana, pero Castiel, habiendo memorizado su itinerario, ya no escuchaba palabra alguna.
Necesitaba ver a Alice.
Y cuando llegó a su habitación, ni bien había abierto la puerta cuando su visión se llenó de la imagen más hermosa que había visto en su vida.
Perdió el aliento.
En medio de la habitación, y rodeada de las mucamas que estaban a su servicio, se encontraba Alice con un largo vestido con cientos y cientos de rosas rojas y perlas repartidas por toda la tela de la falda. Sus hombros estaban completamente descubiertos y su blanquecino cuello estaba adornado con el collar que bruscamente la había obligado a usar desde el primer día que Alice había llegado al palacio. En aquel entonces se lo había entregado como una mera formalidad, solo como un símbolo de su unión ficticia. Pero ahora adquiría un significado completamente diferente. Si bien Alice lo había usado cada día desde que se le fue entregado, nunca se había lucido tan perfecto como en esta ocasión.
Su mirada gritaba a los cuatro vientos cuanto la quería.
─Te ves hermosa ─es lo único que pudo decir. Alice, que se había sorprendido por la repentina aparición de Castiel, se ruborizó al instante.
─¿Eso es todo lo que se te ocurre? ─reclamó la duquesa─ ¿Preciosa, divina, perfecta, la visión más hermosa que jamás hayas observado?
Alice estaba a punto de reclamar que no era para tanto, pero el príncipe se le adelantó.
─Sí, también todo eso.
Castiel lo dijo con tanta sinceridad que le sorprendió a Alice. Es decir, no era la primera vez que le decía un cumplido, ni la primera que la duquesa le reprochaba, en sus palabras, "lo poco apasionado que había sido". Poco a poco Alice estaba consciente que la mirada del príncipe hacia ella había cambiado. Inmediatamente en su mente se arremolinaban recuerdos demasiado íntimos que había tenido con el príncipe, como aquel apasionado beso del cual seguía sin resolver.
Trató de mantener la compostura. Y no se permitió a sí misma emocionarse por aquel pequeño gesto.
─Gracias, tu también te ves muy bien.
Dijo sin querer sonar tan entusiasta. Aunque siempre había sabido que el príncipe de Amoris era bastante bien parecido, con su traje negro, a juego con el vestido de Alice, se veía mucho más atractivo.
─Muy bien ─exclamó Rosalya─ es hora de irnos.
Esta vez Castiel no se opuso a las exigencias de la duquesa. Con orgullo, tomó de la mano a Alice, y se dejó guiar por Rosalya y Lysandre para iniciar con todos los eventos programados.
Y aunque Castiel quería tan solo un minuto de tiempo a solas con Alice, por la apretada agenda que tenían durante todo el día, sabía le sería imposible. Tuvo que recordase a sí mismo una y otra vez que una vez concluido el evento, tendría por fin su preciada oportunidad para hablar con Alice y confesar todo lo que sentía, y aquella expectativa le dibujó una gran sonrisa en su rostro. Más el corazón de Alice seguía cuestionando el extraño comportamiento del príncipe al ver que se hallaba tan feliz en esa mañana.
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La agenda, como había repetido Rosalya sin cesar los días anteriores, comenzaría con una visita al Primer Distrito.
"Antes de que un rey asuma su cargo, antes de que sea digno de una corona, debe ser dueño bondadoso del corazón de una dama. Así, al cuidar de ella con ternura, cariño y toda cualidad derivada del amor, demostrará que es digno de cuidar con el mismo afecto al pueblo de Amoris".
Como un buen augurio, era tradición que la próxima pareja real se presentara ante el pueblo de Amoris, incluso antes de una presentación oficial con los Líderes de Distritos y monarcas de otras naciones. De esta manera los hacía ver que eran también una parte importante de su reino. Y, además, observar por su propia cuenta que el próximo rey de Amoris cumplía el estatuto de amar a una persona antes de tomar el trono, los ayudaba a poner toda su confianza en él.
Pronto Alice se dio cuenta de la magnitud de aquel evento. Mientras el carruaje avanzaban sobre el largo camino empedrado que salía del palacio, el que alguna vez recorrió cuando fue al baile organizado por la familia real, se percató como se encontraba repleto de personas a ambos lados del camino, amontonados deseando echarles un vistazo rápido, aún si fuera breve y apenas visible debido a la Guardia Imperial que había formado barricadas para impedir el paso. Podía escuchar claramente vítores y aplausos que no cesaban.
En ese momento comprendió lo que la duquesa le había dicho alguna vez: la fiesta de compromiso era mucho más importante que incluso la propia boda.
Comenzó a sentir miedo.
Se asustó de no estar a la altura de sus expectativas, de estar engañando a todo el mundo. De decepcionarlos una vez que todo terminara.
¿Cómo la vería el pueblo, después de haber sido presentada a la sociedad como su próxima reina y haber recibido todos esos halagos y toda su confianza, cuando se enteraran que su compromiso con Castiel había terminado? Peor aún, todo había sido una farsa. En ese momento los estaban engañando descaradamente.
Comenzó a jugar con sus pulgares, arrugando la tela del vestido sobre su regazo. Incluso por un momento se sintió mareada por todas las sensaciones, entre ellas la culpabilidad, que estaba experimentando. Se semblante cambió notablemente.
Castiel inmediatamente se percató de los sentimientos de Alice, pero lo atribuyó a un simple nerviosismo de estar frente a una multitud. Tomó su mano para tratar de reconfortarla.
─Todo estará bien ─le sonrío─. Confía en mí.
Alice, no sabía cómo, pero aquel pequeño gesto bastó para tranquilizarla aunque fuera por un momento.
No tardaron mucho en llegar a su destino.
Alice reconoció el lugar. Había estado por ahí unos meses atrás, cuando salió de compras con Alexy. Se detuvieron frente a la plaza principal del Primer Distrito, y mientras descendían del carruaje, pronto se dio cuenta que las personas que había visto a lo largo del camino no eran absolutamente nada en comparación con las que llenaban la explanada. No podría caber ni una persona más.
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Charlotte odiaba las multitudes. Especialmente aquellas que no se hacían en torno a ella, donde podría ser el centro de atención. Y personalmente odiaba mezclarse con la multitud que se había reunido a ver a la próxima pareja real. Una parte de ella sentía que le habían robado su momento de gloria. Ella debía estar en aquel escenario, no mezclada con plebeyos.
Pero las circunstancias le hacían estar ahí, casi frente al escenario, para que su plan marchara a la perfección.
Nath, a su lado, no parecía expresar otro sentimiento que no fuera de odio hacia Alice.
Ámber, del otro lado, parecía aburrida. En algún punto a Charlotte le pareció que la venganza contra Alice de la que tanto hablaba la rubia ya le había hastiado. O simplemente había perdido el interés. Sin embargo, aún no podía deshacerse de Ámber hasta que hubiera logrado sus objetivos.
El evento dio inicio. Normalmente sería la reina quien presentara a la nueva pareja real frente al pueblo, pero por su estado de salud, delegó la responsabilidad al Líder del Primer Distrito, Kentin Portner.
Este comenzó su discurso hablando de la historia del reino, y de todos los monarcas anteriores que habían cumplido con una peculiar tradición, y como esta los había reunido una vez más aquel día para ser testigos del nuevo matrimonio que pronto reinaría sobre Amoris.
─Por eso ─continuó Kentin hablando con voz firme─, agradezco a la Reina Valérie haberme permitido presentar a Su Alteza Real Castiel Moncrieff, príncipe heredero al trono de Amoris y su prometida, la señorita Alice Arlelt.
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Alice se quedó en blanco al escuchar su nombre ser presentado oficialmente como la prometida del príncipe de Amoris. Aquella era la señal que estaban esperando para por fin subir al escenario que había sido construido especialmente para aquella ocasión, pero no pudo dar un solo paso.
Castiel apretó su mano nuevamente, con su mirada trató de inspirarle confianza. Y, al verlo, el tiempo se detuvo un instante.
Alice recordó la razón principal por la que estaba allí.
No estaba allí para recibir los halagos del público, ni su aprobación. No quería vestir aquellas prendas tan bonitas ni valiosas joyas por pura vanidad. Todo lo hacía por Castiel, para que él pudiera sentarse en el trono, porque él sería un excelente rey. Y era lo que Amoris más necesitaba en ese momento.
Podría engañarlos por un tiempo, podrían reprocharle por ello en el futuro, pero no tenía por qué importarle. Al fin y al cabo lo hacía también por el pueblo de Amoris.
«Está bien», se repitió en su mente. «Todo está bien».
Rosalya le había dicho que sonriera. Así lo hizo y el público que comenzó a aplaudir con más y más fuerza.
Comenzó a subir al escenario con una fuerte opresión en el pecho. Ya no había marcha atrás, llevarían su farsa hasta las últimas consecuencias. Y el agarre fuerte de Castiel le estaba dando valor para confrontar aquella situación. Si Castiel seguía a su lado, apoyándola como lo había hecho hasta ese momento, podía desempeñar su papel, el que ella misma había aceptado, incluso sugerido realizar.
Junto a Castiel, podía con todo.
Por fin pudo levantar el rostro y saludar a la multitud, que no dejaba de gritar y aplaudir con alegría.
Familias enteras, personas de todas las edades, y de todas los distritos, incluso del extranjero se habían reunido ahí, y se alegraban cuando la ahora nombrada "próxima princesa de Amoris" les devolvía el saludo.
Poco a poco se fue calmando al ver la expresión feliz del pueblo. Y Castiel no dejaba de mirar atentamente a cada uno de sus movimientos, sin saber que él compartía la misma felicidad de una manera más que genuina.
Los ojos de Alice viajaron de aquí para allá sin buscar un rostro en particular, sin dejar de sonreír, y tratando de saludar a todas las secciones de la explanada que demandaban su atención.
Y de repente, sin siquiera preverlo, sus ojos se cruzaron.
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Charlotte, Nathaniel, y Ámber eran las únicas personas en toda la plaza que no celebraban con alegría la presencia del príncipe y su prometida.
Nathaniel se estaba retractando de haber asistido a aquel evento cuando vio la gran sonrisa de Alice dirigida a todo el público.
De la mano con el príncipe, sentía que seguía burlándose de él. Que seguía recordándole que lo cambió por alguien mejor. Alguien que le podía dar el mayor estatus posible dentro del reino. Y que ahora estaban alardeando que su unión estaba más cerca que nunca.
Charlotte casi lo había convencido de que Alice realmente era maltratada por el príncipe, por eso había asistido para comprobar que tan infeliz era. Pero lo que le mostraban era algo muy lejano a lo que creía.
El odio seguía creciendo en él.
Y de repente sus ojos se cruzaron. La sonrisa de ella se desvaneció al instante.
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La opresión en el pecho regresó con más fuerza.
Aquellos ojos color miel que tanto había amado en el pasado la estaban viendo solo a ella.
Alice lo había conocido tan bien durante toda su vida como para no darse cuenta que Nathaniel ahora mismo era la ira materializada en persona.
La culpabilidad cayó sobre ella como un balde de agua fría.
Había intentado por todos los medios posibles olvidar a Nath. Y ahora se daba cuenta que quizás no lo había hecho del todo. Simplemente encerró aquellos sentimientos –el amor que alguna vez habían sentido, el dolor, el rencor, la angustia– en lo más recóndito de su corazón y se había decidido a ignorarlo.
No se habían erradicado del todo. Y ahora, junto a todas las sensaciones previas, habían explotado y estaban recorriendo todo su cuerpo.
Miedo, tristeza, preocupación, culpabilidad, incertidumbre… se habían mezclado en un solo momento.
Sintió un gran vacío en el estómago.
Nauseas.
Su pecho dolía, dolía pero no con dolor físico.
Había un nudo en su garganta.
Trató de respirar, pero el aire no llegó a los pulmones.
─¿Alice? ─Castiel se alarmó en cuanto vio el rostro pálido de Alice─ ¿Te encuentras bien?
Ya no respondió.
Enfrente de la gran multitud, Alice se desvaneció.
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Había pasado un tiempo considerable desde que Alice Arlelt se había desmayado en la plaza principal. Rápidamente fue sacada del escenario ante la vista atónita de los cientos de personas que se habían reunido. Una ocasión que parecía alegre pronto fue opacada.
La multitud poco a poco se fue dispersando por orden de la Guardia Imperial, quienes, evitando que curiosos se arremolinaran sobre el escenario, comenzaron a despedirlos, dando por terminado el evento.
Charlotte, en silencio, solo se dedicó a observar todo lo que ocurría a su alrededor, creyendo que su victoria estaba cada vez más cerca.
─¿Te das cuenta? ─le dijo a Nathaniel fingiendo preocupación─. El miedo que siente hacia el príncipe tarde o temprano iba a pasar factura en ella. Sin duda, le propiciará un cruel correctivo.
El rostro de Nathaniel era una mezcla de emociones confusas donde la inquietud predominaba. En un inicio la ira estaba apoderada del chico, pero al ver a Alice desvanecerse, la preocupación fue evidente. Leclair confirmó sus sospechas que él todavía sentía algo por Alice, aún si ya no eran pareja.
─Por eso pide verte… ¡Solo tú puedes ayudarla! ─le dijo con la voz entrecortada─. Todo lo que puedo hacer por mi parte es tratar de reunirlos.
─¿Cuando? ─la inesperada pregunta de Nathaniel casi la hizo sonreír.
─Hoy mismo haré lo posible, durante la fiesta. Seguro se pondrá feliz al verte.
Nathaniel ya no dijo nada y en el acto abandonó el lugar.
Charlotte sonrió para sí, complacida.
Su plan seguía en pie. Necesitaba reunirlos durante la fiesta y exponer su relación delante de todos los invitados.
No le interesaba lo que pasara con ellos, ni siquiera lo que hablaran cuando lograra reunirlos. Poco le importaba lo que discutirían, o incluso que se revelara que su supuesta amistad con Alice era una vil mentira.
Pero tendría que ser durante la fiesta, ante la vista de todos. Bastaría un pequeño rumor, aunado a uno o dos testigos que se encargarían de difundirlo, para que todo el mundo señalara a Alice Arlelt como la mujer vulgar que se atrevió a jugar con la reputación de la familia real.
Quizás Alice ahora mismo tiene a la reina de su lado. Incluso el príncipe le demuestra profundo amor. Por ello no sucumbieron ante su primer plan donde pensaba exponerla ante ellos mismos. Si bien Arlelt había creado fuertes lazos con la familia real, ninguno de los dos podrían ignorar la humillación que sufrirían cuando todo saliera a la luz, ni la presión del pueblo en general para evitar que aquella chica se sentara en el trono.
Tarde o temprano tendrían que echarla.
Y así aparecería Charlotte. Usando su larga amistad con la reina, la consolaría dándole todo su apoyo. Incluso estando dispuesta a ocupar el lugar que Alice Alrlelt había manchado.
Su plan parecía algo infantil. Sin embargo, había aprendido que algunas veces así se comportaban las grandes sociedades. Con juegos sucios para evitar que su contrincante ganara.
Tenía que pensar detenidamente su siguiente movimiento. Le indicó a Ámber que era momento de retirarse cuando escuchó a la distancia una voz que conocía demasiado bien.
─¡Espere!
Charlotte volteó pensando que aquella voz se refería a ella, pero el Capitán Armin pasó de largo y se dirigió hacia Ámber.
─¡Señorita Ámber! ─Armin saludó con mucho entusiasmo, mucho más del que Charlotte alguna vez había escuchado. Ámber por el contrario rodó los ojos, pero para Leclair no le pasó desapercibido el pequeño rubor en las mejillas de la rubia que trató de ocultar con desinterés─. No sabía que tendría el gusto de verla hoy.
─No podía perderme este evento por nada del mundo ─dijo con sarcasmo.
Charlotte que había sido educada bajo una rigurosa etiqueta estaba consciente que responderle así a un caballero que ostentaba un rango tan alto como el Capitán podría tomarse como una falta de respeto; pero a Armin no le importó aquella cortante respuesta.
─¿Vendrá a la fiesta más tarde?
─…Es probable.
─¡Genial! ─dijo el capitán ante la fría respuesta. Después con galantería se acercó al oído de Ámber ante la mirada atónita de Charlotte─. Señorita, espero que pueda concederme un baile esta noche ─Ámber esta vez no pudo ocultar su rostro ruborizado y trató de hablar para negarse, pero Armin se adelantó─. Me tengo que retirar, aún hay mucho trabajo por hacer. ¡No olvide nuestra apuesta! ─dijo antes de retirarse, sin siquiera cruzar una palabra con Charlotte Leclair y dejando a una Ámber ruborizada e indignada por no haber tenido oportunidad de responderle.
Lacliar no sabía cómo reaccionar ante la peculiar escena que se había desarrollado frente a sus ojos. Llevaba varios años conociendo a Armin.
Sabía de su peculiar encuentro con la familia real y como fue descubierto su gran talento para el combate, lo que había llevado a su tío, Giles Portner, a tomarlo como su estudiante en el arte de la espada. Prácticamente Charlotte y Armin habían crecido juntos. Y aún así siempre que el Capitán tenía que dirigirse a ella lo había hecho de forma indiferente. Frases cortas como si no quisiera decirle una palabra más de las necesarias. Como si su mera existencia le incomodara.
Incluso lo llegó a ver durante su fiesta de cumpleaños, pero ni siquiera le había dado un simple saludo de cortesía.
Ahora había actuado muy diferente con alguien tan bajo como Ámber Lowell, con quien ignoraba que tenía algún tipo de relación.
─No sabía que eras cercana al Capitán Armin ─preguntó, tratando de no demostrar ningún sentimiento en su voz.
─¿Acaso debo contarte todo? ─dijo cruzando los brazos, con evidente molestia.
─Al ser compañeras en este plan, es preferible no guardarnos ningún secreto ─dio como explicación─. Además, tener cerca a una persona como lo es el Capitán Krieger puede suponer un riesgo para nuestro plan, al estar bajo las órdenes directas del príncipe. Debemos ser precavidas. ¿De qué apuesta hablaban?
Ámber se rió.
─Es una tontería, no hay de qué preocuparse. Esto es un asunto personal, él… ─sonrió con satisfacción y luego añadió con presunción─ está loco por mí.
Aquellas palabras dichas con orgullo afectaron seriamente la mente y corazón de Charlotte.
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A Castiel le preocupaba mucho la salud de su querida Alice. Sin embargo, le frustraba aún más no poder estar a su lado en un momento tan crítico como aquel.
Lo siguiente en su agenda era saludar a todos los invitados que irían llegando a su fiesta de compromiso que se celebraría durante la noche en el Gran Salón. Siendo la gran mayoría monarcas o embajadores de los demás reinos, muchos de ellos aprovechaban la ocasión para llevar regalos y conversar sobre las relaciones internacionales con el próximo monarca de Amoris con el fin de asegurar alianzas pacíficas en los próximos años.
En general era una tarea ardua pero sencilla que tendría que confrontar junto a Alice. Y ella, después del repentino desfallecimiento, se hallaba descansando en sus aposentos rodeada de médicos y mucamas pendientes de su salud, por lo que ahora Castiel se encontraba solo acompañado por aquellos aristócratas que repetían bueno deseos hacia la pareja real.
─Deseamos que la señorita Alice se recupere pronto ─le dijo uno de los nobles más ricos del Primer Distrito─. Nos encantaría poder saludarla por la noche.
─Agradezco sus deseos.
─Oh, pobrecilla ─dijo la esposa del hombre. Castiel no podía recordar sus nombres, pero sí sabía que era de las mujeres más chismosas e imprudentes de todo Amoris─. Recuerdo que yo sufría desmayos repentinos cuando estaba embarazada.
─Querida ─dijo el hombre con evidente vergüenza por la implícita insinuación─, creo que es muy pronto para hablar de hijos.
─¡Tonterías! ─exclamó despreocupadamente─. Nunca es tarde para un bebé. Queremos ya un nuevo principito. ¡Debieron haberse evitado todo esto y pasar directamente a la boda!
Castiel se rió porque, por más bochornosa que fuera aquella situación, en el fondo compartía el mismo pensar de la mujer.
─Créame, señora, que no me hubiese gustado otra cosa más que esa.
Y aunque la visión le pareció hermosa, no fue suficiente para aplacar su deseo de estar a un lado de Alice en ese momento.
Debía esperar un poco más. Aunque ya se estaba acostumbrando a esperar. Solo faltaba un evento más para por fin poder estar a solas con su querida Alice.
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Alice despertó sintiendo un fuerte dolor de cabeza.
─¿Cómo estás? ─fue Rosalya la primera en dirigirle la palabra. Su rostro era de genuina preocupación.
Inmediatamente médicos y mucamas, con rostro aliviado, comenzaron a moverse con rapidez al ver que la princesa por fin había despertado.
La chica dirigió su mirada a los grandes ventanales, el cielo se estaba pintando con hermosos tonos naranjas y rojizos. Pronto anochecería, lo que significaba que había estado inconsciente durante varias largas horas. Se alarmó.
─¡La fiesta! ─se incorporó de repente, aumentando el dolor de cabeza─. ¿Qué sucedió?
Rosalya trató de tranquilizarla y con calma procedió a relatarle lo acontecido.
Su desmayo en la plaza había causado una gran conmoción. Rápidamente fue auxiliada por la Guardia Imperial y trasladada al palacio para ser atendida.
Se decidió entonces que el príncipe se encargaría de los siguientes eventos programados. Aunque Castiel no quería dejarla ni un solo momento, debía cumplir sus obligaciones, por lo que en ese instante se encontraba recibiendo a los invitados en el Gran Salón. No por ello se había olvidado de Alice, al contrario, demostraba su gran inquietud. Cada cierto tiempo enviaba a un lacayo, o al mismo Lysandre a pedir informes sobre su salud.
Internamente Alice se lamentaba por haber estropeado un día tan crucial como aquel. El personal del palacio trabajó arduamente los meses anteriores para que todo marchara perfectamente. Incluso ella misma, junto a la duquesa siguieron ultimando detalles hasta altas horas de la noche anterior.
Sin embargo su culpabilidad se debía principalmente a que sabía perfectamente que la razón de su desmayo había sido el impacto de una visión que no esperaba ver, algo que no tenía nada que ver con el resto del palacio, que solo conllevaba sus propios sentimientos.
Quería echarse a llorar.
─Los médicos no podían determinar claramente tu situación… ─dijo Rosalya con mucha seriedad, como buscando una explicación. Y Alice no estaba dispuesta a darle una. Por fortuna no hubo necesidad de revelar ninguno de sus secretos─. Hasta que te quitamos el vestido.
─¿Vestido? ─dijo confundida. Se dio cuenta que el bonito vestido que usaba había sido reemplazado por su camisón para dormir.
─Fue el corsé, ¿verdad? Estaba muy apretado. ¿No podías respirar adecuadamente? ¡Mira, hasta te dejó marcas en la piel!
Alice comprendió entonces que al final habían atribuido su desmayo a la falta de aire provocada por una ropa demasiado ajustada; una situación que tristemente era bastante común. Además, las marcas a las que se refería la duquesa, se trataban de golpes que había sufrido en los días anteriores, tanto al estar cuidando al rey de Sucré durante la noche de tormenta, como sus esporádicos intentos de manejar una espada que habían iniciado durante su estadía en Candy. Alice no lo pensó dos veces y usó aquella confusión como coartada.
─Sí ─dijo, en el fondo sintiéndose muy mal por mentir, pero aliviada de no tener que mencionar el incidente con Nathaniel─. Fue eso.
─Melody se muere del arrepentimiento por haber colocado mal el corsé. Y Leigh también por haber diseñado un vestido así.
─No es su culpa.
Rosalya suspiró con alivio al terminar su relato.
─Lo importante es que te encuentras mejor. Querida Alice, sé que Castiel me va a matar por lo que te diga, porque creerá que te obligué, pero… ¿podrías hacer un esfuerzo para asistir a la fiesta? Solo debes presentarte unos minutos y podrás retirarte.
Solo faltaba un evento que requería su estricta presencia. Y aunque después de eso podría retirarse, Alice ya había decidido compensar la preocupación de los demás y quedarse toda la velada.
─Está bien. Me encuentro mucho mejor.
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Castiel fue informado de que Alice ya había despertado. La alegría en su rostro fue más que evidente e inmediatamente decidió dejar a los invitados para verla. No lo logró, al ser interceptado por Lysandre que leyó de manera muy clara las intenciones del príncipe.
─El anfitrión de la fiesta no puede simplemente dejar a los invitados ─dijo el consejero con tono de reproche. Castiel rodó los ojos sin ocultar su hastío.
─¿De qué me sirve ser príncipe si no puedo hacer lo que quiera?
─La señorita Alice se está vistiendo en estos momentos, vendrá cuando esté lista ─le dijo sabiendo que aquello calmaría al príncipe ─. Sugiero que la espere afuera del Gran Salón.
El corazón de Castiel comenzó a latir fuertemente con alivio y emoción.
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Mientras Alice iba acercándose al Gran Salón, con un dolor de cabeza aún no cesaba, la preocupación por haber arruinado gran parte de los planes del día iba aumentando. ¿Qué pensaría Castiel? ¿Estaría enfadado con ella?
La duquesa le había asegurado que no. Que todos entenderían la indisposición de la dama, sobre todo cuando el pueblo entero de Amoris había atestiguado por sus propios ojos el dramático suceso.
Sin saberlo, aquel incidente generó empatía con los ciudadanos del reino.
Pero… ¿Y el resto de los invitados?
No eran personas comunes, siendo la mayoría mandatarios que habían viajado por todo el continente solo para presenciar a la ceremonia de compromiso que parcialmente había sido estropeada por su actuar. Los nervios por tener que afrontar ahora aquella situación solo iban aumentando conforme se acercaba a su destino.
A la distancia vio a Castiel. El semblante impaciente del príncipe cambió en el momento en que reconoció a Alice. Se le dibujó una gran sonrisa en el rostro. Como si no la hubiera visto en varios años.
─¡Alice! ─gritó emocionado y, como si de un niño se tratase, corrió hacia ella y la abrazó.
No la tomó de la mano como en ocasiones anteriores, ni del brazo como un acto de cortesía.
La chica esperaba de todo. Un enfado, una queja hasta un castigo… pero no ser envuelta siendo envuelta por los fuertes brazos del príncipe, ─de los que no se había percatado hasta ese momento─ fuera del Gran Salón. Los invitados estaban dentro, por lo que no había nadie a quien convencer de que su supuesto amor era real. Y con todo, el agarre había sido con fuerza y a la vez muy muy suave. Cálido. Genuino.
─Me alegro que te encuentres bien ─le dijo una vez que se separaron. Alice, sin saber cómo actuar, respondió con timidez.
─La-lamento haber echado todo a perder. Lo siento.
─No te disculpes. Nada puede estar encima de tu bienestar.
«¿Nada?», se preguntó en su interior. ¿Quién era ella para arruinar un histórico día sin ninguna consecuencia?
─Hice mal ─insistió con culpabilidad─. No deberías preocuparte tanto por mí, no soy tan importante.
─Sí lo eres ─le dijo con firmeza─. Para mí sí eres importante.
De nuevo Castiel le dedicaba una mirada diferente, y unas palabras que ya había escuchado antes en una noche a la orilla del mar. Una emoción que Alice trataba de reprimir quiso salir a flote.
El príncipe, al ser consciente de lo que acababa de decir, solo desvió la mirada y a Alice le pareció ver que las mejillas se habían salpicado de un ligero tono rojizo.
─¿Entramos?
Alice, aturdida, se dejó guiar.
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Aunque el Gran Salón se encontraba en otro extremo del palacio, el bullicio de la multitud junto a la sutil melodía de los instrumentos musicales llegaban hasta la habitación en la que se encontraba el rey de Sucré.
A pesar de que la salud de Viktor estaba mucho más estable, por recomendación médica y de sus mismos guardias, aún se encontraba guardando reposo, por lo que no fue capaz de asistir a la fiesta de compromiso del príncipe de Amoris.
Se lamentó dentro de sí, sabiendo perfectamente que la situación estaba punto de tornarse muy interesante.
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Alice y Castiel entraron al salón en medio de una gran ola de aplausos y música de violines. El último evento del día estaba comenzando: la fiesta de compromiso oficial.
Rosalya le había dicho que sería un acontecimiento muy breve. Frente a todos los invitados, recibiría un anillo que la marcaría como la prometida oficial del príncipe de Amoris, y futura reina algún día; un acto sumamente sencillo que posteriormente sería celebrado con cena y baile.
Sin embargo cuando llegaron al centro del salón las voces cesaron. Alice echó un vistazo a su alrededor. No conocía a esas personas a excepción de algunos miembros de la Guardia Imperial, y la reina, que se encontraba reposando en una lujosa silla. Los ojos de cada uno de los asistentes estaban puestos en ellos, esperando algo más.
Castiel comenzó a hablar con su voz clara.
─Alice Arlelt ─y aunque estaban rodeados por decenas de personas, para el príncipe no había nadie más que Alice en ese momento─. La manera en cómo nos conocimos fue inolvidable ─. El príncipe emprendió un discurso que no había sido acordado con anterioridad. Para Alice, él últimamente hacía cosas bastante inesperadas a las que no sabía cómo afrontar─. Desde ese momento supe que había encontrado a la persona destinada para mí. Ya no puedo ni imaginar un futuro en el que no estés a mi lado. Quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Las damas presentes en el recinto suspiraron con emoción por la conmovedora declaración del príncipe.
─Alice Arlelt ─dijo mientras de su bolsillo sacaba una pequeña caja que abrió frente a ella revelando el anillo de compromiso─. ¿Me concederías el honor de ser tu esposo?
La sonrisa, en el rostro de Castiel, era muy cálida.
Alice sabía que era ficticio. Que tenía que aparentar un gran amor por ella frente a todos. Sin embargo, aún si todo era falso, aún si se trataran de palabras vacías, Alice por un instante sintió un vuelco en su corazón.
─Sí.
El público estalló en aplausos y felicitaciones. La orquesta entonó una alegre melodía. Castiel tomó la mano de Alice y con delicadeza deslizó el anillo en el dedo anular. La pequeña piedra blanca resplandeció con fuerza bajo la luz de los candelabros. Alice quedó asombrada por su brillo.
─Quería regalarte una esmeralda, pero creo que un diamante es más apropiado ─comentó el príncipe riendo.
─¿Por qué una esmeralda? ─preguntó Alice, con curiosidad.
─Combinaría con tus ojos.
Un recuerdo llegó a su mente. Eran las mismas palabras que un Castiel ebrio le había dicho en la noche en que fueron raptados por piratas. Las estaba repitiendo, siendo consciente de ello.
─Te queda excelente.
─¿Eso es todo? ─la voz de la reina calló por un instante el júbilo que se había apoderado. Parecía ofendida─. ¿Ni un beso le vas a dar a tu prometida?
─¡Sí, bésala!. ─gritó alguien más en la habitación. Y aunque no se podía identificar a la persona, por la inconfundible voz sabían que se trataba del capitán Armin.
A él se unieron más y más voces que aclamaban una muestra de afecto en la pareja.
Alice se sonrojó frente a todos. Castiel se echó a reír. Y después volteó a verla. La misma mirada diferente que Alice había reconocido en los últimos días.
Castiel la veía con mucho, mucho amor.
La cautivó. Alice, en el fondo de su corazón, por primera vez quiso sentir que aquella situación era real. Que le gustaría ser amada por alguien tan fuertemente como el príncipe parecía demostrarle. Y le dio miedo.
Como si pidiera permiso, Castiel se acercó muy lentamente a ella.
Alice cerró los ojos y no se movió.
Pronto, un agradable escalofrío la recorrió de pies a cabeza al sentir los labios del Castiel rozando con mucha suavidad. Y aunque era completamente diferente a la ocasión anterior, despertaba en su pecho un fuerte sentimiento, el mismo cuando los labios del príncipe la habían consumido con mucha pasión. Como si se estuviera ahogando en un mar de sensaciones cálidas del que no quería salir. Su estómago cosquilleaba.
Y entonces la agradable atmósfera que los envolvía fue destruida de repente.
Las puertas del gran salón se abrieron de par en par.
La música se detuvo.
Todas las miradas acapararon la silueta que comenzó a avanzar por el gran salón.
Las personas, boquiabiertas, se hacían a un lado y dedicaban una reverencia a la joven mujer que poco a poco se iba aproximando hacia ellos.
Un vestido tela vaporosa, un escote que llegaba hasta el ombligo, dejando muy poco a la imaginación. La falda arrastraba una larga cauda. Tono púrpura.
Solo una cosa se atravesó por la mente de Alice. «Castiel odia el púrpura».
La mujer avanzó con seguridad hacia la pareja, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, se echó directo a los brazos de Castiel.
─¡Hola cariño! ¿Me extrañaste?.
Se nos viene mucho drama c;
Muchas gracias a minnyuu y lotus-san por sus comentarios.
Y con respecto al comentario de himeme, probablemente lo leíste en el foro de CDM, Wattpad o Booknet, ya que lo publico en esas plataformas.
Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl, suelo publicar spoilers, avances, curiosidades y otras cosillas respecto al fanfic.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!.
