Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.

ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 24 ~

Anteriormente en Another Cinderella: Alice descubrió que en el pasado el príncipe estuvo comprometido con la reina de Dolce, quien llegó a interrumpir la fiesta de compromiso. Nathaniel se acerca a Alice, convencido de que no es feliz con el príncipe. Castiel malinterprete aquel suceso y decide poner fin a su farsa.

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Nathaniel corrió entre los pasillos, sin saber a dónde ir.

El príncipe de Amoris había interrumpido su reunión con Alice, y cegado por los celos, lo había atacado. Sabía que no era una herida mortal, y también sabía que, si Nathaniel hubiera estado igualmente armado, le habría dado una buena batalla al príncipe con tal de defender a su querida Alice.

En cambio, el príncipe cobardemente había aprovechado un momento de descuido para atacarlo, sin dejarle más remedio que huir por su vida.

Bajo su mano, la herida le punzaba cada vez más. Sentía su camisa empapada y sabía que no era precisamente de sudor. Si los pasillos estuvieran debidamente iluminados, habría visto como la sangre escurría por la mano que intentaba contener la herida en su torso, sin éxito. Perdía las fuerzas a cada paso que daba, no sabía si por el esfuerzo físico que suponía aquel intento por ponerse a salvo, o por la pérdida de sangre, pero no podía detenerse. Un príncipe despiadado como lo era Castiel seguramente seguía detrás de él con su ejército de guardias dispuesto a matarlo.

Alcanzó a salir del palacio principal, pero la oscuridad de la noche lo desorientó totalmente. Corrió hasta encontrar otro edificio más pequeño, similar a una casa un poco más sobria que el elegante palacio real. Dudándolo, entró sin hacer más ruido que el de su respiración agitada.

Dentro encontró muchas habitaciones, y no dudó en correr hacia la más alejada de la entrada.

El lugar se encontraba vacío, a excepción de un par de camas, un guardarropa con pocas prendas dentro y una mesita de noche. No había más rastro de vida.

Sabía que no era una buena idea quedarse ahí. Barajeó sus opciones, dejarse atrapar no estaba entre ellas. Los ojos le pesaban. Quizás si esperaba el tiempo suficiente, podía burlar a los guardias y salir después de descansar un momento. Lo vital era esconderse, estar dentro de aquella casita no le garantizaba demasiada seguridad, mucho menos si se quedaba a simple vista, por lo que con sus últimas fuerzas abrió el guardarropa y se refugió en él antes de perder la conciencia.

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Armin miró el cielo nublado a través de la ventana.

Un nuevo día se había alzado sobre Amoris, sin embargo, las densas nubles eran señal inequívoca de que caería otra fuerte tormenta como la ocurrida durante la competencia de caza.

Suspiró con cansancio, antes de que su mente recordara la noche anterior.

Señorita ─dijo con desaprobación, después de arrebatar una daga que Charlotte Leclari mantenía oculta─. Es muy peligroso que vaya por ahí con estos artefactos.

Siempre la llevo conmigo, Capitán ─respondió con firmeza─. Si cree necesario confiscarla, entenderé.

¿Dónde la consiguió?

Fue un regalo de mis difuntos padres.

¿Qué clase de padres regalan un arma a su hija?

Los que saben que el mundo es muy peligroso y en ocasiones una señorita debe cuidarse sola. Adelante Capitán, puede consultar con mi tío si mi respuesta no le convence.

Aún con sospechas, Armin había retenido aquella daga que portaba Charlotte. Hizo las investigaciones pertinentes, teniendo como resultado la veracidad de las palabras de Leclair. Una simple daga que portaba como mero objeto decorativo, sin haber nunca aprendido a usar. El último recuerdo de sus padres fallecidos.

Con todo, había algo que no terminaba de encajar en aquella historia.

Castiel le había hablado de un traidor quien vendió información de Amoris a unos piratas de las Islas del Oeste.

Además, hubo un ataque directo hacía la señorita Alice, en donde el rey de Sucré había sido afectado. Habían cortado la cincha del caballo, afectando la montadura. Y una de las personas que había estado cerca de los caballos era Charlotte, quien siempre portaba aquella daga.

¿Sería ella la traidora? ¿Qué motivos tendría para hacerlo?

Siempre tan estoica, solo obedeciendo las órdenes de su tío sin ser capaz de tomar una decisión por sí misma.

Siempre tan orgullosamente perfecta a la vista de los demás.

No quería imaginárselo.

Por mucho que le desagradara, no podría hacerlo.

─Capitán Krieger ─Charlotte Leclair entró a la sala de espera, vestida y peinada formalmente, aunque el día apenas había iniciado. La mayoría de las personas que estuvieron en la fiesta de la velada anterior seguirían dormidas─. No esperaba su visita. Mi tío no se encuentra… ¿qué lo trae por aquí?

─Vine a verla a usted, señorita Leclair. Lamento importunarla tan temprano.

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Melody sentía celos.

Esa mañana, sus compañeras no paraban de hablar de la maravillosa fiesta de compromiso de la noche anterior. Incluso si solo estuvieron para atender, fueron capaces de ver de primera mano la hermosa declaración del príncipe de Amoris hacia Alice Arlelt. Por supuesto, todas evitaban hablar de la mujer que interrumpió aquella escena, no querían darle el gusto a la reina de Dolce de ser el centro de atención.

─Qué injusto ─Melody exhaló con cansancio.

─¿Qué es injusto? ─le preguntó Iris.

─Todas estuvieron en la fiesta, pero a mí me enviaron a terminar de arreglar las habitaciones de los invitados. No he podido descansar en toda la noche.

─Eso fue mala suerte, pero no fuiste la única que se perdió la diversión. Algunos guardias también tuvieron que seguir con su trabajo, como el señor Charlie.

Melody rodó los ojos.

─Siempre sabes dónde está tu amorcito ─dijo con tono burlón.

Iris se sonrojó.

─¡Qu-Qué cosas dices!

─Todas sabemos que te mueres por él. Deberías declarártele, Charlie Sioclett es un gran partido.

─No, no ─Iris sonrió con tristeza─, él y yo tenemos diferentes estatus. Mientras que él es de los mejores guardias del reino, y solo soy una simple mucama. No tendría oportunidad.

─¿Qué la señorita Alice no era una plebeya como nosotras?

─Sí, del Tercer Distrito.

─¿Por qué ella puede tener un perfecto romance con el príncipe de Amoris? ¿Y nosotras no podemos si quiera aspirar a algo así?

─Eso es diferente, fue amor a primera vista ─contestó Iris, con tono soñador─. Tantas chicas que hubo en aquel baile y el príncipe solo tuvo ojos para la señorita Alice. Y ella le correspondió ─suspiró con alegría─. Estaban destinados a encontrarse.

─Pues qué injusto es el destino. Por lo menos tú sí tienes a quien amar.

Ella también quería enamorarse, y vivir un romance apasionado con un chico guapo… mientras que la señorita Alice parecía estar rodeada de ellos. Tenía al mismísimo príncipe de Amoris como su prometido, y un amigo bien parecido que se preocupaba por ella.

Melody accidentalmente había chocado con él la noche anterior. Aunque tenía que admitirlo, en un inicio sintió miedo al ver a un desconocido merodeando por el palacio, la voz suave de aquel rubio la tranquilizó enseguida. Lucía como un chico realmente preocupado por su amiga, que no le quedó más remedio que darle toda la información que pidió en la breve conversación que sostuvieron. Le gustaría preguntarle si logró ver a la señorita Alice, si tan solo pudiera volver a verlo.

─Ya lo encontrarás ─le dijo Iris, con una sonrisa─. Alguien a quien amar.

La castaña se rió.

─Pero ¿cómo? Si apenas puedo salir del palacio. Y no es como si pudiera hacer que apareciera por arte de magia.

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Armin esperó en silencio hasta que Charlotte terminara de servir el té por ella misma.

El capitán nunca antes había aceptado las atenciones de Leclair. Con frecuencia declinaba cualquier invitación que viniera por parte de ella, y solo acudía a la mansión de los Portner cuando su predecesor, Giles, le llamaba. Incluso cuando asistió a la fiesta de cumpleaños de Charlotte, lo hizo únicamente por orden del príncipe.

Le parecía extraño que una dama que se jactaba de tener fortuna, estatus y una decena de sirvientes a su antojo hiciera tal labor. Por supuesto que lo hizo de manera perfecta, como todo lo que hacía.

─¿El día de hoy no hay servidumbre? ─inquirió Armin al ver lo concentrada que estaba la señorita en su labor.

─Es la primera vez que el Líder de la Guardia Imperial acepta una de mis invitaciones─ dijo Charlotte, pero su rostro seguía sin mostrar emociones─. Es todo un honor servirle, Capitán. Solo me tomo la molestia con personas a las cuales admiro.

Armin se sintió un poco incómodo con el comentario. En la mesita de centro había una fuente llena de bocadillos y postres, pero él ni siquiera tocó la taza de té de rosas que Charlotte le había servido.

─Lamento el malentendido de ayer ─dijo Armin después de un momento─. Le devuelvo su daga.

─No se preocupe Capitán ─respondió Charlotte recibiendo el artículo que Armin le extendía─. Cualquier persona con un arma en medio de una fiesta se vería sospechosa, así que comprendo que sus motivaciones fueron meramente la seguridad de Amoris─. Hubo unos instantes de silencio, antes de que Charlotte volviera a tomar la palabra─. ¿Es… todo de lo quería hablar?

─En realidad tengo otro motivo. Quisiera obtener información sobre un invitado al que parecía ser cercana. Nathaniel Lowell.

─Vaya ─fingió sorpresa─. ¿Por qué no le pregunta a la señorita Ámber Lowell sobre él? Es su hermano.

Armin dio un respingo al escuchar el nombre de Ámber.

La noche anterior, justo después de que la prometida del príncipe se retirara a descansar, Castiel le ordenó que buscara con absoluta discreción a Nathaniel Lowell sin explicaciones mayores además de estaba herido, que se le diera todas las atenciones que pidiera, y que inmediatamente fuera llevado ante él.

El capitán por supuesto que tenía conocimiento sobre el hermano de la rubia, había investigado todo sobre Ámber. Sabía su dirección, su oficio, y una vaga idea sobre su relación familiar. Y por más de que todo el mundo quisiera ocultarlo, sabía de su anterior relación con Alice Arlelt. Castiel y Alice podían engañar a todo el reino y fingir tener la historia de amor más apasionante de todos los tiempos, excepto al Capitán de la Guardia Imperial. O eso creía, hasta que vio al príncipe arriesgar su propia integridad por el bienestar de Alice.

Por ello, no fue gran sorpresa ver a los hermanos Lowell durante la fiesta de compromiso. Lo que no esperaba era ver a Charlotte Leclair siendo tan cercana a él. Es decir, conocía que Ámber trabajaba para ella, pero en ¿qué momento se volvió tan cercana a la familia Lowell? Considerando que Charlotte se jactaba de tener amistad con los miembros de la nobleza, que toda la fiesta estuviera a un lado de Nathaniel le parecía un comportamiento bastante peculiar.

Preguntarle a Ámber no tendría mucho sentido. Armin también se había dado cuenta de lo poco allegados que eran, a pesar de ser hermanos. Además, Ámber se había retirado de la fiesta por su cuenta.

Y aunque Armin de inmediato se puso a la labor encomendada por Castiel, Nathaniel Lowell se había esfumado en cuestión de minutos.

─¿Cómo los conoció? ─el capitán preguntó, aunque ya conocía de antemano la respuesta gracias a sus investigaciones, ignorando el sarcasmo en el último comentario de Charlotte.

─Hicieron algunos trabajos de servidumbre para mi familia y la compañía de la señorita Ámber fue de mi agrado ─aunque Charlotte dijo con seguridad aquellas palabras Armin pudo darse cuenta de que estaba mintiendo─, así que le ofrecí trabajar como mi compañía. Fue una sorpresa saber qué él tenía relación amistosa con la señorita Alice, además de una invitación a la fiesta de compromiso, por lo que decidimos ir todos juntos. No tengo más relación con Nathaniel Lowell. Le perdí la pista durante la fiesta de compromiso. No he tenido más noticias sobre él… ─Armin escuchó con atención tratando de descifrar si lo que decía Charlotte tenía algo de veracidad. Ella continuó hablando en su calmado tono habitual─. Debe haber pasado algo grave con él, ya que no me imagino la razón por la que recurriera a mí y no a la señorita Ámber, aunque parecían bastante cercanos anoche.

─Señorita Leclair, gracias por su tiempo ─dijo poniéndose de pie. Armin sabía de las intenciones ocultas en aquellas palabras por lo que prefirió dar por terminada su charla. Charlotte abruptamente se levantó, dejando caer la taza de té que estaba tomando, estrellándose en el piso. Él solo pudo mirar con sorpresa aquel cambio de actitud radical.

─¿Podría decirle algo sobre Ámber? ─Charlotte, visiblemente alterada, levantó la voz─. No sé qué intenciones tiene con ella, pero no se ve propio de un caballero como usted. Quiero decir, ambos son de estatus muy diferentes. Creo que debería tener en su círculo social a mujeres que estén más a su altura. Además Ámber, si bien no es fea, tampoco es tan hermosa. No tiene modales, ni delicadeza propios de una dama. Es una ignorante en muchos aspectos y…

El capitán se rió.

─¿No acaba de decir que Ámber le agradaba, y así se expresa de ella? Agradezco sus advertencias, pero ese es un asunto privado. Tenga un buen día, señorita Leclair.

Se marchó sin mirar atrás.

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Alice no había podido dormir nuevamente.

El ambiente que reinaba en la habitación era tan deprimente como la fuerte lluvia que caía fuera de ella.

Las inmensas ganas de llorar la azotaron toda la noche. Se contuvo de hacerlo… ¿Qué ganaba, de todas formas? No quería auto compadecerse, y decir que había sido solo una víctima que había sido desechada cruelmente en aquella farsa. Al contrario, debería estar feliz de que aquella actuación hubiera llegado a su fin.

De todas formas, su corazón seguía doliendo.

Además, el asunto de Nathaniel le hacían perder los estribos. Estaba comportándose demasiado extraño con ella, al punto de forzarla a que le correspondiera un beso. Se sintió asqueada al imaginar en lo que hubiera ocurrido de no ser por la intervención del príncipe. Aquel Nathaniel distaba mucho del que una vez había amado. Sintió terror.

No quiso seguir pensando en el asunto y continuó con su preparación matutina.

Esa mañana había despedido a Iris y Melody que puntualmente habían llegado a su habitación para ayudarle en su preparación diaria. Las chicas, al ver la seriedad en el rostro de Alice, acataron aquella petición con extrañeza, dejándola sola.

Alice rebuscó entre sus pertenencias guardadas en el viejo baúl con el que había llegado al palacio, y se encontró con el vestido que había confeccionado con sus propias manos para su boda con Nathaniel. En aquel momento él aún no le había propuesto matrimonio pero estaba completamente segura de que ese día llegaría que comenzó la elaboración de su vestido nupcial llena de ilusión.

Al final, aunque la propuesta matrimonial llegó, nunca pudo utilizar aquel vestido.

Con enojo, arrojó la prenda a un rincón. Estaba cansada del tema, de fiestas de compromiso y de bodas.

Solo quería salir del palacio cuanto antes, y regresar a su vida normal: volvería al Tercer Distrito, conseguiría algún trabajo con el cual mantenerse, y olvidaría al príncipe de Amoris y todas las vivencias a su lado. Después de todo, habrían sido un mero acto.

No tendría por qué recordar su amabilidad, las conversaciones, los paseos en el jardín de rosas, las intensas miradas que a veces le dedicaba, la ocasión en que, después estar dispuesto a sacrificar su vida a manos de unos piratas, le dijo que ella le importaba. Y por supuesto que olvidaría el beso, y todas las reacciones que habían provocado dentro de ella.

El príncipe ni siquiera la consideraba como una amiga de confianza… entonces ¿para qué recordar lo que fue una simple farsa?

Alice vistió otra prenda confeccionada por ella misma, un sencillo vestido blanco que contrastaba con los colores carmesí que ya se había acostumbrado a usar.

Su cabello negro no fue peinado, dejándolo suelto. Aunque en el pasado solía cortarlo con frecuencia, desde su llegada al palacio había crecido tanto que ahora le llegaba casi a la cintura.

Dejó su rostro sin un rastro de maquillaje. Todos los vestidos, joyas, accesorios y demás que había usado diariamente estaban destinados a la futura esposa del príncipe de Amoris, no a una imitación, ni a una farsante. Aquellas amenidades nunca le pertenecieron realmente.

Pese a que algunas cosas habían cambiado radicalmente, volvía ser ella misma. Es más, pensaba que si tomaba algún mandil podría hacerse pasar por una mucama. Quizás podría hacerlo para pasar desapercibida al momento de abandonar el palacio, tal como el príncipe le había ordenado.

Después de todo, la alta sociedad esperaba a una joven con elegantes vestidos y modales refinados. No voltearían a mirar a una simple chica que se encarga del aseo.

Siguió empacando sus pertenencias cuando alguien llamó a la puerta. Alice lo ignoró. Volvieron a llamar y esta vez la puerta se abrió, el rostro preocupado del príncipe de Amoris se asomaba por ella.

─¿Puedo pasar?

─Esta es la casa de su Alteza ─dijo Alice sin dirigirle la mirada, continuando su labor─, yo solo soy una intrusa que no tiene que estar aquí. No tiene que pedir permiso.

Castiel dudó en entrar, pero sus deseos de aclarar los asuntos con Alice eran más fuertes, por lo que, aunque cerró la puerta tras sí, no se atrevió a entrar más.

─¿Aún no te vistes? ─le dijo al ver su apariencia sencilla─. ¿Regreso más tarde?

Alice soltó una pequeña risa incómoda.

─Sé que a su Alteza no le gusta mi aspecto con la ropa que yo misma confecciono, pero supongo que, como ya no soy más su prometida, ya no tiene sentido usar esa ropa tan ostentosa.

─No, yo no quise decir eso ─dijo Castiel, disculpándose. Él no había dicho con aquellas intenciones, todo lo contrario: quería decirle que era bonita sin importar lo que vistiera. Que aún llena de barro, para él era la más linda del mundo. Que incluso en el mínimo instante en que creyó perderla, Alice seguía siendo hermosa. Siempre la vería así. ─Es tuya, todo es tuyo. Y por todos los cielos, no me llames "Alteza".

─Mi casa no es tan grande para guardar toda esa ropa. Además, yo soy solo una humilde súbdita que acata las órdenes del heredero al trono.

─Tienes una casa enorme, en el Primer Distrito. Tu madre está viviendo ahí ─le recordó, fue un trato que hicieron al principio de la relación. Castiel había dicho que sacaría a su madre de la pocilga en donde vivían ambas, con tal de mantener las apariencias. Ahora, no estaba muy orgulloso de la manera en que se expresó.

Mi casa, la que mi padre me dejó está en el Tercer Distrito, lo suficientemente lejos para no volver a cruzarnos. Así evitaremos encuentros incómodos.

─¿Incómodos?

─Sí… ¿o a quién le gusta mantener contacto con su antiguo prometido? ¡Oh, es verdad! ─dijo con sarcasmo─. A mí, según lo que dijo usted ayer ¿no es así?

─Lo que dije ayer…

─Lo que dijo ayer fue muy claro ─dijo Alice, tajantemente─. No se preocupe Alteza. Me iré discretamente de inmediato, he empacado todas mis posesiones, que no son muchas en realidad. Nadie notará mi ausencia.

─No te vayas ─la súplica del príncipe salió con mucho pesar, sin saber qué más decir─. Además… está lloviendo.

─He estado en peores circunstancias, Alteza.

─Alice, perdóname por lo que dije ayer. Actué muy precipitadamente. Sé que tú no invitaste a Nathaniel Lowell, fue idea de tu madre, y de mi madre por igual. He ordenado que lo busquen para aclarar este mal entendido, pero desconocemos su paradero.

Solo en este punto, Alice dejó de hacer todo lo que estaba haciendo y por primera vez en el día encaró a Castiel.

─No sé por qué no me sorprende saber que mi madre estaba involucrada ─dijo con molestia─. No he tenido contacto con nadie desde que estoy aquí… ¡ni siquiera he enviado una carta fuera del palacio! Así que no sé en qué momento usted pensó que yo querría regresar con alguien que claramente me estaba forzando ayer.

─¡¿Se atrevió a ponerte un dedo encima?! ─el rostro de Castiel era de ira, pero para Alice aquello no significó nada.

─No tiene por qué fingir preocupación. Ya no soy su prometida. Usted logró su propósito y será coronado, yo ya no necesito seguir aquí.

Sin esperar respuesta alguna, tomó sus pertenencias y se dirigió a la puerta.

Castiel no sabía qué más hacer para evitar que Alice se fuera. No se había movido de su lugar, así que quizás podría bloquear la puerta y evitar que escapara. Aunque con la actitud de Alice, aquella táctica infantil le harían tener una nueva pelea.

O simplemente podía gritarle lo mucho que la quería… pero considerando que ni siquiera tomó sus disculpas, probablemente en este punto no le creería. ¿Cómo podría creer en una confesión de amor de parte de la persona que un día anterior le estaba pidiendo que se marchara?

No quería dejarla ir solo por un absurdo malentendido consecuencia de su estúpido actuar.

Cuando Alice pasó a su lado, el príncipe pensó que quizás se merecía aquello. Que Alice tenía todo el derecho del mundo para estar enfadada y que cualquier palabra que dijera en ese instante no bastaría para lograr detenerla a su lado.

Ya la había retenido mucho tiempo, e incluso en contra de su voluntad.

No quería seguir siendo un idiota con la chica que amaba.

Por más que le doliera, la dejaría ir...

Y, enseguida, iría tras ella.

Ignoraría todas las protestas que seguramente Alice le daría, y la acompañaría a su destino para verificar por su cuenta que estaba bien establecida en un lugar seguro. Y después, la visitaría regularmente hasta obtener su perdón y recuperar su confianza, sin importar el tiempo que eso le llevara.

Por dentro, aunque la partida de Alice le entristecía enormemente, se sentía tranquilo a saber que ella no tenía por qué desaparecer por completo de su vida. Aquello nunca lo permitiría.

Alice abrió la puerta del lugar que había habitado los últimos meses, decidida a dejar toda aquella vida atrás… Sin embargo, nunca se imaginó que un gran arreglo de rosas blancas le bloquearía completamente la salida, cortándole el paso.

─¡Oh! estaba a punto de llamar ─la voz de Rosalya se alzó por encima de las flores, quienes ocultaban por completo su rostro─. Querida Alice, permíteme pasar.

Rosalya entró en la habitación dejando impresionados tanto a Castiel como Alice. Ella indagando sobre el significado que tenía aquella preciosa canasta llena de flores que la duquesa depositaba sobre una mesita dentro de la habitación, mientras que el príncipe se preguntaba de dónde habrían sacado tantas rosas blancas si en el jardín –y quizás, en todo Amoris- solo había rosas rojas.

─¿Qué es eso?

─Es un regalo de su Majestad Viktor, por tu compromiso.

Aunque Alice sentía pesar por tantas emociones revueltas, la belleza de aquellas flores había sido suficiente para que su mente se ocupara en otro tema que no fuera su discusión con el príncipe. Era una pena, pensaba, que tampoco las mereciera.

Alice dejó a un lado el equipaje que llevaba, y se dirigió hacia donde la duquesa había depositado el arreglo florar. Leyó la nota que venía adjunta.

Lamento no haber estado en las mejores condiciones de salud para asistir a la fiesta, pero me hubiese gustado felicitarla en persona.

─Qué lindo gesto de su parte ─murmuró con tristeza cuando terminó de leer.

─Además, mencionó que le gustaría saludarte.

─No creo que deba ─dudó Alice, con seriedad, mirando a Castiel, que en ese instante por fin se había adentrado a la habitación y ahora se encontraba su lado.

Aunque también estaba intrigado por el motivo de aquel regalo hacía su prometida, Castiel por dentro agradecía que la idea de Viktor podría evitar la partida de Alice por lo menos un poco más.

─Es buena idea, te acompaño ─fue lo único que el príncipe dijo como respuesta.

─Creo que no será posible ─Rosalya hizo una mueca de incomodidad─. Debrah te ha estado buscando toda la mañana.

Castiel exhaló con pesar.

─Olvidaba que se iba a quedar aquí.

─Quiere desayunar contigo, fue muy insistente en querer hacerlo.

─Entonces… ─contestó Castiel, tomando la mano de Alice; ella quiso apartarse con disimulo, sin éxito, lo cual le dolió─, iré con mi prometida.

─¡Lo mismo le dije! Pero quiere verte a solas ─dijo la duquesa con irritación─. Mencionó que hay un asunto del que tú le pediste hablar.

Rosalya cruzó los brazos y alzó una ceja, lanzando una mirada acusatoria a Castiel. Él solo exhaló con derrota, y se dirigió a Alice.

─Alice, quédate, por favor. Por lo menos, hasta que yo regrese.

─¡Oh! ¿Irás a algún lado? ─preguntó Rosalya, con sorpresa─. Hoy hay una agenda muy apretada.

Alice vio de nuevo la preocupación fingida, la muestra de afecto al tomarse de la mano, y la manera en que se refirió a ella nuevamente como su prometida, y comprendió lo que el príncipe estaba tratando de hacer con todo aquel discurso que Alice consideraba como supuestas disculpas.

La duquesa le había hablado muchas veces de las actividades antes, durante y después de la fiesta de compromiso. En el palacio se habían hospedado varios aristócratas de los diferentes reinos vecinos a Amoris.

─Ah, entiendo, Alteza.

Su papel de prometida aún no terminaba porque, al final, todo se trataba de apariencias. Todos los lindos gestos que él había tenido eran tan solo eso.

Por fin Alice pudo librarse del agarre del príncipe. Él la miró con dolor pero no dijo más, y se retiró.

─¿"Alteza"? ─dijo Rosalya una vez que Castiel había salido─ ¡Creo que es la primera vez que lo llamas así! ¿Están peleados?

─Creo que el príncipe podría responder su pregunta ─dijo con indiferencia.

─Alice, querida, ¿te encuentras bien?... ¿Nadie ha venido para ayudarte con tu preparación?

─No quiero usar un vestido tan elegante. No hoy.

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Castiel avanzaba con rapidez, enojado. Era verdad que él mismo había solicitado hablar con la reina de Dolce de un asunto muy grave que había afectado a su pueblo, ella había actuado tan caprichosamente que se negó desde un inicio. Y seguiría negándose a hablar si Castiel no cumplía con todos sus deseos, por más insignificantes que fuesen, justo como aquel.

Sabía precisamente dónde encontrarla.

Castiel abrió la puerta de su estudio personal. El lugar no podía calificarse como pequeño, era una sala enorme llena de estantes repletos de libros, un gran escritorio en el que siempre estaba una pila de papeles, y un ventanal que daba vista al jardín de rosas. Como todo el palacio, estaba adornado con grandes pinturas y otras reliquias que habían pasado generación tras generación.

Y en medio del lugar había una pequeña sala, en donde la reina de Dolce se había tomado el atrevimiento de mover los muebles y colocar una mesa con dos sillas, encima estaban servidos diversos platos con alimentos.

En el pasado, cuando Debrah visitaba Amoris solía tomarse muchas libertades como aquella, y a Castiel no le importaba en absoluto. Sin embargo, ahora ellos ya no tenían aquella relación de confianza.

─Extrañaba mucho este lugar ─dijo ella con rostro risueño.

─Por favor, no vuelvas a entrar aquí sin mi consentimiento ─Debrah abrió la boca con sorpresa ante las palabras frías del príncipe. Este continuó hablando─. Entonces ¿por fin me darás la información que pedí?

─Ya lo pensé mejor ─Drebrah cruzó los brazos con desinterés─. Me quedaré unos días más de los previstos, unas vacaciones no me vendrían mal. Así que si me tratas con cariño, al final te entregaré todo lo que me pidas.

─Debrah… ─Castiel sonaba cansado, pero Debrah lo interrumpió.

─Para ti, soy "Majestad", cariño. Recuérdalo.

─Lo recordaría si actuaras como lo exige tu nivel. Te contacté por un asunto diplomático.

─Sí ─Debrah se levantó de su asiento, y se dirigió hasta él. Aunque en su rostro había una sonrisa, él sabía que no era de felicidad─. Y estoy siendo bastante condescendiente al siquiera considerar tu petición, especialmente cuando ─presionó el dedo índice en el pecho de Castiel, con bastante furia acompañada de palabras burlonas─ no eres rey de Amoris ─y sin dejar que el príncipe replicara, cambió su actitud y con alegría tomó su brazo para dirigirlo hacia la mesa─. Ven cariño, vamos a desayunar. Ordené que prepararan tu comida favorita.

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Rosalya, aunque estaba sorprendida por la actitud tan distante de Alice, no quiso indagar más al respecto de su relación con el príncipe. Más tarde tendría tiempo para interrogar a Castiel y reprenderlo seguramente. Y aunque también reparó en que, por primera vez Alice no estaba usando el collar que la distinguía como la prometida del príncipe, no lo mencionó. Su anillo de compromiso que le había sido entregado tan solo la noche anterior, tampoco estaba.

Alice se oponía a ser vestida y arreglada, pero la insistencia de la duquesa era más grande. Al final, solo aplicó un maquillaje ligero, sin nada más que una diadema en su cabello suelto, y un juego de joyas que resaltaban en la sencillez de su vestido, logrando una apariencia totalmente elegante, digna de la prometida del príncipe de Amoris.

Alice se dirigió hacia la sección del palacio que parecía haber sido reclamada por los guardias de Sucré, que constantemente vigilaban sus pasos. A Rosa no se le permitió ir más allá, por lo que tuvo que realizar el recorrido por su cuenta.

Cuando llegó a la puerta de la habitación en donde yacía el rey, le dejaron entrar sin decir ninguna palabra, como si ya estuvieran esperando su visita

─Señorita Alice, qué alegría verla ─el rostro de Viktor, que se notaba tan serio antes, pareció iluminarse al notar la presencia de Alice─. Por favor, tome asiento.

Le señaló un sillón que se encontraba a un lado de la cama en donde estaba reposando, Alice siguió su instrucción.

─Quería agradecerle por su regalo ─le dijo, esforzándose por mostrar una sonrisa que pareciera natural─. Las flores están hermosas, no tenía por qué hacerlo.

─Me complace saber que le haya gustado ─contestó gustoso. Después reparó en el semblante de Alice y en la ropa que llevaba─. Lamento si lo que diré suena inapropiado, pero… ya me había acostumbrado a verla con prendas carmesí, que ha sido una gran sorpresa verla así hoy ─señaló su vestido blanco─. Ese color también le queda bien.

─Oh, gracias ─Alice contestó recobrando un poco su habitual entusiasmo. Era la primera vez en el día que alguien no le criticaba por su elección de atuendo, lo que la hizo olvidar por un momento en la fatídica mañana que estaba teniendo─. De hecho ─añadió con orgullo─, me gusta confeccionar ropa. Este vestido lo hice yo.

El rey parpadeó con cara de incredulidad. Alice, por un momento creyó haber cometido un error, después de todo, era la primera vez que hablaba de sus aficiones con alguien que no fuera Castiel. En un inicio, él constantemente le había dicho que debía estar a la altura que conllevaba ser la prometida del príncipe, por lo que hablar de sus aficiones, educación y trabajos, estaba completamente descartado.

Recordar aquello le hizo sentir nuevamente amargura. Quizás, pensaba, el rey de Sucré pensaba de la misma manera.

Contrario a lo que creía, Viktor se rió, no con burla o malicia, había mucha sorpresa en su rostro.

─Señorita Alice, no deja de maravillarme con sus habilidades. Debo decir que se le da muy bien. En Sucré tenemos un tejido muy valioso. Requiere las manos expertas de artesanos y mucho tiempo de elaboración, por lo que es difícil de conseguir. Se lo regalaré para que pueda utilizarla en sus creaciones.

─¡Oh! ─saltó apenada─. ¡No, no! No tiene que hacerlo…

─Insisto ─respondió tajantemente.

─…Se lo agradezco ─dijo aún apenada. No estaba acostumbrada a recibir regalos tan extravagantes, y tampoco los merecía después de todo. Alice pensó que era mejor cambiar el tema─. ¿Cómo está yendo su recuperación?

─Me gustaría decir que bien pero… ─se removió en su lugar, tratando de incorporarse. El brazo aún seguía inmovilizado, por lo que le fue difícil realizar la acción. Alice acudió a su ayuda─, los doctores me animan a alimentarme saludablemente. Aunque… comprenderá que, estando lejos de casa, se me dificulta un poco. No quiero decir que la comida de Amoris sea horrible.

─No se preocupe, entiendo lo que quiere decir ─Alice, si bien no provenía de un país distante como Sucré, había sentido lo mismo cuando llegó al palacio, le costó un poco adaptarse a las porciones de comida que se servían, además de que no eran platillos conocidos por ella. Una vez había intentado cocinar, pero no le permitieron siquiera llegar a la cocina.

Se preguntaba si podría encontrar algún libro de recetas de Sucré, o quizás preguntarle a Willi y Wenka si había alguna comida típica que podría conseguir para el rey…

Se negó para sí misma y tuvo que recordarse que su tiempo dentro del palacio había llegado a su fin. No tenía por qué preocuparse por nadie más. No era su labor.

En ese momento un fuerte trueno cayó cerca, lo que la hizo respingar. La lluvia cayó con más intensidad, sin dar señales de cesar pronto.

─Qué mal clima ha habido últimamente ─comentó.

─Debe ser lindo tener días variados ─Alice no comprendió en un inicio qué quería decir, por lo que el rey siguió hablando─. En Sucré nada cambia.

─¿Cómo es? ─preguntó curiosa.

─Solo hay nieve por todas partes. Tormentas, fuertes vientos…

Alice reparó en la palidez de la piel del rey de Sucré. Se veía bastante enfermo. Como si siempre hubiera estado recluido en una habitación tan oscura como aquella.

─Entonces debería aprovechar y disfrutar del clima de Amoris ─dijo con amabilidad─. ¿Por qué no dar un paseo por el jardín cuando salga el sol?

Viktor sonrió ante la sugerencia.

─Solo si usted me acompaña.

La propuesta la tomó totalmente desprevenida.

─…Claro ─contestó sin mucha convicción.

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Una de las actividades que Rosalya le había mencionado, era una fiesta de té que la mismísima reina de Amoris había organizado para todas las jóvenes señoritas que asistieron a la fiesta de compromiso el día anterior.

Alice, por supuesto, tenía que acudir. Por suerte no tendría que encontrarse con Castiel en aquella reunión.

La reina Valérie se encontraba alegremente en sus aposentos, la compañía de las señoritas le devolvía la juventud. A la fiesta de té se habían unido algunas damas nobles de reinos vecinos. Por supuesto que no podía faltar Rosalya DeMeilhan y Charlotte Leclair. Incluso Ámber había asistido, por órdenes expresas de la reina. Solo se notó la ausencia de la reina de Dolce, pero debido a su reputación, a nadie le supuso un problema.

─Ay, la fiesta de anoche me dejó exhausta. ¡Pero cómo me divertí! Aunque lamento que hayas tenido que retirarte temprano, querida Alice.

Alice asintió desde un rincón. Sabía que aquella fiesta era solo para compartir los últimos chismes de la sociedad, no quería volverse el centro de atención.

─No me sentía del todo bien ─dijo tratando de ser esquiva.

─Lo imagino ─dijo en tono comprensivo─. Tampoco pudieron tener su primer baile juntos, ¿verdad? Es una lástima. Mi hijo es tan tonto que prefiere tratar temas diplomáticos antes de divertirse en su propia fiesta. En fin, en la boda yo misma me encargaré de que eso no vuelva a ocurrir ─le lazó una mirada de complicidad a Alice, que solo fingió una sonrisa como respuesta─. Sin embargo, quien no perdió el tiempo en el baile fue el Capitán Armin. Al parecer últimamente está apegado a cierta señorita ─y en ese momento todas las miradas pasaron de Alice hacia Ámber Lowell─. ¡Dígame la verdad, señorita Ámber!

Ámber había sido asignada a sentarse a un lado de Alice. Decidieron ignorarse mutuamente, Alice tenía bastantes temas en qué pensar antes de siquiera preocuparse por Ámber. En el pasado la rubia había estado frente a la reina, como mera dama de compañía de Charlotte Leclair ─lo cual no había trascendido de alguna manera especial─, sin embargo ahora asistía como invitada de la reina. Alice pudo ver cómo Ámber estaba disfrutando de aquella atención.

─Sí Majestad ¿Qué es lo que debo confesar? ─preguntó fingiendo desconcierto.

─La vi muy cercana al Capitán Armin ─la reina le lanzó una mirada juguetona─. Cuando supe que él aceptó ser quien inaugurara el baile, no podía creerlo. ¡Nunca había mostrado interés en eso antes! Así que comencé a imaginarme la razón por su cambio de pensar. Y cuando se dirigió a buscar a su compañera de baile, honestamente creí que se lo pediría a Charlotte, ya que se conocen desde pequeñitos.

─Aunque el Capitán Krieger ha estado ligado a mi familia ─dijo Charlotte, sin mostrar emoción alguna─, especialmente a mi tío, no tenemos una relación tan cercana, Majestad.

─Oh, no digas eso ─le restó importancia a las palabras de Charlotte─. Por supuesto que te debe apreciar… ¿recuerdas aquella fiesta en la que tuvieron un accidente y el pequeño Armin salió a rescatarte?

Charlotte no contestó.

─Como sea ─la reina siguió hablando─, fue una gran sorpresa que se haya dirigido a la señorita Ámber. Dime, ¿cómo se conocieron?

─En algunas de las visitas al palacio, Majestad.

─¿Actualmente estás saliendo con él? ─Ámber se sonrojó al instante, y todas las damas emitieron chillidos de emoción, atentas a la respuesta de la rubia.

─No, Majestad. No es mi tipo ─añadió tratando de sonar desinteresada.

─¡Oh, qué pena! ─la reina se encontraba visiblemente desilusionada─. El capitán se veía muy a gusto a tu lado. Supongo que incluso el soltero más codiciado de Amoris debe tener alguna decepción amorosa.

─¿Es tan popular? ─preguntó una de las invitadas extranjeras.

─¡Por supuesto! Tiene un rango elevado, es guapo, carismático, y posee una enorme fortuna, así como múltiples propiedades, ¿no es así Rosalya?

─Escuché ─respondió la duquesa─ que inició la construcción de una gran mansión cerca del Segundo Distrito.

Hubo más exclamaciones de sorpresa. Ámber, que hasta ese momento no había sido consiente que un hombre tan codiciado se hubiera fijado en ella, se quedó boquiabierta al escuchar aquello.

─¿Quizás ya está pensando en sentar cabeza? ─se escucharon más grititos emocionados.

─Vaya ─dijo otra de las invitadas─, si la señorita Ámber lo rechaza, y a él no le importan las relaciones a distancia, creo que le presentaré a mi prima.

Las jóvenes damas comenzaron un debate, unas alegaban ser el mejor partido para el capitán de la Guardia de Amoris, otras diciendo que encontrarían otros prospectos en sus respectivos reinos. Al final, todas coincidían en que Armin Krieger, después del propio príncipe de Amoris, sería el mejor esposo que una señorita pudiera desear. El debate, sin embargo, no pudo prolongarse por más tiempo.

─Dudo mucho ─la voz de Charlotte Leclair se alzó con dureza, interrumpiendo toda conversación─, que el capitán se haya acercado a la señorita Lowell con ese motivo, Majestad. Quizás se trate de otro de sus juegos extraños.

Todas las damas quedaron atónitas por la declaración de Charlotte, a la que consideraban fuera de lugar. La más ofendida fue, sin duda, la misma Ámber.

─Te equivocas ─Ámber le plantó la mirada a Charlotte, y habló sin pestañear─. De hecho, pidió cortejarme. Formalmente. Y aunque dije que no es mi tipo, puedo cambiar de parecer. Aún lo estoy pensando.

─¡Oh, por favor, acepta su corazón! ─la reina declaró con gran emoción─. No encontrarás mejor partido que Armin. ¡Y quizás pronto tendremos más bodas! También tu, querida Charlotte ─las miradas viajaron ahora hacia la mencionada─. ¿Hay algún joven que llame tu atención?

Charlotte, en lugar de responder, se puso de pie.

─Iré a servir más té, Majestad.

─No es necesario, querida, las mucamas lo harán enseguida ─le dijo la reina, pero Charlotte ignoró sus palabras─. Ella es muy recatada en esos asuntos ─dijo en voz baja una vez que la señorita Lowell se había alejado.

Charlotte intentaba mantener la calma, pero su mandíbula temblaba.

Despidió a todas las mucamas que se hallaban preparando el té y la merienda, y se puso a la labor.

Su único propósito en su vida era llegar a ser reina, para eso había sido educada. Las horas de estudio, aprendiendo modales impecables, siendo moldeada para ser una dama, el esfuerzo que puso en cada una de sus duras lecciones sin derramar una sola lágrima… todo se iría a la basura si no llegaba a alcanzar el puesto más alto de todo Amoris. Solo de esta manera podía pagar la amabilidad de su tío, al criarla como su propia hija solo para que la familia siguiera teniendo poder dentro de Amoris.

Si quería ser reina, tenía que ponerle fin a todo ese absurdo plan que había elaborado. Ya había sacrificado demasiado ─sus propios sueños y sentimientos─ como para echarse hacia atrás. Era momento de llevar a cabo su último recurso.

No podía llevar a cabo un ataque frontal, lo había intentado al provocar un accidente en el que Alice Arlelt debería haber salido afectada. Cortó la cincha de la yegua que se suponía que usaría ella, pero no previó que fuera intercambiada por el caballo del rey de Sucré.

Falló en ese plan, por lo que debía ser más astuta.

Sacó de entre los pliegues de sus ropas una diminuta botella de cristal y vertió el contenido en una de las tazas que había servido. El líquido se fundió entre el té sin dejar rastro alguno, más que un ligero aroma dulce que fácilmente podía ser confundido con el propio del té.

En ese momento pondría en marcha su plan para acabar ─de una vez por todas─ con la vida de Alice Arlelt. Regresó a la conversación cargando una bandeja con las tazas de té.

─Bueno, admito que es guapo ─escuchó la voz cantarina de Ámber, quien se reía ante cada comentario que le hacían sobre el capitán.

Charlotte comenzó a repartir las tazas, sin olvidar ni un segundo la destinada hacia Alice Arlelt para no cometer un error. Casi llegaba a ella, aunque primero debía pasar con Ámber Lowell, quien antes de recibir su taza le habló con presunción.

─¿Qué opina, señorita Charlotte? El capitán Armin y yo… ¿No hacemos una linda pareja? ─había burla en su voz. Las demás señoritas comenzaron a emocionarse ante la idea de la nueva pareja que se estaba formando.

La ira se apoderó de Charlotte, pero no podía quebrarse en ese instante. Tomó una de las dos tazas que quedaban en la bandeja y se la dio a Ámber sin dirigirle más palabras.

La última taza se la entregó a Alice.

─Qué bien huele ─dijo Ámber antes de darle un sorbo.

Alice miró el té, sin mucho ánimo. No se encontraba de humor para seguir hablando de problemas amorosos cuando su propia vida amorosa ─aunque ficticia─ se había desmoronado por completo la noche anterior.

Alice alcanza a oler algo extraño, un ligero aroma demasiado dulce en particular. Se llevó la taza a la nariz. No provenía de ahí.

No podía considerarse experta en el tema de tés, pero había consumido lo suficiente durante su estancia en el palacio para saber que aquel no era un aroma normal.

Y por alguna razón, lo encontraba familiar.

A su lado, Ámber bebió el contenido de su taza por completo.

─Como decía creo que el capitán…─la chica se detuvo al hablar. Sintió un pequeño escozor en su lengua que poco a poco fue invadiendo toda su boca.

─Señorita Ámber, ¿se encuentra bien? ─preguntó la reina, con preocupación.

Ella no pudo contestar. Comenzó a carraspear, en un intento de calmar sus síntomas, pero solo empeoró. Pronto se encontraba tosiendo violentamente. Su cara se encontraba completamente roja. La taza que sostenía cayó precipitadamente al piso, derramando un poco del líquido que quedaba.

Ámber, toesiendo cada vez más fuerte, se llevó sus manos al cuello, y sin entender qué estaba sucediendo, cayó al piso.

─¡Veneno! ¡Debe ser veneno! ─gritó una de las invitadas, y pronto todas se vieron envueltas en pánico.

─¡Guardias! ─gritó la reina. Al instante se presentaron y la habitación se sumió en caos.

Alice lo sabía, sabía que aquel olor le era familiar. Con horror vio los síntomas en Ámber. La garganta poco a poco se le cerraría, la piel se le enrojecería. Si la dosis de veneno era alta, probablemente escupiría sangre.

Sabía qué estaba pensando. Aquello no la mataría al instante, necesitaría más dosis para ser letal. Aún así, era impactante verlo por segunda vez. Su padre había muerto de la misma forma. Creyendo que era una medicina milagrosa, había comprando una planta extraña a un mercader extranjero. Y aunque había tenido los mismos síntomas, él siguió confiando en aquella supuesta medicina.

Alice comenzó a revivir aquellos días tan terribles en los que fue testigo la muerte lenta de su padre, sin poder hacer nada más que mirar.

Gracias a eso, decidió aprender sobre hierbas y plantas medicinales. Salió corriendo en busca de la cocina. Quizás no pudo salvar a su padre, pero definitivamente no dejaría que aquel veneno cobrara otra vida más.

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Alice se presentó frente al estudio del príncipe de Amoris. Castiel, mediante Rosalya, le había pedido reunirse con ella.

No quería estar ahí, pero considerando que el día había resultado bastante ajetreado para todos, no le quedaba otra opción.

Tampoco quería que el príncipe volviera a su habitación. Sacudió la cabeza, tenía que repetirse que ya no era "su" habitación.

Alice tocó la puerta, esperando que le dieran la orden de entrar. Eso no pasó, al contrario fue el príncipe mismo que la abrió.

─Gracias por venir ─había alivio en su mirada─. Por favor pasa.

Alice entró con mucha cautela. Era la primera vez que escuchaba de aquel lugar, así que sorprendió de conocer ese rinconcito de Castiel. Por otro lado, aquello significaba que el príncipe ni siquiera la consideraba de confianza para mostrarle su lugar de trabajo. ¿Qué importaba ahora?

Recorrió con la mirada el espacio. Había una pintura familiar, con un pequeño Castiel con el ceño fruncido indicando claramente que no quería estar ahí. Atrás de él, la reina sonreía con elegancia y el difunto rey miraba con autoridad. Quizás, en otras circunstancias, aquella pintura le habría hecho reír de ternura.

─Toma asiento por favor ─el príncipe le indico uno de los muebles, que ya habían sido regresados a la normalidad después del atraco de la reina de Dolce.

─Prefiero estar de pie ─respondió con firmeza─. ¿Cómo se encuentra Ámber?

─Gracias a tu rápido actuar, no tendrá efectos negativos. Aún siguen las investigaciones, Armin te hará algunas preguntas al respecto ─el príncipe permaneció callado unos segundos, para después preguntar con total curiosidad─. ¿Cómo aprendiste a elaborar antídotos?

─¿Es de lo único que quería hablar? ─Alice esquivó la pregunta del príncipe. Castiel tomó un suspiro antes de responder.

─Olvida lo que dije anoche. Perdona, no debí tratarte así.

─Puedo vivir con eso, Alteza. ¿Algo más?

Alice lo miraba con puro desprecio, y eso le hizo doler aún más. No quería rendirse tan fácilmente.

─Quédate ─suplicó─. Por favor.

─¿Por qué?

Castiel definitivamente no esperaba aquella pregunta. Pero decidió contestar con sinceridad.

─La verdad es que no habría podido lograr todo esto sin ti. Así que quiero que permanezcas a mi lado, para mostrarte todo mi agradecimiento.

Alice suspiró con cansancio.

─¿Hasta cuándo debo seguir fingiendo ser su prometida?

Toda la vida, pensó Castiel, no solo como su prometida y por supuesto que no de forma fingida. Pero… ¿Alice le creería? Seguía diciendo que solo la querría como una farsa.

─…Hasta la coronación ─fue lo único que pudo responder.

─Tengo algunas condiciones ─dijo la chica, aquello lo tomó por sorpresa─. Primero, quiero total libertad para entrar y salir del palacio.

─Es peligroso allá afuera ─respondió el príncipe. Era cierto que, desde un principio, había ordenado que la chica no pusiera un pie fuera del palacio, por temor a que huyera. Ahora simplemente le preocupaba su seguridad.

─Tengo algunos asuntos personales qué tratar.

─¿Puedo acompañarte?

─No─. Alice no esperó a que el príncipe respondiera, y continuó enumerando sus peticiones─. Permítame decidir mi forma de vestir.

Aquello significaba que ya no irían a juego. Y también unas largas vacaciones para Leigh. Castiel solo asintió.

─Y por último, ya que ante la sociedad ya soy su prometida oficial, no hay más necesidad de demostrar un amor que no existe. Así que evitemos el contacto innecesario. Desayunos, paseos, meriendas… creo que podemos hacerlo cada uno por su cuenta.

─Eso no lo puedo permitir ─protestó─. Perdón si mis acciones se malinterpretaron, pero eres más valiosa para mí de lo que crees. Quiero… ser cercano a ti.

Quizás, en el pasado, aquellas palabras habrían revoloteado en su mente una y otra vez tratando de descifrarlas. Ahora no significaban nada para Alice.

─Alteza, no es necesaria ninguna cercanía.

─Está bien ─contestó con una mezcla de enojo y derrota─. Te concederé todo lo que me pidas, pero no me vuelvas a llamarme así. Soy simplemente Castiel.

Alice asintió, no muy convencida.

─Si no hay más que decir ─dijo dirigiéndose a la salida─, me retiro.

─¿Puedo acompañarte a tu habitación?

─No es necesario.

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El día había concluido de manera muy caótica.

Incluso Melody, que estaba acostumbrada a las largas jornadas de trabajo como mucama en el palacio, había terminado exhausta. No se quejaba, la paga era bastante buena, lo suficiente para ayudar a su madre con los gastos. Si bien la vida en el Segundo Distrito no se podría considerar mala, hubo días en los que pasaron por necesidad, por lo que conseguir trabajo en el Palacio fue la mejor decisión que pudo haber tomado.

Además, dado que el reino Amoris era bastante tranquilo, no había muchas restricciones con ellas. Podían entrar y salir del palacio con frecuencia. Y si debían permanecer ahí, tenían una residencia exclusiva para ellas.

Sin embargo después del incidente de la tarde, había un poco de conmoción en todo el palacio. Muchas de las mucamas seguían siendo interrogadas sobre lo sucedido, así que en la residencia donde solían quedarse, solo estaba ella.

Se dirigió a su habitación asignada, la que se encontraba más alejada del resto. Le gustaba así, le brindaba más paz y privacidad que cualquier otro lugar.

Se quitó su mandil y se dirigió a su ropero para tomar una muda de ropa más cómoda, pero cuando abrió la puerta, casi se muere del susto. Tuvo que ahogar un grito en el instante que vio a una persona oculta ahí.

Estaba pálido, con la respiración agitada, y la frente bañada en sudor. Melody estaba a punto de salir a pedir ayuda cuando reconoció el rostro de Nathaniel Lowell.

Se preguntaba cómo era que el amigo de la señorita Alice, que el día anterior había estado celebrando en la fiesta de compromiso, había terminado metido ahí en su ropero.

Con cautela se acercó al rostro del chico, estaba ardiendo en fiebre. Y con horror vio la sangre seca sobre su camisa.

Melody se debatió en informar a los guardias. Pero ¿qué le harían?

Todo el palacio estaba vuelto loco, así que cualquier cosa lo tomarían como sospechosa, aún si fuera el amigo de la prometida del príncipe. Y no quería eso para la señorita Alice.

Quizás si hablaba con ella…

─Debe estar muy ocupada ─se contestó a sí misma. Había escuchado la grandiosa hazaña de Alice Arlelt, que actuó con valentía para evitar que una de las invitadas fuera envenenada.

No querría interrumpirla tan tarde.

Por lo pronto, le curaría las heridas, y lo dejaría descansar apropiadamente. A la mañana siguiente hablaría con la señorita Alice.

Melody trató de mover al chico, sacarlo de aquel lugar tan incómodo para pasarlo a la cama. Y mientras lo hacía, no dejaba de pensar en que había querido volver a ver a Nathaniel Lowell, en la amabilidad que le había demostrado, en lo guapo que era, aun con un aspecto de sufrimiento y que, de todos los lugares del mundo, se reencontró con él justo en su habitación.

Como si fuera por arte de magia.

O quizás, quizás encontrarlo ahí, era el destino.


¡No tardé un año en escribir, yey! Honestamente, me encanta escribir a Alice enojada jaja (Sí, me gusta hacer sufrir a Castiel) ¿Creen que dure mucho así? ;)

Muchas gracias minnyuu y a lotus-san por sus comentarios y apoyo uwu.

Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl, suelo publicar spoilers, avances, curiosidades y otras cosillas respecto al fanfic.

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!.