Capítulo 208. Visita sorpresa

Por mucho que apreciase el cariño que Tetis le profesó, Hefesto sintió un gran alivio de que se retirara, sin duda ansiosa de entregar aquellos regalos al ingrato de Aquiles, quien como todos los aqueos tenía en mayor estima al padre que a la madre. Había muchísimo trabajo pendiente. Los Astra Planeta estaban bien, pero tenían recursos limitados para trabajar, de modo que solo servirían como generales de un ejército mucho mayor. La Primera Orden de Ángeles era un resto del resto de lo que fue y la Segunda Orden de Ángeles no podía dejar de vigilar los sellos de los Reyes Durmientes en ningún momento. Era el momento de formar una tercera orden, para lo cual la propuesta original de Atenea para el grupo de campeones que usarían el dunamis de los titanes serviría a las mil maravillas. Los dioses llevaban mucho tiempo observando la Tierra, regándola de hijos que luego les despertaban inquietud, así como le ocurría a Tetis. ¿Qué pasaba entonces? Una deidad menor se resignaba, un dios mayor hacía su voluntad y los dioses antiguos que encarnaban la estructura fundamental de la Creación, con mayúsculas, definían qué estaba permitido y qué no, con la venia de Zeus. Poseidón, por ejemplo, no permitió que Teseo padeciera el mismo destino que su compañero Piritoo, condenado por Hades al tormento eterno por su necio empeño de raptar a Perséfone. Así que cuando el llamado sin mucho acierto hijo de Egeo halló la muerte, su divino padre lo elevó a los cielos, encargó a Asclepio la sanación de su cuerpo y le ofrendó el néctar y la ambrosía. Quien fuera rey de Atenas pasó a ser un sirviente glorificado, sin ninguna labor pendiente desde hacía algunas décadas. Y había otros como él, ninguno a la altura de Perseo, Heracles y los argonautas de Jasón, la mayoría con la arrogancia de un dios sin el poder y la sabiduría que servía a los inmortales como contrapeso, de lo cual Belerofonte era el mejor ejemplo, pero todos eran héroes, los perfectos capitanes para las órdenes sagradas del cielo, como las Satélites de Artemisa y los makhai de Ares. La Tercera Orden de Ángeles, especializada en el cosmos como la Segunda Orden lo estaba en la magia. Hefesto estaba a medio camino de equipar al grupo de élite de Jasón, sus antiguos compañeros de viaje con la honrosa excepción de Orfeo, quien no podía dejar escapar a su amada Euridice, cuando llegó Tetis con esa propuesta maravillosa. Desde entonces no había avanzado nada.

Había un problema fundamental para el que no terminaba de encontrar solución. Las glorias que vestirían esos nuevos ángeles tendrían los mismos componentes que las demás, pero el nimbo que se emplearía era una cuestión muy distinta. En la Primera Orden, el dunamis de Hermes representaba el par de alas medio, mientras que el de Hefesto y el del portador de la gloria, en el caso de los serafines, o el del padre o madre divinos, en el caso de los tronos, hijos de los dioses, eran el par inferior y superior de manera respectiva. Para la Segunda Orden, el dunamis de Hermes descansaba en el par superior y el de Hefesto en el inferior, quedando todo el nimbo de los portadores de las glorias en sus armaduras, por mediación de Gea. ¿Qué iba a hacer con la Tercera Orden? El dunamis de Hermes sería indispensable y él siempre dejaba una marca en sus obras. ¿Podrían resistir un grupo de hombres mortales, por semidioses que fueran, la presión de cuatro alas de nimbo? Lo dudaba, incluso un solo par sería demasiado.

—¿Por qué el dunamis del mensajero de los dioses debe estar en todos los ángeles? —cuestionó la voz de una niña, justo detrás del meditabundo dios.

El herrero de los dioses solía pasar mucho tiempo en la Tierra, ora para no ver cómo Afrodita lo dejaba de lado por el más apasionado Ares, ora para poder trabajar lejos de la ardiente pasión de su flamante esposa. ¡Si fuera por Afrodita, él nunca podría crear nada! Nada que no fuera para ella, desde luego. Debido a eso, Atenea había tenido la oportunidad de visitarlo en cada una de las vidas que vivió como humana desde que nadie más que Zeus la condenó por distorsionar el propósito del juicio divino. Así que cuando dio la vuelta, no le sorprendió en absoluto ver a una niña de cortos cabellos castaños e intensa mirada gris, sonriéndole como si hubiese hecho alguna travesura.

—Atenea. —Hefesto negó con la cabeza. Estaba al tanto de la última encarnación de la hija de Zeus. En miles de años nunca había tenido que trabajar tanto, viajando como humana hasta Troya con un grupo de santos de plata a la vez que como diosa trataba de convencer al Consejo de los Doce de que no era necesaria la intervención de los dioses—. Sin el dunamis de Hermes, los ángeles solo podrían contar con la Octava Consciencia para viajar por el universo. Demasiado arriesgado.

Por alguna razón, la recién llegada tardó un poco en responder, dando vueltas en círculos sin dejar de mirar al suelo en busca de algún secreto que solo ella conocía.

—El nimbo es dunamis en estado de letargo, el dunamis trasciende los límites convencionales, incluida la velocidad de la luz. No es que un ángel no pueda viajar por el universo sin el dunamis de Hermes, es solo que tardaría mucho tiempo.

Hefesto podía decirle que era lo mismo, no obstante, prefirió añadir:

—También es necesario el dunamis de Hermes para viajar a otros universos. Lo que…

—Es fantástico —completó Atenea, olvidándose por un momento de su búsqueda—. El Olimpo controlaría dónde están sus soldados y dónde deben quedarse. No es un problema en combate, ya que para eso está el Octavo Sentido. Solo tendrían ciertos problemas para desplazarse. Problemas calculados.

—Tú siempre lo tienes todo calculado —dijo Hefesto, tamborileando el metálico mentón con aire pensativo—. ¿Sugieres que la Tercera Orden de Ángeles solo pueda luchar allá donde les mandemos? Mi dunamis no es muy útil para una gloria.

Si acaso, lo incluía como medida de control. ¿Una rebelión de ángeles? ¡Adiós glorias! Solo necesitaba chasquear los dedos y estaba hecho.

Atenea movió la cabeza de lado a lado, paciente.

—Si vas a negar a Hermes el derecho a entregar su dunamis, también tú debes renunciar a él, como gesto de buena voluntad. Os vendrá bien. No nacisteis siendo los dioses más débiles del Consejo de los Dioses, eso es algo que habéis conseguido vosotros solos.

Ante semejante acusación, Hefesto no pudo menos que reír, agitando la cueva entera.

—Sí, hemos sido muy descuidados, nuestra fuerza se extiende a través de todos los ángeles. Los que aún viven y los que murieron tiempo atrás.

—Porque vosotros queréis. Lo que un dios da, lo puede recuperar —dijo Atenea.

—Dejando eso de lado —descartó Hefesto—. ¿Qué estás proponiendo con exactitud, hija de Metis? —cuestionó, pareciéndole oportuno recordar quién era la madre de esa sabia diosa—. ¿La Tercera Orden de Ángeles será un ejército de guerreros sin ala?

—Para eso ya están mis santos —sonrió Atenea—. Los héroes tendrán alas, creadas a partir de la bendición del dios que los traiga al Olimpo.

—Y si ese dios resultara ser Hermes…

—… bien por ellos. Los consagrados a Hermes podrán ir a donde quieran.

De esa forma tan sencilla, resolvió Atenea el dilema de Hefesto. De inmediato volvió a dar vueltas por la cueva, mirando hacia abajo, sin que aquel errático paseo la hiciese chocar con alguna de las esporádicas vaharadas de humo o columnas de fuego.

—¿Qué estás buscando? —preguntó Hefesto, intrigado.

—Tu semilla —respondió Atenea con sencillez.

Dolido, Hefesto se cruzó de brazos.

—Esa es una broma cruel, hasta para ti.

Atenea no dejó su búsqueda, pero respondió a la acusación:

—Dijiste que Tetis había sido una gran diosa. Tetis, la de muchas formas, que planeaba entregarse a los placeres del sexo adoptando mi forma.

—Ya, claro, la diosa virgen —dijo Hefesto—. ¿Qué tiene que decir Hades al respecto?

—Desconozco qué tengamos que ver yo y Hades. Soy la diosa virgen, que jamás debe dar luz a ningún hijo, a riesgo de llevar la Creación al Caos. Perséfone, por otro lado, no tiene ningún problema. Ninguna nueva vida nace en el infierno —dejó caer Atenea de forma casual, antes de dejar escapar un suspiro—. Ni rastro de tu semilla.

—Lo entiendo —insistió Hefesto, ignorando esa broma sin gracia—. Hades es el apuesto hijo de Crono y Rea, mientras que yo tengo una antorcha por cabeza.

—Sí, esa es una de las diferencias. Hades no tiene fuego en la cabeza, en este universo —aclaró Atenea, caminando hacia él y tendiéndole la mano—. Sabes que yo no me disculpo nunca, así que tienes dos opciones: perdonarme, o despedirme.

El dios no hizo ninguna de las cosas. Extendiendo el brazo, fue más allá de la mano que le tendía la niña y le revolvió el pelo como si fuera una verdadera mocosa.

—Nunca puedo enfadarme contigo —dijo Hefesto, a modo de disculpa.

—Yo, en cambio, puedo enfadarme con todo el mundo. —Así lo demostraban los ojos de Atenea, bien abiertos y clavados en el dios de la forja, que no se amedrentó. Ni la más poderosa de los hijos de Zeus le iba a causar pavor si estaba envuelta en carne mortal—. Bien lo sabrá Pirra de Virgo cuando mis Astra Planeta le den una lección.

—¿Tus Astra Planeta?

—Apolo se atribuirá todo el mérito, porque se lo vamos a permitir. Mas nadie teje mejor los hilos del destino que Atenea, primogénita de Zeus.

¿Era eso verdad, o solo una bravuconada? Lo segundo era más propio de Ares, pero Atenea había estado en contra de la idea de crear seres a partir del dunamis de los titanes desde un principio. Mientras que las virtudes eran autómatas carentes de alma, los querubines, el rango medio de la Primera Orden de Ángeles, eran seres de pura energía, tan leales al Olimpo como inútiles en una guerra, al preferir la contemplación del universo a su defensa. Ahora ellos resguardaban el Portal del Tiempo y nadie los consideraba ángeles, mortales o dioses. Eran otra cosa, un buen ejemplo de que la carne era un hándicap indispensable a la hora de crear a los seres humanos. Con tal argumento, Atenea obstaculizó por siglos la propuesta de Hefesto hacia Zeus, de modo que Apolo y Artemisa pudieron vanagloriarse de haber salvaguardado el orden universal recogiendo y sellando el dunamis de los titanes. Después regresaron los falsos dioses, y si bien Atenea apoyó a Ares para la consagración de los héroes humanos al dunamis que Hermes había robado, al mismo tiempo dejó de insistirle en que no sugiriera la blasfemia que llevaba tanto tiempo fraguando en su cabeza. Que Atenea hubiese entrado en razón era una explicación tan buena como que el deseo de humillar a Pirra de Virgo, aplastando su rebelión sin que ningún dios hubiera de pisar el campo de batalla, la había impulsado a desatender sus deberes para con la Creación. Atenea era la diosa de la sabiduría, no había nadie más sabia que ella, tampoco había deidad más rencorosa.

—Si te he ofendido en algo, hija de Metis, ruego que me disculpes —se le ocurrió decir a Hefesto—. Fui demasiado ambiguo con Tetis, dado lo que estaba a punto de hacer.

—Oh, ¿cómo podría culpar a una diosa del mar por querer usurpar mi figura? Para empezar, tienen sesos de alga, como Poseidón. Y yo soy Atenea, al fin y al cabo, una de las diosas más hermosas del Olimpo.

—La segunda. Detrás del Afrodita.

Aun si el juicio de Paris no era cosa del Olimpo, sino uno de los tantos engaños de Pirra de Virgo para ser reconocida como una auténtica diosa por los mortales, estaba claro que los caprichosos dioses seguían hallando divertimento en los mitos humanos.

No los entendía. Hefesto estaba harto de que la humanidad los retratara de una forma tan vulgar, con todos esos raptos y amoríos disparatados. Le había dicho a Tetis que pasaba demasiado tiempo con humanos, pero lo cierto era que más bien los humanos habían pasado demasiado tiempo con unos dioses que no eran tales. Si de por sí tenían un entendimiento tan limitado del mundo, resultaba todo aún peor teniendo de ejemplos del comportamiento divino a un grupo de mortales enfermos de poder.

—Estoy esperando —dijo Atenea, quien en efecto llevaba todo un minuto observándole meditar, cruzada de brazos—. Acaba la frase.

—Inferior en belleza a Afrodita, superior en belleza a Hera —dijo Hefesto con lentitud. Dudaba que a su madre, reina de los dioses, le importase el resultado de un dictamen humano, incluso si hubiese mediado Eris tal y como decía el mito, cosa que él no podía afirmar, ni negar, al no haber estado presente. No obstante, nunca se era demasiado prudente—. ¿Sabes que los humanos asumirán que buscas la caída de Troya por ese segundo puesto, verdad? —Ya lo daban por sentado, tal y como Pirra de Virgo había previsto. Y era tarde para decirles que si Troya ganaba, los falsos dioses se asegurarían de que Príamo y Hécuba rigieran el planeta entero en su nombre.

—Creamos a los hombres a nuestra semejanza —respondió Atenea—. ¿Cómo no iban a ser limitados de entendimiento, si aun los dioses en el cielo lo son?

—¿Limitados por no creerte la más hermosa? —insistió Hefesto, más interesado en lo que diría que por verdadera necesidad de retribución. Él había visto la apariencia divina de Atenea, así como esa forma mortal a lo largo de más de cien de vidas con diversas edades, y podía decir que era lo bastante bella como para que una competición con Afrodita tuviera sentido. Más adelante, cuando la niña que ahora lo visitaba creciera como una mujer, la auténtica diosa de la sabiduría demostraría cuán superior era a la imitación: por ella, el sin par Odiseo dejaría de lado su afán aventurero, y no por el amor sin reservas que sentía por Penélope, ni hechizado por lo que ella llamaba con sorna los placeres del sexo, sino por otra clase de devoción que nacería en los corazones de muchos mortales a lo largo de los milenios.

Con todo, seguía siendo inferior a Afrodita.

—Limitados por creer que ello me ofendería. Es tan imposible que supere en belleza a la diosa del Amor, como que esta supere en inteligencia a la diosa de sabiduría.

—Bien jugado, como de costumbre.

Con la gracia de una princesa, la diosa se inclinó para aceptar el cumplido.

—Debe de resultarte incómodo hablar de mi belleza estando en esta forma limitada, así que cambiemos de tema —propuso Atenea—. Tetis ha cumplido su papel, ¿cumplirás tú el tuyo, herrero de los dioses? Sabes que sin ti, estaríamos tan perdidos como lo estaría Apolo sin mi dirección, con todo lo brillante que se considera.

Brillante era decir poco. Apolo se había comparado con Zeus en más de una ocasión. La última, había dado a Troya las robustas murallas que harían sudar sangre a los aqueos. Tal vez era esa la razón por la que Pirra de Virgo escogió aquella ciudad para su rebelión. Ninguna otra en el mundo estaba tan bien protegida de cara a un ejército humano que conociese, así fuera de forma superficial, los secretos del cosmos.

—A Tetis no le gusta la idea. —Tal cosa no provocó el menor cambio en el semblante de la diosa de la sabiduría—. Tampoco a nuestro hermano, Ares. El belicoso, el que ama los combates. ¿Qué pasa si alguno de ellos se vuelve en nuestra contra?—cuestionó Hefesto, quien vaticinaba sin saberlo el sino de los Astra Planeta: siempre un traidor por generación, empezando por Astreo—. Sabes que si tienes alguna duda, puedo interrumpir el proceso. —Sin él, el resto de hijos de Zeus no podrían poner en marcha la creación de los Astra Planeta, en eso Atenea tenía toda la razón—. Eres la diosa de la sabiduría, confío en tu criterio tanto como en el de mis padres.

—A pesar de eso, actuaste por tu propia cuenta al proponer este proceso —acusó Atenea, como olvidando lo que había sugerido antes sobre ella tejiendo el escenario en que sus hermanos menores se movían—. Los Astra Planeta son un mal necesario. Sin ellos, Hera insistirá en hacer caer sobre Troya el juicio divino. Poseidón la apoyará para poder purgar la Tierra tal cual ha sido su deseo desde el diluvio universal. Puede que Hades se sume en cuanto juzgue en persona las pecaminosas vidas de mis santos de oro. ¿Ves? Son reyes ante los dioses y aun así son limitados, no podemos culpar a las deidades marinas por tener sesos de alga, ni a los hombres por no tener sesos en absoluto. —Cabeceó de un lado a otro con cansancio—. Si tan solo entendieran el plan de mi padre, dejarían de causarnos tantos inconvenientes.

Por mucho que a Hefesto le interesara saber qué planes podría tener Zeus para los humanos en la Tierra, no iba a permitir que lo tomaran por tonto.

—Todavía estoy esperando una respuesta.

La mejor forma de tratar con la hija de Metis era usar sus mismas palabras.

—Ah, ¿qué haremos si alguno de los Astra Planeta se vuelven en nuestra contra? Nada más fácil. Mis santos se encargarán de él.

Como si los gigantes enterrados en el monte Etna pudieran escuchar la voz de la antigua enemiga de su dios, citando a los responsables de su derrota e infame encierro, el monte Etna volvió a agitarse con terrible violencia, inundando la caverna de humo.

—¿Dices que vas a mantener a esos traidores con vida? —cuestionó Hefesto.

—No todos son traidores —dijo Atenea—. Flecha, Escudo, Cruz del Sur, Lira y Orión me siguen. También Escorpio. Lástima que no pueda incluir a Deucalión en este proceso, sería una ironía deliciosa que él fuera mi campeón, el regente de Urano.

La sola idea impulsó al dios de la forja a llegar hasta ella de una zancada.

—No tienes corazón —acusó Hefesto. Atenea hizo caso omiso, todavía pensando en esa idea. —Mas tienes la mente más despierta del Olímpo, naciste de la cabeza de nuestro padre y rey, así que debes entender el pozo en el que te estás metiendo. —Hefesto nunca se había sentido tan molesto de estar en un volcán como en ese momento. ¡No paraba de salir humo de todas partes! Cuando apartó de un manotazo la grisácea columna que surgió entre él y la diosa, esta ya se había colado entre el humo de otro rincón—. Dejando de lado que los Astra Planeta son la solución a los santos de Atenea y no al contrario, lo que han hecho los autoproclamados dioses del Zodiaco debería bastar para que te hagas una idea de lo peligroso que es dar poder a los mortales. Tu orden será destruida, lo quieras o no, tienes que aceptarlo. Padre no consentirá más caprichos tuyos. —Después de perseguir a Atenea por toda la caverna, atravesando como una tempestad aquella pantalla de humo, este se extinguió, merced de un sencillo aplauso.

Le costó bastante no traslucir irritación al girarse hacia ella.

La diosa estaba sobre una de las grietas, manchada de hollín desde los pies a la cabeza. Estaba encantadora. Y pálida, lo que explicaba por qué el humo había sido tan molesto: el Lamento de Cocito podía sentirse en el ambiente.

—Tuve que tener una conversación con los gigantes allá abajo. Recordarles quien soy.

La diosa de la Sabiduría, la Guerra Justa y el Hades. Todo en un solo cuerpecito.

—Tienes un aire a Perséfone ahora mismo —observó Hefesto.

—Gracias —asintió Atenea, andando hacia él con paso tranquilo, como solo ella podía estar después de comunicarse con el inframundo. Un acto descabellado más que sumar a la lista de imprudencias de la diosa que le enseñó en el albor de los tiempos lo que era ser prudente—. Dos cumplidos son suficientes para perdonar tu atrevimiento. —Se detuvo frente a él, temible de algún modo a pesar de que no era ni la mitad de alta que él—. Cualquier dios que quiera exterminar a mis sirvientes, lo hará por encima de mi cadáver. Son los mejores entre los guerreros sagrados, así lo demuestran todos aquellos a los que han hecho morder el polvo —aseguró, soplando el hollín que tenía en la mano de tal forma que este acabara cayendo sobre una grieta cercana—. Solo necesitan la guía de mi Sumo Sacerdote y la tendrán, en cuanto ajuste cuentas con esa traidora. —Al cerrar la mano, los huesos crujieron, eco de la fuerza potencial de quien crecería como la diosa de la Guerra Justa—. Fue la única a la que entrené de verdad. La quise tanto y ella… ella… —De forma intermitente, el semblante de aquella niña pasó de una ira gélida y divina a la más humana cólera, que apenas recubría el dolor que sentía—. ¡Me traicionó! La mataré y después tomaré el lugar que me corresponde. Unidos, Deucalión y yo llevaremos a mis santos a la Edad Dorada con la que sueña mi padre.

Toda la irritación que Hefesto había sentido se esfumó, apagado el fuego por las lágrimas que esa diosa se negaba a derramar, aun cuando sufría como humana.

Ella no iba a matar a Pirra de Virgo. Ni siquiera la odiaba. Al contrario, la quería como no había querido a ninguno de los demás santos. No en sentido romántico, pues Atenea se tomaba muy en serio su rol como hija primogénita de Zeus; no era como Artemisa, que sorteaba su jurada doncellez rodeándose de hermosas mujeres, ella no había yacido con ningún hombre o mujer en ninguna de sus vidas mortales. Era el amor del maestro hacia el discípulo, de una madre a una hija. La humanidad era el único descendiente que Atenea tenía permitido tener, y siendo Pirra la única a la que había entrenado, se podría decir que la primera y única santa de Virgo era la encarnación de esa descendencia. Por esa razón había movido los hilos para que surgieran los Astra Planeta, sin poder ver los peligros que supondrían en un futuro, porque estaba dolida, por encima de todo.

Lo peor era que él no podía hacer nada. Primero, porque consolarla estaba fuera de discusión; seguía siendo el hermano menor, no importaba que ella encarnase como humana, cualquier palabra de aliento sonaría condescendiente. Segundo, porque él mismo deseaba poner en marcha ese proceso, el primero en mucho tiempo que llevaría a cabo junto a Afrodita, ¡junto a toda la familia! Tercero, porque se consideraba en deuda con Tetis, de alguna forma. Ella había acudido a él para salvar a su vástago humano, sin imaginar que era un peón más en el plan tejido por Atenea, digna hija de Zeus. Estando los Astra Planeta, los falsos dioses tendrían que dejar a Aquiles y el resto de héroes aqueos en manos de los héroes de Troya. Sin ellos, la situación se complicaría.

De modo que no insistió en que Atenea racionalizara lo que estaban haciendo, porque sentía que era para lo que había nacido. Tampoco buscó animarla, prefiriendo la afortunada sequedad que le otorgaba ser un ser de fuego para cuestionarle:

—¿Hasta dónde piensas llegar por proteger a tus santos, Atenea?

Los ojos de la diosa, quizá su rasgo más característicos, brillaron con intensidad.

—¿A dónde más que al mismo Hades que gobierno?

Tanta era la convicción con que hablaba Atenea, que Hefesto no pudo sino creerle.

—Te deseo la mayor de las suertes —dijo el dios de la forja, a modo de despedida—. La necesitarás, pues nadie ha atraído la ira de padre sin sufrir las consecuencias.

Nadie, salvo su hija favorita, hasta ahora. Si defendía a la humanidad después de esta rebelión, podría considerarse como un acto de traición hacia el Olimpo. Apolo debió vivir una vida como mortal por ello. ¿Qué podría ocurrírseles a los inmortales para quien ya había experimentado esa vida mil veces? Él no quería saberlo.

—Hefesto —dijo Atenea, cuando el dios estaba por entrar en la forja—. ¿Por qué trabajas en la Tierra? En el Olimpo eres muy apreciado.

«Porque Afrodita me distrae —pensó Hefesto, sabiendo que se mentía a sí mismo.»

—Porque quiero ser recordado. La Edad Dorada de la que hablaba Prometeo es una utopía. Los dioses y los humanos jamás nos entenderemos, así que solo hay un modo en que podremos permanecer en el inconsciente colectivo.

—A través de los héroes —entendió Atenea.

Él asintió, conforme.

—Llegará una época en la que nadie recuerde al dios de la forja, Hefesto. Aun entonces, recordarán a Aquiles, y sobre todo, recordarán su escudo y hablarán de él. De mi obra.

¿Era egoísta? Sí. ¿Le importaba? No. Así era él, así sería siempre.

—Yo trabajo en la Tierra porque quiero que los dioses recuerden a los humanos —dijo Atenea, caminando hacia él—. Porque los amo —reconoció sin vergüenza alguna—. Puede que merezcan el juicio divino, mas jamás debemos olvidarlos. Por eso hago lo que hago, para que los nuestros no olviden a esa raza pecaminosa e incorregible que nos venera. Para que no aparten la mirada de esta hermosa tierra, yo, Atenea, haré descender al mundo las luces del cielo y el destino, convertiré en héroes las constelaciones y derribaré hasta el último de los absolutos del Olimpo, cueste lo que cueste.

«Lo harás todo por tus hijos. Eres igual que Tetis.»

No dijo eso y dio gracias a que la agudeza mental de Atenea no fuera lo mismo que la capacidad de leer el pensamiento de un dios viviente. Tampoco dijo otra cosa, porque no sabía bien cómo actuar, ni qué esperaba esa diosa ahí plantada, todavía cubierta del polvo residuo del humo como si fuese la diosa de los niños sin hogar.

—A mí también me gustan los humanos —comentó Hefesto—. Cuando no me retratan como un esclavo del deseo, son encantadores.

Podía tolerar lo de ser un lisiado en lo físico, era la magnificación del precio humano de quienes trabajaban por demasiado tiempo el metal. Pero ese episodio con Atenea lo seguía enervando, sobre todo porque no imaginaba de dónde había salido. Si Mateus de Piscis hubiese intentado algo así con Pirra de Virgo, esta lo habría matado, después de reírse de semejante ocurrencias. O quizás pasaría tanto tiempo estallando en carcajadas que se le olvidaría después la parte de matar a un viejo solitario.

«En qué cosas pienso —negó Hefesto—. ¡Quiero trabajar!»

—Vamos —apuró Atenea, tomándole el guantelete con la manecita—. Es hora de trabajar —apuntó, sonriente—. ¿No hay problema con que vea la forja, verdad?

—Por supuesto que no —dijo Hefesto, aliviado—. ¿Por qué no lo dijiste antes?

Cuando los hermanos se adentraron en el mágico pasaje hacia el corazón del monte Etna, la caverna volvió a inundarse de humo y fuego. La forja de Hefesto volvía a estar en movimiento. Por esta vez, bajo la expectante observancia de una olímpica.