Capítulo 198. Infectados por el mal
El valiente acto de Joseph de Centauro duró un mísero segundo, de modo que los caballeros negros apenas y se dieron cuenta. Incluso Makoto, quien le había avisado, fue incapaz de reaccionar a tiempo debido a que otro horror había aparecido frente a Eren y Almaaz, arrancándole la oreja a este último en un visto y no visto. Estaba zampándosela cuando el santo de Mosca lo envió de un solo golpe más allá de la línea del horizonte. Un gesto inútil, porque ya para ese momento medio centenar de enemigos escalaba a toda velocidad el barco por popa, babor y estribor.
Entonces vinieron las advertencias de Marin, tarde para la mayoría. Los ojos de aquellos monstruos, con un mero instante de intercambio visual, ejercían una influencia irresistible en el cerebro de los seres humanos. Por si eso fuera poco, todos y cada uno poseían un cuerpo invulnerable desde el cuello para abajo y destruirles la cabeza les producía si acaso una suerte de jaqueca. Algunos de los tripulantes, como Makoto y Joseph, pensaron a toda prisa en la forma más eficiente de purgar el barco de enemigos sin perder a ningún solo aliado, olvidando lo más importante.
—¡No estáis solos! —declaró Kanon de Géminis.
Había tres santos de oro en la nave y ninguno de ellos se quedó quieto. Mientras que Joseph, como una estela de luz, destrozaba las cabezas de los horrores de babor, a los que Makoto después mandaba a volar de golpes más rápidos y precisos que potentes, Garland y Ofión hacían otro tanto en estribor. El santo de Aries ataba con incontables hilos a los enemigos, los alzaba al cielo reventando a la vez todos y cada uno de aquellos ojos malditos y observaba desde esa posición cómo su vecino en las Doce Casas los mandaba al Caos, desapareciendo el problema de raíz. En popa, Zaon de Perseo obtuvo tiempo suficiente para invocar a Ra´s Al Ghul gracias a Tetis, la cual a punta de patadas y puñetazos barrió con todos los horrores que se la acercaron.
En proa, a la vez que se sucedían todos los combates, Kanon de Géminis abría un portal en el tejido espacio-temporal. Era arriesgado, pero dadas las circunstancias no podía emplear la Explosión de Galaxias a plena potencia, siendo además poco confiable ejecutarla de forma localizada si el objetivo era un cuantioso número de monstruos capaces de resistir golpes a la velocidad de la luz. A los ojos del guardián del tercer templo zodiacal, las aguas, los cadáveres y los horrores que se ocultaban bajo los mismos fueron succionados a la vez por la Otra Dimensión, de una apariencia tan abyecta, con todos esos mundos devolviéndole la mirada como los ojos de algún ser incomprensible, que Kanon se apresuró a cerrarla antes de tiempo.
La situación se normalizaba también en el otro extremo del barco sin que Gestahl Noah, cerca de Kanon y expectante de la situación, hubiese de intervenir. Ra´s Al Ghul, el primer eidolon del Santuario, se adueñó del cielo, descargando una relampagueante tempestad sobre las aguas atestadas de cadáveres y horrores. Sin embargo, semejante poder no podía desatarse al cien por cien estando aliados en medio, de modo que Zaon de Perseo, sin apartar la mano del escudo de Medusa, gritó:
—¿¡Señor Ofión, podría…!?
No tuvo que terminar la frase. El santo de Aries ya estaba henchido de cosmos.
—¡Dadlo todo!
Una barrera de apariencia cristalina cubría ahora todo el barco. Kanon de Géminis y Zaon de Perseo aprovecharon la ocasión para desatar toda su fuerza. Para el primero, el espacio no era frontera, mientras que el segundo actuaba a través de su eidolon. Como si las fuerzas de la naturaleza, cósmica y terrestre, se hubiesen desatado alrededor, todo a la vista de la tripulación quedó blanqueado por un largo minuto en proa, a la vez que rugían el viento y el trueno en popa. Los caballeros negros, que apenas se recuperaban de la impresión, debieron llevarse las manos a los oídos y cerrar los ojos con fuerza.
—Impresionante —observó Gestahl Noah—. ¿Era esa la técnica de mayor poder destructivo de la pasada generación de santos de oro, la Explosión de Galaxias?
—Una centésima parte —repuso Kanon, observando la agitación de las aguas cada vez que caían trozos de piedra estelar desde los lados del canal. A pesar de todo su auto-control, había causado daños graves. No podían quedarse allí mucho tiempo—. ¡Dioses! —Nuevos horrores surgieron desde lo más hondo del río. Carecían de cabeza y los cuerpos de lémures estaban ennegrecidos, sin embargo, no había logrado dañarlos de gravedad, mucho menos destruirlos—. ¿Era así en el continente de Mu?
—Lo desconozco —respondió Gestahl Noah, también viendo los fútiles intentos de diez, veinte y hasta treinta de aquellas cosas de atravesar la barrera, que los repelía con mayor violencia cuanto más golpeaban el Muro de Cristal—. Estuve rezando esos tres días, aunque si he de hacer caso a lo que dicen mis muchachos, cosa que hago a menudo, los horrores del Príncipe Durmiente eran un peligro por numerosos. ¿Inmunes al dolor? Sí, tampoco tenían huesos, ni órganos internos. ¿Invulnerables? No.
—En ese caso, enfrentamos una amenaza mayor. ¡Garland! —ordenó Kanon, sin quitar un ojo de encima a esas cosas.
El santo de Tauro había recorrido el barco de lado a lado, ejecutando la Tabla Rasa sobre toda criatura que veía, ya fuera a los pies de la barrera, ya zarandeados por la furia de Ra´s Al Ghul, bajo cuyos rayos perdían su arma más terrible, los ojos. Sin la facultad de abrir la Otra Dimensión, por el riesgo de atraer una amenaza mayor, los del Argo Navis Negro solo podían confiar en la aterradora técnica de Garland. En Caos, la base de toda la Creación, incluso lo que no podía ser dañado era borrado de la existencia.
—Lo que hiciste fue una estupidez —advirtió Garland en cuanto acudió al llamado. Nada más dijo, centrándose en fumigar ese lado del río.
Kanon aceptó su error con un gesto de asentimiento. Había sido imprudente. Ese lugar les estaba afectando a todos, de un modo u otro. Garland solía ser un hombre tranquilo, pocos en el Santuario podían presumir de ser guerreros tan centrados como Marin, Ofión no era de los que exteriorizaban sus sentimientos… Era preocupante, más que la oscuridad que los rodeaba, más que haber perdido el rumbo. Si los santos de Atenea veían quebrada su voluntad, entonces todo estaba perdido.
Hubieron de pasar varios minutos para que dejaran de aparecer horrores. Los caballeros negros, repuestos de la impresión, empezaron a vitorear a sus defensores.
—No es para tanto —dijo Makoto, azorado—. ¿Verdad?
Joseph de Centauro, en ese momento una criatura mitad hombre, mitad caballo, no pudo responderle. Estaba hecho de fotones y carecía de cuerdas vocales.
—¡Informe de daños! —exigió Kanon de Géminis.
—Cero bajas en popa —informó Tetis, al estar Zaon ocupado con Ra´s Al Ghul.
—Cero bajas en babor —informó Marin.
—Ah, cero bajas en… —trató de informar Makoto, hasta que vio al caballero negro de Auriga, sujetado por el caballero negro de Orión.
—Venga —dijo Almaaz, con la mano sobre el sangrante muñón del que le arrancaron la oreja—. Si yo no estoy muerto, para nada. Solo mutilado. No es nada… ¡No es…!
Auriga Negro no pudo terminar su queja, pues una columna inmensa de agua caída del cielo lo cubrió en plena frase. Almaaz, extrañado, tardó algunos segundos en comprender lo que había pasado y mover los brazos y las piernas, desesperado. Un gesto inútil, no podía salir de aquella cárcel acuática en la que su herida de guerra era primero limpiada y luego restaurada a nivel celular.
—Sí, sí, ya te oí —dijo la voz de Aqua, amplificada mil veces.
La columna de agua resultó ser uno de los dedos de la santa de Cefeo. Makoto, al igual que la mayor parte de la tripulación, miró boquiabierto la forma que Aqua había adoptado: un río humanoide. Parecía una diosa, tan grande como para sujetar entre sus manos el barco entero, viéndolos desde arriba con una máscara que se adaptaba a la amplitud del rostro por alguna razón misteriosa, Claro que en ese sentido también podía pasar como una niña pequeña jugando en la bañera con su barquito.
Almaaz de Auriga Negro salió expulsado del dedo, grueso como el mástil del barco. Desorejado, pero ya sin ninguna herida, corrió algunos pasos hasta darse cuenta de que no tenía a dónde ir. Un tal Mirapolos de Lince Negro lo devolvió a su puesto tirándole de la oreja que le quedaba, mientras Almaaz seguía con sus murmullos quejumbrosos:
—Me siento profanado.
—¿Tú te sientes profanado? Yo he tenido esas cosas por todo mi cuerpo. —Se oyó un sonido de escupitajo cuando un gusano salió desde el pecho de Aqua hasta el barco. Visto de cerca, podía reconocerse más o menos a uno de los horrores, aunque sin extremidades, ni cabeza, ni pelaje, como recién salido de un baño de ácido para extraterrestres—. Llevo un rato avisando a Makoto de esto y no me hacía caso. ¡No eres ninguna princesita, yo una vez tuve que entrar en las alcantarillas por el canal de residuos! ¿Sigues creyendo que bañarte en caca es peor que esto, Makoto?
La santa de Cefeo cruzó sus inmensos brazos y esperó una respuesta. No la obtuvo. Makoto se sentía observado por todo el mundo y no tenía fuerzas para hablar.
—Fue una estupidez no avisarnos enseguida —dijo Kanon.
—Dale un respiro al chico —pidió Garland—, estamos todos un poco tensos.
La ironía provocó que el antiguo Sumo Sacerdote sonriera.
—Sí, sí, sois muy graciosos todos —asintió Aqua—, pero yo quiero una… —De forma brusca, Aqua dejó de hablar y se inclinó sobre el barco, cubriéndolo con su cuerpo.
Un nanosegundo después, el Muro de Cristal fue golpeado por un proyectil de energía descomunal. La barrera colapsó tras el mero contacto, a la vez que el cuerpo acuático de la santa de Cefeo era vaporizado hasta un setenta por ciento. Los restos cayeron al río alzando pequeñas olas que bañaron el barco como una ducha fría y estremecedora.
—¿Aqua? —preguntó Makoto, corriendo hacia la barandilla—. ¡Aqua!
—El tiempo vuelve a fluir —maldijo Garland—. ¿Cómo…?
El santo de Géminis no tenía ahora tiempo para sopesar ese hecho. Aprovechando el enlace que unía a los tres santos de oro en el barco, dio una sugerencia:
—Mi discípula apostaba por una barrera de capa múltiple.
—¿Como el Rho Aias del santo de Escudo? —preguntó Ofión.
En lo que Kanon respondía, el llamado Ermitaño levantaba una vez más el Muro de Cristal. Incluso si había sido destruido una vez, era la mejor defensa que tenían.
—No tan efectivo —reconoció Kanon—, aun así, creo que…
Un nuevo ataque obligó a los santos de oro a detener la comunicación. El Muro de Cristal, la máxima técnica defensiva del pueblo de Mu, hizo honor a su nombre. Colapsó tras un solo impacto, como una enorme burbuja de cristal.
Como era de esperar de un ataque capaz de destruir el Muro de Cristal, el primer proyectil ya había aniquilado la tormenta viviente que era Ra´s Al Ghul. Los caballeros negros, descorazonados, miraron a Zaon de Perseo en busca de alguna palabra de ánimo. Este dirigió sus esperanzas a la más hermosa hija de Nereo.
Tetis tenía ahora mismo otras cosas en qué pensar y les dio la espalda. Había reconocido en el primer ataque la naturaleza a medio camino entre la magia y el cosmos de los miembros de la Segunda Orden de Ángeles. Cuando el segundo ataque aniquiló el renovado Muro de Cristal, ya no tuvo ninguna duda de la clase de enemigos que estaban por enfrentar, incluso antes de que apareciera sobre popa el primer guerrero celestial, armado con una lanza de manufactura olímpica.
—Mi nombre es Cichol de las Potencias, ángel del Aire.
A la primera orden de Marin, todos los caballeros negros de babor retrocedieron a la vez, creando distancia con el gigante que había aparecido de pronto.
—¿Qué hay? Chevalier, ángel de… ¡Pues no me acuerdo de qué! Mucho gusto.
Cerraba y abría los puños, forrados de dorado, con una evidente sed de lucha.
En estribor no habían sido tan afortunados. Un ángel de facciones tan hermosas como toscas eran las del que apareció sobre babor, no dudó en golpear al primer caballero negro que le miró con gesto desafiante. Eren de Orión cayó al cuelo, llevándose las manos al rostro ensangrentado; su ojo estaba entre los dedos del guerrero celestial, que lo miraba con interés sin hacer el mínimo caso a Makoto.
—¡Te vas a enterar! —gritó el santo de Mosca.
Sus manos, empero, no lo alcanzaron. Tampoco lo logró Joseph, quien acometió como un silencioso rayo de luz. El ángel desaparecía sin más en el momento justo.
—Aubin, ángel de la Audacia —se presentó el veloz guerrero celestial. Con un gesto casual, arrojó el ojo hacia arriba y se lo tragó de una sentada—. Delicioso. Ah, señor Cichol, ¿cómo supo que íbamos a atacar en este momento?
—Ni se te ocurra —advirtió el cuarto ángel en aparecer, en popa, presionando con su guadaña el cuello del Sumo Sacerdote. Se distinguía de los demás por el yelmo de calavera y el negro exoesqueleto que le recubría la gloria—. Puede que los dioses perdonen tus faltas, Deucalión, pero yo no conozco el perdón.
—¿Y tú eres? —preguntó Gestahl Noah de forma casual.
Para el líder del Santuario era evidente que estaba ante el más peligroso del grupo. Las marcas de su armadura, una gloria como la que solían vestir los ángeles de la Segunda Orden, eran de un negro brillante que recordaba a las profundidades del inframundo, lo que quedaba realzado por el hecho de que evocaban a un can tricéfalo.
—Sariel —respondió el de yelmo cadavérico—. Ángel de la Muerte.
Gestahl Noah asintió, reflexivo.
—Es inútil —aconsejó la quinta guerrera celestial, apareciendo desde el puesto de vigía. Aunque ninguno de los santos de oro se había movido de su puesto desde que llegaron los ángeles, la única mujer del grupo notó que Ofión se disponía a hacer algo—. Nuestro compañero, Indech, ángel de la Tierra, posee el Inagotable que perteneció al Espíritu Divino Galia. Ni siquiera el agujero negro del centro de nuestra galaxia podría atrapar uno solo de sus proyectiles, así que ninguna barrera creada por simples mortales os servirá de protección. Además —añadió, siempre con tono didáctilo—, sin importar la distancia, siempre va a dar en el blanco, así que tampoco podéis evadirlo.
El santo de Tauro escuchó, paciente, el discurso del ángel. Esperaba alguna explicación sobre por qué diablos les estaban atacando. En lugar de eso solo obtuvo la clásica charla sobre cuán perfecta era la técnica de turno, así que no tuvo que pensárselo mucho para ejecutar la Tabla Rasa sobre aquella chica de aspecto inocente. La guerrera celestial, como los horrores, se vio envuelta en el color que no era color alguno.
Y después, nada, salió ilesa. La mejor técnica del santo de Tauro, que excedía su propia fuerza bruta por órdenes de magnitud, no había logrado nada en absoluto.
—¿Qué rayos eres tú? —cuestionó Garland, apretando los dientes.
—Cethleann de las Potencias, ángel del Agua —contestó la guerrera celestial con una inclinación—. Por mis venas corre la sangre de los humanos de la era mitológica y los espíritus del albor de los tiempos, así que he sido honrada con la gloria Garreg Mach, capaz de desviar cualquier ataque, sin importar su naturaleza.
—Los ángeles son el grado medio de las huestes del Olimpo, entre los ejércitos de guerreros sagrados, como los santos de Atenea, los espectros de Hades y mis compañeros marinos, y los Astra Planeta, que los dirigen como generales —explicaba con precisión Tetis mediante telepatía, dirigiéndose en exclusiva a los santos de oro ya conectados por el enlace—. Se dividen en tres órdenes.
»La Primera Orden cayó durante el albor de los tiempos. Tifón, sus hermanos y los que ahora llamamos Reyes Durmientes fueron enemigos temibles. Cratos, trono de la Fuerza, y Bía, trono de la Violencia, formaban parte de este grupo al que los dioses honraban con armas indestructibles, forjadas por Hefesto.
»La Segunda Orden incluye a las dominaciones, virtudes y potencias. Son espíritus, de naturaleza mágica, que adquirieron forma humana y aprendieron el uso del cosmos. Tienen el deber de proteger los planetas, estrellas y galaxias del universo y la prohibición de entrometerse en los asuntos de la Tierra. Por su labor, los dioses les otorgaron armaduras únicas, poseedoras de un poder latente. Cichol y Cethleann son del rango inferior, las potencias, que ostentan el color de la dominación a la que sirven. El verde es un color popular, allá arriba, desconozco quien puede ser.
»La Tercera Orden reúne a los héroes mortales, los semidioses y los más grandes reyes en un nutrido grupo de capitanes conocidos como ángeles, arcángeles y príncipes. Ellos no poseen armas, ni armaduras especiales, sino una bendición única del dios que los trajo al Olimpo tras su muerte. Chevalier, Aubin y Sariel son humanos. Lo huelo.
—Todo eso está muy bien —dijo Garland—, pero, ¿importa?
—Dices que tres son humanos, pero todos tienen armaduras similares —advirtió Ofión—. Y armas. Si son de la Segunda y Tercera Orden, ¿por qué tienen armas?
—Además —dijo Kanon, manteniendo el ojo sobre Sariel—, pondría la mano en el corazón de Flegetonte porque ese ángel de la Muerte es el más fuerte aquí.
—Sois rápidos de mente —aprobó Tetis—. Es posible que las armas sagradas se repartieran entre las órdenes inferiores, eso no es tan extraño como que humanos de la Tercera Orden posean glorias de los espíritus de la Segunda Orden. Es inusual. Si dejamos de lado la cuestión de las armaduras, ambos grupos solo se diferencian por cuál fue su origen y qué deberes tienen; en principio todos podrían ser igual de fuertes.
Esa era la clave en la explicación de Tetis. No estaban ante un grupo normal de ángeles, cosa bastante preocupante si se tenía en cuenta que hablaban del ejército del Olimpo. Un escuadrón común y corriente del cielo ya era un dolor de cabeza, de por sí.
«¿Por qué no hacen nada? —se preguntó Zaon, preocupado. Los cinco ángeles ostentaban un cosmos formidable, a años luz de lo que él, Marin e incluso Joseph y Makoto podían lograr. A tal grupo debía sumar al menos uno más, el responsable de destruir de un solo tiro el Muro de Cristal y Ra´s Al Ghul. Seis oponentes. Ellos contaban con tres santos de oro, además de la nereida Tetis y el nuevo Sumo Sacerdote, quienes ocultaban su fuerza. Había una ligera ventaja numérica del bando enemigo, que se desharía si en algún momento regresaba Ícaro de Sagitario Negro, o mejor, la Silente—. Lo más seguro es que hayan sido ellos los que atacaron a Triela de Sagitario —dedujo de pronto el santo de Perseo, comprendiendo de ese modo que la cuestión numérica podía ser el menor de sus problemas. Si los ángeles eran superiores incluso a los santos de oro, estaban perdidos—. ¿Es por eso que aguardan? ¿Tienen miedo?»
Él mismo estaba aterrado. Quizá era el lugar, que le minaba el espíritu, quizá tantas batallas habían agotado sus reservas de valor y esperanza. Cuando la Suma Sacerdotisa selló el inframundo y a Caronte de Plutón, pensó que habían logrado aquello por lo que nacieron. Cuando sobrevivieron a la maldad del dios del miedo, pensó que la guerra había acabado al fin, solo para descubrir que una batalla aún peor podía esperarles más allá del horizonte. Ahora, como la punta de un iceberg, veía a cinco ángeles acaso emisarios de la voluntad del monte Olimpo. ¿Había sido un error ese viaje, todo ese tiempo? Los humanos no podían desobedecer la voluntad de los dioses.
Bajó la vista, avergonzado, cuando se cruzó con la de Cichol, tan imponente y seguro de sí mismo. Pero al ver una máscara de plata flotando en el río, gritó:
—¿Qué le habéis hecho a nuestra compañera? ¡Responde, maldito seas!
—¿Compañera? —Cichol habló con tranquilidad, como sin entender.
—Aqua, hija de Nereo y Doris, mi hermana —aclaró Tetis—. El ataque de quien llamáis Indech la golpeó mientras adoptaba la forma espiritual.
—¿Eres Tetis? —preguntó Cichol, evadiendo la pregunta. La nereida asintió—. Oí hablar de ti durante mi visita a la Tierra, hace ya tiempo. No participaste en ninguna de las guerras atlantes, ¿qué te ha animado a luchar ahora? —Una expresión gélida fue todo lo que obtuvo el ángel, quien asintió, comprensivo—. Como sabes, los espíritus somos muy difíciles de matar en nuestra verdadera forma. No es como si bastara lo que los humanos actuales llaman una herida normal. Se repondrá. Tienes mi palabra.
Gracias a su buen oído, Marin había escuchado palabra por palabra las explicaciones de Cichol, que calmaron por igual la sangre caliente de Zaon y Makoto.
A ella solo le encendieron.
—¿De qué nos sirve la palabra de quienes nos atacan sin razón?
—Ah, a mí no me mires, yo soy un mandado —se excusó Chevalier.
Golpeando la madera bajo sus pies, Cethleann atrajo las miradas de todos.
—Habéis trastocado el espacio-tiempo del universo. Nosotros, los ángeles de la Segunda Orden y aquellos de la Tercera Orden que tuvieron a bien auxiliarnos tras perder a nuestra líder —acotó, sacando una sonrisa a Chevalier y Aubin, así como provocando un gesto de asentimiento a Sariel—, custodiamos el universo. Galaxia a galaxia, vigilamos los sellos de los Reyes Durmientes para que el último mundo con vida prospere según la voluntad del Olimpo. Creo que es normal que os hayamos considerado enemigos, habida cuenta de que vuestro juego atrajo a Aquel que se desliza en la oscuridad y su horda de horrores, que Timotheos apenas puede controlar.
«Timotheos —pensó Marin—. Otro ángel.»
—No estamos aquí por gusto —terció Makoto—. Algo nos desvió de nuestro camino.
—Lo notamos —asintió Cethleann—. Mas, ¿cómo saber si vosotros no preparasteis ese desvío? No seríais los primeros humanos en tratar de despertar a los Reyes Durmientes. Incluso una vez, en la Tierra, se abrieron las Puertas de Yog-Sothoth donde descansan por siempre los líderes de quienes duermen en las más distantes galaxias.
—Fue más de una vez, me parece —reconoció Makoto, provocando en el ángel del Agua una mirada de espanto—. Ah, pero nosotros no queremos eso. Para nada. ¡Si lo acabamos de impedir! Más o menos.
Según lo que Marin tenía entendido, que era lo mismo que debieron haberle contado a Makoto, en realidad eso había sido cosa del rey Alexer, Damon y Poseidón. Un hombre esgrimiendo el poder de incontables generaciones de guerreros sagrados, el mago más poderoso que jamás hubo existido y uno de los dioses más poderoso del Olimpo. Tales fuerzas fueron necesarias para atajar por igual el problema de más allá del espacio y la maldad de Fobos. Los santos de Atenea y las fuerzas aliadas solo habían podido tratar el daño colateral de aquellas batallas fuera de la imaginación humana. Los temores de todos haciéndose realidad, poderosos demonios y abyectos horrores. Aun así, la subcomandante de la división Pegaso no corrigió a su compañero.
«En cierta manera, está siendo sincero —decidió Marin.»
—¿Dices que no es vuestra intención liberar a Aquel que se desliza en la oscuridad? —Cethleann, aunque de constitución baja y posicionada en lo alto del mástil, no tenía que elevar la voz para llegar a los oídos de todos. Esta viajaba al compás del viento, alta y clara—. ¿Lo juras por los cielos, la tierra y el mar?
—Pues claro —repuso Makoto—. Ni siquiera sé quién es ese.
Pero sí que habían escuchado un sonido de deslizamiento antes de acabar lejos de la luz y rodeados de una oscuridad viva, que incluso ahora los observaba y cantaba, si bien ya como un ruido de fondo apenas audible. Marin suponía que era la presencia de aquellos ángeles lo que mitigaba la maldición que había caído sobre ellos. No en vano Cethleann afirmaba que eran los custodios de los sellos de los Reyes Durmientes. Cethleann, cuya voz le producía una sensación similar a escuchar la voz de Atenea; de algún modo, estaba segura de que aquel ser era incapaz de mentir.
«Eso podría ser otra clase de ilusión —advirtió el lado más racional de Marin.»
—¡En ese caso…! —exclamaba Cethleann, risueña.
—Hemos sido atacados. Tres veces —señaló Marin, mostrando tres dedos extendidos en el puño que alzaba arriba—. Por Indech, por Aubin y por Timotheos. Ya que controláis a los horrores que asaltaron nuestro barco. —Como esperaba, el ángel del Agua enmudeció, incapaz de mentir—. ¿No somos nosotros, entonces, quienes deberíamos veros como un grupo de villanos con aviesas intenciones?
La santa de Águila estaba cruzando la línea. No estaba ni por casualidad tan segura de sí misma como aparentaba. Un disparo de Indech bastaría para destruir el barco. En un abrir y cerrar de ojos morirían sin poder llegar a su destino. Era peor para los que estaban bajo cubierta, descansando; ellos ni siquiera podrían defenderse.
«¿Nosotros podemos? —se cuestionó Marin. La subcomandante de la división Pegaso que había guerreado con la muerte. La santa de plata que desafió la voluntad del Sumo Sacerdote por Atenea. Le resultaba inconcebible estar asustada, pero lo estaba.»
Tuvo que contener un suspiro de alivio cuando Cethleann, que intercambiaba con Cichol una mirada llena de intención, asentía, conforme.
—Si vuestro propósito no es despertar a Aquel que se desliza en la oscuridad y os habéis perdido, nosotros podemos ayudaros. Todos nosotros, espíritus y hombres, somos expertos en la magia, la habilidad para manipular la naturaleza, que el cosmos imita, y torcer las leyes de la física, a las que el cosmos se somete. En mí está el poder de sanar heridas, mi padre Cichol comanda el viento, Sariel dirige las almas de los muertos y Aubin y Chevalier son duchos en el fortalecimiento del propio cuerpo. —Conforme Cethleann daba ese discurso, mitad explicación, mitad amenaza implícita, los santos de oro, Tetis y Gestahl Noah permanecieron con una admirable cara de póquer, ocultando de ese modo el as que guardaban bajo la manga. Makoto, por el contrario, sonreía lleno de confianza, le podía el orgullo—. El mejor de nosotros, Macuil, se especializa en la magia en sí, ningún campo de estudio le es ajeno. Él podría devolveros a casa en un visto y no visto. Después, con la Espada de la Destrucción, destruirá esta abominación —señaló, abarcando todo alrededor—, para que el universo vuelva a funcionar como debe. Solitario, sin interferencias, hasta que llegue el momento propicio. ¿Qué os parece? Ambos ganamos con esto, ¿me equivoco?
—¡Eso sería estupendo! —gritó Makoto, dando un salto—. Si nos llevan hasta el Jardín de las Hespérides, nos ahorraremos algunas horas de viaje. ¡Ya podríais habernos localizado antes! Claro que a lo mejor estábamos un poco lejos.
La expresión del ángel del Agua, tan aliviada hacía un segundo, cambió por completo. Ahora estaba horrorizada y Makoto no pudo explicarse por qué hasta que la oyó:
—¿Os dirigís a los confines del universo, donde yace Lo que repta bajo el sueño de los dioses? —susurró Cethleann, un susurro que se extendió por todo el barco.
—¿Eh? No, nuestros compañeros nos… —Makoto quiso explicarse, pero era tarde.
Para quienes no dominaban el Séptimo Sentido, el tiempo se detuvo. Cruzando los brazos, el santo de Mosca pudo bloquear, de milagro, un puñetazo de Aubin directo hacia su corazón, pero le habría sido imposible detener el segundo, de no ser porque un puño de oro cruzó el rostro del ángel de la Audacia haciéndole dar vueltas de campana.
En realidad, todos los ángeles habían recibido un ataque en ese mismo instante, apenas perceptible para el santo de Mosca aun habiendo alcanzado el Séptimo Sentido.
«¿Más rápido que la luz? —se preguntó Makoto.»
Usar el Octavo Sentido había sido una idea tan mala como abrir la Otra Dimensión en ese lugar. Se había cansado más de lo normal, sintiendo que algo lo observaba desde lejos. Los mundos que orbitaban en medio de la oscuridad estaban fijos en él, todos, penetrando en su mente con tanta intensidad que toda resistencia era fútil. A pesar de todo, no se arrepentía; de no haber actuado a esa velocidad, alguien habría muerto.
Los ángeles se recuperaron en pocos segundos, como era de esperar pero la forma en que cada cual el encajó el puñetazo le sirvió seguía siendo una información valiosa. Aubin cayó al suelo, Chevalier retrocedió algunos pasos; Cichol y Sariel permanecieron firmes, apenas ladeando la cabeza; Cethleann ni siquiera fue alcanzada. Decía la verdad en cuanto a su gloria: desviaba los ataques como la providencia divina.
—¿Sigues pensando que nosotros somos los villanos con aviesas intenciones? —censuró Cethleann a Marin, quien no dijo nada—. ¡Despertar la Octava Consciencia en este lugar, mostrar el alma, tesoro divino, a Aquel que se desliza en la oscuridad…!
—Me he cansado de vuestro teatro de niños buenos —atajó Kanon—. Ibais a matarnos, yo solo actué en consecuencia. Defiendo, como desde la era mitológica nos ha enseñado Atenea. ¿Qué haréis vosotros? ¿Morir? ¿O apartaros de nuestro camino? Mientras estéis aquí, vuestro amigo no puede disparar sin volaros por los aires a los cinco.
—Garreg Mach desviaría el disparo —replicó Cethleann—. Mas, tenemos otros medios para ocuparnos de pecadores como vosotros. ¿Verdad, Sariel?
—¡Veremos si puedes desviar esto! —exclamó el santo de Géminis haciendo entrechocar los brazales. Cuando se hubo henchido de cosmos, empero, escuchó las últimas palabras de Cethleann y se decidió a esperar.
Sariel, reaccionando a la sugerencia del ángel del Agua como un perro fiel, abandonó el valioso rehén que era Gestahl Noah y alzó la guadaña. El espacio tridimensional titiló de una forma que solo Kanon pudo percibir, anunciando que un portal estaba a poco de ser abierto. Concentrando el cosmos reunido hasta ahora, actuó justo en el momento preciso, impidiendo la apertura del tejido espacio-temporal.
—Impresionante —reconoció Sariel, cuya guadaña ahora apuntaba a la madera—. A ti te mataré yo, nadie más puede hacerlo.
El ángel de la Muerte y el santo de Géminis se enzarzaron de pronto en un combate brutal, alrededor del cual el mundo siguió girando. Nuevos horrores llegaron hasta la costa, aunque esta vez los caballeros negros estaban listos para confrontarlos, con la ayuda de Zaon de Perseo, Marin de Águila, Makoto de Mosca y Joseph de Centauro, quien todo ese tiempo había permanecido en forma de luz. Todos ellos luchaban, de forma frenética, confiando en que sus espaldas estaban bien cuidadas, y lo estaban.
Ofión de Aries adoptó un rol ofensivo ahora que estaban a salvo de los ataques del Inagotable. Mediante telequinesis, hizo todo lo posible por retener a Aubin, sin éxito. Aquel enemigo escurridizo no se dejaba sorprender por segunda vez.
Garland de Tauro detuvo con su cuerpo el mortal puñetazo con el que Chavalier pretendió desnivelar el duelo entre Kanon y Sariel. La potencia combinada del arma sagrada y la fuerza del ángel hizo que por primera vez el santo de Tauro extrañara de verdad el áureo manto, pero sonrió de todas formas y le devolvió el golpe con un gancho en plena mandíbula, alejándolo de aquella lucha crucial para todos.
Gestahl Noah caminó con tranquilidad, viendo a los horrores ser repelidos una y otra vez por multitud de técnicas, que en su mayor parte solo les retenían por algunos valiosos segundos. Así llegó hasta el círculo de caballeros negros que custodiaba el mayor tesoro de cubierta: los mantos sagrados recién restaurados. Todos ellos serían necesarios en cuanto los que dormían abajo se despertaran con tanto alboroto.
Le pareció que había algo raro con las esferas picudas del manto de Cerbero, pero acabó descartándolo frente a todo lo que pasaba alrededor.
—Padre, es un honor que… —trató de decir Lisbeth.
—No bajes la guardia —advirtió Gestahl Noah, entre aquella y su padre, a la vez que señalaba el suelo. La sombra de Cincel se arrojó sin pensárselo dos veces, esquivando por muy poco una corriente de agua acelerada a la velocidad de la luz.
No era el primero de los ataques de Tetis desviado por la lanza de Cichol, pero sí el que estuvo más cerca de dañar a un compañero. Sin embargo, era inevitable. Los caballeros negros estaban resultando ser bastante efectivos en la defensa de popa, gracias en particular a las Moscas Negras que el voluminoso Fly dirigía. Aquel escuadrón de cinco podía convertir, mediante su cosmos, el aliento en un potente veneno que paralizaba todos los músculos del cuerpo humano. Tal técnica, llamada sin mucho acierto científico Virus, no afectaba al cien por cien a los horrores, puesto que su cuerpo funcionaba de un modo incomprensible hasta para la propia Tetis, pero sí que mantenía quietos los ojos el tiempo suficiente para que Zaon les hiciera conocer a todos el sabor de Harpe. Las cabezas rodaban como en una revolución, garantizando que todos los demás en el barco pudieran luchar sus propias batallas, siempre que Tetis mantuviera alejado a aquel capaz de aniquilar toda la línea defensiva de popa de un golpe.
Después de quince asaltos, ya estaban alejados diez metros de Zaon y los demás y Tetis ya no necesitaba contenerse. Despertó el Octavo Sentido, viendo la cara de puro horror en el rostro de Cichol mientras se deslizaba hasta su espalda.
Tan pronto tuvo la nuca del ángel a su alcance, formó una daga hecha de su cosmos sagrado. Tenía una apariencia acuosa y un filo blanco de espuma, hasta que dio el tajo a una velocidad superior a la de la luz y se manifestó como una hoja de pálida luz azul. Ningún arma humana era tan letal como el cosmos materializado de alguien como ella, sin embargo, incluso el arma de un ser divino solo era letal si alcanzaba al oponente. Cichol esquivó el ataque, de algún modo, retrocediendo mientras el espanto y el desprecio se mezclaban en su rostro alterado. Tetis no lo comprendía, ¿era porque había tratado de atacarlo por la espalda? El honor era asunto de los humanos, la fantasía de la hija favorita de Zeus inculcada en una raza barbárica. Tetis y Cichol no eran humanos.
¿O sí lo eran? La apariencia del ángel, tan maduro, pasó a la de un joven de proporción áurea, armado no solo con una lanza, sino también con el escudo que ella lo obsequió. Aquiles, su hijo, buscó atravesarle el corazón con un ataque que solo pudo esquivar por su instinto de supervivencia, que no le impidió recibir otro golpe, simultáneo, en el hombro derecho. El filo del arma creada por Hefesto hizo saltar la hombrera perlada en mil pedazos, revelando una fea herida, demasiado roja. ¿Hacía cuanto que no bebía el dulce néctar del Olimpo, ni probaba la ambrosía? ¿Desde cuándo había renegado de los dioses? Aquiles volvió a atacarla, de nuevo en el corazón, de nuevo fallando el primer golpe y acertando el segundo, que le abrió un tajo en la rodilla izquierda.
En ambas heridas destellaba el poder del rayo, paralizándola de un modo imposible. Cualquier veneno que pudiera incordiar a un ser divino estaba en lo más profundo del Tártaro, oculto en alguna de las cincuenta cabezas de Campe. Las técnicas humanas que sellaban los cinco sentidos deberían ser ineficaces para ella, que tenía el icor en su cuerpo aun después de vivir tantos milenios entre los humanos. Debía ser algún poder adicional que Hefesto había otorgado a la lanza de su hijo, Aquiles, ella le había pedido de forma expresa que lo armara de forma que ni el destino pudiera matarlo.
—Mentirosa —maldijo Aquiles, dando un nuevo ataque, el último. Con el brazo derecho y la pierna izquierda detenidos, no podía huir ni defenderse—. ¡Muere!
Detuvo el primer ataque con los dientes, en un arrebato demencial. El segundo le rasgó el cuello, aunque solo de refilón. El propio Aquiles quedó asombrado del arrojo que su madre había conseguido a través de los milenios.
«No es Aquiles —se dijo Tetis, antes de que una corriente eléctrica le recorriera todo el cuerpo, deteniendo hasta el último de sus átomos—. Mi hijo vive. Vive en el Olimpo.»
Hefesto le había hecho ese favor. A través de Hermes, negoció con Hades, decidiendo que ninguno de los participantes de la Guerra de Troya era en realidad un santo de Atenea, pues los que poseían mantos sagrados servían a una falsa diosa y quienes servían a la auténtica no poseían un manto sagrado. Hubo casos que no entraron en discusión, como los santos de Orión, Cruz del Sur, Escudo, Lira y Flecha, así como Odiseo, su nieto Neoptólemo y Eneas, quienes sobreviviendo a la Guerra de Troya, sirvieron al Santuario, sin embargo, la mayoría de aqueos y troyanos acabó militando en los cielos por la eternidad gracias al dios de la forja, algo que siempre le agradecería.
Había estado delirando, todo ese tiempo. No luchaba con Aquiles, eso era imposible. Su rival no era otro sino Cichol, quien había detenido su tiempo usando el arma de un Espíritu Divino. Las obras de Hefesto, como de costumbre, eran formidables.
Pero ella también lo era. Una hija de los dioses, un Espíritu Divino viviendo como una humana más, por el sueño de vivir lo que antaño le pareció una maldición.
—¿Necesitas ayuda? —dijo una voz, directa a la mente de la hija de Nereo.
La humedad del ambiente se aglutinaba alrededor de Tetis, devolviendo el tiempo a su curso normal. Las heridas, hechas con un arma divina, no fueron cerradas del todo, pero eso a Tetis no le importaba. Tenía una nueva oportunidad.
—¡Gracias, Aqua!
Por alguna razón, el santo de Mosca, que corría sin parar entre babor, estribor y popa para ayudar allá donde no estaba luchando Joseph, la miró con mala cara.
—El poder de los hijos de los dioses no deja de impresionarme —alabó Cichol—. Mi maestro, Eolo, era igual. No necesitaba refugiarse en la locura para sobrevivir a lo incognoscible. Los desafió de frente, a los Reyes Durmientes.
—Así que fuiste entrenado en la Tierra por un dios —dijo Tetis, cuyas manos ahora estaban armadas con dos dagas—. Ya no me siento tan mal.
—Poseo la lanza de un Espíritu Divino, la gloria de un ángel de la Segunda Orden y la bendición de un dios, las virtudes de las tres órdenes celestiales se unen en mí. —Un orgullo muy humano vibraba en cada una de las palabras de Cichol—. Soy aquel que dio muerte al Gran Espíritu Seiros, guardadora de esta galaxia. ¿Quién eres tú, demente hija de los dioses que revela su alma a la más abyecta raza de este universo?
—Ah, ¿no me había presentado? —A la vez que adoptaba una postura de batalla, la nereida comprobaba que su cuerpo se movía a la perfección. Aqua seguía siendo una excelente sanadora, no entendía por qué se empeñaba en desperdiciar su talento combatiendo—. Soy Tetis, hija del Viejo del Mar, Nereo, y Doris. Madre de Aquiles, el más grande de los héroes de Troya, el más formidable de los arcángeles.
A modo de respuesta, Cichol tanteó a la ahora despierta nereida. Tetis desvió la punta de la lanza con la daga de la mano derecha, Diestra, frenando por muy poco el segundo con la de la izquierda, Siniestra. Ya había leído cómo funcionaba aquella arma sagrada. Incrementando la gravedad, doblaba el espacio y garantizaba un ataque doble, siendo inevitable que al menos el segundo hiriera al oponente y detuviera su tiempo.
—Veo que has recuperado la cordura —alabó Cichol—. ¿Qué es eso…?
—Las armas de Hefesto son las mejores del universo —reconoció Tetis, cuya sangre, vertida de tres heridas, fluía hasta Diestra y Siniestra dándoles un brillo carmesí—. Solo puedo oponerme a ellas de una forma, usando mi propia vida.
Para Makoto de Mosca, que una diosa estuviera dispuesta a sacrificarse era algo sorprendente. Ni siquiera saber que Atenea lo había hecho para detener el diluvio universal mientras Seiya y los demás luchaban con el ejército marino hacía el suceso menos raro para él. Los dioses, pensaba, eran seres inmortales, no podían pensar como los hombres, no porque fueran malvados, sino porque eran demasiado distintos.
Ahí estaba el caso de Aqua. Podía ser tanto una confiable y algo ruidosa muchacha, como una giganta acuática, como una consciencia omnipresente en un río divino. Desde antes de que revelaran que había sobrevivido, la santa de Cefeo ya se había puesto en contacto con él, comentándole un par de cosas interesantes.
—Número uno —decía la nereida, que Makoto se imaginaba con el dedo levantado—. Los horrores se mueren por mis huesos.
—¿Un río tiene huesos? —se preguntó el santo de Mosca.
—Es una forma de hablar —repuso la nereida, explicando al punto que el río que navegaban, que era ella misma, representaba la muerte para los horrores. Por eso saltaban al Argo Navis Negro con tanta insistencia—. Número dos, el ángel de la Audacia tiene el don de la oblicuidad. —Eso también se lo tuvo que explicar, mientras santos y ángeles trataban la vía diplomática. Aubin podía, y solía estar, en dos sitios a la vez, de modo que si lo atacaban en un lado, escogía estar en la segunda posición. Era imposible golpearlo, tanto más matarlo. Los guerreros celestiales aguantaban mucho.
Luego vino su metida de pata, que le granjeó el halago más ofensivo que jamás le habían dado. En términos simples, Aqua había señalado que su simpleza natural serviría para desviar la atención de todos, mientras los dos coordinaban el ataque oportuno en el momento oportuno. Mientras, la misión de Makoto sería mantener a los horrores en el agua todo el tiempo posible, coordinándose ora con los oscuros rayos de Eren, ora con el ennegrecido aliento de las Moscas Negras, así como otros caballeros negros. El lado de babor podía centrarse al cien por cien en la defensa gracias a que Marin atacaba en todo momento desde el aire, pero el Cuadrado Perfecto de Ennead y el Perturbador de Viento de Johann, así como otras técnicas defensivas basadas en el control del viento y la luz, solo podían proteger un área muy limitada e incluso a ellos les venía bien algo de ayuda. No podían permitir, bajo ningún concepto, que uno de los horrores se adentrara en cubierta y estorbase en las batallas contra los ángeles.
—Ya podría echar una mano el viejo verde —maldijo Makoto. El Sumo Sacerdote se limitaba a ver las batallas como un espectador más, acariciando la cabeza de la aterrorizada Lisbeth como si fuera un cachorrito.
Rato después, tras el desliz de la nereida al alertar a todos de que Aqua estaba despierta, la santa de Cefeo exclamó:
—¡Mira a tu derecha! Creo que es el momento. Diez, nueve…
Mientras que Kanon y Sariel mantenían un equilibrio en que ninguno era alcanzado del todo, Garland y Chevalier no habían dejado de golpearse en todo aquel tiempo, llegando poco a poco a la conclusión más evidente. Los puños del santo de Tauro eran fuertes y habían dejado grietas por todo el peto del ángel, pero su cuerpo desprotegido había sufrido daños más graves. La sangre le caía de multitud de cortes desde los hombros hasta el bajo vientre. Ninguno de los dos había dado ninguna patada. Tampoco habían recurrido a las técnicas propias de los guerreros sagrados.
Tras mirar a su oponente, de pie y sonriente pese a todo, Chevalier tensó los músculos, dando una especie de orden que la gloria pareció obedecer al punto. Pieza a pieza, la armadura se convirtió en el tótem de un guerrero alado, a la derecha de un hombre inmenso cuyo cuerpo cubierto de moratones solo estaba tapado de cintura para abajo.
—Ahora estamos igualados —dijo Chevalier.
—¿Igualados? —cuestionó Garland.
—Estas maravillas me permiten golpear cualquier cosa que vea con solo pensarlo —se explicó Chevalier, mostrando los dorados guanteletes—. Cuando digo cualquier cosa quiero decir cualquier cosa, hasta una estrella que vea en el cielo nocturno.
—Tú y yo solo estamos igualados en un combate físico —replicó Garland—. Hasta que recurramos a nuestras técnicas, no podremos… ¿A qué viene esa cara?
El ángel estaba mirándolo como si hubiese dicho algo muy raro.
—¿Qué es eso de técnicas? Yo pienso que mi pugilato es muy bueno.
—Dioses. Mira, es mejor que te pongas la armadura de una vez. No estamos igualados.
La réplica de Chevalier tardó, pues de pronto todas las heridas que había causado en tan resistente guerrero empezaron a sanar de forma acelerada, hasta que no quedó nada.
—¡Oye, eso es…!
—¿Trampa?
Garland se encogió de hombros, descartando tal queja.
—¡Fantástico! —Chevalier, golpeando la palma abierta con el puño, celebró aquel giro de los acontecimientos—. ¡Ahora soy yo el que está en desventaja! ¡Me gusta!
En lugar de insistir, el santo de Tauro volvió a la carga, pensando en cada segundo que pasaba, entre un sinfín de puñetazos y el siguiente, que tendría que ejecutar la Tabla Rasa y acabar de una vez con todo eso. Pero algo se lo impedía.
«Tetis tenía razón —pensó el Gran Abuelo cuando ambos lograron acertarse en sus grandes cabezas—. Mi maldición necesitará recargarse a este paso.»
—Necesito un minuto —oyó la línea defensiva al completo del Argo Navis Negro, desde los caballeros negros hasta los santos de Águila y Perseo. Makoto no sabía cómo comunicarse con Joseph en ese estado, pero lo había hecho bien hasta ahora de todas formas, así que decidió que Aqua tenía razón, era el momento de inclinar la balanza.
Todos los ángeles estaban demasiado concentrados en la batalla como para intervenir, así que Makoto cargó a la velocidad de la luz contra aquel que había evadido todos los intentos de un maestro de la telequinesis por atraparlo. Debió parecer todo un imbécil.
—¡Un ataque doble! —exclamó Aubin, esquivando a la vez los Husos Desgarradores y el placaje de Makoto—. Nada mal.
Excepto que no era un ataque doble, sino triple. Las aguas alrededor del barco se elevaron como grandes olas cuando el Sello del Rey fue ejecutado. Un total de siete cadenas forjadas de agua sagrada, proyectadas con el único fin de atrapar a Aubin. El ángel no pudo escapar de algo así, acabando por ser atado desde los pies a la cabeza primero por el Sello del Rey y luego por la telequinesis de Ofión de Aries, que lo miraba todo con cara de no entender nada. Makoto sí que entendía, lo había planeado de forma meticulosa, así que actuó en consecuencia con el Asedio del Señor de las Moscas.
Aubin era un ser humano, había nacido bajo una constelación guardiana, Lobo. Tras haber leído su cosmos mientras pateaba horrores hacia los benditos huesos de Aqua, sabía con tal exactitud dónde golpear que lo habría hecho con los ojos cerrados.
La técnica de Makoto era ideal para vencer a enemigos más fuertes. Con una mano tomaba la energía del oponente, que usaba con la otra para golpear. Así, marcó en el peto del ángel las estrellas bajo las que nació a toda velocidad, atravesando la gloria con gran esfuerzo y precisión. Estaba tan centrado en esa acción, ese eterno segundo en el que Aubin no podía huir, que si alguien le hubiese atacado por la espalda habría muerto.
Al final, Aubin cayó exánime, a los pies del victorioso Makoto.
—¡Impresionante! —gritó Michelangelo—. Y sin manto sagrado.
—Pienso hacerle uno nuevo —asintió Lisbeth—. De cero. ¡Se lo merece!
Todos los caballeros negros que protegían los mantos de bronce y plata concordaron.
Gestahl Noah sonrió. Mientras tuviera Niké, no iban a perder, de ninguna forma. Pero incluso para unos ganadores seguros como ellos, el tiempo era oro. Observó a los ángeles, tan fuertes, tan temibles. Admiró a la élite del Santuario, a la altura de las circunstancias. Incluso Tetis, que solo era recordada por parir a un gran hombre, estaba luchando con su corazón. Sopesó las necesidades del grupo contra el deseo de todo guerrero de probarse a sí mismo, venciendo por supuesto la ley de la mayoría.
Sin soltar Niké, usó la otra mano para descargar la Muerte sobre el más bruto de los ángeles. Chevalier cayó al suelo, golpeado por la espalda. El siguiente fue Cichol; aunque la técnica le dio en el costado, mientras trataba de derribar a Tetis e ir a proteger a Cethleann, el efecto fue el mismo, la destrucción del corazón junto a todo el sistema nervioso. Por tercera y última vez, liberó el ataque que precedió a la compasiva técnica de los santos de Escorpio conocida como Aguja Escarlata, directo al corazón de Cethleann. Como esperaba, Sariel saltó para recibirla de lleno con los brazos abiertos. Así murió el ángel de la Muerte, igual que morían todos los seres humanos.
—¡Por todos los dioses! —gritó Makoto, quien de rodillas había comprobado el pulso de Aubin, sin poder creerse que hubiera ganado esa batalla.
Tal y como había acordado con Aqua, las cadenas del Sello del Rey se dirigieron hacia los horrores, apresándolos a todos tras que Joseph, Zaon, Marin y los caballeros negros les hicieran retroceder una vez más. No fue muy difícil, ya que la mayoría de horrores estaba en estado de putrefacción ya, pero la técnica de Aqua aceleró el proceso y permitió un respiro a todos los agotados defensores del barco.
—¡Viva Aqua! —gritó el desorejado Almaaz—. ¡Viva la diosa del mar!
—Insensatos —renegaba Marin, mientras aterrizaba en el suelo.
—Déjalos —dijo Zaon, acercándosele. Ya no había horrores en popa y los ángeles, salvo uno, estaban muertos—. Por esta vez, se merece nuestros rezos.
Desde luego, Aqua no se quejaba ni un poquito, riéndose a la vez que las numerosas cadenas de agua vibraban con todos aquellos horrores pescados. La santa de Cefeo estaba en su salsa. Tan contenta que ni sabía qué decir.
Otro que no decía nada era Joseph. Como un centauro de luz, se acercó al escurridizo Aubin y empezó a patearle el rostro inerte con los cascos delanteros.
—Oye, eso no es necesario… ¡Oye! —gritaba Makoto, sin lograr nada.
Fue necesaria la intervención del santo de Aries para pararle las patas, antes de que terminara de reventarle la cabeza. Enemigo y todo, era un guerrero caído en combate.
—Este es el poder de los falsos dioses, capaz de destruir a un ángel de un solo golpe —dijo Kanon, cometiendo el mayor error de su vida como guerrero.
Dio la espalda a un enemigo.
La guadaña de Sariel rasgó el metal dorado bendecido por Atenea, solo eso salvó al descuidado Kanon de ser picado en dos en esas circunstancias. Al girar para encarar al guerrero celestial, que recién se levantaba, el santo de Géminis bañó de sangre el suelo.
El ángel de la muerte, empero, no lo miraba a él. No lo hacía en absoluto.
—Yo enterré a todos tus congéneres, Deucalión —dijo Sariel—. Tú no vas a matarme.
—Sois dos —replicó Gestahl Noah desde el centro, sin dejarse impresionar—. Nosotros somos seis. Imagino que ya habéis conocido a nuestra exploradora.
—La mandé al río de las lamentaciones, como te mandaré a ti.
—Se ve que no nos conoces. No duramos muertos mucho tiempo.
—Eres tú el que no nos conoce —dijo Cethleann desde el mástil, llorosos los ojos, la voz firme—. ¡No nos conoces, cobarde, mas nos conocerás!
Después de haber visto la lanza de Cichol herir a Tetis, vencedora de R´lyeh, y de sentir la guadaña de Sariel cortarlo con tan brutal facilidad, Kanon podía esperar cualquier cosa del caduceo que portaba Cethleann. Cualquier cosa menos el poder de resucitar a los muertos. De un momento para otro, Cichol, Chevalier y Aubin, con la hermosa cara reventada bajo los cascos de un caballo, se alzaron como un resorte.
Al mismo tiempo, acaso contrariado por esa blasfemia contra las leyes naturales, el tiempo enloqueció. Las cadenas del Sello del Rey se deshicieron todas a la vez. Los vientos se agitaron. La corriente del río, acelerada por alguna acción incomprensible, empujó el barco hacia la oscuridad de más allá, partiendo los inmóviles remos en el proceso. Garland de Tauro quiso detener esa locura, parando el tiempo, pero este no le respondía. Ofión de Aries creó el Muro de Cristal, pero eso solo atrajo el ataque del sexto ángel, un proyectil de luz que aniquiló la barrera defensiva de una sola vez.
—Desgraciado. —Como Cichol y Chevalier, Aubin había retomado la batalla contra su anterior rival, solo que con un odio y furia desbordantes que le empujaron a golpear a Makoto sin darle un solo respiro—. ¡Desgraciado, desgraciado, desgraciado!
—¡Desgraciado lo serás tú! —gritó Aqua, como un gigante de agua que a duras penas podía contener el avance del barco rodeándolo con sus grandes brazos.
Alrededor de su cuerpo flotaban los cadáveres, al son de un coro de niños.
«Los justos prosperan y los malvados son castigados.»
—Esto es lo que sois —dijo Cethleann, juzgándoles a todos desde arriba—. Villanos. Asesinos. Monstruos. ¡No tenéis honor, ni una pizca, malditos seáis todos!
Todo el que intentaba ayudar a Makoto acababa mandado por los aires. Zaon, Marin, Joseph, Fly, Ennead, Eren… Todos eran apartados como meros muñecos. Aubin no se molestaba en destruir sus armaduras, mucho menos matarlos, no quería matar, sino dañar. Dañar en la misma medida que él había sido dañado. El rostro ensangrentado sonreía, divertido de ver cómo quien le había dado muerte ahora ni se podía defender.
¿Y cómo podría? Ningún contraataque era efectivo con aquel enemigo si se luchaba de frente. Ofión de Aries creaba por cuarta vez el Muro de Cristal para proteger tanto a Aqua como a la tripulación del barco del letal Indech. Estaba solo.
—¡Ánimo, Makoto! —decía Aqua, por cuyo cuerpo emergían aquellas odiosas cabezas de pescado—. ¡Ánimo, chicos! ¿No somos santos de Atenea? ¿No hacemos milagros?
En un rincón, mientras se levantaban, Marin y Zaon rieron a gusto.
Kanon no pudo que sonreír. Era así de simple. Ellos eran santos de Atenea. Sin importar cuán duro fuera el problema que enfrentaban, podrían resolverlo.
—Divide y vencerás —dijo el santo de Géminis, antes de romper el enlace psíquico.
Cubierto por un cosmos dorado, el santo de Géminis atrajo hacia sí mismo la atención de todos antes de ejecutar la Otra Dimensión sobre los cielos demenciales. Todo lo contrario que debía que debía hacer, lo estaba haciendo, incluso había necesitado despertar la Octava Consciencia para vencer la resistencia de ese lugar a una distorsión espacio-temporal, obteniendo el más descabellado de los resultados.
—¡Demente! —acusó Cethleann, con toda razón.
Porque el habitual portal hacia un espacio entre las dimensiones, se presentaba como una hinchazón oscura e incognoscible, tan grande como el barco.
—¡Ahora, Ofión! —pidió Kanon, confiando en que el Ermitaño sabría qué hacer.
De aquellos cinco ángeles, había tres demasiado peligrosos. Las Potencias, Cichol y Cethleann, y el ángel de la Muerte, Sariel. Sobre ellos ejerció Ofión de Aries todo el conocimiento de telequinesis que poseía, forzándolos a una teletransportación para la que no pudieron ofrecer resistencia, al no esperar tal cosa. En un momento estaban allí, sobre el barco, y al siguiente fueron enviados los tres a aquel abyecto pliegue en el universo paralelo creado por seis cosmos de oro.
«Y algo de ayuda divina —pensó Kanon, observando el báculo de Gestahl Noah.»
Las caras de Aubin y Chevalier lo decían todo. Estaban preocupados. Tres de los suyos habían desaparecido así como así. Las aguas del río volvieron a calmarse.
—Volverán —advirtió Tetis, llegando a su lado.
—Con los pies por delante —sentenció Kanon.
Ambos, nereida y santo de Atenea, ascendieron hacia la hinchazón oscura dispuestos a librar a sus compañeros de tan duros enemigos.
—¿A dónde estás mirando? —preguntó Makoto, arrojándose sobre Aubin.
—Tu oponente soy yo —dijo Garland, reiniciando su combate.
Al tiempo que aquellos dos combatían, Gestahl Noah fue caminando hacia Aqua, hasta quedar frente aquel cuerpo lleno de cadáveres y horrores. Notaba que la nereida sufría, incluso si esta callaba los gemidos de dolor tras una apariencia de valor heroico. También notaba el pavor con el que los caballeros negros, a salvo de los ángeles, veían a los muertos. Comprendían lo que eran, entendían bien el mensaje de los cielos.
—Así es, hijos míos —dijo Gestahl, dándoles la espalda a todos, salvo a Aqua—. Estos son nuestros pecados. Estos son nuestros setecientos millones de muertos.
Porque sin importar a dónde miraran, todo el río era ahora un mar de cadáveres.
