Capítulo 202. Danzando con el caos
Abrir la Otra Dimensión en la Senda de Oro fue un error. Un error calculado, para proteger las vidas del los nuevos argonautas, pero un error al fin y al cabo.
Del mismo modo que un grupo selecto de santos debían conocer a cabalidad el movimiento de los átomos para dominar el arte de la congelación, él conocía del tiempo y el espacio. Sabía a la perfección cómo abrir un portal a aquel espacio entre espacios, así que por descontado era el primero en saber cuándo algo había salido mal.
No estaba en el espacio entre espacios. No estaba en la Otra Dimensión. En realidad, los dos extremos del portal que abrió estaban dentro de la Senda de Oro. Se hallaba en una de las ampollas del espacio-tiempo que tanto aterrorizaban a los nuevo argonautas. En una costra de Aquel que se desliza en la oscuridad, cuya risa podía oír en aquel espacio demencial. Nada semejante a la risa humana, claro. Mundos fracturándose en la lejanía, distorsionada y retorcida sobre sí misma en un sinfín de espirales. Soles apagándose como si un gigante cósmico hubiese soplado ante velas de millones de kilómetros. Esa clase de sonidos imposibles le llegaban al oído desde todas direcciones, con aire burlesco. También la forma en la que lo miraban los extraños astros era de burla.
—¿Cuándo me volví tan descuidado? —se cuestionó Kanon—. Sal de mi cabeza —susurró, apretando los dientes—. ¡Sal de mi cabeza!
Tal y como había previsto, Sariel dejó de esconderse al intuir tan solo una pizca de debilidad, si bien actuó con una rapidez mortal. El santo de Géminis hubo de actuar deprisa para evitar que el ángel le cercenara el estómago, sintiendo de inmediato un tirón hacia abajo. El Hades lo convocaba. Un llamado mortal para la mayoría de los hombres, tan solo un problema para alguien como él. Interponiendo un cosmos de oro, logró permanecer en aquel infierno, tal vez peor que aquel al que iban a mandarlo.
—Fascinante —admiró Sariel—. No solo puedes abrir portales, también puedes impedir que se abran con solo desplegar tu cosmos.
—No iba a arriesgarme a sentir otra vez el acero del infierno —replicó Kanon, pasándose la mano por el corte que recibió por imprudente, allá en el barco—. A ver si adivino, ¿el que muere por esa arma no va al inframundo? ¿Desaparece sin más?
Furioso, el ángel se abalanzó sobre él con un corte vertical que el santo de Géminis esquivó por poco, dando un paso hacia atrás.
—Aymr, la Aniquiladora de Materia, y Zahras, la Asesina de Espíritus, son el acero de la Tierra, el más indigno de los refugios que la humanidad encontró en el universo. —Sariel no dejaba de atacar conforme hablaba, y era bastante bueno manejando la guadaña incluso cuando la ira lo impulsaba, como ahora. El santo de Géminis se veía obligado a retroceder, manteniendo los ojos en la guadaña en todo momento—. Creadas a partir de la Danza Eterna de Titán, uno de los cinco fragmentos en que la Eternidad fue dividida en el albor de los tiempos. ¡Los terrestres robasteis un don divino y lo corrompisteis, como hacéis con todo lo demás!
—¿Titán, como el regente de Saturno?
Por alguna razón, aquello ofendió al ángel todavía más. El santo de Géminis no fue lo bastante rápido y debió usar el brazal para desviar la hoja. Por puro milagro llegó a crear distancia con aquel oponente sin perder el brazo en el proceso.
—Los Astra Planeta reciben el nombre sagrado de los Espíritus Divinos caídos en la guerra contra Tifón tiempo atrás —explicó Sariel—. Ellos heredaron el rol de los ángeles de la Primera Orden, son quienes resguardan toda la Creación.
—Hasta ahora, solo los he visto dándonos quebraderos de cabeza e inmiscuyéndose en los asuntos de la Tierra —desechó Kanon—. Aymr, ¿eh? Me sorprende que la humanidad haya creado un arma tan formidable. —Aun si esa hoz de campesino glorificado no podía comparársele al tridente de Poseidón que una vez sostuvo, seguía siendo un arma terrible, capaz de cortar un manto de oro como si fuera papel—. Hay muchas cosas interesantes en ti y tus amigos, ¿estás seguro de que es combatir lo que quieres? —El ángel de la Muerte era un guerrero a tener en cuenta por sí solo, de modo que lo tranquilizaba poder bloquear la única cualidad del arma.
Si es que de verdad esa era la única cualidad de Aymr.
—¿Por qué no te mueres? —cuestionó Sariel con evidente confusión.
—Tengo mucho que enmendar todavía —dijo Kanon.
El ángel señaló con la mano libre la herida que le había causado.
—Aymr puede cortarlo todo, incluido el tiempo —explicó Sariel—. De recibir un mal golpe, incluso un planeta joven colapsaría tras un par de horas. La vida de de un ser humano de la Tierra no se mide en miles de millones de años. ¿Es que eres inmortal?
—En absoluto —dijo Kanon con franqueza, guardándose empero la posible razón de su inmunidad a la maldición de Aymr, que el ángel parecía desconocer.
«Una vez más dependo de tus bendiciones, Atenea. Gracias.»
—Tendré que matarte de la forma convencional —decidió Sariel.
Tras soltar un suspiro de fastidio, Kanon desató la Explosión de Galaxias, confiando en que el enemigo lo confrontara con aquella arma legendaria e indestructible. Lo que ocurrió, empero, fue que una estrella diminuta, del tamaño de un hombre, apareció de improviso a la vez que Sariel usaba Aymr para transportarse lejos.
«Así que no solo le sirve para mandar gente al Hades —entendió Kanon, justo antes de que la Explosión de Galaxias y la estrella impactaran.»
No ocurrió la esperada explosión, sino que la estrella se agrandó diez, cien veces. En el espacio de un instante, la temperatura alcanzó los cien millones de grados centígrados, obligando al santo de Géminis a añadir otro error a su larga lista.
Abrió la Otra Dimensión, sonando como si una ampolla se hubiese reventado.
Mientras se adentraba en otra pústula del espacio-tiempo que rodeaba la Senda de Oro, observó con asombro cómo el espacio que abandonaba era aniquilado por completo. La estrella, al morir, se convertía en un agujero negro que consumía no solo todo rastro de materia alrededor, sino también el propio vacío. En verdad estaba enfrentando a una de las armas más poderosas de la Tierra, en manos de un guerrero de lo más competente.
Apenas pudo ver de reojo que seguía rodeado de un espacio demencial, pues a la vez, el ángel de la Muerte cayó sobre él desde arriba mientras que cuatro estrellas venían hacia él desde distintas direcciones. Kanon debió pensar una solución a toda velocidad, decantándose por la opción más arriesgada posible: realizando un giro de trescientos sesenta grados, barrió las cuatro estrellas, desestabilizándolas a la vez que Sariel le cortaba, desgarrándole el torso desde el hombro al costado. Un latigazo de dolor le recorrió todo el cuerpo, afectando al grito de guerra que soltó mientras, a quemarropa, ejecutaba la Explosión de Galaxias sobre un muy sorprendido guerrero celestial.
No esperó a ver el resultado. En el insignificante lapso de tiempo entre la ejecución de la técnica insigne de los santos de Géminis y la simultánea muerte de cuatro estrellas, formó por tercera vez la Otra Dimensión, terminando en un nuevo pliegue del espacio-tiempo tan retorcido como los dos anteriores. Las mismas visiones, los mismos sonidos desagradables. Casi sentía ganas de ver el blanco fulgor que precedería a la completa destrucción de la pústula espacio-temporal que había abandonado, casi.
—Usar mi Hipernova en mi contra ha sido muy inteligente —señaló Sariel, apareciéndose tras él, intacto—. Inteligente e inútil.
—Mientras tengas esa arma, no quedarás atrapado en ningún lugar —observó Kanon.
Alrededor, dieciséis estrellas venían hacia él, habiéndose desprendido del horizonte de la Otra Dimensión. Eran los ojos de Aquel que se desliza en la oscuridad, arrancados por acción de la guadaña que blandía el ángel de la Muerte.
Las heridas le estaban pasando factura. Si seguía recibiendo golpes así, estaría acabado en un cuerpo a cuerpo contra el guerrero celestial. Aun ahora no las tenía todas consigo.
«¿Quién dijo que necesito llevar esto a un cuerpo a cuerpo?»
Por cuarta vez, abrió la Otra Dimensión, usándola no como portal, sino como un agujero de gusano que enseguida devoró dos tercios de las estrellas que se le abalanzaban. El ángel de la Muerte, previendo lo que pretendía, alzó la guadaña, acelerando la Hipernova de tal forma que el santo de Géminis hubo de interponer los brazos para mitigar la elevadísima temperatura y conseguir el nanosegundo que necesitaba para escapar a otro de los pliegues de aquel enfermizo espacio-tiempo, a donde llegó con una repentina ceguera debido a la radiación cósmica liberada.
Así, ciego, con solo quemaduras superficiales gracias a la protección del manto de oro y unas heridas cauterizadas por el elevado calor, Kanon debió confrontar a Sariel y treintaidós estrellas en un asalto, sesenta y cuatro en el siguiente y ciento veintiocho en el otro. Iban saltando, ambos, de pliegue en pliegue, quedando cada vez más claro que la Otra Dimensión solo estaba arrancando capas de piel a la entidad que los tenía a todos atrapados. El ángel de la Muerte no tenía ninguna prisa en matarlo, quedando ya lejos la cólera con la que lo atacó al inicio del reiniciado combate. Debía intuir, por la actitud a la defensiva del santo de Géminis, siempre rehuyendo el combate y manteniendo las distancias, que era cuestión de tiempo que ya no pudiera reaccionar. Después de todo, en cada nuevo enfrentamiento, los portales que Kanon abría a toda prisa devoraban un menor porcentaje de las cada vez más numerosas estrellas.
Nunca había hecho algo así. En cierto sentido, la ceguera lo estaba ayudando. No necesitaba ver teniendo despierto el Séptimo Sentido, pero aun quienes poseían este usaban la vista si podían contar con ella. Gracias a que ese no era el caso de Kanon ahora mismo, le resultó más fácil ir elaborando un mapa mental de los pliegues espacio-temporales que había abierto a lo largo de la Senda de Oro. Era un proceso paralelo al combate en sí, porque no le bastaba con extraviar las estrellas, sino que buscaba alejarlas lo más posible de los sentidos de Sariel mediante la apertura de nuevos portales y la creación de espacios localizados, como el que creó durante la guerra entre vivos y muertos, donde el tiempo no avanzaba hasta que él dijera lo contrario. Todo a través de la mente y el cosmos, que repartía entre esto y sobrevivir. Por supuesto, Sariel no debía saber nada de esto; ningún truco podía esperarse de quien sobrevivía a duras penas, porque los puntos en los que el cosmos estaba siendo usado distaban demasiado de donde combatían. La experiencia de haber sido partícipe de la creación y mantenimiento de la Senda de Oro ayudaba mucho, claro.
—Siento a Cichol y la hija de los dioses cerca —advirtió Sariel, descendiendo desde un firmamento en que destellaban más de mil estrellas.
—¿Quién iba a decirme que una nereida sería más agresiva que yo? —sonrió Kanon. Estaba recuperando la vista poco a poco y veía, borroso, su inevitable fin.
—Yo también estoy sorprendido —dijo Sariel, alzando la guadaña de forma ceremonial. Para ese momento, el santo de Géminis ya había visto lo suficiente del ángel como para entender que aquel no necesitaba de ningún movimiento para comandar las estrellas—.Parecías la encarnación de los Dioscuros y has resultado ser como la Rata, virtud lunar de la Inteligencia. Es decepcionante.
En esa ocasión, sin importar dónde abriera la Otra Dimensión solo lograría abarcar una décima parte de las estrellas antes de que la Hipernova lo arrasase todo. De hecho, tenía muy poco espacio de tiempo para huir después. Y el ángel contaba con eso.
Sin embargo, Kanon no abrió un simple portal. Todo el espacio en que se hallaban, contándole a él, las estrellas y el propio Sariel, todo eso lo envió a la Otra Dimensión. Una estrategia temeraria que había ideado tras contemplar cómo la Hipernova aniquilaba el propio vacío espacial. El ángel, como esperaba, se transportó lejos de la vorágine, mientras que él navegaba a través de ella, viendo cómo una de las costras de Aquel que se desliza en la oscuridad era desgarrada en incontables pedazos de espacio-tiempo en medio de una versión artificial de la auténtica Otra Dimensión que Kanon había estado creando con sumo cuidado. Todas las estrellas, a un paso de explotar, acabaron bajo el control del santo de Géminis, que era consciente de todos los pliegues que habían abierto hasta ahora y no habían sido destruidos. También percibía a Sariel, evitando ese espacio entre espacios de manufactura humana lo más posible.
—Es muy tarde para eso —dijo Kanon, sin poder evitar sonreír.
En cada pliegue del espacio-tiempo que aún no había estallado, había senderos que serpenteaban a través de las costras de Aquel que se desliza en la oscuridad, hasta llegar a unos compartimentos que controlaba a detalle. Ciento diecinueve espacios, conectados por la Otra Dimensión artificial, con igual número de estrellas. No las que había robado a Sariel, sino otras surgidas a través de la fusión de estas, bajo su estricto control.
Buscó al ángel de la Muerte. No estaba lejos. Mantenía la distancia justa, lo que era difícil de calcular cuando se jugaba con el tejido dimensional del espacio.
«Difícil, no imposible —se recordó Kanon, cruzando los brazos por sobre la cabeza y ejecutando la Última Explosión de Galaxias.»
Ciento diecinueve soles de energía condensada a través de diez kilómetros de diámetro, latieron al unísono, conectándose unos con otros mediante pulsaciones que cruzaron la Otra Dimensión artificial. Así, Sariel quedó atrapado entre las figuras de dos niños gemelos, Cástor y Pólux, cuyo contacto inevitable lo arrasaría todo. Percibió a Aymr, la Aniquiladora de Materia, tratando forzar una transportación; Cástor, señor de los ejércitos, aisló todo aquel espacio. Sariel se arrojó a aquel gemelo, el mayor, cometiendo el mayor error posible al darle la espalda a Pólux, el del puño de hierro capaz de aplastar las galaxias. Los Dioscuros se unieron en un solo ser, epicentro de una explosión como no había visto jamás el santo de Géminis en su larga vida.
O así tendría que haber sido.
—¿Qué demonios…? —Aquella encarnación de la constelación de Géminis no solo dejó escapar a Sariel, sino que ambos gemelos giraron las cabezas sonrientes hacia Kanon, viéndole con cruel diversión—. Esto es imposible… ¡Yo…!
Entonces recordó las palabras del ángel de la Muerte: Aymr podía cortar cualquier cosa.
«¿Mi cosmos…?»
La energía en que alma, mente y cuerpo se unían estaba en completo caos. Oyó un sonido, como de algo deslizándose entre los muros de su cerebro, y comprendió que un simple hombre como él no habría podido realizar semejante portento. Ciento diecinueve pliegues del espacio-tiempo, una imitación de la auténtica Otra Dimensión a la que le era imposible acceder, una versión artificial de la constelación de Géminis… Cada uno de esos actos era una hazaña imposible por sí mismo. Todos juntos, eran la obra de un dios. La idea le pasó por la cabeza como un aguijón: él era un dios viviente.
«¡Sal de mi cabeza! —exclamó Kanon, cuyo intento por perforarse el cerebro quedó en las manos tendidas a los costados, sujetando pelos ensangrentados.»
Estaba a punto de convertirse en el peor enemigo que los nuevos argonautas podían tener. Él mismo. El solo riesgo lo impulsó a tomar la mejor decisión posible.
Forzó la unión de los Dioscuros, causando la Última Explosión de Galaxias.
El santo de Géminis no se molestó en evitar tamaña hecatombe.
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Cichol no se había tomado nada bien el forzoso teletransporte. Tan pronto vio a Tetis en medio de aquella versión distorsionada de la Otra Dimensión, le exigió colérico que lo llevara a donde estuviese Cethleann, si bien ella, que cargó contra él sin mediar palabra, no ayudó mucho a evitar el conflicto. No habría podido decir cuánto tiempo llevaba combatiendo desde entonces, solo sabía que ninguno contaba con una ventaja significativa. Cada vez que alguien parecía a punto de ganar, el otro remontaba, de alguna forma. Era una batalla interminable, de las que le gustaban al dios de la guerra.
En cuestión de destreza combativa y cosmos, ella era superior, lo intuía. El problema radicaba en los pequeños detalles, como que el ángel tuviera mayor alcance en combate cercano. Diestra y Siniestra bebían de la sangre de sus padres, gracias a ello poseían un filo capaz de cortar la gloria de un ángel y desviar el acero de los cielos; por lo demás, eran dos dagas con todas las limitaciones que cabía esperar de esa clase de armas. Ya había intentado superarlas cortando el aire y generando ondas de viento acelerado a la velocidad de la luz, solo para ver cómo Cichol ni siquiera necesitaba protegerse de aquellas minucias. Un sencillo balanceo de la lanza de Lugh y el viento era detenido en seco mientras el ángel seguía la acometida. Un corte en el costado era la prueba de aquel acto imprudente al inicio del combate, así como el rojo que había teñido la armadura perlada a lo largo de esa y otras zonas también golpeadas.
Desde entonces se había centrado en superar el área de mayor efectividad de la lanza mientras cruzaban pliegue tras pliegue de espacio-tiempo. Una tarea harto difícil, porque el arma no solo era peligrosa por sí misma, sino también por la energía tormentosa que despedía. Cada rayo tenía la facultad de detener el tiempo al contacto, e incluso si había salido airosa del último delirio, Tetis no había sobrevivido a todas las guerras atlantes por ser una necia. Todo lo contrario: estaba viva ahora por haber sido prudente, hasta el punto en que se confundían los límites de tal virtud y la cobardía. No estaba empleando la Octava Consciencia, con la cual todo habría sido más fácil.
«No seas estúpida —se dijo Tetis, debiendo usar las dos dagas para bloquear un lance directo—. Él tampoco puede recurrir a ella.»
Desviando la lanza hacia arriba, vio la oportunidad y la tomó, corriendo hasta poder dar un letal tajo contra la garganta del ángel. En pleno ataque, empero, sintió una patada en las costillas que la elevó hasta las espirales en que asteroides y meteoritos se retorcían hasta ser reducidos a polvo estelar. ¡De nuevo se había descuidado por nada…!
Excepto que sí había logrado algo. Un corte superficial en el cuello que preocupó a Cichol lo bastante como para retroceder y no aprovechar el tiro perfecto que se le presentaba. Tetis necesitó de toda una millonésima parte de segundo para recuperar el equilibrio y escapar a la atracción del espacio distorsionado, cuya presión y baja temperatura excedía por mucho los riesgos del vacío interestelar. Instante tras instante, sintió el vibrar de la armadura perlada, sobre todo alrededor de las grietas. Estaba dentro de algo vivo, algo que la observaba como el hombre que observa un insecto de reojo y luego sigue con otros asuntos. La sensación de verse inferior la asqueó y alimentó la cólera en su corazón: ella era una diosa, nadie tendría que verla desde arriba.
«Eres la madre de tu hijo —pensó Tetis con no poco orgullo, antes de volver al ruedo.»
Descendió girando sobre sí misma. Una espiral de cosmos marino que acababa en dos estrellas carmesí. Así pudo desviar los rayos que la lanza de Lugh enviaba sobre su cabeza y llegar a estar frente a frente con él ángel, contra el que se arrojó, temeraria. La afilada punta del arma sagrada, capaz de destruir partículas subatómicas, pasó a apenas centímetros de su nariz cuando se deslizó hacia el frente, con la espalda arqueada. Una vez estuvo a media altura de la lanza, la golpeó con una fuerte patada alta, ganando las fracciones de segundo que necesitaba para alcanzar el objetivo.
Diestra golpeó la lanza por la mitad, impidiendo al ángel usarla como barra de combate, y Siniestra cercenó uno de los dedos con que la sostenía.
Un paso más y podría cortarle la mano entera. El pensamiento le aceleró la sangre e hizo vibrar las dagas. Entonces, sin ninguna explicación, la armadura estalló como una calabaza a la altura del abdomen, revelando la piel hundida y ensangrentada.
Retrocedió de un salto, perdiendo todo lo obtenido hasta ahora.
—Olvidas la principal facultad de la lanza de Lugh. —Cichol, lejos de mostrar el menor signo de desesperación, pasó el arma a la otra mano y acercó el muñón del dedo perdido a sus labios. Un soplo de aire caliente cauterizó la herida, parando la hemorragia—. Yo mismo la he olvidado. Me dejé llevar por la ira como un simple humano. —Probó la afectividad de la lanza ahora que usaba una mano distinta, los movimientos eran un setenta por ciento igual de ágiles, lo que podría decir mucho o nada, incluso con la mueca de disgusto del ángel—. Cethleann posee Garreg Mach, ninguno de vosotros podría causarle ningún daño, así la atacarais por toda una vida.
—He podido cortarte a ti —advirtió Tetis, tensa. Ella no tenía modo de reparar daños a escala subatómica. Aprovechando la confianza del ángel, empero, tornó las moléculas de agua del sudor que le recorría todo el cuerpo en finos hilos que al menos ataron el corte, actuando después bajo la piel para una mínima restauración. Para una diosa como ella, eso eran simples primeros auxilios, una solución a corto plazo. Se odió como pocas veces en su vida por dejar escapar un gemido de dolor durante la curación.
—Mi Arianrhod no debería poder ser dañada por ningún mortal —asintió Cichol—. El problema son tus dagas. La sangre es un medio para que el cosmos fluya, y tu cosmos es poderoso, pues eres la hija de un dios y un Espíritu Divino.
—Soy hija de dioses —replicó Tetis, acometiendo presa de la ira.
Era una treta. La idea era desviarse en el último momento. Sin embargo, el ángel despidió un único rayo desde la lanza de Lugh, el cual cayó a cinco metros de donde la nereida se hallaba. Suficiente: toda el área quedó distorsionada por un incremento de la gravedad lo bastante grande como para que no pudiera escaparse de ninguna forma. Ni siquiera a la velocidad de la luz. ¡Un solo rayo podía lograr eso! Tetis se detuvo en seco.
—Como sabes, los hombres de la Tierra adoraron como dioses incluso a las ninfas del cielo, la tierra y el mar, cuya naturaleza se parece más a la nuestra. Son espíritus de la naturaleza, la respuesta al daño que Tifón provocó en la Creación a pesar de todos los esfuerzos del rey de los dioses. Para ese grado de entendimiento, los miembros de la Raza de Oro, que dominaba el cosmos de forma natural y no conocía más muerte que el dulce sueño, podían pasar como auténticos dioses. Tu madre, Doris, era de la Raza de Oro, también lo era Palas, consorte de la diosa Estigia, padre Cratos, Bía, Zelo y Niké, y portador original del caduceo de mi hija Cethleann. No eres una diosa, por eso empleas tu cosmos en lugar del dunamis para el que mi Arianrhod no supone defensa alguna.
—Estoy tomando nota de cada una de tus blasfemias, espíritu. Si los dioses del Olimpo siguen reinando sobre toda la Creación es gracias a mí.
Ella había impedido la rebelión de Hera en los albores del tiempo. Convocó a Briareo, el ser más fuerte del universo, para liberar a Zeus de la conspiración perpetrada por las diosas en complicidad con la Madre Tierra. Sin ella, Tifón habría ganado; ningún otro entre los olímpicos era rival para él, ni siquiera Poseidón y Hades.
—Zeus ha amado a muchas mujeres mortales —dijo Cichol, leyéndola como un libro abierto—. Ve belleza en lo que es pequeño, frágil e inofensivo.
—Insolente. —El espacio distorsionado frente a ella, tras el cual la figura del ángel se veía borrosa, era lo único que le impedía dejarse llevar por la ira que ya le hacía hervir la sangre. A la vez, apretó las dagas con fuerza mientras hacía rechinar los dientes.
—No es ningún insulto —aclaró Cichol—. También yo veo belleza en lo fugaz.
—¡Haré que te tragues tus palabras! —exclamó Tetis. De un salto, pasó a través de la distorsión y empezó a correr, decidida a poner fin a esa batalla.
El ángel del Aire energizó la lanza, proyectando esta vez treinta rayos que se arquearon como las patas de una araña antes de caer sobre la nereida cuales fauces del poderoso tigre. Tetis, con los sentidos encendidos por la ira, desvió veintinueve de los ataques sin dejar de correr, no fuera a quedar atrapada en una cárcel de gravedad. El trigésimo, empero, estalló sin llegar a alcanzarla, demasiado cerca de Cichol. Tuvo que hacer un nuevo desvío, en medio del cual, de reojo, vio algo inaudito: ¡El ángel se adentraba en la distorsión! No tuvo tiempo de procesarlo. De un momento para otro, Cichol le estaba atravesando el estómago desprotegido a la vez que se abría un tajo en la muñeca derecha, aquella que sostenía la daga que honraba a Nereo, Diestra.
—Se acabó —sentenció Cichol, antes de someterla a una corriente de divina electricidad. El tiempo de la nereida quedó detenido por completo.
En la cienmillonésima fracción de segundo entre que recibió el golpe superlumínico y la propagación, a la velocidad de la luz, de la energía de la lanza de Lugh, empero, Tetis tuvo la oportunidad de lanzar un ataque a la desesperada. Sintiendo que Diestra se deslizaba entre las manos, movió Siniestra en un tajo diagonal que desgarró medio rostro de Cichol, abriéndole la mejilla y la frente sobre la nariz y el ojo izquierdo. El ángel, herido de gravedad, se alejó a toda velocidad del rango de su oponente.
Se había salvado por poco de ser partida en dos, tal y como leyó en la mirada del ángel del Aire. Magro consuelo, teniendo detenidos todos los átomos del cuerpo.
Para cuando Diestra chocó contra el suelo, convirtiéndose en un charco de sangre, Cichol ya estaba listo para un nuevo ataque. Apretando los dientes para callar el dolor por el momento, acometió en un ataque directo donde apostaba todo al ataque.
La lanza de Lugh fue repelida contra el peto de la nereida, cuyos ojos estaban abiertos. ¡El tiempo volvía a fluir en ella! Y no solo eso: la armadura perlada estaba ahora cubierta de varios conductos carmesí, que en conjunto simulaban el sistema cardiovascular de los seres humanos. Venas, arterias y capilares surgían entre las grietas de la particular protección de la nereida, destellando un brillo carmesí que había transformado el aura entera de la hija de Nereo, ahora escarlata como el sol al atardecer. Hechizado por esa formidable visión, Cichol volvió a quedar a merced de Tetis, quien otorgó al herido rostro del ángel una cierta simetría desgarrándole la mejilla derecha.
—¡Esto es una locura! —gritó Cichol, dolorido y liberando una treintena de rayos.
Los Colmillos del Señor de la Tempestad se cernieron sobre la nereida, siendo repelidos sin que ella hiciera nada más que quedarse ahí de pie.
—Esto es Aquiles —replicó Tetis, lanzando Siniestra hacia arriba. La daga, tan pronto llegó a la altura de la cabeza, se tornó en una explosión de sangre que se adhirió al cráneo de la nereida como un símil del sistema vertebro basilar, a modo de yelmo.
Los titanes fueron los primeros seres en el viejo universo en emplear armaduras. La Madre Tierra, Gea, se las había otorgado para que derrocaran a su tiránico padre, si bien solo Crono se atrevió a cometer tan sacrílego crimen. Servían tanto para proteger como para atacar, pues eran también armas, siendo la Gran Hoz del rey de los titanes la más poderosa de todas. Tal y como Hefesto creó las primeras armas sagradas inspirándose en aquellas doce obras formidables, Tetis había tornado Diestra, el arma que hizo con su sangre para honrar a su padre, en Aquiles, la armadura definitiva.
—Ya veo —gruñó Cichol, pasando la mano sobre el rostro ensangrentado. Cuando la bajó, soltando un último grito de dolor, la sangre estaba seca y solo tenía dos cortes cauterizados cruzándose en la frente—. Tu arma había caído antes de que detuviera tu tiempo. Mas eso no cambia nada.
—Yo creo que eso lo cambia todo —dijo Tetis, avanzando hacia él con paso tranquilo.
—Estás usando tu propia sangre como arma y armadura —dijo Cichol—. Eso te está debilitando. ¿Por qué crees que he podido herirte de esa forma?
—Superaste la velocidad de la luz usando la gravedad para impulsarte —respondió Tetis, viendo divertida cómo el ángel retrocedía conforme ella avanzaba. Sintiendo que el terrible filo de la lanza de Lugh no podía hacer nada para alcanzarla: todo ataque era atraído hacia Aquiles de forma irremediable, y nada podía vencer la invulnerabilidad que le proporcionaba esa técnica, nada que un humano o un espíritu pudiera hacer—. ¿Por qué no intentas repetir ese truco, espíritu?
No hubo respuesta verbal, sino a través de los hechos. Cichol, energizado de poder relampagueante, golpeó el suelo en dos ocasiones simultáneas, para crear a la vez una cárcel de gravedad para Tetis y un impulso que pudiera usar para alejarse del rango efectivo de aquel tenaz oponente. Sin embargo, mientras se alejaba de un salto más rápido que la luz, debió interponer de forma apresurada la lanza de Lugh para bloquear un doble corte de la nereida. ¡En el último instante, Aquiles había vuelto a ser Diestra y Siniestra! La mala posición les hizo caer al suelo, ella dando tajos veloces, él defendiéndose mientras clavaba la rodilla, sin serle posible atacar o recuperarse.
Tetis había comprendido algo. Aquel no era un rival fácil. No era como los horrores de R´lyeh, sino un soldado de los cielos entrenado por un dios. Tenía que debilitarlo si quería lograr ese golpe decisivo, así que en lugar de buscar la yugular, el cerebro o el corazón, cortaba las manos, los brazos y las piernas cada que le era posible, manteniéndose en todo momento cerca del ángel para que no pudiera crear distancia aprovechando la longitud del arma. Con todo, estaba lográndolo mucho más rápido de lo que había imaginado: Diestra y Siniestra volaban de un lado a otro sin parar, y también se apoyaba en el resto del cuerpo, pateando las heridas piernas del guerrero celestial con el único fin de lograr otro instante más, valioso como el mejor tesoro.
—Lo acepto —dijo Cichol, bajando la lanza.
Algo, tal vez el instinto guerrero de su hijo, llegándole desde algún rincón del Olimpo, la animó a convertir Diestra y Siniestra en Aquiles y retroceder.
Aquel impulso lo salvó de que una de las alas metálicas de Cichol le cercenara la cabeza. Entre maldiciones, Tetis siguió retrocediendo, porque comprendía lo que había pasado: Arianrhod era la gloria de un ángel del Olimpo, hecha para servir como catalizador del secreto poder que los soldados de los cielos atesoraban. Las alas, hechas de nimbo, eran la prueba de que el guerrero celestial no había luchado en plenitud hasta ahora. De pronto la cicatriz en el rostro, en parte cubierta por el yelmo de tigre coronado por tres cuernos, no parecía gran cosa, solo un golpe de suerte. El resto de heridas, más superficiales, se habían cerrado, y la gloria se había restaurado por completo.
—Solo el auténtico portador de un arma sagrada puede extraer todo su potencial —explicó Cichol, sosteniendo la lanza con ambas manos. El dedo le había vuelto a crecer—. Si bien otros ángeles podemos hacer uso de ellas, el nimbo de nuestras alas genera interferencias. Ya no podré comandar los relámpagos y doblegar la gravedad.
Con un sencillo tirón, dividió la lanza en dos mitades. Sostenía la superior con la mejor mano, mientras que la inferior se adhería al brazo izquierdo y giraba sobre sí misma, transformándose en un escudo de capa múltiple.
—Lanza y escudo —observó Tetis, gélida. No volvería a caer en delirios ridículos. Para tener la mente ocupada, pensó en la ventaja que había obtenido.
Cichol debió imaginarlo, porque lo primero que hizo fue girar la lanza, generando un torbellino sobre los cuerpos errantes que flotaban en los confines de aquel pliegue de la distorsionada Otra Dimensión, observándoles como los ojos de un ser vivo. El viento, acelerado hasta alcanzar la velocidad de la luz, redujo todo a polvo estelar y luego a átomos en tan solo un instante. El mensaje era claro: seguía siendo un rival de temer.
—Aun limitadas, las armas sagradas siguen pudiendo cortar la materia a escala subatómica. Solo necesito golpear tu corazón con Assal, hija de los dioses, para darte muerte. Ochain me mantendrá con vida hasta que lo logre.
Alzó el escudo, doce discos superpuestos uno sobre otro, del más pequeño al más grande. Ochain, sin duda depositario del poder de la lanza para dirigir la gravedad, ejercía la misma clase de atracción que Aquiles. Tetis iba a necesitar esforzarse al máximo si quería alcanzar un punto que no fuera imposible de destruir.
—¡Te deseo mucha…!
—Muy lenta.
Habiendo desplegado las alas de un ángel, la velocidad de la luz ya no era barrera. Ni siquiera los sentidos despiertos de la nereida pudieron evitar que Assal la golpease en la espalda, deslizándose a través del tronco celíaco de Aquiles. El contraataque de Tetis, aunque inmediato, no llegó a cortar más que la mitad inferior de la barba del ángel.
—Esto se ha complicado —hubo de aceptar Tetis—. Se ha complicado mucho.
—Si me llevas a donde está Cethleann, yo… —trató de decir Cichol.
Pero Tetis ya había vuelto al ataque. Confiando en la protección de Aquiles, decidió luchar a la manera de los santos: sin armas, desgarrando los cielos con las manos y abriendo grietas en la tierra de un puntapié. El tornado que Cichol proyectó sobre ella no pudo detener la estela escarlata en que se había convertido la hija de Nereo.
Fue ese el momento en que una fuente de energía inconmensurable llegó hasta ambos oponentes, obliterando toda materia que hubiese a su paso.
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La Última Explosión de Galaxias había repercutido a través de gran parte de la Senda de Oro. Como un cuchillo al rojo vivo parando una hemorragia, el cosmos humano en comunión con la leyenda de los Dioscuros incineró todas las ampollas de Aquel que se desliza en la oscuridad, los pliegues espacio-temporales que separaban la Senda de Oro del auténtico espacio entre espacios, bajo un infierno que excedía los mil millones de grados. Todo cuanto quedó al alcance de semejante cataclismo fue consumido hasta el último protón, sin dejar un solo átomo flotando en el vacío resultante.
Lo que era el equivalente a una picadura de mosquito para la inmensidad que ahora era Aquel que se desliza en la oscuridad, aunque eso no tendría por qué importarle a él.
Se suponía que a los muertos ya no les importaba nada.
—Dioses… —Kanon de Géminis despertó sobre un lago inmenso. Habría asumido que era alguno de los ríos del inframundo de no ser porque el agua era clara y agradable. Incluso la sangre que había derramado sobre esta desaparecía sin más—. ¿Nunca vas a dejar que muera, verdad? Atenea, al igual que los demás dioses, eres…
Miró hacia abajo.El agua le devolvió la imagen de un hombre en las últimas. Todo el brazo derecho estaba carbonizado, con el hueso ennegrecido al aire libre; que no sintiese siquiera un pinchado de dolor decía todo lo necesario sobre el estado de los nervios, sin duda quemados por el mismo calor que arrasó el brazal. La herida seguía a lo largo del hombro y el pecho, como una preocupante mancha oscura. El resto del manto de oro a lo largo del torso y la espalda era un amasijo de grietas que de algún modo se mantenía en pie. En cuanto a las piernas, la derecha había sufrido la peor parte, ennegrecida desde el pie hasta el muslo. No se sentía capaz de correr en ese estado. Si iba a seguir combatiendo, necesitaría alguna clase de alternativa.
—Ya sabes cuál es la alternativa —dijo la imagen en el reflejo, un hombre de largos cabellos oscurecidos y ojos inyectados en sangre—. El milagro de Elíseos está en ti. Lo sentiste luchando contra Caronte. El poder de un dios.
Abrió los labios resecos, decidido a mandarlo a callar, solo para cerrarlos de inmediato. No había a nadie allí, el reflejo estaba dentro de su cabeza.
Le bastó un pisotón para que las ondas del lago barrieran esa desagradable imagen.
—Llegas tarde —dijo Kanon, con la vista al frente—. Treintaitrés años tarde.
Caminó durante largo rato, arrastrando la pierna mala como un odioso peso muerto. El paisaje no cambiaba. Tampoco podía sentir ninguna presencia conocida, lo que implicaba que ya no se encontraba en la Senda de Oro.
Una vieja historia le vino a la mente. La Batalla de las Doce Casas fue una durísima prueba de fuego para los cinco jóvenes que terminarían por convertirse en los héroes legendarios; los combates contra Shaka de Virgo y Saga de Géminis, en particular, resonaban como una leyenda. Por pura curiosidad, una vez Kanon cuestionó a Ikki sobre cuál de los dos oponentes había sido más duro. El santo de Fénix no lo tenía claro, sobre todo después de los años transcurridos. El cosmos de Shaka era incomparable con el resto de santos de oro, de la misma forma que la fuerza de Saga era de otro mundo. Entre tales contradicciones, que asumió nacidas del respeto que aquellos oponentes le generaban, supo que en cada enfrentamiento acabó perdido en algún remoto rincón del espacio-tiempo. Contra Shaka, por la explosión que generó al quemar su propia vida; contra Saga, debido a una segunda Explosión de Galaxias que recibió a quemarropa.
Kanon sentía que le había ocurrido lo mismo. La Última Explosión de Galaxias no había sido una técnica suicida, pero en el último momento, al entender que llevaba rato abierto a la Octava Consciencia y que Aquel que se desliza en la oscuridad podía volverlo contra los suyos, decidió sacrificarse. No estaba muerto y la Otra Dimensión no estaba al alcance de sus sentidos, ya fuera la auténtica, las costras de espacio distorsionado o la artificial que elaboró de un modo que aún no comprendía, así que eso solo dejaba la opción más disparatada posible, lo bastante para hacerlo sonreír.
Estaba en otro planeta. Uno semejante a la Tierra, en tanto podía albergar vida.
—¿Qué hacen los dioses peleándose por un solo planeta si allá arriba hay otros como este? —se preguntó Kanon, tomándose un tiempo para respirar.
El aire era puro, cálido y agradable. Podría quedarse ahí toda una vida.
—Los dioses no buscan la conquista de tu planeta, terrestre —advirtió la voz de Sariel, venida de todas partes—. Aniquilan a las razas indignas de poblar este universo que crearon a través del juicio divino. Las Guerras Santas de la Tierra son causadas por Atenea, quien se niega a ver la verdad: el mal es intrínseco al ser humano, no merecen ninguna misericordia. Si no fuera la hija favorita del rey de los dioses…
El ángel de la Muerte se limitó a murmurar lo que pensaba al respecto, mientras aparecía frente al santo de Géminis. Como él, no había salido ileso de la explosión.
—Creía que mis gemelos descarriados te habían dejado escapar —dijo Kanon.
La mitad izquierda del cuerpo de Sariel era una ruina, si bien el ángel sí que podía mover el brazo a pesar de las quemaduras, e incluso se permitía un gesto tan arrogante como usar esa mano sin piel para sostener a Aymr. El yelmo había estallado por los aires, de modo que el largo y oscuro cabello de Sariel caía cual cascada sobre la espalda, descubierta y en carne viva. Con todo, la gloria lucía bien en las zonas que no habían recibido el impacto directo de la explosión, conservándose sin grieta alguna a lo largo de la mitad derecha. Kanon no pudo sino aprobar la manufactura olímpica: él mismo estaba convencido de haber sobrevivido solo gracias a la sangre de Atenea; ningún manto de oro convencional habría soportado tan tremendas temperaturas.
—Aquel que se desliza en la oscuridad no deja escapar a nadie —objetó Sariel, alzando la guadaña hacia arriba. El cielo, antes de un agradable azul libre de nubes, empezó a llenarse de estrellas que aparecían de la nada. Ciento ocho soles, cada uno de cien metros de diámetro y con un descomunal poder latente, ultra-condensado.
—¿Es necesario? —preguntó Kanon, endureciendo la mirada—. Sean quienes sean los que viven aquí, esta guerra no les concierne.
—Todos los mundos habitados por humanos son iguales.
—¿Hablas por experiencia, como humano?
—Soy el ángel de la Muerte —dijo Sariel, solemne—. Yo condené a mil millones de almas tras el diluvio universal. Escuché cada historia, cada súplica, cada juramento de arrepentimiento. Entonces supe que la Tierra no sería la excepción y solicité al rey del inframundo que me dejara acabar el trabajo de Poseidón. Mi petición no fue concedida y ahora aquí estáis los terrestres, despertando a uno de los Reyes Durmientes.
—¿Hades teniendo piedad de nosotros, los humanos? —cuestionó Kanon, incrédulo—. Hace miles de años que el rey del inframundo busca nuestra destrucción.
Según cuanto Gestahl Noah le había dicho, incluso antes de la primera guerra entre Hades y Atenea la mano del hijo mayor de Crono y Rea ya se extendía sobre los destinos de los hombres. Los dioses de la guerra, Eris y Ares, le sirvieron como avanzadilla para probar las fuerzas del Santuario a través de los siglos y formar un ejército acorde. Después, los Señores del Inframundo señalaron ciento ocho almas, formándose las Estrellas Malignas y el imperecedero ejército de espectros.
—Todo es culpa de la hija favorita de Zeus —insistió Sariel—. Entonces no había dios en el cielo, el mar y el infierno que no apreciara el consejo de la diosa de la Sabiduría.
—Algo de sensatez debían tener los amos del universo —replicó Kanon.
—Después, la humanidad usurpó los nombres, títulos y autoridades de los dioses del Olimpo —prosiguió Sariel, alumbrado por la luz mortecina de las estrellas que había hecho descender hasta cubrir los cielos. El día dio paso a una noche antinatural, donde solo brillaban aquellas Estrellas Malditas—. Los dioses del Zodiaco provocaron la Guerra de Troya y dieron fin a la Edad de los Héroes. Desde entonces, Atenea ha ido perdiendo el favor de los mares, el Hades y el Olimpo, uno detrás de otro. Cualquiera que no fuese ella, a estas alturas habría sido arrojada a las tinieblas del Tártaro. No importa. —Negó, sin duda cayendo en la cuenta de que se estaba dejando llevar por algún viejo resentimiento—. Ella ya ha sido apartada y nada me impide ya hacer lo que debí hacer hace diez mil años. Os mataré a todos. Los que navegan un territorio prohibido a los mortales, quienes sea que os esperan en la orilla del infinito, los que dejasteis atrás en ese mundo que no merecéis… ¡Todos sufriréis el juicio divino!
—Sabes mucho de eso —observó Kanon, lleno de un aura dorada—. Del juicio divino. Es interesante escucharlo de los labios de un simple hombre.
Por toda respuesta, Sariel alzó Aymr, que ahora sujetaba con ambas manos. El acto, solemne, hizo que las ciento ocho Estrellas Malditas descendieran hacia él, empequeñeciéndose a una velocidad pasmosa. No explotaban al hacer contacto con Sariel, como Kanon, con el único brazo cruzado contra el pecho en una parodia de postura defensiva, debido al otro brazo inutilizado, esperaba. Entraban en él, traspasándolo una vez habían adquirido el tamaño de un átomo. Poco a poco, el cuerpo entero del ángel de la Muerte iba oscureciéndose, resultando en una sombra tridimensional donde las últimas Estrellas Malditas brillaban a modo de ojos. En el proceso, la guadaña parecía haberse fundido con el guerrero celestial.
—Soy un hombre —aceptó Sariel, hablando con una voz que retumbaba por todo el lugar, agitando las aguas. Dos alas negras de plumas platinadas emergieron desde la espalda de aquella sombra humanoide—, mas no tengo nada de simple.
Kanon maldijo entre dientes. Había leído bien el poder oculto de aquel oponente, allá en el barco. Aquella transformación revelaba un potencial aún mayor que el de Cichol y Cethleann. Las sombras se despejaron poco a poco, dejando entrever una gloria semejante a la primera versión, incluyendo el casco en forma de calavera, solo que el exoesqueleto original se había expandido, formando lo que parecía una réplica perfecta de la estructura muscular humana. Todas las heridas recibidas durante la Última Explosión de Galaxias eran ya solo un recuerdo. Estaba intacto.
—Así que esa es tu verdadera fuerza —observó Kanon, tratando una última vez de mover aquel brazo inerte. Inútil. Tanto le habría dado que hubiese sido desintegrado.
—Por cada ala, el poder crece de forma exponencial —explicó Sariel, avanzando—. El universo tiene leyes que los mortales deben cumplir. Los soldados del Olimpo podemos sortear esas leyes. La velocidad de la luz no es barrera para estas alas. Nuestro microcosmos puede expandirse hasta el infinito, o la extinción, tal y como ocurrirá con el macrocosmos de un modo u otro. Así es, las alas son un símil del Octavo Sentido.
—En eso estaba pensando —reconoció Kanon, quien no había retrocedido en ningún momento. El ángel se detuvo frente a él, viéndolo con unos ojos rojos como ascuas.
—Hay otro motivo —dijo Sariel—. Si el microcosmos de los humanos crece demasiado, adquiere la capacidad de generar sinergia con otros microcosmos.
Varias historias pasaron ante los ojos de Kanon. La batalla contra Ikki de Fénix en Reina Muerte, el decisivo golpe de Seiya contra su hermano Saga, el particular caso de Shaula de Escorpio, Mithos de Escudo y Subaru de Reloj… La sangre de Atenea no era la única vía para hacer un milagro, al parecer, si tan solo pudieran controlar…
El ángel le golpeó la frente, veloz e implacable.
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Durante un segundo, Kanon de Géminis quedó paralizado. No por el golpe, ni por las ondas psíquicas que aquel propagó a través del cerebro, sino por la consciencia de haber perdido un cuantioso número de recuerdos de una sola vez. Y no recuerdos al azar, sino todos aquellos que se conectaban con lo que estaba pensando hacía un momento.
Giró hacia atrás, sintiendo un peligro inminente. El ángel de la Muerte lo observaba, cruzado de brazos. Ya no poseía Aymr, en cambio, vestía una gloria alada reforzada por una armadura extra y oscura que recordaba al esqueleto humano.
—Tus heridas… ¿Cómo? —Kanon no entendía nada. Habría jurado que el ángel también fue víctima de la Última Explosión de Galaxias. ¿Tanta era la diferencia entre los santos de oro y los ángeles del Olimpo, incluso uno de la Tercera Orden?
—Los dioses son misericordiosos —dijo Sariel—. Limitan el crecimiento del cosmos, el número de hombres capaces de despertar el Séptimo Sentido. ¿Sabes por qué, terrestre? No se trata de temor. Incluso cien soles no son nada frente a la inmensidad del universo. Os limitan porque la expansión sin límite lleva al Gran Desgarro, un final en que mente, cuerpo y alma desaparecen a la vez, para siempre.
—Tus alas —dijo Kanon, recordando retazos de una conversación pasada—. Tú no tienes ese límite, eres un ángel del Olimpo, un soldado del cielo.
—También seré tu verdugo —advirtió Sariel, señalándole; era claro que él quebró sus memorias, con un ataque semejante al Satán Imperial y el Puño Fantasma—. Fui un estúpido al tratar de superarte en el dominio del espacio-tiempo. Eso se acabó. ¡Quebraré tu mente, incineraré tu cuerpo y arrastraré tu alma a la condenación eterna!
Notas del autor:
Shadir. ¡Vaya con FFnet! De paso que ayer no me fue posible publicar. Como regla general, subo el capítulo los lunes, aunque la hora varía.
Sí, tantas batallas contra tantísimos seres en un barco no es lo habitual. Vimos algo parecido en el cuarto volumen, como la lucha entre Makoto y Christ, o la escena de los santos de oro en la barca del inframundo durante la batalla contra Titán, pero fueron momentos fugaces frente a los varios capítulos de combates que llevamos en este. Aquí cambiamos un poco de escenario, pero no la tensión, eso perdura por el momento.
Lo digo siempre: no estaba planeado que Makoto creciera hasta ese punto, pero me gusta mucho ver en qué se convirtió. ¡Grande, Makoto, tú puedes!
