Notas de la autora:
es divertido escribir cuando no sabes mucho de la historia original. Me da mucho más libertad.
Era la primera vez que ella iba a fumar.
—Vigila entonces, que nadie venga hacia aquí.
Ieri se dejó abrazar por Satoru mientras peleaba contra el viejo encendedor que se había robado (quién sabe de dónde) para encender el cigarrillo que temblaba entre sus inexpertos dedos.
La hora del descanso apenas había comenzado y nerviosa por ser atrapada había decidido que se día cambiaría la paleta dulce que había estado disfrutando por un cigarro. Si era atrapada, castigo seguro. Y como la vida la odia Satoru Gojo la había sorprendido en el acto tratando de encender el veneno.
Conociéndolo tan bien ella había dado por asegurado que ese desgraciado recurriría a la extorsión a cambio de su silencio.
—¿Y si te acompaño?
—¿En serio? ¿Fumas?
—Nah. Solo quiero estar aquí.
No obstante, él tenía algo más pensado que ella todavía no descubría.
—Ni siquiera sabes encender esto, te ves patética —se burló Satoru.— Tu mano parece un consolador.
Avergonzada, Shoko ahogó un grito de frustración. Si no fuera porque estaba nerviosa (Dios, estaba sentada entre las piernas de ese idiota) ya habría encendido el cigarrillo.
—Tú métete en tus asuntos... ¿De acuerdo? —dijo y después de tanta batalla encendió, casi orgullosa saboreó el momento en que sus labios tocaron el cigarrillo. Dio una calada y casi lloró del horror. Fumar no era tan fantástico como ella pensaba pero ahora que estaba Gojo ahí con ella no podía simplemente tirarlo al suelo y arriesgarse a ser objeto de burla de ese tonto y de Suguru.
Pequeñas cenizas iban cayendo sobre su uniforme y Satoru extendió su mano para atraparlas.
—Puaj, no te ensucies.
—¿No deberías estar con tu novio Suguru? —se burló Ieri, no podía verlo y sin embargo, estaba segura de la expresión de desagrado que tenía en ese momento Gojo. Solo sonrió conteniendo una risa.
—Es tu culpa que toda la escuela crea que somos novios.
—¿Y no lo son? —insistió con burla.
—No. —la atrajo más hacia él. Shoko levantó una ceja confundida.
—¿Ah, no? Con lo juntitos que pasan cualquiera lo pensaría.
—Tú y yo pasamos mucho tiempo juntos también ¿Eso nos vuelve novios? —pregunta Gojo, reposando su mentón en el hombro de Shoko.
—... —Ieri no sabe qué decir ante tal contraataque. Así que solo sigue fumando.
Satoru siente molestia de que ella no le preste ni siquiera un gramo de atención, casi todas las chicas mueren por un poquito de su atención. Por lo tanto, le hace sentir estúpido estar mendigando migajas a su amiga. Sin embargo, Shoko está concentrada en si misma. Pensando en las cosas del pasado, del presente y del futuro que es tan misterioso pero abrumante.
Sin saber qué más hacer para llamar la atención de aquella chimenea, Gojo recurrió a la carta más tonta (pero la mas efectiva) que tenía en ese momento.
—Creo que me gustas.
—¿Crees? —y pese a la respuesta de Shoko que lo dejó temblando (no sabe exactamente si de risa o de nervios) sonrió complacido de que su plan para llamar su atención funcionara.— El gran Satoru Gojo "cree" que le gusto. Por favor.
—Estoy un noventa y nueve por ciento seguro que sí.
—Vaaaya —ella arrastra su respuesta con ironía, burla, de todo menos seriedad. Como si de verdad ese chico, que tenía la palabra coqueto tatuada en la frente fuera alguien que pudiese decir algo como eso sinceramente.
Satoru entiende perfectamente que ella no le tome en serio, no la culpa, pero eso no significa que no le moleste. Ágilmente le quita el cigarrillo de los labios y sujetando su mentón gira el rostro de Shoko hacia él para besarla suavemente (aunque el prefiere los besos más fuertes) como si l chica entre sus brazos fuera tan frágil que el solo hecho de tocar sus labios pudiese romperla, pero el sabe perfectamente que Shoko no era frágil.
Lo primero que hace Shoko es agrandar la mirada y seguido de eso una mueca de desagrado.
—Tienes que estar bromeando, Satoru.
—Que asco —Gojo escupe hacia un lado, el cigarrillo tiene un sabor desagradable— Deja de fumar. Ni siquiera pude disfrutar el beso.
Shoko pone en blanco la mirada y rápidamente se levanta de su lugar para huir de la escena. Sus mejillas rojas la incomodaron durante todo el trayecto.
De pie Shoko levantó sus brazos y estiró la espalda. Con un suspiro, se giró hacia Nanami, el rubio estaba concentrado en su teléfono revisando la agenda que con esmero había cumplido sin problema.
—Salgamos hoy. Hemos terminado todo, no puedes negarte.
Nanami guardó su teléfono y asintió, pues efectivamente habían cumplido todo lo de la agenda.
—Debemos invitar a Utahime-senpai. Le debo una salida.
—¿Qué hay de Gojo y Suguru?
—Suguru podría venir pero... —ella se calla cuando los tiene enfrente, maldice lo inoportuno del momento. Geto le sonríe perezosamente y Satoru solo la atraviesa con la mirada a través de sus lentes.
—¿A dónde vamos? —preguntó Suguru con pereza.
—A ningún lugar —estando Satoru a su lado era nula la probabilidad de que solo Geto los acompañara.
—No soy sordo Shoko. Has estado actuando muy rara.
—No es así —ella mantiene su postura hasta que en silencio Satoru extiende su mano en un puño hacia ella para abrirlo y revelar una barra circular de chocolate. Instintivamente ella lo toma— ¿A qué viene esto?
—Tiene la misma forma de un cigarrillo, para que dejes de fumar y así la próxima vez que nos be-...
—Idiota. El más idiota de toda la escuela. Idiota tú e Idiota Suguru por estar a tu lado —respondió Shoko apresuradamente con un aire de molestia para luego irse a zancadas de allí.
—Pensé que saldríamos —fue lo último que dijo Nanami antes de retirarse también. Había algo entre ellos pero siendo honesto, no quería inmiscuirse más.
Ella no suele perder la calma. Nunca lo hace. Jamás. Ni siquiera cuando se enfrenta a una maldición. Por lo tanto en ese momento, no ha perdido la calma. Solamente está molesta (con él, con ella, más con ella que con él).
Shoko se mira en el espejo del baño, sus labios se encuentran entreabiertos como si deseara volver a sentir los labios de Gojo. Cierra los párpados y suspira, se estremece ante su imaginación.
—Me gustó. —lo admite. Se requiere mucho coraje para admitir que le había gustado algo de ese desvergonzado. Y aún así, ella quiere golpearlo y ponerle una orden de alejamiento por ser un completo idiota.
Porque Satoru Gojo es un hombre y es casi una regla escrita para las mujeres que a los hombres no se les puede creer cuando son temas emocionales. Entonces ella no puede tomar en serio que el haya dicho que le gusta.
Shoko alarga la mano para abrir el grifo y mojarse el rostro esperando que el agua fría le ayude a aclarar sus pensamientos, sale del baño de chicas como si nada hubiese pasado dispuesta a enfrentarse al mundo con la frente en alto. Y si Satoru quería jugar con fuego que así fuese.
Porque si creía que era el único que amaba jugar ella estaba dispuesta a seguir su juego y volverlo su muñeco favorito.
La calmada Shoko había regresado y para quedarse definitivamente. No importa lo que pasara, no importa que tantos besos quiera Gojo o que tantas palabras dulces lleguen a sus oídos. Ella tomaría todo aquello con pinzas.
Suguru sospecha que algo está pasando entre sus amigos. El idiota a su lado se ha mantenido muy callado últimamente y solo habla cuando él le pregunta algo. Se lo ha preguntado directamente, pero a Gojo no le gusta hablar del tema así que casi siempre termina ignorado.
Por lo que al encontrarse con Shoko en aquel parque vio la oportunidad perfecta de enterarse de todo. Ella seguramente le diría algo, por muy pequeño que fuera.
—Suguru —ella saluda con una sonrisa mientras saca un cigarrillo del bolsillo de su uniforme— ¿Quieres?
—¿Desde cuándo fumas? —el rechazó el cigarrillo que la chica le había ofrecido y se sentó a su lado. Aquella banca estaba suficientemente alejada del área familiar del parque por lo que Shoko no tendría problemas por fumar allí.
—No mucho. Es reciente. Al principio no me gustaba, luego me acostumbré.
Sobre ellos el sol de mediodía resplandecía y la brisa movía las hojas de los árboles. Suguru observa a los civiles disfrutar tranquilamente del parque, estaba por meterse en otro de sus lagunas de pensamientos cuando Shoko lo interrumpió.
—¿Vienes a preguntar por Satoru?
Aquella no fue buena señal. Podía dar por perdida la oportunidad de manipularla para sacarle la verdad, Shoko estaba un paso adelante. Pero aun así decidió tomar el riesgo con firmeza.
—¿Vas a decirme? —no le quedó de otra que adentrarse en el terreno desarmado. Shoko cruza sus piernas y con el cigarrillo en sus dedos sonrió.
—¿Tu qué crees?
—Creo que algo se traen ustedes dos.
—Nada importante la verdad. No sabía que fueras tan chismoso Suguru.
Shoko se ríe suavemente como si hubiera estado programada para reírse luego de decir aquello. A Suguru le gusta escuchar esa risa aunque nunca lo haya comentado; es pequeña, simple, nada escandalosa. Es la risa de alguien que cree que tiene todo bajo control pero basta la presencia de cierta persona para poner a prueba su fachada de chica calmada.
—No soy chismoso. Solo quería usar algo de eso contra Satoru para fastidiarlo —intenta convencerla. Pero Shoko ni siquiera voltea a mirarlo, está inmersa en pensamientos.
—¿A quién piensas fastidiar? —la voz del tercero hace que ambos volteen a ver hacia atrás. Gojo tiene una vena marcada en la frente cuando ve lo cercano que están ambos.
—¿De dónde saliste?
—Estoy en todos lados.
—Menos en clase.
—¿Quién necesita ir a clase cuando se nace siendo perfecto?
Gojo se deja caer en medio de ambos que la banca termina siendo demasiado pequeña para los tres, se escucha una queja de parte de Geto y comienzan a discutir sobre porqué el albino no se sienta en otro lado.
Shoko ignora los alaridos de ambos, está concentrada escribiendo en su teléfono, concentrada ignorando las miradas furtiva que a su lado Satoru le dedica.
—¿No vas a huir esta vez?
—Haz lo que quieras, Satoru. Realmente no me importa.
—Cómete el chocolate primero, apestas a cigarro.
Lo hace. Shoko devora el chocolate despacio, lo saborea, es delicioso y aunque está segura que no le quitará el olor a cigarro no puede rechazar así como así un chocolate gratis. Detrás del salón de clases, Satoru se inclina y la besa, esta vez ella no huye.
Esta vez ella le corresponde. Creando en el interior de Satoru una tormenta con su nombre.
Los días pasan, los besos se alargan y se vuelven una rutina que a Shoko ya le gustaba. Satoru debe ser un hombre bastante picaflor si besa tan bien, pensaba. Ella en un principio fue bastante inexperta, pero Gojo se encargaba de guiarla no solo en los besos sino en la forma en que debía tocarlo. Ya no eran amigos, eran algo más aunque nada oficial. Gojo siempre que la encontraba sola le daba un chocolate y ella le daba sus labios, sus caderas, sus piernas. Una vez se sentó en su regazo y con el cigarro que se negaba apagar en una mano lo besaba mientras su otra mano acariciaba ese blanquecino cabello tan peculiar de él deleitándose con los sonidos que jamás imagino que podían salir de la boca de Satoru.
Habían momentos en los que ella deseaba que Gojo dijera algo, como por ejemplo que la odiaba o que solamente ella era un pasatiempo, que le dijera que es su juguete favorito así ella podría reforzar la barrera que con tanto esfuerzo construía para aislar a su corazón cuando descuidadamente empezaba a caer bajo los encantos de Satoru. De verdad esperaba que le confesara algo. Pero mientras se besaban y sentían la piel del otro bajo el uniforme ninguno de los dos comentaba algo, como si fuera super normal aquello.
Pero entre más tiempo pasaba más subían la escala hasta que llegaron a la casa de Shoko y subieron a su habitación. Satoru se encontraba sobre ella cuando miró su rostro en busca de algún indicio de nervios, pero ella se miraba tan tranquila que sintió miedo.
—¿No deberías estar nerviosa?
—¿Por qué?
—Vamos a tener sexo.
—¿Y cual es el problema? Es normal. Si te gusto, por supuesto es normal que me desees.
Satoru tenía una expresión seria cuando dijo aquello, sus ojos azules escudriñaron el rostro de la chica pero ella no mostro en ningún momento alguna expresión mas allá de serenidad. Creyó que Shoko se sonrojaría, que le diría que no estaba lista y que todo este tiempo tan solo le estuvo siguiendo la corriente. Porque se supone que debió haber sido así, pero no era lo que ella demostraba con esa aburrida expresión en su rostro.
—¿Y tú me deseas? —indagó Satoru, intentando ocultar la molestia en su voz.
—Me gustas.
Aquello sacudió el corazón de Satoru. Fueron palabras simples que lograron hacerle sentir algo distinto. Sin embargo, la expresión de la chica bajo él no demostraba en absoluto que aquellas palabras fueran ciertas. Ella se miraba tranquila, sin nervios, sus ojos castaños parpadean lentamente y se notaban un tanto intrigados.
—¿Y qué hay de ti, Satoru, yo te gusto?
La respiración de Gojo era fuerte, su corazón estaba latiendo por la adrenalina. Él lo dijo una vez y en ese momento creyó que estaba siendo sincero. Pero en ese momento con Shoko semi-desnuda debajo de él ya no estaba tan seguro como la primera vez.
Así que su respuesta fue un beso con sabor a cigarro y chocolate.
La lata de refresco emite un largo siseo cuando ella la abre con la uña. Shoko espera a que la espuma salga y cuando termina, da un sorbo y lo siente tan frío que le duelen los dientes. Necesita procesar lo que a su lado, Suguru le ha dicho.
—¿Cómo dices, de nuevo? —pregunta la chica, observando la lata de refresco en sus manos para comprobar que no esta en un sueño.
—Creo que me gustas.
—¿Crees?
—Creo.
—Entonces no te gusto. Si no estás seguro, todo está en tu cabeza.
No se miran, no pueden hacerlo. Pues aquello es totalmente vergonzoso y patético. Ella no esperaba algo así, de aquí a cuando se había convertido en la protagonista de un ángulo amoroso en el que ella jamás pidió estar. No, todo debía ser una retorcida broma de esos dos idiotas y ella no estaba dispuesta a caer. Luego de un rato que se sintió eterno Geto se ríe.
—Tienes razón, quizás solo estaba celoso que Satoru y tú sean tan unidos que siento me están dejando atrás —Shoko suspira aliviada y sonríe.
—¿Lo ves? —ella mantiene su sonrisa y Suguru le devuelve la sonrisa con burla— Todo está en tu cabeza, idiota. Nadie te está dejando atrás. Satoru le encanta fastidiarme, desearía que Utahime-senpai estuviera aquí para tomar mi lugar.
—¿Por qué no la invitas?
Shoko alza su teléfono, mostrando el chat de ella y Utahime.
—No me ha respondido en dos días... No tengo un buen presentimiento de esto.
En efecto, no era un buen presentimiento. Después de aquella conversación fueron llamados por su maestro; Shoko y sus dos amigos fueron enviados a verificar qué había ocurrido con Utahime y Mei Mei, las dos llevaban incomunicadas por dos días.
Luego del peligro y de asesorarse de que nada malo había pasado con Mei Mei y Utahime. Gojo decide hacer su actividad favorita, molestar a Utahime por el mero hecho de existir. Shoko no pudo evitar sentirse celosa. Aquello no era bueno, pero, en fin. Satoru Gojo no era de ella pero muy en el fondo, comenzaba a desear que lo fuera.
A medida que seguían esa relación de amigos con beneficios Satoru se sumergía en la experiencia de una forma distinta. Al principio era un juego y él había comprendido que Shoko lo entendía. Pero ahora se trataba de algo mucho más serio para él.
Aquella tarde le había comentado a Shoko el trabajo que le habían asignado junto a Suguru y ella le deseó suerte para luego dejar el cigarro a un lado, comerse un chocolate y con el dedo índice indicarle que se acercara. El roce de sus labios comenzó como un juego y se hizo más profundo. Gojo lanzó una mirada fugaz a los alrededores para asegurarse de que nadie los estuviera observando y volvió a besarla, a medida que la pasión aumentaba en ambos Satoru comenzó a sentir un eco en su pecho, se separó de ella y miró a los ojos de Shoko buscando una respuesta a la pregunta silenciosa que su mirada azul preguntaba.
Sin embargo, Shoko con una sonrisa despreocupada no estaba dispuesta a responder.
—¿Me quieres Shoko? —optó por tirar la pregunta, está vez utilizando palabras firmes como la tierra pero con el sonido de la duda en el aire.
Shoko intentó ocultar la incomodidad que comenzaba a apoderarse de ella al ver aquella nueva cara del chico. Ese no era el Satoru Gojo que conocía, era un chico que se estaba adentrando en la complejidad del territorio emocional que ella había estado evitando durante todo ese tiempo en el que habían estado jugando a los besos, las caricias y las cosas que los adultos enamorados se supone que hacen.
—No entiendo porqué quieres saber eso. Hemos hecho muchas cosas ya que esa pregunta carece de importancia a este punto.
—¿Carece de importancia? —repitió casi ofendido.
—Sí. Para ti yo soy un juguete y yo solo quiero jugar —ella baja la mirada, incapaz de ver la reacción que él le daría por decir aquello.
La distancia emocional era evidente. Shoko se rehusaba a caer de rodillas frente a él, ignorante de las verdaderas intenciones de Satoru.
—Me ofende que pienses eso de mí. Sí, entiendo porqué lo piensas pero... —él la atrajo hacia él, ignorando la compleja relación de amistad y amor que estaba desmoronándose a su alrededor— Te necesito, no solo para satisfacerme. Te necesito a mi lado porque me gustas.
Shoko no podía despegar su mirada de Satoru, esperando la revelación de aquella broma elaborada. Pero a medida que el tiempo avanzaba y solo la mirada seria era su respuesta ella sintió que sus mejillas ardían, no tuvo más remedio que esconder su rostro en el pecho del contrario.
—Debes estar bromeando, no puede ser posible de que sea cierto.
—¿No te consideras linda?
—Qué va. Soy hermosa. Lo que no considero es que tengas corazón para decir algo así.
Ofendido, la ceja de Gojo tembló y la comisura de sus labios también.
—¿Puedo tomar tu reacción como una respuesta afirmativa a mi primera pregunta?
—Me niego a responder —Shoko bramó avergonzada. Tenía un orgullo que defender costara lo que costara.
Divertido Satoru siguió abrazándola.
—No lo hagas entonces. Ya sé la respuesta.
Ella inhaló profundamente intentando olvidar toda la desconfianza que tenía hacia él. Porque muy en el fondo, quería pensar que entre tanto cigarro y chocolate había espacio en el corazón de ella para cederle un puesto a Satoru sin miedo a ser consumida por la ansiedad.
