Jamás había repetido tanto una palabra. De hecho, detestaba escatimar vocabulario cuando se trataba de redactar. Solía pensar que la sensación de frotar las cuatro puntas de un tenedor metálico contra un plato de porcelana tenía un nombre. Solía pensar que recordar espontáneamente aromas que acarrean recuerdos tenía un nombre. Sin excepción, todo tenía un nombre. No veía la necesidad de redundancia.
– Saldré en el primer plano del periódico – le sentencié sin siquiera saberlo –, mi nombre será el titular.
–¿Qué has hecho que no me has dicho? ¿Quizá algún asunto del cual yo me deba enterar en la ceremonia de entrega de un Premio Nobel?
–No he creado nada, tampoco inventado o promovido, ausencia de algo digno para aquel premio.
–¿Entonces? – me preguntó, como si tratara de girar un dibujo infantil para encontrarle forma.
–No sé nada más, pero saldré en el primer plano del periódico, mi nombre será el titular.
Repetí esa frase más veces que mi propio nombre. Ya tenía irritado a mi compañero; sin embargo, no era un buen parámetro, puesto que 22 nunca tuvo... ¿Tiene paciencia? Lo desconozco. ¿Tendrá paciencia? Tal vez envejezca y reflexione acerca de su tolerancia... ¿Envejecerá? Quizás ya está muerto, no lo sé... Perdí el hilo de la historia hace mucho tiempo.
– Saldré en el primer plano del periódico –dije mientras hurgaba desesperadamente en mis bolsillos –, mi nombre será el titular. Me quité el calzado con la esperanza de encontrar mi identificación falsa, que utilizaba para adquirir mis vicios en los 1800.
–Pareces rata, ¿qué buscas? –Antes de que palabra alguna saliera de mi boca, él me interrumpió–. ¿Piensas comprar tabaco de nuevo?
–Sí, ¿algún problema? –contesté molesta. ¿Qué compras podría esperar de mí? Era algo obvio: tabaco y botellas de sake.
–Esta madrugada decidí despertar en 1897. Aún faltan tres años para la promulgación de la Ley de Control del Tabaco, puedes comprar sin identificación.
–Gracias, cerebrito –me encaminé hacia mi compra.
A mi antojo estaba el poder vivir en cualquier época de la humanidad. Estaba a mi alcance estropear el imperio de Cleopatra, impedir que Cristóbal Colón descubriera el continente americano, explicarle al mundo la Teoría de la Relatividad antes que Albert Einstein. Dicho en otras palabras, tenía la capacidad de viajar en el tiempo. 22 también lo era; solo le bastaba seguir ciertas instrucciones durante una hora exacta de la madrugada. Pero, a diferencia de mí, él podía regresar. Yo vagaba de fecha en fecha.
22 y yo coincidimos demasiadas veces, al grado de considerarlo una visita. Siempre nos despedíamos sin la certeza de volvernos a encontrar, pero no hacíamos de la situación un drama teatral. Era una amistad que nunca se me ocurrió valorar, pues me había acostumbrado a soltar y olvidar. Si a la boca de mis pensamientos le hubiera puesto un candado y después tragara la llave, sabría algo de 22, al menos su nombre. Solía pensar que todo tenía un nombre, sin importar si era tangible o abstracto, como la nostalgia y el amor, como la hierba y sus ojos. El dueño de aquellos ojos verdes, de mirada serena, recibió un "nombre" cuando me comentó que había nacido el 22 de diciembre, no recuerdo el año.
–Saldré en el primer plano del periódico –dije por lo bajo, mientras jugaba con los hilos sueltos de la estrella amarilla de seis puntas cosida en el brazo derecho de mi vestido, acompañada de la palabra "judío" en alemán.
–Silencio –susurró 22. Debíamos mantenernos callados; lo último que queríamos era vestir un uniforme a rayas y trabajar de manera forzada–. Fue mala idea venir.
–Al menos puedes decir que compartiste habitación con Ana Frank.
–Me llamarían loco. – Tú sabes que no lo eres... –me quedé sin palabras, desconocía su nombre. Me senté a su lado, cuidando que la cama no rechinara–. ¿Cómo te llamas? –pregunté–. No puedo completar mi frase si no me lo dices.
–Nací el 22 de diciembre... –mencionó la fecha exacta, pero mi mente la desechó.
–Eso no fue lo que pregunté.
La única vez que acordamos encontrarnos fue el 14 de abril de 1912. El plan era abordar el Titanic y escapar horas antes de la tragedia. Fue idea mía, ya que quedé encantada con la película y obviamente "teníamos" que no desperdiciar la oportunidad. Digo "teníamos" porque 22 simplemente hacía presencia y observaba mis locuras con cara de: "Yo no la conozco".
–Saldré en el primer plano del periódico –ingresé a la habitación sin previo aviso. 22 estaba sentado en un sillón pequeño, me miró confundido–, mi nombre será el titular. Demuéstrame tus dotes artísticos –le entregué unos carboncillos y una hoja de papel–. Píntame como a una de tus chicas francesas. – 22 no captó la indirecta y mantuvo su expresión seria, como la persona reservada e inexpresiva que conocí. – No pienso participar –se quejó. Así pues, me levanté y fingí desabrochar desesperadamente los botones de mi camisa. 22, sin saber cómo reaccionar, apartó la mirada y se quedó tenso, admirando la habitación, haciendo la vista gorda. Me empecé a reír a carcajadas –¡Te la creíste! ¡Hubieras visto tu cara!
–¡Cállate! ¡No es divertido! –exclamó ofendido.
Esa fue la antepenúltima vez que lo vi, puesto que después no dejó ni el polvo. Recuerdo haber recorrido ciudades enteras en su búsqueda, hice un recuento de las fechas en donde las comisuras de sus labios se elevaban un poco para formar una sonrisa. Las visitaba una y otra vez. Sin embargo, nunca volvimos a coincidir. O quizás, dejó de viajar en el tiempo.
Nobara no escatimaba recursos cuando se trataba de celebrar su cumpleaños, así pues obligó a los tres hechiceros de primer año a sacar el plan del chat y desayunar en una cafetería elegante.
–Todo está muy caro –dijo Itadori mientras recorría su mirada por los precios escritos en la carta–. Solo me restan 60¥.
– ¿Traemos la tarjeta de crédito del profesor Gojo, no es así? –preguntó Nobara, a lo que Megumi negó con la cabeza.
– Olvidé pedírsela. –La castaña sintió un tic nervioso en el ojo.
– ¿Qué opinan si ordenamos esta crepa? Dice "Crepa Extreme", seguramente es grande y podemos compartirla entre los tres –sugirió Yuuji, señalando la imagen en la carta–. Tiene un precio de 140¥, nada mal.
Fushiguro dejó sobre la mesa 47¥. – Es todo lo que tengo –después, Yuji aportó 57¥–. Yo pago la propina de 10¥. Nobara estaba resignada a comer una crepa en vez de un refinado desayuno. No quería festejar su cumpleaños con tan pobre postre. Sacó de su cartera 47¥ y los colocó sobre la mesa.
– La próxima vez yo me encargaré de las finanzas del grupo.
Ordenaron la "Crepa Extreme" y transcurrió muchísimo tiempo.
– ¿Fueron a plantar las fresas y esperar a que crezcan o por qué diablos tardan tanto? –se quejó la hechicera, quien ya había etiquetado ese cumpleaños como el peor de su vida.
– Aquí está su orden, disfruten –el mesero dejó el plato sobre la mesa.
– ¡¿Cuál "Crepa Extreme" Itadori Yuji?! ¡Esto es una miseria! –Así es, el platillo terminó siendo una pequeña crepa que no alcanzaba ni para una persona.
– Qué robo –Megumi se empezó a comer las uvas que adornaban la crepa.
Al terminar, todos se quedaron con hambre. Ya no había dinero.
– Iré a pagar –Fushiguro se levantó de la mesa y fue a la caja. Mientras esperaba su turno en la fila, observó a través de la gran puerta de cristal del restaurante un puesto de revistas, le restó importancia.
– Es un 1¥ de cambio, vuelva pronto. –Megumi agradeció y, sin que sus acompañantes lo vieran, salió al puesto de revistas. Una vez cerca, se percató de que los productos en venta eran muy viejos.
– Aquellos ojos verdes de mirada serena –dijo la vendedora que ocultaba su rostro con un sombrero de terciopelo desgastado y manchado.
– ¿De qué año datan los periódicos? –preguntó Megumi.
– ¿Es usted ciego, joven?
– No, simplemente... son extremadamente antiguos. Deberían estar en una hemeroteca o algo por el estilo. –Megumi se detuvo a mirar cada periódico, cuándo divisó un rostro. En primer plano aparecía el rostro de la chica con quien compartía viajes en el tiempo, costumbre que dejó atrás cuando conoció a Itadori y a Nobara. El encabezado decía: "Muere mujer llamada Sayuri Lee debido a suicidio por ahorcamiento".
Fushiguro sintió un escalofrío recorrer su cuerpo cuando leyó la fecha de publicación: "19 de junio 1895".
–¿Asustado 22? –la mujer encargada del puesto levantó la mirada y se quitó el sombrero.
–¿Estás muerta?– preguntó incrédulo Fushiguro, mientras el sudor empapaba el delgado papel del periódico.
–Siempre lo estuve. Me abandonaste sin siquiera decir tu nombre
–No…
–Vendrás conmigo, pero primero necesitas estar muerto.
