Getō no entendía como era tan tarde y todavía Gojō no aparecía para que se retiraran a la misión, no era alguien a quien considerara muy puntual o siquiera preocupado por seguir las reglas de misiones, pero sabía que en cuanto se presentaba la oportunidad para salir de la escuela y causar un poco de caos a las maldiciones, era el primero en estar presente para que los llevaran al punto de la misión.

Sin embargo, no estaba ahí.

Se ofreció a ir por él para evitar que Yaga-sensei se enterara del atraso y los reprendiera a ambos, buscando la energía que su amigo poco a poco trataba de controlar más y más.

Demasiado poder en un cuerpo.

Lo encontró tras unos minutos de caminar, estaba en uno de los pasillos que llevaba al gimnasio, aunque no tardó en entender que no eran los deportes lo que tenían distraído a Gojō.

Sino que una persona.

Satoru con una sonrisa en sus labios, la pelota de basketball bajo su brazo, su cuerpo inclinado ligeramente hacia el frente mientras escuchaba atentamente a Utahime, lucía muy feliz y ella usualmente molesta mientras parecía estar explicando algo con su ceño fruncido y su espalda apoyada en la espalda, acorralada por él, pero sin tratar de apartarse cuando realmente podía hacerlo.

Getō sonrió tratando de entender cual sería la causa ahora para tal escena, pero sabía que era absurdo tratar de encontrar alguna explicación cuando era obvio que Satoru no necesitaba una razón real para molestarla, siempre buscando alguna reacción de la senpai de ambos.

Suspiró ante esto y se acercó, todavía invisible para ambos, a pesar de que no se había ocultado.

Demasiado concentrado el uno en el otro.

—Satoru— llamó a su amigo, su atención no apartándose completamente de la joven Miko, quién pareció sorprendida con su presencia. —Utahime-senpai.

—Buenas tardes, Getō-san— saludó ella, de pronto su expresión había cambiado de desafiante con Satoru a una más tranquila cuando lo miró, aunque obviamente su amigo no estaría tranquilo con que él le robara la atención de la joven mujer.

—Oi— el peliblanco llamó la atención de la hechicera, quien volvió a fruncir el ceño.

—Ya lo hablamos, no seguiré con eso-.

—Satoru, tenemos una misión, ¿lo olvidas?— trató de captar la atención de su amigo, intentando que aquello no significara atrasarse más.

—Y debes irte. Así que, nada más.

Getō continuaba sin entender nada, solamente los observó atentos aunque incapaz de escuchar lo que él murmuró y ella respondió en el mismo tono de voz bajo, casi inaudible. Sin embargo, pestañeó un par de veces tratando de discernir si lo que vio era real cuando ella tocó el pecho de él con su dedo indice.

Una, dos y tres veces.

Recalcando lo que estaba hablando.

Y la ropa bajo su dedo se movió.

No había nada entre ella y Satoru.

Eso si era particular.

Su amigo sonrió y ella hizo una mueca con su boca que claramente trató de esconder una sonrisa antes de girarse y salir de ahí.

—Adiós Getō-san, espero que tengan una misión tranquila— dijo la senpai de ambos, sin siquiera realmente voltear a verlos, pero Satoru no apartó su mirada de ella, siguiéndola. Estaba seguro de eso, a pesar de que le daba la espalda y llevaba su lentes puestos. Las palabras de ella eran simple amabilidad y cortesía, lo sabía, después de todo eran

—¿Dónde es la misión?

—Shizuoka— respondió ante la pregunta de él, atento a sus movimientos cuando se volteó todavía con la sonrisa en sus labios y caminó hacia él, pasando incluso a su lado.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

No se atrevió a preguntar, más que nada para no arruinar la idea de que Satoru se aseguraría de terminar esa misión rápido para volver pronto, incluso parecía más enérgico de lo común cuando tiró la pelota a un lado y el impacto resonó en el pasillo, efusivo por irse pronto y algo le decía que Utahime tenía que ver.

—Debemos regresar pronto.

Definitivamente Utahime tenía mucho que ver.

Ella era la única razón para un Satoru tan feliz.