16 "El Señor de los Muertos"

Cravin' – Stileto, Kendyle Paige

Ubicación: El Averno, Reino de Hades.

Espacio: Sagrada Línea Temporal.

Tiempo: 8 de julio de 2024.

Thor, Loki y Sif corrían a toda velocidad por los túneles del Inframundo, golpeándose con los obstáculos de vez en cuando ante la oscuridad creciente de algunos tramos de la gruta. Cerbero, el temible perro guardián del Inframundo, los seguía de cerca, sus tres cabezas gruñendo con furia, cada gruñido más aterrador que el anterior. Ninguno de los tres quería separarse, no después de haber perdido a Sigyn y Valkiria. Pero la bestia les pisaba los talones y, pensándolo bien, dividirse en la próxima bifurcación que encontrasen no sonaba tan mala idea, pues incrementaría las probabilidades de supervivencia, para dos de ellos al menos.

—¡Esto es ridículo! —bramó Thor mientras intensificaba su esprint—. ¡Somos tres! Cada uno de nosotros puede encargarse de una de las cabezas de ese maldito lobo. Deberíamos dejar de correr como cobardes. Nos hemos enfrentado a peores bestias que él.

Sif, con la respiración entrecortada, lo miró con incredulidad mientras intentaba no quedarse atrás. Thor era rápido, pero Loki lo era aún más, pues sus zancadas eran las más amplias de todas. Y ella, más acostumbrada a los duelos que a las maratones, lidiaba con problemas de equilibrio desde que había perdido una de sus extremidades.

—Eso sería más prudente en una estancia más amplia —replicó ella, señalando con un gesto la estrechez del túnel—. Además, ¿te has olvidado de que solo tengo un brazo? O escalo al lomo de la enorme bestia, o la decapito. No puedo hacer las dos cosas a la vez mientras intenta zamparme de un bocado.

Loki, que hasta ese momento había mantenido el ritmo a regañadientes, les lanzó una mirada llena de desprecio.

—No piensas, Thor. Nunca piensas —espetó, sus ojos brillando con furia contenida—. Por ese motivo me has separado de Sigyn.

—¿Quieres que piense? ¡Genial! Empecemos a pensar. Primero en Cerbero, y luego en Sigyn y Valkiria. Pongamos nuestras prioridades en orden. ¿Qué estás sugiriendo, que me preocupe más por tu prometida que por la seguridad de todos nosotros?

—Sigyn nos ha advertido sobre Cerbero —razonó Loki—. Es una criatura sobrenatural del Inframundo, y matarlo no solo sería increíblemente arduo, sino también ofensivo para Hades. No estamos aquí para añadir un enemigo más a la lista, sino para negociar con él . Deberíamos evitar al perro con astucia o calmarlo, no enfrentarlo como brutos unineuronales.

Thor lo fulminó con la mirada, pero Loki no se detuvo, y sus palabras siguientes fueron aún más mordaces.

—Y Sigyn es mi prioridad, por supuesto. Por tu culpa, ahora no sé a qué peligros se estará enfrentando. Ella confió en mí para tomar el camino de la derecha, pero tú me has arrastrado al de la izquierda sin cuestionártelo —Loki le lanzó un golpe verbal, cada palabra más ponzoñosa que la anterior, como era su intención—. Pero claro, ¿qué más podría esperar de alguien que ha olvidado lo que es preocuparse por su mujer?

Las palabras de Loki cayeron con la precisión de una flecha, y Thor se tensó y apretó la mandíbula, su rostro enrojecido por la rabia. El recuerdo de Jane, de su batalla contra el cáncer, la impotencia de no haber podido hacer nada para evitar esa pérdida, se clavó en él como una astilla.

—No hables de lo que no entiendes, Loki —advirtió Thor—. La muerte de Jane no me ha hecho insensible. Sin embargo, a ti, la idea de perder a Sigyn ahora mismo te está convirtiendo en un imbécil.

Loki resopló por la nariz, en parte por la frustración, en parte por la carrera, que ya empezaba a afectar sus reservas de energía. Por un momento, no dijo nada, reconociendo la verdad en aquellas palabras. Pero la verdad no calmaba su enfado, por irracional que fuera en aquellos momentos.

—¡Es increíble!—continuó Thor, difícilmente conteniendo el enojo y optando por exteriorizar la misma crueldad que le había profesado su hermano momentos antes—. Después de siglos de tratar a las mujeres como simple atrezo en tu cama, ahora te atreves a proclamarte un hombre íntegro solo porque te has prendado de una como nunca.

—Mira quién fue a hablar. En ese sentido, siempre has sido peor que yo. ¿O es que también te has olvidado de eso? ¿Has olvidado lo que fue tu adolescencia, Thor?—bufó Loki, soltando una risita de desprecio.

—Yo maduré el día que padre me desterró. Tú te quedaste estancado en la búsqueda de satisfacer tus propias necesidades dentro y fuera del lecho. Siempre has tenido ambiciones ocultas. ¿Todavía también las tienes? No, puede que, en lugar de eso, simplemente le estés ocultando algo, como haces siempre con todos. ¿Te has convertido en un hombre nuevo de verdad, Loki? El Oráculo dijo que estás cerca de caer en la misma dinámica de siempre. ¿El amor repentino te tiene demasiado confundido?

En medio de toda la discusión estaba Sif, pensando que, aunque la historia de amor entre Thor y Jane la hubiera amargado en el pasado, el imbécil de Loki había sido sucio en sus palabras. Peor aún, había encendido una mecha ahora imposible de sofocar. Se le ocurrieron miles de posibles reproches, pero la guerrera, notando la tensión creciente y lo rápido que estaban escalando las cosas, vio mucho más inteligente intervenir con un tono conciliador. Además, Loki le había salvado antes en la barca, a pesar del desaire con el que siempre había respondido a su desprecio. Pudo no haber intervenido, pero lo hizo, incluso aunque Valkiria y Sigyn ya hubieran saltado a su rescate y pudieran haberse apañado bien solas.

—Este no es el momento de pelear entre nosotros —dijo la guerrera con la severidad de siempre.

Los hijos de Odín la ignoraron con descaro para desafiarse con miradas chispeantes. Se mantuvieron así durante unos instantes más de la carrera, con el rostro arrugado de la cólera. De pronto, Loki dejó escapar un gruñido de fastidio y se abalanzó sobre su hermano, lanzándolo al suelo a pesar de la bestia que los perseguía. O puede que precisamente por eso. A Sif le llevó unos instantes darse cuenta de que Loki se había lanzado con Thor a la seguridad de una oquedad en el suelo, una especie de madriguera por la que Cerbero no cabría. Miró atrás unos instantes, advirtiendo al can tomando una postura de asalto ante la inmediatez de atraparla, y así, la guerrera se lanzó al agujero como si estuviera zambulléndose en el mar.

Aquel vacío de la cueva no se trataba de una madriguera sin salida. Los héroes se precipitaron por el angosto camino rodando sobre sí mismos, con Thor y Loki aferrándose el uno al otro y desatando toda su rabia en la caída. Cuando la pendiente vio su fin, los tres paladearon un momento de respiro. Thor estaba encima de Loki, sujetándolo del cuello de la armadura mientras lo fulminaba con la mirada. Este otro, ya más calmado, aunque igual de exasperado, cerró los ojos, antes de continuar:

—Hay algo que no sabéis…—empezó Loki, su voz un rugido cansado que reflejaba la mezcla de enojo y resignación.

—Sabía que ocultabas algo —replicó Thor con desdén, soltándolo sin mucha consideración. Luego, se reincorporó y se llevó la mano a la nuca. El techo era lo suficientemente bajo como para que tuviera que agacharse un poco.

—Si estoy aquí, es porque Sylvie me echó del Yggdrasil —confesó Loki, sin alterar su postura. Sif, que se había puesto de pie con dificultad, miró alternativamente a los dos hermanos, su ceño fruncido en señal de confusión.

—¿Quién es Sylvie? —preguntó Thor, algo que la guerrera también se moría por saber.

—¿El Yggdrasil existe realmente? —inquirió ella, maravillada porque los antiguos mitos fueran más que leyendas—. Pensaba que era solo una forma de referirse a la región de los nueve reinos en el vasto universo.

—Es mucho más que eso —explicó Thor, cruzándose de brazos mientras trataba de simplificar el concepto—. No es el árbol de los mundos, es el árbol de los universos, y abarca mucho más que los nueve reinos. Loki lo nutre y… lo mantiene vivo.

—Resulta que la vida sí tenía grandezas predestinadas para ti… —se burló Sif, a pesar de la ironía de que alguien como Loki, conocido por su egoísmo y ruindad, estuviera envuelto en una gloria de tal magnitud.

—En cuanto a Sylvie, ella es… una variante de mí mismo. Una versión de Loki de otro universo —explicó el dios, dejando escapar un suspiro mientras se acomodaba para sentarse con mayor comodidad contra la pared—. Sé que suena raro, pero se trata de una amiga por la que me preocupo mucho, y a la que no deseo delegar ese lastre. Desde el principio, el Yggdrasil ha sido mi propósito y, hasta que no encuentre la manera de que sobreviva por sí solo, no puedo dejar a Sylvie en el olvido. Tengo que liberarla, incluso aunque eso suponga… dejaros a todos atrás. Incluida a Sigyn.

—¿Y por qué le haces perder el tiempo con falsas esperanzas? —la furia de Sif estalló con la pregunta, tan dura y acusadora.

—¡Porque esto no es fácil de contar! —respondió Loki, su voz quebrada, pero resoluta—. Porque la quiero tanto, que ese sentimiento me arrolla y me consume por completo. Quiero casarme con ella y vivir todo lo posible antes de marcharme.

La confesión colgó en el aire, una verdad cruda y dolorosa que revelaba el verdadero conflicto de Loki. Entretanto, el eco de Cerbero resonaba cada vez más lejos del túnel, como si se hubiera dado por vencido. Thor, que ahora se compadecía de su hermano, se sentó a su lado en la misma postura.

—Sé que lo que has dicho no iba en serio. Lo siento, yo también he sido cruel en nuestra discusión —reconoció el Dios del Trueno, extendiendo la mano hacia Loki en un gesto de tregua. Loki observó el gesto de su hermano y, mordiéndose el labio, asintió débilmente con la cabeza antes de aceptarlo. Él también lamentaba la discusión, por supuesto. Y Thor lo sabía, porque lo conocía demasiado bien—. La vida siempre te ha puesto en las situaciones más complicadas, Loki. No es justo, pero por eso te admiro tanto, porque siempre acabas resistiendo y saliendo adelante.

Sif tragó saliva. El remordimiento por haber explotado previamente ahora se mezclaba con una comprensión más profunda. Siempre había visto a Loki como un ser vacío y egoísta, alguien que actuaba sin importarle las consecuencias o el impacto de sus actos sobre los demás. Para su sorpresa, resultaba ser tan sintiente como ella, incluso, más sensible y emocional. Todas sus traiciones ya eran cuestión del pasado y se antojaban tan lejanas, que importaban más bien poco. Esta versión de Loki era resultado de vivencias muy diferentes y también de la madurez de la edad.

—Aun así, tienes que contárselo —concluyó Thor, mirándolo con una triste ternura.

—Creo que, después de la visita al Oráculo de ayer, puede que esté muy cerca de averiguarlo por sí sola —lamentó Loki de forma sombría mientras miraba hacia el suelo.

—Con más motivo, entonces, debes hablarlo cuanto antes con ella —la voz de Sif, ahora, fue mucho más calmada. Sus ojos reflejaban una nueva empatía hacia el antaño príncipe.

Thor asintió, con los brazos ahora descansando sobre sus rodillas.

—Es el momento de ser honestos, entre nosotros y con nosotros mismos. Sigyn ha dicho antes que el camino hacia delante requiere claridad, de lo contrario seremos víctimas de esas… criaturas. Por suerte, tú, Loki, ya has dado ese paso.

—Erinias —puntualizó el dios, incapaz de contenerse, siempre en pos de la veracidad y la exactitud de las cosas. Tampoco pudo reprimir aquella sonrisa tan burlona que indicaba que todo volvía a estar bien entre ellos. Así, ladeó la cabeza y observó a su hermano con su característica naturaleza guasona.

—Erinias, eso —Thor le devolvió el gesto—. Lo que sea.

Loki vaciló unos instantes mientras trasladaba la mirada del suelo a Sif. Su sonrisa, lejos de burlona, ahora era apologética. Thor, percibiendo el sutil cambio en la expresión de su hermano, guardó silencio, sabiendo que iba a ser testigo de una conversación un poco más peliaguda.

Intuitiva como siempre, Sif se arrodilló frente a Loki.

—Durante mucho tiempo, he guardado rencor contra ti, Loki —confesó Sif, incómoda por la tensión palpable entre ellos.

—Eso no es precisamente ningún secreto —comentó este con una ironía que pretendía aligerar un poco la situación. Su actitud relajada contrastaba con la intensidad de la guerrera frente a él o la propia intensidad del momento. A decir verdad, fue un intento un poco pobre de mantener la fachada mientras la verdad seguía saliendo a la luz. Sif, con su ceño lleno de censura, lo miró como si ya se estuviera arrepintiendo de lo que todavía no había dicho. No estaba preparada para este momento, a pesar de su deseo de evitar el castigo de las Erinias, pero debía poner fin a esa maraña de cuestiones no resueltas.

—Te he odiado no solo por tus traiciones, que no han sido pocas, sino por algo más personal. Ya sabes lo qué —agregó, alzando las cejas como si aquello pudiera darle alguna pista. Por supuesto, se refería a aquella "broma" que no solo la había humillado, sino que le había hecho sentirse extremadamente vulnerable, como si su dignidad solo hubiera sido un juego para él.

Loki asintió, sin intentar defenderse, ni justificarse esta vez. En aquel momento, recordó el castigo en bucle de la AVT, y vio útil rescatar parte de las palabras que lo habían sacado de él.

—Lo sé. Recuerdo cada insulto que, merecidamente, me dedicaste aquella noche. "Tú, gusano conspirador pusilánime y patético. Espero que sepas que te mereces estar solo y que siempre lo estarás", dijiste. En aquel momento, me dolieron más tus golpes que tus palabras. Ahora, no puedo decir lo mismo.

Sif se estremeció un poco por el eco de su propia crueldad. Recordaba haber sido dura con Loki. Con todo, ahora que había conocido su parte más humana, sentía que su severidad había sido desmedida.

—Ya. Diría que lo siento, pero no es verdad. La humillación fue dolorosa.

Loki, a medida que hablaba, trató de despojarse de las capas de ego y vanidad que había construido a lo largo de los años:

—Sé que, de cara a la coronación de Thor, me volví una persona horrible. Que, incluso antes de eso, ya era insoportable. Te corté el pelo porque… creí que sería divertido. Y no lo fue. En esa parte de mi juventud, intentaba llamar la atención constantemente porque soy un… narcisista. Y también porque me daba miedo quedarme solo.

Loki recordó el verdadero motivo detrás de sus acciones infantiles y su impulso de demostrar su poder sobre alguien que no parecía alinearse con sus sentimientos románticos. En el fondo, cortarle el pelo a Sif había sido reflejo de su incapacidad para enfrentarse al rechazo de manera madura. Después de eso, había encontrado la gratificación superficial en Freya y tendido a quitarle el hierro al asunto durante siglos. Lo suyo con Freya había sido fácil, sencillo, sin complicaciones. En ella había encontrado el placer de lo carnal, por lo que enseguida dejó de esforzarse por establecer vínculos significativos con nadie. Tampoco se había cruzado en su camino ninguna chica que hubiera merecido la pena. Al poco, en los años precedentes al destierro de Thor, cuando lo suyo con Freya había alcanzado su fin, Loki había pasado a ambiciones mucho más siniestras. Ahí sí había usado al género femenino como meros objetos en su lecho, incluso también a los hombres. Ni siquiera se acordaba de la cara de todas esas conquistas. En cualquier caso, reconocer su encaprichamiento pueril por Sif ahora no tenía sentido, pensó, así que continuó tejiendo su disculpa de la forma más franca que pudo:

—No sé cómo borrar lo que, durante tantos años, me pareció una simple travesura. He hecho cosas de las que no estoy orgulloso, y solo ahora sé que lo que te hice a ti fue el resultado de una inmadurez y una necesidad desesperada por dejar de ser, a ojos del resto… insignificante—dijo Loki, con un tono de sinceridad desgarradora. Su autocrítica era evidente, y su deseo de redimirse parecía genuino.

Sif lo escuchó, y sus ojos se suavizaron al entender lo que Loki quiso decir. A pesar de sus reservas, la perspectiva de Loki sobre sí mismo era coherente. Lo cierto es que nunca le había parecido insignificante. Molesto, desesperante, eso sí. No obstante, siempre había sido parte del grupo, incluso cuando intentaba separarse de ellos. Juntos habían vivido aventuras que los había llevado a rozar lo extremo. Habían tonteado numerosas veces con la muerte y vuelto a Asgard entre carcajadas por haber sobrevivido sin ningún rasguño. A pesar de su enfado, le explicó Sif, aquellos momentos habían tenido un especial significado para ella.

—Dices que has cambiado, pero he visto tantas caras de ti, que me cuesta creer que esta sea la definitiva. Ojalá lo fuera. Por desgracia, eres un ser cíclico, impredecible, caprichoso, capaz de herir a los demás fácilmente, aunque no sea tu intención. Experto en hacer daño, especialmente cuando es tu intención —añadió Sif, su voz cargada de auténtica censura—. Por eso me cuesta confiar en ti, Loki. Si realmente has madurado, si Sigyn es capaz de ver la bondad en ti… Entonces, estoy dispuesta a intentarlo yo también. Lo cual no significa que no vaya a darte más que un puñetazo si te lo mereces, me molestes personalmente o no.

—Lo tendré en cuenta —respondió Loki, con una pequeña sonrisa en el rostro y una chispa de humor en la voz—. Lo siento, de verdad. ¿Ayudaría decir que el negro te favorece más que el rubio?

Sif no pudo evitar una sonrisa irónica al escuchar la respuesta de Loki. Sin embargo, su expresión desapareció cuando soltó aquel comentario sin gracia. Además, tampoco era como si ahora fueran a ser mejores amigos. Podía darse con un canto en los dientes por haber recibido un gesto relativamente risueño por su parte.

—No —respondió Sif con sequedad, rechazando la burla de Loki.

Se levantó rápidamente y comenzó a caminar hacia el túnel, adelante, la única dirección posible para ellos. Los hermanos, todavía sentados, se miraron mutuamente. Thor compartía una sonrisa de puro orgullo. Así, rodeó a Loki por los hombros y lo congratuló con camaradería.

—Vamos, hermano —dijo Thor con un guiño de complicidad, su mano en el hombro de Loki un símbolo de reconciliación y apoyo. La tensión entre ellos había sido aliviada, aunque el camino hacia adelante aún estaba lleno de incertidumbre.

Continuaron avanzando por los sinuosos túneles del Inframundo, sorprendidos por la quietud del trayecto y la ausencia de nuevas amenazas, entre ellas, la que más habían temido: el juicio de las Erinias. Por supuesto, la falta de peligro siempre era algo de lo que alegrarse, pero podía significar que lo que les aguardaba al final fuera a ser el desafío más difícil de todos. Debían estar cerca del Palacio de Hades, ¿no?, pensaron, agradecidos no obstante del intenso momento de honestidad que habían compartido entre ellos. Aquella había sido una escena que ya casi se antojaba como un recuerdo, tan callados habían estado desde que habían retomado el camino, con Thor rompiendo el silencio solo de vez en cuando con sus ridículas bromas de siempre.

—El trayecto ahora está siendo demasiado tranquilo —reflexionó Sif, intentando aportar algo de seriedad a la situación—. Es casi como si estuviéramos siendo observados, pero aquí no hay nadie, nos encontraríamos con él o ella… o ello.

Loki asintió, su mano apretando el mango de una de las numerosas dagas que siempre llevaba encima. No le gustaba la sensación de que algo se cernía sobre ellos, invisible y acechante.

—Las Erinias decidirían que no merecemos la pena. Curioso, pensaba que se me abalanzarían en cuanto advirtieran mi presencia —comentó con una sonrisa irónica, tratando de aligerar la atmósfera. Con todo, el peso de la amenaza no se disipó tan fácilmente.

—¿Crees que nos estamos acercando a Palacio? —preguntó Thor, ansioso ya por llegar a algún tipo de punto de control, algo que les indicara que estaban progresando en la aventura de alguna manera, ya fuera para bien o para mal.

—Es posible —respondió Loki, con la mirada clavada en el camino que se abría ante ellos, cada vez más amplio e iluminado—. Pero nunca he oído hablar de un dios que invite a los enemigos de su estirpe a casa sin una trampa. Y menos de uno como Hades.


La estrechez comenzó a volverse más amplia, más iluminada, como si de pronto se encontraran a escasos metros de la superficie de la tierra o de una salida por la que se colaba el cierzo, el sol y el suave canto de los pájaros. Una falsa apariencia, tenía que ser, como un oasis en medio del desierto. La vasta antecámara, pensó Loki, se trataba de un espacio que irradiaba un candor chocante. Aquel sitio no podía ser otro que lo que llamaban "La tentación del trono". Los objetos desperdigados por toda la estancia solo reiteraron su hipótesis. Era un lugar de pruebas, donde los deseos más profundos se manifestaban como espejismos, tan seductores como peligrosos. Los héroes escudriñaron la sala, recorriéndola de un lado al otro y absorbiendo cada detalle. Entonces, se detuvieron en un pedestal elevado, donde reposaba un enorme trono dorado que no escatimaba en opulencia. Una réplica exacta del trono que había ocupado Odín durante milenios, esperando a ser reclamado.

—¿Y esto…? —susurró Sif, deteniéndose de golpe ante lo familiar y turbador de la estampa.

—"La tentación del trono" —confirmó Loki, pasando su mirada sobre el esplendor dorado sin detenerse demasiado—. Una ilusión bastante lograda que, por fortuna, somos capaces de percibir.

Sí, la luz del antinatural ambiente hacía brillar al trono de forma sospechosa hasta para aquel que más lo había codiciado. En cualquier otro tiempo, habría captado toda la atención de Loki, pues representaba su obsesión más antigua. Dicho de otro modo, era el símbolo del poder, la veneración y el reconocimiento que tanto había demandado y ansiado para sí mismo. No obstante, el anhelo que tiempo ha lo había consumido estaba ahora extinto, como una llama sin oxígeno. Sin siquiera un vistazo de reojo, Loki lo pasó de largo. Su mirada estaba fija en una puerta siniestra de obsidiana. Los miraba con ojos críticos, casi burlones, como juzgando si eran dignos de pasar al Palacio de Hades.

Thor y Sif, que habían observado a Loki con creciente tensión, exhalaron aliviados al ver que el dios no había cedido a las macabras provocaciones del Averno. Ellos también habían pensado que era el más susceptible a las seducciones del lugar, que tan bien conocía la esencia de los desafortunados intrusos. Verlo avanzar, impasible ante el trono que había simbolizado su deseo más ferviente, les dio esperanza. Puede que sí hubiera cambiado. Con todo, justo mientras Loki analizaba la puerta al Palacio de Hades, algo inesperado comenzó a materializarse a sus espaldas, dejando las palabras de antes en el aire. Aquel espejismo, a diferencia del trono, no era grandioso ni dorado, sino tierno y reconfortante, y por tanto mucho más irresistible.

—Hermano… —llamó Thor, su voz cargada de alerta. Pero él ya no respondió.

Ante él se acontecía una escena que le agarrotaba los pulmones. Se vio transportado a su nuevo hogar en Nueva Asgard, no como el dios condenado a la soledad. Estaba junto a Sigyn, su perdición, y ella se veía radiante como nunca. Su sonrisa era suave y rezumaba una felicidad casi impropia de ella. Frente a ellos, dos niños de unos ocho años jugaban alegremente. Sus risas llenaban el aire de una música que jamás había imaginado escuchar. Los mellizos, de espaldas a él, eran una promesa de algo que había creído imposible: una familia propia. Aunque no podía ver sus rostros, sentía un vínculo inexplicable con ellos, un magnetismo profundo que lo ancló a la escena inmediatamente.

Aquella Sigyn pareció percatarse de su presencia y no dudó en acercarse de forma risueña, demostrando que la exactitud del espejismo era tan exagerada, como hechizante. Para él, la imagen era tan realista, que se creyó que era ella de verdad.

—¿Dónde estabas, Loki? ¿Perdiendo el tiempo, como siempre? —preguntó la ilusión de forma retórica, colocando sobre él su característica corona cornuda de oro que indicaba su posición como rey. En aquel momento, Loki se sintió orgulloso, no por el familiar metal que adornaba su cabeza, sino por la mujer frente a él y los hijos que correteaban por la estancia. Era feliz, tranquilo, sin preocupaciones, ni temores.

Mientras la visión se desarrollaba, Sif intentó romper el embrujo de las palabras de aquella aparición.

—Loki, esto no es real —dijo, acercándose con cautela él, y también con una creciente desesperación—. Sigyn no está aquí. Lo hemos hablado antes.

—¿Perdiendo? ¿Qué? No, pensaba que eras tú quien se había perdido —matizó Loki, como hipnotizado, a pesar de la intervención de Sif. La sonrisa de Sigyn era sutil, y denotaba una cierta extrañeza que no pudo percibir.

—Bueno, acabas de encontrarme —respondió con dulzura, rodeándole el cuello con los brazos y acercándose a él, probando una vez más que la falsedad del espejismo era imperceptible. Al menos, para los ojos de la presa.

Thor, observando la escena con creciente furia, no pudo evitar añadir:

—Hermano, escucha. Sabes que, muy a tu pesar, esta no es la vida que puedas tener pronto. Es una farsa, y tú de eso entiendes mucho. ¡Tienes que despertar!

Pero Loki no parecía oír nada de lo que decían. Estaba centrado en ella, en el calor de su cuerpo, lo sosegado de su respiración moverle el pecho arriba y abajo, el embriagador tacto de sus caricias en la nuca. Por supuesto, todo era obra de su mente, que había sido embrujada hasta tal punto, que se había olvidado de sus acompañantes ya por completo. Mientras más se sumergía en la visión, más se alejaba de la realidad.

Sif, sintiendo la urgencia del momento, gritó con más fuerza, incluso lo tomó del brazo con vigor.

—Loki, por favor. No puedes perderte aquí. No ahora, tan cerca de culminar la misión. ¡Despierta! ¡Me obligarás a darte el puñetazo ese que te he prometido antes!

Loki notó que el peso de sus responsabilidades, de sus deberes cósmicos y de su destino en el trono de más allá del tiempo, todo eso había empezado ya a desvanecerse. Esto era lo que verdaderamente deseaba. No quería ser un rey en una silla dorada del vacío, ni guardián de nada. Quería estar aquí, con Sigyn, con esos niños cuyo futuro veía tan claramente a pesar de no ver sus rostros. Estaba tan cegado, como sordo. No oyó los gritos de Thor y Sif intentando contagiarle algo de cordura. Bueno, los percibió. Pero no mostró capacidad de atención.

A ojos de estos, la tentación de Loki parecía una grotesca caricatura de la realidad, como si alguien hubiera montado una obra de teatro con un presupuesto miserable. Todo en la escena emanaba una falsedad tan obvia que resultaba casi insultante. La imagen que se desplegó ante ellos mostraba a Loki una versión idealizada de Nueva Asgard, rodeado de esa luz dorada que todos habían sabido, desde el principio, no encajaba con el sombrío ambiente del Inframundo. La cabaña en la que se encontraba era una imitación burda del verdadero hogar de Sigyn. Y ella, la mujer que Loki amaba, estaba en el centro de la escena, cómo no. En la mente de su hermano, pensó Thor, siempre estaba ella. Primero y, ante todo.

Vestía un sencillo vestido blanco, vaporoso y tan brillante, que, en realidad, resultaba molesta a los ojos de quienes sabían la verdad. Su sonrisa era demasiado amplia, sus gestos demasiado exagerados, como si alguien hubiera tomado el concepto de la felicidad y se hubiera pasado de rosca distorsionándola. A su alrededor, dos figuras infantiles, que debían representar a los hijos de ambos, se movían con una torpeza que solo se explicaba por la falta de vida en ellos. No se les veía el rostro. Siempre les daban la espalda, como si fueran meros maniquíes sin expresión ni personalidad propia. Las risas que resonaban en la escena eran huecas, como si se tratara de una grabación mal editada, repetitiva y sin alma. Ver a Loki así, casi hipnotizado, llenó a Thor y a Sif de una rabia indescriptible. Todo parecía una farsa mal ensayada, tan evidente que la única sorpresa era que el Dios del Engaño hubiera caído en ella.

—Esto es ridículo —murmuró Thor entre dientes, mirando con desprecio la escena distorsionada frente a ellos—. Es como si el mismo Hades estuviera burlándose de él. De nosotros todos. Se supone que mi hermano es el dios más poderoso del universo. Del multiverso. Esta situación le tiene que estar complaciendo muchísimo.

Thor, observando con el ceño fruncido, sintió que la escena estaba diseñada para manipular a su hermano de la manera más barata y obvia, pero efectiva. No había nada de verdad en aquella representación, solo un intento desesperado del Inframundo por atrapar a Loki en una mentira que, a ojos de cualquiera, se veía falsa y hueca. De pronto, comenzó a plantearse si Hades quería negociar realmente con ellos, o si aquello se trataba de una trampa. Antes de averiguarlo, debería sacarlo del engaño.

¡Pues claro! Un puñetazo, o un golpe, era lo que su hermano necesitaba con desesperación. La decisión fue rápida, dolorosa, pero necesaria. Avanzó hacia él, y con un movimiento rápido y certero, lo golpeó en la cabeza, un golpe lo suficientemente fuerte como para dejarlo inconsciente, pero no para herirlo gravemente. Cuando Loki se desplomó, y la visión se desvaneció ipso facto, como humo disipado en el viento.

Thor observó el cuerpo inconsciente de Loki con tristeza. Sabía que, al despertar, se llevaría consigo la añoranza de un futuro que no podía tener. Pero también sabía que había hecho lo correcto.

—Lo siento, hermano, pero no puedes quedarte aquí —murmuró Thor, cargando a Loki sobre el hombro con cuidado—.Ya hemos pagado a Caronte nuestro viaje de vuelta a la Tierra.

Sif tragó saliva y siguió a Thor hasta situarse frente a la puerta de obsidiana. Thor, que tan entusiasmado y resuelto había comenzado aquella aventura, de pronto dejó entrever una sombra de duda. Su mano libre apretó la empuñadura de Rompetormentas, buscando confort en el frío del metal. Sif, a su lado, mantenía una expresión firme, pero sus ojos la traicionaban. Estaba muy nerviosa.

—La puerta al Palacio de Hades, asumo —comentó la legendaria guerrera, que no pudo evitar sentir una pincelada de aprehensión al ver a Loki inconsciente a hombros de su hermano. Ahora que lo pensaba, se dijo arqueando las cejas, nunca lo había visto tan calladito.

—Supongo que sí. Sigyn lo ha descrito como la antesala a sus dominios.

—¿Por qué iría a sabotearnos de esta manera si tanto quiere negociar con nosotros? —se cuestionó Sif, dejando claro que compartía la misma sospecha de Thor sobre las intenciones de Hades.

—Puede que nos haya querido poner a prueba, comprobar que somos unos aliados merecedores de su atención. Puede que todo esto solo sea una forma de divertirse. O puede que, en realidad, solo quisiera tendernos una trampa. No lo sé, supongo que ahora saldremos de dudas.

Todos habían oído historias de Hades, el enigmático dios del Inframundo, pero ninguno lo había enfrentado antes. Decían que, aunque un poco loco, era razonable a la par que implacable. No jugaba con los vivos como hacían otros dioses. Pero también era pragmático. Puede que quisiera algo a cambio de ayudarlos. Como rey, siempre buscaría lo que más le convenía. Sif, cruzando los brazos y observando la puerta con cautela, lanzó una mirada significativa a Thor, que de pronto se mostraba algo… inseguro.

—Nosotros hemos llegado al final, pero ¿crees que Sigyn y Valkiria también? Si les ha pasado algo, no podría perdonármelo.

—No lo sé, no sé si estarán al otro lado. Esperemos que sí.

Con esa última esperanza, se prepararon para lo que venía, sabiendo que al otro lado de la puerta no solo estaba Hades, sino también las respuestas a todas sus preguntas.

Mientras Thor y Sif cruzaban la puerta de obsidiana hacia la vasta ciudad subterránea, Valkiria y Sigyn se enfrentaban a un peligro inminente del que ellos no tenían ni idea. La Niebla de Leteo, un velo etéreo y engañoso que flotaba en el aire con una apariencia de bruma inofensiva, se había cruzado en el camino de las asgardianas. Conocida por sus efectos devastadores, poseía la capacidad de provocar una amnesia desorientadora en aquellos que la inhalaban por un tiempo prolongado. Distorsionaba la realidad y provocaba que los recuerdos comenzasen a desvanecerse progresivamente, sin importar cuánto luchasen las mentes fatigadas por mantener la claridad.

Valkiria y Sigyn podrían estar olvidando quiénes eran en aquellos instantes. E incluso aunque lograsen avanzar a una situación más segura, no estarían a salvo aún. Una nueva gruta las llevaría a las proximidades del Tártaro, la temida prisión de los titanes. Era una celda inmensa que contenía a los poderosos y malignos, condenados a una existencia interminable de confinamiento. Thor y Sif, ajenos a las adversidades de sus compañeras, avanzaban con la pesada carga de Loki y con una creciente incertidumbre sobre lo que les esperaba en Palacio. La realidad de la Niebla de Leteo y la amenaza inminente del Tártaro estaban ocurriendo en paralelo, y su desenlace permanecería incierto hasta que todas las piezas del rompecabezas se unieran finalmente.


La travesía por la interminable espiral que rodeaba la torre de Palacio se convirtió en una verdadera prueba en sí misma. Cada paso que daban suponía un esfuerzo titánico, como si la gravedad se hubiera multiplicado para ralentizar su avance. La escalera de caracol se enroscaba eternamente, y el vértigo amenazaba con hacerlos caer en cualquier momento. La luz tenue que emanaba de las antorchas desperdigadas descuidadamente por los peldaños, estrechos y desgastados por el paso de incontables eones, apenas era suficiente para iluminar el siguiente tramo. No había barandillas ni paredes que ofrecieran protección, solo un vacío insondable que se abría a ambos lados, amenazando con engullir a cualquiera que tuviera una mala pisada. A lo lejos, podían ver las luces que emanaban desde la cúspide, un resplandor tenue y engañoso que prometía una llegada inminente, pero que nunca terminaba por llegar.

Thor, con Loki aún inconsciente sobre sus hombros, sentía cómo cada músculo de su cuerpo protestaba bajo el peso de la fatiga y la carga tanto física como emocional que llevaba consigo. Sif, a su lado, mantenía su habitual firmeza, pero él podía percibir la tensión en su respiración o la rigidez en su postura. Ambos avanzaban en silencio, concentrados únicamente en llegar a la cima. Tras lo que parecieron horas de esfuerzo, finalmente, llegaron.

La sala en la que entraron era más digna de un rey, y desentonaba con la austeridad de todo lo que dejaban atrás. Era vasta y aún sombría, pero no exenta de lujos. El suelo de mármol negro reflejaba de manera distorsionada sus figuras agotadas. En el centro, un trono de obsidiana se alzaba, tallado con relieves que parecían retorcerse de forma mortecina, como si estuviera hecho de cera derretida. Allí, sentado con una pose relajada y una sonrisa socarrona en los labios, estaba Hades, el Dios del Inframundo, observándolos con una mezcla de curiosidad y diversión.

El aspecto de Hades era intrigante, y poco tenía que asemejarse al del legendario Zeus. Este era, a simple vista al menos, más joven. Su piel era de un tono ceniciento, cabello oscuro corto y alborotado, y sus ojos, de un azul profundo, reflejaban una frialdad calculadora. Asimismo, su mirada era penetrante.

Thor mantuvo la cabeza alta, decidido a no dejarse intimidar. Recordó las palabras de Loki al comienzo de la odisea: "No puedes hablar a Hades como si fuera tu compañero de tragos", pero mientras contemplaba la altiva figura del dios, su actitud socarrona y la burla danzando en sus ojos, decidió ignorar aquella advertencia. Hades no era alguien a quien pudiera tratar con el mismo respeto que concedía a otros dioses, pero tampoco un adversario mucho más temible que el propio Thanos. Thor era directo, sincero, y ya había pecado de sarcástico antes incluso con villanos tan icónicos como el gigante de fuego Surtr. Estaba acostumbrado a enfrentar las situaciones con su característico encanto.

—Bueno, bueno, bueno. Al fin, una visita —saludó así Hades, con una voz que goteaba socarronería—. Esperaba un grupo más numeroso, pero ya me he enterado de vuestra trágica división. Sois los primeros en llegar, y probablemente vayáis a ser los únicos, así que, felicidades, Dios del Trueno. Felicidades, valerosa Sif.

La sala se llenó con una resonancia siniestra y desquiciada. Thor y Sif, jadeantes por el arduo ascenso, no dijeron nada. Necesitaban un momento para recomponerse, y lo hicieron intercambiando miradas significativas. Pese a la tensión palpable, Thor, todavía respirando con dificultad, soltó una discreta carcajada, permitiendo que el silencio hablara por sí mismo. En el fondo, sentía un pinchazo de irritación ante el tono despreocupado de Hades. Ahora más que antes decidió mantener su enfoque, sosteniendo la mirada del dios con la misma firmeza con la que sostenía a Loki sobre sus hombros.

—Aunque… No deberías sentirte tan orgulloso, Dios del Trueno —continuó Hades, inclinándose ligeramente hacia adelante en su trono—. Todos estamos en esta situación por ti. No olvides que fuiste tú quien atravesó a mi hermano con su rayo.

—Ya, bueno. Tu hermano es un idiota —replicó Thor con una media sonrisa, tratando de mantener la conversación en un tono en el que supiera navegar cómodamente. Hades soltó una risa seca, sin molestarse en ocultar el placer que encontraba en aquella respuesta.

—Un sentimiento que comparto —admitió—. Con todo, no deja de ser mi hermano, ¿no crees? Creo que en eso me entiendes. Esperaba más del tuyo, tan omnipotente como es…

El comentario de Hades, aunque pareciese indiferente, volvió a tener una actitud burlesca. Instintivamente, Thor miró a su hermano. Sabía era el más poderoso de los dos, el más poderoso ser de todo, pero también sabía que incluso el más fuerte podía caer si se tocaban las cuerdas adecuadas. Y Hades, al parecer, conocía bien esas cuerdas.

—Es lo que sucede cuando conoces las debilidades de tu adversario —respondió Thor con cierta condescendencia.

Hades asintió, como si aprobara la respuesta.

—Sí, yo las conocía bien. En fin, ha sido entretenido de ver.

Thor, notando un ligero movimiento en el cuerpo de Loki, percibió que no estaba tan lejos de la consciencia como creía. Durante todo el tramo de escaleras, se había balanceado desvanecido en sus hombros, soltando algún gruñido de vez en cuando por la conmoción del golpe y, probablemente también, por la tentación que tan aturdido lo había dejado. Cansado de cargar con él, lo bajó cuidadosamente al suelo, asegurándose de que estuviera lo más cómodo posible mientras Sif se arrodillaba al lado para intentar ayudarle a recuperar el conocimiento del todo.

El Dios del Trueno, cada vez más consciente de la peligrosa naturaleza de la conversación, decidió redirigirla. Comenzó a caminar casualmente por la sala de lujo sombrío, a inspeccionar cada objeto extraño de la estancia, lo cual le daba cierto margen para pensarse sus próximas frases. Estos elementos, cada cual más antiguo y valioso que el anterior, no despertaban ningún deseo en él, sino una incómoda fascinación. Por ejemplo, un conjunto de llaves enormes y corroídas por el tiempo colgaba en un rincón oscuro, cada una de ellas diferente en tamaño y diseño. Eran negras, pero resplandecían con el mismo fulgor de un diamante. Las llaves del Inframundo, forjadas en una era anterior a los mortales, parecían tan pesadas que resultaban inservibles.

Sobre una mesa de oro blanco había un casco de metal oscuro, el famoso casco de invisibilidad que los Cíclopes habían regalado a Hades, permitiéndole moverse entre los mundos sin ser visto. A su lado, reposaba una copa tallada en ónice, aparentemente sencilla, pero cuyo contenido brillaba con un resplandor enfermizo, como si contuviera las almas destiladas de los condenados más destacados. En las paredes, se alineaban espejos antiguos, pero sus reflejos no mostraban a ningún ser sintiente. En lugar de eso, mostraban escenas de sufrimiento y desesperación como si estuvieran sucediendo a tiempo real o sirvieran de portal a las prisiones más crueles del Reino de los Muertos. Más allá, la escultura de una mujer observaba la sala con una expresión hermosa a la par que serena, lo cual llamaba mucho la atención dada la naturaleza tenebrosa de todo.

—Dices que es improbable que nuestras amigas lleguen hasta aquí… No puede ser.

Con una expresión despreocupada, Hades se encogió de hombros y, sin renunciar al tono fanfarrón del momento, se acomodó en el trono. Extendió las piernas con tranquilidad sobre el asiento y se recostó en uno de los brazos, como si todo aquello fuera una mera distracción para él, algo casi insignificante en comparación con su autoridad o con el poder que absorbía del dominio de los muertos, del que era máximo señor.

—Bueno, dependiendo de cómo vaya esta conversación, podréis volver a reuniros. No quisiera quedarme con el alma de una recién embarazada. Es un tipo de condena que nunca resulta agradable —comentó de pasadas mientras se miraba las uñas de forma distraída. Dicho esto, miró enseguida hacia su invitado, esperando no perderse su reacción.

—¿Cómo? —preguntó Thor mientras compartía con Sif una mirada de absoluta extrañeza. Por su parte, Hades sonrió, deleitándose en ese desconcierto, pero sin percatarse del ligero cabeceo del dios semiinconsciente.

—A ver, medítalo un poco —continuó Hades, esta vez de una forma algo más transigente—. A no ser que la valquiria lesbiana haya confiado en los avances de la ciencia, no es muy probable que esté preñada, ¿verdad? ¿Acaso no es más sencillo pensar en tu cuñada?

Thor sintió un escalofrío recorrerle la espalda, aunque no lo mostró. Si aquello era verdad, la urgencia de reunirse con Sigyn y llevarla a la seguridad de la superficie se había vuelto más palpable que antes. El Dios del Trueno dejó uno de los objetos en su lugar correspondiente y se masajeó ligeramente la barbilla, pensativo. Acto seguido, se acercó con calma hasta situarse frente al anfitrión y alzó el dedo índice en su dirección. El dedo era un gesto de censura oculta en un tono de camaradería.

—Sorpresas así no se estropean, Hades. ¿Qué quieres? ¿Por qué nos has citado aquí? ¿Y por qué nos has hecho pasar por tanta trampa?

Hades se llevó el dedo al mentón en una falsa modestia.

—Las trampas forman parte de mi dominio, como tus brazos forman parte de tu cuerpo. No puedo simplemente hacerlas desaparecer.

Thor apretó los dientes, consciente de que Hades jugaba con él, pero decidido a no dejarse manipular.

—Una de ellas casi me arrebata a mi hermano —observó Thor, esta vez con una dureza que no pudo contener. Aquello, lejos de molestar a Hades, solo hizo que esbozara una sonrisa aún más grande.

—Ya, lo siento. Es la más implacable. Precede a mi hogar, al fin y al cabo —replicó este con un tono que sugería que, en realidad, no lo sentía en absoluto.

—¿Dónde están Sigyn y Valkiria? —preguntó Thor, su voz endureciéndose.

Hades alzó las cejas, empezando a sentirse importunado. Entonces, se reincorporó con tedio y extendiendo suavemente la mano frente a él, invocó una bruma compacta que le mostró la imagen de sus compañeras, espalda con espalda. La mirada de Valkiria era desconcertante. Tenía las manos sobre las sienes, como si aquello fuera a ayudarle a mantenerse concentrada. Respecto a Sigyn, ella tapaba nariz y boca con la capa y miraba a todas partes y a ninguna. Era como si percibiera claramente la pérdida de la concentración, o como si estuviera buscando una salida inmediata a esa parte del Averno.

—Todavía viven, pero se encuentran en un sitio que ya han olvidado y no entienden en absoluto —explicó Hades. Dicho lo cual, la bruma se desvaneció como en un silencioso "puf"—. Así funciona la Niebla del Leteo. Hace que uno olvide absolutamente todo, empezando por sus recuerdos más significativos, por su identidad, hasta por los saberes e instintos más básicos, incluyendo el sentido de la orientación, del espacio o del tiempo. De todas las adversidades del reino, esta es mi favorita. ¿No es impresionante?

Thor sintió un nudo formarse en su estómago. Ocultarlo habría sido renunciar a su humanidad, el motor base de sus hazañas heroicas. La desesperación comenzaba a asomarse, pero antes de que pudiera manifestarse del todo, Hades continuó:

—Como ya te he dicho, su salvación depende del curso de esta conversación.

Después de múltiples intentos por espabilar a Loki, Sif dejó escapar una sonrisa de triunfo al ver su primer parpadeo. Aquella sonrisa, aunque muda, resonó por toda la habitación de tal manera que Hades se giró en su dirección, visiblemente intrigado. Loki fruncía el ceño, su cabeza aún nublada por la confusión del golpe que le habían propinado.

—Vaya, veo que el bello durmiente que cargabas en tu hombro vuelve a recobrar el sentido. ¡Menos mal! No os ofendáis, pero esperaba hablar con él. Tenemos una visión afín de las cosas —bromeó Hades, apresurándose por colocarse frente a Sif. Lo hizo como deslizándose por el suelo de una forma fantasmagórica. Ahora, estaba arrodillado con una sonrisa tan dental como ladina. La mujer, advirtiendo la cercanía, tensó la mandíbula y le meneó la cabeza a Loki de forma suave pero insistente, urgiéndole a despertar del todo—. Madre mía, se le pegan las sábanas fácilmente, ¿eh? Loki, señor del multiverso, ¿me oyes? Venga, tú y yo tenemos cosas que negociar.

Loki parpadeó varias veces, luchando por enfocar la vista, como si emergiera de un sueño profundo, vívido, pero nada revitalizante. Una pesadez incómoda se alojaba en su nuca, que ahora sentía contraída y palpitante por un golpe que no recordaba haber recibido. Lo último que su mente alcanzaba a retener eran recuerdos envueltos en sensaciones cálidas y familiares, una felicidad que, en su momento, había parecido tan real como perfecta. Poco a poco, la realidad se impuso. Y con ella, la comprensión de lo que había sucedido. Lo que había sido dulce y deseable ahora era un evidente engaño que había explotado su punto más débil.

Su mirada recorrió la escena hasta encontrarse con Thor, y entonces todo encajó. Sumar dos y dos no fue difícil. Le había dado un porrazo para sacarlo de aquel trance, y, aunque no quisiera hacerle un daño serio… Por las nornas, no había medido su fuerza. Loki le dedicó una mirada cargada de reproche. Por supuesto, pensó con amargura, para Thor, todo se resolvía a golpes.

—¿Me has dejado inconsciente? —demandó un tanto incrédulo, mientras se incorporaba con esfuerzo. Thor se encogió de hombros, esbozando una sonrisa de disculpa muda antes de dirigir una mirada disimulada hacia Hades.

Loki observó al Dios del Inframundo sin alterar su expresión de confusión. Entonces, se irguió en un intento disimulado de desperezarse o, mejor dicho, de aliviar la tensión corporal. En su juventud, había admirado profundamente a Hades, casi de la misma manera en que Thor había admirado a Zeus cuando escuchaban los antiguos mitos de la Tierra. El Dios del Inframundo, con su aura de misterio y poder sombrío, había sido una figura que Loki encontraba fascinante, un espejo oscuro en el que a menudo se había visto reflejado. En los relatos que había leído una y otra vez, Hades siempre destacaba como el dios que operaba en las sombras, que se mantenía apartado del trasero de los otros dioses, gobernando un reino al que nadie más quería descender. Esto era, precisamente, algo con lo que Loki se había identificado siempre mucho. Pero ahora, al observarlo en carne y hueso, se esforzaba por aparentar que no estaba impresionado. Aunque lo lograra con su habitual fachada de indiferencia, la verdad era que Hades sí le parecía impresionante, solo que ya no era ningún referente para él.

—Hades, ¿verdad? Un honor, sí… —saludó Loki, oscilando entre la ausencia de interés (una ausencia fingida) y el sarcasmo—. Ojalá las circunstancias de este nuestro primer encuentro hubieran sido diferentes, pero… No nos lo has puesto nada fácil. Khonshu no fue un anfitrión tan… exigente cuando visité su templo.

Hades soltó una risa divertida, disfrutando del ingenio de Loki.

—Eso denota la inferioridad divina del buitre. El temible Khonshu, no tan temible. Hades lo es mucho más, de forma predecible pero efectiva —bromeó, empleando la tercera persona como solo un arrogante lo haría, lo cual llevó a Loki a arquear una ceja—. Reconoce que yo he hecho las cosas más interesantes.

Loki entrecerró los ojos, escrutando a Hades con la desconfianza adquirida a lo largo de siglos de experiencia. En su estado de semiinconsciencia, había alcanzado a oír parte del diálogo, aunque a trompicones y de forma un tanto distorsionada. Pero había llegado a escuchar lo suficiente como para saber que de sus negociaciones dependía reencontrarse con Sigyn, así que fue directo al grano.

—¿Por qué nos has citado?

Hades se inclinó hacia adelante en su trono, dejando caer la máscara de la ligereza para adoptar un tono más severo y prudente.

—Vais a enfrentaros a los míos —respondió con una calma inquietante—. Francamente, me da igual. Nunca me ha importado mucho lo que les suceda, salvo que tengamos un problema en común que remediar.

—Ya. Estamos hablando de tu hermano —le recordó Loki, con un tono que sugería que no podía entender la aparente frialdad de Hades hacia su propia sangre, a pesar de que él, en el pasado, hubiera pecado exactamente de lo mismo.

Estaba tan convencido de su victoria contra los griegos, que asumió que acabarían no solo condenándolos a una derrota bochornosa, sino a una verdadera masacre. Loki no dudaría en aniquilarlos con tal de asegurar la supervivencia de los suyos y la suya propia. Además, sabía que debía volver al Yggdrasil, por lo que el triunfo era inevitable. Si el poder clarividente del Oráculo era cierto (algo que todavía se negaba a creer, pese a todo), entonces, no moriría, ni perdería. Además, si moría, no habría trono al que volver, ¿no?

—A ti tampoco te importó el tuyo durante un tiempo —Hades lanzó la observación con una mezcla de burla y verdad amarga—. Zeus gobierna el cielo y es el líder de todos. Yo me dedico a mi dominio aquí abajo, así que no interactuamos. Poseidón aún me respeta, teniendo en cuenta que siempre está en medio de ambos. Con todo, la ubicación de nuestros reinos y las responsabilidades que recaen sobre cada uno de nosotros son tan opuestas que, a menudo, nos encontramos en el desacuerdo. Por último, pero no por ello menos importante… Por mucho que deseara visitarlos en el Olimpo, no soy bienvenido allí.

Thor, que había estado observando con expresión tensa, dejó escapar un murmullo cargado de ironía.

—Algo harías…

Hades percibió el comentario y respondió con una sutil sonrisa, burlona como antes.

—La muerte es una compañía poco deseada entre los dioses. Temen lo inevitable, el final de todo lo que conocen. Ese es el primero de los motivos por los que me excluyen. Me aislaron cuando, en el reparto del universo, me llevé la parte más difícil. ¿Por qué iba a ayudar a quien me rechaza injustificadamente?

Loki enseguida supo que Hades no mentía. Conocía lo que se sentía por el rechazo deliberado de los suyos. Aunque su familia nunca se hubiera dado por vencida con él, la realidad es que Loki jamás había sido una figura venerada en la corte. El resto de Æsir siempre lo había alejado del círculo por lo siniestro de su carácter y sus pesadas tretas. Con todo, consciente de que ninguna ayuda vendría sin un precio, respondió con la experiencia de quien ha aprendido a no confiar en las ofertas que parecen demasiado buenas para ser verdad.

—Pensaba que estabas satisfecho con tu papel como soberano del Inframundo. Que habías encontrado consuelo en lo que otros considerarían un destino amargo. Te gusta esto. Es cómodo y está alejado del bullicio y de la superficialidad del Olimpo —dijo Loki, en su razonamiento oculto un análisis de la situación mucho más exhaustivo.

—Sí, me lo tomo muy en serio —asintió Hades, con solemnidad—. El Inframundo es crucial en el equilibrio de la vida y la muerte. Pero eso no justifica mi aislamiento. Por mí, podéis darles una buena sacudida y decirles que Hades les manda saludos.

—La ayuda nunca viene desinteresada —replicó Loki, consciente de que nada en este trato sería simple.

Hades asintió, sin perder su sonrisa, esta vez más afilada y aguda que antes.

—Por supuesto que no. Te presto a Cerbero, mi fiel guardián. Ya lo conoces, es un perro adorable, ¿verdad? A cambio, quiero una de dos cosas. Si perdéis la guerra, pero sobrevives milagrosamente, yo me quedaré con tu trono. Si caes en batalla, tanto tu alma como el trono que dejes vacío caerán las dos en mis manos.

Loki arqueó una ceja, sorprendido por la audacia de la demanda.

—Será una broma —dijo, intentando mantener su voz firme. Por un lado, y a pesar de que la muerte no entraba en absoluto en sus planes, no le hacía demasiada gracia que su alma acabara en un lugar como este. Por supuesto, antes prefería acabar en Helheim. Pero no se trataba de eso. Si Hades quería su alma había un motivo de peso, como hacer suyos todos sus poderes y habilidades, por ejemplo. Por otro lado, estaba el tema del trono. A Loki no le gustaba esa responsabilidad, y la regalaría si pudiera, pero no se la entregaría a cualquiera tampoco. Después de todo lo que había vivido, sabía que apenas nadie estaba capacitado para ese rol. No solo requería una magia sobrenatural, sino que requería de una fortaleza mental colosal—. Para empezar, deberías hacer las paces con la idea de que puede que sea tu hermano quien caiga en batalla, en cuyo caso tendrías su alma pululando por aquí. Además, el multiverso necesita a alguien estable en las riendas.

—Tú no eres estable, precisamente —replicó Hades con una voz cantarina que ocultaba tras de sí un matiz de reproche—. Y la idea de torturar a mi hermano durante la eternidad no me acobarda. Al contrario, sería un final poético para él, que tanto perpetúa nuestra separación.

—No sé yo, Hades… —susurró Loki, dejando claro que no le parecía un candidato adecuado para la responsabilidad del trabajo. En general, el dios griego estaba pidiendo demasiado—. Además, ¿es que no tienes una mujer a la que amas? El trono te alejaría de lo bueno que tienes aquí. Créeme, por experiencia te digo que no querrías eso para ti mismo.

Hades dejó escapar un suspiro nostálgico que llevaba consigo siglos de un amor enrevesado y mucho, mucho pesar.

—Ah, sí, Perséfone… —respondió Hades, permitiendo que su mirada se dulcificara durante unos instantes—. Nuestra relación es más complicada que la tuya con esa rubia guapa, pero eso es cosa mía. Quiero el trono para elevarme por encima de Zeus. Y no hay nada más elevado que el Olimpo, salvo ese árbol que llamáis el Yggdrasil.

Loki, ya completamente recuperado de su anterior trance, no pudo ignorar el giro oscuro que había tomado la conversación. Caminaban sobre terrenos resbaladizos, pero no dejó que la indecisión lo abrumara y continuó calculando el posible desenlace de las cosas.

—No perderemos. Entonces, ¿qué pasará? —quiso saber, tan cortante como una hoja. Aquella inicial afirmación no fue un arrebato de arrogancia, sino más bien la certeza de que sabía ya, de antemano, el resultado de las cosas. En su mente, Hades estaba haciendo un trato que no le convenía. Con todo, el dios griego no pareció reparar en nada de esto. Desconocía los motivos para la certidumbre de su aliado, y, aunque los odiaba, confiaba en la superioridad de los suyos.

Pero, así como Loki estaba convencido de la victoria, Hades también lo estaba. Con la astucia de quien ha jugado este juego durante eones, el Dios del Inframundo replicó con suavidad:

—Entonces, recuperaré a Cerbero, satisfecho con haber visto el mundo arder durante unos instantes. En cualquier caso, si estás tan seguro de que prevalecerás, no deberías temer aceptar mi propuesta.

Mientras Loki consideraba la oferta de Hades, preocupado por esa ínfima posibilidad de ser castigados por la mala fortuna, el recuerdo de Sigyn lo atravesó como un relámpago, diciéndole que, a veces, las cosas se reducían a una simple cuestión de fe. Debía confiar en su intuición, en eso más allá de la lógica fría y calculadora. Con una profunda exhalación, como si al soltar el aire dejara ir también sus dudas, Loki levantó la mirada hacia Hades. Ahora, sus ojos resplandecían con una severidad que se confundía con una cólera creciente.

—Sin mi prometida no hay trato que valga. Devuélvemela sana y salva —exigió, cada palabra cargada de una amenaza silenciosa, dejando claro que no toleraría ninguna otra opción o dilación en este asunto.

—Perfecto —respondió Hades, satisfecho. Como si el pedido fuera una molestia menor, levantó la mano y llevó a cabo un gesto casi perezoso.

Las asgardianas aparecieron desorientadas junto a Sif, que se sobresaltó ligeramente por la repentina aparición. Sigyn y Valkiria reflejaban pura confusión, como quien es arrancado de un sueño sin esperárselo y roza el infarto. Pese a que le fue muy difícil, Loki mantuvo ese semblante imperturbable de hombre negociador. Estaban aturdidas, aunque al menos vivas. Su fe había sido recompensada, por ahora, aunque aún quedaba un largo camino por recorrer.

—No os preocupéis —los consoló Hades—. Los efectos de la niebla acabarán disipándose y pronto recuperarán la totalidad de su memoria. En cuanto a mi mascota…

Hades volvió a alzar la mano y, de la misma forma remolona de antes, lanzó un hechizo que rodeó a Loki como si hubiera esparcido a su alrededor un puñado de polvos brillantes de un intenso azul zafiro.

—En fin, llámalo y Cerbero acudirá pitando. Respetará y defenderá a los tuyos, pero solo te obedecerá a ti. Los asgardianos sois expertos en la vinculación con bestias compañeras. Seguro que te las apañarás para controlarlo —explicó, encaminándose de vuelta a su trono y dando por concluida la reunión—. Al final de las escaleras encontraréis un atajo a Caronte, al este. Es decir, en esta dirección.

Hades se acomodó en su trono, tan relajado como antes, sus piernas extendidas y una sonrisa altanera en el rostro. Con un gesto casual, señaló el rumbo que los héroes debían tomar para salir de ahí. De esta manera, se despidió de todos ellos. Con una indiferencia deliberada, como si ya no fueran de su interés. Thor, aún cauteloso, le dedicó una última mirada mientras colocaba una mano protectora en la espalda de Valkiria, que poco a poco recobraba la serenidad. Sif lo miró con reservas aún mayores, antes de seguir a Thor en silencio. Loki, en cambio, mantuvo las formas. Inclinó la cabeza en una reverencia cortés, casi solemne, antes de tomar la mano de Sigyn. Ella lo miró con confusión, aún desorientada por los efectos de la Niebla de Leteo.

—Dioses, Loki. Qué susto, casi no te he reconocido —murmuró ella, su voz trémula y llena de incertidumbre—. Iba a decirte algo, pero lo he olvidado. Lo siento.

—Lo sé, querida. Ya te acordarás. Vámonos —respondió Loki con suavidad, cuidándola como si estuviera malherida, apenas recuperada de un accidente desafortunado. Mientras la guiaba, sintió una mezcla de lástima y alivio al verla colgada de su brazo en ese estado. El deseo de Loki por regresar a casa era una necesidad desesperante, tan desgarradora como la tentación que se le había presentado antes. Tan desgarradora como la aceptación de que formar una familia con Sigyn era precisamente eso: un sueño, una visión que probablemente nunca se cumpliría.


Nota de la autora: El momento de decir la verdad también ha llegado para Loki, que se ha visto más cómodo desahogándose con su hermano. Ello, curiosamente, le ha llevado a hacer las paces con Sif. Recordad que la última vez que la había visto, había sido en un bucle de castigo de la AVT que rescataba un momento muy doloroso para ambos. En mi cabeza, no tiene sentido que este Loki "deconstruido" progrese en todas sus relaciones salvo en esta. Por tanto, me parecía muy necesario que compartieran un momento más sustancial. No quisiera tener a ningún personaje ahí "sin más". En todo momento, intento que todos ellos aporten algo, aunque, en ocasiones, los tenga que relegar a un segundo plano.

Por cierto, veo necesario aclarar algo tras haber vuelto a referenciar la antigua aventura entre Loki y Freya. Empecé mi otra historia Gloria a Asgard, una versión mucho más primitiva, más adolescente e incoherente que esta, en un momento en el que Marvel no hacía alusión a la sexualidad de Loki. Hasta el estreno de la serie de Disney, este asunto estaba abierto a la interpretación de cada uno. Es más, se daba a entender que Loki no tenía ningún interés real por establecer vínculos sexoafectivos con nadie. Durante años, consumí mucho fanfiction en el que Loki se presentaba como un hombre cis heterosexual. Yo sabía que la realidad era muy diferente en la mitología y que podría decirse que se trataba de un personaje de género fluido. Esto debido a su naturaleza como cambia formas y al hecho de que, por ejemplo, se quedó preñado tras convertirse en una yegua. Con todo, en mi cabeza Loki siempre fue un hombre dominante a quien le interesaban las mujeres. Aun así, tras la confirmación de su bisexualidad, he querido honrar esto haciendo una breve mención a que también llegó a acostarse con algún hombre. A pesar de mis fantasías como mujer cis heterosexual, no me parecía correcto pasar por alto este detalle.

Cambiando de tema, y como ya os dije en mi anterior nota, he querido reflejar las similitudes entre las figuras de Loki y Hades. Indaguemos en esto un poco, ahora que han compartido escena: aunque Loki no sea Dios del Inframundo, técnicamente, en la mitología, es el padre de Hela, Reina de los Muertos. Además, sabemos de sobra que Loki está asociado al caos y la destrucción, lo cual conlleva una conexión natural con la muerte y el final de todo.

Hades es a menudo percibido como una figura sombría y engañosa, tanto como Loki. Los dos tienen relaciones complejas con los demás dioses y son seres de absoluta ambigüedad moral. Sin ser malvados per se, sus actos les confieren una imagen oscura y villanesca. Asimismo, el destino de Hades está vinculado con el destino de las almas en el más allá, mientras que el de Loki está entrelazado con el Ragnarök, el final de todos. Además, los dos saben lo que es estar atado a un trono por cuestiones de deber y compromiso. Por todos estos motivos, e imaginándomelo tan satírico y carismático como su versión animada, tenía sentido en mi cabeza que hiciera una aparición y demandara una audiencia con nuestro protagonista.

No puedo prever cuánto me queda hasta terminar la historia. Desde luego, ya hemos llegado al Ecuador de la fábula, y, desgraciadamente, dado que el verano ha llegado a su fin y he retomado el trabajo, tampoco sé con qué frecuencia podré seguir actualizándola. Por ello, pido paciencia. Necesitaré tiempo para escribir, repasar y corregir el cuarto de historia que nos queda por recorrer. Entretanto, por favor, compartidme vuestra opinión hasta ahora. Gracias.