Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.


1. Ahora…

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Zuko despierta de golpe y jadeando ruidosamente mientras las últimas imágenes de su sueño se desvanecen con el sopor de la semi conciencia.

Es una pesadilla. La misma que ha estado teniendo noche tras noche por las últimas semanas.

Cualquiera se consolaría pensando em que, una vez despierto, su mal sueño ya no puede hacerle daño, salvo por el hecho de que no son solo sueños causados por una imaginación hiperactiva.

Son recuerdos.

Como si pudiera haberse imaginado todo lo ocurrido en el Templo aire del sur hace unas cuantas semanas. Y todo lo que ha ocurrido después.

Es ahí que recuerda quién está a su lado, y gira la cabeza, tan rápido, que le causa mareos. La encuentra acurrucada a su izquierda, donde ha estado desde que huyeron del Templo, tanto porque ella siente la necesidad de hacerlo sentir seguro, como por el calor corporal que ella no es capaz de generar por sí sola y que él está más que feliz de brindarle.

Zuko suelta un suspiro de alivio, liberando todo el aire que sus pulmones han estado conteniendo sin darse cuenta, ante el fugaz y constante pensamiento de que ella ya no está, aunque sabe que es casi imposible que se despierte antes que él.

Entonces, una mano más pequeña y más fría se cierra sobre la suya, y los ojos azules de Katara le dan los buenos días con la alegría del más brillante amanecer, a pesar de que fuera de su refugio aún esté presente la penumbra de la madrugada.

-¿Te duele la quemadura?- pregunta ella con voz ronca por el sueño, pero atenta por sus necesidades como lo estaría una mamá pato-tortuga por sus polluelos.

La idea le enferma tanto como le complace. Él niega con la cabeza.

-¿Pesadillas, entonces?

Esta vez, él no hace nada. Baja la cabeza en un gesto avergonzado, casi tímido, autocrítico por la causa por la que le ha despertado tan bruscamente antes del alba. Le parece vergonzoso tener pesadillas con lo ocurrido en el Templo, aún después de semanas, como si hubiera sido el único que salió herido. ¡Vaya maestro fuego que está resultando ser!

-Ven aquí- dice ella, irguiéndose frente a él, dispuesta a asumir la responsabilidad de aliviar sus dolores, como si ella misma no tuviera las manos surcadas por las llamas, por haberse expuesto a ayudarle a luchar contra Zhao, ese maldito traidor.

Pero él se rinde a su merced, incapaz de resistirse a ella.

Katara ahoga las manos en el agua de la cantimplora que lleva siempre en la cadera, una sobre la cicatriz que cubre gran parte del lado izquierdo de su rostro, y la otra sobre su sien contraria. Ambos saben que no va a desvanecer la cicatriz, no por su falta de talento, sino porque no pudo tratarla hasta que estuvieron a salvo casi dos días después. Pero sí está determinada a generarle alivio y a mitigar el dolor, tranquilizarlo y expulsar el malestar físico y emocional que le se niega a confesar.

Porque Zuko no puede engañarla. Katara ve a través de él como si fuera un estanque de aguas prístinas.

Se siente derretir entre las manos de Katara, novando* todas sus penas y preocupaciones por otras nuevas. Adora las manos de Katara, tan suaves y ásperas, al mismo tiempo, por el trabajo duro; tan gentiles como firmes. Tan inmaculadas como marcadas por la traición, igual que él.

Tan suyas en el precioso instante en que le toca, como prohibidas para él por el resto de su vida.

Y él se llena de amargura ante la idea.

Katara no está destinada a él, sino a su primo Lu Ten, primero en la línea de sucesión al Trono.

Él intenta reconciliarse con ese hecho mientras ella le sonríe al retirar sus manos y verla volearse para comenzar el día.

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*La Novación es aquella en que las partes acuerdan cambiar el objeto del contrato por otro, considerándose un contrato distinto. También es posible novar a cualquiera de las partes.

Y, un nuevo capítulo. Este no tiene mucho que ver con el anterior, ¿o sí? ¿Con qué soñaba Zuko?, ¿De qué recuerdo está hablando? ¿Qué pasó en el Templo aire del sur y qué le sucedió a Katara en las manos? ¡Lo descubriremos en los próximos capítulos!