Día 3: Cumpleaños

Mabel caminaba lentamente, tocando todo con sus manos; movía la cabeza hacia donde creía escuchar algún sonido, o donde captaba un aroma distinto. Aunque le parecía muy lindo el detalle de Dipper, presentía el lugar a donde la llevaba.

—¿Falta mucho? —preguntaba ella.

—Ya deberías saberlo, ¿no podías ver con los dedos?

—Hace mucho que no trabajo en esa habilidad, Dippy.

Finalmente se detuvieron, pero fue sólo un momento, mientras Dipper movía algunas cosas. En medio de la oscuridad, Mabel creyó oír algunas tablas moviéndose, también una cerradura parecida a la de un viejo ropero, y luego el rechinido de una bisagra, como la de una puerta vieja. Luego la hizo caminar otra vez, esta vez el sonido de la hierba crujiendo bajo sus pies la hizo emocionarse.

Luego, sintió las manos de Dipper quitándole la venda de los ojos. Cuando se hizo la luz, no pudo creer lo que veía, su boca se abrió de la impresión al ver la casita del árbol terminada. Sus ojos brillaron con algunas lágrimas amenazando con salir, pero se contuvo.

—Feliz cumpleaños, Mabs.

Antes de que Dipper pudiera decir otra cosa, Mabel lo capturó en un fuerte abrazo mientras contenía el aliento contra los hombros de Dipper. Sabiendo lo que pasaba, la invitó a subir. Arriba se encontró con una mesita y una lámpara de lava, y en la mesita, un pequeño pastel de chocolate con dos velitas que Dipper no demoró en encender.

—Sé que con todo lo que ha pasado no querías una fiesta de cumpleaños, pero es tu día favorito y mereces algo lindo.

—Muchas gracias, Dipper —decía, todavía conteniendo el llanto.

—No digas nada, sólo pide un deseo.

Mabel lo pensó por algunos segundos, pero antes de soplar las velas, agarró a Dipper de la mano, invitándolo a hacerlo junto con ella. Los dos soplaron hasta extinguir la llama y no se dieron cuenta de que sus labios estuvieron a punto de tocarse, pero no le prestaron atención a ese detalle. No por el momento.

—¿Qué deseaste? —preguntó Dipper.

—Si te lo digo, no se cumplirá, bobo —contestó ella con su boca manchada de betún.

—Creo que los dos pedimos lo mismo —comentó Dipper, destapando una lata de Pitt-Cola para compartir con ella—. Compré un cupcake para Pato, come sin cuidado.

Los dos siguieron comiendo en silencio; Mabel veía su casita del árbol finalizada, llenándose con el aroma de la madera, con el sabor a chocolate de su modesto pastel de cumpleaños y con Dipper, que era la mejor compañía del mundo, estaba tan feliz como no lo estuvo en mucho tiempo. Por ahora, tenía todo lo que deseaba.