Había sido otra exitosa noche para el villano de abrigo carmesí, cientos de niños de la enorme comarca ca y pueblos cercanos habían caído en su trampa una vez más, a esas horas las luces del parque estaban apagadas, aunque eso no impedía ver los descomunales destrozos que los niños habían realizado durante las horas anteriores, lo que antes estaba abarrotado de niños ahora estaba desierto como si de un pueblo fantasma se tratase, lo único que quedaba como prueba de que los niños habían estado allí alguna vez eran los numerosos daños y los restos de comida. Las criaturas negras de ojos amarillos que servían al cochero estaban revisando la isla por última vez esa noche oscura, el cielo completamente lleno de nubes y la falta de luz, pues todas las farolas habías sido destrozadas y las atracciones de feria estaban apagadas, donde antes había risas y disfrute infantil ahora había un total y tenso silencio. Parecía que aquel lugar estaba completamente vacío, no se oía ni una voz, ni la risa de ningún niño, todo eso había sido sustituido por el miedo y la angustia de los jóvenes que, ahora transformados, lloraban sin consuelo mientras aquellas criaturas que servían al cruel villano de abrigo rojo y ojos verdes los arrastraban hacia los recintos de los burros en los que se habían convertido, esperando para ser revisados cuando el cochero regresará de su supervisión nocturna de la isla. Cerca de la zona norte de aquella isla maldita el cochero revisaba por última vez el lugar aquella noche, sus secuaces estaban revisando a los burros, encerrándolos hasta que él regresará y descargando las cajas del barco a vapor con el que había llevado a los niños hasta la isla. No muy lejos de su posición, entre los escombros que los niños habían lanzado desde las ventanas de la casa modelo y que ahora se reducían a un montón de decoración cerámica y madera destrozada, tres sombras observaron con sus temblorosos ojos castaños; sus orejas se inclinaron hacia la parte inferior de sus cabezas cuando escucharon los pasos de alguien acercándose, una de esas criaturas pasó justo a su lado, podían ver sus patas posteriores, negras y cubiertas de pelo dar pasos cortos haciendo crujir la grava bajo sus patas haciendo que el pelo de sus crines se pusiera de punta.

- ¿qué hacemos? - dijo Nathaniel, uno de los burros con un bombín de tela azul y una pluma roja en el lado izquierdo del accesorio y que estaba sujeto a la prenda por una cinta de un azul marino, llevaba unos pantalones de tirantes marrones y una camisa blanca.

-Marchémonos corriendo. - sugirió un segundo animal vestido con un atuendo escolar verde y una pajarita negra. - somos tres contra uno, si nos dispersamos no podrán con todos.-

Un tercer burro, que llevaba puesto un gorro de marinero, camisa azul cielo y pantalón de tirantes azul con una línea roja negó con la cabeza antes de abrir el hocico de que sobresalían los incisivos superiores.

-No... He visto a esas criaturas agarrar a burros de dos en dos y hay por lo menos cincuenta en la isla, nos atrapará antes de hace nada. - dijo sin esperanzas.

-Cállate Alexander, tiene que haber otra forma de salir de aquí además de ese barco. - volvió a hablar el burro con bombín.

-Esto no es justo, - sollozó Alexander de nuevo. - yo no debería estar aquí, maldita la hora en que me convenciste para subirme a ese puñetero carruaje. -

-¿queréis cerrar el puto hocico de una jodida vez? - se quejó el asno de ropas verdes y que había hablado anteriormente. -Nos descubrirán si seguís cuchicheando como dos viejas aburridas. -

-Oh, vaya... ¿Qué sugieres tú Roberto? -se quejó molesto aquel muchacho llamado Nathaniel.

-No podemos precipitarnos. - respondió. - Aún no sabemos que podemos hacer, hace apenas unas horas aún éramos humanos, tenemos que pensar. - El sonido de los escombros siendo removidos cerca de ellos hizo que les diera un vuelco al corazón.

-Tenemos que escapar de aquí. - lloró Alexander.- Quiero volver a casa.-

-Volveremos...- dijo Roberto moviendo su cabeza haciendo que un mechón de crin se moviera hacia su izquierda.- Tenemos que salir de aquí y pedir ayuda a un adulto.-

-¿Y los demás niños?- cuestionó Nathaniel.- ¿Dónde están? ¿Creéis que les ha pasado lo mismo?-

-No lo sé.- se lamentó Alexander.-Lo último que recuerdo antes de ser burro era estar en la Ruta del Tabaco cuando me empecé a sentir extraño, perdí el equilibrio y al ver mis piernas vi que se habían transformado en pezuñas, me asusté y me alejé de allí, no quería que los demás niños me vieran.-

-Yo vi cómo uno de ellos se transformaba antes de que me ocurriera a mí...- confesó con seriedad y una mirada oscura el burro más mayor.- Estaba en la Casa de la Riña. Todos los demás se habían marchado, por estar heridos o derrotados o porque querían ir a beber y comer algo. Me había quedado solo, recuperándome de un par de moretones en la espalda junto a un amigo mientras bebíamos cerveza, entonces lo vi, unas largas orejas grises empezaron a brotar de los laterales de su cabeza, al principio pensé que había bebido demasiado, así que tiré la jarra de cerveza por ahí; él se cayó al suelo, estaba demasiado borracho como para darse cuenta, cuando intentó levantarse entonces lo vio, tenía dos pezuñas en vez de las piernas, comenzó a gritar histérico y mientras se transformaba, cuando logré calmarlo decidimos salir de allí... pero lo que nos encontramos…-El rugido de una de esas criaturas negras de ojos amarillos interrumpió la susurrada conversación de los jóvenes, estaban cerca.-... Una de esas cosas se lo llevó...-

-¿qué son?- preguntó de nuevo Alexander.

-No lo sé... nunca había visto criaturas o animales como parecen monstruos...- dijo asustado y con miedo en sus ojos.- Tenemos que alejarnos de aquí, debe haber una forma de salir de la Isla.-

-Vinimos en barco.- pensó en voz alta Nathaniel con lágrimas en los ojos.- No hay forma de escapar.-

-Tal vez podamos escapar nadando. Realmente no hay mucha distancia entre la Isla y la costa. Ambas se pueden ver a la distancia... Tal vez tardemos un par de horas, pero merecerá la pena.- sugirió Roberto.

Alexander estaba a punto de hablar, pero unos gritos y rebuznos le hicieron detenerse en seco, las crines de los tres se erizaron de terror, era un niño, uno que también se había transformado en burro como ellos, de un tono marrón apagado y grisáceo. El grupo observó a escondidas al animal que al igual que ellos, había sido un niño alguna vez.

-¡No, no por favor!- gritó atemorizado, pálido y lleno de terror.- ¡Ayuda, que alguien me ayude!- estaba desesperado, el grupo no entendía que podía estar viendo ese niño o lo que alguna vez fue un niño que lo aterrorizaba tanto.

Vieron como el pequeño borrico se libraba de los dos monstruos que intentaban retenerlo y empezó a correr hacia la derecha cuando un sonido sordo de cuero los asustó, haciendo que sus orejas se plegaran de miedo hacia atrás sobre sus cabezas, era el sonido de una fusta, no una fusta no hace tanto ruido, era la de un látigo.

-¡No escaparás tan fácilmente mocoso idiota!- dijo la voz gastada y grave de un hombre.

Los otros burros que se encontraban ocultos se petrificaron de terror al reconocer la voz del cochero que los había llevado a la figura grande recubierta con el abrigo rojo se hizo presente frente a ellos, aunque solo podían ver unos centímetros más arriba de sus tobillos lo reconocieron a la perfección, era él, seguro y por la conversación que estaban escuchando ese hombre sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo, fue en ese momento que los niños se dieron cuenta, aquel villano los había engañado cruelmente y ellos, al igual que una mariposa que revolotea hacia las brillantes gotas de rocío que tiene frente a ella, sin saber que se sostienen gracias a los hilos de una telaraña hasta que ya es demasiado tarde y el arácnido hinca sus colmillos en su cuerpo para drenar su sangre. Solo pudieron escuchar al niño transformado lamentarse mientras era arrastrado por una de esas criaturas de ojos brillantes hacia un lugar desconocido.

-Marchémonos ahora.- dijo con gran alteración Nathaniel empezando a notar cómo el sudor corría por su crin.

-Ni se te ocurra.- dijo lo más bajo posible Roberto, que era el mayor de los tres.- desvelarás nuestra posición.-

Los pasos del cochero se escucharon más cerca.

-Corramos, somos tres, no podrá con todos a la vez.-

-No corras, nos descubrirás a todos.- advirtió Alexander.- Por favor.- lloró.- No lo hagas...-

-Está cada vez más cerca...-

-No seas idiota.- suplicó Alexander.- No salgas corriendo.-

La presencia del cochero era cada vez más fuerte, como si un instinto innato les dijera que estaba a punto de descubrir su posición.

-No puedo soportarlo más...¡no me quedaré cerca de él después de lo que nos ha hecho!- gritó antes de salir corriendo, derribando un par de cajas de madera en su camino y provocando un estruendo que obviamente llamó la atención de aquel malvado y sus criaturas.

Nathaniel salió corriendo por una de las calles empedradas del complejo que constituía el parque de atracciones, siendo perseguido por dos de aquellas bestias negras, inicialmente una de ellos lo agarró de las orejas, pero él se liberó con un par de coces en la mandíbula, el monstruo lo soltó al mismo tiempo que gruñía de dolor. Se escucharon sus cascos resonar contra el pavimento, casi parecía que se había alejado lo suficiente cuando... Un disparo resonó en el lugar con un eco estruendoso, los dos burros que aún estaban ocultos giraron sus cabezas para descubrir que en realidad su amigo no había llegado muy lejos, apenas unos veinte metros más adelante se encontraban Nathaniel tirado en el suelo, la poca luz que había en el ambiente les permitió ver al burro caído y herido sobre la calzada, intentaba levantarse, pero su pata delantera derecha le fallaba, Roberto no tardó en darse cuenta de por qué, un hilo de sangre roja caía desde la tela de su camisa blanca, empapando la ropa en un tono carmesí.

-Así que todavía hablas...- dijo el cochero observando al animal.

-¡Por favor, déjeme ir! ¡No diré nada, lo juro! ¡Solo quiero volver a casa!- dijo en un llanto desesperado, angustiado y completamente histérico aquel animal.

-A estas alturas deberías haber perdido ya la voz, pero sé que no dirás nada... me aseguraré de ello...-

El cochero sonrió diabólicamente antes de apuntar de nuevo su pistola contra el burro, giró el tambor de las balas en la parte posterior del arma y... Un disparo se escuchó de nuevo, el cuerpo de Nathaniel se desplomó en el suelo, bajo una mancha de sangre pulverizada por el disparo, más sangre empezó a brotar de la perforación, la bala había entrado y salido de su cráneo de delante hacia atrás y ahora la sangre se esparcía por el pavimento mezclándose con los restos de cerveza que habían tomado esa noche.

-Es una pena que no hayas perdido la capacidad de hablar muchacho... pero al menos sacaré provecho de ti igualmente.- el villano hizo una seña a uno de sus esbirros que se acercó para agarrar el cadáver del asno y cargarlo sobre uno de sus hombros.-Llevadlo al taller contiguo al muelle, al menos su piel puede venderse por una decente cantidad de monedas.-

Las demás víctimas escondidas no pudieron dejar de asombrarse y perturbarse por lo que estaba pasando.

-Dios mío...- jadeó Alexander con lágrimas corriendo por sus mejillas. Roberto estaba petrificado del miedo, había visto a cazadores antes, su padre era cazador, pero una cosa era un conejo que asar para la cena y otra... era el horror que se desarrollaba ante sus ojos. -Tenemos que salir de aquí.- suplicó Alexander mirando a su compañero a los ojos.- Por favor ayúdame...-

Ver esto apenó a Roberto enormemente, tenía un hermano pequeño en casa, más obediente y bueno que él, tan parecido a Alexander en ese momento No sabía exactamente por qué había ido a la isla, tal vez la abundancia de comida, o la anarquía y el caos disfrazados de libertad... pero ahora necesitaba volver... esa noche fue él, otra noche podría ser su hermano.

-Escúchame, saldremos de aquí, te ayudaré a escapar.- intentó consolar a Alexander.- Te prometo que él no te hará daño.- Roberto vio como el cochero proseguía su marcha mientras las criaturas arrastraban el cadáver de su compañero para llevarlo a un horrible lugar. -En cuanto esté a suficiente distancia de nosotros saldremos corriendo, no creo que con ese revolver pueda disparar desde más de veinte metros con precisión, si se aleja lo suficiente tendremos muchas probabilidades de escapar.- explicó Roberto.

-Pero sigue armado... Si nos alcanza...- dijo con temor el burro más joven.

-Yo te protegeré, volverás a casa, y buscaremos ayuda, tiene que haber alguna forma de que volvamos a ser humanos.-

La figura de villano empezó a desaparecer entre las múltiples pilas de escombros que había en el lugar, era el momento perfecto, Roberto hizo una seña a Alexander para que se adelantara a él y echó un vistazo hacia atrás para asegurarse de que no les verían, no había nadie, estaban solos de nuevo, Roberto suspiró aliviado, bajando sus orejas a la parte posterior de su cráneo, pensando que todo había acabado cuando... Un grito de terror por delante de él le dio un vuelco al corazón, enseguida corrió hacia el lugar de donde provenía el sonido, subió una pequeña cuesta y entonces lo vio, era Alexander siendo atrapado por una de esas criaturas terroríficas que lo arrastraba por la grava de la tierra mientras el pobre animal intentaba aferrarse a ella inútilmente con sus nuevos cascos equinos.

-¡Roberto, ayúdame!-suplicó llorando sin consuelo.

Inmediatamente, el burro que aún estaba libre acudió en su ayuda, cabalgando a toda velocidad para embestir con su cabeza a la oscura criatura y derribándola en el suelo mientras esta emitía un gruñido de sorpresa.

-¡Corre!- pudo pronunciar brevemente antes de empezar a rebuznar de nuevo.

Los dos animales empezaron a correr asustados pasando de largo carruseles, puestos de comida y de juegos.

-¿qué hacemos ahora?- preguntó Alexander.

-Por ahora correr, debemos escapar, tal vez por el acantilado.-

-¡Estás loco, nos mataremos antes ni siquiera de salir de la isla!-

-Es la única salida, el resto del recinto está cercado con muros de hormigón enormes. Es nuestra única ocasión de salir de aquí.- Alexander tenía miedo, nadar a través del mar parecía un suicidio, pero desde luego no estaba dispuesto a quedarse en la Isla de Los Juegos para averiguar que les haría el malvado cochero.

Escucharon un disparo tras ellos, uno que destrozó en pedazos una figura decorativa de madera de uno de los escombros cerca de ellos, los asnos podrían haber jurado que sintieron el aire moverse por el disparo cerca de sus nuevos oídos de animal. Miraron brevemente hacia atrás avistando al cochero, quien furioso apuntaba el cañón de su arma, del que aún salía humo por el reciente tiro hacia ellos.

-¡Corre!- dijo Roberto, golpeando con su hocico la grupa de Alexander para que empezara a correr. Más disparos se escucharon tras ellos, ninguno les alcanzó, pero se escucharon cada vez más cerca. El cochero les atraparía si no iban deprisa, pero un breve pensamiento de esperanza les alivio cuando pudieron oler la sal del mar, estaban cerca, solo unos metros más, sin embargo... el acantilado, ese era un obstáculo que no habían tenido en cuenta, sus pezuñas no podrían agarrarse a la roca para trepar.

-¡No, mierda! - dijo Alexander desesperado- ¿qué vamos a hacer?- una soga lo atrapó por su cuello antes de que una de esas criaturas negras lo arrastrara agarrándolo de su cola.- ¡No, no!- intentó defenderse, pero estaba demasiado cansado, solo pudo levantar una leve capa de polvo con sus cascos mientras uno de esos monstruos lo arrastraba agarrándolo de las orejas.

-Llevadlo con los demás.- ordenó el cochero.- Todavía podríamos venderlo si deja de hablar antes del amanecer, si intenta escapar de nuevo podéis devorarlo hasta los huesos.- esas palabras helaron la sangre al burro eludido.- En cuanto a ti...- dijo dirigiéndose a Roberto.- Eres demasiado mayor, sé que no te rendirás fácilmente... eres tan tozudo como el animal en el que te has convertido, no me servirás de nada de esa forma.- Una vez más, el cruel villano apuntó con su arma y apretó el gatillo, volándole los sesos al animal que aún tenía conciencia humana, la sangre roja manchó la pared del acantilado con un tinte rojo. -Disfrutad del banquete.- bromeó de forma cruel antes de dejar que a las criaturas que habían estado persiguiendo a los burros aquella noche se acercaran al cadáver del burro recién asesinado, dejando que sus mandíbulas desgarraran su carne y derramaran su sangre aún caliente.

Era una pena, pero dos burros muertos no eran una gran pérdida de dinero en comparación con otras noches en la que había tenido que matar incluso a una docena de animales parlantes, si la maldición no les transformaba por completo en cinco horas significaba que aún quedaba algo de sus mentes que no había sido corrompido y por lo tanto la maldición de La Isla de Los juegos no había tenido un efecto completo, el cochero no podía permitir que ellos escaparan aún con sus voces humanas y lo delataran, su negocio debía prosperar, aunque no negaría que arrebatarles la vida a los niños después de haber destrozado sus sueños y esperanzas lo llenaba de una sádica felicidad. Agarró su látigo y dio media vuelta, sus criaturas seguían revisando la isla, sería avisado con sus rugidos si algo más ocurría, era hora de trabajar.