El hombre golpeó con fuerza, descargando parte de su tensión y su rabia. Se hizo daño, aunque no diera esa impresión. El niño de cabellos castaños que estaba contra la pared se sobresaltó. La mano de su padre había golpeado en la superficie, sí, pero demasiado cerca de su rostro oscuro.
-¿¡Por qué!?- Sólo dijo. Sólo dijo, pero gritándole, alterado.
El niño miraba al suelo, casi temblando.
-Ciro, mírame-le dijo, más severo e insistente que nunca.
Alzó la mirada: sus grandes ojos negros, habitualmente intimidantes, estaban llenos de lágrimas.
-¿Cómo has hecho eso?- preguntó de nuevo el padre del niño, marcando cada palabra para que él respondiera claramente.
Negó rápidamente.
-No lo sé, lo juro. Lo juro...
-¿¡Cómo!?-le gritó, interrumpiendo su tartamudeo.
-¡No lo sé, simplemente quise que ocurriera!- bramó.
-¿¡No quisiste que aquel vaso cayera!? ¿¡Simplemente lo deseaste y ocurrió!? ¡Explícame cómo es eso posible!
Era consciente de las consecuencias que conllevarían alterar a su hijo.
Pero aquella era una seria situación, y mucho no le importaba.
-¡Si, s-simplemente pensé en una forma de hacer que no se rompiera al caerse, y se paró!
-¡No me levantes la voz!- Se paseó por la estancia, intranquilo. Haciendo una pausa, sin hablar. La respiración sofocada del niño era lo que más se escuchaba. El hombre impuso su voz al minuto.
-¿Entonces fuiste tú? ¿y que pretendes que me crea, que lo paraste en el aire por arte de magia? -preguntó Eloy Crespo, repentinamente calmado. Aunque por dentro estaba lleno de una extraña desesperación violenta, que se dejaba entrever en su voz y que no engañaba a su hijo.
El despacho del señor Eloy reunía todas y cada una de las cosas más antiguas de la casa, que tanto por dentro como por fuera presumía de un estilo moderno (aunque no por ello menos ostentosa). Las cortinas verdes estaban a medio correr, y la luz del sol se fusionaba con el brillante color. Ciro estaba medio cegado por la luz, que golpeaba contra él caliente y presente. Aumentando su ansiedad. También lo hacía el hecho de que su padre estaba de espaldas a la iluminación y prácticamente no podía verlo, únicamente su silueta y su rostro afeado y lleno de sombras.
De todas formas, ni que fuera capaz de mirarlo directamente en una situación así.
-Brujo- dijo, secamente. Como escupiendo la palabra.
Ciro se estremeció entero, mientras procuraba fundirse con la pared. La idea de ser brujo era casi tan horrible, como creíble.
Había hecho magia. Y no era la primera vez que la hacía. Sólo que esta vez, había alguien más presente.
La ansiedad acudió a cada uno de sus nervios, a cada litro de su sangre, a cada latido de su corazón. Si no se mantenía tranquilo acabaría por explotar. Por tener un ataque. Otro más.
Y nunca más, nunca más en presencia de su padre.
El rostro asustado de su madre cruzó la mente del pequeño Ciro. Un rostro que hacía casi dos años que no veía.
Porque uno de los secretos de Ciro, era que su madre se había desvanecido de su vida. Y el recuerdo de su sonrisa, de su peinado y de su forma particular de caminar se derretía, como la nieve, el hielo y la escacha en primavera.
El hombre pareció estar leyendo parte de sus pensamientos.
-O sea que no sólo mi hijo-dijo imprimiendo especial énfasis en la palabra hijo- es un enfermo inestable, sino que aún encima está maldito.
Ciro intentó aferrarse a la pared. Por un lado, nada; por el otro, sus uñas se clavaron con fuerza extraordinaria en la madera oscura de la librería de su izquierda.
-Papá...-acertó a decir- me duele. Déjame irme.
-Señor...-murmuró el señor Crespo- otra vez no- se llevó la mano al rostro y la paseó, suspirando.
Las piernas del niño temblaron y lo mandaron al suelo, mientras gemía de dolor.
-Te marcharas de aquí- sentenció Eloy, con voz no del todo convencida, y manteniendo la mirada lejos del pequeño- lejos, muy lejos. Francia, quizás Inglaterra, lo que prefieras, pagaré lo que sea...por muy caro que resulte...
Ciro se encogió en sí mismo. Su padre podía imaginar cómo se agarraba las piernas entre gemidos de dolor, como intentando retener algo que intentaba salir al exterior.
Pero siguió sin mirar el cuerpo convulsionante de su hijo.
Suspiró y dijo con voz carente de emoción (o al menos un intento de carencia) dijo:

-Es por tu bien. Y por el mío. Probar sitios nuevos, aprender idiomas... será lo mejor para todos. En seguida buscaré un internado. Si, será lo mejor...
-Márchate, por...favor- consiguió decir el niño entre sonidos agudos.
El aludido se había ido aproximando a la puerta, y en aquel momento, sostenía el pomo con fuerza. Su mano morena estaba casi blanca de la fuerza.
-Eso iba a hacer- contestó, intentando sonar tan sereno como si ya volviera a tenerlo todo bajo control. Tensionado, y relajado a la vez- haz algo bien y no me destroces nada. Estoy harto de reponer todo lo que rompes.
Un grito ensordecedor inundó la casa, al mismo tiempo que el pequeño puño de su hijo golpeó la pared violentamente, haciéndola retumbar con fuerza (no dolía, nunca le dolía) Llenando cada rincón de sufrimiento. Cada lugar, menos el alma de Eloy, que se mantenía medianamente circunspecto, mientras cerraba la puerta de su propio despacho.
Otro grito, más fuerte que el anterior, volvió a escucharse. Y hasta el aire se asustó.
-Mago- murmuró Eloy para sí, recorriendo el oscuro pasillo, hacia un lugar donde poder fumar tranquilo- el niño es mago- jugueteó con sus manos, nervioso, y apresurando el paso.
La sombra de un oscuro secreto que cargaba el hombre a sus cuestas reapareció, iluminado repentinamente de nuevo.
¿Sería posible que...no, claro que no...
Lo mejor que podría hacer era librarse del niño y olvidarse de todo lo malo que le había sucedido, para siempre. Ciro tenía que odiarlo, irremediablemente...eso lo haría infinitamente más fácil.
El tercer grito, fue mucho peor que los otros dos. Fue el de alguien que está a punto de morir de puro dolor.
Frank se levantó casi de un salto aquella mañana. Respiraba trabajosamente, y tanto su cuerpo y pelo, rubio oscuro (y considerablemente largo) como las sábanas, estaban empapadas de sudor. Había dormido desnudo, como cada fecha señalada en rojo del calendario de su habitación, el cual miró inconscientemente, girando la cabeza bruscamente. El frío de comienzo de lluviosa y húmeda primavera acudió enfriando todavía más por la capa brillante que lucía su piel. Había tenido pesadillas. Malos sueños llenos de gruñidos sobrehumanos y zarpazos violentos.
El corazón amenazaba con salirse de sus costillas, al mismo tiempo que sus pulmones. Se abrazó el pecho, dolorido. Intentó calmar su nerviosismo, pero algo le sobresaltó.
El teléfono móvil sonó en ese momento. La alarma. Frank la apagó casi un golpe. El pequeño aparato cayó de la mesilla al suelo sin hacer demasiado ruido.
Bueno, quizá bastante ruido.
Lo suficiente para que alguien golpeara la puerta de la habitación, insistente.
-¿Frank? ¿Estás despierto? ¿Qué ha sido ese ruido?
-Nada, mamá- contestó, después de taparse como pudo. No era cuestión de que, con catorce años, su madre siguiera viéndolo desnudo.
Su voz sonó grave y animal. En seguida carraspeó, espantado por su propia emisión de voz. Bajó la mirada- se me cayó el móvil.
La oyó suspirar a través de la puerta de madera, vieja y raída.
-Como lo rompas no vuelvo a comprarte uno tan caro- le advirtió. Oyó un suspiro- Tienes una visita, cariño. Y lleva ya media hora abajo, esperándote. Cuando estés presentable baja a la taberna. ¿Necesitas ayuda con algo?
Frank arrugó la cara.
-¿Qué? no Mamá, estoy bien...
Frunció el ceño, extrañado. Nadie nunca iba a visitarlo a El Caldero Chorreante. Sus compañeros de instituto o amigos Muggles no podían saber dónde vivía él. Y nadie del mundo mágico querría visitarlo.
A no ser...
Varias opciones se le ocurrieron repentinamente. Ya no podía preguntarle, oyó a la mujer alejarse por el pasillo.
Agotado, se dio una ducha lo más rápido que pudo, y después se vistió con las ropas menos Muggles que tenía. Se estaba a punto de poner el jersey cuando volvió a ver en la pared ese candelario tan imprescindible para él.
Viernes. Tendría que estar en el
instituto claro, pero era día festivo en Inglaterra.
Lo que aumentaba su curiosidad por saber quién quería hablar con él. Aunque los festivos no se aplicaran en el mundo mágico.
¡Como fuera su propio padre, que se habría escapado un par de horas de Hogwarts para estar con él, gruñiría! Como un adolescente, claro. No como otra cosa.
Salió de su cuarto, sin hacer su cama y sin abrir las cortinas, por las que entraba una luz grisácea acompañada de sonido de lluvia.
Bajó las escaleras del último piso despacio, apartándose el pelo húmedo de la cara. Saludó a la señora Peagg, que ya tan pronto en la mañana limpiaba la habitación de uno de los huéspedes, y siguió bajando hasta la taberna.
No estaba muy llena. Aunque tampoco desierta. En ella, un grupo de cinco hombres desayunaban en una mesa de la esquina, y una señora, en una mesa cercana a la puerta, tomaba un café mientras leía la revista "Corazón de bruja" inmersa en algún jugoso affair entre el famoseo.
Frank siguió paseando la mirada... y vio a alguien más.
Sentado en una pequeña mesa, (la más pegada a la barra) estaba alguien conocido para él, terminándose un desayuno. Sonrió.
Era un chico más mayor que Frank Longbottom, y aunque parecía llevarle cuatro años, en realidad sólo era un año mayor. Tenía la piel oscura y el pelo castaño oscuro, peinado hacia arriba. Vestía con ropas Muggles, y con la larga y ancha espalda inclinada sobre una taza de algo humeante. Parecía medio dormido mientras removía sin ganas el líquido con una cucharilla.
Era la última persona que habría adivinado que quería verle.
Primero, porque Harley y él apenas se conocían, y aunque los acontecimientos que habían vivido juntos fueron de los que te dejan marcas para el resto de tu vida...en realidad, ni siquiera eran amigos en el sentido puro de la palabra.
Segundo, porque según informaciones bastante fiables (su padre, que era profesor de Herbología en Hogwarts; y Rose y Hugo Weasley, con los que se carteaba habitualmente) el joven mago ni siquiera estaba en ese país.
Y tercero, porque si quería hablar con él sólo sería para algo malo. Y no quería nada malo.
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dirigió tranquilamente a la mesa.
Harley, a pesar de parecer agotado, se irguió rápidamente. Se miraron e intercambiaron medias sonrisas.
Frank se sentó en la silla.
-¿Cómo estás, Frankie?- le preguntó Harley, mientras revolvía a revolver...el café, con la cucharilla.
-Bien, ¿Y tú?- contestó resuelto. No provocaría un silencio incómodo.
El mago se encogió de hombros.
-No es por echarte, pero tú no deberías de estar aquí de ninguna manera, ¿Me equivoco?
Harley negó, tranquilo.
-En teoría tendría que estar en Innsbruck, Austria. Pero mira por donde, estoy aquí contigo.
-Ah, pero no creo que hayas venido desde Austria para tomar café conmigo ¿Verdad?- bromeó, tamborileando con las largas uñas en la mesa de madera.
-No- coincidió Harley. Desvió la mirada y Frank la siguió.
Al pie de la barra descansaba un equipaje: un baúl enorme y dos mochilas al estilo Muggles; una desgastada y otra casi nueva.
-Vuelves a Hogwarts- murmuró Frank. Naturalmente, en realidad lo había sabido desde que lo vio.
Harley pareció querer decir algo, pero mantenía los labios fuertemente apretados.
Empezó a comprender porque el amigo de su idolatrada Rose Weasley había venido a verle.
-¿Qué pasó en el colegio Muggle?
No respondió en seguida. Suspiró.
-Lo que pasa siempre, Frankie- tuvo el valor de mirarlo- alguien me descubrió.
Mantuvo su mirada.
-Podía pasar ¿no?
-¿En tan poco tiempo?- se inclinó hacia él, para que nadie presente los oyera- Llevo sólo un mes y medio en un internado que no sea Hogwarts, y ya había gente con la seguridad de que a mí me pasaba algo extraño. ¿Sabes cuanto tiempo hace que alguien ve algo raro en mí en Hogwarts? Casi cuatro años, ¡Y llevo cinco cursos allí!
-Es natural que en Hogwarts sean más ciegos en cuanto a...bueno, ya sabes.
-¿A sucesos extraños? Oh, puedo asegurarte que están cegatas del todo.
-Y por eso estás aquí- concluyó Frank, atajando el tema y yendo hacia donde Harley quería haber llegado en algún momento.
Supo que había dado en el clavo por la expresión de él.
-Lo siento.
-No lo sientas, es natural. Yo de ti también me moriría por preguntar. Vamos, hazlo.
-¿Me responderás? No tienes porqué...
-Escucha- realmente, Frank sonaba mucho más adulto que un niño de catorce años. Aunque esos fueran los que tenía realmente- no olvido lo que pasó hace dos años. Tú me salvaste.
-Yo no te salvé. Fue Ann.
-Tú me salvaste de matar o, lo que a veces pienso que es peor...transformar a alguien a quién yo quiero mucho. Ann te salvó a ti.
-A los dos. Yo habría tenido una posibilidad contra ti, por muy peludo que resultaras en aquel momento- le sonrió, mostrando afabilidad y cero rencor por lo que había pasado.
-En cualquier caso, no puedo olvidarlo. Pregúntame.
-¿Por qué no vas a Hogwarts?
Se esperaba la pregunta.
-Porque no quiero. Para mí la magia no es algo positivo. Me mordieron pronto, cuando tenía siete años, y no podía soportar la idea de que alguien que no fueran mis padres lo supieran. Puede que en algunos aspectos en Hogwarts estén más ciegos pero... ¿un hombr- calló repentinamente y bajó la voz mucho más, sonaba inaudible para otro que no fuera Harley- se darían cuenta.
-Siempre tuviste la poción matalobos.
-La noche que nos conocíamos no la tenía.
-Fue un error.
-¡Nunca podría permitirme un error así dentro de Hogwarts!- aquella conversación comenzaba a angustiarle, y la garganta empezó a pesarle enormemente.
-Siempre pensé que no merecía estar en el colegio. Allí me siento más comprendido que en ningún otro sitio.
-Aunque puede resultarte extraño, estoy muy feliz en el colegio Muggle.
-Quizá su yo pudiera ir a un colegio sería feliz- suspiró- pero cuando tenía ocho años mi padre decidió que no quería verme más el pelo en casa y me mandó a estudiar al extranjero.
A Frank le costó mucho tiempo asimilar la confesión de su acompañante.
-No sabía eso. Vuestra relación no es buena, entonces.
Harley rio sin gana alguna. Siguió revolviendo el café, con monotonía.
-¿Quién querría tener un hijo como yo?
Frank se ofendió, por la cuenta que le traía.
-No te lo tomes mal, Longbottom. Tu padre te ama. Además está habituado a todo lo relacionado con la magia. Es parte de vosotros. ¿El mío? sólo se quiere a sí mismo, y únicamente tiene ojos para lo real, y lo fácil. Librarse de mí era fácil. Yo también quería irme.
Frank supuso que la falta de mención de la madre de Harley, erw porque estaba muerta.
-Puedo llegar a suponer por qué no te gusta que te llamen por tu nombre real-le dijo.
-Puede que influya el hecho de que me traiga malos recuerdos, si- coincidió.
-¿Entonces cuál es la razón de que dudes si volver a Hogwarts?
-Quiero volver por Ann, por Albus, por Rose (a pesar de que no me ha escrito ni una sola carta desde que me fui) y por el resto de la gente. Y supongo que no quiero volver por miedo. Si me alguna vez me descubren y me rechazan...sería mucho más duro que en cualquier otro sitio.
-Pero tus amigos cercanos te conocen, saben de tus problemas y aun así no te rechazan. ¿No es eso lo importante?
-No debí marcharme- dijo con pena. Bebió casi de un sorbo todo el café frío.
-No- contestó Frank sonriendo levemente.
-¿Eres feliz con Muggles, cuando deberías estar en un colegio de Magia y Hechicería?
Pareció pensarlo.
-Soy feliz. En el instituto me ha ido siempre muy bien, creme.
Frank Longbottom no mentía. En el instituto tenía un grupo de amigos con los que salía por Londres habitualmente. Sus calificaciones eran buenas. Daba clases de guitarra y se sentía atraído hacia la escritura creativa.
-¿Nunca piensas que podías haber sido feliz, incluso más feliz, en Hogwarts?
-A pesar de mi problema, quizá si hubiera sido feliz y sí, quizás más que ahora. Pero esta vida fue la decisión que tomé en su momento. Y no me arrepiento.
Harley asintió. Se le notaba agotado, a pesar de que no había ninguna ojera ni imperfección en su rostro. Si a Harley, que siempre tenía ese aspecto tan...genial, se le notaba el cansancio, no quería volver a ver su propia cara en todo el día.
-Sé que no has pasado buena noche. He mirado el calendario lunar.
-Parecido lo habrás pasado tú, o al menos lo parece.
-No te equivocas. A sido una noche movidita- Creo que ahora te entiendo.
-No olvides que lo que te ocurre no se parece nada a...mi problema peludo.
-Pero al menos tú tomas una poción y se te pasa.
-Al menos tú duermes y comes menos, te cansas y ya no te ocurre nada.
-Eso que dices es muy relativo...
Alguien los interrumpió.
-¡Harley!
Ambos levantaron la vista. La madre de Frank, Hannah Longbottom, se dirigía hacia ellos.
-Voy a traerle el desayuno a Frank. ¿Quieres algo más? No tienes que pagar, por supuesto.
-No, no...-el chico se levantó- debería de irme ya hacia la estación, o me temo que el tren a Hogsmade se irá sin mí. No quisiera haber hecho esperar al señor Hagrid para nada.
-Oh, entonces definitivamente vuelves a Hogwarts ¡Qué gran noticia!- dijo la madre de Frank, mientras limpiaba las mesas de al lado. Pronto vendrían los clientes habituales de la mañana.
-Supongo- dijo sonriendo.
-Estoy segura de que tus amigos están contentísimos.
-Bueno...-dijo subiendo las cejas- tomé la decisión muy rápido y...la verdad es que no lo saben.