Había esperado un aburrimiento máximo. Quizás timidez y exceso de buenas formas, y un rato bastante incómodo.

Pero ninguno de los minutos que Ann pasó con Scorpius Malfoy fue así.

El chico era callado, vago y poco espabilado. Observaba sus banales anotaciones con parsimonia tirante a dejadez, mientras Ann lo examinaba realizar la acción con una expresión que, para ser francos, no dejaba lugar a la imaginación acerca de lo que estaba pensando.

-Bueno...-empezó después de un tiempo (tuvo que pararse y aclararse la garganta)- ¿Vas a estar todo el rato así o tienes alguna duda?

Scorpius refunfuñó mientras se escondía detrás de un pergamino particularmente sucio y arrugado, aunque extrañamente completo de anotaciones.

-Te preguntaré algo cuando sepa por dónde empezar a preguntar.

Ann reprimió un suspiro, y cerró los ojos.

Estuvo varios minutos mirando un punto fijo, ordenando una y otra vez todas las ideas que se le acumulaban en la mente.

Nadie podría llegar a entender nunca como funcionaba la mente de Ann Anderson. Todo se organizaba rápidamente en su lugar cuando se trastocaba. Cada cosa tenía preparado un lugar específico y ahí quedaba siempre incrustado, como la biblioteca en la que se encontraba ahora mismo, donde cada libro ocupaba su lugar y donde cada conjunto de varios de la misma temática se agrupaban en una misma estantería o columna.

Sus pensamientos eran infinitos y de interminables clases, pero, en el fondo (o en la superficie) estaban estructurados en tres grandes grupos:

-PRIMERO: Sentimientos.

-SEGUNDO: Calificaciones escolares, control por pasar desapercibida. No hablar con animales delante de nadie. No realizar ningún hechizo particularmente difícil. Fingir estudiar durante horas.

-TERCERO: Lo tercero...lo tercero era demasiado complejo como para ser explicado en una o varias frases aglutinadoras.

Quizás en algún que otro momento alguien cercano a ella habría sabido simplificar todo y absolutamente todo lo que abarcaba ser ella.

ALERTA PERMANENTE.

No había habido ni un solo maldito día de su vida en el que no tuviera que estar pendiente de algo.

-Controlar su actitud hacia los demás, porque cualquier risa o burla contra ella desde muy pequeña la había hecho derrumbarse más fácilmente que un castillo de Naipes.

-Controlar que nadie, nadie, conozca lo que a Ann le hace ser única (unos ojos negros como la oscuridad misma aparecieron de repente en su mente, pero Ann se sacudió y los pudo eliminar de su imaginación rápidamente) por lo que puede hacer, pensar o incluso decir.

-Controlar que...

ALERTA PERMANENTE.

Todavía no entendía como no había explotado todavía.

Hace cuatro años...

¿Hola?-el silencio y el vacío de gente que reinaba en todo el callejón Diagón pareció entrar con Ann por la puerta de Ollivander's, en cuya tienda no parecía haber nadie, y el único ruido que se detectaba era un eco lejano del sonido de la campana que había anunciado la llegada de la niña a la tienda.

Ann se aproximó con vacilación al mostrador, mostrándose claramente insegura. Como el tiempo escaseaba, ya que se acercaba la hora de comer, su madre la había mandado a comprar su varita mientras ella compraba otras cosas en las que la presencia de su hija no era indispensable.

-¿Hola?-repitió, en un tono casi imperceptiblemente más elevado.

Aproximadamente unos cinco segundos después, un ruido de metal deslizándose empezó a cobrar vida, y un hombre de unos treinta años bien cumplidos y de cabello gris ensortijado dobló la esquina de la gran pila de cajas rectangulares subido en una escalera de madera, con metal en su base y un aspecto precario.

-Buenos días-saludó el hombre lenta y afablemente- me temo que va a tener que esperar unos tres minutos, mi padre, el dueño, esta ocupado en estos instantes... y yo no puedo ayudarte, solo se apilar cajas-explico con una sonrisa resignada.

-No importa- contestó Ann con la misma amabilidad- hay tiempo- ciertamente estaba mintiendo, porque el tiempo no le sobraba precisamente, ¿pero le quedaba otra aparte de resignarse a esperar? Ollivander's no tenía competencia, al menos no en el callejón Diagon.

El hombre siguió mirándola con una sonrisa un tanto boba. Un tanto.

-Es que está escribiendo una petición de madera de Serbal, este año hemos hecho muchas ventas de madera de este material y tenemos...mi padre teme-se corrijió inmediatamente- que si algún niño o adulto viene a reclamar su varita, no pueda escoger la correcta, debido a que no tenemos Serbal para fabricar varitas de... Serbal- usó el trapo que llevaba en la mano para limpiar las pequeñas marcas de huellas dactilares de los antigüos clientes.

-Me gusta hacer las cosas "a lo Muggle" ¿sabes? te entretiene la mente y deja que dejes de preocuparte por...

Pero Ann no llegó a saber de que dejaba uno de preocuparse limpiando "a lo Muggle", porque otro hombre, mas anciano y con aspecto cansado le hizo gestos con los brazos, dando a entender que de Ann se encargaba él.

-¿El señor Ollivander? ¿Fabricante de varitas?-le pregunto, mientras el más joven se adentraba en la oscuridad de la trastienda.

-Tengo esa fama-contestó con una sonrisa( mucho menos alegre que la de su hijo)- pero no has venido aquí a charlar ¿no? buscas una varita, si... empiezas Hogwarts...tendré que tomarte medidas.

Un metro mágico empezó a tomarle medidas de cualquier parte insignificante de su cuerpo, desde tamaño de muñeca hasta la distancia entre un orificio nasal a otro.

-¿Cuando cumples años...

-Ann-se presentó.

-¿Cuando naciste, Ann?

-El dos de mayo...de 2006. Casi a las doce de la noche.

Los ojos saltones del señor Ollivander, que en el instante que precedió a aquel observaban las anotaciones de las medidas de Ann, se desviaron hacia ella, en una mirada curiosa.

-Curioso... es curioso ¿no crees?- decía, casi solo para si- y luego me dicen que porqué pregunto las fechas de cumpleaños...

-¿Qué pasa por cumplir años el dos de mayo?

Ollivander se distrajo un instante de su tarea.

-¿No lo sabes? ¡Cómo se nota que no vienes de familia mágica! es una historia muy larga para ser contada, incluso el día entero se me haría corto... pero no debes preocuparte por eso- le decía mientras rebuscada en las cajas tan inestablemente apiladas las varitas adecuadas- eso se da en historia en "historia de la magia" si no me equivoco, en quinto año, antes de examinarse para los T.I.M.O.S... Prueba esta. Manzano y pelo de unicornio, corta y rígida.

Ann agarró su varita y la agito un poco, pero nada sucedió. Unos instantes después, Ollivander se la retiró de la mano bruscamente.

-Si no reacciona no es buena señal... ¿qué tal esta? Avellano y centro de corazón de Dragón, tamaño medio y no muy flexible.

Una milésima después de que la varita rozara la mano de la niña, salió disparada hacia el techo, lo golpeó con brusquedad y estuvo a punto de estrellarse de forma muy estrepitosa contra la cabeza de Ann, si no fuera porque se apartó en el último instante, soltando un chillido.

-¡No, definitivamente esa no!-chilló- ¡ha reaccionado contra ti antes siquiera de haber intentado realizar magia!

La niña estuvo absolutamente de acuerdo. Probó madera de abeto y pluma de fénix, probó Pino y corazón de Dragón, y un sinfín de varitas que parecían no funcionarle.

-Mire-dijo Ann-después de depositar una varita de Serbal, que, según el señor Ollivander, daba un resultado bueno, pero no óptimo- no me queda mucho tiempo, mi madre me estará esperando y...

-Estaba convencido de que funcionaría...esta varita de Serbal y pluma de Fénix es una que no he conseguido vender en años, y comparte núcleo con...-sus ojos le brillaron, y su boca dibujó una pequeña "O"-creo que... podría ser...si...si, espera...

Se adentró con rapidez inusitada en una pirámide de cajas del fondo de la tienda (Ann intentó observar sin mucho éxito lo que hacía) y con su propia varita hizo que la de arriba del todo levitara hasta su manos. Llegó con apuro al mostrador y la abrió.

-Sauco y pluma de Fénix...es una combinación extremadamente inusual ¿sabes? sólo recuerdo haber fabricado esta varita...- calló de repente- verás, la mía, por ejemplo, es saúco y núcleo de corazón de dragón- alzó la suya misma para que la niña la viera- pero Sauco y pluma de Fénix...-se le quebró la voz, y mientras tragaba saliva le tendió a Ann la varita. Era larga, recta y extremadamente ligera.

La paseó entre sus manos, muy nerviosa.

De pronto, un calambre agradable recorrió desde la yema de sus dedos hasta el hombro. Al llegar a ese punto la sensación se extendió por todo su cuerpo.

Quiso gritar de pánico cuando vio que las venas del brazo brillaban con un resplandor plateado, de forma que casi parecían transportar plata liquida, en lugar de sangre. Miró asustada,como su brazo brillaba más y más, hasta llegar a cegar.

-¡Increíble!- estalló el señor Ollivander. Para entonces, Ann parecía haber vuelto a la normalidad.-¡toda tuya...¡tuya y mas que tuya! Eso que has hecho ha sido increíble.

Ann le entrego la varita al fabricante, asustada.

-¿Se supone que esto es bueno? Es decir... ¿hará eso siempre?

-Claro que no. Sólo ahora, que te ha reconocido.

Hablaba de la varita como si estuviera viva. Y tuviera voluntad propia.

Pagó por ella. El rostro del fabricante había pasado de un profundo éxtasis a una bien ocultada ¿inquietudFrunció el ceño, perspicaz como sólo ella podía serlo.

-¿Ocurre algo, señor?

El anciano se quedo pensativo unos instantes.

-Acabo de recordar... que el núcleo de la varita es de pluma de fénix... veras, recuerdo que de ese Fénix en concreto recibí tres plumas, no dos, como recordaba... con ellas hice tres varitas, como es lo normal.

"Una de ellas, Tejo, veinticinco centímetros, un tanto curva... la vendí hace ya años, un par de años después de la guerra, a un chico muy extraño, si... de unos dieciocho años, aunque tal vez no era mayor de edad, pero era tan grande... un muchacho atractivo, pero con una mirada un tanto...- paseaba su mirada, nervioso, hasta que sus ojos se posaron en los de Ann, tan confundidos como azules eran.

-¿Y entonces la otra pluma esta en esa varita?- pregunto con curiosidad.

-Sí, y...la otra pluma-dijo con vacilación- la combiné con una varita de Serbal-alzó la varita- en un franco arranque de locura.

"De esas tres varitas, esperaba vender una. No me extraño vender la de Tejo. Y desde luego, nunca pensé que vendería la varita que acabas de comprarme. Es curioso... o lo sería, que algún día existiera alguien al que elija ahora la varita de Serbal...

-¿Sólo porque yo he comprado la de Saúco? ¿O por el chico que compró la de Tejo?

-No es la primera vez-la escrutó mas que nunca por encima de sus gafas- que dos núcleos gemelos auguran el destino unido de dos magos, pero... esta vez son tres. Tres plumas, tres varitas, tres magos...es curioso que la varita de Sauco te haya escogido a ti, después de tantos años. Y, si se diese el caso de que alguien poseyera la varita de Serbal, deberías de saberlo... ya que los dueños de las varitas de saúco muestran gran afinidad con los dueños de Serbal, y no quiero imaginar cual profundo podría ser el vinculo que poseeríais si aun encima compartís núcleo de pluma de Fénix...

Quizás cualquier otro niño de once años se habría armado un lío. A Ann no se le presentó ninguna dificultad a la hora de entender lo que le quería decir.

-Su hijo dijo que había demanda de caritas de Serbal... ¿ha probado ha mostrar esta-señaló la varita de Serbal, que descansaba en el mostrador-al resto de clientes?

El señor Ollivander la miró, receloso.

-Ningún cliente que haya tenido ha sido elegido por la varita...nunca- Ann sintió un escalofrío en la zona de la nuca cuando se dio cuenta de que la voz del señor Ollivander se agravaba por momentos.

Su recuerdo se estaba distorsionando. El señor Ollivander se retorcía entre gemidos mientras algo monstruoso, oculto en el interior de su cuerpo, luchaba por liberarse entre chillidos, haciendo una desagradable joroba en su espalda, rasgándole la ropa.

(...)

Ann soltó un agudo chillido, mientras se incorporaba en su cama con la respiración agitada.

Solía tener pesadillas así. Como revivir situaciones que le habían pasado realmente, pero con distorsiones horribles. Aquellas pesadillas la atormentaban al menos dos veces por semana.

Nunca se había acostumbrado del todo a ellas, y seguía recibiéndolas con pánico y pavor.

Un miedo casi tan antiguo como su misma vida.

Aquella noche en concreto, la pequeña Ann bajó a tomar un vaso de agua a la Sala común, para tranquilizarse. Tal y como lo hacía en su casa, cuando su madre le traía un vaso cada vez que la escuchaba gritar en sueños. La despertaba, la abrazaba, y la obligaba a beber. Lentamente...para calmar la ansiedad.

Ni ella misma entendía su propia ansiedad. La realidad volvía a ella al abrir los ojos.

Al bajar las escaleras, se encontró con alguien que ya había intuido que se encontraría allí.

Harley no podía dormir. Todo formaba parte de un secreto enorme (o al menos, en aquel momento, con once años, se lo parecía) que Albus, Rose y ella habían prometido llevarse a la tumba. Al menos por ese momento, habían cumplido bien

No podía dormir. No podía no era que no quisiera, ni que no lo necesitara, realmente. No podía porque, simplemente, si estaba descansado, una energía incontrolable que existía dentro de él acabaría por desatarse y trastornarlo. Si él estaba agotado, su problema no se dejaba ver.

Por eso, los días siguientes a que el sueño se apropiara irremediablemente de él, estaba más arisco y evitaba a la gente.

Bueno, a Ann no demasiado. No podía evitar no reprimir una sonrisa de satisfacción cuando empezó a darse cuenta de que cuando ellos estaban juntos (ya fuera no haciendo nada en concreto) nada malo parecía pasar, y hasta los males del chico desaparecían.

Un sentimiento cada vez más persistente en su cabeza le decía que eran las habilidades especiales de Ann con la magia, recientemente descubiertas por ella misma, las que controlaban el trastorno de su amigo.

¿Era eso posible?

Las llamas de la chimenea se reflejaban en los ojos de Harley, que como todas las noches estaban medio adormilados. En ese momento, Ann irrumpió en la Sala Común sin hacer ni un solo ruido.

Aun así, el niño se giró para ver quién era y se miraron.

-Hola, Ann- saludó.

-¿Nunca te buscas nada interesante que hacer toda la noche?- le preguntó rápidamente, evitando que le preguntara el motivo por el que había aparecido allí.

Harley alzo la cabeza por encima del sofá.

-¿Cómo por ejemplo?

-Deberes. Así al menos no tendría que reñirte Rose por no hacerlos.

-Oh, Dios. Ella es insoportable- se quejó.

Ann sonrió, mientras buscaba la jarra.

Sabía que Harley y Rose se sacaban de sus casillas el uno al otro. Pero siempre estaban Albus y ella para mantener el equilibro.

Eran cuatro, como los elementos. Eran un número perfecto.

Rose era uno de los mejores regalos que le había dado Hogwarts. Una amiga. Ann no había tenido amigas antes. Las niñas Muggles la consideraban demasiado rara, y, aunque Ann era mestiza, su padre era un mago que había muerto joven. Y no supo nada nunca del mundo mágico (aunque su madre nunca le ocultó la existencia de la magia y de lo que ella era). Siempre se preguntó porque la familia de su padre nunca se había interesado por ella.

Después lo supo.

Era porque su padre se había casado con una mujer muggle.

- Además, los deberes de Patterson no son para mañana ¿Lo sabes, verdad?- se interrumpió con un largo bostezo.

Se encogió de hombros.

-¿Qué haces aquí?

-Tuve otra pesadilla.

Harley la miró. Acto seguido, alzo las cejas.

-¿Qué fue esta vez?

-El recuerdo era de Ollivander's. De cuando fui a comprar mi varita.

Harley asintió varias veces.

-No me extraña que el recuerdo te haya provocado pesadillas, ese señor da miedo. Estaba muy loco cuando le compré la varita.

Lo dijo con tal tono que a Ann casi le entra a risa.

-Mi varita es de Serbal y pluma de fénix, la compré unos tres días antes de empezar el curso. ¿Y la tuya? nunca te la he visto, como nunca te sientas conmigo en clase de Encantamientos...

Ann palideció todavía más de lo que lo había hecho cuando el niño sacó su varita de Serbal.

Era la misma que había que había estado en Ollivander's. La misma de la que habían estado hablando el fabricante y la niña.

Y que ahora, ya tenía dueño.

No había tardado mucho tiempo en adquirirlo.

-No-dijo con un pequeño nudo en la garganta- yo tampoco había visto tu varita.

Se quedaron segundos callados, en los que el suave crepitar de las llamas y la lluvia golpeando contra los cristales era la única música que acompañaba los desenfrenados latidos de Ann.

-¿Qué te dijo Ollivander cuando fuiste a comprar tu varita?-le interrogo con ansiedad.

Harley se sentó en la silla que estaba enfrente de la suya. Se paseaba la mano por el espeso pelo, intentando recordar.

-Pues... que mi varita no pensaba venderla, que compartía...

-¿Núcleo con una de saúco que había vendido hacia unos diez días, y con otra de Tejo que vendió hace años?

Harley alzó la ceja.

-¿Estabas allí? no te vi...

-¡Es mi varita! ¡La de saúco! ¡A mí me contó lo mismo!... recuerdo que él dijo que seria curioso si otra persona fuese elegida por la de Serbal... ¡y ahí esta! ¡Es la tuya!

-¿Y qué quiere decir eso?

-¡Anderson!

Ann se sobresaltó, centrando su atención de nuevo en Scorpius Malfoy.

-¡No grites! ¿Qué pasa?

-¿Es que no lo ves?- le espetó.

Ann no supo lo que quiso decir hasta una milésima de segundo más tarde.

Algo le hizo daño en la zona del pecho y rápidamente se dio cuenta de que su collar con chapa estaba calentándose rápidamente. Antes de que ardiera más, se lo descolgó.

Un segundo más tarde, Scorpius la imitó.

Ambos colgantes estaban rojos, y Ann supo que si seguían calentándose era porque algo realmente malo estaba ocurriendo.

-Guarda tus cosas- le exigió empezando a levantarse de la silla.

Unos cuantos alumnos, alejados pero presentes, los observaron extrañados por el escándalo que estaban montando. Ann observó a su alrededor y le pareció ver al señor Hoff entre las sombras de una estantería.

Cuando estaban a punto de marcharse, aparecieron las dos primeras personas de este mundo de las que Ann se cercioraría de que estuvieran bien.

-Ann- la llamó Harley con alivio, arrastrando a Rose del brazo. Esta parecía un poco mareada.

-Albus- murmuró en seguida ella- Hugo, Lily...hay que buscar a los demás.

Hasta Scorpius parecía haberse alterado seriamente con aquello.

-Tranquilos- dijo Ann- los demás no pueden vernos alterados. Ni los que están aquí, ni los que haya fuera.

Procuraba hablar lo más bajo posible.

-¿Y qué estás insinuando, que parezca que nos vamos de merienda campestre?- dijo Harley de mala gana.

Se centró en recibir la colaboración de Rose.

-¿Los collares?

-Los hemos tenido que guardar en la mochila- le respondió mientras echaban a andar, no demasiado deprisa, a la salida de la biblioteca.

-Bien, nosotros hemos hecho lo mismo.

No pudo evitar sentirse rara porque había englobado a Scorpius y a ella en un "nosotros"

-¿Crees que...- empezó a preguntar Rose.

-No. No, quiero creer que no. Él prometió que no me tocaría.

Empezó a angustiarse. Tanto, que un nudo en su garganta le empezó a pesar más que una piedra. La respiración se le agitaba por momentos.

-Pero no estamos hablando de ti. Estás aquí. Además- se acercó más a ella. Harley chasqueó la lengua malhumorado al verse excluido de la conversación, a pesar de que aun así oiría todo perfectamente. No sabían si Malfoy los seguía todavía.- colocar a uno de los suyos en Hogwarts me parece al menos una forma bastante buena de mantenerte controlada.

-¡Es que no ha colocado nadie!- casi grito en mitad del vestíbulo. Se detuvo, en parte para hablar, en parte porque ahora no sabía a donde ir- ese es justo el problema. Hace años que un profesor no viene nuevo al colegio. Así que en el fondo no sabemos si el Mortífago es uno o son toda la plantilla de profesores, quitando a Longbottom, McGonagall y a Hagrid.

Fue decir su nombre, y el guardabosque apreció en mitad del pasillo.

-¡Dejarme pasar!- Les gritó a los alumnos presentes- ¡Paso, venga!- exigió con su grave voz.

-Hagrid, ¿Qué está pasando?- le preguntó Rose siguiendo sus grandes pasos. Harley alcanzó al hombre hasta llegar a andar al mismo ritmo que él.

-Ahora no puedo, Rose, tengo que llegar al quinto piso...alguien ha...

-¿Qué ha pasado?- exigió saber Ann- Hagrid, por favor...

-Estaba con la profesora McGonagall en su despacho, revisando unos papeles...bueno, no importa- recorrían pasillos rápidamente y en aquel momento subían escaleras casi de tres en tres-el caso es que el profesor Patterson ha irrumpido y nos ha informado de algo...horrible, Rose, horrible.- se lamentó, pasando su gran mano por su amplia frente y siguiendo subiendo.- algo que no pasaba desde hace mucho tiempo. Más de veinte años.

-¿Qué?- casi gritó Harley, que no parecía tan agotado como los demás por haber subido dos pisos ya, mientras las escaleras cambiaban mágicamente de lugar- estoy oyendo gritos, Hagrid, ¿Qué ocurre?

Ann los oyó segundos después. Efectivamente, gritos de pánico de alumnos, aunque los que podían ver desde allí se limitaban a mirar hacia sus lados, asustados y sin saber qué hacer.

Agarró su varita y la alzó en guardia, preparada para lo que llevaba temiendo ya demasiado tiempo.

Él había venido a Hogwarts a por ella.

Y nadie, excepto ella misma, podría detenerle.

Porque él también era especial, como Ann. Exactamente como ella.

Lamentablemente quizás más fuerte porque le doblaba en edad.

Pero lo que oyó de boca del guardabosque tristemente la alivió.

-Una alumna ha sido atacada. Una chica de Slytherin.

Scorpius, que todavía seguía allí, avanzó con ímpetu hacia Hagrid y exigió saber quién había sido hechizada, por qué motivo y si se recuperaría, trastabillándose un poco al hablar, de lo nervioso que estaba.

Ann también estaba pensando en Grace Wilson.

-No sé qué le ha ocurrido exactamente. Sólo sé...que es Erized Panton.

Scorpius no pareció menos asustado, pero inhaló aire, como volviendo a la vida.

-No está muerta- dijo la profesora McGonagall delante de un tumulto de alumnos que se aglutinaba sin remedio en el quinto piso- ha sido encontrada inconsciente y no sabemos si la han atacado. En el caso de ser así, como alumnos, compañeros y amigos, seréis rápidamente informados. ¡Dispérsense! ¡Debemos de transportarla a la enfermería!

-¿Qué está diciendo?- preguntó Rose, que en medio del tumulto no escuchó a la profesora.

-Dice que no saben si alguien la atacado. Pero está claro que sí- dijo Harley.

Ann intentó ver a la chica, pero en la camilla que transportaba Hagrid únicamente, el cuerpo estaba tapado con una sábana blanca. Por un lado, Ann pudo ver como la blancura de la tela se iba volviendo roja.

-Una maldición, quizás- sopesó Rose, nerviosa.

-Estáis aquí- dijo Albus, apareciendo casi de la nada.

Harley se dio la vuelta y pareció querer estrecharle entre sus brazos con alivio. Pero Rose se le adelantó.

-Creímos que... ¿Hay alguien más que haya sido atacado?

Albus negó. Estaba especialmente serio.

Rápidamente se dirigió a Ann y la tomó de la muñeca, con urgencia.

-Tengo la capa de invisibilidad en la mochila-a Ann no le dio ni tiempo a abrir fuertemente los ojos. La capa no era precisamente de Albus, ni había estado en su poder jamás- tápate conmigo, tienes que ver algo. Tú por encima de todos.

Albus y Ann se alejaron del gran grupo y tomaron un desvío oscuro. Allí, Albus sacó la capa de la mochila.

-Soy sólo un poco más alto que tú, así que la capa nos cubrirá a los dos.

-¿Qué ocurre?

-Tienes que verlo tú. Es...

Ambos recorrieron hábilmente el pasillo, sin ser tocados ni percibidos por ninguna persona. No dejaba de ser extraño que nadie notara que estabas allí.

-¿Por qué quemó el collar? Panton no llevaba ninguno.

-Creo que fue Grace la que extendió la alarma- le dijo en susurros- ella me encontró y me avisó de lo que ocurría. Pudimos llegar antes que ningún profesor- dobló la esquina.- y vimos...

Consiguieron atravesar la pequeña muralla de unos cuantos profesores y llegar hasta el recodo donde la trágica escena había tenido lugar unos minutos antes.

-Vimos esto- remató Albus, con gravedad.

En el suelo había restos de Sangre. Ann se mareó y tuvo que agarrase fuertemente al brazo de Albus para no desvanecerse.

Al alzar la mirada, fue cuando sintió verdadero terror.

Alguien había usado la sangre (casi segura de que era de la no tan pobre Erized a la que sin embargo no deseaba nada malo) del suelo para escribir un mensaje en la pared. Era confuso, y a la vez muy claro.

No más sangre de traidores será derramada. Los siguientes serán los SANGRE SUCIA.

Ann casi gritó de la impresión. Apretó con una mano su varita, hasta que le dolió. Con la otra, se aferró a su amigo.

-¿Has mirado abajo?- le dijo, con voz oscura y metálica.

Ann bajó su mirada por la pared.

Más abajo, parecía como si el autor de tal crueldad y horror hubiera dejado su firma, como un vándalo orgulloso.

Varita de Tejo.

Ann habría caído al suelo de no ser por el agarre que se le estaba proporcionando.

No podía ser...y al mismo tiempo, no podía haber sido de otra forma.

¿Por qué no venía y la encaraba de una vez? Sólo era una estúpida niña de quince años que en lugar de querer la mejor bruja del mundo, prefería ser normal. Ella no había buscado todo esto. No.

Tres varitas. Tres plumas del mismo Fénix.

Ella, la varita de Sauco.

Harley, la varita de Serbal...

ÉL. LA VARITA DE TEJO.

Quizá si el hombre que asesinó al padre de Ann, había vuelto a reunir Mortífagos, y había amenazado a Ann con matarla si se enfrentaba a él, tuviera un mínimo de humanidad, habría ido a matarla ya hacía muchos años.

Pero no, la haría sufrir lentamente. Con las pesadillas, con sus amigos, con su familia...la destruiría.

Ann sintió que una rabia inusitada empezó a borbotear en su propia sangre, fruto de todas esas cosas que le habían acontecido todos esos años.

-Se acabó- dijo con voz firme- voy a destruirle.