-Ann Juliet Anderson-dijo la profesora Badgreen, con voz indiferente.

Ann maldijo a su suerte y a su apellido, por ser la primera en tener que someterse al juicio del Sombrero Seleccionador. En primer lugar.

El aquel momento, corazón se le salió de las costillas. Podría jurarlo por su propia madre.

Alguien que no vio (intuyó que Rose Weasley, la chica que había conocido en el tren de camino al castillo) la empujaba por detrás para que acudiese a la tarima.

Solo un ápice por su propio pie se aproximó, nerviosa, lentamente...se sentó en la banqueta. Nunca había estado más nerviosa que en aquellos momentos. El gran comedor se había quedado en casi completo silencio, y mientras le pusieron el sombrero notó que un montón de ojos se clavaban en ella.

¡Si no fuera la primera, quizás algunos no le mirarían!

-Veamos...-dijo el sombrero con voz crítica. Ann se temió lo que vino a continuación-¡Oh! ¡qué increíble! veo...veo una mente privilegiada...grandes dotes mágicas, un buen corazón, inocente y leal...cualidades Hufflepuff- continuó en seguida- pero está claro que sería Ravenclaw explotarías todo tu potencial...si...la magia...

-No-dijo Ann, tan inconscientemente que se llevó una mano a la boca rápidamente, generando miradas curiosas.

No quería explotar su potencial, no quería ser increíble, no quería...

No, por favor.

-¿No?-dijo el sombrero con extrañeza.

-"Donde habitan los valientes"-murmuró en voz casi inaudible.

El sombrero rio.

-¿Gryffindor? ¿Te consideras valiente y noble? no veo que sean dos cualidades que tengas muy bien explotadas...

Ann se hundió en la miseria, claro que no...pero sería lo suficientemente valiente para replicar, cogiendo fuerzas de sólo Merlín sabe dónde.

-Prometo ser valiente... prometo ser Gryffindor...-le contestó para que sólo él la oyera.

-¿Por qué Gryffindor? incluso en Hufflepuff...

No terminó la frase.

Ann buscó la respuesta en su interior. No tardó mucho en encontrarla, y su afán por ingresar en la casa era tal, que no se la aguantó por vergüenza.

-Porque quiero ser Gryffindor. Quiero ser una Gryffindor valiente y noble. Es mi mayor deseo. Quiero cambiar. No tener miedo. Afrontar...

-Umm...

Ann estaba deseando quitarse ese enorme sombrero de la cabeza. Pensó en salir corriendo, pero eso claramente no iba a ayudar a que la pusieran en...

-¡Gryffindor!-bramó el Sombrero Seleccionador.

¡Si! ¡Si! ¡Si! ¡Por Dios, si!

Casi corrió hacia su mesa de en la que la recibieron con cariño y emoción.

Las dos de la mañana en la Sala Común de Gryffindor nunca estaban solas. Siempre había alguien dispuesto a llenar alguno de los sillones, a sentarse en alguna silla o a calentarse junto al fuego cuando hacía más frío.

Pero aquel día...aquel día había más gente de la normal.

Ann miraba al suelo, con el ceño fruncido, sentada en el sofá grande. Mantenía la cabeza gacha, mirando a la poción que tenía en sus manos.

-Tienes que beberla toda- le susurró Rose, sentada a su lado.

Albus estaba debajo de ellas, mirándolas a ambas en periodos cortos de tiempo. Luego desviaba la mirada hacia Harley, que paseaba alterado pero silencioso por toda la estancia.

Ann negó.

-No funcionará.

Rose cerró los ojos, cansada de negativas.

-Si no te la bebes nunca lo sabrás.

-La poción para dormir sin soñar es raro que no funcione- intervino Albus.

-Probé hace tiempo, y no. No cuando

Ann levantó la vista por fin. Tenía los ojos brillantes. Aunque no estaba muy claro el porqué.

-No sé cuántas veces tengo que decirte que esto no es tu culpa- dijo Rose.

-¿Ah, no?- ironizó Ann.

Harley hasta detuvo sus pasos. Aquello era extraño. Ann nunca utilizaba la ironía.

-Dinos que piensas, por favor. Ya sólo estamos los cuatro. Ni los Aurores, ni el resto de alumnos que están en esto, ni el profesor Longbottom. Si no hablas con nosotros...

-¿Y qué quieres qué diga, Albus?- le dijo, con voz agotada y sin embargo, escondiendo rabia- ¿Qué crees que estoy pensando? principalmente, en que todos estos años he sido una estúpida. Ahora ya no sé qué hacer para arreglarlo.

-¿Por qué dices eso?- preguntó Rose- siempre has tomado las decisiones más prudentes.

-Te equivocas- le dijo.

No todos los días alguien le decía a Rose que se equivocaba.

-He tomado las decisiones más fáciles y más cómodas para mí- prosiguió Ann- no las correctas para todo el mundo.

Dejó la poción sin acabar en la primera mesita que tenía a mano y se incorporó. Buscó la mirada de Harley y la encontró en seguida.

No le daba vergüenza que la viera llorar.

Y menos si era de algo tan poderoso como de rabia.

Rabia peligrosa e incontenible.

-Él...Sameor- pronunció su nombre con esfuerzo- está con los Neomortífagos. Pero me busca a mí. Y un tercero no puede...no podría soportar que alguien muera sólo porque yo no me atrevo a afrontar MI propia realidad. Que me quieren a mí. Que el mago con mayor poder del mundo mágico me quiere matar.

-¿Y tú crees que yo, nosotros o cualquiera que te conozca sería capaz de hacerse a un lado, y ver como él llega hasta ti? creía que tú eras la lista- le dijo Harley, con una seriedad impropia de él.

Lo que dijo fue un detonante que hizo que Ann estallara como un barril de pólvora.

-Pues resulta que no soy "la lista", Harley- le dijo, duramente- porque durante toda mi vida me he dedicado a parecer normal. Y dime, cuando Sameor llegue hasta mí (que lo hará por mucho que el resto que me aprecia se empeñe en que con un poco de protección estará todo bien) ¿de qué me habrá servido el evitar ser quien está claro que tendré que ser?

Nadie dijo nada. Lamentablemente, todo lo que estaba diciendo tenía sentido.

-Sameor no es como Voldemort- comenzó Ann- tiene un don, es como yo, no se trata de sólo un mago- hizo una pausa, porque le costaba horrores seguir hablando- sólo que él fue desde pequeño preparado para ser diferente, y yo me he dedicado a intentar parecer normal. He perjudicado a la gente de mi alrededor.

-Estás diciendo eso porque estás enfadada- intervino Rose.

-Lo estaría diciendo de todas formas- replicó.

-Ann- le dijo Harley- sólo porque un chiflado haya decidido que tiene que matarte antes de empezar a "dominar el mundo" o lo que sea, porque eres el único impedimento que hay, no quiere decir que seas la única culpable de todo lo que ocurra.

-Esa simplificación de los hechos es infantil hasta para ti- no pudo evitar soltar Rose.

Ann no dijo nada. La sala volvió a quedarse en silencio mientras Harley le echaba una dura mirada a la pelirroja.

Rose y Albus mantuvieron una mirada cómplice mientras Ann les daba la espalda a todos y apoyaba su frente en la ventana más cercana, sientiendo el frio en su piel y oyendo más nítidamente como cada gota de lluvia se estampaba contra la ventana, limpiando así la superficie de la misma. Y sus mismos pensamientos.

La rabia desaparecía poco a poco y daba paso a un sentimiento peor.

Harley miró al suelo, en cierto modo agotado.

Rose suspiró.

-Me siento impotente- completó Ann.

Impotencia.

Nadie añadió nada de nuevo.

Hasta...

-Hazlo- dijo Albus- hazlo, prepárate para ser mejor que él- se incorporó mientras lo decía. Unos segundos más tarde, su prima también estaba arriba.- es lo que quieres, y es en el fondo lo que se espera de ti, ahora que ya no eres tan pequeña.

Ann lo miró y asintió muy levemente, casi de manera imperceptible.

-Eso no significa que todos tengan que saberlo- caviló Ann para sí.

-Los que no lo saben, que no lo sepan y punto.

-También he estado pensando...supongo que mañana habrá otra reunión- le preguntó a Rose, y los tres la miraron.

Ella no se sobresaltó en que todos pensaran que era responsable de procurar un poco de orden.

-Supongo que si hoy no hemos tenido...mañana sin duda habrá que reunirse- devolvió las miradas, como buscando aprobación con lo que había dicho, ya que lo había dicho con cierta vacilación.

-Deberían de estar preparados para enfrentarse a quien les ataque. No estar tan desprotegidos como Erized Panton- dijo Albus.

-No quiero ni pensar en la idea de que haya más ataques.

Todos se estremecieron.

-Yo creo que ya es hora de que tomemos las riendas de la situación-dijo Harley-aunque bueno...en mi caso no creo que mis habilidades hasta ahora insospechadas con los hechizos vayan a salir a la luz con un poco más de práctica.

-Si lo que estáis insinuando es que nos convertíamos en la nueva generación del ejército de Dumbledore...-empezó Rose.

Albus asintió y no asintió al mismo tiempo.

- Lo necesitamos también, Rose. Necesitamos aprender a defendernos.

-Negarlo a estas alturas de los hechos sería bastante imprudente-siguió Ann.

-Ya no podemos estar parados- convino Albus- las reuniones no deben ser sólo para hablar del peligro, sino para aprender a enfrentarlo.

Todo volvió a quedarse en silencio.

-Deberíamos irnos a la cama- aconsejó Rose- mañana todo estará más claro y lo hablaremos de nuevo. Aunque no significa que no esté de acuerdo completamente.

Nadie dijo nada, una vez más, por largo tiempo.

Rose fue la primera en marcharse hacia las escaleras. Ann la siguió con la mirada hasta que se decidió a subir las escaleras en pos de ella.

-Buenas noches- se despidió.

Harley le dirigió una media sonrisa de apoyo antes de que desapareciera. Entonces su rostro volvió a quedar serio.

Albus se acercó a él.

-Odio esto- se quejó Harley- odio que Ann tenga que sufrir de esta manera. Y en realidad no poder hacer nada.

Albus miró hacia el hueco de las escarelas, sin querer añadir nada más.

Sus pensamientos se fueron hacia lo más banal.

-James me matará si descubre que le he robado la capa de Invisibilidad que envió Papá.

-Ya pensaremos en algo para devolverla a su lugar. Por cierto, ¿Cómo es que Grace estaba allí para ver que habían atacado a Erized, y tú justo estuvieras a la vuelta de la esquina para que te avisara?

Albus frunció el ceño.

-No creas que Ann y Rose no se lo preguntan- le dijo, con una expresión de suspicacia bastante desentontante con él- ¿Qué tienes con ella, te gusta?

-¿Wilson?- preguntó Albus, todavía sumergido en la gravedad de otros asuntos- ¿gustarme en el sentido que tú le quieres dar?

-Claro, en el que yo le quiero dar- respondió Harley, medio irónico.

Albus chasqueó la lengua.

-No me parece la mejor conversación para tener ahora.

-Tardé tres años en descubrir que Ann te gustaba. No voy a esperar tanto para saberlo esta vez.

-No hay "esta vez". Ella me sigue gustando- admitió Albus. Su amigo supo que le había costado un mundo admitir aquello, y que fuesen las dos y media de la madrugada y Albus estuviera a punto de desplomarse de sueño ayudaron a que tal secreto saliera a la luz.

-Oh-sólo dijo.

-A mí también me parece un problema.

Silencio.

-¿Y no te atrae ni un...poco?-tentó Harley.

-Sería estúpido si dijera lo contrario- volvió a admitir, un tanto incómodo. Estaría muy incómodo si no estuviera hablando con su mejor amigo.

-Es que...bueno, ¿Tú la has visto?

Albus le dirigió una mirada directa. No pudo evitar sonreír un poco y bufar.

-Si. Creo que sí.

-Pues yo sin el "creo"

-Si tanto te gusta, ¿Por qué no hablas con ella?

-Ya lo hago. Me trata como si fuera un estúpido.

-Tal vez es porque lo eres.

Se dirigieron miradas de falso enfrentamiento.

-Enano.

-Vale. ¡Qué insulto más bueno!

-¡Clary!

Clarissa y su amiga Edith Lawrence se detuvieron en mitad de las escaleras que daban al comedor.

Hugo Weasley bajaba apresuradamente hacia ellas, tan desastroso y particularmente emotivo como siempre.

Edith, alumna de cuarto curso de Ravenclaw, de pelo castaño muy liso y un casi serio problema de acné, rodó los ojos. Una vez más.

Siempre que Hugo Weasley aparecía para hablar con Clary, procuraba desplazarla a ella. Bueno, a ella y a cualquiera que estuviera a tres metros de perímetro a la redonda. Era evidente que Hugo era capaz de traerle el sol a Clary y volver calcinado, sólo para recibir el agradecimiento de su amiga.

Para ser justas, Hugo no disponía de mucho tiempo con Clary. Quizás era por eso por lo que cada segundo, lo exprimía al máximo.

En ocasiones, sentía hasta envidia de que un chico babeara tanto por su amiga, y ella todavía no...eso. Ni siquiera alguien se había interesado por invitarla a la fiesta de Mayo.

Pero para su amiga, Hugo no era más que un amigo de la infancia, simpático y efusivo. Un poco plasta a veces.

En cierto modo, a Edith le daba lástima que el chico de pelo castaño ensortijado no supiera de que no era para nada correspondido.

-Se lo pediré ahora- le comentó Hugo a Clary, con tono confidencial, pero no confidencial al mismo tiempo

-¿Qué? ¿Ahora? Estás loco...

-¿Qué ocurre?- preguntó Edith, a sabiendas de que seguramente nadie le respondería.

Se equivocó.

Clary la rodeó del brazo. Se dieron media vuelta.

-Mira, allí está.

Su amiga le estaba señalando a Grace Wilson y a su amigo Josh Wracen.

-¿Qué les pasa?- preguntó, desinteresada.

- Hugo va a pedirle a Wilson que la acompañe al baile.

Eso no se lo esperaba. Se sorprendió entera.

-¿Cómo?- preguntó, perpleja.

-Eso- dijo Hugo, cerca de ellas- seguramente diga que no, pero... ¿qué pierdo?- preguntó.

"Tu reputación" pensó Edith.

-A todos les ha dicho que no. ¿Por qué contigo iba a ser diferente?

Pudo ver en Hugo un resquicio de vacilación.

-No seas aguafiestas, Lawrence.

-Bien. Se lo pedirás ahora ¿no? vamos a verlo- le desafió.

Clary le dirigió una mirada reprobatoria.

Pareció haber conseguido su objetivo y Hugo Weasley fue alejándose poco a poco de ellas, acercándose a donde Grace y su amigo parecían estar manteniendo una conversación corriente.

Edith sólo pudo ver a lo lejos como Hugo, que ya era una figura lejana de pelo castaño ensortijado, interrumpía la conversación y ambos Slytherin lo miraron como si se lo fuesen a comer. En el mal sentido.

Una parte de ella se compadeció del Weasley.

Sin embargo, después de unos segundos, sucedió algo extraño. No pudo ver la cara de Hugo porque estaba de espaldas, pero vio la de Wilson y no tenía esa expresión agria de siempre. Parecía tranquila. Incluso le asintió a algo de lo que dijo. Pudo ver como Wracen abría los ojos desmesuradamente ante esto.

Edith le imitó.

NO.

No podía ser...

¿Si?

La pareja se alejó hacia la entrada del gran comedor cuando llegó Scorpius Malfoy con un montón de papeles bajo

el brazo ( y claro está que la mirada a Hugo tampoco fue de la mejor simpatía)

El amigo de Clary se dio la vuelta y volvió hacia ellas, anonadado.

Era posible.

-No me lo puedo creer- dijo Clary, solamente- no me lo puedo creer...

-No yo tampoco, ¡ha dicho que sí!

La mandíbula le iba a llegar a Edith hasta el suelo.

Alguien agarró a Rose de la cintura.

-Buenos días- le susurraron al oído.

Rose miró al techo, reprimiendo un suspiro.

-Hola.

Tobías apareció a su lado.

-¿Qué pasa?- le preguntó, cogiéndole un par de libros de los que Rose llevaba en sus brazos.

-Querrás decir qué no pasa.

Comenzaron a andar. Rose procuraba no mirarle.

-¿Y tus amigos?- le preguntó.

-Quería estar sola- soltó.

Tuvo el impulso de taparse la boca.

-Oh, ya veo-dijo, un poco en broma, otro tanto ofendido.

-Lo siento. No quería decir eso. Es sólo que...Merlín.

Caminaron durante casi un minuto en silencio, pero tal silencio era demasiado incómodo.

-Mira...sé que sigues enfadada conmigo.

Rose suspiró realmente esta vez.

Tobías había sacado a relucir el otro día el tema de conversación de los derechos de los elfos domésticos, y eso siempre era un tema peliagudo. Bueno, en realidad él no había sido el que había sacado el tema. Fue ella. No, ella no...bueno, daba igual. En realidad no lo recordaba.

Su madre le había enseñado (y no solo enseñado teóricamente, sino que sus enseñanzas las ponía en práctica siempre) en creer en los derechos de libertad e igualdad de las criaturas mágicas. Y ella creía. Firmemente.

Por lo visto, Tobías siempre tenía algo que decir, negativamente, frente a ese tema.

-Yo ni siquiera te di mi opinión. Sólo eso. No pretendía molestarte.

-Ya, bueno...entiendo que mi madre y unos cuantos más seamos los únicos del mundo mágico que creamos en la libertad total de los elfos domésticos, incluso si no quieren ser liberados de la opresión (dijo remarcando sus últimas palabras, ya que de ahí radicaba el problema, la discusión que habían mantenido el día anterior)

-¿No podemos olvidarlo?

Rose cerró los ojos fuertemente.

-Claro que podemos olvidarlo- le dijo, de manera suave.

Pero había algo de piel en la frente de Rose que permanecía arrugada, su forma de andar era recta y su cuerpo estaba tenso, como una goma estirada, peligrando por romperse.

En el fondo, Rose y Tobías eran demasiado parecidos. El chico tenía unos aires de político que "utilizaba" para mantener substanciosas conversaciones con ella. Por un lado, odiaba y apreciaba esa parte de él. La odiaba porque dos personas no pueden estar de acuerdo en todo. Y cuando no están de acuerdo...discuten.

Rose no estaba lista para discutir con nadie. No sólo tenía la agenda llena de cosas que hacer y también que pensar, sino que, con la vuelta de Harley, parecía como si en el fondo...

Tobías ya no tuviese ningún espacio en su vida.

Si ya discutía con él, ya no tendría tiempo para debatir con su novio.

Para qué negarlo, era mil veces más emocionante discutir con Harley. Era...morboso. Esa era la palabra. Lo odiaba y en el fondo muy en el fondo le encantaba. Era como recibir pequeñas corrientes eléctricas.

Con Tobías era más como un debate, una discusión formal. Esta vez se les había ido de las manos, pero acababan de arreglarlo. Rápidamente.

Con Harley eran peleas. Peleas que hacía que borboteara por dentro, revolviéndose, retorciéndose, y luchando como nunca en otras ocasiones para llevar la razón.

Para qué negarlo. Así Rose liberaba la tensión. Aunque fuese la tensión equivocada, incorrecta.

¡No podía estar pensando en eso! ¡Tenía novio!

La arruga se hizo más pronunciada y Tobías lo notó.

-¿Qué pasa, Rose?

El calor del Gran Comedor los recibió, dándoles los buenos días.

Rose se sobresaltó. Por un momento pensó, locamente, que él podía haber estado oyendo sus pensamientos.

Sacudió la cabeza, mareada. Incluso se detuvo, taponando una pequeña parte de la entrada.

Aquello estaba mal. Todo dentro de ella estaba mal. Desordenado como nunca. Necesitaba algo que la ayudara a organizarse, recuperar la calma de siempre. Le había echado toda la culpa a Harley, a que se marchó. Pero ahora él estaba de vuelta y...ella seguía igual. Había perdido hasta tal punto el control de sus pensamientos que no parecía haber manera de sacar algo en claro.

Sin embargo, había algo. Algo que tenía muy claro. Desgraciadamente lo tenía.

En otro momento lo hubiera dejado estar. Tobías había sido el primero en besarla, el primero en esconderla tras una estantería para hacer algo que no-era-leer. El primero con el que...con el que en realidad, el caos interno y la fachada de orden no importaban demasiado. Y eso, como cualquier otra chica de dieciséis años recién cumplidos (fuesen cuales fuesen las circunstancias) le había gustado.

Pero ahora estaban atravesando ese momento en el que el besuqueo y el aspecto ya dejaban de ser menos importantes.

Y sinceramente, Rose no quería eso. Lo sabía. Estaba empezando a darse cuenta de que había tomado un par de incorrectas decisiones.

Era su deber, como Weasley-Granger, arreglar lo estropeado.

-Come algo, al menos.

Ann levantó la vista de sus huevos revueltos, sin prisa.

Albus la miraba un tanto preocupado. Ni siquiera él prestaba mucha atención a su plato de comida. Miraba a un lado y al otro, expectante.

Estaba a punto de decirle que no tenía nada de hambre, cuando Harley apareció a su lado, dejando sobre la mesa de Griffindor "El Quisquilloso" (un borde se le manchó de mantequilla)

-Perfecto- dijo Albus, satisfecho- ¿Quién te lo ha prestado?

-La verdad, no tengo ni idea de quien era. Una Hufflepuff de sexto o de séptimo. Y me ha dicho que me lo quedara. Y que cualquier cosa que quisiera que lo dijera. Pero sinceramente-les confió- no creo que tenga ya más que pedirle. Es bastante...-su rostro se torció.

Albus se dedicaba a mirarle como si estuviera loco, o algo así. Después pusó una expresión de resignación bastante típica en él.

-A mí me habría dado el dedo medio de su mano derecha. Bien levantado.

Eso casi hace sonreír a Ann. Albus lo notó y se sintió orgulloso. Aunque fuera a costa de llamarse feo a sí mismo.

Rose llegó minutos después. Se desplomó al lado de Ann, quitándose la bolsa llena de libros al mismo tiempo.

Tenía los ojos brillantes.

Ann lo notó en seguida.

Mientras Hugo se levantaba para hablar con Harley, muy estusiasmado, y Albus empezaba a leer el periódico, Ann se quedó observando a Rose unos minutos más, mientras observaba como parecía querer llevarse a la boca todo lo que no que no había comido en dos meses.

-No es fácil. Y sea como sea nunca lo es- le dijo a modo de saludo.

Rose torció la cabeza y la miró (tuvo también que bajarla, debido a la gran diferencia de alturas). Parecía no saber qué decir exactamente.

-Primero- dijo finalmente, con la boca un poco llena de tostadas- odio que seas una buena oclumántica. Segundo...no sé. Creo que lo primero otra vez.

-¿Cómo se lo ha tomado él?- preguntó discretamente. Nadie parecía estar prestándoles atención.

-Dice que estoy confusa- dijo, con un muy ligero tono de imitación paródica- que en realidad lo que pasa es que no sé lo que quiero. Y...no es cierto. Bueno...

-¿Piensa que te gusta?- le susurró.

-No le culpo tampoco. Hasta hace diez minutos era mi novio. Es normal que piense que mi decisión ha sido producto del estrés. ¡Y si lo ha sido, pues mejor! una preocupación menos.

A Rose se le notó que eso de considerar a un novio como una "preocupación" era lo que la estaba fustigando. Era muy joven, pero tenía una idea más o menos clara de lo que era querer a alguien.

Ann desvió rápidamente sus ojos hacia Harley. Estaba hablando con Hugo y Nick sobre la cita que el Weasley iba a tener con Wilson, o algo así, y el chico no pareció inmutarse, pero Ann supo que lo había oído. Porque era capaz de oír lo que nadie oía.

Y esa información tan importante seguro que no se le había escapado.

-Merlín Santo- dijo Albus bajando el periódico estrepitosamente. Seguramente había leído algo que lo había impactado bastante.

Hugo, Nick, Harley, Rose y Ann casi parten el periódico al intentar tirar de él por lados diferentes.

-¿Qué pasa?- preguntó Ann.

Albus abrió de nuevo el periódico y les mostró el artículo.

Rose entristeció su rostro, Nick la imitó. Ann palideció. Harley lo miró, impactado. Hugo...llamarse suertudo por haberse adelantado esta mañana...era demasiado horroroso en aquellos momentos.

Todos dirigieron la vista hacia la mesa de Slytherin. En ella, Grace, Josh y Scorpius desayunaban tan tranquilos como siempre.

-Merlín. No lo sabe todavía- dijo Albus, con gravedad.

-Pues creo que mi redacción del hechizo Patronus estará suspenso-dijo Josh- no está muy bien redactado, y además no hablé nada sobre cómo hacer un patronus parlante.

-Bueno- comentó Grace, distraída. Ella sí que había incluido los Patronus parlantes.

-¿Dónde está Scorpius? Hoy es sábado, ¿no?

-¿Eh? ¡Es cierto, ¿dónde se ha metido?!

-Vale, lo hemos perdido de vista- exclamó Josh- ¡qué buenos amigos somos!

Scorpius se había esfumado, y al darse cuenta Josh había ido a los lavabos a buscarle. Así que Grace se había quedado fuera, en el pequeño jardín, esperándolos.

El día había empezado muy extraño. Había también notado que muchas miradas se centraban en ella, como si llevara algo horrendo puesto o una mancha en la cara.

Pero Josh le había jurado que estaba como siempre.

Bueno, también era la alumna que había dado la voz de alarma el día anterior del ataque a Erized. Aunque era sólo porque ella era con la que estaba hablando antes de separar sus caminos y que la atacaran. Quizás era normal que la gente se fijara más en ella.

Grace se estremeció de pies a cabeza.

Erized nunca le había caído bien, pero nunca la trató mal y se respetaban, dentro de lo que cabía. De hecho, el día anterior mismo compartían unos apuntes de Historia de la Magia como si tal cosa.

Todavía no sabía cómo se encontraba.

Observaba como James Potter y sus amigos Louis y Jamie cruzaban los terrenos, de manera resuelta y segura. Dirigió después la vista hacia el suelo, distraída.

Casi un minuto después, alguien la sorprendió, agarrándola por la túnica, cerca de la clavícula derecha.

Del impulso avanzó un par de pasos.

Michael Samdon se colocó en frente de ella, con el rostro desencajado, furioso y encogido de una manera que parecía un gorila cabreado. Para su aspecto fino y delgado, aquello no encajaba para nada.

-Supongo que estarás contenta- siseó- ahora que por tu maldita culpa ella está muerta.

Grace palideció.

¿Quién estaba muerta?

-No- murmuró, cayendo en la cuenta.

La conmoción le hizo pasear la mirada, y reparó en que la mano izquierda de Michael sostenía la varita.

Grace buscó la suya en su túnica, rápidamente.

La gente murmuraba alrededor de ellos. Grace no pidió ayuda, pero un grupo de amigos de Michael procuraban advertirle de algo. No les entendió, sonaban como si estuviesen muy lejos.

-¿Cómo estás seguro de que está muerta?-l e preguntó atrevidamente, a sabiendas de que hablar era muy arriesgado, y preguntar mucho más.

-¿Cómo? ¡Viene en todos los malditos periódicos!

Ni ella, ni Scorpius ni Josh recibían correo del Profeta los fines de semana.

Dios. Su madre había muerto. Una angustia se acrecentó rápidamente en ella, una vez superada la sorpresa y la negación.

-¿Y qué vienes a decirme a mí?- le espetó. Una creciente rabia empezaba a borbotear, a cocerse dentro de ella. A intentar evaporarse.

-¿Crees que hacerme la culpable a mí va a hacer que olvides quien realmente...?

Un rayo de luz roja salió de la varita de Michael y Grace tuvo un milisegundo para esquivarlo. Pero lo aprovechó y lo hizo.

Se acercaba su punto de ebullición.

-¿¡Pero qué haces, idiota!?

Nadie intentó parar aquello, pero cada vez había más gente a su alrededor. Preocupados, y unos cuantos sólo curiosos

Iba a lanzarle un hechizo, pero lo que dijo la detuvo.

-¡Te dije que te mantuvieras al margen, y fuiste a verla!- le espetó- ¡mis abuelos lo dijeron, fuiste allí!

¿Y cómo podían saberlo? Pansy no podía haber hablado...

-¿Y qué crees, que por te eligiera a ti yo ya no tengo ningún derecho de ella?

Se acercó a él. Por algún extraño motivo, ya no tenía ningún miedo. Sólo odio. Sólo estaba cansada de que el chico fuera tan estúpido de creer que ella era la culpable de que ella estuviera...

Las lágrimas le nublaron la vista.

-¿Que me eligió?- le siguió gritando él- ¿Y quieres tú para comprarte de esa forma conmigo? ¡Tú eres una Sangre sucia!

Todos ahogaron un grito. Ese insulto no había sido utilizada en público desde hacía un montón de años.

-Soy mestiza- dijo, casi con regodeo y provocación- y, por si no te habías dado cuenta, busca en tu cerebrito. Soy tu hermana- remarcó y recalcó, buscando infringirle el mayor daño psicológico posible.

Tan distintos no debían de ser, ambos estaban buscando dañarse mutuamente para olvidarse de su propio dolor, mucho más profundo que unos reproches e insultos.

Odiaba a Michael. Lo odiaba con todas sus fuerzas, con toda su vida, con todo su ser. Cada poro de ella estaba buscando la manera de hacerle sufrir, de que llorara tanto como ella había llorado, de que se sintiera igual que se sentía ella. Toda la culpa era de él, no suya. Ella no había tenido la culpa de nada.

SU CULPA.

No era consciente, pero acababa de rebajarse al nivel de escape de dolor de su hermanastro.

-Zorra- le escupió.

Grace ya no era capaz de buscar palabras que describieran su fuerza, lo poderosa que se sentía. Acababa de alcanzar ese punto de ebullición, de pérdida de la razón. Había llegado donde sólo el instinto y el impulso llegan.

En apenas, ¿qué? ¿Dos minutos? Menos.

Por segunda vez y con mucha suerte, el rayo rojo de Michael no la alcanzó. Y, guiada por una fuerza invisible, en vez de utilizar un hechizo expelliarmus (que habría sido quizás más eficaz) avanzó la distancia que los separaba con rapidez inusitada y le arrebató la varita con la mano. Con la otra, le empujó en el pecho, hasta que pudo ayudarse de la otra y hacer que la fuerza aplicada fuera mayor.

Quizás porque él no se esperaba una forma de ataque tan Muggle, hizo vacilar sus piernas. Con una última embestida, Grace logró lo imposible. Michael Samdon cayó al suelo, perdiendo toda su dignidad.

Se abalanzó sobre él, triunfante, y lanzando sus varitas lo más lejos posible.

Sólo había una forma de infringirse dolor que todavía no habían probado. Hacerse daño físico.

Los hermanos eran una manojo de pies, manos y uñas. Grace las clavaba donde podía, mientras ambos gritaban del esfuerzo. No sentía dolor. Sólo la euforia que le producía saber que sus manos golpeaban contra alguna parte del cuerpo que ahora tenía encima golpeándola.

No supo exactamente qué fue lo que sintió notó que alguien levantaba a Michael de encima de ella, si alivio, o enfado. Tanto el rostro de su hermano, por el que corría un hilo de sangre, como el del que levantaba su cuerpo, estaban siendo eclipsados por la luz del sol, y por la capa de líquido brillante que protegía los ojos de la chica.

De pronto, ya no hubo rabia. Y simplemente, se echó a llorar, como una niña pequeña, sollozando, empezando a notar el desgaste físico. No pasó mucho tiempo, o tal vez varios días de tormenta, hasta que unos brazos que conocía muy bien la rodearon, protegiéndola de las miradas indiscretas.

-¡Ya basta!- oyó gritar.