QUERIDA PRIMA VICTOIRE:

En primer lugar y antes de nada, tienes que perdonarme. Sé que no te envío muchas cartas, sobretodo últimamente. Pero pondré a mi favor el que tú sepas que, en el fondo y no tan fondo, siempre fuiste mi prima preferida. Te admiro muchísimo. Otro elemento en mi defensa es el hecho de que últimamente no tengo tiempo para nada. Los T.I.M.O.S me tienen totalmente absorbida de tiempo.

Una de las cosas que me pasan por dentro te la digo sólo a ti, porque sé que no se la vas contar a nadie. Temo que los demás me miren raro por esto pero...alguien tiene que saberlo a ciencia cierta o sospecho que explotaré.

Mi problema, MI GRAN PROBLEMA, es que siempre quiero ser la mejor en todo, o que todo salga perfecto...o como se diga.

Lo que me hizo darme cuenta definitivamente de eso fue una cosa que me sucedió hace un par de meses, más o menos

Estaba en la biblioteca estudiando (no hacía otra cosa que estudiar) y Hugo vino a verme. Dijo que tenía algo importante que traerme.

Lo que estudia últimamente Hugo es para reírse. ¿Te acuerdas de lo que hacías tú en el cuarto año de Hogwarts? Nada. En el cuarto año de Hogwarts no haces nada. Es en quinto cuando realmente tienes que trabajar, y mucho.

Bueno, pues Hugo interrumpió mi redacción de Historia de La Magia (que luego me costaría un mundo retomar) para decirme que Papá y Mamá nos habían hecho unos regalos. La verdad es que me extrañó mucho, faltaban meses para mi cumpleaños, y el de Hugo había sido en verano. Y...bueno, no había motivo para recibir un regalo a mediados de noviembre.

Espero que no te moleste que no te diga lo que había en el paquete de Hugo, me parece más personal y cosa de él. Pero lo que había en el mío si puedo decírtelo, ya que es algo que ahora me pertenece y yo...como que decido más sobre él ¿no? como es mío...

Era un libro. Un libro que yo ya conocía bien. Mamá y Papá se turnaban para leérnoslo antes de acostarnos cuando éramos pequeños. Casi cada noche. No existe un libro que me sepa tan de memoria. Y tú sabes lo mucho que me gusta leer, y sobretodo, releer una y otra vez los libros que más me gustan, casi hasta aprendérmelos.

No era precisamente que no me hiciera ilusión, era sólo que...no entendía porqué justo en aquel momento Mamá decidió regalármelo (porque si, el libro pertenecía a mi Madre)

Debo decir que a una pequeña parte de mí le pareció un regalo bastante estúpido. Me arrepiento de haberlo pensado pero en aquel momento odié ese pequeño libro de cuentos infantiles.

Tendría que llevarlo debajo del brazo hasta la Sala Común y subir a mi cuarto y guardarlo. Seguramente durante el trayecto, una chica muy insoportable de mi habitación, Christinne Bennet, se burlaría de mí por llevar un libro tan infantil (bueno, no burlarse pero...creo que puedes llegar a entender como es la gente que sólo vive para amargar la existencia a los demás)

Una vez Hugo se hubo marchado y volver a estar sola en la biblioteca, abrí el libro, todavía un poco indignada.

Había una nota dentro. Reconocí la letra de mi padre, menos alargada que la de Mamá.

"Para cuando estés lista para crecer"

Seguramente estés sonriendo en este momento. Casi puedo verte. Quizá Teddy también esté leyendo esto. Quizás él también se esté riendo. No le dejes leer el resto la carta si lo está haciendo, por favor. Creo que esto es más entre tú y yo

Mis padres todavía no me creen madura ¡Bien!

En aquel momento no entendía nada. Me pareció una broma estúpida que sólo conseguiría apartarme de los estudios. Yo me consideraba madura, Vic, de verdad que sí.

Porque soy responsable: cuido de mi hermano, hago la cama todas las mañanas, siempre llevo ropa lavada y planchada. Hago los deberes. Mis notas son perfectas. Soy leal con mis amigos. Soy generosa. Lista, supongo, ya que todo el mundo lo dice.

Supongo que me lo tenía un poco creído.

Siempre fui competitiva. Me gustaba el sentimiento de ser la primera, fuera en lo que fuera. Sé que hasta tú pensabas que era un poco adicta a esa sensación. Siempre me esfuerzo en ser la mejor. Tener un hermano, muchos primos y demasiados tíos famosos no me lo ha puesto muy fácil. Y...bueno...conoces a Ann, ella es muy inteligente.

Siempre oí eso de que físicamente soy igual que mamá cuando tenía mi edad. Pero que tengo los rasgos Weasley que de distinguen de ella y recuerdan a mi padre. Supongo que hablan del pelo pelirrojo y los ojos azules.

Muchas veces, mi padre también tenía cosas muy importantes que decirme. Pero por algún extraño motivo, las palabras de mi madre entraban con más facilidad en mi cabeza. Como si fueran más ciertas.

La verdad es que yo deseaba, y deseo todavía, ser como mi madre. Todo el mundo dice que es la bruja más brillante que existe. Que a mi edad eso ya se le notaba. Supongo que eso me instigaba a trabajar más y más para ser como ella. Quizás con más empeño aún, yo sería todavía mejor. Así seguro que no la decepcionaría.

Nunca fue culpa suya. Doy a entender que mi madre me presionaba pero no es así. Tú lo has visto y lo sabes de sobra.

Siempre me pongo a llorar, o me derrumbo, cuando algo no me sale como yo quiero. Normalmente suele ocurrir con las calificaciones de notas y trabajos. Tengo un amigo que nunca intenta consolarme cuando saco menos de un sobresaliente. Es más, dice que llorar por eso es tan estúpido que en esos momentos tiene ganas de gritarme. Y nunca está cuando yo más le necesito.

¿Es tan incomprensible el hecho de que yo quiera ser la mejor? ¿Es tan incomprensible que, para algo para lo que sirvo en esta vida, ni siquiera sirva?

Tu madre siempre tuvo buena mano curando a la gente, aunque no fuera Sanadora. Todavía me acuerdo cuando Fred se cayó y le salió tanta sangre por la pierna. Fleur fue la que le curó y tú estabas allí, pegada a ella, mirando como tu madre lo hacía, muy concentrada. Mírate ahora. Trabajas en San Mungo.

No sé muy bien qué hacían los demás. Pero yo en aquel momento estaba llorando.

Sé perfectamente que me estoy yendo por las ramas. Suele pasarme. Lo siento.

Pero es que mi problema es que todavía no he encontrado nada que me mueva por dentro. Que me sacuda todo. Que me apasione.

A todos se les da bien algo. Hugo es creativo. Albus será político cuando sea mayor. Seguramente has oído alguna vez a Harley cantar. Incluso Scorpius Malfoy, que parece un poco insulso cuando lo ves, escribe estupendamente y varios profesores ya le han adulado por eso.

Yo soy sólo una cifra. Una nota. Insuperable a veces, pero una nota.

Puedes pensar que esto forma parte de mi desesperado deseo por llegar al primer puesto en todo, pero es algo más. Días después de guardar el libro de cuentos en el fondo de mi baúl, olvidando lo importante que había sido para mí, un vacío se empezó a formar en mi interior.

Me estaba perdiendo. Antes lo tenía todo muy claro. Pero en aquel momento no sabía a donde estaba yendo.

Todo mi mundo se estaba descolocando lentamente. No fue un cambio excesivamente rápido, pero sí que recuerdo el momento justo en el que me di cuenta de que estaba empezando a dejar de ser yo misma.

No tardé en sacar un Supera las Expectativas en pociones, en lugar de un Excelente. Recuerdo como todos me miraron para ver si lloraría. Lo curioso es que no lloré. De repente, había dejado de ser tan importante.

No sabía que me estaba ocurriendo. Me quedaba minutos y minutos mirando a un punto fijo, simplemente pensando. ¿Pensaba tanto porque me había olvidado de vivir? ¿O pensaba en las cosas que haría si no estuviera intentando ser la mejor en todo?

Se me ocurrió algo loco. Soy buena con la escoba, así que una parte de la tarde, (siempre que fuera una en la que ningún equipo tuviera entrenamiento), me escapaba al campo a volar. A practicar Quidditch. En poco tiempo mejoré mis habilidades como cazadora, que ya sabes que en verano explotaba con todaos vosotros, y hablé con James para que, como capitán, me dejara entrar en el equipo. Ahora soy suplente (segunda suplente) que es mejor que nada. Me encantaría jugar un día.

Me encanta volar. Me hace sentir libre de una manera que estoy casi convencida que nada ni nadie puede igualar. Es genial

Mientras volaba, una vez me acordé de ti. Sólo coincidimos un año en Hogwarts, pero todavía te recuerdo ejerciendo tus labores como prefecta. Todo el mundo quería tu ayuda. Eres...maravillosa. Eres guapa, buena, comprensiva...

Yo soy prefecta también. Mi madre lo fue. Mi padre lo fue.

Estaba feliz por serlo yo. Era lo que había esperado.

Pero me di cuenta de que lo estaba haciendo fatal. Yo mantenía el orden, y castigaba a los alumnos que andaban fuera de la cama todas las noches y eso, pero...nadie acudía a mí para pedirme ayuda con un problema personal, y los niños pequeños me miraban como si fuese un ogro o algo así.

No sé si me volví paranoica, o algo así. Pero el caso es que me obsesionaba tanto la idea de no saber hasta que punto era yo y no era yo, que abandoné mis labores de prefecta. No que las dejara de lado, sino que renuncié al cargo. Lo que hasta hacía contadas semanas me habría parecido un sacrilegio, justo antes de partir a las vacaciones de Navidad no me lo pareció.

Haciendo la maleta para volver a casa, volvía a encontrarme aquel libro. Los cuentos de Beedle el Bardo me han acompañado toda mi vida. Y yo los había despreciado sólo porque me parecían infantiles, cuando en realidad, las enseñanzas de cada cuento son muy importantes. Creo que yo todavía no las tenía muy claras.

En resumidas cuentas, la próxima vez que me veas, creo que tendrás a una Rose Weasley totalmente diferente.

No te engañes, ¡sigo sacando Excelentes! Pero los saco porque tengo esas ansias de aprender que heredé de mi madre (creo que empiezo a entender el buen sentido de lo que todos me dicen respecto a que me parezco a ella) Y todavía intento encontrar en algún libro la respuesta a quién soy.

Confieso que alguna vez me he quedado dormida leyendo los cuentos de Beedle. Todas las noches leo alguno de los cuatro. Sigo buscando cosas que no existen entre sus líneas.

Siento mucho no poder haberte visto estas Navidades.

Te quiero mucho.

Tu prima, Rose.

PD: Ya que te he contado cosas que no le había contado a nadie ni le contaré jamás. ¿Puedo añadir una última cosa? Me gusta un chico. Es un poco inalcanzable, pero ¿a quién le importa? Últimamente sueño despierta.

Fueron tres las personas con las que chocó una más despeinada de lo normal Rose Weasley antes de franquear las puertas de la biblioteca. Sus pasos rápidos y decididos que había provocado tres colisiones con compañeros eliminaban en ese momento una parte del silencio que era característico de la entrada del lugar. Normalmente, los que necesitaban hablar se colocaban en zonas más escondidas, para que el señor Hoff (el que por cierto, no dejo de escrutarla de una manera muy extraña mientras la tuvo en su campo de visión, como particularmente interesado) no se diera cuenta de quien interrumpía el silencio, que era sagrado.

Rose dirigió sin vacilar sus pasos, hasta llegar a una mesa donde un chico rubio de estatura mediana y una chica menuda con el mismo color claro de piel, discutían. O más bien...

-Por última vez- decía Ann- ¡si mezclas los tres granos de Dargüon con la raíz de Sopóforo no vas a conseguir "ir más rápido", ¡sólo conseguirás que la poción se te estropee! ¡Es pura teoría! ¡Estúdiate la maldita teoría!

Malfoy no parecía ni la mitad de alterado que ella. Se limitaba a observarla con cierto desafío, pero relajado en su asiento, colocado sin rectitud.

Rose se aproximó a ellos sin aminorar su ritmo.

Scorpius frunció el ceño cuando la vio.

-¿Y a esta que le pasa?- preguntó cuándo Ann ya desviaba su mirada para ver a Rose.

-¿Qué pasa?- preguntó Ann al ver a Rose tan alterada, antes de que esta tomara aliento para decir:

-Ehhhhh.

Lo cual, no resultó muy productivo para la conversación.

Ann se tranquilizó a sí misma, diciéndose que lo que le ocurría no podía ser excesivamente grave, ya que los collares de ella y de Scorpius no los habían avisado de nada malo.

Rose respiró agitadamente antes de hablar.

-Por favor...

La agarró del brazo y Ann se incorporó obligadamente.

La arrastró hasta que estuvieron lo suficientemente alejadas del rubio.

-Por favor- repitió con voz de confesión- cambiemos. Tú ayudas a Harley a que supere la prueba de la semana que viene y yo ayudo a Malfoy. Nadie tiene que enterarse.

-¿Qué?- era difícil sorprender a Ann- ¿por qué? ¿Habéis vuelto a discutir?

Rose le lanzó una mirada ansiosa, que indicaba que no quería hablar del tema de ninguna manera. Al menos no en aquel momento. Pero negó varias veces.

Ann supo en seguida que no era que hubiesen discutido. Por las mejillas sonrosadas de Rose y su respiración, intuyó que había salido huyendo de alguna situación embarazosa.

Solo esperaba que no hubiese tenido que pasar por una situación excesivamente vergonzosa, porque Rose era sensible a hacer el ridículo, tanto en privado como en público, como en presencia de alguien como Harley.

-Pero, ¿estás bien?

Sentía la mirada inquisitoria de Malfoy y eso la estaba poniendo nerviosa.

Rose asintió varias veces, con la mirada baja, perturbada. Ann nunca la había visto así.

Esta la miró, de nuevo.

-Por favor, Ann...sólo te pido eso.

No tuvo que pensárselo demasiado. Malfoy era un plasta y lo cambiaría hasta por un plato de sesos de troll. Claro que lo cambiaba por su mejor amigo.

-Sí, claro...pero, ¿dónde está Harley?

Supo que el nombrarlo alteraría más a Rose de lo que ya lo estaba.

Negó varias veces mientras se dirigían otra vez hacia la mesa.

Scorpius las miraba como quien mira a dos jugadoras de un partido de tenis.

Aunque esa no era una buena comparación. Ann y Rose siempre jugaban en el mismo equipo.

Casi siempre.

Ann recogió sus cosas silenciosamente, dejando sólo las que a Rose le resultarían necesarias, hasta que volvió a preguntar:

-Pero en serio Rose, ¿Dónde está?

Scorpius frunció el ceño. Una vez más.

Rose negó, de nuevo.

-Con el coro.

-Oh, bueno...- tampoco le sorprendía.

-¿Nadie me va a preguntar si el cambio me parece bien?- intervino Malfoy, totalmente indiferente.

-¿Te importa mucho?- le soltó Rose, de mal talante.

Él se echó para atrás, y de paso se incorporó un poco en su asiento.

-Adiós, Anderson.

La vio alejarse mientras Weasley se colocaba en la silla que había ocupado su amiga, con una ligera conmoción.

Con la típica expresión de alguien que está perdido en su propia mente, y se olvidó de recordar donde estaba la salida.

-¿Hola?- dijo Scorpius, un tanto mosqueado.

Rose pareció percatarse de que el chico existía, pero volvió a desviar la mirada, en cuestión de un segundo.

Scorpius se dedicó a mirarla, medio divertido, y luego jugueteó con la pluma con la que hacía minutos había tomado un par de anotaciones.

-Lo siento- se disculpó Rose al cabo de unos minutos.

Scorpius se encogió de hombros como si no importara.

-Es que...me están pasando muchas cosas y...tengo la cabeza saturada.

-Bueno- dijo entonces él- entonces lo dejamos- añadió mientras cerraba con un "plof" el gordo libro de pociones.

Ella abrió desmesuradamente los ojos y se abalanzó sobre el libro, sujetándolo e impidiendo que Scorpius lo guardara. Él se asustó. Los bordes de sus manos se rozaron, y fue una situación un poco incómoda.

Ella no pareció darse cuenta.

-No- le dijo firmemente- vas a estudiar pociones y yo te voy a a ayudar. Si me dejas. Y si no quieres que te ayude yo, entonces Ann volverá. No puedo obligarte a nada. Badgreen dijo que te ayudara ella.

-No es lo tuyo eso de desobedecer a los profesores, ¿verdad?- le preguntó Scorpius, sin moverse de donde estaba y mirándola fijamente.

Poco a poco, Weasley dejó de parecer tan distraída.

-No se me da bien, así que procuro no hacerlo a menudo.

-Qué rebelde- se burló Scorpius.

Rose entrecerró los ojos.

Tiró del libro de pociones hasta tenerlo en su poder.

-¿Por dónde ibais?- sólo le preguntó.

-Mezclar granos de Dargüon con la raíz de Sopóforo no es buena idea.

Rose frunció el ceño mientras buscaba una página.

-¡Pues claro que no!- dijo con esa voz de insoportable sabelotodo que ponía en muchas ocasiones.

Una pena. Scorpius se había dado cuenta de lo mucho que le recordaba a Lily, y aquello había interrumpido su pequeña burbuja de entusiasmo.

-¿Dónde has estado?- preguntó Nick Brennan cuando Harley apareció por el cuarto de los chicos.

-Por la mañana, en la enfermería- comentó este, mientras se inclinaba hacia su baúl para buscar algo.

-¿Y por la tarde?- volvió a interrogar.

A Nick le gustaba mucho hacer preguntas, y más aún que eso, le gustaba obtener la respuesta esperada.

Harley le desesperaba. Así como Albus, su otro compañero de habitación, siempre respondía a todas sus preguntas con tranquilidad y, más importante aún, con claridad, Harley era evasivo, y seguramente un mentiroso. Un compulsivo mentiroso.

Pero Nick no se cansaba de preguntar.

-En el coro, Nick, ¿dónde sino?

Este se aproximó varios pasos para poder ver la cara de Harley mientras buscaba algo en su baúl, con ahínco.

No se equivocó con su impresión inicial.

-A ti te ha pasado algo. Algo extraño- le dijo- ¿el qué?

-¿Sabes? eres peor que muchas chicas, siempre cotilleándolo todo.

-A mí no me llames chica, ¿eh?- contraatacó.

Pero Harley consiguió que lo dejará en paz, y Nick siguió recogiendo sus libros para irse a hacer los deberes de Defensa contra las artes Oscuras con unos amigos de Ravenclaw.

Justo cuando cerraba la cremallera de la mochila, oyó algo proveniente de atrás.

-Besé a Weasley.

Nick arrugó la cara, extrañado.

-¿Qué Weasley?

No le extrañó aquella noticia, en parte. Harley se enrollaba con chicas, no era raro. Y lo seguría haciendo. "Porque puede y podrá", y eso les despertaba envidia a todos los demás chicos. Nick procuraba ocultar la envidia, porque él era su amigo. Pero a veces pensaba cosas como que él era demasiado poco inteligente o incluso demasiado idiota como para que tantas personas lo miraran para ese sentido

Naturalmente, eran pensamientos tóxicos que procuraba evitar.

Pero...¿Weasley? ¿Una Weasley? ¿En serio? ¿Cuál Weasley?

-Bueno...fue con Rose.

Oh-madre- mía.

Abrió la boca hasta parecer un pez y se giró rápidamente.

Aquello era lo más divertido que había pasado desde que James Potter le había puesto los cuernos a su novia el curso anterior. Qué demonios... ¡aquello no tenía nada que lo igualara!

-¿Qué?- acertó a decir- o sea, ¿que era cierto?

Harley no se esperó eso.

-¿El qué?

-Bueno...ella estaba siempre muerta de celos cuando estabas con alguna chica. Y tú a Smith se la tenías jurada.

-Se la tenía jurada porque me caía mal- respondió Harley rápidamente- además, Rose nunca estuvo celosa de otras chicas, qué tontería.

-Weasley VIVE celosa. O vivía. ¿Cómo es que ha pasado esto?

-¿Quieres que te cuente todos los detalles? Porque no lo haré. Somos amigos- gruñó y murmuró a la vez.

No se intimidó. Era evidente que era al único al que no temía contarle aquello, ya que se alegraría por él en lugar de intentar estrangularlo, o algo.

Para resumir, que a Harley le daba miedo el momento en el que Albus se enterara.

-Por lo pronto, sólo di quien tomó la iniciativa.

-Fue ella.

-¿Ves? ¡Claro que le gustas!

Harley parecía confundido.

-No fue...bueno, digamos que las circunstancias hicieron que tuviera que besarme.

-Sí sí, lo que tú días. ¿Y le respondiste?

No contestó.

-Lo hiciste. ¿Y te gustó?

-¡Pues sí, supongo!- respondió alzando la voz- ¿no parece bastante evidente?

-Bueno, si...ella está muy bien. A cualquiera le habría gustado- dijo, restándole importancia.

Harley seguía con la cara como enfadada.

-¿Y qué pasó después?

-Alguien nos interrumpió y ella se fue.

-Oh, qué problema- se compadeció- eso explica por qué estás así. ¿Qué le vas a decir cuando la veas?

-Que no sé, Nick. No sé. Albus me matará cuando lo sepa- se lamentó tras unos segundos.

En ese instante, el chico del que hablaban entró en la estancia, cerró bruscamente y, sin saludarlos, bajó la mochila del hombro, la abrió, vació sus libros y comenzó a meter ropa.

Los dos los observaron casi durante medio minuto.

Finalmente, Harley dijo:

-Al, ¿Qué estás haciendo?

-Me voy- sólo dijo, con la voz ronca.

Harley avanzó hacia él.

-¿A dónde? ¿De qué hablas?

-A San Mungo. No me dejan ir, pero ya convenceré a McGonnagall- dijo, con una certeza dolorosa- Hugo y Rose tienen más derecho, pero el resto también tenemos que estar ahí.

-¿Qué?- preguntó una vez más Harley, empezando a intuir lo que ocurría. Y no quería creerlo.

Albus miró por fin a su amigo. Tenía la mirada roja y eléctrica.

-Es mi tía. Merlín sabe cuándo lo hicieron. Toda mi familia estaba protegida. ¡Lo estaba, maldita sea! gritó.

Harley cerró los ojos. Sentía el dolor de la familia de Hermione Weasley como suyo propio.

-Dios- murmuró, en un idioma diferente al inglés.

Hugo apretaba la mano de su hermana con fuerza, en mitad de aquel pasillo blanco y casi vacío, por el que de vez en cuando pasaba algún Sanador apurado. Alguno desviaba la mirada hacia ellos, sin verlos realmente.

Hugo y Rose siempre fueron muy diferentes, tan distintos que nadie que no los conociera pondría la mano en el fuego para asegurar su parentesco.

Pero allí, sentados y esperando noticias que seguramente no podrían ser buenas aunque nunca podrían ser peores, tomados de una mano y los dos llenos de la misma tensión y el mismo dolor, nadie podría negar la sangre que compartían.

El resto de la familia estaba desperdigado por todo el Hospital, y ninguno de los dos había entendido como habían acabado ahí, solos.

Las últimas personas que les habían hablado habían sido el tío Bill y el tío George, para decirles que iban a traerles algo de comer.

Debían de ser sobre las dos de la madrugada.

La Abuela Molly les había dicho que se fueran a dormir algo a La Madriguera. Rose se puso histérica. Sólo la presencia de Hugo pudo tranquilizarla un poco. Supuso que los adultos habían determinado que era mejor dejarlos esperar hasta que pudieran ver a su madre. Hugo no iba a separarse de Rose.

-¿Dónde mierda está Papá?- preguntó Hugo, sin poder contenerse. Estaba como enfadado.

Rose no respondió hasta un minuto después, casi cuando el sonido de un estallido retumbó por todo el lugar. Algo debía haber sucedido en la planta de abajo. O en la de arriba. Aquello debía de ser normal.

-Con mamá, espero- murmuró- tal vez también le estén haciendo pruebas para ver si él también está...-se le quebró la voz.

No podrían soportarlo.

No vieron como alguien; delgado, silencioso y que vestía todo de oscuro se acercaba hacia al cabo de unos segundos, sí le escucharon.

Su voz era suave y tranquilizadora.

-Hola, chicos.

Ambos levantaron la vista, asombrados.

Rose fue la primera en reaccionar. Se levantó y lo abrazó, con emoción contenida. O sin contener.

-Frankie- le llamó Hugo, feliz de que estuviera allí. A pesar de las circunstancias.

Frank Longbottom le sonrió levemente asomándose tras el hombro de su hermana, que todavía lo estrujaba como si no pudiera creer que su bote salvavidas particular estuviera aquí para ella.

-Hola Hugo- saludó cuando se hubieron separado- Papá me avisó de que quizá os vendría bien la compañía de un amigo

Ellos claramente no le respondieron nada.

-¿Habéis ido a verla?- preguntó, con tacto.

Rose negó, con los ojos rojos.

-Sólo le han dejado verla a mi padre. Hugo y yo llegamos aquí poco después de que nos avisaran en Hogwarts, y al rato dejaron entrar a Papá.

Frank asintió despacio. Después se metió las manos en los bolsillos y simplemente esperó junto a ellos. Poco después, llegaron casi todos a los que estaban esperando.

-Está siendo uno de los peores días de mi vida- le dijo Ann a Harley en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras- ¡Si al menos pudiéramos saber por qué razón Hugo y Rose no han vuelto después de casi un día...!

Harley negó varias veces, mirando lentamente de un lado para otro para que el profesor Patterson no se diera cuenta de que no estaba atendiendo. Todos los miraban como si tuvieran que recibir una explicación acerca de porque el sitio de Rose permanecía vacío y acerca de porqué Albus Potter permanecía cabizbajo todo el tiempo.

Ann sabía que estaba disgustado, porque él no estaba con sus primos. Pero no podían dejar salir a la tal cantidad de alumnado que resultaban todos los Weasley.

Tendrían que ir por turnos a visitar el Hospital de enfermedades mágicas.

El día fue pasando. Los cuchicheos no cesaban, el nerviososismo de los Weasley y sus amigos iba aumentando poco a poco, mientras que McGonnagall apenas podía aclarar las dudas de Albus y el resto sobre si su tía estaba bien.

No está bien- se repetía Ann. Ahora no tenía por qué encontrarse mal, pero poco a poco la enfermedad seguiría agravandose más y más.

Ann se sentía de alguna manera responsable de todo aquello. Y no sabía de qué manera podía serlo, pero sólo sabía que lo era.

Esa misma tarde, escabulléndose de la compañía de Harley y Albus,(al que intentaba distraer) entró a la Sala de los Menesteres y prácticó hechizos. Muchos. Algunos de los que ni siquiera había oído hablar o visto en algún libro; pero el libró que pidió prestado de la biblioteca era uno de hechizos avanzados de séptimo, así que por eso no los había visto antes. Todos salían de su varita fácilmente, como si fueran simples encantamientos de primer año.

Y a Ann le dolió el volver a sentirse distinta, demasiado diferente y a la vez demasiado superior y más poderosa que los demás. Pero lo que más le dolió, era que a pesar de todo se sentía la más impotente, la que no sabía que hacer para arreglar las cosas.

Hugo volvió esa noche a la Sala común. Era tarde, pero los Weasley, todos menos los que no habían sido seleccionados en Gryffindor, le estaban esperando.

Los únicos que no eran Weasley o Potter eran Jamie, el compañero de James y Louis, dos amigos de Hugo y Harley y Ann, que se había quedado dormida apoyada en el hombro del último. Aunque no resultaba muy cómodo, ya que él estaba tenso y ya de por si no era precisamente blandito. Por eso ella daba pequeñas cabezadas.

Cuando el pequeño Weasley-Granger apareció por la estancia, todos se levantaron a reunirse con él.

-Hugo- preguntó Lily rápidamente- ¿cómo está? mamá nos ha mandado una carta muy corta esta tarde...

-No sabemos nada- completó Louis.

Hugo los miró a todos. Cansado, fue a sentarse en una silla.

-Dejadle espacio- dijo James, viéndole agotado- ha tenido un día muy largo.

-Está bien, por ahora- murmuró Hugo con la voz ronca, después de unos minutos de rostros consternados- poco a poco se irá poniendo peor...

-Mierda, mierda- dijo James repetidamente, paseándose nervioso- tiene que haber una solución a esto.

-¿Cuánto tiempo más va a seguir el gobierno ignorando que esto son ataques?- soltó Jamie, sin poder contenerse por más tiempo- ¡no se está haciendo nada!

-El cuerpo de Aurores SI está haciendo algo, Jamie- contravino Albus, un tanto ofendido y enfadado.

-Porque lo dirige tu padre. ¿Qué pasaría si fuera otro? no estarían moviendo un dedo. "Un virus de naturaleza extraña" ya, claro. Contadnos algo más.

-¿No hay cura, verdad?- preguntó la pequeña Roxanne, de tan sólo once años, con los ojos llorosos- se lo oí a un chico mayor...

Todos la miraron, como si fueran a contradecirla. Pero nadie pudo decir nada para consolarla.

-Roxy, te dije que te fueras a dormir...- le reprendió Fred, su hermano, con la voz tomada y sin rastro de enfado. No parecía haberse percatado de que estaba allí.

-¿Dónde está Rose?- preguntó Ann.

Hugo levantó la mirada para verla. La chica estaba de pie enfrente de él.

-¿Cómo que donde está?- preguntó Hugo, desorientado- ella venía delante mía. Mcgonnagall habló con cada uno por separado antes de venir aquí. Pensé...no sé. No sé dónde está.

Ann se asustó. No era el mejor momento para desaparecer. No lo era en absoluto.

-¿Dónde está, entonces?- preguntó James.

Ann negó varias veces.

-Saldré a buscarla- determinó en voz baja.

-No, voy yo- repuso James-tengo una cap...-calló repentinamente. Nadie podía saber lo que le había cogido prestado a su padre.

Aunque Albus, Ann, y Harley ya lo sabían.

-Iré yo. Los demás id a dormir.

-No- se negó Albus.

-Voy con ella- le aseguró Harley directamente a él. Con eso, le aseguraba que si estaba en el castillo, era muy probable que Harley la escuchara, aunque fueran solo unos pasos en un pasillo oscuro y desierto, él los escucharía- en cuanto la encontremos, subiré a avisarte.

Albus vaciló.

-Rose, Hugo...

La madre de ambos estaba tumbada en una cama del Hospital, vestida como una enferma, aunque su cara era casi la de siempre e incluso su pelo no había perdido aquel control que Hermione Weasley tenía que aplicar con magia sobre su pelo todos los días para ir a trabajar. A Rose le dio la impresión de que todo era una broma, que inmediatamente después de un par de segundos se lo confesarían, y que todos podrían irse a casa.

Pero, observando el rostro de su padre, que estaba sentado al lado opuesto, pegado a la cama de su mujer y sosteniendo una de sus manos con una expresión seria de aquel que intenta mantener la compostura, supo que aquello no era ninguna broma. Que estaba pasando de verdad.

El año anterior la madre de Ann había muerto de cáncer, y Rose nunca pudo llegar a comprender como se sentía su amiga. Cuál era su desesperación al saber que la vida de alguien a quien quieres más que a ti se le escapaba poco a poco, y ella no podía hacer nada. Era horrible. Debía de serlo.

Lo es.

-¿Cómo estás?- preguntó Hugo, sin saber qué decir.

-Ahora bien.

Rose no podía olvidarse de aquello desde que sucedió, hacía tan solo unas horas. La escena se repetía una y otra vez en su cabeza, acompañada de los recuerdos de la reunión de hacía unos pocos días en la Sala de Los Menesteres, después del ataque de Erized.

-Si no queréis estar tan indefensos lo mejor será que aprendamos a luchar, opino yo.

Todos se quedaron mirando a Albus Potter, cuando todos entendieron lo que quería decir.

-Potter- se burló un desconfiado Josh Wracen, cuando la voz de Albus terminó de alzarse sobre el demás barullo para decir aquello- ¿de verdad crees que no sabemos lo que tienes en mente? Todos sabemos lo que fue el Ejército de Dumbledore, no somos idiotas.

Algunos callaron súbitamente y los miraron.

-Estarás de acuerdo, como yo, en que no es lo mismo. El ejército de Dumbledore empezó para enfrentar a Voldemort. Nosotros lo que queremos es estar preparados por si nos atacan en Hogwarts Mortífagos que EVIDENTEMENTE...ya han entrado en el castillo.

"¿Cómo lo han hecho?" se preguntaba Rose una y otra vez "¿Cómo entrar en Hogwarts sin que nadie te descubra?"

-Seremos otro ejército- dijo Smith- otro diferente. Nos prepararemos para estar listos por si nos pasa lo mismo que a Panton. ¿Quién no está de acuerdo?

Obviamente, todos lo estaban.

Rose se había escapado a la biblioteca al regresar al castillo. Poco le habían importado las advertencias de "no salgáis fuera de vuestras salas comunes de noche" o "cualquiera puede ser el profesor traidor" o cosas de ese tipo que llevaban en su cabeza, saturándola, demasiado tiempo.

Estaba sentada en el suelo de uno de los pasillos de la biblioteca, procurando no llorar muy desconsoladamente porque si no puede que alguien la oyera, mientras mostraba su enfado hacia los libros.

Se suponía que los libros lo sabían todo. Que tenían absolutamente todas las respuestas. Que eran el mejor amigo.

Mentira.

Se sentía sola, como nunca antes se había sentido. Hacía meses, pensaba que se estaba empezando a encontrar a sí misma. De hecho, le envió una carta a su prima contándoselo.

Ahora parecía como si hubiese vuelto al principio. Y era horrible. Era horrible esa sensación de no saber quien eres, de sentirte inservible e inútil, y la de que ya nadie puede ayudarte. ¡Ni siquiera un libro! ¡Siempre tienen que estar cuando los necesitas!

¿Y cuál de aquellos objetos del demonio tenía la cura para la enfermedad que habían creado o usado o ya no se sabe qué Los Mortífagos? ¡Ninguno, demonios!

Rose estaba destrozada. Había llegado al límite. Ya no podría ayudar a nadie más, ni siquiera era capaz de ayudarse a sí misma.

No le había pedido a Harley que no se fuera de Hogwarts cuando tuvo oportunidad.

No le había negado ayuda a nadie con sus estudios, cuando sus propias notas estaban bajando.

No se había intentado apuntar al equipo de Quidditch hasta hacía poco, a pesar de que le encantaba volar.

No se había asegurado de que su propia familia estaba bien protegida, antes de ponerse a buscar como una loca en aquella biblioteca una cura para la madre de Grace, chica que ni siquiera le caía bien.

Realmente era una buena pregunta la de si alguien había estado escuchando cuando ella decía que no iba a poder soportar mucho más.

Era como gritar a un lugar desierto.

Y ahora lo aceptaba. Se quedaría allí sola. Lo admitía. Ya no pediría ayuda a nadie. Salvo que alguien pudiese salvar a su madre. Si alguien lo hiciera...si alguien lo hiciera...

Maldita sea. Los mataría a todos. Si tuviera a todos los imbéciles locos por la pureza de sangre delante, los mataría sin dudar.

Se sorbió los mocos como pudo, antes de arrojar otro libro más unos cuentos metros a lo lejos, casi tocando la estantería de enfrente.

-Rose...

Soltó un respingo, y un gemido de sorpresa. Agarró su varita, como acto reflejo, pero la de la persona que la había llamado estaba iluminada por un hechizo lumos, y pudo verle la cara.

Desvió la mirada y se encogió todavía más en sí misma.

Ann se acercó hacia ella, con la tranquilidad y la experiencia que sólo podía ser característica de la chica, que siempre era la que salía detrás de Harley cuando este huía.

Pensar en él y en lo que pasaría cuando volviera a verle no la ayudó a tranquilizarse.

-Shhh...estábamos preocupados- murmuró Ann.

Le tomó de la mano. E inmediatamente se sintió mejor. Cada segundo, un poco mejor. Más liberada. Como con una anestesia, que te va durmiendo poco a poco. Como flotando. Como si los problemas hubieran desaparecido y por fin pudiera dormir en paz.

-No hagas eso...- murmuró al oído de Ann, que parecía estar luchando por levantarla.

Juraría que escuchó la voz de Harley por detrás de ellas.

-Lo siento, Rose. Es mi magia...no la controlo, me ocurre siempre con Harley también. He pensado que la necesitarías tú esta vez.

Rose lo sabía.

Los ojos de la pelirroja se cerraron lentamente, mientras su amiga la soltaba y otros brazos cargaban su peso muerto, llevándola a un lugar donde ni los libros saben dónde está. Sólo las personas que traen el color cuando todo está gris.

Olió a sol, justo como cuando Harley la abrazó por primera vez en años.