22 de abril de 2003
-¿Les pongo otro café, o té, o algo diferente?
Los tres hombres que estaban en la mesa se sobresaltaron cuando la camarera muggle apareció enfrente de ellos, comenzando a recoger lo que estaba encima de la mesa. Estaban demasiado distraídos, lo cual no era demasiado apropiado. Dos estaban enfrascados en una seria conversación sobre crímenes y el último, y el más joven, mantenía la mente casi en blanco, mientras observaba como embelesado sus posos de té, intentando leer algo oculto en ellos. Pero como nunca se le dio bien la Adivinación, aquellos restos de la bebida no parecían demasiado reveladores para su futuro.
-Creo que necesitaré otro- dijo el que parecía más centrado de los tres. Tenía el pelo largo y pelirrojo, del color del cobre oxidado, ojos azules, y una barba incipiente y mal afeitada.
La chica asintió. Miró a los chicos de enfrente, que iban completamente afeitados y parecían un poco más jóvenes y despiertos.
-¿Vosotros?
Los dos se miraron, como si aquella situación fuera realmente divertida.
John nunca había hablado con una chica muggle. De hecho, nunca había hablado con algún muggle, y aunque sabía que en el fondo todos somos personas, los notaba tremendamente diferentes a los magos. No podía evitarlo. Lo que te enseñan desde niño es difícil de olvidar.
-En realidad no. Es que... ¿Cómo hacéis vosotros el café?-preguntó, con el claro tono de voz de alguien al que no le ha gustado algo.
La chica pareció molestarse. No debía de ser el mejor día de su vida.
-Hacemos café de máquina, como todos las cafeterías de por aquí. Si lo quiere de sobre lo puede preparar en su casa.
-¿Café de máquina? ¿Qué es eso? ¿Te refieres a una cafetera, no?
-Cállate, John- le espetó Ron Weasley, avergonzado- discúlpale- le dijo- está un poco borracho todavía y no controla ni lo que dice.
La muggle apuntaba algo con excesiva saña en su libretita.
-¡Eh! ¡No estoy borracho!- contestó John indignado. En el cuerpo de Aurores estaba prohibido trabajar bebido, y no había nada que John respetara más que el cuerpo de Aurores.
-Entiendo- dijo la chica- un café- dijo, concluyendo la conversación- con leche, como el que pidió antes.
Se marchó con aire resuelto, mientras metía la libretita en su bolsillo. Eizan, el tercer chico, ni siquiera había recibido la oportunidad de pedir algo más. Suspiró, resignado.
Cuando se hubo marchado, Ron miró a John reprobatoriamente, cabreado.
-¿Qué parte de " llamar la atención lo menos posible" es la que no entiendes?- le espetó.
John levantó los brazos en señal de inocencia. Rápidamente los bajó.
-Creí que era yo el que iba a hacer que todos estos muggles se asustaran como nunca en su vida. Así que en fondo da un poco igual si llamo o no llamo ahora la atención.
Lo dijo en bajo, por si alguien de la cafetería los oía. Una vez más, no podía evitar mostrar respeto hacia las normas.
-Si luego les borras la memoria en teoría ellos no lo recordarán, eso es cierto-dijo Eizan.
-Pero yo si- respondió
John.
-¿Y a quién le importas tú?- bromeó Ron. Tenía una extraña relación amor-odio con el chico. Con Eizan, sin embargo, se llevaba un poco mejor. Le recordaba a Harry, y más concretamente a los meses en los que tenían misiones como aquella juntos.
Aunque había un tema que los ponía muy nerviosos a todos.
-En cualquier caso- Eizan comprobó su reloj una vez más- te convendría que el espectáculo empezara cuando lleguen ellos.
-Y ya tendrían que haber llegado...
-Dudo que esos asquerosos se estén retrasando sin querer. Tal vez la información que tenían era incorrecta- puntuó Ron, inseguro.
Eizan negó.
-Será aquí, Weasley. Estoy seguro. Si lo pensamos, confundirse con muggles es lo más inteligente que pueden hacer. Si no hubiéramos estando controlando sus movimientos, nunca habríamos sospechado de que se reunirían en una corriente cafetería muggle.
-Corrección: andrajosa cafetería muggle- intervino John- no "corriente". Además, la camarera es fea.
Ron bajó la mirada, nervioso.
-Shhh...los estoy viendo entrar-informó en voz baja.
Se tensaron.
-¿Qué hacemos, nos levantamos ya?-preguntó John.
-¡No!- intervino Eizan- ¿cómo vamos a ir ya directos? ¡espera a que se sienten!
-Están Weistrich y Tendersoz. Demonios...Tendersoz. Ese se nos escapó a Harry y a mí hace cosa de un año. Mató a una familia de muggles. Una familia con tres niños pequeños.
-Maldito bastardo capullo- siseó Eizan.
-Ya, y dime... ¿Tienen un aspecto tan ridículo como yo vestido así?
-¿Por qué no lo ves tú mismo?
-Oh. Lo estoy deseando.
Casi un minuto después, empezaron a ejecutar su misión.
Eizan fue el primero en levantarse, como planearon. Avanzó sin prisa aparente hasta la salida, mirando fijamente a la mesa en la que los "Nuevos Mortífagos" o Neomortífagos (así era como se llamaban a sí mismos, presumiendo de que tenían un arma muy poderosa y que sembrarían el caos hasta cumplir sus objetivos) planeaban cualquiera de sus raros y peligrosos planes. Unas chicas que estaban sentadas en la mesa de al lado reían como si nada malo estuviera cerca de ellas. Y estaba justo al lado. A menos de tres metros.
Se giró antes de abrir la puerta para mirar a Ron. Este le asintió con la cabeza. Bien. Ellos ya habían hecho el encantamiento desilusionador para que los que vieran la cafetería desde fuera no notaran nada raro y mágico.
Sus compañeros se levantaron. Así, Eizan murmuró el hechizo.
-¡Fermatopus!
Entonces, debió ser cuando Weistrich y Tendersoz se dieron cuenta de que tenían una compañía indeseada.
Eizan se agachó rápidamente (resultado de su entrenamiento) para que una mesa lo protegiera de la maldición.
Entonces estallaron los gritos. Se oyeron ruidos de vasos rotos de mesas o sillas que se volcaban.
-¡Basta, mantengan la calma!- decía John- por si hay algún mago aquí, que lo dudo, somos del cuerpo de Aur...demonios.
No siguió hablando y Eizan se asustó. Salió de su escondite y, en cuanto vio que uno de sus mejores amigos se encontraba en problemas, apuntó con la varita a Tendersoz.
-¡Petrificus Totalus!
Milagrosamente, su hechizo dio en el blanco.
-¡Buena, Harley!-le felicitó Ron Weasley- ¿Adónde irás ahora, Weistrich?-dijo, mientras se apuntaba con sus respectivas varitas. Res Weistrich parecía unos año mayor que Ron, pero sólo unos pocos- ¿Ya has descubierto que no puedes desaparecerte? ¿O todavía vas a comprobarlo? Adelante.
Eizan se sintió orgulloso de si mismo, mientras se apoyaba en una silla. Le dolía la cadera.
Aquella era una de las primeras misiones de John y él, y por lo visto, lo estaban haciendo bien. Al fin y al cabo, acababa de ser felicitado por Ron Weasley. Quién iba a decirle a Eizan Harley, que iba a ser felicitado por un héroe de guerra.
Se aproximó al joven Auror pelirrojo para ayudarle a acorralar todavía más al Mortífago que no estaba petifricado.
John, mientras, estaba intentando razonar con el pequeño grupo de muggles, que rápidamente se había acorralado en la esquina más lejana a la pelea.
-No se preocupen. O no os preocupéis, porque veo que todos tenéis más o menos mi edad. Esto ha sido lo más surrealista que probablemente habéis vivido en vuestra aburrida vida de universitarios muggles. Pero os garantizo que si nos dejáis borrar...
- ¡Hemos vuelto y somos más fuertes que la última vez!- bramó Weistrich, como un loco, haciendo que John rodara los ojos- ¡esta vez no tenemos al Señor Oscuro con nosotros, pero eso no nos detendrá ni nos hará más débiles! ¿¡Me habéis oído bien!?
-Sí, ya lo veo. Adivino- dijo Ron, apuntando firmemente al Mortífago- tenéis un arma mucho más poderosa y blah blah, blah. Sí, eso ya lo sabemos. Y sinceramente, no sé a quién pretendéis asustar- dijo duramente- sois una panda de fracasados maniáticos de la Sangre. En realidad me dais pena. Estáis chiflados.
Al oír "maniáticos de la sangre" y "chiflados" el grupo de gente se escandalizó todavía más.
-Baja tu varita- ordenó Ron, segundos después- quedas detenido. Es inútil que intentes algo para escapar.
El hombre apretó la mandíbula hasta un límite insospechado.
-¿Quieres saber algo que no sabes, Weasley? ¿Quieres? no es un arma, no es un "que"- escupió- es un quién. Y te aseguro que es mucho más poderoso que ninguno de nosotros, e incluso Potter quedaría reducido a una hormiga a su lado.
-¿Y habéis a tomar café y a adorarle?- ironizó, manteniéndose impertérrito. Una de las cosas que había aprendido durante la guerra y en la Academia de Aurores, es que la gente tiende demasiado a mentir.
Weistrich rio mientras Eizan se aproximaba unos pasos más.
-Algo así, Weasley. Algo así...-murmuró, como un loco.
-¡Petrificus totalus!- bramó de nuevo, con urgencia. Parecía muy alterado. El Mortífago cayó rígido al suelo.
La gente estaba a punto de desmayarse. ¡Ya habían matado a dos! ¡Estaban inmóviles en el suelo! ¡Ellos serían los siguientes!
Alguien pareció ser más espabilado.
Se supo en seguida porque Harley se había puesto tan nervioso.
-¡John!- le llamó urgentemente- ¡por la ventana, John! ¡la chica!
El chico se sobresaltó y segundos después masculló una palabrota entre dientes cuando vio que uno de los muggles, concretamente, una chica a la que John había visto sentada sola con un aparato de lo más extraño encima de su mesa, estaba escapando por una ventana. Era pequeña y cabía por ella.
¿Por qué no se habían fijado en esa ventana? ¿De dónde había salido? No podía haber fallado en algo así.
Las leyes del Ministerio decían que ningún muggle debía de conocer la existencia de la magia. Y que de hacerlo y no estar casado o mantener una relación familiar con un mago, debía de ser mesmorizado.
Y aquella chica estaba huyendo de las normas. De la ley. Aunque no lo supiera.
Sabiendo de sobra que Weasley y Eizan tenían todo bajo control, la siguió, porque era su trabajo. Y, aunque tuviera que correr detrás de una chica menuda y que corría más que una Nimbus 2002 por las calles muggles de Southampton, no cambiaría su trabajo por nada del mundo. Salió por la misma ventana más difícilmente, al ser más grande.
Ya en la calle, buscó su figura con la mirada y echó a correr tras ella. Y la siguió. La siguió hasta un parque en el que ella claramente intentó despistarle, al notar que la estaban persiguiendo todavía. Estaba consiguiendo que se agotara, y eso John era un buen corredor y estaba en forma. La gente los miraba extrañados, sobretodo cuando se percataban de que él sostenía su varita con la fuerza con la que alguien empuña una espada. Y eso era raro.
La perdió de vista entre la maleza de árboles con largas y enormes hojas. El parque era vegetalmente abundante y colorido, ya que la primavera estaba más que entrada. Se maldijo a sí mismo. Era un estúpido. ¿Y cómo demonios había un bosque enano en mitad de la ciudad? Se la iba a cargar. Lo suspenderían de alguna misión, o lo que era peor, no cobraría en un mes. O tendría que volver a oficinas.
De pronto, mientras resoplaba y miraba a un lado y al otro, buscando la evidencia de hacia dónde había huido esa escurridiza chica, alguien le golpeó, o lo intentó al menos, porque John lo esquivó parcialmente en el último momento.
Aun así, cayó al suelo blando y verde.
Notó como le robaban la varita de las manos, rápidamente. Intentó revolverse, pero unos delgados brazos lo inmovilizaron en la hierba.
John contempló horrorizado como la patética chica de la cafetería le había inmovilizado, y estaba tendido en el suelo bajo ella, como si tumbarle y dejarle indefenso fuera tan fácil como respirar. Se enfureció tanto que soltó un gruñido.
Al menos a ella también parecía haberle agotado la carrera. Y más que enfurecida, parecía desconcertada.
Tenía el pelo marrón oscuro, largo. Debía de llevar por los codos. Era más menuda de lo que John había intuido a lo lejos, y su pequeño rostro estaba desencajado.
-Robar es algo muy feo-le espetó, mientras recuperaba el aliento y la observaba, revolviéndose.
La chica le miraba con el pequeño rostro arrugado de hostilidad.
-¡Matar a alguien también lo es. Y más con...esa cosa!- le gritó- ¿¡Qué es!?
Señaló a su varita, que estaba a unos metros de ellos.
-No les matamos, estúpida. Les pe-tri-fi-ca-mos. ¿Tú pequeño cerebro de tu pequeña cabeza entiende eso? no, claro. Olvidaba que eres una muggle que...
-¡No me insultes!- le gritó, clavándole las uñas en un brazo. John había soportado cosas peores, pero eso le estaba doliendo- ¡Y más si no sé lo que me estás diciendo! ¡Estás loco! no te muevas que por si no lo habías notado, porque sé más karate de lo que te puedas imaginar y muchas más cosas para mandarte a la mierda.
John no pudo evitar echarse a reír.
-Guau, Karate. Estoy impresionado de tu conocimiento de artes de lucha muggles. Pero una cosa, ¿Y si la loca eres tú y esto está siendo una imaginación de tu cerebro?
Pareció sorprendida, como si esa idea le hubiera golpeado duramente en el cerebro.
-Nn-no...-la oyó murmurar.
Aprovechó ese momento de vacilación. Superó su fuerza y la hizo rodar lo suficiente como para poder situarse encima de ella y haber agarrado su varita.
Apuntó a su cuello. La chica se tensó debajo de él.
-¿Por qué no empezamos con las presentaciones? ¿Cómo te llamas, muggle que sabe Karate?
No respondió.
-¿Sabes? puedo hacer cosas más divertidas con la varita que petrificar gente. Y...eso ha sonado mal, ¿no crees? No, ahora en serio. Dime tu nombre- exigió.
Se mantuvo callada, tal vez por minutos. John esperó pacientemente.
-Helen-sólo dijo.
-¿Helen? no me lo esperaba. A ti te pega algo como Ann, o Juliet. Yo te veo cara de Ann, no sé porqué. ¿De qué tengo cara yo?
-De idiota. Por favor. Suéltame- suplicó. Por fin parecía asustada- te prometo que no le contaré a nadie lo que he visto hoy.
-¿Sabes lo extraño? Qué deberías de haber tenido una conmoción más grande al haber visto magia por primera vez- dijo, ignorándole- he visto a gente hacerse pis encima.
-Hay cosas que asustan más que la magia- sólo dijo.
Se miraron, todavía forcejeando. John frunció el ceño, estaba impresionado. Bastante impresionado.
-En cualquier caso, yo soy John. John Anderson. Por si te interesa. Como dato extra. ¿Y tú, Helen? ¿Tu nombre completo?
Ella volvió a permanecer en silencio.
-Alguien nos encontrará aquí, y ten detendrán- le dijo Helen.
-Lo dudo-respondió-dime cómo te llamas de una vez.
-¿A ti que mierda te importa? ¿Si te lo digo, me vas a soltar?- preguntó irónicamente. Todavía intentado rehuir su abrazo. Aunque no lo admitiría nunca, el chico tenía unos hipnotizadores ojos azules que no eran de este mundo.
Oh, Dios. A lo mejor venía de otro planeta. Podía ser ¿no?
-Si me lo dices no sólo te suelto, sino que te desmemorizo y no recordarás nada de esto.
-¿Desmemorizar? ¿Qué majaderías dices?
-Magia, guapa. ¿Todavía no te diste cuenta, o es que no te acuerdas?
Palideció un poco.
-Por favor, no me desmemorices.
-¿Por qué? ¿No quieres olvidar?
-Me da miedo.
-Creí que habías dicho que la magia no te daba tanto miedo.
Pero John pareció pensar algo durante varios minutos. Finalmente, habló.
-Voy a hacer una excepción muy gorda contigo. Enorme. Pero vas a tener que escuchar atentamente.
Hizo una pausa. Helen no dijo nada. No se revolvía. John tomó aire.
-Tú me dices cómo te apellidas y en qué Universidad estudias, o algo así, un lugar donde yo pueda localizarte, y yo te suelto. Teniendo en cuenta que si te suelto y no te desmemorizo, apareceré para verte y asegurarme de que no te has ido de la lengua con el pequeño secretito de la magia. O aceptas esas condiciones, o nada.
Helen frunció el ceño. No le gustaba nada que fuera tan descarado. Ya era suficientemente inaguantable lo que acababa de pasarle.
-¿Y si yo no quiero volver a verte? ¿Y si no quiero volver a saber nada de la magia?
-Entonces, deja que borre tus recuerdos. Simple, ¿no? todo tiene un precio.
Se miraron fijamente, de nuevo. Eran unos completos extraños que obviamente acababan de tener un flechazo bastante fuerte entre ellos, pero de manera demasiado extraña y chocante. No podían, realmente, estar negociando la posibilidad de que aquello fuera un poquito más de lo que era. ¡Era estúpido!
¡Era estúpido!
Aquellos ojos...nunca había visto nada tan azul. ¿Iba a olvidarse de esos ojos?
Claro que sí...
Finalmente, tras un suspiro, habló.
-Me llamo Helen Sparks. Voy a la universidad de Filosofía. En esta ciudad. Horario de tarde. Salgo a las seis y media.
John asintió lentamente, asimilando la información, y fue soltando su fuerte agarre, hasta que Helen pudo escabullirse de él. Y no desaprovechó la oportunidad.
Se levantó, y echó a correr. Sin despedirse ni nada. Huyendo, como si le tuviera el mismo miedo que cuando empezó la pelea de varitas en la cafetería.
John se quedó sentado en la hierba, como un idiota. Dándose cuenta de que había sido vencido por una simple chica muggle.
-Adiós, Helen Sparks- murmuró.
"Más te vale no haberme mentido, o te buscaré por todas partes hasta desmemorizarte"-pensó.
Caminaba sola por el pasillo oscuro. Parecía buscar algo, pero ni ella sabía muy bien el qué.
No tenía miedo, como otras veces. Miedo de que alguien apareciera y distorsionara su sueño y la atormentara, porque esto nunca había pasado. Ann nunca había caminado sola por la biblioteca de noche. Aquello no era un recuerdo, era un sueño, y por lo tanto, él no interferiría en su vigilia perturbando sus vivencias y, de ese modo, su mente.
Sin embargo, soñar realmente tenía la desventaja de que Ann casi no controlaba sus movimientos. Su cerebro había preestablecido como sería su estancia por el mundo de los sueños y, por mucho que se resistiera, caminaba y caminaba sin rumbo aparente, o rumbo desconocido.
Pero sí lo había.
Observó cómo sus pasos la llevaban a la sección de Historia. Sus deportivas chirriaban en el suelo, lo que le hizo preguntarse por qué no iba vestida con el uniforme de Hogwarts, y también porqué podía ver, si realmente estaba todo oscuro.
Avanzó unos pasos más. Se detuvo. De alguna manera, sabía que iba a agarrar justo un solo libro. Que sus manos y sus dedos finos y pequeños se deslizarían por los lomos de los tomos sabiendo exactamente cual atrapar. Y así lo hicieron.
Cuando el libro salió de la estantería, notó el polvo entre las yemas de sus dedos. Y su pesadez. Era enormemente gordo. Lo abrió. La letra, afortunadamente, no era muy pequeña. Volvió a cerrarlo sólo para ver el título.
"Los Magos más importantes de la Historia"
Ann no supo exactamente si estaba frunciendo el ceño o no. Sólo supo que el temblor de su nunca (un cosquilleo leve y presente) le indicaba que alguien la estaba observando.
Como en muchos otras veces se giró, asustada. O más bien, alerta. Miró para un lado y para otro. Pero aquella vez sí que ya no podía ver por la oscuridad de la noche y la ausencia de luz, haciendo la escena más realista. Y angustiosa.
Escuchó pasos. Intentó enarbolar su varita, pero esta no estaba en el bolsillo de su pantalón.
'Mierda'
-Muéstrate o vete. Por favor- dijo Ann, sin parar de moverse- sé que esto no solo es un sueño una vez más. ¡Vete!- repitió.
No podía permitir que él entrara en su mente cada vez que le apeteciera. No podía. La aterorizaba ser tan vulnerable, realmente.
Apretó su libro con fuerza. Los pasos dejaron de escucharse.
-Sal de mi mente. Sal de mi mente. Sal de...
"Mi mente. Sal de mi mente"
Una voz masculina rio no muy lejos de ella. Siniestra y lentamente, como disfrutando de algo malo y terriblemente placentero a la vez.
-Bien, Ann. Por fin vas aprendiendo a enfrentarme...admito que estoy impresionado.
Intentó ignorar su voz.
"Sal de mi mente" "¡Sal de mi mente"
Ann abrió los ojos. Rápido, como huyendo y escapando a gran velocidad de su real pesadilla.
La luz de la mañana estaba comenzando a entrar en el cuarto de las chicas, pero no iluminaba directamente a su cama, sino de manera más lejana, más distante.
Su plano pecho subía y bajaba alterado, mientras en sus ojos se iban contrayendo las pupilas, dando paso al azul de siempre. Las manos le sudaban, pero mantenía algo firmemente agarrado. No tardó en ver unos mechones desordenados de cabello pelirrojo pegados a los suyos, y recordó que ya desde hacía días había decidido dormir de la mano de Rose para que la chica pudiera descansar.
Probablemente, ninguna de las dos lo hubiera hecho realmente esa noche.
Lo cierto fue que al menos Rose conseguía dormir algo.
Se sobresaltó cuando, al alzar la vista para ver cómo dormía, vio que su amiga estaba despierta y la miraba seria y preocupada.
-Ann ¿Qué ha sido?- murmuró, todavía somnolienta.
La chica desvió la mirada.
-No era lo de siempre- murmuró, con voz pastosa- ha debido de ser una pesadilla.
Rose apretó las cejas.
-Ann. Si Sameor aparecía, no podía ser una pesadilla.
-Si puede- se empeñó Ann, casi dejando de susurrar. Una de sus dos compañeras se revolvió entre sábanas.
Rose no parecía estar dispuesta a enfrentarse a ella. No en aquel momento. Y se lo auto reprochó mentalmente.
-¿Cómo estás?- preguntó Ann, volviendo a murmurar.
-Bien- respondió ella como una autómata-bien-repitió, con una leve vacilación.
Se quedaron en silencio unos minutos. Era temprano, todavía no tenían que levantarse para ir a clases.
-¿Sabes? A veces eres totalmente complicada. No es fácil intentar adivinar qué estás pensando.
-¿Quieres que piense en algo en concreto?- dijo, de mal talante.
La otra suspiró.
-Lo único que quiero es que si hay algo que te preocupa, me lo digas. Porque estoy aquí, Rosie. Y quiero oírlo.
Se miraron. Ambas sonrieron levemente. A Rose se le aplanaron los labios en seguida.
-Hay mil cosas que me preocupan.
-¿Y qué vas a hacer?
Eso desbordó a Rose.
-No lo sé- respondió, mientras comenzaba a llorar.
Ann la abrazó, escondiendo su cara en su ondulado y espeso pelo de cobre.
-¿Puedo decirte algo?- preguntó suavemente.
Notó como su amiga asentía levemente.
-Pide ayuda- le dijo- pide ayuda y dile a los demás lo que tú necesitas de ellos. Nunca lo has hecho. Y deberías empezar ahora, antes de que explotes. Es algo así como tu última oportunidad para intentarlo.
Se quedaron así hasta que el despertador de Christinne inundó la habitación.
Sólo entonces, Rose dijo:
-Tal vez lo haga. Pero eres una hipócrita, si hablamos de ti, nunca se puede adivinar qué piensas o qué necesitas.
-Mentira- contradijo Ann, mientras pensaba que era cierto, y que ella y Rose sí eran parecidas en el sentido de que no molestarían a nadie con sus problemas.
-Hey.
Hugo caminaba como un autómata por los pasillos, ocupando su mente en todo y nada a la vez, mientras se mordía el interior del labio una y otra vez, o al menos hasta que se quedara sin piel. Ya no tenía el aura efusiva de siempre, y caminaba un tanto cabizbajo. Las ojeras le daban un aspecto horrible.
Apenas se giró un poco cuando oyó la voz de Clary llamándolo.
Ella se situó enfrente de él.
-Lo siento tanto, Hugo...
Lo abrazó rápidamente, con los ojos llorosos. Él no pudo hacer otra cosa que corresponderle. Clary conocía muy bien a su familia, y también debía de estar pasándolo muy mal.
Hugo notó como varios ojos se clavaban en ellos.
Su determinación por permanecer entero, o por lo menos no romperse, fue lo que hizo que no se echara a llorar. Además, Clary le estaba abrazando. Podía ser mucho peor.
Cuando se separaron, ella le miró muy seria, como nunca antes.
-Si necesitas hablar, voy a estar ahí ¿De acuerdo?
Hugo asintió como por inercia.
Entonces Clary vio a alguien detrás de ellos, levantó las cejas y Edith Lawrence, que la esperaba a unos metros de ellos se reunió con su amiga no sin darle una pequeña palmada en el hombro y un corto "lo siento" lastimoso a Hugo.
Este se giró, y se sorprendió levemente cuando vio que Grace Wilson se acercaba casi tímidamente a él.
-Mira, sé lo vergonzoso e inútil que resultará- empezó a decir cuando llegó hasta él- pero creo que es lo correcto. Siento mucho lo que le ha ocurrido a tu familia.
Realmente, englobando a toda la familia estaba acadando toda la dimensión de la tragedia. Se notaba que ella era capaz de entenderlo. Más o menos.
-Y sé que que te lo diga yo no es un gran consuelo, pero al menos sé cómo te sientes- se azoró- bueno, no lo sé realmente, pero...
-¿Vas a pegarle una paliza, Wilson?
Ambos se giraron a varios lados para intentar reconocer esa voz, pero al parecer era una de las muchas que había en el vestíbulo.
Grace suspiró.
-Me ha pasado un par de veces desde que...bueno. Digamos que hay personas que se aburren mucho y tienden a mejoras su mierda de vida amargando la de los demás...
-Ya, bueno. La gente es idiota.-interrumpió Hugo- gracias por eso-dijo, tras una pausa.
-Nada. Bueno, pues... cuídate-finalizó.
-Y tú... ¡oye!-la llamó, mientras se alejaba- ¿Puedo hacerte una pregunta?
Se dio la vuelta y lo miro. Se encogió de hombros.
-Lo de ir al baile conmigo... ¿iba en serio?
-Si tú quieres-le dijo, como si resultara obvio.
No parecía muy entusiasmada. No parecía nada entusiasmada, de hecho.
-¿Por qué yo?
Pareció pensarlo.
-Porque me parece que todos necesitamos algún favor alguna vez ¿no crees?
Hugo frunció el ceño mientras la vio alejarse hasta el comedor.
-¿Cómo está?- dijo Albus, cuando Ann se hubo sentado en su asiento para desayunar.
-Bien- sólo respondió- viene justo detrás de mí.
Harley los observó a ambos, callado. Ann se dio cuenta.
-¿Y a ti qué te pasa?- le reprochó, a modo de buenos días.
-¿Debería pasarme algo?
-Oye. ¡Vale que estuvierais peleados cuando ocurrió lo de su madre, pero que no le estés mostrando nada de apoyo estos días me parece muy mal, y ya no puedo evitar callármelo! ¿Qué demonios te pasa? ¡Ella siempre está ahí cuando tú tienes problemas!
Harley se tensó, y Albus y él se dirigieron una rápida mirada.
-¿Qué os pasa?- preguntó ella de manera urgente.
-¿Se lo vas a decir alguna vez?- le preguntó Albus a su amigo.
Harley apretó los labios, indicando que al menos, no le iba a decir nada por el momento. No en aquel instante.
Dirigió su vista hacia la entrada del comedor, y lo que vio, no le gustó.
Tobías estaba hablando con Rose.
-Lo siento mucho, de verdad. Dejé pasar unos días para que no te agobiaras, pero no quiero que pienses que no lo lamento muchísimo. Si hay algo que pueda hacer por ti, sólo dilo.
Rose negó varias veces.
-No hay nada que ninguno de nosotros pueda hacer, supongo. Tú sólo debes asegurarte de ir a las reuniones y aprender a defenderte por si un día lo necesitas
Smith asintió, muy serio.
-Gracias por preocuparte por mí. Espero que tú hagas lo mismo.
-Lo hago-asintió.
-En la reunión de anteayer no parecías muy presente. Y en Herbología tampoco te vi muy atenta.
Se encogió de hombros sin saber qué decir.
-Es difícil-logró pronunciar- ¿no crees?
-Sí, claro.
Tobías la envolvió en un abrazo fuerte y agobiante, sin que Rose pudiera evitarlo. Aguantó hasta que la soltó.
-No te vengas abajo. Todavía hay esperanzas.
-Gracias- sólo dijo.
Tenía unas enormes ganas de escapar.
-Echo de menos estar contigo- le soltó.
Rose tuvo ganas de bufar.
-Ojalá pudiera hacer que superaras lo nuestro más deprisa-le respondió, dejándole claro que no querría volver jamás con él.
No muy lejos de allí, Harley desvió la mirada, frustrado. Estaban lejos y el ruido no le dejaba escucharlos.
Solo pudo ver, que desgraciadamente parecían muy afectuosos el uno con el otro.
-¡Así no, Wilson!
Grace casi gruñe.
James Potter se aproximó a ella.
-No es cuestión de que agarres la varita como si fuera una espada, pero tampoco es que la varita se maneje como si te diera pereza.
Ella le echó una mala mirada.
-¡Uoh! ¿Te pones de mala ostia por todo, o como va esto?- le dijo mientras le corregía el agarre de la mano. No muy lejos de ella, Josh sonreía levemente, rodando los ojos.
-No sé. Cuando vea tu Patronus conjurado entonces empezaré a creer en tus habilidades como profesor.
Todos estaban reunidos allí. Todos los que solían estar, excepto Anderson, que había desaparecido. Practicaban un hechizo que nunca había practicado la chica: el hechizo Patronus. Era de los más complicados que se podían aprender. Por eso, los alumnos de séptimo, que lo estaban aprendiendo, vigilaban a los demás por toda la Sala de Los Menesteres.
A ella le frustraban dos cosas: Una, que no fuera capaz de conjurarlo, y otra, que Albus y Josh, no muy lejos de ella, contemplaran a sus Patronus satisfechos de su trabajo.
Al menos Scorpius parecía tan abatido y cabreado como ella.
El lobo plateado de Albus pasó enfrente de ellos.
James frunció el ceño. Acto seguido, miró a su hermano, divertido.
-¿Un lobo? ¡Qué poco original, hermanito!
El otro se dio la vuelta y lo miró.
-Al menos a mí me ha salido casi a la primera. ¿Cuantos años llevabas intentando conjurar un Patronus tú, James?
Este hizo como si lo estuviera pensando.
Después, se preparó y pronunció el hechizo:
- ¡Atención todos un momento!-carraspeó- ¡Expecto Patronum!
Una lechuza salió de su varita, volando libre por la estancia, dejando un rastro plateado como estela. Todos la miraron, maravillados. Algunos aplaudieron.
-¿Has visto cómo he sostenido la varita, Wilson?- le preguntó
-Si- respondió, entre dientes.
En realidad, no lo había hecho.
-Bien. Y tú- dijo, dirigiéndose a Albus- la próxima vez que te metas conmigo, te retaré a un duelo.
Se miraron, como enfrentados por algo. Aunque en el fondo James no lo había dicho en serio, claramente.
En realidad, ambos sentían la misma tristeza por todo lo que ocurría a su alrededor.
Al alejarse, la lechuza se posó cerca de ellos.
"La próxima vez que te metas conmigo, te retaré a un duelo"-repitió el animal plateado, con la voz de James.
Tuvo que echar a volar, porque el Patronus lobo intentó alcanzarla.
Albus puso los ojos en blanco, dando un par de pasos hacia Grace.
-Genial-dijo-mi hermano sabe hacer un Patronus Parlante. Ahora sí que no habrá quien le diga nada.
- No os parecéis mucho, ¿no?- inquirió ella, mientras observaba como discutía con Malfoy esta vez, a unos metros de ellos.
-Bueno...no. La verdad es que no. Pero tampoco creo que seamos completamente diferentes.
Ella no estuvo de acuerdo en eso. Ellos eran como dos caras de una moneda.
De pronto, recordó algo que tenía pendiente de preguntarle.
-Al, el otro día escuché a Protea hablar con una amiga suya sobre una cosa que me pareció muy extraña, y a la vez poco descabellada.
-¿El qué? ¿Tiene que ver con los Neomort...
-No, era mucho más acorde con sus capacidades. Dijeron que Rose y Harley estaban enrollados.
Albus arrugó la cara, molesto.
-¡Potter, Wilson! vuestra charla debe de ser muy interesante, pero la tendréis luego- exclamó Jamie, el amigo de Louis y James, que se había fijado en ellos- Harley, si no vas a intentarlo siquiera puedes irte...
El chico se separó de ella, evasivo.
-¿Es cierto, o no?- le preguntó, siguiéndole- lo que si que es cierto es que ni se miran estos días. Eso no me lo puedes negar.
Para corroborar lo que estaba diciendo, los buscó por todo la Sala, y los localizó en puntos diferentes.
-En realidad no me importa ¿sabes? te lo digo porque últimamente la gente murmura más de lo normal cosas que no son ciertas, pero que tampoco son completamente mentira. Y te aviso de que los cuchicheos serán peores si tiene algo de cierto lo que se dice.
-¿Cómo el rumor de que en tu escuela muggle casi estrangulas a una compañera tuya?
Grace se sonrojó. Se sonrojó por primera vez en mucho tiempo.
Albus la miró, sorprendido.
-¿Lo hiciste de verdad?
-No fue exactamente así. Y ¡tenía seis años! yo...no sabía qué ocurría. Fue la primera vez que hice magia, estaba muy asustada...y esa niña se burló de mí y sólo recuerdo que me enfadé. Mucho.
Lo dijo con gravedad, y Albus pareció arrepentido de haber sacado el tema.
-Supongo que sí hay un poco de cierto en los rumos que ciertos idiotas se empeñan en extender y tergiversar-concluyó él.
No dijo nada.
-Supongo que al menos ahora los rumores de que Ann y Harley se gustan, desaparecerán.
-Realmente parece que se gustan.
Albus negó.
-Ellos se quieren de manera especial...pero no en ese sentido, creéme.
-Entonces...¿en cuál?
Pareció pensar algo.
-A ver. Imagina que una persona a la que quieres está atrapada en un incendio de una casa, y no tienes varita para apagarlo. Aun así, entras a salvarla.
Asintió.
-Bien. Cuando llegas a ella, te das cuenta de que es muy probable que los dos muráis, y sólo tú pareces tener la posibilidad de intentar volver por donde viniste.
-¿Por qué la otra persona no puede escapar?
-No sé, imagínate que está atrapada, tiene la pierna enganchada entre tabiques de madera ardiendo, o algo así.
Entonces esa persona dice el típico "¡sálvate, vete!" y tú respondes "¡no hasta que te saque de aquí!".
Grace puso cara de empezar a no entender nada.
-Si esas personas fueran Ann y Harley, y no importa si el atrapado es Ann o es él, el otro sí se iría.
-Vaya. ¡Qué buenos amigos son, entonces! se dejan plantados fácilmente.
-No lo has entendido todavía, ¿verdad? El que viene a salvar al otro se iría, sólo porque el que está atrapado quiere que se salve.
-Eso no es amor.
-¿Anteponer tus deseos a los de otra persona? me parece un tipo de amor imposible de alcanzar.
-No creo que llegaran a ese extremo.
-Eso es porque no los conoces.
-Me han dicho que acabas de volver de ver a tu madre.
Rose estaba sentada en la hierba, leyendo el libro de Historia de la Magia (sin estar leyéndolo realmente) cuando la voz de Harley la sobresaltó.
-Si- logró decir- es cierto.
-¿Cómo está?- preguntó, con preocupación.
-Pues un poco peor. Era de esperar- se le empezó a formar esa insoportable bola en la garganta.
-Mierda.
Sabía que su amigo no era muy bueno con las palabras.
-Ya.
-Rosie...-la voz del chico sonó vacilante a su lado.
¿Hmm? -murmuró, fingiendo estar distraída. Pero era evidente que no lo estaba. O sí. O no.
Notó como se acercaba a ella y se arrodillaba para quedar aproximadamente a su altura. Rose desvió todo lo posible la mirada.
-¿Por qué...-empezó-¿ por qué me... es decir, bueno...
Rose notó como toda su sangre decidía agolparse agresivamente en sus mejillas, y su cuerpo temblaba con más intensidad. Pero por lo que parecía, el chico no se veía capaz de completar la frase, como si no quisiera recordar lo sucedido por nada del mundo.
Inexplicablemente, eso le dio fuerzas. Torció un poco la cabeza.
-¿...te besé? -le completó.
No era la primera vez que tenía que ser la que diera la cara en ciertas situaciones. Harley era demasiado directo en cuanto arrancaba, y ella no quería resultar dolida, así que procuraba ser la primera en hablar.
En ese punto, distinguir la expresión del rostro del chico era francamente difícil. Se sintió estúpida. A ella sólo la había besado un chico antes de aquello ¿pero, y él? había dado más besos, y a diferentes chicas. Las había abrazado y sentido tan tan cerca que ya no se sabía de quien era cada extremidad. E incluso...bueno, que un beso ya no tendría el mismo valor ni la misma importancia para él que para ella.
O eso le parecía.
Harley asintió con la cabeza, jugando casi imperceptiblemente con sus manos, incómodo.
Rose, no mucho más calmada que él, tomó aire, y trató de buscar algo que decirle.
-Yo... n-no lo sé... fue lo primero que se te ocurrió para que te distrajeras-argumentó en su defensa, a pesar de que se dio cuenta que el "distrajeras" sonaba fatal- para que no te sintieras mal y que cualquiera que nos viera no te viera...bueno...s-sufrir. Además, leí que lo mejor para la ansiedad era controlar la respiración y -se calló de repente y cerró los ojos con vergüenza.
Recordó el fuego de Harley sobre su hielo, derritiéndolo. Y el agua siempre le había dado miedo.
Él parecía reflexionar sobre sus palabras.
-Pero...
Se anticipó de nuevo.
-Si lo que te preocupa es que... bueno...-se mordió el labio, sin saber cómo explicarse- somos amigos, y... nada más. El... el beso no tiene que significar nada diferente, sólo porque yo sea yo y nosotros seamos nosotros ¿entiendes? los besos pueden ser algo, o no ser nada. Deberías saberlo.
El haberlo dicho provocó que el incómodo nudo se acomodara en la garganta de Rose, sin que ella lo comprendiera. Técnicamente lo que acababa de decirle lo había pensado antes ¿no? ¡Había pensado en decírselo! Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?
Porque se lo había dicho.
Lo que jamás se le hubiera pasado por la cabeza a Rose en esos momentos, era que Harley riera.
Y rio. Y bromeó. Y Rose se sintió patética. Hundida y derrotada.
-Pues a mí el beso me gustó -dijo después, intentando sonar jovial (y consiguiéndolo)- bueno un poco efusivo de más, pero bueno...
Parpadeó. Le miró, más que sonrojada, con las mejillas al borde de la incandescencia y ya no sabía exactamente porqué, con sus manos moviéndose inquietas y una capa brillante en sus ojos.
-¿Cómo puedes ser capaz de bromear?
Harley no supo qué contestar. Era como si le hubiera abofeteado verbalmente. Y ella se sintió mejor, porque al menos no la estaba haciendo sentir como un beso que nunca tuvo sentido sentimental alguno. Las palabras de ella mentían, pero ella era capaz de mentir hasta cierto punto.
Rose se encogió más en sí misma. Una vez más, la imagen de su madre en el hospital de San Mungo, la cantidad de apuntes que tenía que estudiar y el recuerdo permanente de la sensación de los labios de Harley sobre los suyos la atosigaron, haciendo que sintiera miles de cosas incontrolables a la vez.
Era patética por no poder manejar ninguna situación. Se sentía así. Siempre se había sentido así. Ese era su gran secreto. Y no quería sentirse así ni un minuto más.
-Hey, Rose...
Se había situado en frente de ella de cuclillas y la había tomado de las manos, usando un tono suave que sólo le había oído emplear con Ann en ocasiones. Si seguía así, acabaría por confesarlo. Alzó la mirada.
Por como de brillante se veía su pelo castaño, Rose intuyó que estaba volviendo a llorar otra vez. O eso, o el sol brillaba con especial luminosidad sobre él, creando un efecto visual extraño.
-No llores más- le suplicó- ríñeme, pégame...pero no llores.
Le limpió una lágrima mientras Rose se esforzaba en no sucumbir al llanto.
Él era tan inalcanzable para ella como que su madre se recuperara, sacar todo Extraordinarios en los T.I.M.O.S o sobrevivir con una dieta a base de ranas de chocolate.
Y quitando el alimentarse sólo con chocolate, todo lo demás le provocaba un enfado, una impotencia, una sensación de que nunca sería lo bastante buena para lograr sus objetivos que no podría soportar por más tiempo.
-No llores- repitió, devolviéndola un poco al mundo real. Tomó fuerzas él mismo e intentó hacerla reír- siempre puedo besarte otra vez, no pasa nada. No hace falta llorar.
Rose le miró, activada en cierta manera. No sabía si ponerse a soltar unos improperios bastantes contundentes hacia él por ser tan estúpido de no darse cuenta de nada, o ponerse a llorar definitivamente debido a que él ni siquiera se había dado cuenta de lo que a ella le pasaba. O se daba cuenta y era demasiado inmaduro para afrontarlo.
Algo extraño y desconocido subió desde su estómago y su garganta, y, muy seria, no pudo reprimir la palabra.
-¿Querrías que volviera a pasar?
Pareció que Harley la había ignorado completamente porque seguía intentando que dejara de llorar. Pero al cabo de unos segundos, pudo ver como los ojos de la chica no dejaban lugar a dudas, y estaba preguntándolo de verdad.
Ella quería que la besaran. Que él la besara. Ya se entendía, si no se había entendido antes.
Abrió la boca casi completamente, y desvió la mirada, incrédulo. Nunca en su vida le había pasado aquello. Bueno, sí. Alguna chica sí que le había dejado bien claro que quería algo con él, pero bueno...estábamos hablando de Rose.
Ella era mucho mejor que él. Excepto cantando, que era bastante mala. Pero por lo demás...tal vez no lo demostró las veces que la picaba cuando eran más pequeños, o cuando hacían competiciones de quien era capaz de comerse más ranas de chocolate en una tarde, pero Rose le intimidaba un poco, a la vez que se sentía defendido, protegido por ella. Cuando eran más niños, le había hecho suyo con tanta facilidad...
¿Y ahora? ahora le estaba pidiendo que la besara. Ya nada era fácil. Hasta la vez anterior y la única había resultado más sencillo. Simplemente se había dejado llevar. Ahora tendría que pensar con la cabeza.
Dijo lo primero que se le vino a la misma. Y no fue demasiado acertado.
-¿Te hará sentir menos dolor?
Se miraron directamente por primera vez desde que la charla se había desviado a caminos más incómodos.
Rose cerró los ojos, lo que provocó que otras lágrimas fueran cayendo por sus mejillas llenas de pecas.
Se puso de pie como pudo, agarró su bolsa y se dispuso a salir huyendo de su lado, de cerca de él.
Harley la retuvo del brazo y tiró de ella, hasta que quedó sentada de rodillas en la hierba, más cerca de él de lo que estaba antes.
-Rose- la llamó, ansioso- por una maldita vez, por muy estúpidas que te parezcan mis preguntas, podrías responder.
Desvió la mirada hacia donde unas chicas Slytherin de tercero cuchicheaban sobre ellos. Por fortuna, estaban demasiado lejos y Rose no las oía. Volvió a mirarla. No se había sentido así nunca. Le habría gustado que le hubiera agarrado por el cuello de la camisa y lo besara. Y no le habría importado. Y a la vez era extraño.
Hasta hacía nada, Rose era y su amiga, la mejor amiga de Ann y la prima de su amigo. También era la lista de clase, la chica que nunca paraba de comer chocolate y la que era invencible al ajedrez mágico. Pero no era el tipo que incitara a...pensar en ella de esa manera. Si no la hubiera visto con otro chico tal vez hasta habría detenido el beso que le dio. Pero había visto a Rose besar a otro y de alguna manera resultaba una especie de alteración del orden natural de las cosas, y estaba tan celoso...quería una posición importante en su corazón. Pero no sabía de hasta qué punto quería llegar en ese corazón.
¿Cuatro años le llevaron esas conclusiones a las que llegó?
-¿Menos dolor?- casi chilló Rose, sorprendiéndole, con la voz sobrepasando los límites de lo agudo. De pronto, bajó a un susurro casi inaudible- ¿Crees que por besarte me sentiría aliviada, que olvidaría mis problemas? ¡No! ¡Serias uno más! ¡Y uno muy gordo, porque mientras tú fingirías que nada ha pasado entre los dos, yo estaría preguntándome porqué tú no le das la misma importancia!- empezó a temblar- yo jamás voy a querer ser...otra.
-¿Qué? eres tú la que nos has llevado a este punto de la conversación. Y además ¡Lo que acabas de decir es lo que TÚ llevas haciendo conmigo días! ¡Tú me besaste para que me distrajera! ¡Para sentir menos dolor! ¡Y luego...bueno, ya sé que...¡Pero, tú...
Rose se quedó muda. Harley tenía razón. El silencio duró bastante rato.
-¿Quieres que me vaya?- le preguntó él, entre deseoso de marcharse de allí y al mismo tiempo queriendo darle un ultimátum.
-¿A qué te refieres?- preguntó Rose casi automáticamente. Parecía como desorientada.
Harley quería desesperadamente que regresara al mundo real. También le agobiaba que todos parecieran pendientes de ellos. Suspiró, metiéndose los dedos en el pelo y despeinándolo hacia arriba.
Ambos miraron a un punto fijo que se encontraba detrás del otro.
-¿Sabes qué hacen los muggles cuando no quieren hablar de algo de lo que necesitan hablar?
Ella no respondió.
-Se mandan mensajes de texto. Por el móvil. Pero...no tenemos móviles.
La tomó de la mano, haciendo que se levantara.
Rose se situó enfrente de los libros y cogió uno cualquiera, dejando un pequeño espacio libre entre los dos lados de la estantería.
-Esto es estúpido.-dijo.
-Puede-dijo Harley al otro lado de la estantería. Sonaba lejano-¿Dónde está el huec...ah. Lo veo.
Rose sacó su pluma y su tintero y un trozo de pergamino.
Cuando llevaba unos cinco segundos sin saber qué hacer, vio un papel que salía por aquel hueco.
Lo cogió, y lo leyó.
"Hola"
Rose puso los ojos en blanco.
Escribió su respuesta en el mismo papel y lo metió por el mismo espacio. Desapareció.
"Hola"
La chica recibió su respuesta.
"Hace días que no quieres ni mirarme"
No supo que responder.
Finalmente, tomó aire y empezó a escribir.
"Dime cómo hacerlo cuando han pasado tantas cosas. No sé qué decir"
Esperó.
"Supongo que todo esto es mi culpa. Tampoco es que yo haya dado mucho la cara. No sé si te diste cuenta, pero antes cuando me has preguntado...sí quería hacerlo"
A Rose le temblaron las manos al leer aquello, sintió como si alguien le golpeara en la cabeza y se desplomó en la silla más cercana, anonadada.
Otro trozo de pergamino apareció por el hueco, y se levantó como un resorte a atraparlo.
"Todos dicen que yo te gusto. Me gustaría que dijeras si es cierto. No tengas miedo."
Contestó sin darle vueltas, por una vez. Necesitaba decirlo de una vez.
"Es cierto. Pero tengo miedo de lo que puedes sentir tú. Me confundo"
Tenía los nervios a flor de piel.
"No tendrías por qué confundirte"
No quería estar más allí. Era un poco angustioso.
Un tercer trozo de pergamino apareció por el pequeño hueco.
"¿Quieres estar conmigo?" leyó.
Rose no se lo pudo creer. No se lo creía. Le parecía demasiado imposible.
"¿Y tú?"
No hubo respuesta. Y podía haber hablado, ya que tampoco estaban tan lejos.
Pero no hablaron.
Solo salió corriendo, a buscar al chico que estaba al otro lado.
Caminaba sola por el pasillo, y esta vez no estaba oscuro. Esta vez buscaba algo, y sabía bien el qué.
Tuvo miedo. Al llegar a la Sección de Historia de la Biblioteca, una especie de corriente eléctrica recorrió a Ann de pies a cabeza. Expectante, casi corre hasta llegar a su destino.
Contempló horrorizada como el libro que buscaba era el único de toda la estantería que faltaba.
Murmurando una palabrota entre dientes, salió rápidamente de allí.
Tenía esa sensación en la nuca.
Esa sensación de que alguien te observa.
