2 de Junio de 2003

Helen salió unos minutos tarde de clase aquel día. Se había quedado discutiendo sobre la teoría hilemórfica con el profesor Crawley, un hombre en las puertas de la jubilación y una parsimonia normalmente admirable, además de una capacidad dialectal del tamaño de una catedral. Entre la multitud de alumnos que se agolpaban a la salida de la facultad, consiguió localizar a su grupo de amigas, en una esquina, dispuestas a empezar a bajar escaleras.

Cuando las alcanzó, ninguna pareció percatarse de su llegada. Y no parecía ser un debate precisamente filosófico el motivo.

Intentó entender lo que estaban diciendo.

-Tía, tu míralo bien... ¡está buenísimo!

-Bueno, quizás. Pero es muy bajito para mi gusto.

-Viste fatal. ¿Lo has visto? me va a entrar la risa...

-A ver, algo sí que tiene, pero no sé el qué...

-Pero ¡soy la única que le ve esos pedazo ojazos! ¡Sparks! ¡Ya has llegado!

Helen se aproximó más hacia Megan, la más alta y arreglada del grupo. La chica parecía emocionada.

-Mira ¿no te gustaría ser la afortunada a la que ese chico espera? ¿Quién crees que será su novia?

El grupo de chicas dejó de taponar la visión de Helen a la acera de enfrente.

Un chico no muy alto, de pelo castaño muy oscuro, barba de una semana y nerviosos ojos azules, observaba la salida de la facultad de filosofía, con lentitud, buscando algo.

El corazón le dejó de latir por un momento.

Había pasado tanto tiempo...

Abrió y cerró la boca, pasmada.

-¿Ves?-le dijo Susan a Megan- Helen opina como el resto. Está para que lo secuestren, y en una esquina oscura empezar a quit...

-¡Susan, no seas bruta!

-Callaos-casi ordenó Helen- es...-empezó, moviendo nerviosa los ojos de un lado para otro.

Iba a idear una excusa para que consideraran a aquel chico perfectamente normal.

-...un vecino de mi piso ¿vale? le dije que se pasara hoy por aquí porque hay una avería en la caldera y tenemos una cita...

Varias la interrumpieron y mostraron un entusiasmo escandaloso.

-¿Tienes una cita con ese? Oh dios mío Helen ¿¡Cómo no nos has dicho nada!?

-...con el hombre que va a venir a arreglarla. A las dos y media.

Susan pareció la más decepcionada.

-Yo pensaba que habías quedado con él. Oye ¿cómo se llama?

Helen lo recordaba demasiado bien. Era John Anderson. Era el mago que junto con otros dos habían detenido a otros magos en la cafetería, hacía ya semanas. A pesar de todo lo fuerte que suponía el haberse enterado de aquel modo de que la magia existía, dentro de Helen se libraba una batalla entre la parte de ella que deseaba olvidar y la que había estado esperando a John, para saber más sobre quien era, donde vivía y porqué existía la magia.

-Se llama John. Tengo que irme- casi tartamudeó- otro día te lo presento.

Helen cruzó la calle a toda prisa (antes se aseguró de que no iba a ser atropellada) y se acercó al mago camuflado de persona normal con un desagradable justo para la moda (y eso que ella no era precisamente la mejor para hablar sobre cómo vestir) Notó incómoda como él tenía su mirada en ella todo el maldito rato. Eso la puso aún más nerviosa.

Estaba apoyado en un árbol de la acera, con los brazos cruzados sobre el pecho y una media sonrisa que podría distraer hasta a un pájaro en su vuelo más seguro.

Una vez que quedó poca distancia para que se encontraran, aminoró sus pasos.

-Escandalosas amigas las tuyas ¿no?

-Tú tampoco es que hayas sido muy discreto. Si no quieres que los muggles sepan sobre la gente como tú, no deberías mostrarte tan alegremente.

A John se le ensanchó la sonrisa.

-Recuerdas lo de muggle ¿eh? y ya veo que me quieres sólo para ti. No seas egoísta. Además, es imposible que sospechen quien soy, aparento demasiado "normal" A no ser-se separó del árbol y se acercó a ella-que tú hayas dicho algo.

-Siempre cumplo mis promesas-contestó, de forma seca y cortante.

-Y yo las mías-comentó, muy serio.

No parecía el mismo que aquel día hacía ya más de un mes. Como si hubieran pasado cosas trascendentales. Helen sabía leer en el rostro de las personas ese tipo de señales. Algo debía de haberle ocurrido, tal vez.

Ella suspiró.

-Bien. Pues no creo que tengamos nada más de lo que hablar. Pero tengo que pedirte que me acompañes hasta cruzar una esquina. Le he dicho a mis amigas que eres mi vecino, y que me acompañas a casa hoy.

John se mordió el labio inferior, con fuerza. Finalmente habló, levantando los hombros al mismo tiempo.

-Te sigo.

Empezó a andar, incómoda. Solía hacer ese trayecto sola y con música en sus oídos. Era un poco raro que un chico la acompañara esta vez, y además...bueno.

-¿Por qué lo hiciste?-preguntó, finalmente.

-¿El qué, exactamente?

-Bueno. Tú no me desmemorizaste. Y creo que parece muy evidente que era tu deber hacerlo. Porque yo soy muggle, y sé que existe la magia.

-Primero: por lo general me gusta no respetar las reglas. Cuando estoy trabajando es una excepción. Admiro mi trabajo y lo respeto. Y supongo que es la primera vez que, en él, me salto una norma. Pero no sé, supongo que pensaba que los muggles eráis insignificantes y cobardes, destructivos e irreflexivos. Pero tú...te enfrentaste a mí. No huiste.

Helen se detuvo inconscientemente. El ruido de la ciudad se mezclaba con sus recuerdos.

-No, no lo hice.

-¿Me dirás el motivo?-le preguntó. Parecía ansioso.

-Supongo que soy así-murmuró ella. Detrás de su mirada, aparecieron mil historias que ni John ni nadie podían ver.

-¿Me tienes miedo, Sparks?-le preguntó, curioso. A Helen le sorprendió que recordara su apellido.

Varios compañeros suyos pasaron al lado de ellos.

-Eres algo que no sé lo que es. Y que tiene la capacidad de hacer daño con una faciliidad pasmosa. Vi como volvías a alguien de piedra. No sé si eres de esos magos "oscuros" o si eres de los buenos, o si puedes aparecer o desaparecer con sólo pestañear. A veces desearía no recordar nada. Pero...

-Pero resulta fascinante descubrir algo que no conocías. ¿Cierto?

¿Cómo podía saberlo?

-Escucha. Tengo veintidós años. Soy un mago. No conozco tu mundo. Soy lo contrario a ti. Si quieres conocer mi mundo, yo también quiero conocer el tuyo. Podemos ayudarnos en eso. No puedes entrar en mi mundo, pero puedo hablarte sobre él. Y tú puedes responder muchas de mis preguntas.

Se mojó los sabios antes de hablar.

-¿Cómo cuál?

-Cosas simples. Como por qué no usáis correo por lechuza para comunicaros.

-¿Correo por lechuza?-repitió ella, anonadada.

Le sonrió.

-¿Ves? hay muchas cosas que tengo que saber y no sé.

Helen miró a los lados, desorientada, y continuó su caminata. John vaciló unos segundos, pero la siguió de nuevo.

-Cualquier otra persona desearía que desaparecieras para poder olvidar lo raro que esto resulta.

-¿Quieres que me desaparezca? puedo hacerlo-comentó, burlón.

-Si hay que empezar a hacerse preguntas el uno al otro, quiero empezar yo. ¿En tu mundo la gente va a tomar café y esas cosas?

John rio.

-Sí. La gente va a tomar café y esas cosas. Pero si ahora me llevas a otra cafetería muggle, te advierto que ya no tengo dinero del de vuestro mundo y tendrás que pagar tú lo que tome.

Helen rodó los ojos. Pero, por algún extraño motivo, sonrió. Aunque John no podía verla, lo intuyó de alguna manera y sonrió también.

Toda su infancia, le habían explicado que los muggles eran lo peor del mundo.

Pero Helen Sparks, era de momento la persona más interesante que conocía.

Y quería conocerla mucho más. A ella, y a su mundo.

No muy lejos de allí, alguien los observaba. En las sombras, ocultos como unos furtivos, como unas almas que no querían ser perturbadas por la luz del sol. Alguien impuro, como la misma oscuridad.

Dos personas. Una, vestida con túnica gris, raída. Su pelo era rubio, claro, casi como el platino, y la piel dura y castigada, como si hubiera trabajado duramente toda su vida.

La otra figura, vestía de negro completamente. Una enorme capucha cubría su rostro. Y del agujero nublado que cubría su rostro, salió una risa aguda y profunda a la par, sin duda, propiedad de alguien que había jugado con las artes Oscuras demasiado tiempo y había sido seducido por ellas.

-Todo empieza aquí- sólo dijo. No fue la voz de un anciano la que se escuchó, sino la de un hombre probablemente joven y al que todavía le quedaba mucho por vivir. Y destruir- nadie puede verlo como yo. Pero los hechos han tocado su punto culmen por fin. No importa lo que ellos hagan a partir de ahora. Su destino y el de su familia está sellado. Las chispas se han hecho fuego.

-No estoy comprendiendo, mi señor.

-La niña nacerá de su unión. Será fácil. La localizaré, la mataré- dijo, sin pizca de emoción- y la profecía no se cumplirá. Yo seré el mago más poderoso de la era. Mucho más que vuestro antiguo señor, Samdon- le explicó, regocijándose- no existirá nada que pare a los mortífagos. Nunca más.

-Mi señor...podríamos hacer como con usted. Entrenarla, educarla en el verdadero poder... argg.

El señor Samdon notó como el aire empezaba a faltarle, como si alguien le estuviera estrangulando con una mano enorme y fuerte. Sin ser consciente había cometido una enorme imprudencia. Decir algo que a su señor no le causaba ni la menor gracia. ¿Compartir el poder? ¿Qué clase de propuesta? ¡Cómo se atrevía a insinuar que podría haber alguien igual de poderoso! Si él quería, moriría en unos segundos por tal osadía.

Pero no quiso, porque tenía todavía muchos planes para él.

-No tengo igual- dijo la figura encapuchada- la niña morirá. Su familia morirá. Y yo seré el mago más poderoso del mundo. Sameor, el señor de los señores oscuros- su voz se iba haciendo más ambiciosa y temible a medida que se regodeaba en su poder- el mejor mago del mundo. La hija de John Anderson ni siquiera vivirá para intentar hacerme frente.