Albus Potter caminaba cabizbajo hacia su destino, recorriendo varios pasillos que ya había recorrido cientos de veces. Además, por eso, sabía orientarse hasta casi en la más absoluta oscuridad. Sus ojos verdes parecían tener luz propia mientras la negrura se había comido por completo su figura. Se aseguró rápidamente de que no habría nadie más rondando por allí cerca y llegó hasta el tapiz de las criaturas con tutú rosa.

Pasó tres veces por el mismo lugar, sin ocultar su nerviosismo, al, por rara vez, no tener que hacerlo, mientras pensaba: "necesito encontrar el lugar donde se encuentra el Escuadrón de Merlín para reunirme con él" "necesito el lugar donde se encuentra el Escuadrón de Merlín para reunirme con él" "Necesito...

Y el tapiz se esfumó. En su lugar, apareció una enorme puerta de madera, con ornamentaciones quemadas y desfiguradas, como si algo horrible les hubiera ocurrido tiempo atrás, pero la madera fuera lo suficientemente fuerte y legendaria como para haber aguantado un daño fatal.

No podía perder más tiempo. Abrió la entrada y se precipitó dentro (siempre echando miradas hacia atrás, para comprobar que nadie le miraba. Había que ser precavido) Lo primero que vio fue el espejo que habían colocado inteligentemente en la entrada de su santuario particular. Si alguien no pertenecía al Escuadrón de Merlín, fuera quien fuera, sería detenido rápidamente, ya que la superficie reflectante daría la alarma y, mediante un sortilegio en el que Rose había estado trabajando todo aquel verano de locos, los collares de chapa que tenían todos los miembros propagarían la alerta. Esperó hasta que el espejo terminara de confirmar que él era realmente Albus Potter. Mientras, se observó.

Había cambiado bastante físicamente. Si con quince años se veía débil, enclenque y bajito, aunque la situación tampoco hubiera dado un giro radical, sí que había cambiado en dos años. Ahora era un poco más alto. No demasiado, pero ahora su tamaño ya no era como para acomplejarse, como antes. Su pelo, antaño caído sobre la cara, sin ninguna gracia, tenía más forma y varios mechones sueltos caían sobre su frente, premeditadamente. Su cuerpo había cambiado. Era delgado y flacucho, sí, pero sus hombros eran más anchos y su cara se había endurecido. Ya era un adulto. Aunque últimamente pareciera que no se comportaba como tal, pensó, para sí.

Comprobado que no había ningún problema, accedió a donde iba a tener lugar una importante reunión del E.M.

Hacía meses se había incorporado bastante gente nueva. Asustada, o deseosa de luchar. Reaccionaria o, simplemente, con ganas de saber la verdad. Justo como cuando todo empezó.

El Escuadrón de Merlín había tenido su primera reunión hacía más de dos años, en el almacén de Sortilegios Weasley. De aquella ni siquiera tenían nombre. Eran sólo un grupo de estudiantes que lucharían por defender su colegio.

Ahora, una guerra había estallado. Y ellos sólo serían uno de los muchos grupos que luchaban en un bando que tenía las de perder.

-¡Al, ¿Dónde te metiste?!- le reprochó Rose, acercándose a él.

El chico observó la sala. Estaba casi llena.

-Tenía una reunión con el equipo de Gobstones.

-Merlín-maldijo, agobiada- pues diles que se den un poco más de prisa la próxima vez-comentó, nerviosa-¡Atención, callaros! ¡Ya podemos empezar!

Albus no había estado en una reunión del equipo de Gobstones. Había mentido a su prima.

En realidad, sólo había estado pensando. Su mirada se paseaba nerviosa por todo el lugar, buscando a alguien.

Y la encontró. Y sus pies empezaban a andar hacia ella, casi inconscientemente.

Tenía el pelo recogido en una coleta alta e iba vestida como una muggle. Pantalones vaqueros claros, rotos por la zona de la rodilla, y ajustados en toda la pierna, deportivas negras, y una camiseta del mismo color que ponía "Merezco esto" en enormes letras blancas. No entendía esa necesidad de la moda muggle de que las camisetas transmitieran un mensaje. Se acordó de una que solía llevar Harley que rezaba. "Puedo prometer y prometo..." Albus siempre se había preguntado qué vendría después, si era una frase que alguien había dicho en la historia. Extrañamente, nunca se lo acabó por preguntar. Quizás eso fuera lo que hacía misterioso el asunto.

Cuando no ya estaba a mucha distancia de ella, notó que sus miradas se cruzaron por un momento. Un segundo. Un instante que escarchó el tiempo.

Pero ella desvío su atención de él rápidamente, rompiendo el contacto. Indiferente. Quizás muy dolida en el fondo. Puede que demasiado enfadada con él para mirarle siquiera. Se sintió una basura. Patético. Poca cosa, como siempre.

Lo había fastidiado todo.

Pero iba a arreglarlo. Tenía que hacerlo.

Alguien se lo impidió. O lo intentaba.

Era nada más y nada menos que Lily Luna, su hermana pequeña.

Detrás de ella, Un Scorpius Malfoy cabreado lo miraba sin tapujos. Solo la chica, casi dos años más joven que ambos, impedía que se enfrentaran para lo que Albus supuso que sería una cadena de reproches y amenazas por parte de Malfoy que no se sentía con ánimo de aguantar. Aunque lo mereciera.

"Merezco esto"

-Cálmate, Scorpius, por favor-le suplicó Lily, mientras mantenía la mano izquierda en el pecho del Slytherin.

Él movía su mandíbula sin quitar la vista de Albus, alzando la cabeza. Cabreado.

-Albus, mantente alejado-dijo la chica, esta vez a su hermano, aconsejándole. U ordenándole-Sea lo que sea lo que intentas, ahora no es el momento.

-Si es que ya no puede estropearlo más-reprochó sin poder aguantarse Scorpius Malfoy, duramente-¿o has venido a decepcionar a más gente?

-Scorpius...-suplicó una vez más Lily, con una pizca de amenaza. Albus seguía siendo su hermano, y aunque no quisiera, estaría de su parte. Más o menos.

Él se calló.

-¿Vais a dejarme hablar, o vais a seguir con esto mucho tiempo?-intervino él, molesto. Luego se arrepintió. Quizás no tenía derecho a estar ofendido.

-No. Tú y yo hablaremos después. Pero después. Ahora procura no molestar a nadie. Ya bastante ha pasado-le dijo Lily, separándose de él y haciendo que Malfoy retrocediera también.

-Lily, ¿por qué no me dejas hacer las cosas a mí manera?

-Porque soy yo el que no te deja hacer las cosas a "tu manera", Potter. No mientras hagas daño a alguien que me importe a mí.

Algo pareció removerse dentro de Lily. Pero nadie lo notó.

-Albus, yo sé que estás arrepentido. Pero no es el momento. Además, sé que todavía tienes una batalla que librar dentro de ti antes de hablar con Grace.

Bajó la mirada. Tal vez, tenía un poco de razón.

Lily le recordaba a Rose muchas veces. Aunque por suerte para Lily, ella no había tenido que ser sometida a la cadena de desgracias que su prima había soportado durante casi dos años. Aunque de alguna manera, las dos parecían haberse protegido por una película de caparazón que las haría inmunes a cualquier cosa. De una manera fuerte y serena, no como la oscuridad que él había visto en los ojos de Rose cuando ella tenía dieciséis, tras la que pretendía ocultar todo lo malo.

-Tengo algo que hacer que no creo que pueda esperar más-su hermana estiró la mano hacia atrás, comprobando que Scorpius seguía a su lado.

Se dio la vuelta y miró a Malfoy. Y lo que pasó no se lo esperó. Al menos, no delante de él, y con Rose gritando a voces que todos se sentaran y la escucharan.

Se puso de puntillas y lo tomó de las mejillas. Como en un acto insconciente, Malfoy se inclinó lo suficiente como para que ella pudiera alcanzar a besarle en los labios.

Albus frunció el ceño mientras veía como el rubio agarraba a su hermana por la cintura para sentirla más cerca, y como reaccionaba con entusiasmo ante su ¿impulsivo? acto.

Así que a Lily le gustaba Scorpius Malfoy, pensó Albus. Su padre iba a dar palmas con las orejas.

-Vale, ya podéis parar- comentó, intentando aparentar normalidad.

Normalidad era lo que Lily secretamente, le estaba pidiendo.

Al ver que no le hacían mucho caso (de hecho, pareció como si sus palabras los alentaran) desvío la mirada hacia Rose, que, como algunos otros, se había percatado a lo lejos de la situación. Observaba a la pareja como ausente, metida en sus más profundos pensamientos, y sentimientos. Pensando a la velocidad del rayo, Merlín sabía qué. Finalmente, sus ojos brillaron, con vida, antes de que se diera la vuelta, como queriendo ignorarlos.

Y Albus simplemente quiso desaparecer unos días de la tierra.

O simplemente, volver a ser niño.

Aquella noche, un lobo de ojos verdes como los del hijo mediano de los Potter, cruzaría los lindes del bosque prohibido, en busca de algo que todos los humanos quieren.

En busca de libertad.