El señor Pye, el encargado de la segunda planta del Hospital San Mungo de Enfermedades mágicas, se encargó de hechizar la puerta del pequeño almacén de pociones para que nadie pudiera abrirla desde fuera. En el exterior, se oían gritos y maldiciones y hechizos pronunciados a voz en grito.

No pudo evitarlo. Sacó un pequeño pañuelo del bolsillo de la bata Sanador y se limpió la frente, que estaba perlada de sudor. Un hombre (o mujer) encapuchado y con varita en mano lo había sorprendido en su despacho, oculto tras la mesa como un cobarde. Su vida había peligrado hasta que un pequeño grupo de Sanadores bastante jóvenes (se recordó a sí mismo no hacer recortes en becas para estudiantes si salían de aquella) lo rescataron de la muerte y de aquel Neomortífago.

Todo el Hospital estaba siendo atacado. Augustus Pye no se había enfrentado a nada así en toda su vida.

-Señor...- dijo una de las jóvenes tras él.

Se dio la vuelta lentamente, aparentando tranquilidad. O entereza.

De todos los Sanadores de planta, allí solo había seis personas. Pero estaban esperando órdenes, se dijo, no había tiempo que perder y él debía ser quien los organizara.

-Bien...Merlín Santo-maldijo- ¿dónde están el resto?

-No lo sabemos, Señor- dijo Victoire Weasley, una muchacha menuda y de largo cabello rubio. De las mejores alumnas en prácticas que habían tenido nunca- y Yemhal lleva desaparecido casi una hora.

-Cómo le hayan hecho algo...-dijo Kay Weedon, con voz temblorosa. Era su novio el que había desaparecido. Casi rompió a llorar. Los compañeros más cercanos le pusieron la mano en los hombros.

Victoire apretó los dientes. También Yem era especial para ella. Era el mejor amigo que había tenido jamás. Y estaba preocupada por él, por su tía y por sus tíos, que estarían defendiendo la puerta de la habitación de Hermione con su vida. Por su padre, seguramente su madre, que estarían allí fuera. Y rezaba con todas sus fuerzas para que Ted no se hubiera enterado de nada y estuviera en casa de su abuela, a salvo.

"Que no se entere, por favor. Que no se entere"

Dominique estaba a salvo. Estaba de intercambio cultura con el ministerio de magia de Pekín.

-Somos siete en total. Cada uno de nosotros debe cubrir una zona de la planta. No...excepto uno, que debe de estar pendiente de este almacén- empezó a ordenar el jefe de planta.

-Yo me quedaré- se ofreció Stuart Clare, muy serio.

-De acuerdo. Los demás, tenemos que salir.

-¡Vamos, Louis!- le gritó en mitad del pasillo.

Louis sorteó un banco tumbado en el suelo. Hugo iba unos pasos por delante. Había pasado por encima de él.

James miraba a un lado y al otro, nervioso. Se habían topado con dos Neomortífagos mientras intentaban llegar a la habitación de su tía. Pero no habían tenido que enfrentarse a ellos directamente. Ya había dos Aurores (conocía solo a uno de ellos) que libraban una dura batalla contra ellos. Si hubiera estado solo, les habría ayudado. Ser Auror era lo que más deseaba en el mundo. Estudiaría para ello en apenas unos meses.

Si salía vivo de allí.

-Hugo, ve tú delante.

Le alteraba no saber dónde estaba su primo pequeño. Delante lo vigilaría.

Un cristal enorme de la pared de la derecha se resquebrajó en mil pedazos, violentamente. Los tres se pegaron a la pared opuesta, asustados.

-¿¡Qué demonios ha sido eso!?- gritó alguien que bajaba las pequeñas escaleras que había enfrente de ellos, llenas de retratos que huían despavoridos de sus cuadros, y aparecían y reaparecían en otros diferentes sin dejar de gritar y preguntar qué estaba pasando. Una enfermera apareció frente a ellos- ¡Vic, aquí hay unos niños!

James y Louis no pudieron evitar ofenderse.

-¡Voy!- contestó una voz a lo lejos. Una voz que a todos les sonó demasiado familiar.

Victoire Weasley llegó corriendo desde el final del largo pasillo, con la varita enarbolada. Al llegar junto a su compañera miró a ambos lados desorientada.

A Louis le hubiera gustado ser invisible.

Se acercó anonada, para comprobar que había visto bien.

-¡James, Hugo! ¿Qué narices...¡Louis!- gritó, al ver a su hermano.- ¿¡PERO SE PUEDE SABER QUÉ HACÉIS AQUÍ!?

-Sabíamos que estaban atacando este lugar. A este paso, todos en Hogwarts lo sabrán ya. Y es posible, que también estén intentando atacar el castillo.

Vic soltó un gemido de sorpresa e impresión.

-No...

-Al menos había un Neomortífago. Casi mata a Rose- soltó Hugo.

Aquello era mucha información.

Un rayo de luz roja surgió de la oscuridad del pasillo de los enfermos más graves. Victoire y su compañera corrieron a la pared y, junto con los tres chicos, se refugiaron detrás del banco.

-Rose...-repitió, asimilándolo- espera... ¿Cómo habéis llegado aquí? ¿Ha venido más gente, no? Si...si Hugo está aquí, Rose también. Decid donde está.

-No lo sabemos- respondió Louis- han secuestrado a Ann. Tres de nosotros han ido a buscarla. Rose está buscándola- especificó.

-Idiotas inconscientes- insultó- Kay. ¿Qué hacemos?

La otra chica estaba al borde del colapso.

- Acabamos de dejar a Lena y Tobías, unos compañeros nuestros, en los pasillos de allí- señaló Hugo a su derecha, en la que había al fondo del todo un ascensor mágico ahora averiado y una salida hacia la izquierda.

-Allí están Colin y Midner- le informó Kay. Aunque Victoire ya lo sabía- nosotras tenemos que defender...

-Tengo que llegar hasta las habitaciones de otro pasillo. Donde está la tía Hermione.-interrumpió ella, hablando para los chicos- y por si lo preguntabais no, no vais a acompañarme- chicos, esto no es un juego ¡Está muriéndose gente! Sobretodo en esta planta...sobretodo aquí.

Todos se miraron, realmente asustados.

Rose se vio obligada a tomar de la mano a Grace. Harley tiraba de ella con fuerza y apremio, y sabía que la Slytherin no tardaría en quedarse atrás si no la agarraba (ella casi se la retira, o esa impresión le dio). Iban casi en fila de uno, como unos niños en una excursión. Aunque claro, no es que fuera muy comparable.

Fue la tercera vez que un Sanador se acercó a ellos para indicarles que debían refugiarse en la habitación o sala de la persona que habían venido a visitar como indicaba el protocolo de seguridad. Asintieron obedientes como las otras veces (Harley y Grace soltaron un gruñido, pero inaudible debido al escándalo colectivo de gente que iba y venía)

Estaban en la última planta. La quinta. La más tranquila debido a que en ella solo estaban el salón de té y la tienda de regalos. Pero habían acordado que primero mirarían en la amplia azotea, a ver si al menos había algo que pudiera darles una pista acerca del paradero de Ann en aquel lugar.

La decepción de Rose fue enorme al ver la entrada a la azotea totalmente taponada de gente.

-¡Silencio, escuchen!- dijo un hombre bajito con orejas de soplillo y escaso pelo gris- por razones de seguridad, nadie puede abandonar el Hospital por la azotea. ¿¡Me han oído!?- la multitud empujó el escudo protector que se hallaba delante del agobiado Sanador, algunos con hechizos que contrarrestaban al de el enorme protego. No tuvieron éxito. La entrada seguía bloqueada.

-Mierda- soltó Harley- ¿Y ahora, qué hacemos?

A Rose le dolió la mano que mantenía apretada la de él.

-Si nadie puede entrar es imposible que estén arriba.

-¡La podían haber subido allí antes siquiera de que alguien se diera cuenta de que había Neomortífagos!

Un par de personas chillaron al escuchar ese nombre de la boca del chico.

-Entonces ¿eso es lo que son?- les preguntó una mujer desesperada con una niña de unos cinco años en brazos.

-No sabemos, señora- soltó Grace apartando a Harley y a Rose de ella- solo somos niños. No tenemos ni idea.

Rose observó su rostro mientras se alejaban, y le pareció que se quedaba un poco más tranquila.

-¿¡Y qué propones, si puede saberse!?- reanudó su discusión.

Harley dijo una frase que las descolocó un poco.

-Vamos a tomar té.

-Estás fatal de la cabeza- no pudo evitar murmurar Grace, mientras Rose, delante de ella, fruncía el ceño.

Ann no se desmayó después de provocar un enorme estallido (sin la varita en la mano) no porque su cuerpo no se lo estuviera pidiendo a gritos, sino porque sabía que era su única oportunidad de escapar de Sameor. Desorientada, lo primero que hizo fue tantear con las manos una de las cajas de aquel almacén. La abrió con todas su fuerzas y parpadeó, para poder ver bien su contenido.

"Harley es su hermano. Harley es su hermano" no podía evitar repetirse una y otra vez, horrorizada.

El terrible hombre no parecía haber mentido. Había frascos con un líquido negruzco llenando hasta el tope la caja. No tuvo tiempo de reflexionar demasiado. No tenía tiempo. Se metió todos los recipientes que pudo en los bolsillos del pantalón e intentó iniciar una huída, con el polvo levantado provocado por el potente hechizo sin varita de Ann protegiendo su paradero. O eso quería creer.

Esquivó un montón de enormes cajas y casi resbala en un par de ocasiones. Pero tuvo suerte de que su torpeza esa vez había decidido irse a otra aparte. Oyó un gritó furioso. No estaba demasiado cerca, todavía.

Casi llora de alegría cuando consiguió abrir la puerta y empezar a correr por un estrecho pasillo apenas iluminado por una débil luz azul que no sabía de dónde provenía. Podía escuchar su propia fatigada respiración. Al doblar hacia la derecha, vio a los dos mortífagos de antes. Los que seguramente la habían maltratado. Todavía sentía que la piel se le caía a tiras.

Sintió una rabia infinita y, de pronto, mientras ellos intentaban reaccionar a su presencia enarbolando bien alto sus varitas, algo los hizo volar hasta el techo, no muy alto, y golpearse con fuerza las cabezas. Ante la mirada de Ann, cayeron inconscientes al suelo.

Fue lo suficientemente inteligente como para no girarse para comprobar si Sameor la seguía y la estaba a punto de alcanzar. Les arrebató sus varitas, teniendo una en cada mano. Procuró poner toda su magia en aquel hechizo.

-¡Protego totalum!

Pasó por encima de los hombres y continúo su carrera.

Cuando ya subía las escaleras hasta llegar a la planta baja, escuchó un grito amplificado con magia que se escuchó por todo el edificio.

-¡ANN ANDERSON!

El suelo retumbó bajo sus pies.

La chica no se dejó intimidar del todo y nada más llegar a la panta, buscó un despacho o laboratorio en el que refugiarse mientras conjuraba un patronus parlante y pensaba a quien iba a avisar.

-¡Mierda, mierda, mierda, mierda!

Josh apretó los dientes mientras escuchaba maldecir a Albus Potter, que apenas podía evitar que su tono de voz sonara excesivamente alto- ¿¡Cómo que han cerrado la entrada de la Sala común!?

Frank miraba a un lado y al otro, entre curioso y fuera de lugar.

-¿Eres sordo, Potter? Te acabo de decir que he salido a comprobar si había moros en la costa y resulta que la sala está a tope de gente porque los jefes de casa están bloqueando las entradas. Más vale que os escondáis aquí en nuestro cuarto. Como os vea Badgreen...

-Me mataría...y a ti- dijo mirando a Frank- estará encantada de hacer que a tu padre lo...sancionen por el hecho de que su hijo está aquí libremente.

-¿Debería de ponerme tan histérico como tú?- preguntó, cínicamente.

-TIENES RAZÓN. YO NO DEBERÍA TENER MOTIVOS PARA PONERME HISTÉRICO. ¡NO! SOLO ANN, ROSE Y HARLEY ESTÁN FUERA DE HOGWARTS MIENTRAS YO ESTOY ATRAPADO EN UNA HABITACIÓN EN LA SALA COMÚN DE SLYTHERIN. NO SÉ NI PORQUÉ ME HE MOLESTADO EN BUSCAR A ANN SI ERA MÁS QUE EVIDENTE QUE NO ESTABA AQUÍ. ¡Y NI SIQUIERA SÉ QUE HACES TÚ AQUÍ!

-Pues ahora mismo, con la cabeza fría como yo la tengo, soy más útil que tú.- le reprochó Frank.

Albus y Frank nunca se habían llevado precisamente demasiado bien. Aunque llevarse mal también fuera una descripción muy exagerada.

Simplemente no acababan de congeniar, a pesar de que se conocían de toda la vida.

-¿Queréis bajar la voz? Como os oigan estáis muertos.

-Todo esto es culpa tuya-le echó en cara Albus, aunque sin embargo moderó más su tono de voz- si no me hubieras presionado con que Ann podía estar aquí, no tendría que estar aquí atrapado como un inútil que no tiene nada mejor que hacer.

-No te creas es más útil de los tres, Potter.

Josh y Frank compartieron una breve mirada cómplice. Ambos acababan de unirse inconscientemente contra todo lo que de Albus pudiera molestarles. Frank se sentó en la cama que pertenecía a Scorpius, resignado y arreglándose en peinado, nervioso.

-¿Es que no os preocupa lo que esté pasando ahí fuera?- preguntó, con sentimiento.

-Grace se ha marchado con tu familia y con tu amigo a buscar a tu novia o a lo que sea para ti. Scorpius está ahí fuera, posiblemente defendiendose de un ataque de mortífagos, que probabemente querrán ensañarse con él por venir de una familia de traidores no confirmados. Puede que les pase algo, y si les pasa no podré evitar pensar que lo último que pasó entre los tres fueron peleas. No tienes derecho a decirme eso. Ese es vuestro problema- continuó, mas entusiasmado- los Gryffindor. No conocéis la diferencia entre ser valientes y ser heroicos e inconscientes. Cualquiera de tus amigos es más útil que tú ahora mismo. Asúmelo. No tienes oportunidad de demostrar tu valentía ahora. Limítate a ser prudente.

-A ti eso de no ser valiente se te da muy bien ¿no, Wracen? ¿Quién de los dos lleva un secreto a cuestas, eh?

Josh frunció el ceño.

-Ann es odiosamente observadora e inteligente. No se le escapa una-aclaró.

Al chico se le aceleró el pulso.

Frank ató cabos. Todos lo hicieron.

-¿Este es el Slytherin gay del que Ann habló en verano?... ¡Eh, tranquilo, tío!

Josh había agarrado a Albus por la camisa para luego empujarlo contra la pared, con violencia.

-Cállate, idiota. ¡No tienes ninguna prueba ni ningún derecho a andar diciendo eso!

-No me parece para tanto- soltó Albus, sorprendido- no es como si fuera tan grave-intentó suavizar.

-¿Tan grave? ¡Andáis hablando de mi sexualidad a mis espaldas!

-No es como si todo el mundo lo supiera...

-Sólo Rose, Albus, Harley, Ann y...bueno, yo, que estaba presente. Pero ni siquiera te conocía.

-Ya te he dicho que Ann es muy inteligente-siguió Albus- y...bueno, sencillamente lo sabe.

-Mira. Te voy a dejar una cosa clara. Si alguno de está habitación es maricón, te aseguro que NO soy yo.

Frank solo vio una manera de intentar solucionar el asunto y que Josh dejara de alzar la voz. Al fin y al cabo, él había metido la pata.

-Sería yo, indudablemente. Todos o casi todos lo sabemos ¿verdad, Albus?

El chico lo miró, con cara de circunstancias.

Josh pensó que Frank hablaba en broma. Hasta que lo vio alzar la ceja de manera sugestiva.

-Te agradecería que no me llamaras maricón, sin embargo. A mí personalmente me suena ofensivo.

-¿Tú...

-Acabo de decírtelo.

-Yo...disculpa.

-Nada, no te preocupes.

El Slytherin miró a su compañero, y después bajó la mirada.

-¿Solo lo sabéis vosotros?- preguntó, en voz baja.

-¿Lo de Frank? Él no...bueno. Todos lo saben. No lo oculta.

-No. Estaba...hablando de mí- admitió, pesadamente.

-Si. Y al menos por mi parte, no se lo he dicho a nadie. Oye, siento mucho el disgusto que esto haya...o esté causándote.

Josh negó, desorientado.

-Yo siento haber reaccionado así. No debí empujarte.

-Ni siquiera iba a sacar el tema, lo juro. Solo...estoy preocupado.

-Pues- concluyó Frank- ahora que ya todos ya somos amigos y todos hemos confesado secretos hoy, podríamos intentar tranquilizarnos. ¿Hacemos un crucigrama?- dijo, cogiendo un ejemplar de El Profeta que había tirado por el suelo.

-¡Mamá!

Lena McLaggen corrió a abrazar a su madre, que, con un grupo de familares y unos cuantos Aurores, se encargaban de vigilar las salas de enfermos. Acaban de librarse de un par de Mortífagos que pretendían atacarlas.

Tobías iba justo detrás de ella, horrorizado por el ambiente de guerra que tenía ante sus ojos.

Había heridos tirados en el suelo siendo atendidos por Sanadores y equipo médico. ¿Alguna vez había tenido tantas ganas de huir de un sitio alguna vez? Refugiarse en la oscuridad de una habitación, donde reinara el silencio y la paz.

Estaba desesperado porque todo acabara.

-¿¡Cómo está Papá!?

-Muy débil- contestó su madre, con los ojos llorosos- luchando por su vida.

Lena tragó saliva.

-¿Pero tú que haces aquí?- dijo, de pronto dándose cuenta de que SU HIJA estaba allí- ¿QUÉ HACES AQUÍ?

-He venido a ayudar. Y no, no digas que soy demasiado pequeña porque soy la mejor de mi curso en Encantamientos y Hechizos y...me acompaña un compañero de sexto. Tobías Smith.

Tobías saludó con la cabeza a la madre de Lena (muchacha a la que, por cierto, apenas acababa de conocer)

-Yo debo marcharme- dijo, de repente- prometí que dejaría a Lena con su familia, pero hay otros compañeros que necesitan mi ayuda- dijo, nervioso.

Lena se sorprendió y le miró, recelosa.

-Claro. Aquí estaremos bien. ¡Pero no debías de haber venido!- le soltó la señora McLaggen muy enfadada a su hija- si algo te pasa, no me lo perdonaré jamás. ¡Sólo tienes diecisiete años, y recién cumplidos!

-¡Ya soy mayor de edad, Mamá!

-Nosotros estaremos pendiente de ella, Holly- le dijo una mujer muy parecida a la madre de Lena, y a la misma chica- y si vienen más- soltó con rabia- siempre podrá esconderse con su padre.

-Tengo que irme- soltó Tobías- Adiós, Lena. Mucha suerte.

-Gracias. A ti- le contestó Lena, cuando el chico ya se alejaba, mirándole de forma extraña. Como si tuviera la impresión de que aquella sería la última vez que lo veía.

-Esto es absurdo. ¿Qué pretendes exactamente, Harley?

Los tres entraron en una enorme cocina con fuerte olor a esencias naturales. Grace arrugó la nariz. Odiaba el té.

-¿Los ves?

Rose subió la vista.

Una serie de vigas unían las paredes del techo, que subía en forma de cono, hasta que no se podía ver el final. En su lugar, solo se veía oscuridad.

-Conduce a la azotea- informó Harley, sin mucha explicación.

-¿Para qué sirven las vigas?- preguntó Grace, extrañada.

-No lo tengo muy claro- respondió.

-Espera, ¿cómo sabes que llevan a la azotea?

-Largo de explicar. Alguien me lo dijo.

Harley se subió a la encimera y antes de que alguna pudiera preguntar qué estaba haciendo, saltó hasta agarrarse en la viga más baja. Que tampoco estaba tan baja.

-¿Cómo demonios has hecho eso?-preguntó Grace, casi gritando-¡Es imposible!

Se quedó boquiabierta. Nadie, ni siquiera alguien que estuviera en tan buena forma como aparentaba estarlo él, podría hacer una cosa así.

No había sido un salto normal.

Miró a Rose asustada, o sorprendida, o algo similar, y sólo pudo acertar a ver cómo la chica alternaba su mirada entre ella y Harley, que empezaba a trepar con facilidad. O tanta. Grace se fijó en el que el chico temblaba como una hoja.

-¡Harley, baja de ahí ahora mismo!

-Tranquila- le gritó él- será subir y bajar.

-¡No es eso! ¡Le tienes pánico a las alturas!

El chico se detuvo de pronto, aferrándose con fuerza a viga que ya estaba bastante encima de las cabezas de las brujas.

-Vaya. Estaba intentando no acordarme- comentó, aparentando despreocupación- supongo que ahora sé con seguridad por qué no me gusta el Quidditch.

-Baja, por favor. ¡Cómo te caigas te vas a matar!

-¡Sabes que no es cierto! Ahora mismo no me importa mucho si Wilson o cualquier otra persona está presente. ¿¡Quieres saber si Ann está aquí!? ¡Pues ahora bajo!

Rose se tapó la cara con las manos y murmuró algo así como un "no quiero mirar"

Transcurrió medio minuto en el que el corazón de Grace latió a mil mientras esperaba a que sus compañeros dieran o tomaran una determinación acerca de qué hacer. Cuando lo escucharon.

Alguien había utilizado un hechizo amplificador de voz, y un timbre del que solo pudo ser dueño alguien oscuro y estremecedor se escuchó por todo el Hospital, incluido la cocina abandonada del salón de té.

-¡ANN ANDERSON!

Rose y ella chillaron, tapándose con dolor los oídos.

La pelirroja volvió a chillar y con un movimiento de varita, Grace vio como el cuerpo de Harley se detenía a escasos metros del suelo. Había estado a punto de golpearse. Debía de haberse caído de la impresión.

La cara de él era de puro terror.

-Rose...-dijo, aterrorizado.

Ella tenía los ojos llorosos.

-¿Estás bien?- acertó a preguntar.

-Ha salido de los pisos de abajo- informó Grace, inútilmente. Los tres lo sabían. Lo habían notado.

-Vamos.

Ron Weasley y Harry Potter terminaron de renovar el hechizo protector que cubría la sala donde Hermione, semiinconsciente, peleaba por su vida mientras fuera, Neomortífagos intentaban terminar lo que habían empezado cuando empezaron a desmemorizar a gente después de inyectarles un virus letal en su cuerpo.

-¿¡Has oído eso!?- le gritó Harry a Ron cuando escucharon lo mismo que habían escuchado todos los demás allí presentes.

-Anderson. La amiga de Rose- contestó, atento- ¿Crees que...

-Esté donde esté, tiene problemas.

Los amigos se miraron.

Ron, Ginny, y el señor Weasley estaban guardando el sueño de Hermione cuando empezaron a darse las primeras alarmas. Harry se enteró de los primeros y llegó allí en pocos minutos desde la oficina de Aurores. Afortunadamente, todos estaban bien de momento.

Pero si el número de Mortífagos empezaba a transformarse en excesivo, tendrían problemas.

Pero parecía que Ann ya los tenía.

-¿Cuánto tiempo más aguantaremos? ¿Qué ocurre con Ann? ¿Y Hermione?- preguntó Ron, desesperado.

No podía creerlo. Sentía tanta desesperación como cuando Voldemort amenazaba a Harry y al resto del mundo mágico. Desgraciadamente, era como volver a recordar la angustia, la guardia, que siempre estaba allí por si había que pelear. La adrenalina. La inseguridad.

En cierto modo, todo volvía a ser como antes. Era una maldita pesadilla. Como las que tenían tanto él como Hermione algunas noches. Solo que esta vez no podías despertarte y dejar que tu pareja te preparara un té.

Ron fue a ver a Hermione una vez más, deteniendo por un momento su posición bélica y dejando que, por un momento, fueran otros los que sufrieran la tensión de la pelea.

Él ya estaba sufriendo suficiente.

Hermione estaba tendida en su camilla, con una manta tapándole hasta la zona de las costillas. A pesar de su aspecto grisáceo y enfermizo, parecía estar siendo amiga de un sueño profundo y reparador. Tenía el pelo revuelto, como cuando daba muchas vueltas en la cama. Una cama en la que hacía mucho que no dormía.

Era cruel para él verla así, tan tendida, tan inmóvil. Cómo le gustaría que estuviera junto a Harry y a él, sana y con la mente despierta, ideando un brillante plan cuando todo se complicara. Si le hubieran dicho que le quitaría más la respiración que verla petrificada cuando solo tenían trece años, o algo más traumático que oírla delirar en voz baja cuando la llevaba en brazos hacia la cama del Refugio, no se lo habría creído.

Pero habían pasado tantas cosas juntos...

Todo. Lo habían pasado todo juntos. Desde el final de la guerra. Desde mucho antes de la guerra. La amaba como jamás podría amar a nadie. Era tan cruel que quisieran separarlos, que no quería ni pensar en cómo se vengaría de quien le hubiera hecho aquello a su mujer.

La tomó de la mano suavemente, como si estuviera dormida y no pudiera despertarla porque a la mañana siguiente tenía que levantarse pronto a trabajar al Ministerio.

Lo daría todo por volver a aquella rutina.

-Hermione...no te preocupes -dijo, con la voz rota, como cuando Bellatrix la había torturado sin ninguna piedad- todo va salir bien. Ya lo verás. Los ataques terminarán. Y encontraremos la manera de que vuelvas a estar bien.

Lentamente, le apartó unos mechones rebeldes del rostro, mientras le besaba en la mejilla, con ciudado. Le dolía en el alma verla tan frágil. Hermione era la mujer más fuerte que había conocido, y por esa y muchas cosas más, estaba enamorado de ella y siempre lo estaría.

Por eso, si ella moría, él lo haría también.

-¡Ron!- le llamó Ginny, que estaba fuera y había entrado a la Sala de los enfermos- Ann ha mandado un Patronus. Está aquí. Dice que tenemos que ir a los sótanos. Ella tiene la cura para los enfermos, y dice que abajo los mortífagos han dejado más.

-¿Cómo...-intentó preguntar a su hermana.

-Posiblemente quieran algo a cambio de ellas- continuó Harry, que también estaba de vuelta- sea como sea, hay que ir a buscar a la chica. Y a las medicinas.

Él asintió, un tanto desorientado.

Ann creyó que estaba teniendo suerte. No se había topado con nadie que la hubiera atrapado todavía. Se encerró en otro pequeño cuarto de Sanadores, asustada.

Estaba procurando subir de planta lo más rápido que podía. Los ascensores estaban inservibles y ella sabía perfectamente que Sameor se habría encargado de que nadie pudiera salir del Hospital hasta haber obtenido una respuesta de Ann.

Mientras cerraba la puerta, cerró también sus ojos, con dolor.

¿Y si él no mentía, y en aquel mismo edificio estaba la única familia que le quedaba?

No era tan raro que su madre le hubiera ocultado que había perdido un hijo el día que dio a luz. También le había ocultado durante años cómo había muerto su padre: lo habían encontrado muerto en los pasillos del Hospital, víctima de una maldición asesina. Ni siquiera habría tenido oportunidad de defenderse, presa de la sorpresa y de la tensión de estar a punto de ser padre.

¿Y si había sido allí mismo, en un cuarto como ese?

-¡Lumos máxima!

La habitación se hizo visible ante sus ojos. Algo se movió. Alzó más su varita si era posible.

-¿Quien anda ahí?- preguntó.

Se adentró en el cuarto, hecho trizas.

Algo se movió en los escombros.

Distinguió una bata blanca machada de suciedad y sangre.

-Wingardium leviosa

-Ayuda...-pidió el Sanador, semiinconsciente.

Ann lo levantó a duras penas de los escombros. Era...

Al girar y ver el rostro, se sorprendió tanto que soltó un gemido.

No era humano. No al menos exactamente. Tenía las orejas puntiagudas y los ojos, aunque entrecerrados, eran de un verde muy brillante. Casi cegador. Su nariz era un poco más aplanada de lo normal.

-¿Qué le han hecho?- preguntó Ann, sorprendida.

Él no respondió. Bajó la mirada y vio como la mano de él se protegía el vientre, lleno de sangre.

-Estás perdiendo mucha sangre- murmuró. Acababa de darse cuenta de que era un chico, no mucho más mayor que ella. Debía de estar en prácticas, como Victoire.

-No...hay...nada que hacer. Un hechizo...no...no funcionará- dijo a duras penas, como si también tuviera sangre en la garganta, impidiéndole hablar.

Ann se mordió el labio.

-Voy...a... morir- dijo, aterrorizado, apretando la mano de la chica como si la conociera de toda la vida.

Ella negó.

-No. Pero tendrás que guardarme el secreto ¿lo prometes?

Él la miró con sus luminosos ojos verdes, sin entender, y relajando la tensión de su cuerpo, como resignándose.

Le tomó la ensangrentada mano y la apretó como si quisiera hacerle daño.

No tardó muchos segundos. El brazo de Ann empezó a brillar, repentinamente, como si se encendiera. Pareció que la luz cesaba, pero en lugar de eso, las venas de la chica brillaron como si transportaran plata, o luz blanca. Pronto, esa luz comenzó a pasar al brazo del sanador. Y de pronto, todo su cuerpo brilló, como hecho de plata.

No tardó demasiado. En unos segundos, estuvo curado.

Ann se incorporó cuando terminó. Asegurándose de que estaba bien, empezó a salir de allí. Tenía que seguir huyendo.

-No te vayas...-le dijo él, mucho más recuperado que hacía unos segundos.

-Ya no estás herido- dijo- y creéme. Como te vean conmigo, sí que estás muerto.

Cuando ya estaba fuera corriendo por el pasillo, el chico se incorporó, desorientado.

-¿Eres Ann?- preguntó, vacilante.

-¡Cuidado!

Grace esquivó un hechizo de color verde como pudo.

-¡No puede ser! ¡Es ella! ¡Dejádmela!

-¡Atraparlos! Es él a quien el Señor del Mal está buscando.

-¡Desmaius!

El hechizo de Rose falló y pronto se vio atrapada por un hechizo restrictor. Se desmayó.

Cuando despertó, estaba en una sala vacía y detrozada. Se había desmayado mientras bajaban plantas buscando a Ann, y unos mortífagos solitarios los habían sorpendido.

-Rose- la llamó Harley, preocupado, a unos centímetros de ella.

-¿Q-q...-habló, desorientada.

-Te has desmayado- le informó, como si no lo supiera.

-Ya...

A su otro lado estaba Grace, que temblaba encogida sobre sí misma.

-¿A dónde nos han llevado? ¿Y mi varita?

-Nos las cogieron. No sé- contestó él- pero llevamos un buen rato aquí. Escucha, puedo intentar liberarme de hechizo de las cuerdas, pero tengo que recuperarme. No estoy lo suficientemente descansado como para intentar...

Pero se calló. Unos hombres entraron en la estancia, enorme y solitaria hasta el momento.

-Quem são eles exatamente?

Harley levantó la vista, atento.

-Um adoidado. Isso é claro.

-E que facemos com eles?- preguntó el segundo mortífago, tapando también su rostro con una máscara-O Senhor dissoo. Deven morrer.

-Entao matá-los, e rematemos com isto.

-De acordo.

Milagrosamente, Harley fue más rápido.

Por suerte, se libró del hechizo y lo más rápido que pudo se lanzó a los hombres sin que tuvieran oportunidad de reaccionar. Grace gritó por millonésima vez en el día.

-¡Rose!- gritó él cuando consiguió tumbar a uno mientras esquivaba los hechizos del otro Mortífago y en el intento vio que el ya inconsciente hombre guardaba las varitas de los tres en la capa.

Harley lanzó con precisión la varita hasta que esta acabó en su mano.

Primero apuntó a Grace y luego a ella.

-Relashio! Protego maxima! -cuando vio que el mortífago cambiaba de objetivo.

Harley no tenía mucha escapatoria y, cuando vio que el desesperado hombre iba a volver a atacarle sin que él pudiera defenderse, la pelirroja actuó en consecuencia.

-Desmaius!

El hombre se desplomó en el suelo tal como lo había hecho su compañero al recibir el puñetazo de Harley.

-¿¡Pero qué demonios eres tú!?- le soltó Grace a su compañero, a voz en grito.

-De momento, el que acaba de salvarte la vida. Iban a matarnos. Les estaba escuchando.

-No tenemos tiempo para esto. Tenemos que ir...-cayó al suelo, como malherido.

Rose fue corriendo hacia él e intento levantarlo del suelo.

-No debiste hacer eso- le reprendió, con pasión- ahora apenas podrás moverte.

-¿Quedaba otro remedio?- dijo, con esfuerzo, mientras intentaba levantarse, consiguiéndolo pero temblando como una hoja.

Le tiró a Grace su varita.

Cerró los ojos.

-No tengo fuerza para seguir. Tendréis que hacerlo sin mí- dijo él.

-No voy a dejarte aquí- le soltó Rose- no sé cómo puedes siquiera insinuarlo.

-Me esconderé. Pero...no podéis seguir conmigo. Podría haceros daño.

Ella pareció pensarlo.

-Grace, tienes que irte. Vendrán más, a lo mejor. Busca a Tobías y a Lena...

-Rose, no- dijo Harley, temblando.

-No te preocupes. También nosotros saldremos de aquí. Por favor, Grace. Además, si vas sola podrás ocultarte con más facilidad.

Grace miró a Rose, que sujetaba a su novio con protección. Su mirada decía "alejáte, no es asunto tuyo"

-Encontraré a Tobías y a Lena.

Y salió corriendo.

No fue fácil salir de ahí, pero poco a poco, Harley fue encontrándose mejor y pronto, pudo andar por su propio pie.

-Corre- le indicó Rose mientras bajaban al segundo piso, por fin.

Pero chilló cuando vio un rayo de luz verde mientras bajaban las concurridas escaleras.

Un Auror había llegado tarde. Alguien había sido asesinado.

-¡No!- chilló Rose.

Iba a correr en dirección al cadáver, pero Harley la sujetó a tiempo, mientras miraba con los ojos abiertos hasta el límite el horror de ver a su compañero. Muerto. Todavía con la vida escapándose de su cuerpo.

Evaporándose hasta el cielo.

Tobías Smith estaba muerto.

Ella se echó a llorar. Oculta con Harley en la pared de las escaleras.

-¡Rose, no!

La chica salió corriendo, posiblemente a ocultar el cuerpo del Ravenclaw.

Harley quiso ir tras ella, pero llega a tardar menos tiempo en reaccionar y habría muerto aplastado en el acto. El techo del piso de arriba se desprendió y Harley no pudo ver nada a través de los escombros.

-¡Rose!- volvió a gritar, junto con otros de los que se habían quedado a ambos lados.

Alguien cayó desde el agujero del tercer piso, estrellándose contra la piedra.

-¡Rose! 'gritó de nuevo, tras unos segundos.

-¡Estoy bien!

-¡Voy a buscar ayuda!- le gritó, aliviado, antes de salir corriendo.

Se había puesto nervioso. Había pensado que un encantamiento bombarda máxima habría podido romper el pequeño muro que se había formado, pero no. No podía. Si intentaba hacer magia...explotaría. La magia explotaría, literalmente. Y no podía permitirlo. No cerca de Rose.

Tenía que encontrar a alguien que lo ayudara.

Grace ya había bajado hacía unos minutos, buscando la habitación donde tendrían que estar Tobías y Lena.

Estaba agotada. Tenía todos los músculos agarrotados y estaba a punto de desmayarse. No lo había pasado peor en su vida. Tuvo la impresión de que estaba a punto de morir. Todos gritaban. Todos lanzaban hechizos. Todo explotaba. Se encontraba metida de lleno en lo que se juró que iba a dejar atrás cuando dejara de asistir a Hogwarts. Qué inteligente había resultado ser.

De pronto, mientras se apoyaba en una pared, cuando por fin parecía que iba a llegar a su destino, oyó lo peor que podía oír.

-¡Samdon, tenemos que retirarnos! ¡El Señor ya tiene a la chica, y no podremos con todos los Aurores si seguimos durando tanto aquí!

-¡Ahí está! ¡No se me escapará ahora!

Grace sacó su varita del bolsillo y la alzó, desorientada.

-¿Cansada, niña?

Enfrente de ella, estaba un hombre que se parecía mucho, muchísimo a Michael, su hermanastro.

Se estremeció entera.

-Eres tú. Tienes que serlo. Sales en fotos de Hogwarts, como saliste hace años en El Profeta, avergonzando a toda mi familia.

Grace se tensó, lista para defenderse si hacía algo como atacarla.

Aunque estaba claro que eso era lo que iba a hacer.

-¡Ojalá nunca hubieras existido! Tu presencia ha arruinado mi reputación, envenenándola como la ponzoña. Asquerosa sangre sucia. Cómo voy a disfrutar matándote.

La chica no pudo reaccionar como sí lo había hecho semanas atrás con su hijo Michael, y, cuando el hombre la desarmó, solo pudo seguir la trayectoria de su varita, que caía muy lejos de ella. Donde no podría recuperarla sin morir en el intento.

Pensó en lo único que podría salvarla. Y, aunque era un suicido, lo puso en práctica. No tenía muchas más opciones.

-¿Sabes algo de mi padre? ¿Aunque sea su nombre? Él no influyó en tu vida para nada.

-¿¡Cómo te atreves!? ¡Fui el hazmerreír cuando se supo que mi mujer había tenido una hija que no era mía!

-Una pregunta- siguió ella- ¿Por qué Michael tiene un nombre muggle? Quiero decir, si tanto los odias...el segundo nombre de mi padre es Michael. Matthew Michael.

Pareció haber sorprendido al hombre.

-No...¡No!

-¡Sí!- mintió Grace, con un descaro que solo podía salir de su estupidez- y una verdad más... ¡tú mataste a mi madre! ¡No tienes derecho a pensar que eres mejor que ella, porque pagó su error con su vida!

Mantuvieron una tensa mirada. Era justo lo que Grace quería.

-¿Quieres matarme? Vale- siguió ella- pero mírame. Tengo sus ojos. Los de Pansy. Los de su hijo. Usted me quitó a mi madre. Tiene una deuda conmigo.

Hennic Samdon abrió mucho los ojos, sorprendido.

En aquel momento, el hombre salió despedido por un ataque que venía de su izquierda, y cayó unos metros hacia la derecha, aparentemente inconsciente.

Grace no olvidaría jamás como había mirado a la muerte a los ojos.

Salió huyendo de allí y corrió a refugiarse donde los nuevos refuerzos de Aurores habían llegado.

Ann siguió corriendo, todavía con la varita en alto y rezando por poder llegar al segundo piso y pasar desapercibida.

Sameor no se atrevería a seguirla hasta allí. O sí. Y entonces, seguiría huyendo para alejarlo de sus amigos, que probablemente estuvieran allí. Intentando ayudarla. Aunque ella ni pudiera saber si estaban allí. Que estuviera consciente o vivo, solo había encontrado a aquel Sanador herido.

Y, aunque sus amigos nunca hubieran averiguado donde estaba y estuvieran en el baile de Hogwarts, al menos había gente en el Hospital que no iba a permitir que saliera herida.

El señor y la señora Potter. Los Weasley. Posiblemente Ted Lupin.

Y además, llevaba en el bolsillo una cura para salvar a Hermione.

Eso era lo que le estaba dando fuerzas para continuar.

Cuando terminó de subir las escaleras y echó un vistazo a la planta, se sorprendió de las primeras cosas que vio. Corriendo hacia ella, estaba Harley. Vivo. Allí con ella.

"Es su hermano" no pudo evitar recordar.

-¡Ann!- la abrazó como nunca lo había hecho. Como si ya hubiera pensado que ella estaba muerta.

Ella se alegraba tanto como él de verle. Lo abrazó como si fuera lo único real del mundo.

Y de pronto, llegaron todas esas ponzoñosas preguntas.

"¿Y si él lo sabe?"

"¿Y si lo ha sabido siempre?"

"¿Y si está con ellos?"

Y en aquel inoportuno momento, se puso a reflexionar sobre hasta qué punto conocía al chico. Sabía casi todos sus secretos. Se lo había contado casi todo. Los malos momentos, y los buenos, que en su mayoría había vivido a su lado.

¿Por qué dudaba ahora?

No podía permitirse el lujo de hacerlo.

Su mente se pudo a trabajar a la velocidad a la que Ann no acostumbraba a a dejarla pensar, y un montón de hipótesis e ideas acudieron a su cabeza, en muy pocos segundos.

No le tomó mucho tiempo (mientras Harley le hacía preguntas que no escuchaba en absoluto, aunque no podía evitar memorizarlas, como memorizaba cualquier cosa) y tomó una determinación un poco arriesgada. Pero una determinación, al fin y al cabo

-Harley, escúchame- dijo, muy seria, tomando por fin la responsabilidad que tenía al haber nacido quien había nacido- esto son las curas- sacó del bolsillo las medicinas.

-¿Q-q...

-Sirven para la enfermedad de los Neomotífagos. Hay más, en el sótano. El señor Potter lo sabe, le he mandado un Patronus diciéndoselo, pero de momento no van a poder ir a por él. Tengo que proteger esta planta. Sameor me está siguiendo. Dásela a Hermione. Y al padre de Lena.

-Ann ¿Qué vas a hacer?

-Ya te lo he dicho- respondió, situándose en el primer rellano de las escaleras. Al ver que su amigo ni se movía se alteró- ¡Harley, corre! ¡No puedes dejar que Sameor te encuentre! ¡Corre!

El chico dejó caer su varita y Ann la atrapó desde abajo.

Sus dedos casi se estremecen de gusto. La varita de Serbal, la varita de Harley que el señor Olllivander había decidido aquel día que no le pertenecía a ella, se aclopaba a ella tan bien como lo hacía su propia varita.

Recordó lo que le había dicho a Sameor.

Harley es mío.

Y ella era suya. Y dudaba que la posible existencia de Andrew Anderson fuera a cambiar aquello.

-¡Ann, yo me quedo contigo!

Saltó el hueco de las escaleras hasta caer junto a ella.

-¡Vete, no puedes estar aquí! Esto es lo que yo tengo que pasar, no tú- dijo, llena de lágrimas- ponte a salvo, por favor. Quiero que lo hagas.

Se miraron a los ojos, y ella se lo dijo todo con la mirada. No se lo estaba suplicando. Se lo estaba imponiendo. Uno hacia lo que quería el otro. Siempre era así. Era como si fueran una sola persona, capaz de tomar una única decisión.

Y así fue. Así la amaba él, que la dejó sola, en medio de un incendio, porque era lo que ella quería. Era aquella forma de amarse la que Albus aceptaba resignado, y la que Rose se negaba a aceptar, simplemente tolerándola, y creyendo en lo más hondo de ella que estaban enamorados.

Ella quería y, por lo tanto, también él.

-Te quiero- le dijo, con voz temblorosa.

-Y yo- contestó Ann. No volvió a tener ninguna estúpida duda- tanto que no puedo explicarlo. Si por casualidad no salgo de esta, dile a los demás lo mucho que les quiero también.

Cuando vio que se alejaba, Ann se limpió las lágrimas con la manga del jersey y respiró hondo para conjurar un hechizo de protección que planeaba que fuera inquebrantable.

Aunque si no, estaría lista para pelear.

Harley corrió todo lo que pudo, como si le fuera la vida en ello. Tenía que hacer lo que Ann le había pedido. Tenía que ocuparse de Rose y de su madre, de que esta sobrevivía para ver un nuevo día. Aunque fuera un nuevo día en el que hubiera que luchar. Lo harían juntos. Todos.

Cuando esquivó varios hechizos y ya casi llegaba a su destino, escuchó un grito que le resultó horrorosamente familiar.

Se giró en círculos, asustado.

¿De dónde venía?

-¡Rose!

La pared de piedra ya había sido reparada. Harley lo había comprobado. Ella ya no estaba allí.

Pensó que habría conseguido llegar hasta su madre.

Siguió el instinto de su desarrollado oído, y este le llevó hasta una puerta que, probablemente, había utilizado Rose para esconderse, porque sería un laboratorio. O algo así.

No tardó mucho en comprobarlo.

Rose se escondió entre unas cajas, agotada. Eran tres Mortífagos.

Había tenido una suerte inmensa. Uno parecía haber abandonado la habitación (supuso, para ocuparse de cosas más importantes que de una chiquilla inútil y asustada) y a otro lo había conseguido derribar con un Petrificus totalus.

Pero se encontraba en siutación de desventaja. Ella permanecía escondida mientras la otra mujer (la había oído burlarse de ella mientras se ocultaba) podía tener casi una visión completa de aquel almacén de pociones sanadoras, dispuestas a curar todo tipo de virus mágico. Menos uno.

-¿Dónde estás niña? Se burló la mujer- ¿No eres un poco pequeña para jugar al escondite? Vamos, Weasley...-Rose se estremeció. La conocía. Mierda.

-¡Avada kedavra!

Rose chilló, pensando que el hechizo le daría.

Pero solo había sido un truco para saber dónde se ocultaba exactamente.

Iba a morir en apenas un minuto.

No sabía ni siquiera qué pensar. ¿Tan fácil era morir como dejar que alguien te acorralara y decidiera que ya no podías seguir existiendo? Aquella era la peor forma de morir.

Se escuchó un fuerte estruendo (intuyó que la puerta se había abierto) y un movimiento de cajas muy sospechoso.

-¡Rose!

El corazón de la chica se aceleró aún más si era posible.

-¡Harley, no!

Salió de su escondite con los ánimos de vivir renovados.

Observó la escena.

Supuso que Harley había tomado por sorpresa a la Mortífaga hasta empujarla hacia las cajas. Pero no tuvo tiempo de atar más cabos. El chico se desplomó en el suelo.

"Está siendo mucho esfuerzo para él"

Enarboló su varita.

-¡No se mueva! Ahora somos dos contra usted.

-Ya veo lo útil que resulta tu amiguito ¡Avada kedavra!

Rose tuvo que volver a esquivar el hechizo.

Harley se levantaba trabajosamente.

-¡Déjala en paz!

-O si no ¿qué? ¡Ni siquiera tienes varita! ¿Cómo vas a matarme?

Una fiereza animal apareció en los ojos negros y oscuros de Harley.

-Voy a mataros a los dos ¡Avada...

-¡No!- gritó Rose. No podría salvarlo.

Y de pronto, estallo. El chico estalló. Explosionó. Un torrente de magia salió de él haciendo que la mortífaga saliera volando por los aires ante la mirada del chico, todavía furiosa.

Cayó al suelo. Se había desmayado.

Silencio. Rose. No podía. Tenía que ver. Tenía que asegurarse...

-¿Rose?- preguntó, arrastrándose como podía por el suelo, en busca de la chica- ¿Rose?- pronunció, débilmente.

Oh, dios. Qué había hecho.

No podía ser cierto.

Con un esfuerzo sobrehumano, llegó hacia donde estaba la chica, a la que el pelo le tapaba el rostro.

Había salido despedida por la fuerza de su estallido de magia, y se había golpeado la cabeza, porque esta le sangraba copiosamente. Estaba completamente ida.

-No. No, no, no- dijo Harley, con dolor, mientras las lágrimas le empezaban a caer por las mejillas. La agarró hasta colocarla en su regazo- Rose, habla por favor. Habla- se le quebró la voz- no me dejes...

No. No podía estar muerta.

Nunca. Nunca había vivido algo tan horrible como aquello. Jamás le había hecho tanto daño a alguien. Jamás su enfermedad había causado un destrozo semejante.

Palpó su piel en busca de pulso pero no lo encontró. Pero es que él apenas podía controlar sus movimientos. Estaba temblando de una manera exagerada. Ignoró sus propios sollozos desesperados.

Le habría gustado poder irse con ella donde quiera que la chica estuviera, pero el mundo era cruel con él, y si bien otras veces al perder el control de manera mucho más suave que aquella, se había desmayado, ahora podía contemplar el horror de su obra.

La quería tanto...aquello era una pesadilla.

La acunó en sus brazos, sin saber qué hacer.

-Quédate conmigo...quédate conmigo...no me dejes...

Se acabó. La había matado.

Ella se equivocó. Él sí que era un monstruo.

Mientras la tenía en sus brazos, algo resbalo de su pantalón.

La medicina que le había dado Ann.

Miró a Rose, que empezaba a verse borrosa, como en una televisión con interferencias.

Ella querría que lo hiciera. Él podía hacerlo. Solo tendría que esforzarse mucho.

La dejó en el suelo con todo el cariño que pudo poner en aquel acto y se incorporó, ayudándose de las cajas.

Tenía que pelear con esa magia rebelde dentro de él.

La necesitaba.

Cada paso le costaba un mundo. Cada paso lo arrancaba más y más de estar vivo. Peleó. Como nunca antes lo había hecho. Contra sí mismo.

Y echó a correr.

Por un momento en el que por fin la magia accedió para ayudare a llegar a su destino, se sintió libre. Tan bien como no se había sentido nunca. Ya no le dolía. Por fin aceptaba que tenía un serio problema, y por fin podía usarlo en su propio beneficio. Corrió tanto que el viento comenzó a golpearle violentamente en la cara.

Tenía que llegar. Por Rose. Por Hermione. Por Ann.

Por él mismo.

Cuando vio al señor Weasley en la puerta en la que él había ido en una ocasión a visitar a la señora Weasley, se sintió aliviado.

Pero culpable.

Oh, dios, tan culpable.

Rose.

-¡Harley!- gritó el hombre. Sonó tan lejano...él ya no estaba allí con él. Se estaba yendo.

Sacó el frasco con la medicina.

-¿¡Merlín, qué te ocurre!?

Tendió la medicina. Ron Weasley la cogió, sin entender nada.

-Rose- pronunció. Nunca hablar le había costado tanto- en el almacén. Herr...ida.

No pudo decir nada más. Su cuerpo no se lo permitió.

Y se desplomó, sin gracia y con precipitación, chocando con el suelo como si lo hubiera deseado fervientemente. Su corazón, anormalmente vivo, se apretó de pronto, como si alguien lo hubiera estrujado con la mano. Soltó su última bocanada de aire, como si estuviera resignado. Su órgano vital se resistió a detenerse y peleó una vez más.

Pum, pum. Pum, pum. Pum...pum. Pum...pum.

Pum.

Ya no sufrió más