5 DE AGOSTO DE 2003

-Profecías- repitió Helen, como asimilando el término.

John asintió. Se había tumbado en la hierba, completamente agotado, aunque ella desconocía el porqué. Aquel día, él la había esperado a la salida de la facultad, tal y como habían quedado hacía unos días y a pesar de que ella ya había terminado la universidad hacía varias semanas y no era necesario concertar su "cita" o lo que fuera en aquel lugar. Pero como él llegaba siempre teletransportándose o, como él lo llamaba, apareciéndose, concertaron siempre reunirse en el mismo lugar.

El chico se mostraba agotado y, en lugar de ir al museo de Historia en la ciudad, (para el que Helen había comprado entradas a petición de él), John había suplicado que lo llevara al parque más próximo a descansar.

Volviendo a aquel momento, John gruño algo así como un "sí" y se tapó la cara con la chaqueta fina de Helen, como si el sol lo molestara en sobremanera.

-¿Qué te pasa? ¿Tienes resaca o algo así?- comentó burlona mientras se acomodaba aún más en las raíces del árbol.

-Peor- dijo tras el jersey- tuve una misión de seis horas esta mañana. Estoy muerto.

-Oh, impresionante-comentó ella, distraída y no sin cierta burla. Con un lápiz, intentaba plasmar en una pequeña libreta el parque, y el atardecer , que caíga sobre ellos tiñéndolo todo de naranja claro. Se maldijo por no tener lápices de colores. Le encantaría que se viera el precioso color.

-Entonces existen- meditó- Y ¿predicen realmente el futuro?- continuó ella.

-Ajá. Bueno. No siempre de la manera en que lo esperas, supongo.

-¿Crees que habrá una profecía que hable de nosotros? Es decir- se corrigió cuando John la miró con una sonrisa socarrona y se dio cuenta de qué podía haber entendido- ¿Cada persona tiene una profecía que hable de su vida o algo así?

-No. Me lo imaginó- rio- y sería un caos.

-¿Y ser adivino es una profesión?

-¿Qué? no, claro que no- negó de nuevo- a menos que o seas "muy bueno" o como quieras decirlo, o des clases de Adivinación. Ya sabes, en...

-Hogwarts- completó Helen, con tono soñador. John se había quitado la chaqueta de encima y observaba a la chica, divertido.

-¿Te gusta Hogwarts? ¿Tanto te he hablado del colegio?

-Me temo que sí. A veces eres muy plasta cuando algo te gusta. Eres lo que se dice...un fanático-remató, con burla.

John no respondió en seguida y ella se sintió enrojecer. Tal vez el chico interpretaba lo que había dicho de una forma que ella no había meditado.

-Hogwarts es mi casa. Siempre será mi casa-dijo, solemnemente. Seguro de ello.

Ella respetó el momento con su silencio.

-¿Y tú? ¿En qué colegio has estudiado? ¿Siempre has vivido aquí?

Helen se tensó, nerviosa.

-¿Ocurre algo?-preguntó él, preocupado. Se había dado cuenta del cambio de humor de ella.

-Yo...-dijo, con dificultad-yo...nunca he estudiado en un colegio. No al menos-sus ojos se cerraron, como si le costara un mundo reconocer aquello-en uno propiamente dicho.

-¿Y cómo es eso?-preguntó, desconcertado-bueno, yo sé que los muggles lo hacen diferente. Que los niños tienen como opción dormir en el colegio y normalmente suelen volver con sus padres y dormir en sus casas...

-No lo entiendes. Nunca hubo padres. Nunca hubo casa.

John asimiló sin prisa sus palabras, en parte para buscar qué decir.

-Eres huérfana-dijo, finalmente.

-Así es- respondió- y odio...odié cuando me dijiste conpletamente orgulloso que a los quince te habías escapado de casa. Yo- se paró unos segundos, tragando saliva- yo habría pagado lo que fuera por tener una casa de la que escaparme a esa edad.

Él se había incorporado y ahora estaban sentados el uno frente al otro. Mirándose directamente a los ojos. Entregados con los cinco sentidos a lo que el otro tenía que decir.

-Bueno-Helen parpadeó varias veces, con la mirada brillante- en mi caso ellos me abandonaron a mí. Ya lo sabes.

¿Qué le pasaba? nunca lloraba cuando hablaba de quien era. De lo que había vivido. Había tenido una buena infancia, a pesar de todo. ¿Que nadie la había querido adoptar jamás? si. ¿Que se había considerado un bicho raro, fantaseando con criaturas extraordinarias mientras observaba desde la ventana de su pequeño cuarto de orfanato como el invierno llegaba a Southampton? ¿Que se había encerrado en un mundo particular en el que, por supuesto, existían la magia y los milagros? si, para qué negarlo. Había sido una niña imaginativa. Aun siendo una chica de veinte años lo era.

-Por eso no me asusté, o...no me impresioné tanto cuando descubrí que la magia y los magos existían de verdad. Supongo que hubo un momento en mi vida en el que necesité que existieran...cosas... que no existían.

Él meditó todo lo que había escuchado y, finalmente, sólo pudo decir:

-No lo entiendo.

Helen, nerviosa por su confesión, casi fingió una carcajada como contestación a sus palabras. Era como cuando John no entendía algo tan normal como porqué existían cosas como la televisión o las películas. O la electricidad. Parecía el mismo caso y, sin embargo, era totalmente diferente.

Sin embargo, no estaba ni de lejos preparada para lo que dijo después.

-No entiendo porque nadie querría adoptarte. Sólo mírate. No creo que existiese otro niño o niña mejor que tú. Y lo digo en serio, no vayas a pensar que soy un pelota con segundas intenciones.

Helen actuó como si le hubieran echado agua fría en la cara y hubiese sabido no escandalizarse demasiado por ello. Pero como si fuese la misma impresión.

Nunca nadie le había dicho cosa semejante. Podían haberle dicho que era guapa, lista, simpática, adorable...cualquier cursilería varia y sin sentido real. Pero aquello...aquello era diferente. Le estaban tocando la fibra sensible.

-Pues creo que si lo había-concluyó, recuperándose de la sorpresa.

-Mira-John se revolvió colocándose casi hasta que las rodillas de ambos se juntaban- se que para ti puede resultar difícil de entender, pero no siempre tener una familia es lo mejor. Mira solo mi caso, la mía estaba loca ¿entiendes? hacía planes, reuniones...deseando hasta la muerte de gente no-mágica, como tú, solo por el hecho de serlo, argumentando que la magia era el poder, y que el poder debía ser lo único, despreciando incluso a los que no tenían el árbol genealógico a rebosar de magos. Y además de eso...bueno, lo típico, o no tanto. Es decir, lo típico o no tanto por lo que un hijo podría odiar a un padre. Odiarle de verdad.

Helen en ese punto dejó de mirar a la hierba y lo miró de nuevo. Sospechaba qué era a lo que se refería, y solo pensar que alguien hacía daño a John de esa manera se le encogía el corazón al mismo tiempo que le daba ganas de buscar al exacto culpable y hacérselo pagar con excedentes.

-Lo siento mucho. No pretendía autocompadecerme-se disculpó.

-¿Sabes algo que aprendí nada más salir de casa y llegar a Hogwarts? que tú eliges tu hogar, y a tu familia. Y que la familia que consideres la tuya lleve tu sangre, es lo de menos.

Ella asintió.

-Si. Supongo que estoy de acuerdo con eso.

Él sonrió de lado, mientras arrancaba unas margaritas de la hierba, sin darse cuenta realmente de lo que hacía.

"Hoy está muy guapo"-pensó Helen inconscientemente- "y está siendo muy..."

El adjetivo positivo murió hundiéndose entre sus pensamientos.

-No creas que no recuerdo este lugar-le confesó John.

Helen sonrió, feliz.

Él puso una expresión de falsa reflexión.

-¿Cómo había sido? ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Algo así como "¡estate alerta, porque sé de karate y de taekwondo. Te voy a patear el trasero tanto que cuando acabe contigo vas a parecer una papilla!"

Helen se echó a reír, tímidamente. Ojalá nadie de los que pasaban le hubiera oído.

-¡No lo dije así!-protestó sin muchas ganas de discutir.

Él no le hizo caso y se tumbó en el suelo de manera teatral.

-¡Oh, no me mates!-se parodió a sí mismo-¡No soy una mala persona, te lo juro, no me hagas daño!

Negó varias veces ante la infantilidad de su amigo. ¡Era tan voluble! un momento podía estar serio y al otro...

Sin que se diera cuenta, se había incorporado lo necesario y rápidamente le había agarrado del brazo mientras ella se reía, tirando de la chica con fuerza y haciendo que cayera irremediablemente más o menos encima de él. Su primer instinto fue levantarse rápidamente. Pero algo la paralizó sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Sus ojos.

Él la miraba sonriente.

Y ella no pudo hacer otra cosa más que mirarle y sonreírle también. Después, bajó la mirada.

-Y...déjame pensar-siguió John. Casi podía sentir en su cara el calor de su aliento al hablar- después de toda esa demostración de "mujer al poder" ¿Qué pasó?

Helen no consideró oportuno responder.

-Ah, sí...ya me acuerdo.

Soltó una pequeña exclamación de sorpresa cuando enredó sus piernas con las suyas y los giró en apenas un segundo, hasta que intercambiaron posiciones. El pulsó se le aceleró y no sabía hacia dónde mirar.

Había empezado a sospechar que se estaba encaprichando de él. Cada día que quedaban, lo esperaba pensando en él todo el tiempo. Casi cada cosa que vivía quedaba archivada en su cabeza como cosa que contarle o explicarle cuando le viera. Le encantaba hablar con él. Era como hablar con alguien que no era de este mundo. Y al mismo tiempo, sí lo era, y la entendía como persona.

Al principio no le había considerado demasiado atractivo, pero con el paso del tiempo fue observando lo bien que le quedaba la barba de tres días, lo elegante que caminaba y la sonrisa que tenía, que provocaba que las mejillas se le arrugaran formando dos ondas a cada extremo de los labios. Además de que era fuerte, y su estatura tirando a baja hacía que se acentuara más a la vista.

Y esos ojos. Esos ojos azules y brillantes. Vivos. No podía evitar que le gustaran.

No podía evitar pensar que le gustaba.

Pero nunca conseguiría gustarle ella a él. Ella era demasiado normal. ¿Quién querría enamorarse de alguien como Helen?

Puede que al menos una persona.

-Ahora es cuando te dejó marchar ¿recuerdas?-dijo, más serio, y una vez más mirándola como si supiera que no había forma mejor de desarmarla.

-Solo si mantengo la boca cerrada-le recordó.

-Solo si mantienes la boca cerrada, y no confiesas a nadie las proezas mágicas que has visto.

-Eso de "proezas" es exagerar bastante-se burló.

-Me ofendes.

Silencio.

-¿Y si esta vez no quiero marcharme?-preguntó Helen, temerosa de cualquiera que fuera la respuesta de John.

Su pecho subía y bajaba y no podía controlar su ritmo. La sangre le subió haciendo que las mejillas se le sonrojaran. Tenía las pupilas dilatadas.

-Pues mejor-contestó-porque yo no quiero que lo hagas.

Y aunque podría parecer bastante evidente, Helen tardó en darse cuenta de que se estaban besando. Nadie había empezando, fue un movimiento simultáneo o provocado por una fuerza invisible que nadie descubriría jamás. Se besaron más profundamente, despacio, aunque con un ligero atisbo de ansiedad. Sus manos se unieron. Fue el momento más perfecto que había vivido jamás.

Y aquel, fue el tipo de magia que realmente logró fascinarla.

DOS DÍAS DESPUÉS (5 de mayo)...

El ascensor de San Mungo chirrió por quinta vez en la mañana, como protestando por funcionar de nuevo, como si tuviese vida propia y el periodo de inactividad hubiese sido el mejor de su existencia.

Grace lo notó en seguida, porque el silencio entre Ann Anderson y ella era profundo y perecedero (al menos eso le parecía) hasta que abriesen por fin sus puertas hacia la salida. Una donde ambas podrían volver a Hogwarts por fin.

La chica inspiró hondo. Después de casi dos días incomunicadas, en el colegio por fin podrían empezar a enterarse de todo lo que había ocurrido mientras ellas estaban en el Hospital. Eso, si Neville Longbottom, el encargado de asegurarse de que llegaban a su destino sanas y salvas, no empezaba a largar antes.

-¿Qué va a pasar ahora, Anderson?- no pudo evitar preguntar. Si su compañera tenía respuestas, ella no se iba a quedar sin saberlas.

Ann tenía la mandíbula apretada y su mirada estaba congelada en un punto de la pared de metal. Sus ojos eran tristeza, ansiedad y desesperanza. Todo al mismo tiempo. Grace se cuestionó si no hubiera sido mejor dejarla en paz.

-Supongo que habrá que dar muchas explicaciones-dijo, con voz profunda, como si perteneciera a otra persona que se encontraba en su interior- y...asistir al funeral. Y después...-se le quebró la voz, y Grace notó que parpadeaba varias veces-después no tengo ni idea.

Maldito ascensor. La bajada se hacía interminable.

Grace tomó aire ruidosamente.

-Mira, escucha: sea lo que sea lo que esté pasando por tu cabeza, sé más o menos de qué trata. O eso creo. Y no fue tu culpa ¿vale? no lo fue. Lo que ha pasado no ha sido culpa tuya.

Ann levantó las cejas al mismo tiempo que se mordía el labio. También tomó aire antes de respirar.

-Gracias por la intención, de verdad, pero soy perfectamente consciente de lo que ha ocurrido y cómo ha ocurrido. Van a querer explicaciones y yo las voy a dar. Y respecto a ti, y a los demás...gracias por todo. Pero no voy a dejar que nadie se vuelva a poner en peligro por mí y mucho menos-le tembló la voz- dar su vida. Ya ha muerto suficiente gente.

Tuvo una corazonada.

-Oye, ¿no estarás pensando en entregarte, verdad? porque precisamente por todo lo que hemos pasado, m...

Entonces, las puertas del ascensor se abrieron. Allí, la vista de la planta baja del Hospital apareció antes sus ojos. No había resultado muy perjudicada, o al menos no tanto como las demás.

Divisaron al profesor Longbottom a lo lejos y comenzaron a andar hacia él. También Neville pareció haberlas visto. Pero aguardaba a que ellas se aproximaran.

-Precisamente por lo que habéis pasado y sacrificado, no voy a hacerlo-le dijo- pero tampoco voy a dejar que nadie me ayude. Ya no.

-Buenos días, niñas- saludó Neville Longbottom- venid conmigo- dijo, agarrando a cada de un hombro-hay una chimenea comunicada con acceso permitido a Hogwarts lista para nosotros.

Grace miró a los lados, todavía viendo los fantasmas de destrozos y gente huyendo despavorida del peligro.

Parpadeó.

No. Los únicos fantasmas eran los que habitaban siempre por San Mungo. Además de ellos había los Medimagos, Sanadores y Enfermeras de siempre. Magos enfermos. Y la recepcionista, la recepcionista con la que había hablado cuando su madre aún vivía.

Aunque todos llevaban su rostro marcado de pasado miedo.

Cuando reconoció la decoración del despacho de la directora de Hogwarts, se sintió a salvo por fin. Y fue estupendo. Salió de la chimenea, todavía aclimatándose, mientras divisaba el sombrero picudo de McGonagall.

Y de pronto, casi grita de puro terror, como si todavía alguien pudiera hacerle daño.

Pero en cuanto reconoció a la figura alta que se había abalanzado rápidamente sobre ella, tuvo ganas de llorar de alegría.

-¡Grace! cariño, ¿estás bien?

-Papá-solo dijo, por toda respuesta. Alzando la voz debido a la sorpresa- estás aquí. Estás aquí.

Matthew Wilson estrechó en sus brazos a su hija, con fuerza. Y lo mismo hizo ella. Su olor, la forma de su cuerpo entre sus brazos. La protección. El cariño. Todo desbordó a Grace hasta que rompió. Rompió a llorar. Y lo necesitaba. Necesitaba sentirse una niña indefensa aunque fuera por un momento.

-Ya pasó hija, ya pasó...-la consoló su padre frotando su espalda varias veces.

-¿Por qué no has venido a San Mungo?-preguntó, separándose lo justo como para mirarle a los ojos, grandes y marrones, con una pizca de reproche aunque no con su alegría y alivio desbordante sofocado todavía-¿No te avisaron?

Matthew iba a abrir la boca para responder, pero no tuvo tiempo.

-Lo siento mucho, señorita Wilson- intervino la profesora McGonagall. Ella se giró- me temo, medidas de Seguridad del cuerpo de Aurores...señorita Anderson-sorprendida. Se interrumpió rápidamente al ver como Ann salía de la chimenea mirando a los lados sin mover la cabeza, inmóvil e insegura- venga aquí, por favor.

Ann obedeció ante la mirada de los presentes, y como una autómata se fue desplazando hacia el escritorio, donde la directora la esperaba con una mano en el pecho y una expresión de preocupación que nunca, jamás, le había visto emplear.

La directora de Hogwarts pareció estar a punto de empezar a decir algo bastante difícil de decir, cuando Ann se detuvo en seco, y la directora, los Wilson, y el recientemente aparecido en escena Neville Longbottom fueron testigos de un momento que sin duda, a pesar del silencio, estaba lleno de sentimientos, palabras, y quizás alguna que otra lágrima.

Allí de pie había otro hombre que, si bien Grace había visto en algun momento mientras abrazaba a su padre, no quiso ver porque estaba demasiado ocupada demostrándole lo mucho que le había echado de menos.

No era muy alto. Era voluminoso, con escaso pelo negro y una barba cana de varios días. Sus ojos eran negros y pequeños, y se movían nerviosos y parpadeantes, denotando la incomodidad y hasta una pizca de pavor ante su estancia allí. No cabía la menor duda de que jamás había estado en un lugar como aquel.

Ann pareció reaccionar por primera vez. Reaccionar realmente, y como una persona normal.

No pareció ni de lejos tan contenta como Grace al ver a su padre allí.

Bueno, no tenía muy claro si aquel era su padre.

-¿Qué demonios hace aquí?- preguntó a la profesora. Ni siquiera había considerado oportuno hablarle, y había elegido enfrentarse a McGonagall.

El hombre se aproximó a ellas al tiempo que movía nerviosamente las manos sobre sus pantalones.

-Me temo- contestó la profesora, adoptando el típico tono de severidad que solía emplear (ahora sí que parecía ella)- que el señor Darsey es su tutor legal y tiene derecho a asegurarse de que se encuentra bien.

-Así es- habló por primera vez el hombre. No parecía saber muy bien qué decir y se le notaba demasiado. Demasiado.

Ann los miró, alternativamente. Una expresión de desacuerdo iba apareciendo en su cara pequeña y redonda.

Fijó por más de un segundo la vista en David Darsey, su padrastro.

-Usted ni siquiera me conoce- no sonó como un reproche, sino como si ella le estuviera insultando por ser tan idiota de no darse cuenta- no sabe quién soy- la voz le tembló al mismo tiempo que subió de intensidad- O me temo- miró a la profesora- acaba de enterarse demasiado recientemente.

-Solo quería asegurarme de que estabas bien-casi se excusó Darsey- uno... de los tuyos entró hoy en casa y dijo que habías estado a punto de morir.

-¿Uno de los míos?- repitió Ann, incrédula- ¿Uno de los míos?-se tensó por completo- haga un favor y vuelva a casa. Siento que acabe de descubrir que existe la magia, y todo eso. Pero por eso entenderá también que esto no le incumbe lo más mínimo.

-Pero soy tu tutor legal- discrepó, por primera vez dando a entender que no era del todo muggle e indefenso.

-¡Porque no tengo más familia!- soltó Ann, con dolor, estallando de una manera mucho más dolorosa que su compañera de Slytherin.

Varias estanterías cayeron al suelo violentamente, sin motivo aparente. Una bola de cristal rebentó en un montón de pedacitos.

Ann se giró y señaló al profesor Longbottom con un dedo, firmemente.

-¿Ve a ese hombre de ahí? pues es solo mi profesor ¡Y me conoce mucho mejor de lo que usted llegará a conocerme jamás!

-Cálmate, Ann- ordenó Minerva, sin tratarla con pinzas, aunque sin dejar de destilar un cariño que siempre se esforzaba por no mostrar- estar dolida por la pérdida de alguien no implica un comportamiento tan impropio como el tuyo. Cálmate.

El silencio que siguió fue tenso. Los ojos de Ann estaban llenos de dolor disfrazado de rabia.

Entonces la directora se fijó en el gato que se había aproximado a las piernas de Ann, y rodeaba su figura, como si hubiera estado esperando a que volviera al castillo durante varios días. La chica bajó la vista, y algo pareció romperse dentro de ella cuando lo vio.

Por supuesto que la directora no conocía las mascotas de los alumnos. Pero se trataba de un gato, y que ella pudiera transformarse en gato hacía que supiera exactamente cuál era el dueño de cualquier felino de Hogwarts.

El alma se le cayó a los pies.

-No está- balbuceó al gato, en voz baja. No podía verle el rostro, ya que la melena negra lo tapaba todo. Pero supuso que la alumna lloraba-lo siento mucho-tuvo que hacer una pausa- No está...

A nadie le dio tiempo a reaccionar. Ann salió lo más rápido que pudo del despacho, sin perder una dignidad o elegancia que hizo que la escena no resultara absurda, aunque tampoco teatral. Desprendía dolor, simplemente.

El primero en reaccionar después de un tensó silencio fue Neville, que suspiró largamente, antes de dirijirse a Grace.

-Wilson, si tiene la amabilidad estaría muy bien que acompañara a su compañera a la enfermería, a ver qué puede hacer por ella.

McGonagall no dejaba de mirar los destrozos que la ira de Ann había causado.

Grace no tuvo exactamente la amabilidad, sino que se sintió obligada. A regañadientes, dejó a su padre en el despacho y bajó las escaleras de la Gárgola.

Ya fuera, empezó a seguir a Ann, que estaba unos metros por delante de ella.

-¡Ann!- gritó Albus Potter, que estaba por lo visto esperando a que saliera del despacho de McGonagall, y corría hacia ella con mucha prisa.

-Albus- contestó ella. Si no fuera por la resonancia del lugar, no se la habría escuchado.

Se detuvo y Albus llegó hasta ella. Se abrazaron estrechamente, con fuerza y sentimiento.

-¿Estás bien?- preguntó, ansioso.

Grace se detuvo, por algún extraño motivo. Como si no estuviera bien dar un solo paso más. O no pudiera. O algo así.

Ann solo lloraba. Albus parpadeó varias veces.

-Es culpa mía. Es culpa mía...-se lamentaba Ann.

-No. No lo es. Tranquila. Todo se arreglará. Todo.

Scorpius también estaba allí y corría hacia Grace, con una clara expresión de alivio al verla y verla en perfecto estado, al menos físico.

Y aunque se alegraba como nunca de volver a ver (momentáneamente) a su casi hermano, no pudo evitar no despegar la mirada de los dos Gryffindors, sobretodo al ver como Albus se separaba un poco de Ann para darle un beso.

En los labios.

Y ella le respondía. No era precisamente que simplemente se dejara hacer.

Grace frunció el ceño y los insultó mentalmente, sin ningún tipo de miramientos. Aunque no supo exactamente porqué. Pero la verdad es que si estuviera sufriendo tanto como Ann, lo último que se le ocurriría sería andar repartiendo besos a diestro y siniestro.

Bueno...al fin y al cabo, habían sido novios, y Ann ya no tenía a Harley.

Se intentó olvidar de todo aquello y se centró en abrazar a Scorpius cuando sus cuerpos colisionaron.

-Eres una heroína- le alabó él, bamboleándola- ¡y estás sana y salva!

-¿Lo dudabas?-dijo, a duras penas, como si la hubieran golpeado en el estómago.

-Solo un poco ¿verdad, Scor?

-¡Josh!- le llamó. Se separó de Scorpius para poder verle.- ¡Los dos estáis bien!

El chico estaba enfrente de ellos, y le sonrío radiantemente. También él estaba allí. De hecho, ahora que realmente se fijaba, allí había un montón de alumnos. ¿Cómo no los había visto?-Yo...vosotros... ¿vosotros?- preguntó, al ver que volvían a estar los tres unidos, y ellos no parecían estar enfadados.

-Me temo que la preocupación por ti ha hecho que no pudiera aguantar sin hablarme con Josh. Pero ya se lo he dicho. Como me oculte una sola cosa más, se acabó- dijo, serio, mirando a su amigo. Este también parecía solemne.

Tenía que aligerar de una vez por todas la tensión.

-Oh, venga. Callaos y abrazadme.

Y obedecieron. Y sintió como el pequeño agujero que se le había formado no se abría más por el momento.

Segundos después, Scorpius se separó para decir a quien quisiera saberlo que Grace estaba bien. Que, la verdad le sorprendió, eran más de los que esperaba, contando con cotillas de turno.

-¿En serio estás bien?- preguntó con delicadeza Josh, acariciándole el pelo.

-Sí, pesado- se separó un poco. Muy bien. Por no hacer, no me han hecho ni un rasguño.

-No es eso- dijo, con preocupación. Hizo una pausa como si deliberara si seguir hablando o no. Finalmente pareció decidir que sí.- acabo de ver cómo se te rompía el corazón.

Grace se sorprendió por las palabras de su amigo y rápidamente frunció el ceño en señal de desagrado. Evitó mirar para donde realmente quería mirar y se centró en mirar a Josh cuando dijo:

-No digas idioteces. Y ahora vamos, tengo que enterarme qué pasó aquí y si puedo o no examinarme de los T.I.M.O.S

UN MES DESPUÉS (4 DE JUNIO)...

-Quítese la camiseta, Rose, por favor.

Rose parpadeó varias veces. La vieja medimaga apareció por entre las cortinas que separan su cama del resto de enfermos de la habitación. Su rostro se despejó más al ver que iba acompañada. de Victoire. Su prima. Su prima preferida.

Ella le sonrió con cariño, y Rose en contestación no pudo más que saludar tímidamente e incorporarse de la camilla y obedecer a la medimaga. Pero, eso sí, lentamente.

-Victoire, la varita. Haz tú el hechizo.

Solía llamarla señorita Weasley, pero en ese momento había dos y no quería confusiones.

-¿El sujetador también?- preguntó Rose, con la voz tomada.

-No, cariño, no hace falta. Eso sí, túmbate de espaldas en la camilla, si haces el favor- le indicó la medimaga.

Rose miró por última vez a su prima. Se alegraba de que su estancia durante tanto tiempo en San Mungo al menos ayudara a Victoire a estar más cerca de completar sus prácticas. Muy pocos llegaban a ser Medimagos. Y necesitaban mucho periodo de prácticas y experiencia.

Al tumbarse y realizar Victoire el hechizo, sintió una corriente al principio desagradable en la espalda, luego cálida, como ponerse al revés cerca de una chimenea en invierno. La calidez iba de arriba a abajo, de abajo a arriba. Varias veces.

Pero como todo calor y sensación de protección, desapareció dejando frío e inseguridad.

-Incorpórese, por favor.

Rose obedeció, trabajosamente.

-¿Ya puedo volver a Hogwarts?- preguntó por millónesima vez desde que estaba ingresada, obteniendo siempre negativas.

Pero esta vez era la buena.

-Repasando- intervino Victoire, después de una significativa mirada con su "maestra"- ¿qué es lo último que recuerdas? quiero decir justo antes de despertarte aquí en la cama...

Rose ya estaba preparada para responder.

-Que unos Neomortífagos me lanzaron una maldición y me desmayé. Estábamos en el cuarto piso, e intentábamos bajar al los de abajo.

-Pero Rose- rebatió Vic, consternada- te encontraron en el almacén de vacunas del segundo piso- la miró con preocupación- ¿Cómo es que estabas allí?

-No lo recuerdo. Alguien pudo dejarme allí, supongo.

-Pero es que tenías un traumatismo craneal y la espalda rota. Sangrabas como si te hubieras golpeado con un mo...

-Weasley, basta ya- le recriminó la mujer- su prima está bien ahora. Cuando despertó, no recordaba ni su nombre. Ha hecho unos progresos enormes. Podrá marcharse a casa, o al colegio. Avisaremos a sus padres. A lo mejor están fuera esperando- le dijo, esta vez mirando a Rose, que ya se ponía la camiseta. Ella asintió.

Vic se quedó con Rose hasta que apareció Hermione Weasley, con su marido unos pasos por detrás, en lugar de aparecer de nuevo la medimaga.

-Rose, cariño- le apartó el pelo de la cara al llegar hasta su hija y darle un beso en la mejilla. Ella se dejó hacer, disfrutando de que su madre pudiera volver a hacer cosas tan cotidianas como preocuparse por su hija- nos vamos. Han dicho que ya puedes recoger tus cosas.

-Y no sabes lo bien que suena que te digan que ninguno de los miembros de tu familia está enfermo o herido- dijo Ron Weasley abrazando a las dos mujeres de su vida. Hermione sonreía y su hija lo notó. No podía evitar sentirse exultante, casi completa de felicidad. Estaba viva y no iba a morir. Aunque Rose sabía que el fondo no podía evitar sentirse culpable. Estaba viva en parte gracias al sacrificio de alguien. Un nudo enorme se formó en su garganta

"Gracias a Harley" pensó.

Y se le encogió el corazón de puro dolor.

Y a personas como Tobías, que habían dado su vida por defender la de otros.

-Tengo que irme a atender más pacientes- posó la mano en la espalda de su tío un instante- nos vemos, familia.

-Adiós, Vic. Ten un buen día.

Hermione se separó tras unos segundos de su hija y su marido para empezar a meter la ropa en la bolsa de Rose.

13 DE JUNIO...

Oscuridad. Soledad. Silencio.

Tres cosas que reinaban desde hacía ya demasiado tiempo en aquel lugar. No podía moverse. No podía oír. Casi no podía sentir. Al principio, nada. Poco a poco, fue consciente de su propia existencia, desgraciada e irregular. Imperfecta, tanto como la asimetría. Habían destruído (alguien o algo lo había hecho, no podía saberlo) algo simplemente corriente pero sin embargo hermoso con el propósito de hacerlo perfecto. Y no podía serlo. No aguantaría. Lo intentó, pero fue imposible. Y cargó con esa derrota años. Estaba encerrado en una jaula física y mental de la que jamás podría salir. Vivía casi en diferido, como si no fuera el dueño de su cuerpo.

¿Quién soy? ¿Quién eres?

Siempre la misma pregunta. Pero nadie respondía en aquel hueco mundo.

Lo daría todo por salir de allí. Habría derramado mil lágrimas, como un niño, si hubiera podido.

-Mamá...-se lamentó, lloriqueando- sácame de aquí. Mamá ¿por qué no estás aquí conmigo?

De pronto, alguien habló. Su voz era grave, masculina. Lo más real que había oído en siglos.

"No puedes estar con nadie. Eres peligroso. Solo existes por una razón. Es lo que haces. Es lo que eres. Si intentas otra cosa el orden se alterará. Y morirás. Y tu madre también. Y todos a los que quieres. Todos. También ella. Solo existe un camino para ti"

No entendía. Allí no existía nadie más que él y aquella voz que le hablaba. Lo había perdido todo. Y su madre había huido de él hacía muchos años. No pudo soportar estar a su lado y saber que era él el defecto que había traído al mundo. Mamá.

-Ayúdame...-suplicó, consiguiendo hablar por primera vez en mucho tiempo, a aquella voz que le había hablado hacía ya...había perdido la noción del tiempo.

"No puedo. Yo existo gracias a ti. Eres tú el que debe salvarnos"

-¿Quién eres?

"Tú. Y otra persona, a la vez. Pero sobretodo, soy tú. Somos uno"

-No entiendo...

"Tampoco yo. Pero eso es culpa tuya"

-¿Cómo te llamas?

"No lo sé. Pero tú tampoco"

Se decidió a no volver a hablar con él, porque no le prestaba ayuda y sus palabras eran vacías, como aquella cárcel.

El suelo tembló durante un segundo, como si algo hubiera estallado.

-¿Qué ha sido eso?- no pudo evitar preguntar.

"Nuestro corazón. Está vivo. Pero late muy despacio. Demasiado. Me temo que tendrás que encontrar una manera pronto de abrir los ojos"

-Los tengo abiertos. Y lo veo todo negro.

"Me refiero a abrirlos de verdad. Para eso, tenemos que abrirlos juntos. Y no será fácil. ¿Quieres?"

-Si. Si ¡claro que quiero! ¡Sácame de aquí!

"No puedo"

Lo pensó.

-Lo he entendido. Lo que He querido decir es que quiero sacarnos de aquí.

-Exacto.

Si hubiera estado en plenas facultades se habría tapado la boca con las manos, sorprendido.

Era él mismo el que había estado hablándose todo el tiempo.

Y la tierra comenzó a temblar, o a rebentar, como si hubiera minas enterradas y estuvieran estallando todas juntas, a ritmo de latidos de corazón.

De pronto, como si hubiera estado sobre una superficie inestable que ya no aguantaba más su peso, empezó a caer.

Fue cayendo y cayendo, sin descanso.

Abrió los ojos y tomó una larga bocanada de vida. Su corazón, lo sentía, latiendo desenfrenado. Feliz, de poder volver a hacerlo.

Miró a su alrededor. Todo tenía color, y forma, no como antes. Reinaban el blanco y el negro. La pared, las sábanas, las cortinas... pero había color. Había algo que ver. Eso parecía ser suficiente.

Parpadeó varias veces, incrédulo, y se incorporó en la cam...camilla. Le costó, pero se sintió genial. Hacía mucho tiempo que no podía moverse.

"Estoy vivo" pensó, con asombro.

Carraspeó. Tenía la boca seca. Muy seca.

Estuvo unos minutos así, pero al ver que nada pasaba, se levantó. Al poner los pies en el suelo, se bamboleó un poco, mareado. Se palpó el torso. Estaba desnudo. No... llevaba una venda manchada de algo pegajoso en la zona del pecho y le habían vestido con pantalones.

-Aaaaaaa-dijo, en bajito. Acostumbrándose a oír en directo su propia voz.

No se había dado cuenta de que había empezado a andar en la habitación llena de cortinas blancas (parece como si hubiera mucha gente duchándose, pensó, y eso es muy surrealista) hasta que alguien gritó. Una voz de mujer, alarmada por algo. Se giró para mirar y ahí estaba, una chica de pelo castaño vestida con un uniforme muy raro (que no dejaba de sonarle mucho) y lo miraba con sorpresa. Le sonaba. Le sonaba mucho. Juraría que la conocía. Un nombre surgió en su cabeza.

-Hola, Emily- saludó, sin pensarlo.

Emily lo miró de nuevo, entre la sorpresa y la preocupación, gritando algo. Él puso atención.

-¡Sanador! ¡Sanador, Ciro se ha despertado! ¡Creo que está confuso!

Frunció el ceño. Qué raro. Debía de estar hablando de otro. Él no se llamaba Ciro.

-¡Está despierto! ¡Se ha despertado!

Oh, espera. Era él. No se acordaba.

-Chico, ¿estás bien?

Dos personas le agarraron los brazos con rapidez. ¿De dónde salían?

-No soy peligroso...-protestó, como si le costara hablar.

-Tranquilo, sé que puedes entenderme. Solo tranquilo. Estás afectado por las pociones sanadoras. Tienes que volver a tu camilla para que te atiendan los medimagos.

-Nooo quieroooo.

-¿Pero, qué está diciendo?- preguntó el hombre, con desconcierto.

-Debe de estar hablando en su idioma natal, por la conmoción- le contestó el otro-su medicina era muy fuerte.

Intentó procesar lo que decían, pero la cabeza le daba le daba le daba la cabeza le daba vueltas.

Una pequeña figura borrosa se descolgaba la bolsa que llevaba colgada sin preocuparse al suelo, y salía disparada hacia él, que se había desplomado un poco pero gracias a que los hombres lo sujetaban ahora estaba sentado en el suelo, más o menos. La pequeña figura, que llevaba puesto un uniforme distinto y que sí reconocería hasta amnésico, avanzó hacia él y se inclinó para quedar a su altura. Estaba llorando, y sus sollozos fueron lo primero que penetró en sus oídos con una claridad pasmosa. Tenía los ojos enormes y azules. Y brillaban, con luz propia, aunque parecía que hubiera vivido en el mismo paraje oscuro que él y hubiera regresado al mismo tiempo, todavía con rastro de lo oscuro en su mirada.

Claro que la reconocía. Por ella iría hasta el fin del mundo. Era lo más preciado que tenía. Una palabra y un gesto de ella, y era suyo.

Era lo que hacía. Era lo que era.

-Harley...-solo dijo, llamándole con una emoción humana desbordante, y recordándole en apenas un segundo (el que tardó ella en echarse a sus brazos y llorar en el hueco de su cuello) qué hacía. Quien era. Quien había sido siempre. Quien quería ser.

-Aaaaannnn...

Se tumbó en el suelo, llevándose a su otra mitad en cuerpo de chica con él. Había sido mucho agotamiento nada más despertar. La inconsciencia volvió a reclamarle. Pero aquella vez, supo que volvería. Mucho antes que cuando estuvo a un centímetro de no regresar. Antes de dormir, pronunció una única palabra:

-Mam...

Y solo entonces durmió de verdad.

Cuando despertó la segunda vez, pareció no estar tan grogui como la primera. Abrió los ojos, parpadeando varias veces. Al contrario que antes, se tomó su tiempo para que su cerebro empezara a funcionar.

Creía que moriría. Estaba muerto.

Pero era evidente que no era así.

Volvió a mirar a los lados, y algo atrajo su vista por encima de todas las cosas. Un bulto.

Un bulto que descansaba en su cama, sentada en una silla, apoyada en el colchón y completamente dormida, con el largo cabello negro esparcido sin orden. No se dio cuenta hasta que lo vio, pero sus manos estaban unidas. La de él y la de Ann. Le pareció divisar un leve parpadeó plateado y se sobresaltó. Miró al rostro blanquecino y apenas visible de la pequeña chica.

Supo que, como ya había ocurrido en un par de ocasiones más, que estaba vivo gracias a ella.

Procuró levantarse sin despertar a Ann, que, por otra parte, no despertaría ni aunque la zarandearan. Había gastado tanta magia curativa que debía de estar agotada. Ojalá más personas tuvieran su don. Así no tendría que hacer ella todo el trabajo.

Intentó situarse. Todavía estaba desorientado acerca de cómo había llegado hasta allí.

Tan pronto como la imagen de Grace, Rose y él separándose de un pequeño grupo se le vino a la cabeza, todos los recuerdos fueron acudiendo a él, como si no pudieran agregarse todos a la vez.

Ann había desaparecido. Rose y él habían ido a buscarla. La enfermería de Hogwarts. Albus. San Mungo. San Mungo.

Rose. Rose. Rose.

Le dolió tanto que se arrugó en si mismo, luchando por no gritar.

Está muerta. Yo la he matado. Está muerta.

La desesperación del momento hizo que lentamente, asimilándolo todavía, se agarrara el pelo y tirara de él. Por eso siempre lo llevaba peinado hacia arriba. Solía desesperarse fácilmente.

Pero aquello...

Nunca había causado semejante mal.

Miró hacia Ann y tuvo ganas de despertarla, y que le confirmara si era cierto o, por el contrario aquella era una pesadilla de la despertaría en breve.

Se tapó la cara con las manos. ¿Cómo iba a ser capaz de vivir después de aquello? No podría. La culpa le mataría. Al fin y al cabo, ya había estado a punto de hacerlo.

Se quería morir. Ojalá nunca hubiera despertado. Aquel mundo oscuro era su justo castigo.

-¿Harley? ¡Harley!

Miró a su alrededor. Casi enfadado. Su oído le había traicionado, y ahora oía su voz. Dios. Ojalá existiera una manera de que fuera su voz.

Entonces la vio, con el uniforme no tan colocado como lo solía llevar, el pelo indomable recogido en una coleta mal hecha y las mejillas tan sonrojadas que podrían confundirse con su pelo. Respiraba fatigosamente, como si hubiera estado corriendo.

La sorpresa le impidió hablar. Tan solo le permitió abrir la boca, fascinado por su visión.

Para cuando quiso correr a comprobar si era real, ya estaban fundidos en un abrazo que, aunque a Rose le dejó sin respiración, necesitaban fervientemente.

-Estás sana y salva- por fin pudo decir, asombrado. Aliviado, mientras dos lágrimas caían por sus mejillas marrones. Tocando su cuerpo, como asegurándose de que era real.

-Creí, creí...-dijo ella, llorando de alivio, bajando una mano por su espalda para asegurarse de que era real. Si. La piel del chico estaba caliente. Olía a sol.

-Estoy bien- solo dijo- estoy bien. Y también tú. Rose, lo siento...lo siento tanto.

Ella se había separado lo justo, para mirarle, con los ojos llenos de lágrimas de alivio. Y estaba tan viva...o tal vez solo viva. Pero lo estaba. Se sentó en su cama. No podía aguantar su peso, le temblaba todo.

Cuando lo agarró de las mejillas y se acercó para darle un beso, se dejó llevar, extasiado. No era la primera vez que despertaba después de mucho tiempo dormido, y cada cosa que podía volver a hacer multiplicaba por mil su valor.

Por algún motivo que averiguó rápidamente, ella se separó.

Albus no tardó en aparecer. Se sonrieron totalmente felices de poder volver a hacerlo.

-Maldito grandullón.-le dijo con emoción mientras lo abrazaba y le daba palmadas en la espalda.

-Como si un enano como tú no diera preocupaciones de vez en cuando- le contestó, feliz

de poder volver a estar con su mejor amigo.

Pero el recuerdo de Rose tendida en el suelo, y su cuerpo inerte, oscurecía todo su pensamiento.

-Parece que no eres el único que ha despertado. Ann ¿Estás bien?

Albus ayudó a Ann, débil y somnolienta, a incorporarse.

-Mejor que nunca- tomando la mano de Harley. Tenía los ojos brillantes.

-¿Podéis explicarme que está pasando, y qué ha pasado? ¿Cuánto llevo...

-¿En coma?- completó Albus.

-Dijeron que no existía casi posibilidad de que despertaras- murmuró Rose, con pena.

-Estamos a trece de junio- dijo Ann, rascándose un ojo.

-Dios. Es mucho tiempo. Nunca...había estado así tanto tiempo.

-¿Qué te ocurrió?-preguntó Ann, con urgencia- nadie nos sabe contestar a eso.

Harley no pudo evitar mirar a Rose, extrañado. ¿Ella no había dicho nada?

La chica parecía sorprendentemdnte igual de ansiosa que Ann y Albus por una respuesta.

-¿Fuiste tú mismo?- preguntó Albus, con tacto.

Tragó saliva.

-Sí. Así fue.

-James, Hugo y Louis están bien. También Lena y Grace. Y Smith...

-Lo sé-le cortó. La imagen del cuerpo de Smith sin vida y con los ojos muy abiertos, conservando el terror de su última mirada, era la segunda que lo torturaba en su cabeza. Lamentó haber sentido antipatía por él en su día.

-Rose estuvo ingresada un mes- siguió Albus- se golpeó la cabeza y por perdió casi por completo la memoria.

-¿Eso es cierto?- preguntó Harley, asustado.

-Pero me fui recuperando muy rápido- añadió mirando tanto a su primo como al chico-ahora lo recuerdo. Lo último que me ocurrió fue que un Mortífago me lanzó un hechizo. Me desmayé. Y a partir de ahí...nada. Supongo que porque no hay nada más que recordar.

El corazón de Harley empezó a latir a gran velocidad. No podía ser que no se acordara. No podía el destino haberle concedido un favor así. Rose tenía que estar cubriéndolo delante de sus amigos.

Pero cuando la miró, no parecía estar fingiendo. Su expresión era inocente. A él le costó mucho recuperarse de la sorpresa.

Rose y Albus no tardaron mucho en irse. No porque quisieran, sino porque las visitas en aquella zona del Hospital eran muy restringidas para no perturbar a los débiles pacientes. Y, la verdad es que sentía que necesitaba urgentemente un descanso.

Pero no lo tuvo. De hecho no. Ann se quedó con él. Y notaba que estaba rara, muy rara.

-Ann, ¿Qué te pasa?

-¿Por qué dices eso?- dijo, todavía intentando fingir que no ocurría nada malo.

-Si pasa algo raro, o malo, me gustaría saberlo ahora. De verdad.

Ann negó varias veces. Pero notó que los ojos le empezaban a brillar porque lágrimas de nerviosismo.

-Descansa, y después ya tendrás tiempo de enterarte.

-Ann ¿tú nunca me mentirías, verdad?

Su amiga lo miró, como si le hubiera dado un golpe bajo. Y debatiendo algo en su cabeza.

-Siéntate- le dijo.

-Estoy sentado- le contestó.

Ann tomó mucho aire antes de hablar.

-Han matado a tu padre. Ha sido él. Nadie lo ha confirmado, claro- se apresuró a decir cuando vio la cara de sorpresa de su amigo- pero creo que es evidente.

Silencio. Harley tragó saliva mientras miraba a un punto fijo enfrente de él, sin parpadear.

Más silencio.

-Pero ¿Por qué?- preguntó.

-Es todo culpa mía, Harley, lo siento muchísimo- él la miró mientras se echaba a llorar-yo...no acepté un trato que Sameor me hizo, y lo pagó con él.

Se desplomó en la cama, exhausto.

El odio que había sentido siempre hacia su padre parecía haberse ido con su muerte, como si hubiera llevado una pesada carga todos aquellos y ahora volara hacia el cielo, liviano, como una pluma que asciende con la brisa. Eso era lo que había sentido. Y, horrorosamente, estaba sintiendo un alivio culpable.

Tantas cosas por las que sentirse culpable...

Aunque aquella noticia dejaba un vacío en su interior que no volvería a ser llenado jamás.

-Soy huérfano- murmuró.

Ann sollozó y se reincorporó para abrazarla.

-Harley...-lo llamó.

Se separó un poco y lo miró

-No estoy segura de que ese hombre fuera tu padre.

Aquello lo impactó mucho más y pensó que si no explotaba, literalmente, era porque todavía conservaba en su sangre un poco de poción que lo atontaba.

-¿Cómo dices?- preguntó lentamente, mediendo la longitud de cada palabra.

Y Ann se lo contó. Todo. Como el señor Hoff la había hechizado. Dónde despertó. Cómo y cuándo vio el rostro de Sameor por primera vez. Como él le había contado que su hermano estaba vivo. O que tenía uno, para empezar. Cómo él había dicho que Harley era...

Aquello fue lo peor de todo. Harley sintió que volvía a sucumbir a la inconsciencia. Lamentablemente, no fue así.

-Puede ser mentira-argumentó, desesperada.

-Has dicho que somos iguales- le respondió Harley, llorando- ¿Sabes lo que yo me parecía a mis padres? Nada. ¡Nada!- gritó- ¡Vaya mierda! Y lo de los núcleos de las varitas- siguió, con voz temblorosa- todo tiene sentido ahora.

¿Qué está pasando?- preguntó una enfermera, abriendo las cortinas que lo separaban del resto. Detrás de ella iba una chica escuálida y pálida, vestida como una enferma de la planta.

-Vete, Ann. Me temo que has pertubado demasiado a Ciro.

-No me llame así- dijo enfadado y arrastrando cada palabra con rabia- lo odio. Lo odio.

Ann apretó la mano de Harley antes de irse. Él la miró.

-No es tu culpa. No lo olvides. No lo olvides...

-Tampoco tuya. Y el problema es que creo que tú sí lo has olvidado. ¡Mañana por la mañana estoy aquí!- le dijo, ya cuando salía, porque la estaban obligando.

-Tienes que beberte esto- le obligó la enfermera.

-Siente haberte asustado antes- dijo él mirando directamente a la chica que estaba parada en el umbral de la cortina- lo siento, Emily.

-No importa. Llevo aquí toda mi vida. He visto cosas más raras.

La enfermera la miró con expresión indescifrable mientras Harley se bebía la repugnante poción, aún con lágrimas en los ojos.

-En unos minutos volverás a dormir, cariño-tengo que traerte otra venda para el pecho. Emily, vigílale, ¿Quieres?

Emily asintió y se aproximó a la cama, mientras la señora salía.

La chica se despejó la cara de su pelo rubio y casi sin peinar y lo miró seriamente, con sus ojos marrones y grandes.

-Siempre quise saber si al final lo hiciste.

Harley empezó a ver que todo se volvía borroso.

-¿Hacer qué?

-Contarles la verdad a tus amigos. Que hace meses estuviste aquí. Y no inventarte que estabas en una escuela muggle alemana.

-Austríaca- corrigió.

-Qué más da. No es real.

Negó lentamente.

-No. No les he contado la verdad.

Emily arrugó la cara con disgusto. Pensaba que los amigos de Harley no aceptaban sus problemas con la magia, y no fueron capaces de ver que él mintió y se fue de la escuela para mejorarse en aquel Hospital.

-¿Por qué?- no pudo, sin embargo, evitar preguntar.

A él se le pusieron los ojos en blanco. Estaba ido.

-Porque mi vida...es todo secretos y mentiras.

18 DE JUNIO.

-No tienes porqué ayudarme-

Rose ignoró a Harley y siguió metiendo un jersey y unos pantalones en el baúl del chico.

-Lo sé. Pero me ayuda a despejarme.

-¿Qué tal crees que te han salido los T.I.M.O.S?- preguntó, con tiento, sabiendo que a Rose le ponían muy nerviosa los estudios. El sonido de su voz reverberó en la habitación de los chicos de quinto año.

Rose se extrañó de que le hablara. Estaba muy raro. No hablaba mucho, y su mirada se paseaba lentamente, como agotado.

-Espero que bien, sinceramente. El tribunal de examinación ya sabe que la situación es especial y se han ofrecido a que pueda repetir los exámenes a principios de septiembre, contigo, si me salen desastrosos.

-No te saldrá desastroso. Serán geniales, como siempre- dijo, con una pizca de nostalgia sin sentido.

Rose lo notó y se giró para verle. Estaba sentado en su cama, mirándola.

-¿Qué te pasa? ¿No estás feliz de volver a Hogwarts?- preguntó.

Él rio, con ironía.

-Si solo vuelvo para hacer la maleta...

Rose frunció el ceño. Algo iba mal.

-¿Y qué dices que estaban haciendo los demás?

-No lo sé. Estarán fuera- contestó, tensa.

-¿Y por qué has venido tú a ayudarme?

Rose se ofendió y tiró de cualquier manera en pantalón gris en el baúl, sin dejar de mirarle. Se cruzó de brazos.

-¿Qué pasa?

El silencio se podía cortar con un cuchillo. Rose casi podía oír a su corazón, bombeando a toda velocidad, alerta. Harley nunca se ponía tan serio. Solía herirla a veces, pero, supuso, aquello era una situación nueva y diferente

"Ha salvado la vida de mamá" se recordó. Se lo debía todo.

-¿Sabes lo que se siente estar encerrado durante tanto en tu propia mente, sin poder hablar, o moverte?

Rose tensó la mandíbula.

-¿Me estás reprochando algo, Harley?- dijo, teniendo muy presente aquel pensamiento y procurando suavizar al máximo su tono de voz.

-No- se apresuró a negar- no es eso.

Se levantó.

-He despertado con la sensación de haber cometido muchos errores. De haber estado perdiendo el tiempo. Ya tenía claro que la vida no es eterna, pero...he tenido tiempo para pensar. No quiero mentirme a mí mismo nunca más. ¿Lo entiendes? O no estaré viviendo, por mucho que me haya despertado.

Se miraron. Sus ojos eran negros, como dos agujeros llenos de oscuridad.

-Lo entiendo- dijo, despacio. En realidad apenas le había escuchado. Una sospecha horrible no le dejaba.

Empezó a negar, despacio. Rose siguió el movimiento, hipnotizada.

-No podemos seguir saliendo, Rose- dijo, como si las palabras cayeran por su propio peso, y no intentara sujetarlas.

Rose se sintió como si le hubieran golpeado en el pecho. Como si la hubieran empujado. Y tenía que defenderse rápido, o sería derrotada a la primera.

-¿Por qué?- logró pregunta, con un hilo de voz.

"No llores todavía" se dijo.

-Ha funcionado así. Durante unos dos años. Salgo con una chica, pero no puedo mantenerla a mi lado.

Parpadeó. La estaba comparando con las demás. No era especial, en absoluto.

-O sea, que te has cansado de mí- dijo, después de lo que debieron de ser un par de minutos- Así es cómo funciona. Ahora saldrás con otra y te olvidarás de mí y de todo lo que...-se le rompió la voz- y de todo lo que me dijiste.

-No será así. Y no me olvido- respondió- me siento muy culpable, Rose. Yo siento cosas por ti, me importas mucho y te tengo mucho cariño, y creía que...

-¿Qué creías?- insistió ella, clavándose las uñas en el brazo.

-Creía que tú me harías olvidar.

La respiración de Rose se escuchó por toda la habitación.

-Por favor, no...no lo digas- suplicó.

-No puedo evitarlo más tiempo.

-No...

-Estoy enamorado de Ann- Rose desprendió sus lágrimas, derrotada. Se creó un espacio para que por fin asimilara la peor de sus sospechas, desde que tenía once años- no me atrevía a admitir ese sentimiento, y tú lo sabes. Lo has sabido siempre.

Rose bajó la cabeza, encogiéndose en sí misma. Su corazón se rompía en mil pedazos. Estaba enamorado de Ann. Su mejor amiga. ¿Cómo podría mirarla a la cara sin sentir que una enorme parte de ella quería odiarla?

Exhaló.

-¿Por qué me has hecho esto?

Le gustaría lanzarle mil maldiciones, pegarle, gritarle. Y no podía hacer eso. Su madre vivía gracias a él.

-Lo siento muchísimo, Rose. Pero no iba a poder seguir engañándome más. Tarde o temprano, se iba a saber la verdad.

Parecía tan frío, y la vez tan afectado. No tenía. Ni idea. De lo que era. Sufrir.

"Arriba, Rose"

Alzó la cabeza. Recordó su muro protector, de frío hielo, y construyó uno improvisado, a toda prisa.

-Pues corre a decírselo- dijo, neutral- también ella está enamorada de ti. Tienes mucha suerte de que nadie supiera lo nuestro ¿no crees?

Y dio gracias por poder caminar como un zombi hasta la puerta. Harley la observaba mientras lo hacía.

-Rose- dijo, y ella borboteó por dentro, deseando no volver a oír su voz llamándola con cariño nunca más- esto no significa que no te quiera.

-Cállate- quiso que sonara a orden, pero sonó más como una súplica- no quiero que vuelvas a hablarme jamás. Eres un mentiroso. Y pagarás muy caras tus mentiras, algún día.

Ni siquiera se giró para decírselo, y bajó dignamente un par de peldaños, hasta que, ya en la protección de la soledad, recuperó su movilidad y echó a correr, con el corazón hecho trizas.

Harley se quedó inmóvil, en medio de aquel cuarto vacío. La mandíbula le temblaba y los puños estaban apretados, con mucha fuerza. Se preguntó una vez más si aquello era lo correcto. Si decirle que estaba enamorado de Ann, es decir, haber usado uno de los más grandes temores que sabía que Rose tenía, para asegurarse de que no se quedaba a esperarle jamás, había sido jugar demasiado alto.

Al menos así nunca podría volver a hacerle daño. Jamás volvería a estar con ella.

-Adiós, Rose- murmuró. Antes de cerrar los ojos y que una lágrima cayera por su mejilla.

22 DE JUNIO

-¡Grace! ¿Grace? ¡Grace!

La aludida rodó los ojos con molestia. Josh, que iba a su lado, no pudo evitarlo más y la miró molesto también.

-¿Quieres hacerle caso de una vez al payaso ese? No va a parar hasta despedirse.

Grace detuvo su baúl y a su lechuza. Se giró, molestando a su vez a los alumnos que intentaban buscar un compartimento y dejar su equipaje.

Albus Potter intentaba avanzar hasta ellos, sin mucho éxito, aparentemente.

-Vete buscando un compartimento. Lo de este plasta va para rato- le dijo, sin molestarse en bajar la voz.

-Como quieras. Pero últimamente no hago más que sobrar. Me siento como un personaje secundario-dramatizó.

Grace esperó allí plantada hasta que Albus llegó hasta ella.

-No he podido hablar contigo ningún día.

-Serían los T.I.M.O.S.-Dijo Grace, con una pizca de ironía que sin duda Albus podría captar.

-¿Ibas a irte sin despedirte?- preguntó él.

Suspiró, resignada.

-Adiós, Albus. Y muchas gracias por todo. Lo que hiciste con mi padre...no lo olvido. Ni lo olvidaré.

-De nada. Adiós, si te vas. Pero estoy muy convencido de que volverás.

-No voy a hacerlo- reiteró.

-Volverás- dijo, sonriéndole. Grace podía notar que le pasaba algo, pero que como siempre, procuraba ser amable y dejar sus problemas aparte.

-¿Has vuelto con Anderson?

No pudo evitarlo. Aquella pregunta llevaba ya mucho tiempo en su cabeza. No les había visto juntos desde hacía tiempo, pero aun así...

-¿Qué? ¡No! Bueno, es decir...aunque nos cueste olvidarnos de lo de ser novios y volver a ser amigos, creo que nunca podríamos volver. Simplemente, creo que no puede ser.

-Lo siento- dijo. Aunque no lo sintiera.

-No pasa nada. Bueno...pasa un buen verano. Que te hayan salido bien los T.I.M.O.S. Piénsate lo de volver.

-Quizás lo haga, ya que te pones tan pesado. Pero, de momento... hasta siempre. Escríbeme, de vez en cuando.

No hubo abrazo. Grace agarró sus cosas y se alejó, hondeando su mano en señal de despedida.

Albus se quedó mirándola. Y se dijo a sí mismo que, si no volvía, tendría que hacerse amigo de otro Slytherin parecido a ella. Porque su personalidad le encantaba. Era como si necesitara algún mérito para poder acceder a su verdadero yo. Y su verdadero yo era alucinante.

Grace se empezó a alejar, pero vio algo que le llamó la atención.

Alguien.

-¡Eh, tú, Harley!

El chico caminaba al lado de Ann, con la cabeza gacha. Daba un poco de pena no verle tan resuelto como siempre, era como la prueba definitiva de que todo había cambiado. Que había pasado algo que los había marcado a todos.

Sacó un papelito que llevaba preparado del bolsillo trasero de su pantalón vaquero ajustado y avanzó como pudo hasta él.

-Toma- le dijo, antes de que él pudiera siquiera empezar a hablar.

Harley lo cogió y lo desenvolvió.

-¿Una dirección?- preguntó, desconcertado.

-Es donde vivo- quiero me escribas. Me debes un favor ¿recuerdas? Por lo de Hugo. Escríbeme. Explícame por qué hiciste lo que hiciste en San Mungo sin necesidad de varita ni magia. Solo quiero saberlo.

Harley abrió los ojos, sorprendido.

-¿No se lo habrás dicho a nadie?

Grace miró un momento a Ann, que estaba al lado de él, escuchando atentamente.

-No. Me he guardado lo de que parece que eres casi tan extraordinario como ella- la señaló.

-Mejor. Por tu bien- le dijo Ann, muy seria.

Grace entrecerró los ojos con desafío mientras la miraba.

-No me das miedo.

-De acuerdo. Este es el trato. Escribiré esa carta. Si la quemas, y no le cuentas a nadie lo que voy a contarte- le hizo prometer él.

-Me parece justo.

-Hey.

Rose se sobresaltó. Estaba metida en su propio mundo. Que alguien le hablara se le hacía extraño.

Malfoy estaba hablándole, pero apenas podía oírle. Estaba planteándose en dónde demonios iba a instalar sus cosas si hacía días que no hablaba ni con Harley ni con Ann, y apenas quería o dirigirle la palabra a su primo. En último caso, se pondría en el mismo compartimento que Hugo.

-Quería darte las gracias una vez más por ayudarme con las pociones. El T.I.M.O me salió bastante bien. Cosa que hace meses no habría podido ni soñar.

-No hice nada en especial. Solo tener la paciencia de la que Badgreen carece. Es normal que los alumnos de pociones sean los de las notas más bajas. Parece un ogro con patas- comentó, como si los malos sentimientos que llevaba dentro ayudaran a sacar su peor versión. Ella nunca decía nada malo de un profesor.

Malfoy rio, obviamente le hizo gracia escuchar cómo la criticaba.

-Sí, quizás mi patética habilidad con la asignatura sea solo culpa suya. A lo que iba, si puedo devolverte el favor...si se te ocurre algo, lo que sea...dentro de un orden.

Rose se vio a sí misma en aquella situación y se extrañó de estar simpatizando con el niño que huyó de su compartimento dejando a Harley con Ann. Albus, y ella. En ese momento, le cayó mal. Y todo lo malo que había oído de la familia Malfoy no ayudaba a mejorar esa opinión. Pero resultaba, que al fin y al cabo, le caía más o menos bien.

Se sintió incómoda y violenta por un momento.

-Si en el tuyo solo están Wilson y Wracen ¿te importaría si dejo mis cosas en vuestro compartimento? Digamos que estoy teniendo unos problemas con mis amigos y...

O, no. Delante de Malfoy (que, por cierto, parecía bastante fuera de lugar, aunque no era para menos) no iba a montar una escenita. No le iba a entrar la llorera en público. Bastante patético era que le entrara cuando estaba sola.

Malfoy se recuperó de la extrañeza inicial. Pareció darse cuenta (todo lo que un chico llega a entender del mundo de los sentimientos de las chicas) de que realmente estaba un poco hecha un desastre.

-Bueno, vale. Es decir, no creo que haya problema...está en otro vagón. Vamos.

Ann miraba como el paisaje cambiaba rápidamente ante sus ojos, con la frente apoyada en la ventana.

Sentía la soledad en el aire. Solo con Harley en aquel compartimento. Quiso preguntarle porqué exactamente ni Albus ni Rose no les acompañaban, pero lo intuía y la respuesta no iba a gustarle nada si preguntaba.

Pero no soportaba el silencio.

-He estado pensando en si existe una razón de peso por la que Sameor no haya acabado conmigo todavía. Es decir, además de que no quiere matarme porque sería como asesinar a otra persona si solo existieran dos humanos en todo el planeta.

-¿Y se te ha ocurrido algo?- preguntó. También él había estado mirando el paisaje. Pero estaba enfrente, y, en lugar de ver como dejaba el paisaje atrás, el paisaje avanzaba hacia él, y se sentía como si él estuviera eludiéndolo. Renunciando a él. Dejando que pasara rápidamente y sin disfrutar de él.

-Tal vez tenga miedo del famoso amor. ¿Recuerdas lo que dice a veces el señor Potter?

Harley soltó una media sonrisa nostálgica.

-"El amor es la magia más poderosa".

-Tal vez Sameor intente ser más precavido de lo que Voldemort lo fue. Tal vez crea que yo tengo esa magia de mi parte, y como no conoce ese poder, prefiere no hacer nada imprudente, como intentar matarme. ¿Pero sabes qué significa eso también?

-¿El qué?

-Algo que no me gusta nada en absoluto. Matará a todo aquel al que yo quiera. Ese será su objetivo.

Se miraron, asimilando la gravedad de sus palabras.

El tren llegó por fin a King's Cross.