Perfil de un príncipe saiyajin
01. Apéndice y la luna
drabble de Bulmapsut
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(En algún momento de los tres años)
Era en instantes como éste, cuando contemplaba la luna desde la terraza del complejo terrícola de la Corporación, que una curiosa nostalgia le invadía. A lo largo de sus recorridos interplanetarios, Él había visto muchas lunas antes de habituarse a ésta. Había planetas que podían tener dos o tres satélites, los conocía de diferentes tamaños, incluso de variados colores, pero solamente algunos de ellos emitían las ondas necesarias para la transformación de un saiyajin. A decir verdad, eran pocas las lunas que coincidan con la de su planeta natal, Vegeta-sei. Muy convenientemente, este particular astro era uno de ellos.
Cuando la luna de octubre inundaba las noches, esfera magnífica y luminosa, extrañaba su cola. Había ocasiones, en las que la luna era tan grande y reflejaba tanta luz, que la cicatriz donde antaño se alzara su apéndice le punzaba, como sucedía esta madrugada. Realmente la echaba de menos. No sólo era parte de su genética y su herencia, sino que resultaba ser bastante útil. Como un miembro más podía asir objetos con ella, le servía de equilibrio, incluso cuando la acomodaba alrededor de su cintura funcionaba como objeto de apego, en el nerviosismo de un combate simplemente sentirla alrededor suyo lo sosegaba. El pelaje que la cubría era suave y cálido al tacto. Siempre la había dado por sentada, comandándola a su antojo. Expresaba sus emociones, cual animal de caza: regocijo, cautela, enojo con movimientos específicos que él bien reconocía.
Desde que el obeso terrícola la cortara, todas esas sensaciones se habían esfumado. Simplemente una parte de él se había desvanecido dolorosamente. A veces, como miembro fantasma, podía casi sentir su vaivén cuando se exaltaba o cuando percibía algún peligro. Recordaba como el tremor solía comenzar en la base de su cola y le recorría luego la espalda. Sobraba decir que, sin ella transformarse era imposible. Tanto poder desperdiciado. De nada servía enojarse, pues ya nunca la recuperaría, sin embargo, la nostalgia permanecía.
Un sonido tras él lo despertó de sus cavilaciones. El roce de sábanas removiéndose en la alcoba. Sonrió taimado. También la extrañaba por otros motivos… otros usos más diversos… Ciertamente la echaba de menos, cuando veía a la mujer terrícola concentrada trabajando en alguno de sus bots, ingenua a su presencia. Como le habría gustado levantar silenciosamente esos diminutos vestidos que portaba la humana y asirla por la cintura, ágilmente acercarla a él, con ambas manos libres para actuar. Sintió otro escalofrío, nuevamente en el origen de su perdido apéndice. Ahora sólo quedaba esa horrible cicatriz, con el único consuelo que también era sensible a los roces, a los mimos…
Origen de identidad y estatus, de poder ilimitado, de sutil placer desperdiciado por la ignorancia de semejantes terrícolas. Miró el orbe lumínico intensos segundos. Solamente le quedaba la luna. Nadie en este inmundo planeta sentía lo que él al contemplarla. La luna para él tenía un particular significado. Por ello le placía esperar las madrugadas y la soledad de las noches para admirarla.
—¿Verdad que es hermosa? —la voz amodorrada lo tensó ligeramente.
—Hmpf. — Ella no tenía ni la más remota idea de qué cierto era.
